¿Aún tienes miedo?
Disclaimer: Los personajes de «InuYasha» pertenecen exclusivamente a Rumiko Takahashi.
Aclaración: Esta historia fue escrita para la dinámica #ElFestínDelHorror de la página InuYasha Fanfic.
¡ADVERTENCIAS! Esta historia contiene lenguaje obsceno, terror psicológico, agresión física y s3*u@|, e !nc3st0. Leer, por favor, ¡bajo su propio riesgo!
Lo que aquí van a encontrar no es miel sobre hojuelas, se los puedo asegurar.
Sola, atormentada, con un alto grado de desequilibrio emocional y sobre todo… ultrajada. Horriblemente violada. La joven corría desesperada para escapar de su agresor.
De su maldito depredador.
Kagome ahogó un grito desgarrador, pues temió que su voz despertara al ser que la violó y del cual escapó. Ella una y otra vez fue sometida a su merced.
Fue pisoteada bajo sus pies.
Una y otra vez él había hecho que ella sucumbiera a sus deseos. A sus más asquerosos y abominables deseos. Sin embargo, esta vez —a diferencia de las demás en las que le quitó la razón—, en esta ocasión no la eclipsó, o mejor dicho, en medio del acto despertó; ya que escapó del embrujo que la envolvió en la sangre que brotó de sus candentes pupilas carmesí.
De las pupilas doradas que un día la hicieron caer en su frenesí.
Higurashi corrió y corrió en medio de la oscuridad. En un vasto bosque aterrador. Un bosque lúgubre que olía a maldición. Ella tropezó, cayendo en un matorral de espinas que la desgarró. Aún más la maltrató. Penetrandose en su piel sin contemplación. Sin un ápice de lástima como el maldito ser que la profanó.
El demonio vestido de oveja que fue su perdición.
Con sus dedos las lágrimas se limpió y sin remedio las espinas se sacó. Una a una se las quitó, dejando un evidente rastro de lo que acababa de pasar. De lo que la acababa de lastimar.
La sangre brotó por su piel, dejando expuestas las heridas de su ser. Aquellas que se podían ver, pues las más dolorosas y profundas las llevaba dentro de su piel. Dentro del alma que dejó de florecer.
Kagome salió de allí. Limpiando con sus manos los restos de sangre que quedaron. Los restos de sangre que menos la habían lastimado. Su cabello estaba enredado y en su cuerpo llevaba las marcas de lo que le había pasado. Su desnudes estaba expuesta; aunque, cubierta. Ella logró encontrar los pedazos de sus prendas; así que, llevaba encima una falda medio puesta y una camisa medio entera. Los botones de ambas prendas fueron desechados; así que, tuvo que amarrarlas con lo primero que se le puso enfrente.
Descalza y sucia corrió desesperada, en medio del bosque tenebroso que nunca terminaba. En medio de esa maldita pesadilla que nunca acababa.
La joven seguía su faena horrorizada; mientras el aullido de los lobos y el canto de las lechuzas la acompañaban. Sola, en la oscuridad, no encontraba nada más. Así que, era una pérdida de tiempo el que ella suplicara. Era una estupidez que rezara, pues nunca nadie —en ninguna de las anteriores ocasiones— la había rescatado.
El ser supremo del cielo la había abandonado…
O quizá, lo había mal juzgado; ya que a lo lejos, muy distante de donde se hallaba, una luz había destellado. Un efímero brillo la había eclipsado.
La luz al final del túnel, al parecer, había encontrado.
Higurashi miró al cielo en agradecimiento. Aunque, realmente no sabía si hacerlo, pues lo único que encontró como consuelo fue la luna que parecía devorarla con lo intensa que estaba resplandeciendo. No obstante, elevó una plegaria al cielo, antes de coger impulso para llegar al punto que le daría consuelo.
Al sitio que era un misterio, pero que creyó era lo único bueno que le había sucedido en medio de ese maldito infierno que la destruyó por completo.
La joven corrió y corrió hasta alcanzar su anhelo. Aquello que imaginó como la respuesta del cielo.
Un cielo que la engañó y que la envió a encontrarse con el infierno. El más abominable y asqueroso infierno…
—Bienvenida… —dijo una voz. Una fuerte e imponente voz.
Kagome se congeló, ya que la piel se le erizó. Ella, rápidamente se dio cuenta de su error. De aquel efímero e imperdonable error.
»—¡Entra! —exigió, sintiendo cómo su cuerpo fue arrastrado hacia adentro del infierno. De un nuevo y maldito infierno.
—Por favor —suplicó, llorando con desesperación. Sabía que al entrar a ese lugar no habría marcha atrás. No podría regresar.
—Mmmm… hueles bien —espetó, tomando entre sus garras un mechón enredado de su cabello—. Hueles a… miedo. Me gusta el miedo. Acaso, ¿me tienes miedo?
—Por favor, te lo suplico, por favor. Déjame ir —pidió, tirándose a sus pies. Desgraciadamente, esto era lo único que podía hacer. Suplicar. Rogar por un poco de piedad—. Te lo suplico.
El demonio sonrió efímeramente y con fuerza la cogió por los cabellos. Enredando las hebras en sus dedos. En sus garras. Sus largas y afiladas garras.
El imponente ser la pegó contra la pared; rebotando la espalda de la mujer. Ella gimoteó por el golpe que sintió, dejando escapar de su boca un grito de dolor. Un grito de desesperación. Él lentamente se le acercó y en un abrir de ojos la desnudó. Los restos de las sucias y maltratadas prendas cayeron a sus pies. Cayendo las esperanzas que aún guardaba dentro de su maltratado ser.
La pesadilla una vez más iba a suceder, pero esta vez sería con otro ser. Con otro depravado que la iba a poseer.
El demonio de un solo la penetró arrancando de su garganta un horrible grito de dolor. Un maldito llanto que lo enloqueció. El sonido de su lamento lo excitó y con más fuerza la embistió.
Kagome peleó, intentando separarse de su depredador. Intentando separarse de quién le causaba tanto dolor. Su cuerpo era un objeto de abominación que desde hace mucho la condenó. Ella se volvió un desagüe de excitación, que solo saciaba a su agresor. A aquel maldito que la arruinó y la marcó. No obstante, nunca creyó que alguien más le causaría muchísimo más dolor. Mucha más aberración. Este demonio la estaba matando con su penetración. Llegando hasta donde jamás se imaginó que tendría un miembro en su interior. Además, le estaba arañando el cuerpo sin pudor; clavando sus garras con desesperación. Su pecho fue mordido con pasión e ira, y de sus pezones mucha sangre brotó.
Ser ultrajada era una abominación, pero morir lentamente en los brazos de un ser que solo quería saciar su sed. Tratándola como un objeto inservible era lo peor que le pudo suceder. Una humillación. Una maldita y horrible humillación.
»—Por favor… —musitó, en medio de tanto dolor. En medio de tanta aberración—. Por favor.
—Llora, me gusta escucharte llorar. Además, no voy a parar, no cuando este cuerpo es más de lo que me pude imaginar… ¡Ah!
—Ten piedad… te lo suplico, ten piedad.
—Esas súplicas solo me excitan más. Así que, no te voy a dejar hasta que-
—¡La vas a matar! —un fuerte grito se escuchó retumbar. La voz parecía venir del más allá; aunque, en realidad, venía desde el umbral. Un molesto y enfurecido demonio se hizo notar—. ¡Maldito, déjala ya!
Kagome no podía ni dimensionar lo que acababa de escuchar, pues quien acababa de llegar era el mismo que innumerables veces la hizo llorar. El mismo que la profanó. El mismo ser que incontrolables veces la violó.
El maldito que la quebrantó.
—Eres tú, InuYasha…
—Sesshōmaru —refutó, apretando los dientes por la ira que sintió—. Tú —lo señaló—, maldita y despreciable escoria. ¡¿Cómo pudiste?!
—¿Es tuya? En serio, ¿es tuya? —alardeó, penetrándola fuertemente en su interior. Ni siquiera saber la verdad haría que la dejara de follar—. Así que, es ella. Ya veo, esta es la insignificante humana que te has comido todo este tiempo, hermano —dijo, embistiéndola aún más. Enterarse de quién era esa mujer en realidad, solo lo encendió más—. Es deliciosa esta hembra. Ahora entiendo por qué te tiene dominado.
—¡Cállate, imbécil! A mí no me domina nadie, pero ella es: ¡mía! Maldita sea, ¡solo mía.
—Entonces, ven. Compártela con tu hermano y de paso… —Sesshōmaru salió del frágil cuerpo de la mujer que yacía tirado como un viejo costal de basura a sus pies. El imponente demonio albino se paró con su erecto glande frente a su irritado hermano. Su candente y apetecible hermano— recordemos viejos tiempos. ¿Quieres, InuYasha?
—¡¿Q-qué es lo que estás diciendo, Sesshōmaru?! —tartamudeó, cuando las garras del demonio en su platinada cabellera se enredó—. Yo no voy a… ¡Ay!
—Delicioso. Tu maldito culo es delicioso —confesó, cuando sin lástima se enterró en su interior. Inuyasha gritó de dolor y eso aún más lo encendió—. Grita, grita para mí. Así como lo hacías la primera vez que te corrompí.
Kagome no podía ni siquiera dimensionar lo que acababa de escuchar, ni siquiera podía procesar lo que el demonio acababa de confesar. ¿Es que acaso ellos eran…? No, no podía ser. Eso no podía suceder.
Pero sucedió, frente a su frágil mirada observaba cómo los dos demonios que la habían violado se profanaban. Veía ante sus pupilas cubiertas de tierra y dolor la imagen de dos seres follando sin control.
El estómago se le revolvió y con las pocas energías que aún le quedaban una gruesa liga de saliva y sangre mezclada expulsó. Ya que la escena de sexo salvaje la rebasó. El observar cómo dos hermanos se revolcaban sin pudor la descolocó.
¡¿Hermanos?! ¡Carajo! ¡Por un maldito demonio eran hermanos! Cómo pudo ser posible que ella cayera ante su merced.
—¡Ay! —gritó la enloquecida mujer, al contemplar cómo InuYasha se dejaba penetrar. La escena era más de lo que podía soportar.
—Mujer, ¿te gusta lo que ves? —inquirió el fornido demonio platinado. Sesshōmaru se le acercó, y en un abrir y cerrar de ojos la tomó. Cogiéndola de la enredada melena para irla a aventar a la par de su hermano—. ¡Fóllala! —exigió, clavando la dorada mirada en el miedo que la joven albergaba. Verla templar aterrada lo calentaba.
—¡Keh! Será un placer; aunque… —InuYasha se relamió los labios cuando su mirada se fijó en el enorme miembro que detrás de él vibró.
—¿Esto es lo que quiere? —inquirió, antes de enterrarse en su profundidad—. ¡Cógela ya!
—¡Ay, más! ¡Dame más! —jadeó, sintiendo cómo la gran erección de su hermano lo corrompió—. Así como te daré a ti —espetó, penetrando a Kagome sin contemplación—. Eres exquisita, perra.
—Por favor, no más. Ya no más —suplicó, viendo cómo su magullado cuerpo era ultrajado una y otra vez. Cómo su alma se hacía añicos ante las brutales estocadas de este demonio. De este despreciable y asqueroso demonio—. InuYasha, ten piedad.
—Esa la tendré cuando me encuentre contigo en el más allá —aseguró, mientras le mordía el pezón. Haciéndola gritar por la brutalidad con la que la mordió—. Eres mía, compréndelo. Solo mía… ¡Ay!
Kagome no lo aguantó más; así que, se dejó arrastrar. Se dejó llevar por la barbaridad con la que los demonios la querían matar. Ella ya no quería más. Ya no soportaba más.
Su cuerpo, su pequeño cuerpo estaba por colapsar. Así que, con el poco aliento que le quedaba en sus pulmones suspiró. Kagome pidió ya no verlos más y si debía morir que fuese ya, pues ya no quería que ninguno de estos dos la volvieran a tocar.
Ya no deseaba que nadie más la volviera a lastimar.
Lo único que ella quería era...
—Doctor, la paciente presenta un severo cuadro de esquizofrenia —informó, mientras ayudaba a sus compañeros a suministrarle un nuevo tranquilizante.
—Lo sé, pero debemos seguirla ayudando. Es nuestro deber preservar su vida —dijo, sentándose a su lado para tratar de tranquilizarla con sus cuidados—. El medicamento hará su efecto; así que, no se preocupen por nada.
—¿Está seguro que no necesita ayuda?
—Seguro, mejor vayan a ayudar al nuevo paciente que acaba de ingresar. Según tengo entendido es un caso igual o peor al que presenta esta paciente.
—Como ordene.
El grupo de enfermos salió de la fría y horrible habitación. Dejando en la cama a una sedada mujer de hermosos ojos chocolate.
La joven no tenía lucidez, pero en su interior sabía lo que acababa de suceder. Sabía que esto pasaría una y otra vez, hasta que, el maldito demonio que la apresó la llevara al más allá.
Al infierno que la iba a condenar a una eternidad al lado de él. Al lado de ese maldito y despreciable ser que la tenía sometida a su merced.
Ella por siempre le iba a pertenecer a-
—Estás aquí, InuYasha.
—Y dónde más crees que pueda estar si ella es mi prioridad —musitó, acariciando su suave piel—. Ella se irá conmigo a la eternidad.
—Mejor dicho, los dos se irán conmigo al más allá.
—Deja de ser tan petulante, Sesshōmaru —le dijo, cogiéndolo del cuello.
—Y tú deja de ser tan insinuante o tendré que follarte aquí mismo.
—¡Haz lo que te dé la gana! —exclamó, riéndose sin control. Riéndose sin temor.
Los demonios follaron con desesperación ante la atenta mirada de la dama. Ante la atenta vista de una mujer brutalmente lastimada. Una lágrima rodó y el infierno otra vez inició.
Otra vez el sueño volvió a suceder y el abominable letargo volvió a aparecer. Los demonios la arrastraron a su asqueroso juego de pasión usándola sin contemplación.
Fin.