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—Puta maniaca obsesiva de la limpieza y el orden —comentaba Rosé por lo bajo mientras entraba en la cocina, haciendo girar a los empleados que preparaban el servicio de ese día.
Como toda empresaria que se le respete, luchaba incansablemente por sacar adelante su negocio. Trabajaba duro. Era siempre la primera en llegar y la última en irse a casa. Quizás por eso no disponía de tiempo suficiente para su vida personal, que quedaba en segundo plano. A veces coqueteaba con las clientas, que le lanzaban miradas lascivas desde la otra punta del comedor. Algún encuentro fortuito a la salida del restaurante, pero nada más. Sin embargo, sí había alguien que le rompía los esquemas. Que la hacía despistarse en los pedidos cuando andaba por allí con aquellas piernas infinitas: LALISA. Y no era únicamente por aquellas piernas, enfundadas en unas sexys medias de red, no. Le ponía nerviosa por lo arpía que era. Porque lo era, de eso se dio cuenta la primera vez que la vio. Lisa tenía la capacidad de transformar su carácter dependiendo de la compañía con la que se encontraba. Si bien era una persona dulce y amable en su entorno familiar, su trabajo la obligaba a comportarse de un modo más severo.
Era la supervisora de una cadena de restaurantes de lujo, y debía tratar a todos los franquiciados por igual, pese a que algunos la sacaran de quicio. Y es que Rosé no le era indiferente. Hacía años que la conocía, y aunque al principio, la relación fue cordial, incluso amistosa, hubo algo que cambió por completo aquella cordialidad. Se conocieron una calurosa mañana de agosto. A eso de las diez, Lisa se presentó en el local, en su primera semana de trabajo en su nuevo puesto: supervisora. Empezó en el negocio como todos, desde abajo. Primero fue camarera; más tarde, cuando los jefes vieron su potencial, le propusieron unirse al equipo administrativo y gestionar todo el departamento de compras de la empresa. Pero Lisa echaba de menos el trato con la gente, así que, finalmente consiguió un cambio.
*** Con su mejor sonrisa y sus zapatos de tacón, levantó la barbilla. Respiró hondo y tocó el timbre, mientras guardaba las gafas de sol y se peinaba un poco. Segundos más tarde se abría la puerta. Rosé preparaba los manteles y demás utensilios que utilizaría aquel día. Era algo rutinario. Por eso se sobresaltó cuando escuchó el timbre de la entrada principal del restaurante. Guardó el último mantel, cogió la camisa que descansaba en el respaldo de una de las sillas del comedor y se la puso encima de la camiseta. Pero no se esperaba el espectáculo que estaba apunto de presenciar.
—Buenos días. Lo siento, pero aún no hemos abierto —comentó Rosé mientras abría la puerta y repasaba a la mujer castaña, de arriba abajo. "Guau..."
—¡Oh, sí! Lo sé, perdón —se disculpó algo incómoda—. Quizás debería haber llamado. Lalisa Manobal —dijo tendiéndole la mano—. La nueva supervisora.
Rosé se sorprendió ante aquel cambio. Pero no le importó en absoluto. Jungkook, el antiguo supervisor, era un auténtico hijo de puta.
Castaña, 1.67m... Aunque era una chica del montón, tirando a interesante ,le llamó muchísimo la atención el semblante de la muchacha. Parecía salida de una película de Disney. Coño, era Bambi pensó Rosé en cuanto vio aquellos ojillos dulces que la miraban con aprobación. Y Bambi necesitaba cariño, y ella tenía de eso para dar y regalar... si se dejaba, claro.
—Encantada, encantadísima —susurró repasando las curvas que se le presentaban delante de sus ojos.
Le tendió la mano y una chispa hizo que la retirara de inmediato. ¿Qué había sido eso? ¿Calambre?—¡Auch! —se quejó Lisa, frotándose la palma.