Cruce de caminos. (jenlisa)

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Summary

Que te digan que tus padres murieron es una noticia devastadora, y más cuando te dicen que los asesinos de ellos murieron en el mismo accidente. Eso le ocurrió a Lalisa Manobal una chica que a sus veinte años de edad tuvo la inesperada noticia de la muerte de sus padres y que los culpables fallecieron ahí. Por ende, ella para cobrar venganza adopta a la pequeña Jennie Kim, la hija de Los causantes de aquel trágico accidente, lo hace para así poder dejar mal ese apellido y hacerle daño. Sin esperar que el pasar de los años puede cobrarle venganza a ella misma. --- —Temas sensibles. —Poca (no poca) diferencia de edad. Igual puede ser ofensivo para algunos. —Slow Born. 18+ ———

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Complete
Chapters
49
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4.0 1 review
Age Rating
18+

˗ˏˋ Capítulo 1 ˎˊ˗

LALISA MANOBAL.


Un día te levantas y te dicen que tus padres ya no estarán contigo en el desayuno, ni mucho menos a la hora de la cena, ni en uno de esos viajes. Ya no hay padres que te sonrían, ya no hay padres que te guarden a la hora de dormir ni mucho menos que te llamen a la mitad de la noche para reclamarte.


En su caso, hay flores blancas cubriendo sus ataúdes, hay personas llorando y abrazándose, fingiendo que están tristes y llorando perdidas que en realidad no le dolían. Esa era la realidad de lo que hoy día me rodeaba, tener que soportar conductas de personas hipócritas y tener que soportar sus malas y falsas condolencias.


Se repetía una y otra vez que este no era mi lugar, mi rostro no derramaba ni una sola lágrima, otra vez sentía nada en mi pecho. Mi estómago se arrugó, se encogió y aguantó las náuseas cuando el cura lanzó sus últimas palabras.


Me pidió que fuera la siguiente, pero no tenía la suficiente valentía o el autocontrol para enfrentar a todas esas personas disfrazadas de falsos corderos. La mayoría nunca visitó mi hogar, llamaban an mis padres para pedirles dinero, y al final no agradecerles ni devolvérselos. Era una sensación extraña de ira que me estaba envolviendo.


Quería gritarles y sacarlos a todos, que me dejaran sufrir en silencio y llorar para mis adentros. Estaba impasible, no había rastros de lágrima, pero no quería decir que no me estuviera desgarrando por dentro.


Mi lengua ardía, cuando pones algo en fuego y esperas que caliente, pero nunca lo hace, no era capaz de explotar frente a todos, pero sí de decir mis últimas palabras. Di un paso al frente, observando a uno por uno debajo de mis gafas oscuras, una sonrisa se asomó en mi mente, me provocaba gracia darme cuenta de lo falso que eran la mayoría de aquí.


—No sé si agradecer o ahuyentar a todos en este velorio —fueron mis primeras palabras, sacándole un grito ahogado a mi abuela por parte de madre—. Pero me imagino que seré mala persona, así como eran ellos, si me atrevo a decirle la verdad en sus caras. Me dedicaré a confesar que, me duele la perdida de mis padres. Los extrañaré, pero haré venganza con las personas que los mataron o familiares.


Y volví mis pasos atrás, la mayoría esperaba un discurso más largo, pero no estaba de humor para ello, por lo mismo, solo me dediqué a volver la mirada a sus ataúdes negros. El padre dijo lo último que tenía que decir, agradeció y todos comenzaron a retirarse luego que los ataúdes estaban siendo sepultados.


Yo me quedé, el día estaba oscuro, se disfrazó con nosotros y la lluvia no tardaba en caer. Los presentes se acercaron, pero para mí no eran más que palabras vacías, llena de prejuicios e hipocresía acumulada.


—Tus padres murieron, ¿piensas quedarte en la casa o ir a vivir con nosotros? —inquirió mi abuela—. Espero que elijas la correcta.


—Me quedaré —emití—. No quiero vivir allí. El campo no es lo mío.


—Lalisa.


—No me discutas, abuela. Respeta mi decisión, tengo veinte años, pero sé perfectamente lo que puedo o no hacer. Seguiré manejando la empresa como pueda, mamá me enseñó alguna que otra cosa —solté el aire que estaba acumulando—. Por el momento, no me pidan más de lo que puedo dar.


—No te pediremos más, porque sabemos que no puedes dar más —dijo con certeza.


Sonreí con acidez, —Lo sé, siempre dudaste de mí, no es algo nuevo.


—Y con mi justa razón. Espero recapacites, no te sirve de nada quedarte en... esa casa, aguantando los fantasmas y malos recuerdos de tus padres.


—Si para ti —me giré hacia ella—, es un mal recuerdo la memoria de tu propia hija y de su esposo, pues usted y yo, señora, no tenemos nada de que hablar —bramé—. Déjeme en paz, seré capaz de manejarme a mí misma, después de todo, es la segunda vez en mi vida que la veo.


—No seas terca —replicó.


—Y usted no sea metiche.


—Solo porque crees poder adoptar a la mocosa esa. Te recuerdo que esa gente son los culpables de la muerte de tus padres, ¿todo por qué?, porque su esposa era una loca celosa que...


—Mi padre jamás fue infiel con esa mujer —grazné—. Todo fue una mentira.


—No niegues lo innegable, Lisa. Es obvio que tu padre le era infiel a tu madre a sus espaldas. E incluso, ella se enteró, pero aun así lo aceptó —chistó—. Así que, cállate y no seas estúpida.


—Si es así, pues espero que ambos estén viviendo lo que aquí se les negó.


—Ay, Lisa.


—No diré nada más. Solo iré a casa.


Pasé por su lado, dejándola atrás, tal vez ella volvería para recalcarme que la mejor opción es irme a vivir a esa casa, pero tener que soportarla a diario, de por sí sería tener que tirarme del puente más cercano. A mi padre lo tenía de vuelta y media y a mi madre, simplemente no le comunicaba las cosas que pensaba hacer, teniendo que enterarse por otros medios de sus grandes hazañas.


Familia de dinero, pero con más secretos que lealtad.


Así era mi familia.


Lo estable solo era para la prensa y de vez en cuando, para personas de la gran sociedad. No eran malos padres, pero sus discusiones aumentaban con el tiempo, asimismo, fueron disminuyendo al pasar de los días y los dos regresaron a la normalidad. Sí, me llegué a enterar acerca de la infidelidad de mi padre, pero no lo creí posible.


No supe nada nuevo de eso hasta mis diecinueve años, ahí entré un poco más en razón. Pero me sigo negando ante esa posibilidad, será porque sigo culpando a la mujer que se metió entre mi familia hasta el punto de desordenarla y herirnos a todos. No obstante, no pensaba dejarlo así.


Me dirigí al Bar al cual siempre iba, era común, en un día donde no quería estar en mi casa y recostarme en mi cama, iba siempre que no quería pensar. Me tomaba unos tragos e iba con la misma mujer. Al llegar la noche, no podía conducir, pero eso no me privaba de hacerlo y llegar a mi casa tambaleándome.


Una de las razones por las cuales mis padres discutían, era por lo "descarriada", que decían que estaba. Mis estudios fueron abandonados, pero los volví a retomar, era un tira y afloja, no sabía qué quería hacer con mi vida, o si quería a alguien a mi lado.


Estoy en esos momentos donde solo deseo buscar la salida más cercana y huir.


Abrí la puerta de mi casa, y solté un pequeño grito cuando el ama de llaves me recibió, esta encendió una que otra luz, una mirada la cual me reprochaba haber llegado a esa hora y con la ropa desordenada.


—No me regañes, Abbie —hipé—. Hago lo mejor que puedo.


—Hoy fue el velorio de tus padres, estas no son formas, Lisa —reprochó.


—¡Lo sé! —grité—. Sé que no son formas, ¿crees que soy una niña?


—No grites. Están durmiendo —señaló la sala de estar—. Ahí está la hija de los señores que murieron en aquel accidente también.


—No me importa esa mocosa —bufé caminando en dirección a las escaleras—. Por mí se puede ir al infierno junto con la bola de sus padres.


—No digas eso, es una niña.


—¡Sí, y no me importa! ¡Si la adoptaré no es por compasión, es porque quiero que sufra lo que yo estoy sufriendo ahora! —mis ojos se empañaron.


—Ella ya lo está sufriendo, Lisa, perdió a sus padres al igual que tú —recalcó Abbie—. Es una niña, ella no puede asimilar bien las cosas aún.


Felicidades —resoplé—. Me diste justo donde no me importa.


—Deja de ser tan ciega, niña.


—Lo único que quiero es hacerla pedazos —sorbí mi nariz—, por la culpa de sus padres perdí a los míos.


—No es culpa de ella.


—Tampoco tengo la culpa. Subiré.


—Lisa.


—No me digas nada.


Subí a mi habitación y me dejé caer en la cama soltando un largo soplido. El dolor que tengo en mi pecho es de los más extraños que he sentido hace tanto tiempo, es esa sensación abrumadora, estaba cegada por ese sentimiento. Necesitaba calmarlo, y no había mejor manera que enviado a esa niña lejos en cuanto el tiempo de adopción terminara.


Mis abuelos se negaron a adoptarla, incluso, cuando les mencioné la idea fue rechazada por ambos. Ahora que lo pienso, no debería ni siquiera intentar adoptarla, si la dejo solo varada será mucho más fácil que sufra, pero no sé si le darán el mismo escarmiento que yo.


Sin despojarme de mi ropa caí rendida, para la mañana siguiente darme una ducha y ponerme una ropa deportiva como todos los días para ir al GYM, mis horarios no cambiaban, pero el vacío que sentía desde hace mucho en mi pecho sí.


Aún podía recordar a mis padres todas las mañanas, no dejaría de hacerlo, y seguirá doliendo. No es lo mismo, no lo será nunca.


Bajé las escaleras a paso rápido, encontrándome en el comedor con la pequeña de cabellos castaños, aquella se servía jugo de una manera desordenada y sin costumbre, lucía un vestido rosa con un laso en su pequeña cola. Me senté en una de las sillas más lejanas a ella, al otro lado.


—Buenos días —saludó la niña.


—Buenos días —le devolví el saludo de manera cortante.


—Creo que conoces mi nombre, es Je...


—Sí, lo conozco, Jennie Kim. La pequeña mocosa.


—Lalisa —me reprendió Abbie entrando al comedor—. No seas así.


—Al terminar los papeles de adopción te irás a una escuela en Nueva Zelanda.


—No quiero ir allí —se negó la niña.


—Irás. Si intentas rehusarte te enviaré a uno de monjas, te quiero lejos de mí. Y se me quitó el hambre —me puse de pie para marcharme.


—¡Eres mala, quiero a mis padres de regreso! —gritó casi al borde de las lágrimas.


—¡No los tendrás de vueltas porque están muertos! —le vociferé enojada—. Y a mí no me grites. Te irás, y si no te vas tú, me largo yo, pero no te quiero ver.


—Se puede notar —la niña salió llorando del lugar.


—Es una sensible —resoplé.


—Y tú una insensible, ¿qué te ocurre?


—No me reproches más, Abbie, no eres mi mamá —dije enfurecida.


—No lo soy, pero ella no hubiera tolerado este comportamiento tan arbitrario de tu parte. Es una niña que al igual que tú, perdió a sus padres, y no por eso está siendo grosera o maltratando a las personas que se le cruzan por el frente, esa niña tiene más principios que tú ahora mismo.


—¿Sabes que te puedo despedir? —escupí de mala manera.


—Hazlo, Lisa. Porque te dejé de reconocer hace mucho tiempo.


Ella salió hacia la cocina. Me pasé la mano por el pelo y negué saliendo de la casa, otra vez quieren hacerme sentir culpable, pero no lo van a lograr. Esta vez haré la diferencia, que no crean que sentiré esa misma compasión de antes.


Conmigo en el mando ya nada será lo mismo.