Capítulo 1
Año 725.
Múltiples explosiones se escuchaban a la lejanía y el suelo tembló reiteradas veces debido a la enorme potencia de éstas. El cielo, que una vez estuvo limpio y despejado, ahora se había oscurecido a causa de los muchos humos contaminantes que obstruyeron el paso de la luz natural. La única iluminación presente era el provocado por los destellos fugaces de luces que eran disparados de un lado a otro, causando destrucción a su paso.
No había nada más que caos y muerte por todas partes. Era el infierno desatado. No obstante, a pesar de las horrendas circunstancias en el que el planeta Plant se encontraba debido a la guerra entre los saiyanos y los tsufrui, la vida era obstinada y se aferraba a no desaparecer tan fácilmente, de tal modo que, en medio de la oscuridad, nuevas y pequeñas luces emergían para continuar su legado.
Ese fue el caso de uno de los tantos bebés recién nacidos de la especie saiyana.
Entre tanta muerte, su vida comenzó. O mejor dicho, volvió a comenzar.
Para ese pequeño bebé, le resultó casi imposible asimilar la situación en la que se encontraba ahora. Apenas abrió sus ojos, todos sus sentidos fueron bombardeados por el estruendoso escándalo que generaba la guerra a su alrededor.
Incapaz de mover una sola extremidad o hacerlo con la maestría de alguien desarrollado, se convirtió en presa del pánico al no poder entender nada de lo que estaba pasando y sentir que su ser se encontraba en un inminente peligro.
Lo último que recordaba era un agudo dolor en la zona derecha de su abdomen y su mano cubierta de un líquido carmesí mientras cerraba los ojos hirviendo de rabia, pero en cuanto esa sensación desapareció, una nueva la remplazó.
Se sintió como una gran catarsis, ya que su cuerpo no resintía ni un solo síntoma de molestia o viejas dolencias, incluso sus emociones se resetearon, claro, hasta que unas nuevas lo invadieron al escuchar esos espantosos sonidos.
¿Y cómo no estarlo? La confusión y la incertidumbre eran dos de los principales factores por el que se desarrollaba el temor. En este caso, el miedo a lo desconocido. Lo único que tenía a su alcance era su razonamiento, el cual no servía de nada en estos instantes donde todo parecía tan surreal y absurdo.
No podía entender como pasó de estar maldiciendo a los bastardos que lo apuñalaron a despertar en un cuerpo incapaz de moverse en lo que parecía ser una guerra.
Y por alguna extraña razón, sintió que era mucho más difícil controlar sus emociones. No es que se haya vuelto más abierto o algo parecido, sino que daba la impresión de que era algo físico, pues de tan solo querer expresar su miedo con un leve gimoteo de sorpresa, terminó llorando descontroladamente, algo poco usual en él, lo que lo sorprendió aún más.
«¡¿Q-Qué?! ¡¿Qué demonios?! ¡¿Por qué estoy llorando?!» pensó desconcertado, pero su sorpresa aumentó todavía más al escuchar su propia voz, la cual era muy aguda y chillona; claramente no era su voz a la que estaba acostumbrado oír. «¡¿Ahora qué carajos con mi voz?! ¡Me escucho como un niño!»
Aunque la respuesta ya era clara, todavía no podía llegar a esa conclusión, o simplemente no quería aceptarla porque tenía la esperanza de que aún hubiese algo de lógica dentro de lo sucedido, pero por cada segundo que pasaba empezaba a resignarse y dejar de pensar con claridad por el pánico, pero todo llegó a su final en el momento que sus sospechas fueron confirmadas.
Un hombre adulto ingresó al interior de lo que parecía ser una primitiva construcción de piedra y barro, básicamente una cueva.
La persona en cuestión estaba repleto de heridas y sangre corriendo por su rostro. Apenas podía mantenerse de pie, pero aun así mantuvo su semblante serio en todo momento y caminó por toda la sala hasta llegar frente a una mesa de piedra, la cual estaba forrada con la piel esponjosa de un animal para la comodidad del bebé frente suyo.
El hombre miró al bebé sin perder su expresión seria. Permaneció así durante unos cuantos segundos como si estuviese analizando de pies a cabezas al infante, además de que se encontraba bastante agotado y lastimado como para realizar movimientos bruscos.
—Así que éste es el bebé de Cassa... —habló el sujeto de manera débil, pero todavía era audible gracias a su timbre de voz grueso—. Mi guerrera más poderosa dio la vida para tenerte. Espero valga la pena conservarte para que crezcas y te vuelvas un elemento valioso para mi ejército... Dovac. Ese será tu nombre.
«¡N-No puede ser! Este sujeto es... ¡El Rey Vegeta de Dragon Ball!» El bebé, ahora nombrado Dovac por ese hombre, reconoció instantáneamente su identidad a pesar de toda la sangre que manchaba su rostro como si de una pintura de guerra se tratase. «¡¿Qué diablos está pasando?! ¿Acaso reencarné en Dragon Ball? ¡Esto es ridículo!»
Dovac no pudo negar más la realidad, pero darse cuenta de que ahora se encontraba reencarnado en un mundo que él creyó ser ficticio le cayó como un balde de agua fría.
Incluso si podía aceptar la idea de la reencarnación al no saber lo que hay después de la muerte, el hecho de renacer en un mundo así fue más allá de lo absurdo, por lo que no podía asimilarlo por completo.
Es más, su propio desconcierto provocó su silencio, un silencio que extrañó al mismísimo Vegeta III.
—Vaya, este mocoso no llora... —dijo Vegeta III con un ligero sentimiento de rareza, el cual de inmediato se convirtió en alivio ya que no estaba de humor para soportar lloriqueos—. ¡Vengan acá! ¡Rápido!
Vegeta III elevó su imponente voz, de tal modo que intimidó a los saiyanos más cercanos y los obligó a apresurarse a acercarse para atender las órdenes de su líder.
—¿S-Sí, señor? —preguntó uno de sus subordinados con cierto temor.
—Háganse cargo de llevar al hijo de Cassa fuera de este lugar, es muy peligroso que siga aquí durante más tiempo. También consigan alguien que pueda cuidar de Dovac. Es una orden directa mía, así que nadie puede negarse, y de ser así tienen permiso para castigarlos de la manera que se les antoje.
—¡Entendido! —Uno de los saiyanos cargó en sus brazos al bebé apenas recibió la indicación de Vegeta III, ya que no quería hacerle perder la paciencia—. Por cierto, ¿qué será de usted? Llegó muy lastimado.
—Por el momento permaneceré en la retaguardia para recuperarme de mis heridas en las aguas milagrosas. Después de destruir ese punto de control logré conseguir unos cuantos días de tranquilidad para que nos organicemos. Pondré a Paragus a vigilar el área —explicó Vegeta con una voz más calmada debido a su cansancio.
—Muy bien, si necesita algo más por favor no dude en llamarnos. —El compañero del saiyano que cargaba a Dovac asintió dispuesto a cualquier cosa para mostrar sus respetos.
—Sí, sí, pero primero vayan a poner al bebé en un lugar seguro.
Su líder los corrió con un movimiento de mano para expresar su fastidio, y al imaginarse lo que les podría pasar de continuar molestándolo decidieron retirarse de inmediato con el recién nacido para cumplir con sus órdenes.
Aun cuando Vegeta les dijo que logró frenar a los enemigos por un par de días, ellos se alejaron apresuradamente pues no querían correr ningún riesgo de ser emboscados, algo que sucedía de forma frecuente durante los cinco años seguidos que llevaban de guerra contra los tsufrui.
Esos enanos, a pesar de ser muy débiles físicamente, poseían un armamento militar demasiado poderoso gracias a su avanzada tecnología, así que debían andarse con cuidado y no confiarse.
—Sigo sin poder creerlo. Cassa pudo tener a su hijo entre toda esta mierda. Pensé que le iban a reventar la panza en un descuido —comentó ya más tranquilo el saiyano con Dovac en sus brazos.
—Yo también. Es sorprendente como peleó cargando a ese mocoso durante nueve meses en su estómago. No por nada es cercana al jefe.
—Era, mejor dicho.
—¿A qué te refieres? —Su compañero lo miró con duda después de ser corregido por él.
—Cassa dio a luz en medio del campo de batalla y fue herida gravemente durante el parto. Vegeta estaba cerca así que logró salvar al mocoso, pero Cassa ya estaba perdida. Una lástima, perdimos a la más fuerte del clan —explicó el saiyano, dejando escapar un suspiro de resignación.
—Sí, una lástima. De seguir con vida, Vegeta la hubiera tomado como su esposa para dejar una fuerte descendencia. Que desperdicio... —Al igual que su camarada colocó una mueca de desagrado por la mala noticia, después de todo él y la mayoría de saiyanos querían saber que tanto potencial tendría la hipotética unión entre el hombre y la mujer más fuerte de su raza—. En fin, fue culpa suya. Quien la mandó a pelear en esas condiciones. Se hubiera esperado.
—Por cierto, ¿te has dado cuenta que este bebé no ha llorado en todo el camino? —cambió el tema para señalar la inquietud que tenía desde que fueron encargados con esa labor, mirando casi fijamente a Dovac.
—Sí, da mala espina... Pero bueno, es mejor eso a tener que soportarlo berrear por horas.
Dovac, quien escuchó atentamente toda la conversación que tuvieron los dos adultos desde que fue encargado por Vegeta III, se sintió un poco nervioso al ser objetivo de sospechas a tan corta y vulnerable edad, pero agradeció que dejaran pasar ese particular comportamiento de él, que al haberse calmado pudo controlarse mejor y no supo actuar correctamente su papel de bebé recién nacido.
Por otro lado, todo ese tiempo le sirvió para terminar de asimilar su nueva realidad y también ponerse en contexto de lo que estaba pasando actualmente, ya que no tenía ni idea en qué tiempo de la historia estaba y necesitaba ubicarse urgentemente para saber cómo proceder, aunque sería inútil de momento porque, como bebé, no controlaba su cuerpo y estaba indefenso.
«Asi que sí estoy en Dragon Ball... Y parece ser que me encuentro mucho antes de que inicie algún acontecimiento relevante para la historia. Solo con ver sus vestimentas me doy cuenta que aún no han sido esclavizados por Frieza y su ejército» analizó Dovac con sumo cuidado. «Bien, en conclusión, no sé qué hacer.»
—Hemos llegado —avisó uno de los saiyanos después de haber viajado volando durante tres horas seguidas a una velocidad considerable.
Frente a ellos había una especie de aldea primitiva, con todas sus construcciones hechas a partir del mismo material de la base general de Vegeta III. La única diferencia es que el ambiente ahí era mucho más pacífico y tranquilo, después de todo estaban lejos del campo de batalla, siendo un lugar destinado para aquellos saiyanos incapaces de pelear por una o varias razones, ya sea por haber perdido extremidades, algunos por vejez y otros por su bajo poder de pelea, de tal modo que no podrían aportar nada a la batalla, más que actuar de carnada.
—¡Tenemos noticias del jefe Vegeta! —Alzando bastante la voz, logró llamar la atención de todos los presentes, sobre todo porque mencionaba un nombre muy importante como para ser tomado a la ligera.
—La guerrera Cassa murió mientras peleaba, pero consiguió dar a luz. Este es su hijo. —Su compañero continuó dando el anuncio, levantando sus brazos para mostrar al recién nacido a los demás, lo que provocó el asombro de los aldeanos al enterarse de tal suceso—. El jefe ordenó que alguien de ustedes se haga cargo de este niño. Su nombre es Dovac.
—No importa quién sea, solo háganlo, o ya saben lo que les pasará —amenazó el saiyano con una expresión seria, lo que significaba que no era broma ni un intento de intimidación como usualmente hacían los más fuertes hacia los débiles, sino que avisaba el obvio resultado de ir en contra de una orden del mismísimo Vegeta III.
—Yo me haré cargo. —Ante la indecisión y nerviosismo de sus compañeros saiyanos, una mujer levantó la mano para ser más fácil de identificar por los mensajeros, así que también dio un paso al frente—. Recientemente di a luz, así que puedo alimentarlo.
—Bien, todo tuyo. —Sin querer extender más su estancia allí, el saiyano le entregó casi al instante el bebé para dejárselo—. No hace falta volverlo a decir, pero más vale que lo cuides bien.
—Sí, sí, lo sé... Que el jefe se enojará y me matará, ¿no? —replicó ella con total desinterés, ya que estaba totalmente segura de que haría bien su trabajo, así que las advertencias no significaban nada.
—Como sea. Nosotros nos regresamos al frente de batalla —concluyó el saiyano dándose la vuelta junto a su compañero para retirarse.
—Así que Dovac... —Después de que se fueran, la mujer le dio un vistazo al bebé que sostenía—. Eres muy parecido a tu madre, ojalá sea igual con el talento.