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Mingyu odiaba estas fechas, jamás entendería el placer de salir por la noche y tocar cada puerta de cada casa en toda la maldita cuadra.
Su casa siempre había sido blanco para los pequeños vándalos y uno que otro joven y puberto que solo buscan hacer maldades, llenando su casa con harina y agua, bombardeándola con huevos y forrándola con papel higiénico. Esta noche no, oh no.
Se preparó desde antes. Salió muy temprano de casa, había investigado en Internet cuales eran los mejores dulces, cuales eran los más populares entre los niños y sobre todo en estas fechas.
Mingyu había dejado de dar dulces hace cinco años, cuando sus caramelos de menta, naranjas e hilo dental provocaron que los inocentes niños vestidos de demonios, princesas y fantasmas se convirtieran en reales espíritus infernales y vieran su casa como un maldito tiro al blanco.
Pero sinceramente estaba cansado de todo esto, y los oficiales no podían hacer algo porque, según ellos, no habría forma de identificar a todos ellos. Pura mierda.
Este año, incluso se atrevió a decorar el patio, colocando calabazas naranjas de distintos tamaños que previamente había arreglado, sacando todo el relleno y dibujándoles rostros a cada una. Les metió velas para que fueran un poco más tétricas.
Las plantas y ramas de su árbol las llenó de telarañas falsas y colgó en ellas arañas gigantes para una mejor imagen. Lo mismo con las ventas a las cuales también estampó pegatinas del tamaño de una hoja de papel simulando ser ventanas rotas.
Elaboró un espantapájaros con su ropa más vieja y desgastada, rellenándolo de heno que consiguió con su vecino Seungcheol, un agradable granjero. Lo amarró a un poste y lo enterró cerca de la entrada de su patio, incluso los tontos y molestos cuervos ya estaban sobre el hombre falso. —Que mierda.
Todo parecía estar en orden. No recordaba la última vez en que se había disfrazado para estas fiestas, pero de eso ha de haber pasado un montón de tiempo, años. No es lindo recordar aquello. Los niños con mejores trajes y disfraces que él era lo peor de la noche. Siempre burlándose porque sus disfraz estaba incompleto, en mal estado o porque simplemente su madre no tenía el dinero suficiente para costear algo decente y solo lo enrollaba en papel higiénico para que su hijo fuera una momia o el hombre sin rostro, colocando una bolsa de papel sobre su cabeza y cubriendo su rostro, con agujeros donde iban sus ojos y una pequeña ranura sobre su nariz para poder respirar, con una boca dibuja con un tizón.
Si, tal vez por ello odiaba estas fechas. Cuando su inocencia aún estaba intacta no le importaba, no entendía las burlas directas de los niños mayores o de los hijos de padres ricos pensando que era solo porque si disfraz era gracioso, pero era todo lo contrario.
Los niños eran crueles.
Con el paso de los años dejó de interesarse en la festividad y sólo solía encerrarse en su cama, bajo las sábanas para jugar con su dañado Max Steal y su Batman sin capa.
Regresando a la actualidad, Mingyu soltó un suspiro mirando todo lo que había hecho. —Nada mal .— dijo, alentándose él mismo.
Se quitó su camisa escocesa, la cual mantenía desabotonada y se secó el sudor de su rostro con ella, dejando sus hombros y bíceps a la vista de cualquiera con su playera interior blanca a manga corta pegada a su muy buen trabajado cuerpo. Se colgó su camisa a cuadros sobre los hombros y saludó al joven pálido que cargaba unas bolsas llenas de tela, del otorga lado de la calle.
Mingyu no había tenido tiempo de conocerlo en persona, era nuevo en la cuadra, al rededor de una semana que se había mudado el desconocido. Tampoco conocía su nombre aunque si su apellido, Jeon. Lo escuchó del hermano del granjero, Jeonghan.
El chico lo saludó con un simple asentimiento de cabeza y le sonrió sin despegar los labios. Tal vez pasando estas fechas prepare algo con su delicioso sazón y le lleve para conocerlo mejor.
Sin nada más que hacer, levantó las gafas de excavación del suelo y rodeó su casa para llevarlas a la pequeña bodega donde guarda sus cosas de trabajo como la podadora de césped y el insecticida para las plagas en sus plantas y su pequeño huerto de tomate.
【🎃】
Mingyu asomó su rostro por la ventana de su pórtico. El cielo estaba pintado con colores azules y morados, y una franja naranja; los últimos rayos del sol.
Las farolas de las calles comenzaron a encender de una en una mientras la noche avanzaba hacia ellas. Las decoraciones en las casas vecinas comenzaban a lucir, como el zombie iluminado de su vecina de en frente, la Señora Sharon. Esta fue la señal para salir él mismo y encender las velas dentro de las cabezas de calabaza.
Les quito las tapas y metió el mechero para encender una a una. Se paró frente a su patio y admiró su obra. Los ojos de las arañas falsas se distinguían como pequeños focos fosforescentes en verde y morado, y el rostro del hombre falso lleno de heno lucía temible con la lámpara de luz roja colocada en su interior.
—¡Muy buen trabajo, Mingyu! .—Habló en voz alta Seungcheol desde el porche de su casa.
—¿Saldrá? .—Inquirió Mingyu, acercándose a la cerca de madera que separa sus casas, apoyando sus antebrazos en esta.
Seungcheol estaba decentemente arreglado, con un pantalón negro de vestir y una camisa blanca de manga larga. Lo miró acomodar un enorme tazón con dulces sobre un banquillo mientras asentía.
—Cena familiar .—Contestó Jeonghan cuando salió de la casa con un letrero que decía "Solo toma uno o muere" con una carita feliz al final. —Esta vez te has preparado bien, ¿eh?
—Es horrible despertar al día siguiente con tu casa oliendo a huevo. Tener que limpiar todo el desorden también es un martirio, prefiero prevenir esta vez.
—Yo solo espero que no se lleven el tazón, cazaré a quien sea que lo tome. — Habló Jeonghan, acomodando bien el letrero detrás del tazón.
—Bien, nos estamos despidiendo. Nos vemos Mingyu.
—Disfruten la cena .—Se despidió de sus vecinos y caminó hacia el interior de su casa. Para cuando encendió la televisión con un volumen medio, el canto y grito de los niños pidiendo dulces se escuchaba a la distancia.
Se había surtido con la suficiente cantidad como para darle tres dulces a cada niño.
Se desnudó y se metió a la ducha. El agua fresca cayendo y recorriendo su piel dura.
Cerró la llave del agua cuando terminó y se enrolló una toalla por la cadera, su V marcada y sus abdominales húmedos brillaban en esa piel dorada.
Era momento de su disfraz. Lo había comprado en línea hace unas semanas, afortunadamente había acertado en la talla y le quedaba a la perfección, pantera negra, su personaje favorito de la franquicia Marvel.
La noche fue transcurriendo, la puerta era tocada constantemente con pequeños grupos de cinco hasta diez niños y adolescentes.
El "dulce o truco" le divertía esta vez, pues su casa estaría impecable de cualquier vandalismo de esos malhechores azucarados.
—¿Dulce o truco? .—Preguntó una pequeña niña disfrazada de Madeline Hatter, la hija del sombrero loco, acompañada de, muy probablemente, su madre.
Mingyu vació cuatro dulces por el buen disfraz. Su hermana es una gran fan de esa muñeca.
—¡Gracias señor! .—Gritó la niña con una enorme sonrisa mientras corría hasta la próxima casa.
Mingyu le sonrió a la pequeña, pero tan pronto como cerró la puerta, esta se deshizo. Las bolsas de dulces habían sido variadas con rapidez. La noche todavía no terminaba y las bolsas estaban abajo de la mitad. Había comenzado a racionar y solo dar dos a cada niño, al parecer este año la aglomeración de los pequeños pidiendo dulces había aumentado y Mingyu no estaba seguro de si sus municiones aguantarían hasta que la noche acabara.
Cuando el último dulce cayó dentro de la calabaza de un pequeño, Mingyu suspiró. El reloj marcaba las doce de la noche y al parecer esta había sido la última horda de pequeños en la calle.
Con un "yes" por parte de Mingyu acompañado de un salto de la victoria, celebró pues por primera vez en varios años su casa quedaría limpia y sin manchas de huevo y harina, y envuelto en papel higiénico.
Mingyu estaba a punto de quitarse la máscara cuando la puerta fue tocada. Podría abrir y decir que los dulces se habían terminado, pero eso podría contarle otra limpieza posthalloween mañana por la mañana.
Todas las luces estaban encendidas a excepción la de la cocina, por lo que podría ocultarse hasta que quien esté fuera, se marchara.
Los golpes aparecieron otra vez y Mingyu tuvo que salir, al parecer esta persona no se marcharía hasta obtener respuesta.
Cuando abrió la puerta, no encontró a ningún niño, era alguien tan alto casi como él, tal vez unos cantos centímetros menos. Su cabello estaba pintado en un tono claro del lila y sus ojos, muy probable lentes de contacto, eran celestes, casi blancos. Llevaba una túnica enorme en guinda con capucha y por los bordes estaba decorada con una tira brillante de plateado, quién quiera que fuera este sujeto se había esmerado con su disfraz para rituales.
—Lo siento amigo, pero ¿no eres un poco mayor para hacer esto?
El hombre no contestó.
Mingyu, algo cansado, regresó dentro para ver si algún dulce habría caído al suelo. Cuando no encontró nada, regresó a la puerta. —Mira, los dulces se me han agotado ya, suerte para la próxima.
Y cerró la puerta, esperando que el tipo entendiera y no dañara su propiedad como lo haría algún niño en su rabieta.
Sin esperar nada más, Mingyu quitó la máscara de Black Panter y la lanzó al sofá. Estaba por hacer lo mismo con el traje de cuerpo completo que se ciñe a su cuerpo, cuando la puerta fue tocada, otra vez. Mingyu gruñó cuando se asomó por la ventana y miró al mismo sujeto ahí, de pie, sin expresión alguna en su rostro.
Los golpes fueron tan insistentes que Mingyu marchó hasta la puerta, todo parecía indicar que este tipo no se largaría hasta obtener algún dulce, o solo, simplemente quería molestar.
—¿Dulce o trato? .—preguntó el sujeto extraño, por primera vez, cuando Mingyu abrió la puerta de golpe. Su voz era profunda, un poco gruesa, pero a la vez siendo ligera.
—No hay dulces, así que largo .— Espetó Mingyu, furioso. Ya lo había dejado en claro, no tenía ni una golosina que dar. Y cerró la puerta con fuerza frente al hombre pálido.
—¿Es un trato?
—Si, si. Lo que sea .— Contestó desde el interior. A estas alturas ya no le importaba el desastre de mañana, quería dormir, no tenía el tiempo de estar discutiendo con un tipo raro.
Oh, pobre Mingyu, que sin saber que este hombre era un demonio, y no cualquier demonio. Ha sellado su destino eterno.
Se quitó por fin el disfraz, quedando únicamente en su ropa interior. Encendió el aire acondicionado y se lanzó en su cómoda cama. Siendo un hombre soltero a la edad de veintisiete años no estaba tan mal.
Su familia había insistido en que conociera a la hija de unos amigos, pero Mingyu no estaba interesado en algo formal por el momento. Los treinta era una edad adecuada para buscar formalizar y formar una familia, aún era joven y quería disfrutar un poco más los placeres de la vida.
Se enrolló en el cobertor como un Taco después de encender la televisión de su habitación y buscar la serie en la cual se había quedado la noche anterior.
Poco a poco se iba quedando dormido. Sus párpados comenzaron a ganar peso y cuando menos lo supo, el control remoto cayó de su mano a suelo y él en un profundo sueño.
Estaba en el pórtico, sentado en la banca de madera. Su vista se dirigió al final de la calle donde la bombilla de la lámpara comenzó a parpadear. La luz se encendía y apagaba cada cierto tiempo.
Cuando ya no volvió a prender, Mingyu se levantó y caminó hasta estar en medio de la carretera privada de la cuadra. Achinó sus ojos tratando de descifrar que era esa extraña sombra que se movía en la oscuridad.
La luz volvió a encender de golpe y Mingyu abrió sus ojos asombrado. El tipo con la túnica grande estaba ahí, de pie bajo la única luz en el lugar. Comenzó a caminar hacia Mingyu, asustado, Mingyu trató de correr al interior de su casa, la puerta estaba abierta afortunadamente, estaba tan cerca que cuando estaba apunto de pisar el primer eslabón de los escalones, la puerta se comenzó a cerrar lentamente.
Trató de correr más rápido, pero era como si sus piernas no avanzaran. Giró su rostro para mirar hacia atrás, el tipo sacaba del interior de una de sus inmensas mangas un libro y una pluma con tinta roja escurriendo de ella.
Su respiración se agitó, acelerado cayó al suelo y se arrastró, pero dos parea de manos que salieron del interior de la tierra lo sujetaron de sus tobillos.
—¡No, suéltenme!
Pero cualquier cosa que hiciera resultaba inútil. Estaba acabado.
Cuando el tipo se acercó lo suficiente, tomó el final de la túnica y lo cubrió por completo.
El golpe sordo retumbó en la habitación. Mingyu se lamentó mientras sobaba su cabeza, se había estrellado contra el piso, todo había sido un sueño.
Un mal sueño.
Se levantó y caminó al baño. El reloj en la pared de la sala de estar marcaban las tres de la mañana. Siguió su andar hasta meterse al baño y bajar sus ropa interior para orinar. Cerró sus ojos y dejó que el líquido fluyera, el sonido del agua chapotear impedía oír algo más.
Sacudió su miembro lo suficiente como para estar, decentemente, seco y subió su ropa interior. Se giró al espejo para lavar sus manos, pero él reflejo frente a él lo detuvo, no era él, era el mismo hombre.
—¡¿Qué mierda?! .—Exclamó asustado, retrocediendo hasta chocar sus pies con el sanitario y caer sentado en este. Talló sus ojos y los abrió, aplicando lo mismo varias veces, creyendo que estaba aún en el sueño. —Despierta .—Se dio una bofetada fuerte, pero nada cambió, todo seguía igual, a excepción de que el espejo lo enfocaba esta vez, y no al tipo de sus sueños, quien rápidamente se materializó en su mente con el hombre pidiendo dulces hace unas horas.
—Debí darme duro con el piso.
Murmurando, Mingyu caminó hasta la sala de estar. La curiosidad era demasiado grande, pero aún así y con sus manos temblorosas, deslizó la cortina para mirar hacia afuera. No había nada fuera de lo normal, incluso un gato negro corría por las calles buscando en los cestos de basura.
Antes de cerrar la cortina, sucedió. La lámpara frente a su casa parpadeó. Tragó grueso, estaba sucediendo igual que en su sueño.
Las otras lámparas hicieron lo mismo. El corazón de Mingyu se aceleró, todas las farolas comenzaron a apagarse como un efecto domino hasta que la calle quedó en completo silencio.
Mingyu cerró la cortina con cautela y retrocedió lento. Una luz en el exterior llamó su atención, la luz se colaba a través de la cortina, como luz intermitente permaneció. Acercó sus dedos al borde de la cortina y abrió un poco para mirar sin ser atrapado.
Cuando lo hizo, el tipo de túnica miraba en su dirección. Quería creer que no lo estaba viendo a él, pero algo dentro de Mingyu le aseguró que el extraño sabía su posición.
Nada pasó después de eso, el tipo siguió en vela durante toda la madrugada, Mingyu lo supo, pues él tampoco se movió del sofá.
Al final, terminó durmiendo cuando el sol anunció su regreso. Los ronquidos de cansancio se escuchaban a través de las paredes de su casa. Despertó un par de horas después cuando su teléfono de casa sonó.
—¿Bueno?
—Hola, Kim Mingyu, necesito tu firma para llevarte conmigo.
Mingyu se levantó de un brinco y miró el aparato colgar. Una risa malévola escuchó antes de desconectar la línea. Talló su cara en frustración con sus manos y caminó a la puerta ante el insistente llamado. No sabía desde cuándo estaban tocando, pero si era el mismo hombre no dudaría y golpearlo.
Su ceño fruncido se desvaneció cuando, al abrir la puerta, el chico nuevo en la calle sonreía mientras sostenía en sus manos un trozo de pay de calabaza.
—Hola, ayer nos saludamos y pensé ¿por qué no he hablado con él, si parece un buen tipo? Soy Jeon Wonwoo.
—Ha... oh si, hola, perdón por recibirte así .—Señaló incómodo su cuerpo casi desnudo. —Tuve una terrible noche y no pude dormir. Ehm... eso huele bien. Por cierto, Soy Kim Mingyu, un gusto Wonwoo.
—El gusto es mío, Mingyu.