Capítulo 1: Isla Nublar
Aquella era una oportunidad única entre un millón, y es que parecía impensable que eso les estuviera sucediendo a ellos. Los estudiantes de la U.A., una prestigiosa academia de Japón, habían recibido una invitación de nada más y nada menos que de la gran empresa InGen.
Esta compañía se especializaba en el desarrollo biotecnológico y la investigación científica. Aunque mayormente era conocida por haber sido la responsable de la creación de Jurassic World, el reciente parque temático que exhibía a criaturas que durante millones de años habían estado extintas, fosilizadas bajo tierra.
Pese a eso y debido a los conocimientos que John Hammond dejó, los dinosaurios volvieron a la vida como por arte de magia.
Pero de entre tantas instituciones académicas, ¿por qué solo la U.A. fue elegida? La respuesta era simple, este instituto contaba con mentes brillantes, alumnos que estaban interesados en el campo científico, dotados de grandes talentos y habilidades.
La compañía pensó que sería conveniente echar un vistazo a estos jóvenes, porque quién sabe, quizá en un futuro no muy lejano, trabajarían para ellos. Otro factor que afectó fue que las instalaciones de la academia disponían de dos de los mayores laboratorios de Japón, los cuales despertaban la curiosidad de InGen.
Es así cómo esta oportunidad se dio. Aunque no fue sencillo convencer al director ni al profesorado, ya que consideraban que enviar a unos cuantos chavales a otro continente podría resultar peligroso. Porque sí, no asistiría el colegio entero. Eso sería un completo caos.
Por eso decidieron que la clase 1-A iría en representación de la academia, debido a que sus resultados eran superiores a los del promedio. Al principio el director Nezu se rehusaba ante la posibilidad, porque tenía en cuenta el brutal incidente de Jurassic Park y todas las vidas que se perdieron en este.
Pero tras horas de largas negociaciones y gracias a que el señor Masrani se puso en contacto con él, garantizando que el parque era un lugar seguro, el director concluyó que aquella era una ocasión única y no se podía desaprovechar.
Con el visto bueno del director, la clase 1-A partió en un largo viaje junto a tres de sus mejores profesores: el famoso paleontólogo All Might, especializado en ciencias de la tierra, Midnight cómo profesora de física y por último Aizawa, conocido como Eraser Head, tutor y licenciado en arqueología.
Por suerte o por desgracia, ellos habían sido seleccionados para controlar a aquellos estudiantes, porque académicamente podían ser estupendos, pero eran revoltosos de narices y nunca hacían caso.
Después de horas en avión y tras tomar un breve descanso, tanto el profesorado como el alumnado aterrizaron en uno de los aeropuertos de Costa Rica. Más tarde se dirigieron al puerto y montaron en un enorme barco.
El grupo de alumnos y sus respectivos profesores se encontraban en la cubierta de la embarcación. Algunos de los jóvenes estaban haciendo fotos y hablando entre ellos, otros simplemente disfrutaban de las increíbles vistas al mar.
—¿Cuánto queda? Creo que voy a vomitar —anunció un joven, el cual se apoyaba en una especie de barandilla.
Su cara se mostraba pálida como la nieve y aquel cabello amarillo eléctrico estaba desordenado por culpa del viento.
—¿Cuántas veces lo has preguntado ya? Y si vas a potar, al menos hazlo en el maldito lavabo —respondió un adolescente, perdiendo los nervios.
El chico le lanzó una mirada acusadora.
—Gracias por tu preocupación, Bakugo —dijo suspirando.
—Vamos Kaminari, anímate. Ya falta menos.
El pelirrojo que se mantenía a pocos centímetros de él, le dio una suave palmadita en la espalda.
—Has dicho eso hace cinco minutos, pero yo no veo ninguna isla cerca —reprochó, mientras que con sus manos creaba unos prismáticos inexistentes, para luego moverlos de lado a lado.
—Eres muy impaciente, ¿lo sabes, no? —comentó Mina, a la vez que acariciaba uno de sus mechones rosas.
—No lo soy. Es solo que odio ir en barco. Me revuelve las tripas.
—Oye, ¿creéis que habrá chicas sexis en el parque? Quizá vuelva a casa con novia —. Alguien los interrumpió para decir aquella estupidez.
Todos pusieron una expresión de asco al escuchar el comentario del pervertido de Mineta. Aunque Kaminari y Sero se rieron en su cara. Anda que ir a una isla llena de dinosaurios solo para intentar ligar...
—¡¿Por dios, queréis cerrar la boca de una vez?!
Bakugo estaba realmente molesto. Alzó demasiado la voz, incluso algunas personas que iban a bordo se giraron en su dirección para ver qué era lo que sucedía.
Un chico peliverde escuchaba la conversación a lo lejos. Sus ojos brillantes, los cuales relucían debido a la emoción que sentía por estar en aquel lugar, chocaron con los del adolescente rubio. Ambos apartaron la mirada, uno chasqueando la lengua y el otro a causa de los nervios.
Su relación era algo extraña, tanto que ni siquiera podía ser descrita con palabras.
Izuku Midoriya, así era como se llamaba este joven. Aunque su amigo de la infancia, que por cierto, supuestamente lo detestaba, lo llamaba Deku.
Desde niño, el pecoso siempre había sentido un gran interés por los dinosaurios. Los había estudiado durante años y todavía no asimilaba que los vería en vivo y en directo, en vez de a través de libros.
De su mochila amarilla sacó unos prismáticos reales, no como los de Kaminari que eran imaginarios, y se puso a contemplar el caluroso paisaje. Después de varios minutos mirando el mar, el chico pareció avistar algo que se situaba muy al fondo.
Apretó sus ojos y conforme el tiempo pasaba la imagen se hacía cada vez más nítida.
—¡Chicos! ¡Chicos!
Su cuello dio un giro de noventa grados. Intentó llamar la atención de sus compañeros, pero los alumnos no lograron escucharlo, ya que estaban conversando, o más bien discutiendo con Mineta.
El único que se percató fue Bakugo.
—¿Qué cojones pasa, friki de mierda? —replicó, fingiendo desinterés.
Deku lo miró sorprendido. De entre todas las personas, no esperaba que él fuese el que le hiciera caso.
—La veo.
—¿Ah? ¿Ves que? —contestó, arqueando la ceja.
—¡La Isla Nublar! ¡Kacchan, por fin hemos llegado! —declaró casi a gritos, señalando el pedazo de tierra.
Por el alboroto que montó, los demás se fijaron y se dieron cuenta de lo que tenían ante sus ojos.
El rubio no dijo nada. Es obvio que no lo admitiría ni aunque le pagaran, no obstante, Izuku sabía que estaba realmente entusiasmado.