Perro Amor by One at Inkitt
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Perro Amor

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Summary

Ninguno tuvo las cosas fáciles. Uno vivió circunstancias que lo marcaron tanto cuando era más joven, que lo llevaron a sumergirse en el hermetismo para protegerse. Fue el instinto de supervivencia de un perro apaleado por la vida. El otro tomó un camino distinto ante los golpes, un camino más peligroso y arriesgado; el único que conocía. Se mueve en la oscuridad de las calles y se aleja de la luz cuando escucha las sirenas. Ambos se reúnen de vez en cuando para sacarse las ganas, para lamerse las heridas, casi sin saberlo. La vida parece más fácil así, sin ataduras, sin correas que los aten a lo que ninguno cree que quiere o necesita.

Genre
Romance/Drama
Author
One
Status
Ongoing
Chapters
19
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

1

Daniel se apropió de una lata grande de cerveza y se dejó caer en el tronco de la vereda que siempre usaba de banquito, para ponerse a ver qué pasaba por la calle. Le dio un buen trago y largó un suspiro al sentir el viento en la cara, cerró los ojos y se permitió disfrutar la soledad, el silencio y la vida.

Por más que no había dicho ni hecho nada, sabía bien que ese día era el décimo aniversario de lo de sus viejos. No le había dado mucha pelota, ya estaba grande para esas mierdas lamentarse por el pasado, pero por alguna razón había caído en cuenta de qué fecha era. No obstante, había ido a laburar como siempre, después había ido al gimnasio a ocupar la cabeza con las máquinas y se había encontrado a Román en las duchas, así que estaba relajado, descargadito y despejado. No necesitaba ni esperaba nada más de la vida.

Se dispuso a mirar el movimiento de la calle: los pibes de las escuelas públicas aledañas ya andaban revoloteando por ahí volviendo a sus casas, también cruzaban los laburantes en sus bicicletas y los autos se esmeraban por esquivarlos por las angostas y mal parchadas calles del barrio, ese que hacía rato ya lo consideraba suyo.

Le gustaba hacer eso de sentarse fuera, leer algún libro u ocupar la cabeza imaginándose historias de los transeúntes que esfumaban poco después de perderlos de vista. Le traía cierta paz, una tranquilidad que a Daniel le gustaba resguardar.

—Dios, necesito vacaciones… —Escuchó al Kiles decir y al poco rato lo sintió sentándose a su lado.

—¿Día largo? —le consultó y su amigo se abrió una lata de cerveza que se había traído de adentro y le dio un buen trago para retrasar contestarle.

Ya tenían diez años conviviendo. Él se había ido ahí cuando todavía tenía diecisiete; el plan había sido esperar a los dieciocho, pero la situación con sus viejos había estado tan insoportable que se había adelantado un par de meses. Su amigo y la madre de éste le habían recibido con los brazos abiertos, y se habían convertido en su familia más que cualquiera.

Siempre se había sentido querido y aceptado en esa casa. Los dos se habían quedado huérfanos muy jóvenes, pero se cuidaban como un par de buenos hermanos. Dani se había sentido un poco raro cuando su amigo se había conseguido novia, pero con el tiempo logró formar una buena amistad con ella y no hubo problemas cuando Ivana se mudó ahí con ellos, cuando ya llevaban cosa de cuatro años de relación.

—Estoy muy cansado de capacitar y entrenar pendejos en la fábrica —farfulló Kiles—. Todo ese laburo para que después desaparezcan a los cinco meses porque no se pueden levantar temprano, vagos hijos de puta.

Dani se rio.

—Creí que los peores eran los que les cuesta mantener el ritmo de producción, porque atrasan todo.

—No, no, no. Los peores son los que se viven distrayendo con el celular. Desde que pusieron cámaras apuntando a todos lados por esa mierda, ya ningún pendejo pasa la etapa de evaluación. Los odio tanto.

Daniel no pudo evitar soltar una carcajada.

—Te estás dando cuenta que ya estás hablando como un viejo choto, ¿no?

Su amigo le pegó un derechazo en la pierna y él se rio un poco más. Kiles refunfuñó, le dio otro trago a su bebida y después lo apuntó con la cabeza.

—¿Qué onda con vos? ¿No vas a salir? —Dani le hizo un gesto negativo con la cabeza y se mandó un buen trago, pero el otro le hizo caras—. ¿Cómo que no? ¿No vas a verte con tus chongos?

—Taddeo se fue de viaje de negocios…

—Ese era el abogado, ¿no? —interrumpió su amigo—. ¿El rubio que parece modelo? —Dani sonrió porque siempre le causaba gracia que le diera esa descripción, y le asintió—. ¿Y el otro, el de anteojos con cara de psicópata?

—Guido anda medio raro, así que lo estoy ignorando un poco. Creo que se está empezando a enganchar conmigo, así que…

—Ya no te la levanta al oler que quiere algo serio y desaparecés. Clásico Dani —dijo el otro, entonces no pudo evitar sonreír—. Yo te dije que ese tenía cara rara, algo en su actitud o no sé.

Él se encogió de hombros y no le dio muchas vueltas. No era el primero y probablemente no iba a ser el último que se creyera que él tenía otro tipo de interés.

—Igual me lo crucé a Román en el gimnasio, garchamos en las duchas, así que puedo decir que por hoy ya estoy servido.

Kiles se rio y negó con la cabeza.

—Un día los van a atrapar y los van a dejar vetados de por vida.

—Na, le saqué la curiosidad a uno de los dueños, así que no va a hacerme dramas.

—Dios, Dani…. —Se rio el otro—. A veces me pregunto para qué tenés Grindr si ya te podés servir solito a cualquier lado que vas.

Él no pudo evitar reírse y se mandó otro trago antes de soltarle un montón de cosas de su vida sexual, porque estaba seguro de que Kiles no quería saber. Era consciente que tenía cierto atractivo, por algo siempre enganchaba algo por donde iba, pero era muy prudente y claro con sus intenciones, porque él no tenía ningún plan de ir en serio con nadie. Le gustaba la independencia, moverse solo sin darle explicaciones a nadie y no era muy bueno hablando, así que estaba mucho mejor soltero. Prefería no atarse a nadie, pero si le gustaba mucho la química que tenía con alguien podían repetir, siempre y cuando le aceptaran la dinámica de sexo sin compromiso y no se enamoraran por el camino.

Disfrutó lo poco que quedó de la tarde con su amigo en la vereda, hasta que éste se fue a la parada de colectivos a buscar a su novia y acompañarla de regreso a la casa. Él aprovechó a meterse para comenzar a hacer las pizzas caseras, porque Kiles antes de irse le recordó que esa noche tocaba timba.

Daniel ni siquiera se acordaba de cómo había empezado todo eso, pero un par de veces al mes Kiles se juntaba con sus amigos y conocidos a jugar póker por guita. Su novia, Ivy, y él no se metían en ese asunto, de hecho, solían aprovechar de ver alguna serie o película juntos en una habitación mientras el otro estaba con sus amigotes en la sala.

Esa noche Ivy se quedó dormida tan rápido que no llegó a ver ni tres cuartos de película. Dani supuso que andaba muy cansada, así que decidió dejarla dormir y, al cruzar la sala, vio que esa noche acompañaban a Kiles los tres de siempre y otros dos que no había visto antes. No se preocupó porque su amigo solo aceptaba a gente de confianza, para que la cosa no se saliera de control, así que los saludó para no ser descortés y decidió aprovechar la noche templada para ir a leer uno de sus libros en el patio.

Los fue viendo irse uno a uno a medida que pasaban las horas, y al final, los últimos en salir fueron el vecino de la esquina, un flaco escuálido al que le decían Mora, y los otros dos que no conocía. Dani se desenganchó de su libro y les prestó más atención cuando lo escuchó al Kiles consultarle algo de mecánica.

Su amigo se los presentó: el grandote con una trenza en la barba era Milo y el de ropa holgada y brazos tatuados que se puso a fumar, le decían Roña. Trató de no distraerse con la mirada penetrante de ese chico ni con su apodo y escuchó con atención la serie de inconvenientes que estaba cruzando el otro con su coche. Decidió revisárselo después de hablar un poco, ya que lo tenía estacionado más allá, y le dio su opinión de lo que podía estar funcionando mal.

Se sintió un poco el centro de atención, solía pasar cuando tocaban esos temas, pero ese fue especialmente raro porque el otro flaco no le sacaba los ojos de encima ni por un segundo, pero no le decía nada, ni para contradecirlo en su diagnóstico ni mucho menos para preguntar o acotar nada.

No entendió bien si era así, si se traía algo con él o qué, pero en una de esas mientras metía el brazo intentando analizar algo del motor, lo enganchó mirándole el culo, entonces su atención se disparó de otra manera.

Dani se hizo el distraído y trató de ocuparse en charlar con Milo, pero varias veces volvió a enganchar a Roña con esa mirada intensa, entonces sus intenciones le quedaron claras, pero trató de comportarse como siempre.

Milo quedó en conseguir los repuestos de las cosas que necesitaba y él se comprometió a ayudarlo a cambiarlas, así que el hombre se ofreció en comprar algunas cervezas en agradecimiento. Dani aceptó para no ser descortés y las compartieron entre los cinco ahí en el patio. Milo le contó del mecánico garca que lo había llevado a esa situación con el auto, y un poco lo molestó con que esperaba que él no fuera igual. Dani supo que la broma tenía escondida una pequeña amenaza, pero no se hizo drama porque él no era un vividor; ni siquiera se consideraba un mecánico.

Le pasó su teléfono al hombre para que le avisara cuando consiguiera el repuesto, y Roña se enganchó a agendarlo también, diciendo que también andaba necesitando alguien que le revisara su coche. Dani se esforzó por seguir actuando natural. Los otros empezaron a hablar de esto y aquello, pero él se distraía mucho con la mirada intensa de Roña.

No pudo evitar preguntarse cómo había conseguido ese apodo extravagante y empezó a sacar teorías al respecto, aunque ninguna era buena. Su ropa holgada no lo ayudaba mucho a reconocer en qué estado físico estaba, pero le gustaba que estuviera tatuado, tenía una chispa que le llamaba su atención. Además, parecía igual de callado que él, de esos que prestaban más atención a los otros y a los alrededores antes de meter sus comentarios, así que quizá la cosa podía ir bien. Pero sabía que tenía que esperar la ocasión.

Estuvieron un par de horas juntos, pero luego las visitas se fueron y todo quedó ahí. Recibió un mensaje de un número desconocido a las pocas horas, cuando estaba por entrar a la cama. Roña le dijo que le agendara y le preguntó si tenía tiempo a la tarde del sábado para que viera su coche.

Daniel aprovechó la oportunidad para revisar su foto de perfil, pudo verle mejor sus facciones y se sintió como un bicho atraído a la miel. Cada segundo que se lo quedaba mirando, más le gustaba. Le daba la impresión de que era un poco más chico que él, pero tampoco era un pendejo y eso era de agradecer. Tenía unos hermosos ojos negros y el pelo también; parecía que le gustaba verse bien, porque se afeitaba, tenía un buen corte de pelo y las cejas cuidadas.

Dani le contestó que no tenía problema y le preguntó si iba a ir a su casa o él se tenía que acercar. Roña le contestó que prefería no arrancarlo al auto porque hacía mucho ruido y no quería sobrecalentarlo o romper algo. Le pasó su ubicación y le prometió darle algo en compensación por las molestias, así que Dani se durmió con el teléfono en la cara, imaginando distintos tipos de recompensas.

Al otro día se duchó, algo ansioso del encuentro. Primero buscó la dirección en el GPS de su teléfono y se dio cuenta que no vivía muy lejos, quizá a unas quince o diecisiete cuadras. Cuando estuvo caminando por ahí, cazó enseguida que seguro era uno de los barrios más pobres de la zona, pero eso no lo hizo detenerse, ni siquiera por la mirada rara del grupete de una esquina, que lo analizaron como si fuese un turista. Dani se guio por los números que le había enviado Roña y coincidieron con una casa estrecha de dos plantas; era un poco más precaria que la suya, pero con un patio delantero mucho más pequeño en donde el auto descansaba a medias, ya que la trompa de este sobresalía un poco y tapaba algo de la vereda.

Roña ya estaba ahí afuera cuando llegó, acompañado de unos perros que parecían callejeros, pero él los mandó a callar cuando le ladraron y la gran mayoría le obedeció; algunos se dispersaron y otros se quedaron por ahí cerca. Dani chocó manos con él cuando se la ofreció y se dispuso rápido a revisar bajo el capó.

Encontró varios posibles problemas. Se había llevado un par de herramientas, así que revisó algunas cosas y fue descartando opciones entre las pruebas con el auto encendido y apagado. Le hizo algunos arreglos temporales, le explicó lo que estaba fallando y le contó que para cambiar el termostato tenía que desarmar el coche y ponerse a laburar tranquilo, que quizá le iba a llevar una o dos horas en cuanto tuviera un repuesto, entonces encontró al otro mirándolo tan intenso como en la noche y con una sonrisa amplia.

—Sabía yo que no me ibas a cagar —le soltó y se relamió los labios, entonces Dani intentó no distraerse, pero se le escapó una sonrisa.

—Ya te lo habían dicho a esto —concluyó. Roña asintió y se apoyó en el auto, cruzándose de brazos y sin sacarle la mirada de encima—. Bueno, entonces sabés que es una pelotudez. Lo más molesto es cambiar el termostato por otro para que no rompa los huevos, pero es solo meter mano y ensuciarse, aunque tenés que saber qué desarmás y cómo volver a armarlo. Si conseguís el repuesto, te lo hago en un día.

Roña sonrió de nuevo y le hizo un gesto con la cabeza.

—Sos mecánico, ¿no? —Él le negó y Roña le chasqueó la lengua, en un gesto confundido—. Qué raro… El Mora nos dijo que el Kiles siempre le comentó que lo eras.

Dani se trató de limpiar las manos con un trapo viejo que siempre llevaba en su bolso y le frunció la cara.

—No lo sabía, no tengo mucho trato con él. ¿Cómo fue que caí yo en su conversación…?

—No me acuerdo, pero siempre me contó de lo de la timba con tu amigo y me dijo una o dos cosas de vos. —Dani se sintió tentado, pero no quiso indagar qué decía su vecino, así que dejó el trapo tranquilo y se puso a guardar sus herramientas—. Creo que sos el primer chabón del barrio que tiene un título de algo y no lo usa, se pone un negocio o se va a otro lado mejor.

—Na, estoy bien así —murmuró, un poco incómodo. Sabía que podía comentarle algo más de porqué se negaba a laburar de lo que sabía, pero no tenía ganas de sacar sus mierdas—. ¿Te jode si te uso algo de detergente para sacarme esto?

Roña lo dejó pasar a su casa para lavarse. La casa era estrecha, en la planta baja la cocina, sala y comedor compartían espacio, así que él se limpió los brazos en la canilla de la pequeña mesada y no pudo evitar pispear los alrededores. No tenía mucho, sus muebles eran viejos, las paredes tenían algunas manchas de humedad en la parte baja y estaban algo descascaradas, pero la tele del rincón parecía nueva y sonaba música de trap de un parlante gigante que hacía luces de colores siguiendo el ritmo.

Roña trajo su bolso con herramientas a la mesa del medio, justificándose que no quería que nadie se tentara a manotear el bolso ahí abandonado en el patio, después lo vio irse a la heladera, sacó unas latas de cerveza y lo invitó a tirarse al sillón un rato, así que él lo acompañó porque se imaginó para dónde podía ir la cosa, de lo contrario, ya hubiese pegado la vuelta hacía rato.

—Entonces, ¿cuánto me cobrás por la revisión y para el cambio?

—No sé. ¿Cuánto me querés pagar?

Dani le pegó un trago a su cerveza y el otro se reacomodó en el sillón, para estar más de frente, entonces se vieron a los ojos otra vez. No le conocía de nada, pero lo sintió inquieto y ansioso. Dani era callado, pero no boludo, sabía cuándo alguien le veía con ganas. No entendía bien porqué el otro no se lanzaba ya, pero iba a seguirle el juego.

—Vos dame un precio, y yo te digo ya si llego o no.

—No me dedico a esto. Me conformo con… un fernet o una picada y fue.

Roña se rio.

—Ah, sos de los que entran con morfi y escabio. Bien, eso también me gusta.

Dani sonrió por la palabra añadida, su acompañante le dio otro trago a su cerveza y se reacomodó en el sillón de nuevo. Dani se dio cuenta la sutileza con la que había hecho que su pierna chocara con la suya. Lo escaneó de nuevo y el otro le apuntó con la cabeza.

» ¿Qué edad tenías? ¿La misma que el Kiles?

—No, veintisiete. ¿Parezco de más?

Roña volvió a sonreír.

—Na. Solo quería saber, porque nunca pude descifrarlo viéndote de lejos. —Dani frunció un poquito las cejas porque lo tomó por sorpresa el saber que ya le había fichado de antes. Nunca se le había cruzado la idea de que alguien por ese barrio pudiera buscarlo de esa manera—. Che, ¿hace mucho te hiciste eso que tenés en la nariz?

—Unos cuantos años —murmuró, tocándose el septum que mil veces se había olvidado que llevaba encima—. Me lo hizo un conocido cuando todavía estábamos cursando la técnica. ¿Te gusta?

—Sí, está bueno porque es sutil, no como esos que parecen vacas. —A Daniel se le escapó una risita—. Yo quiero hacerme alguno, pero creo que duelen como la puta madre…

—Dudo mucho que duelan más que todo eso que tenés en los brazos. Aunque, bueno, depende de dónde te los quieras hacer.

—Me gustan los expansores esos de la oreja que te la atraviesan. Vi uno de una serpiente que estaba mortal, pero después también vi el agujero que te dejan, como si te pudieran meter una poronga por ahí, y se me fueron las ganas. —A Daniel se le escapó la risa floja con ganas, como pocas veces le pasaba, y Roña le metió un empujón—. Dale, no me digas que no lo pensaste.

—No, la verdad que meter la poronga en una oreja no lo pensé. Digamos que no me calienta, no es lo mío.

Se rieron los dos y tomaron más cerveza. Daniel no pudo evitar relamerse los labios, inquieto. Sabía que la tenía servida para empezar a soltar varias cosas sexuales, pero el otro se le adelantó:

—Lo mío tampoco, pero es que lo veo y... no sé, me da algo de cosa ese agujero ahí.

—A mí tampoco me llaman mucho de esos, la verdad. Pero seguro tenés tolerancia al dolor, sino no tendrías todo eso en los brazos. ¿En cuánto tiempo te hiciste tantos tatuajes? Tienen pinta de ser un montón.

—Sí, puede. La verdad es que ya perdí la cuenta de cuántos son, empecé a hacérmelos desde los… catorce, creo. —Dani inclinó la cabeza con curiosidad por su edad y el otro levantó uno de sus brazos, para empezar a girarlo y ver todo lo que tenía. Él se aprovechó y le tocó un par, como el pájaro que tenía en el antebrazo y que bajaba hacia su mano, escondido entre varias flores y un cuchillo—. La mayoría me los hizo un amigo, que necesitaba alguien con quien practicar y siempre nos dijimos que para cuando mejorara, me iba a ir tapando las mierdas de abajo. Y así terminé de manchado, ya ves. ¿Vos tenés más piercings?

—Además de los de las orejas, otros dos.

Roña se relamió los labios y lo inspeccionó con esos penetrantes ojos oscuros.

—¿Dónde?

—¿Dónde creés? —Roña siguió buscando con los ojos y él ya casi que no aguantaba a dejar el culo ahí quieto con tanta charla—. Vení y averigualo, dejemos de dar vueltas. Los dos sabemos para qué estamos, no dejás de comerme con los ojos desde ayer.

Roña soltó una risa nasal, le dio un trago a su cerveza y se puso a mirar a otro lado, relamiéndose otra vez los labios. Vio más tinta en el nacimiento de su cuello, ahí donde ya la ropa ya casi no dejaba ver, y empezó a sentir que se le calentaba todo de las ganas que tenía de probarlo ya.

—Sí, bueno… Pero no podés decir que soy el único en esas, vos tampoco me dejaste de mirar.

Daniel sonrió, porque no hizo falta preguntar si iban a seguir dando vueltas en esa charla sin sentido. Le dio el último trago a la cerveza y sin sacarle la vista de encima, la dejó en el piso a un costado. Lo vio empezar a respirar agitado en cuanto se acercó a sacarle su bebida de las manos y esa gorra molesta que llevaba puesta.

Al principio le pareció que era puros nervios, pero ni bien él acercó sus dedos a su mentón para pasar su pulgar por ahí, Roña se impulsó para adelante y le intentó besar. Él le corrió la cara, aunque no mucho, porque le gustaba tantear el terreno antes de meterse. Roña pareció entender el juego y se quedaron a poca distancia, viendo cada uno de los movimientos del otro.

El otro se sentó más en la punta y Daniel aprovechó a pasarle una mano por la pierna que dejó sobre la suya al sentarse más junto. Roña enseguida le agarró los dedos y lo apuró a subir para hacerle sentir lo duro y necesitado que estaba, entonces ya no hubo más pelotudeo y se comieron la boca.

Dani sintió cosquilleo expandirse en todas direcciones y un calambre en la entrepierna. Su lengua le buscó vivaz y su mano casi que se movió sola buscando la envergadura del otro. Se arrimaron más y se exploraron bien hasta obligarse a recuperar el aliento. Se desabrocharon los pantalones y buscaron complacerse con las manos, porque los dos estaban muy necesitados. Estuvieron en esas hasta que ya no fue suficiente y se arrancaron el resto de la ropa a las apuradas.

Dani aprovechó a manosearlo todo, porque el otro estaba en el punto justo que le gustaba: algo entrenado, pero tampoco demasiado. Pudo tocar todos los tatuajes de sus brazos, y vio que también tenía uno en el medio del pecho, las costillas y bajo el ombligo. Dani lo recorrió todo con sus manos y labios, hasta que terminaron los dos sin pantalones y encontró otros tres tatuajes más, en las pantorrillas y un muslo.

Roña le hizo ver que se había equivocado mucho con él. Cuando lo tuvo arrodillado entre sus piernas comiéndoselo todo, supo bien que esa no era la primera vez que estaba con un hombre, como había creído en un principio. Y lo terminó de confirmar cuando, solito, lo tiró con brusquedad en el sillón y lo empezó a cabalgar como el mejor, jugando y torturándolo con los piercings de sus tetillas.

Se rieron un poco por situaciones torpes en la calentura, se mordieron, marcaron y exploraron bien. Cambiaron de posición y ritmo varias veces, para tratar de estirar un poco más el placer de conocerse por primera vez. Daniel estaba eufórico porque llevaba mucho ya sin encontrarse con alguien que no solo le siguiera el ritmo, sino que no tuviera problema en abrirse de piernas, pero también se lo cogiera a él como si no hubiera un mañana.

Terminaron manchando el sillón destartalado, con los cuerpos perlados de sudor y agitados. Daniel se rio y se sentó un poco más allá, a tratar de recuperar el aliento, todavía con las piernas acalambradas. El otro se levantó y se apuró en buscar algunas servilletas para limpiar el desastre, y él no pudo evitar ver de nuevo ese culo redondito y respingón.

—¿Puedo volver a pagarte así, entonces?

Daniel no pudo evitar sonreír, porque le dieron ganas de inventar deudas para volver a acostarse con él. Se volvió a casa poco después, sin mucha vuelta ni excusa, y el otro lo dejó ir sin reproches ni más charlas insulsas.

Cuando llegó se lo encontró al Kiles en la sala, pero no le comentó del revolcón. No le vio mucho sentido andar ventilando esa data, menos en un barrio como ese que enseguida la palabra se pasaba de boca en boca. Una cosa era ir al centro de Pilar en donde estaban el gimnasio y los bares que frecuentaba, y otra cosa muy diferente era el barrio en donde vivía. Ya sabía que todo el mundo lo señalaba como el maricón de la calle Santa María, no necesitaba que encima estuvieran haciendo una lista de sus conquistas.

Dani pensó que la cosa iba a quedar ahí con Roña, pero tras un par de días éste le mandó un mensaje preguntándole qué estaba haciendo y si tenía ganas de pasar el rato, añadiéndole una foto frente al espejo. Le había gustado tanto que no le faltó nada más para volver a ir a buscarlo.

Él decidió aclararle enseguida que no quería nada serio y el otro no puso peros. Parecían estar en sintonía, iban directo al asunto y en el medio no intentaban indagar en la vida del otro, solo querían sacarse las ganas.

Dani siguió con su vida como siempre, y poco a poco Roña empezó a volverse otro de sus “recurrentes”: solo se mandaban mensajes para verse y volver a tener sexo, aunque a veces se mandaban fotos y mensajes subidos de tono. Y Daniel se sintió muy cómodo con él, porque no era algo constante ni estaba acordado a un horario o día en concreto, y se buscaban los dos, no era algo de un solo lado que uno enviaba y el otro se limitaba a contestar.

El tiempo voló así, de encuentro en encuentro. Cuando Dani se dio cuenta y se puso a contar, ya había pasado mes y medio del jueguito con él. No había mantenido ningún tipo de “exclusividad” con Roña, de hecho, muy cada tanto se cruzaba a Román por el gimnasio y algún que otro cualquiera por un bar, pero sí Dani notó que esos encuentros no eran encuentros tan picantes como los que tenía con Roña.

Un día le arregló su auto cuando le contó que tenía el repuesto. El trabajo le llevó su hora y algo, y cada tanto se le hizo difícil laburar cuando lo tenía al otro ahí aprovechándose de la vista, pero se lo dejó funcionando. Esa vez, lo hicieron en la cocina y se terminaron dando una ducha juntos, porque se habían manchado con grasa y aceite del coche. Roña esa noche cumplió lo de invitarlo a comer y tomar algo. Dani al principio estuvo un poco alerta, para ver si el otro tenía intenciones ocultas, pero estuvieron unas cuantas horas en el patio, escuchando música sin miradas raras y sin hablarse mucho más que de pavadas, así que todo bien.

No supo decirse cuánto tiempo siguieron sin aburrirse el uno del otro, pero se sentía como cosa de dos meses y medio. Probablemente más. Se estaban agarrando cierta confianza pese a que ninguno de los dos era especialmente de hablar y no se daban detalles de sus vidas, más allá de alguna tontería. O al menos Daniel lo sentía así. No le importaba, estaba bien. Casi que se sentía como una amistad o algo así.

Una tarde Taddeo por fin le mandó un mensaje para verse y Dani se alegró de poder repetir con él tras tanto sin verse. Se encontraron en un punto medio como siempre y el abogado lo llevó en su llamativo coche a un hotel caro, de esos que estaban junto a la autopista. El sexo fue desenfrenado y brusco como siempre con él. Taddeo no había cambiado y seguía siendo demandante y exigente, cosa que le había encantado en un inicio, pero esa vez lo sintió un poco insulso, como que le había faltado algo más para disfrutarlo al cien.

Cuando se quedaron un rato en la cama recuperando el aliento, reflexionó que quizás le había faltado un poco del juego que solía tener con Roña y por eso se había sentido un poco raro. Entonces, para sacarse las dudas, al otro día fue a buscar a Román para tener otro punto de comparación, pero no le contestó los mensajes ni se lo encontró en el gym, así que fue con Guido, pero terminó siendo peor, no solo por el sexo, sino porque quiso volver a hablarle sobre “lo que tenían” y Daniel tuvo que ponerle punto final a ese chabón.

Esa noche volvió algo frustrado a casa, y se encontró con que Ivy y Kiles iban a salir con una pareja amiga, así que cenó solo y no pudo evitar cuestionarse si no tenía un revuelo entre las sábanas. No le gustaba mucho analizar esas cosas, parecían no tener sentido, pero fue inevitable sucumbir ante esa sensación de que estaba pasando algo raro, algo diferente.

Terminó sacando los pros y los contras de todos sus recurrentes, y con eso fue deshilvanando la idea de que las cosas habían cambiado. Taddeo siempre había sido su prototipo ideal, no solo porque estaba fuertísimo y tenía buen porte que no se lo encontraba en todas partes, sino porque era muy dominante y con iniciativa, lo cual siempre lo había calentado porque había sido el primero que elegía abrirlo de gambas y dejarle el culo bien satisfecho. Guido había sido todo lo contrario, al menos en cuanto a actitud, porque era muy tranquilo, de buenas facciones y modales, pero también muy inflexible en la cama, incapaz de empotrarlo y sin querer llevar las riendas, por lo que Dani tenía que hacer todo el trabajo. Román había sido un poco el punto de equilibrio, atlético, con unos hermosos tatuajes que lo encandilaban y sin objeciones para la dinámica del sexo, pero Dani sabía bien que era un tipo que llevaba una doble vida y por eso era tan espontáneo e irregular para concretar.

Ahí terminó de entender por qué Roña era tan valioso. Nunca iba a aburrirse con él porque le gustaba rotar de dinámicas y roles, y a Dani le gustaba mucho eso de no tener siempre lo mismo para toda la vida. No estaba disponible todo el tiempo, pero sí lo estaba mucho más que Román al menos. Era dinámico, accesible y hasta respetuoso con lo suyo, porque nunca había intentado indagar en donde no lo llamaban, ni hacía preguntas raras. Quizá era lo más atractivo de todo y por eso empezó a convertirse casi en la primera opción para todo, aunque la cosa se torció esa vez que casi lo mataron en un robo.

Fue muy temprano, cuando él esperaba el colectivo para ir al laburo, así que no había ni un alma en la calle. Una moto con dos tipos se le cruzó de repente al doblar la esquina y Dani apenas que alcanzó a tirar sus llaves y credenciales en un matorral para que no se las arrebataran.

Intentó no resistirse, especialmente porque uno llevaba un cuchillo que se lo puso en la garganta, pero cuando lo manoseó buscando más cosas de entre sus bolsillos, el cuerpo casi que se le movió solo y metió un empujón cuando lo arrinconó contra la pared de una casa. Las represalias llegaron rápido y en cuestión de segundos se vio a las trompadas en la calle, despertando a todo el barrio por el ladrido alterado de los perros.

Eso fue lo que lo salvó, porque algunos vecinos empezaron a gritar y avisar que habían llamado a la policía, y uno hasta salió a tirarles piedras. Los lacras se escaparon, por supuesto, y él terminó con la cara demacrada, magullado por todos lados, medio tarado y con un reguero de sangre, porque le habían cortado y clavado ese cuchillo por varios lados. La sacó relativamente barata porque no le tocaron ningún signo vital, pero terminó con varios puntos en el abdomen, la cara y los brazos.

Kiles e Ivy lo cuidaron mucho los días posteriores y él trató de portarse bien y estar tranquilo. Dani quería seguir su vida como siempre, pero sus amigos cada vez que le veían solían soltar un comentario con relación a que podría haber terminado muerto, pero él se encogía de hombros. ¿Qué más podía hacer? Intentaba no enfrascarse en supuestos ni imaginarse escenarios catastróficos.

Roña se apareció en su casa tras un par de días, seguramente al no devolverle los mensajes porque todavía no se decidía por qué teléfono nuevo ir. Mientras estaba despatarrado en su cama releyendo un libro, Ivy con cara rara le avisó que le estaba buscando, entonces Dani trató de levantarse rápido para ir con él, pero Kiles ya lo había dejado pasar y lo encontró en la sala.

La cara de Roña se transformó cuando lo vio, la misma que todos le habían dado cuando le veían por primera vez tras el robo. No supo decirse bien porqué se le subieron los colores a la cabeza al tenerlo ahí entre sus amigos, quizá porque se azoró ante la posibilidad que se dieran cuenta en lo que andaban y empezaran a preguntar. Intentó no demostrar nada, se saludaron como siempre, lo invitó a meterse en su habitación y cerró rápido la puerta, antes de ver a los otros dos.

—¿A quién tengo que desfigurar?

A Dani lo sacó un poco de onda el comentario, pero le hizo un gesto despreocupado y le señaló la cama, para que se sentara. Roña obedeció y él tuvo ganas de poner música, porque los guachos de sus amigos estaban sospechosamente callados y con la tele baja, pero todavía no tenía teléfono como para zafar.

» Dale, decime. Ya me parecía raro que ni siquiera me clavaras el visto —insistió Roña, así que él se le sentó al lado, tratando que ningún punto del abdomen le tirara—. ¿Quién intentó arruinar esa cara que tanto me gusta?

Dani no pudo evitar fruncir un poco las cejas, todavía más sacado de onda por lo cuida que lo estaba sintiendo, siendo que ellos nunca habían tenido nada y jamás se metían en donde no los llamaban. Sus dedos agarrándolo con cuidado del mentón lo trajeron de nuevo a la tierra. Roña le pasó el pulgar por la barba, cerca del tajo que le habían dejado en el pómulo y después lo deslizó por su labio, entonces él se quedó estúpido mirándolo, porque no sabía distinguir qué veía en sus ojos oscuros.

—Solo me asaltaron hace algunos días, nada más.

—Ah, mierda… —murmuró el otro y le soltó, medio pasmado.

Lo vio sacarle la mirada de encima y medio alejarse, entonces no entendió nada. ¿Estaba preocupado?

—Me dieron pa’que archive, pero estoy bien, aunque sin teléfono, así que si me mandaste algo no lo vi. —Daniel lo sintió raro a Roña, distinto. Había algo en sus ojos, algo que no conocía, y estaba un poco pálido, más de lo que ya era—. Eh, no me digas que te vas a poner como mis amigos pensando en qué hubiesen hecho si terminaba muerto…

Roña se irguió un poco, como recuperándose.

—Perdón, colgué. Pero ¿estás bien, posta? ¿Qué te hicieron o cómo fue?

Dani le contó los detalles, pero no supo decirse por qué notaba a Roña tan raro, parecía un fantasma.

—¿Puedo ver lo que te hicieron?

Entonces fue cuando Daniel se sintió raro, pero no puso objeción cuando el otro se estiró para levantarle la remera y ver cómo estaba por debajo. Le tocó con cuidado los moretones y por debajo de los puntos, se arrimó más en la cama y después le sostuvo de ambos lados de la cadera, como si tuviese algo como porcelana. Daniel le agarró las manos, porque ya se estaba pasando de raro, entonces el otro buscó su mirada y él creyó empezar a entender lo que estaba pasando. Roña no le dio más tiempo a pensar y le besó en los labios, pero fue muy distinto a las otras veces, donde solo se movían por la calentura y las ganas de arrancarse la ropa con los dientes.

Daniel le correspondió cerrando los ojos, solo un momento, un instante, pero lo cortó enseguida para recuperar el aliento, porque estaba mareado.

—¿Por qué hiciste eso?

Buscó sus ojos, pero Roña no contestó y se lo quedó mirando, de a poco volvió a aparecer eso que mil veces había visto en él, y se le acomodó sobre sus piernas, con cuidado.

—¿Qué? Como si no lo hubiésemos hecho mil veces ya.

—Pero no así.

—¿Así cómo?

Daniel lo agarró de la cadera y lo intentó apartar, pero el otro lo sostuvo de ambos lados de la cara y lo besó de nuevo. Se sintió más como las otras veces, cuando los movía la calentura, por eso él terminó de confirmar que no estaba entendiendo nada.

Su lengua lo empezó a excitar, sus pequeños mordiscos y su aliento chocando con el suyo entre sus suspiros, pero Daniel tuvo que cortarlo, porque le estaba haciendo perder la cabeza.

—¿Podés parar? No estoy en condiciones de hacerlo ahora.

Roña se le rio.

—¿Sí? Yo creo que estoy sintiendo algo que me está diciendo lo contrario. —Dani tuvo ganas de putearlo, especialmente cuando el otro se le restregó. Lo quiso empujar, pero sintió un tirón en los puntos del abdomen—. Dale, no te esfuerces, tampoco hace falta que te pongas así. Ya entendí que no me querés, me voy.

Roña se levantó y Dani enseguida lo agarró de la mano para que no se fuera, porque necesitaba estar con él, aunque no sabía cómo o porqué, y también quería hablar con él, aunque no tenía ni idea de qué. El otro lo miró y él se levantó despacio, pero Dani no sabía ni qué cara ponerle, no entendía bien la cadena de cosas raras que se le estaban cruzando como una ráfaga por la cabeza.

—No es que no quiera, pero estoy hecho mierda, las paredes estas no tapan mucho el ruido y… —Daniel no supo qué excusa más poner. La sonrisa de Roña lo distrajo.

—¿En dónde te criaste vos? Las paredes nunca tapan, es todo cuestión que sepas adaptarte.

—¿Eh?

—Dejá que te enseño.

Daniel no esperó que Roña hiciera lo que hizo. Lo tomó por sorpresa que se arrodillara ahí para bajarle los pantalones y empezara a chupársela. En dos segundos ya le tuvo al palo, como si supiera bien qué botones tocar para hacer que el cuerpo le respondiera solo y de inmediato. A Dani se le subieron los colores a la cabeza, se quedó tieso, acariciando la cabeza del otro y mirando la puerta de tanto en cuando, tratando de tragarse todos los sonidos de su boca. Era muy provocativo, le encantaba, y le podía mucho que el otro jugara tanto, que se sonriera y supiera bien lo mucho que lo estaba volviendo loco, quizá no solo por lo que hacía con su boca, sino lo que estaba sacudiendo dentro de su cabeza y pecho.

Fue el primer rapidito que tuvieron, porque las otras veces se habían tomado su tiempo para divertirse. Roña se lo tragó todo y se limpió con su mano la evidencia, cuando él todavía ni siquiera podía respirar bien.

—¿Ves? Se puede igual con paredes finas. —Daniel quiso golpearlo, pero el otro se rio—. Buscame cuando tengas ganas, perro, mientras te averiguo un par de cosas.

—¿Eh? ¿Qué cosas? —preguntó, abrochándose el pantalón a las apuradas porque el otro ya estaba yendo a la puerta para irse.

—Eso dejamelo a mí.

Y le guiñó el ojo y se fue así nada más. Daniel se sintió un poco descompuesto al verlo desaparecer. Se tuvo que ir al baño a lavarse la cara y sacudirse el nerviosismo, pero enseguida encontró las cabecitas del Kiles e Ivy por ahí y se vio más que acorralado contra el rincón.

—No me digas que con ese también —soltó Kiles y él le frunció la cara.

—¿Y qué tiene? ¿Cuál hay? —Se escapó para la cocina, porque le estaban dando claustrofobia ahí en el baño—. Sabés que mi repertorio es muy amplio.

—No, sí, pero no lo esperaba del Roña, la verdad. —Se rio.

—¿Eso qué quiere decir? —El otro le hizo gestos raros con las manos, pero no respondió. Él se distrajo viendo a Ivana, que parecía pensativa y preocupada—. ¿Ivy? —llamó su atención, entonces ella pareció como volver a la tierra—. ¿Por qué tenés cara de tragedia?

Kiles se hizo el boludo y se tiró en el sillón del rincón, a hacerse el que se ponía a ver la tele.

—No le gusta el Roña —respondió por ella—, ya me tiró de las orejas a mí el otro día cuando lo traje para la timba y ahora otra vez, por dejarlo pasar.

Ivana volvió a ser la de siempre y le dio un golpecito en la cabeza a su novio, fingiendo hacerse más la ofendida de lo que realmente estaba.

—No lo digas así, porque no soy tu mamá para tirarte de las orejas.

—Pero si me tirás de las orejas, no literalmente, pero… ¡Au! —se quejó y ella rio, al hacerle justamente eso de lo que él se quejaba.

Dani no pudo evitar sonreír porque le gustaba mucho cómo se trataban entre sí.

—Pero ¿por qué no te gusta, Ivy? —cuestionó él, mirándola y tratando de concentrarse.

—Porque es una prejuiciosa —respondió Kiles, y ella le dio pequeño empujoncito en la cabeza.

—Que soy precavida, no prejuiciosa.

—Ay, por favor, Ivy. Es el prejuicio de ya saber en qué movidas anda y en qué otras puede andar, pero todos sabemos que hay muchos que la pasan peor que otros y cada uno se las arregla como puede con lo que tiene. Y convengamos que Dani ya está grandecito y tiene un historial muuuuy amplio para saber en dónde se mete y con quién. —Él frunció la cara, porque no estaba entendiendo nada. Su amigo lo miró y le sonrió—. A ver, vos, desembuchá: ¿desde cuándo te lo andás comiendo? ¿Desde la otra vez que vino? ¡Ah! ¡Ahora entiendo por qué no se apareció ni preguntó más por la timba! Vino por vos, no por la guita. Qué guacho de mierda, me siento usado…

Daniel se quedó con la cara de idiota, intentando analizar el comentario de Kiles y seguirle el hilo. Ivy hizo gestos raros y se sentó junto a su novio.

—Dani, no creo que… sea lo más prudente salir con él.

—No estamos saliendo —le aclaró rápido, tratando de no fruncirle la cara.

—Sí, ya me imaginé, pero sabés a que me refiero…. No te juntes con él, vas a terminar metido en líos de una manera u otra, sabés cómo son los tipos como él. También me gustaría que no vuelva más acá, Kiles, no lo dejes pasar así nada más.

Él no pudo evitar hacer caras. Ivy siempre era cariñosa y protectora, por eso él le solía decir mamá osa, pero su insistencia en ese momento le sentaba raro. Su amigo resopló, sin sacar los ojos de la tele.

—Que sí… prejuiciosa…

—¡Que no es eso! Es más… la porquería de su alrededor que la suya propia.

—Amor, ¿vas a decirme que preferís que te tengan cruzada en vez de aunque sea pretender llevarte medianamente bien? Porque…

—A ver, a ver —interrumpió Dani, antes de que aquellos dos se pusieran a discutir—, ¿de qué me estoy perdiendo? ¿Por qué tanto drama con el Roña? ¿Es un capo de la droga o qué?

Kiles le hizo un gesto raro, como que no entendía por qué preguntaba. Ivy suspiró y Dani no pudo evitar sentir que quizás solo estaba siendo un poco dramática.

—No, no llega a eso. O creo que no… —Dani le hizo un gesto despreocupado, que entonces la cosa le traía sin cuidado—. Pero no es muy diferente, corazón. El Roña tranquilamente podría ser como uno de esos que casi te mataron la otra vez.

—¿Qué…?

—Es un delincuente, un chorro. ¿No lo sabías? Se junta con el Licha, él lo trajo al barrio hace algunos años.

—¿Que qué? —repitió, frunciendo la cara—. ¿Estás segura?

—Sí. Las malas lenguas dicen que su viejo andaba en las mismas y todo…que por eso se conoce con ese loco. Él siempre anduvo en esas. ¿No te diste cuenta? ¿No lo viste en movidas raras?

Daniel negó con la cabeza, absorto. Una parte de él no podía creerlo, o se negaba a creerlo, pero todo podía ser, prácticamente no sabían nada de la vida del otro.

» Mejor no te sigas metiendo con él, ¿sí? Que no sabés si es como esos otros que te cagan a palos para sacarte todo, o si va con un cuchillo o un fierro… Yo no me fiaría de él.

—Bueno, ya —resopló—. No me interesa qué haga o deje de hacer, no es que estamos en una relación o algo.

—Pero…

—Ya escuché. Me quedó claro, Ivy, pero puedo pensar y cuidarme solo.

—¿Y si mató a alguien alguna vez? ¿También te daría igual?

Daniel decidió no contestarle y meterse a su habitación. Escuchó un “te lo dije” que le soltó Kiles a su novia y él se frustró más. Odiaba profundamente que le dijeran qué tenía que pensar, hacer o sentir.

Se intentó calmar, porque en el fondo sabía que su amiga solo quería lo mejor para él y buscaba prevenirlo, pero se sentía raro. De repente tuvo la sensación de que estaban pasando muchas cosas a la vez.

Se quedó embobado viendo la cama media desacomodada por haberse sentado ahí. Agarró el libro abandonado, solo por ponerse a hacer algo, pero fue inevitable tratar de recordar si había visto señales que se había perdido. Pero no. Roña siempre había sido muy bueno con él, hasta respetuoso con su tiempo y espacio. Entonces suspiró hondo, porque algo en su cabeza, o su pecho, estaba pidiéndole que no jodiera con él. Solo que… tenía un pequeño problemita: él era el único que, de momento, lo estaba prendiendo como ningún otro y por una razón u otra, no podía evitar buscarlo o sacárselo de la cabeza.

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