Capítulo Único

El corazón de Yuuji latía mil por hora, subiendo rápidamente las escaleras de caracol que conducían a un pasillo tenuemente iluminado por las luces led del primer piso, mientras su mano es sujetada por su senpai. La fiesta de Nochevieja estaba en su apogeo, adolescentes que prefirieron festejar lejos de sus familiares, gozando de ciertos placeres y libertades que únicamente mostrarían en momentos como este. Los sonidos de las pisadas repercutieron por las paredes de blanco nacarado, mezclándose con la música R&B. De súbito, un exorbitante calor azotó su vientre cuando inesperadamente su espalda fue arrojada contra la pared, su cuerpo aprisionado por el suntuoso cuerpo de su acompañante. Labios con sabor a cereza y cerveza se unieron a los suyos, jadeando por el dulce placer de su boca, siendo sometida por la de su adorado senpai.
—Gojo-senpai —gimió, enhebrando sus dedos en esa cabellera nevada cuidada profesional, se entretuvo jalando sin belicosidad las hebras a la vez que disfrutaba el beso que empezó a subir de tono. El calor de su vientre se expandió, y hubiera perdido el equilibrio si el cuerpo de Gojo no lo tuviera firmemente acorralado contra la pared, sin posibilidad de que lo dejara escapar. Y Yuuji tampoco quiere eso.
Frunció el ceño por la pérdida de los labios de su novio, pero los engranajes de su mente se detuvieron al ver que Gojo abrió una de las puertas y los metió a ambos. Yuuji hizo un corto escaneo de la habitación, intuyendo que le pertenece al mejor amigo de su pareja, antes de ser capturado por unos largos brazos e iniciar una lucha acalorada con la lengua de Gojo. Las atrevidas manos de Gojo bajaron de la cintura hasta el firme y redondo trasero de Yuuji, apretándolo y acariciándolo ansiosamente por lo que está por venir.
Las piernas de Yuuji se sintieron hechas de gelatina, abrumado por la intensidad del beso rijoso y las estimulantes caricias que encabritó sus sentidos, su polla dolorosamente atrapada en sus pantalones ajustados. Gojo lo guio en reversa, tirándolo en el colchón de sábanas de seda gris y decorado con almohadas rectangulares.
El reflejo de la luna que se internó por el ventanal del balcón es la única fuente de luz. Los ojos glaciales de Gojo brillaron con ímpetu y los sistemas de Yuuji temblaron por esa expresión casi aterradora, pero muy excitante. Los ojos ambarinos se concentraron en los ágiles movimientos de los dedos de Satoru en desabrochar los botones de su camisa, revelando un pecho de complexión delgada, pero con músculos bien constituidos. Él se estremeció de miedo y excitación, la mirada de Gojo gritaba lo famélico que se encontraba, deseoso por devorar el manjar que estaba indefenso y afanoso frente a él.
Yuuji apretó los labios, elevando las caderas para ayudar a su amante en la tarea de quitarle los pantalones. Mientras la prenda se deslizaba por sus torneadas piernas, los engranajes de su cabeza trabajan aceleradamente; endorfinas disparándose por los tejidos nerviosos; euforia y relajación viajando por su inmaculado cuerpo juvenil.
Las rodillas de Gojo se hundieron en el colchón, inclinó su postura y Yuuji ronroneó con el efímero beso en su miembro. La lengua de Gojo lamió el contorno de la polla de su pareja por encima de la tela del bóxer y no evitó una sonrisa petulante al escuchar a Yuuji gemir gutural. Los sonidos obscenos de su inigualable kouhai lo encendían de pies a cabeza. Desde aquella vez que lo hicieron por primera vez, supo que su novio era un bullicioso; cualquier toque en sus zonas erógenas siempre lo dejaron vulnerable de placer.
—Date la vuelta, bebé. —La orden sonó tan sensual que las mejillas de Yuuji se colorearon.
Yuuji hizo lo que le pidieron y Gojo soltó una risita. Su lindo novio es una cosita tan tierna; sin embargo, sus niveles de perversión pueden alcanzar los de él. Eso es lo que él vio a través de la postura de «chico sol». Es cierto que Yuuji manda vibras adorables y por esa razón sus hermanos no estuvieron felices de que su puro hermanito tuviese novio. (Tampoco ayuda que antes tenía la reputación de mujeriego). Perdieron la cabeza porque su hermanito sería mancillado, y Gojo casi se ríe al recordar que fue el inocente Itadori Yuuji quien le rogó que tuvieran sexo. Concuerda en que su Yuuji es una persona valiosa y que debe ser protegido; no obstante, no se intimidará por las amenazas y expresiones hastiadas de Choso y Sukuna. Afortunadamente, para él, Sukuna ya no se entrometía como antes en su relación desde que Megumi le terminó luego de una de sus tantas estupideces, así que estaba demasiado ocupado buscando una reconciliación.
La ropa interior se dejó a mitad de los muslos. La emoción crecía y crecía en el pecho de Yuuji con los mordiscos y chupetones que su amante esparcía por su generoso trasero de burbuja, como le gusta llamarlo Gojo. No quiere lucir como un virgen urgido, pero los ligeros toques de su pareja se lo están poniendo difícil.
Gojo está jugando con él, llevándolo a la desesperación. Por lo general, Satoru es quien se transforma en un felino salvaje, desnudándolo de prisa, marcando su piel para que recuerde a quien le pertenece. Sus besos son tan apasionados que le cortan el aliento y sus habilidades en abrirlo para acoger su gruesa polla son magníficas.
Esta noche, Gojo Satoru ha optado por ir despacio, enloqueciendo a Yuuji.
—Gojo-senpai, por favor. —Sus manos aprietan las sábanas, suspira cálido con el roce de un dátil en su hendidura, aunque no es suficiente—. Date prisa y fóllame.
—Yuuji-kun, qué desvergonzado te has vuelto~ —dice con tono cantarín, sonriendo con malicia por los frutos de su entrenamiento. Se juró a sí mismo que destrozaría a ese dulce ser, desaparecería esa candidez de la que tanto los hermanos Itadori lucharon por mantener, y moldearía al lindo Yuuji en su perfecta pareja. Lo convertiría en un hambriento de pollas, su polla.
Si existe un dios, debe amarlo por enviarle a este bello ángel.
—Por favor, Gojo-senpai —suplicó, balanceando sus caderas, invitando a Gojo a adentrarse en su cálida estrechez—. Lléname con tu gorda polla, Satoru.
El ruego dejó anonadado a Satoru pero no por las palabras indecorosas. En varias ocasiones Yuuji ha sido un anfitrión de la charla sucia, lo que en realidad impactó en él fue que Yuuji lo llamó por su nombre de pila. Esta es la primera vez que lo hace, y su nombre pronunciado de su melodiosa voz calentó su pecho y sacudió su polla.
—Así que la pequeña zorra tiene mucha hambre. —Se inclinó sobre la espalda de Yuuji, susurrando en su oído con voz barítona. Lame el lóbulo y Yuuji gimotea. El ambiente empieza a sobrecargarse de un aura sexualmente feroz; el estridente ruido de la música ni siquiera es un obstáculo para oír las respiraciones agitadas del kouhai—. No estoy seguro de dártelo, no has hecho nada para merecerlo. De hecho, preferiste venir con Nobara y Megumi, y no conmigo. Tch, tch, muy mal, bebé. —Presiona su erección sobre el culo de Yuuji, enervando a su chico con cada sutil movimiento—. ¿Realmente me necesitas, bebé?
—¡Sí! ¡Te necesito, por favor! —Las burlescas estocadas solo aumentaron su euforia, necesitaba que Satoru lo tomara en este preciso momento, que lo follara tontamente contra la cama, que lo llenara hasta que su visión se nublara.
Satoru sonrió socarrón, continuando con el vaivén y decorando la nuca de Yuuji con un amoroso chupetón que sacará de quicio a sus sobreprotectores hermanos. Ellos ya lo odiaban por tener a Yuuji, entonces, les daría motivos para que lo odiaran más.
—Si tanto quieres mi polla, ruega por ella. —Besa el cuello, succionando ciertos lugares, impulsado por su instinto de marcarlo. Quiere que todos vean su marca, reafirmando que esta preciosidad de cabello rosado ya tiene dueño—. Demuéstrame que tanto me quieres, Yuuji.
—Por favor, Satoru, méteme tu buena polla. —La lujuria se filtró en cada palabra, la voz de Yuuji nunca antes se había escuchado de esa manera, culpa a su excéntrico y estúpidamente sexy de su novio por desaparecer su inocencia—. Fóllame, Satoru. Folla mi agujero necesitado.
—Joder, Yuuji —gruñó. El chico sabe cómo presionar sus botones.
Por mucho que le hubiera gustado seguir haciendo sufrir a su kouhai, Satoru es un adolescente cachondo y el descaro lúbrico de Yuuji lo ha derribado. Le retira el bóxer y gira a Yuuji para que contemple sus orbes azules llenos de lascivia, separa sus piernas y lo besó con pasión.
—Tienes una boquita tan sucia, bebé —murmuró Satoru.
—Aprendí del mejor. —Sonríe con picardía.
Siente cómo el cuerpo de Yuuji se estremece cuando mete su mano por debajo de la sudadera roja que le compró hace unos meses, sujeta uno de los pezones y Yuuji gime en medio del beso. Su amado tiene los pezones sensibles y Satoru jamás pierde la oportunidad de apretar y chupar esos lindos pechos.
Justo cuando iba a subir la sudadera para saciarse con esos botones rosados, escuchó risas y pasos que se acercaban a este dormitorio. La puerta fue azotada y las risas siguieron, las personas que se hallan afuera tienen una conversación y los ojos de los jóvenes se abrieron al percatarse de que una de las voces pertenece a Sukuna. Ocasionando un pánico en Yuuji que lo hizo actuar de forma automática, empujó a Satoru y se apresuró en coger las prendas de ambos. Luego sujetó el brazo de su pareja y los encerró en un armario con puertas de rendija, lo que les permite observar lo que sucede afuera.
Oyen que la puerta se abre y ellos —curiosos por naturaleza— miran por los espacios para saber qué está sucediendo. Satoru y Yuuji quedan boquiabiertos al atisbar a Sukuna sentarse en el regazo de Geto Suguru, besándolo con entusiasmo. Yuuji aparta la mirada de inmediato, sintiéndose abochornado por observar a su gemelo balancear sensualmente sus caderas, buscando más fricción entre su trasero y la entrepierna de Suguru. Por otro lado, Satoru no despega la vista de los jóvenes que se están comiendo a besos, sus pómulos sonrojándose por la falta de incomodidad de la situación.
La vestimenta de esos dos culmina en el piso de manera fugaz, cuerpos desnudos e iluminados por la majestuosa luna. Gojo por fin mira hacia otro lado en el instante en que el cuerpo de Sukuna se posicionara encima de Suguru en la tan famosa postura del 69. Gemidos y la sonoridad obscena de una mamada resonaron por los oídos de él, ocasionando una extraña sensación. Su mirada y la de Yuuji se conectaron, ambos leyendo las expresiones faciales del otro. De nuevo, sus iris se enfocaron en la escena sexual, vislumbrando al gemelo engullir la polla de su amigo con premura, mientras que Suguru introducía sus dedos en el agujero de Sukuna.
Con erubescencia y enardecimiento, dejaron de mirar. La vergüenza de estar atrapados en un armario mientras que escuchan a Sukuna y Suguru follar se palpa con facilidad; no obstante, el lívido de ellos no ha desaparecido. Sus pollas siguen duras y palpitando por atención, los quejidos lujuriosos de Sukuna suben de tono y, atraídos por la desconcertante emoción de no respetar la intimidad de sus conocidos, observan por las rejillas.
Contemplan con pupilas dilatadas a Sukuna en cuatro, su trasero está en alto y Suguru está comiéndolo con maestría.
—Maldita sea… —expresa Sukuna, jadeando—. Ve más rápido —ordenó con voz grave.
Yuuji parpadeó incrédulo. Su hermano siempre se vio temible y dominante, así que esta faceta es una que jamás pensó ser testigo. Ni siquiera con Fushiguro habría estado en esta posición, el orgullo de «chico malo» no lo permitiría ni en sus peores pesadillas. Ahora, la imagen de su gemelo mayor perdiendo el sentido en manos de su senpai es surrealista. Recordando las primeras semanas de clase, su hermano puso su atención en Geto hasta que Fushiguro les pateó el trasero a ciertos maleantes y Sukuna cayó por completo por él. Entonces, que su gemelo y su senpai estén enrollándose no debe ser una sorpresa.
Yuuji estuvo perdido en sus pensamientos y no cayó en cuenta de que su novio lo empujó, acomodándose en medio de sus piernas. Yuuji lo miró medio aturdido y Satoru presionó su índice sobre sus labios, un gesto de mantenerse callado. Los ojos marrones se abrieron estupefactos al ver que Satoru liberaba su larga erección, descifrando sus intenciones. Los rechinidos de la cama y un fuerte grito por parte de Sukuna hicieron crecer la llama de una pasión indecorosa. Él asintió con la cabeza y Satoru estrelló sus bocas en un intento por silenciarlos. Ambas pollas se juntaron y fueron sostenidas por la mano derecha de Satoru, haciendo movimientos raudos que producían más líquido preseminal y se untaron por sus ejes palpitantes. El fluido viscoso sirvió para facilitar el bombeo.
«¿Realmente estamos haciendo esto?», se preguntó Yuuji, complacido por el excelente trabajo manual de Satoru, con los sonidos de Suguru y Sukuna teniendo sexo como música de fondo. Lo que aumentó el calor de sus vientres. Mordió los labios para no gemir, los tirones hacia su miembro aceleraron, sintiendo un éxtasis agobiante que lo elevó a los confines del universo.
Yuuji se posiciona encima de Satoru, cuidadoso de no alertar a la parejita que fornica en la cama, se coloca a horcajadas para enseguida sujetar la polla dura y procede a bombearla. El siguiente acto corta la respiración de ambos. Yuuji oprime la cabeza de rocío en su pequeño agujero, bajando su cadera poco a poco. Sin preparación, la quemadura es peor que otras veces, la hinchada polla de Satoru separa las paredes de su estrecho agujero, obligando a sus paredes a adaptarse a la intromisión. Apenas puede emitir un graznido cuando se empala hasta lo profundo la polla, apoya las palmas en los fuertes abdominales de su novio, acostumbrándose a la bestia que quema su interior.
Satoru quiere moverse, pero su Yuuji está pasando por un calvario para acogerlo crudo. Acaricia suavemente los muslos bronceados, tratando de aliviar un poco el dolor en su chico. Satoru se sorprendió por la iniciativa de Yuuji, tomando tan bien su polla sin prepararse. Ser espectadores ocultos de la sesión de sexo desenfrenado entre Suguru y Sukuna ha desbloqueado un nivel nuevo en la perversión. Y sí, los dos se encuentran demasiado excitados por el voyerismo accidental.
Nunca se interesó en espiar, pero ver porno en vivo le dio la bienvenida a una torcedura.
Seguro de continuar y también impulsado por el sofocante placer entre sus piernas, Yuuji monta a Satoru con lentitud. Las caderas golpean en una marcha sosegada, la rígida erección va hundiéndose gradualmente en el interior de Yuuji. La mano de Satoru atiende la abandonada polla de Yuuji, masajeándola al mismo ritmo que las embestidas.
Fuera del armario, Sukuna blasfema en voz alta, exigiéndole a Suguru que lo folle sin piedad, retándolo en lograr que grite su nombre. No importa la posición en que se encuentre, Sukuna seguirá siendo Sukuna.
Los ojos ambarinos de Yuuji lagrimean cuando localiza cierta zona que lo enloquece inconmensurablemente. Hipnotizado por el delicioso subidón de placer, Yuuji conduce un compás más rápido, persiguiendo la satisfacción. La erección extiende su agujero, el glande embiste su próstata, y su propia polla es ordeñada por la suave mano de Satoru. Sus nervios arden y su mente queda sometida en extremo desenfreno.
La perversión de oír a Sukuna clamar el nombre de Suguru intensificó los empujes y tirones, la presión en ellos estalló con una última penetración. Yuuji apretó los labios, derramándose en la mano de Satoru y él llenó su interior con cálido esperma.
Transcurrieron unos minutos, la respiración de los dos se normalizó y los latidos de sus corazones se tranquilizaron. Yuuji hizo una mueca al separarse de su novio. Gojo comenzó a vestirlo, teniendo cuidado con su adolorido trasero. La ausencia de ruido llamó la atención de Gojo a la vez que abotona su camisa y de seguida observó en la rendija. Suspira de alivio al asegurarse que su amigo y cuñado han caído en brazos de Morfeo.
Con un ademán de cabeza, Satoru y Yuuji salieron a gatas del armario. Se encaminaron hasta la puerta, rogando por sus mentes de que las bisagras de la puerta no los pusieran en evidencia. Deslizándose cuál espía, consiguieron estar en el pasillo, cerrando la puerta con suma delicadeza. Se levantaron y escaparon a la planta baja, atravesaron la multitud de adolescentes y salieron de la residencia para adentrarse en el Bugatti Divo de Satoru.
Extrañamente, ninguno tiene una pizca de culpabilidad, sin embargo, es una anécdota de Nochevieja que nunca mencionaran.