La esposa del marqués

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Summary

Adriela, una chica de campo, se casó por amor con el bondadoso y sincero marqués Dacio Eryen. Todo sucede durante el tiempo más tormentoso del verano. Dacio es asesinado por una flecha. Dos días después, Dice, su hermano mayor, se presenta frente a todos como el marqués. Así que Adriela, sin saberlo, estuvo tres años casada... con el hombre equivocado.

Genre
Romance/Drama
Author
aliso7
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Una tormentosa noche de verano, cuando todos estaban dormidos, en la hacienda Eryen se escuchó el grito desgarrador de una mujer. Después, en la quietud que sobrevino al alarido femenino, otro grito le secundó desde el cielo. La mujer berreó, una y otra vez, desesperada, hasta que los sirvientes e inquilinos, desorientados, todavía en pijama, acudieron al dormitorio principal.

En medio de la habitación, sobre un charco de sangre, yacía el marqués Dacio Eryen. Su pecho era atravesado por una flecha. Murió al instante, según los peritos que acudieron una hora después.

La esposa, histérica, gritaba y lloraba consternada, sin creer lo que pasaba. Dos sirvientas y su cuñada tuvieron que detenerla para que el paramédico le inyectara un calmante. Después, desmayada, fue transportada por su cuñado hasta otro de los dormitorios.

La hacienda se puso en febril actividad desde la madrugada. Los sirvientes saltaron de sus camas, se pusieron el uniforme y prepararon el salón para recibir primero a policías y médicos, después a periodistas y, al final del día, a los dolientes. A todos los obsequiaban con comida sobria y café, como dictaba la costumbre.

A mediodía despertó la marquesa. Se levantó de la cama y observó a sus criadas, que limpiaban el dormitorio en completo silencio.

Al principio pensó que todavía estaba soñando. Que despertaría y Dacio estaría abrazándola. Ella refunfuñaría, le diría—: Cariño, por el amor de Amet, muévete —y él reiría entre labios y se aferraría más a ella.

Sin embargo, se notaba que las sirvientas habían llorado. ¿Por qué sufrirían las sirvientas personales de la señora, a no ser porque sentían ellas mismas la pérdida del señor de la casa, que era para ellas como un padre? Entonces, al ver esos rastros de lágrimas, esas caras compungidas, esos pasos silenciosos, la señora aceptó que acababa de enviudar.

—Traigan mi vestido rojo —ordenó, con la voz descompuesta.

Una sirvienta rompió a llorar. Era la más joven de las tres y quien había declarado en múltiples ocasiones que, cuando creciera, daría todo de ella para conquistar a un hombre rico, guapo y amoroso como el marqués. Estaba enamorada del amor que el marqués profesaba por su esposa.

Las otras dos sirvientas, más maduras, salieron del dormitorio para cumplir con la orden de su señora. Volvieron un minuto después y apenas hicieron sonido alguno mientras ayudaban a la marquesa a ponerse la falda de corte recto, la blusa interior y el blazer a juego. Se calzó unos zapatos de tacón bajo y apenas maquilló las ojeras y se recogió el cabello en un moño discreto.

Cuando terminó se miró al espejo. Era rubia, de ojos grises y bellísima. Lo sabía. Dacio le decía a cada momento—: Benditos los ojos que te miran, mi vida —y le besaba la coronilla. Hacía eso cada mañana, cuando veía a la marquesa arreglándose para enfrentar otro día de trabajo.

Ella comenzó a llorar, borrando el maquillaje que se acababa de poner.

A las cuatro de la tarde un vocero acudió al dormitorio a donde había sido trasladada la marquesa. El hombre ingresó entre los sonidos de clic-clic de las cámaras de los reporteros.

La marquesa estaba sentada en la salita de la habitación. Vestía de rojo y tenía la cara sin maquillaje. No llevaba un solo accesorio, ni siquiera su alianza matrimonial. Parecía haber envejecido doce años y no doce horas. Se veía como una rosa a punto de marchitarse.

Eren thir, marquesa. Soy Ermer Brubert, detective.

Eren salbor, señor Brubert. Siéntese, por favor. ¿Quiere un poco de café?

—Debo declinar, pero gracias. Traigo los resultados de la autopsia del marqués, que Amet lo tenga en su seno.

A la marquesa se le deslizó una lágrima solitaria por la mejilla. Era como si le acabaran de anunciar que su esposo estaba muerto pero no quisiera largarse a llorar ahí mismo. Con un gesto, indicó a Brubert que podía continuar.

—Él murió al instante, sin dolor. La flecha le atravesó el corazón y un pulmón, con una velocidad sobrecogedora. Según nuestros matemáticos, eso solo es posible si la flecha es disparada desde una ballesta y a una distancia de unos diez o quince metros. Así que puede que el asesino sea un hombre entrenado. Más concretamente… un mercenario.

—¿Podría ser un buscador de sangre? —sugirió la marquesa. Una de las sirvientas inspiró, sorprendida, como si ella no hubiese pensado en esa posibilidad.

—… Podría. Pero la emperatriz está informada de todos los buscadores de sangre que ingresan al imperio. Y ellos no pueden actuar en perjuicio de un inocente, lo sabe, ¿cierto?

—Aún así, muchos de ellos actúan bajo sus propios criterios. No se detendrían porque su víctima es un hombre amable que no hace daño a nadie. Encuentre al que hizo esto, por favor.

—La justicia prevalecerá, téngalo por seguro. Eren salbor.

Eren thir.

A las cinco todavía estaba lloviendo, y a las seis un criado le avisó a la marquesa que acababa de llegar el cuerpo del marqués.

La marquesa, junto a sus tres sirvientas, salió por fin del dormitorio. Los reporteros fotografiaron su imagen desde varios ángulos mientras desfilaba entre la gente para ocupar su lugar junto al ataúd de su esposo.

Como dictaba la costumbre, primero familiares, luego amigos y después conocidos, se acercaron uno por uno para darle sus condolencias a la viuda. Los reporteros, policías y profesionales que no tenían nada que ver con aquel círculo íntimo se quedaron al margen, observando en silencio.

Así transcurrió la noche. Pero la marquesa, que era de sangre noble, no hizo alarde de su dolor y apenas derramó lágrimas. Se mantuvo firme y con entereza, mientras que los sirvientes lloraban a lágrima viva por la partida de su patrón.

Una sacerdotisa, protegida por una comitiva de guardianes, arribó a la medianoche a la hacienda. Los presentes se dirigían a ella con deferencia y respeto. La marquesa hizo lo mismo con propiedad y afecto, pues se trataba de una amiga cercana.

Cuando se preparó, la sacerdotisa se sentó en el lugar de la marquesa, de cara al marqués, y se dirigió a los asistentes:

—Yo soy Misha.

—Madre de la Creación —respondieron todos al unísono.

—Soy Kapitis.

—Jueza Primordial.

—Soy Sonzai.

—La Existencia.

—Soy la dueña y señora de Hoskuld.

—El Primer Jinete.

—Soy la bruma. Soy el éter. Soy Amet, la Diosa de todo. “Pronto, la población de la tierra llegó a diez mil. Entonces, Misha y sus hijos notaron un hecho extraño: uno de los aurundus yacía sin éter, tendido en la tierra. Todos en el mundo se llenaron de un profundo terror. La misma Amet se sintió amenazada por primera vez. ¿Qué era ese suceso indescriptible y horrible? ¿Cómo podía una persona perder cada gramo de éter y quedar sólo la carne y la sangre, ya coagulada?”

—Arazi dijo: “Esto es la muerte”.

—“Y Amet lloró por trescientos días. Las aguas que rodeaban la tierra se convirtieron en océanos”. Cuando cayó la noche, Amet dejó de llorar y se dedicó a mejorar el mundo. Hermanos, nuestra Madre sufre…

La comitiva se dirigió al cementerio entre sollozos y silencios. Incluso cuando el ataúd del marqués fue bajado y enterrado, la marquesa todavía se aferraba a la posibilidad de que él abriría los ojos y rompería la caja frente a todos. Pero nada pasó; todo se desarrolló en la más absoluta paz.

Y todo habría seguido así, de no ser porque al día siguiente, sin ninguna forma de anticiparse, los Eryen se reunieron en el salón principal. Tan pronto como la marquesa ingresó y se empapó del ambiente tenso, supo que su familia política no iba precisamente a recordar al recién finado.

—Señora marquesa… No, señorita Adriela Nodaves —la llamó su cuñado, confiado—. Debo informarle que mi hermano, que Amet lo tenga en su seno, no la ha tomado en cuenta en su testamento como la marquesa de este lugar. Dice, y cito: “Si yo llegara a dejar este mundo cuando mi esposa todavía está en pleno uso de sus facultades físicas y mentales, deseo que nuestra alianza matrimonial cese para que ella posea el derecho de volver a casarse incluso antes de que se completen los trescientos días de luto por enviudar”. Por lo tanto, señorita Nodaves, usted ya no es la señora de esta casa, sino yo.

Adriela no dejó de mantener la compostura. No había pasado un día completo cuando los Eryen ya la estaban echando de la casa que había sido su hogar por años. Miró al cuadro detrás de su cuñado, donde Dacio posaba frente a la cámara con porte y gallardía. Era guapo y sonreía como si el mundo le perteneciera. Volvió a mirar a su cuñado, quien esperaba expectante cualquier reacción de la mujer.

Entonces, cuando iba a abrir la boca para decir algo que no pudo pescar del fondo de su alma, la puerta del salón se abrió y un hombre entró, caminando con rigidez y actitud fría. Era alto y de espaldas anchas, llevaba un estoque colgando de la cadera y una capa de viaje le cubría las ropas sucias de polvo del camino. Tenía el cabello largo y alborotado. Pero lo que sorprendió a Adriela hasta el punto de dejarla boquiabierta era que el hombre era el vivo retrato de Dacio: tenía el mismo cabello negro y lacio, la misma mirada azul e incluso las mismas facciones duras y atractivas. Incluso se levantó y exclamó—: ¡Dacio! —al mismo tiempo que una de sus cuñadas, la menor de los Eryen, gritó—: ¡Dice!

—Dice Eryen, primogénito, legítimo marqués de Eryen en ausencia del segundo heredero, Dacio.

—¡¿Qué haces aquí, rata?! —exclamó Dicio, el hombre que se había adjudicado el título de marqués.

Dice desenvainó el estoque con apenas un movimiento, limpio y elegante, y puso la punta en el cuello de su hermano. Todos se congelaron, como si un solo movimiento de ellos pudiera provocar la muerte del hombre.

—¿No creías que de verdad unos buscadores de pacotilla iban a detenerme en la frontera, o sí? Ellos apenas dijeron “¡Eryen! ¡Los Eryen lo quieren fuera del imperio!” cuando le corté la lengua a uno.

Danicia se estremeció ante la revelación, pero no hizo comentario alguno. Ella solía mantenerse al margen cuando uno de sus hermanos desenfundaba el arma. Después de todo, los Eryen siempre habían resuelto las cosas peleando, con cuchillos o con puños.

Dice escaneó la sala con la mirada y dio con los ojos de Adriela: los únicos ojos ajenos a los Eryen que se mostraban atormentados por la situación. Ella, comprendiendo que tenía que hablar, se inclinó y bajó la cabeza frente a Dice.

—Soy Adriela… Nodaves… Viuda de…

—Ninguna viuda, sigo vivo —la interrumpió Dice. Adriela levantó la cabeza, estupefacta. El hombre le sonrió con suficiencia desde su posición—. Adriela, querida, te casaste con la posición del marqués, no con el hombre que murió. Ahora yo soy el marqués, así que eres mi esposa.

Sin saber qué hacer, Adriela buscó con la mirada a Dicio. Este hizo una mueca, derrotado. Volteó a ver de nuevo a Dice. Frunció el ceño, la preocupación afloró en su cara y se rindió. Nunca pensó que las cosas se tornarían de esa forma.