Noche de Lobos
Érase una vez, en una región perdida, en un tiempo desconocido; nació una niña de cabellos dorados, ojos grises y piel blanca como la leche a la que llamaron Clara.
Clara creció en una casa luminosa donde no le faltaba de nada. Recibió la enseñanza que se suponía que tenía que recibir y fue educada para respetar las normas. No obstante, con el paso de los años, descubrieron con horror que Clara se sentía atraída por el bosque durante la luna llena. Era como si el astro la llamase con voz hipnótica para que saliera de la seguridad de su hogar.
Por las noches, mientras miraba con ensoñación por la ventana de sus aposentos, la luz que entraba a través del cristal la hacía brillar. Ella no se daba cuenta. Su resplandor era invisible para sus ojos, pero no para los del resto, quienes temían que eso atrajese a las criaturas que suelen acechar en las sombras.
—No puedes salir —le recordaban en cada ocasión.
Ella se giraba con indignación y formulaba siempre la misma pregunta:
—¿Por qué no?
—Eres joven... —le respondían.
Tras un suspiro, volvía su mirada a la ventana una vez más, sabiendo que eso no era más que una excusa e imaginando el momento en el que finalmente saldría de aquel lugar y haría todo aquello que ansiaba, sin restricciones.
Pobre infeliz.
Ya había cumplido los diecisiete años cuando, durante una luna llena a medianoche, los sonidos de trompetas y tambores despertaron a Clara.
Se asomó por la ventana y comprobó que, efectivamente, la música procedía de la calle. Al parecer, había una enorme fiesta en el exterior. No lograba identificar qué podrían estar celebrando, pero aun así, cayó en la tentación: se enfundó en su capa y bajó por las escaleras sin hacer ningún ruido hasta salir de la casa.
Olvidando qué noche era, se acercó a la plaza y le extrañó comprobar que no reconocía ni un solo rostro. No obstante, el embelesamiento de la música, los manjares y la luna, la mantuvieron en el centro de la plaza. Imprudente, bailó al ritmo de la música y no se percató de que la fiesta poco a poco iba trasladándose al bosque al que tanto le habían prohibido ir. El sentimiento de libertad recorría cada centímetro de su piel, pero ya era prisionera de las sombras, y, tras un parpadeo, se encontró tumbada en medio del bosque, acariciada por el frío propio de noviembre.
No llevaba su capa. Tampoco había música ni danzas. Ni siquiera recordaba cómo había llegado a allí.
Pero estaba en el bosque.
Una parte de ella, que se debatía con la confusión, sonrió satisfecha al sentir realizado su deseo. Por fin estaba en el lugar al que le habían prohibido ir durante tanto tiempo.
Pobre infeliz ignorante.
La felicidad le duró poco.
Escuchó aullidos y vio sombras que correteaban hacia ella. Por su forma parecía que eran sombras de lobos, y eso ya era motivo de temer. No obstante, lo más escalofriante era que carecían de cuerpo.
Aterrada, Clara corrió lo más rápido que pudo para alejarse de ellas. Por desgracia, las sombras eran más rápidas...
La alcanzaron y las sintió encima, con sus enormes zarpas, su espesa y caliente saliva y su fétido aliento de sangre y cadáveres.
Gritó y forcejeó contra las figuras intangibles. Pero descubrió que no eran solo sombras como ella pensaba. Se trataba de un descomunal licántropo que le clavaba las garras en la piel. Le dolió más cuando sintió los colmillos desgarrarle la pierna. La estaba devorando viva. Y Clara, completamente vulnerable, intentó zafarse en vano. El monstruo le golpeó la cabeza y le arrebató la vida.
Al día siguiente, cuando encontraron la cama vacía de Clara, nadie la buscó. Un silencio cayó sobre todo el pueblo, pues sabían que si alguien desaparecía era porque había ido al bosque y el monstruo lo había devorado y convertido en otra de las muchas sombras de lobo sin cuerpo. Pronto se olvidaron de ella.
Pasó el tiempo y apareció una nueva leyenda, pues se dice que las lunas llenas del 1 de noviembre aparece un espíritu blanco como la luna para advertir a los infelices que, como ella hizo una vez, buscan libertad y sosiego en las sombras del bosque, ya que, en aquel lugar, se siguen celebrando fiestas por quienes, embaucados por la música y las danzas de los muertos, cayeron en las garras del licántropo.








