Una oportunidad...
La segunda guerra mágica había terminado hace solo un par de días, pero aun el mundo mágico no se recuperaba ni lo haría en un largo tiempo.
Mientras los magos buscaban y pensaban la manera de sanar y reconstruir la vida que una vez tuvieron antes de la desgracia, el ministerio de magia no podía permitirse el lujo de desperdiciar tiempo.
Alguien debía de pagar por los cimientos rotos que el-que-no-debe-ser-nombrado había dejado atrás con su muerte.
El ministerio debía recuperar el respeto y poder que tras su caída en 1997 había dejado.
El mundo pedía las cabezas de los mortifagos y ellos se los darían los más rápido posible.
Así, con poco tiempo, se celebraron los juicios en contra de quienes una vez desfilaron en las tropas de quien llamaron “El señor tenebroso”
Las familias más cercanas a tal ente que el mundo más odiaba, fueron los primeros en caminar directo a un castigo en Azkaban. La justicia debía ser severa para ellos.
El sacrificio que hizo el niño que vivió dos veces, Harry Potter; junto al dolor de cientos, ameritaba e.
Y aun así nadie se esperó que, en la audiencia de los Malfoy, la primera familia en ser juzgada, ese niño que había sacrificado toda su infancia y adolescencia por el bien mayor se presentara a ser su abogado.
Harry James Potter, el héroe del mundo mágico, había desaparecido horas después de acabar la guerra en la escuela de Hogwarts. Él junto a sus dos fieles amigos, Ronald Bilius Weasley y Hermione Jean Granger, no habían dado la cara todo ese tiempo. El mundo no creía que aparecieran por mucho tiempo.
Y aun así Harry Potter había decidido hacerlo solo para proteger a la familia más cercana a quien una vez buscó matarlo y controlar a todo el mundo.
El mundo y el ministerio no daba crédito a ello. Observaron estupefactos como el niño que vivió dos veces apareció en la audiencia de Lucius Malfoy con un aura autoritaria e inquebrantable, muy diferente al niño cansado y aliviado que había desaparecido hace días. En medio de la audiencia, ingresó destilando magia pura y furiosa que enmudeció a todos.
Al principio, creyeron que había aparecido para agregar más años a las sentencias de los Malfoy, si es que la cadena perpetua en Azkaban se le hacía muy corto al salvador del mundo mágico. La audiencia comenzó a aplaudir la fortaleza del joven mago. Luego, cuando este comenzó a enumerar los motivos para liberar a los Malfoy, los plausos pararon y el desconcierto reinó en cada expresión.
Nadie entendía porque un mago del bando de la luz saldría a defender a una familia tan oscura y prejuiciosa, menos de un niño que había perdido a sus padres por culpa de esos pensamientos.
Draco Malfoy era parte de ese grupo de personas que no podía entender a Harry Potter y su presencia en el que sería su juicio.
Cuando la guerra terminó, estaban dirigiéndose a los destrozos de lo que alguna vez fue la mansión Malfoy, su hogar. Su madre, tan bella e inteligente, le ordenó recoger lo importante en poco tiempo porque iban a huir.
Ella poseía propiedades ocultas al conocimiento del mundo.
Los Black siempre habían estado lleno de secretos, locura y desconfianza. Eso les había servido para construir protecciones y lugares seguros para huir y desaparecer. No por nada, por un tiempo, ella había creído que su primo menor, Regulus Black, podría haber estado vivo.
El único lugar el en que ella confiaba para rehacer lo que sería una vida digna, era en otro continente. Una pequeña mansión en algún lugar de Canadá. Ahí podrían mezclarse sin problemas, ni alzar sospechas por su idioma o costumbres francesas.
Ella podría salvar a su familia y Draco haría todo por apoyar sus planes.
Lamentablemente, la suerte había abandonado a Draco el día en que Potter había ido al ministerio y su padre había sido capturado.
Los aurores llegaron de forma silenciosa. La mansión había perdido la magia protectora que una vez la caracterizó, por lo tanto, no avisó de los invasores.
Draco vio como su padre cayó primero intentando darles tiempo para escapar. Su madre, aun dispuesta a protegerlo, corrió hacia él para usar el traslador juntos y cayó inconsciente en el proceso. Draco no tuvo tiempo para reaccionar porque también había sido maldecido.
De todas formas, Potter tenía su varita.
Cuando recuperó la conciencia, estaba siendo mimado por su madre dentro de una celda. Una bruja que jamás había conocido, eso que conocía a bastantes personas influyentes del ministerio, explicaba de forma indiferente a su madre sobre los juicios que se celebrarían en un par de horas y como debían prepararse mentalmente para pasar un buen tiempo en Azkaban.
Ellos estaban tan embarrados, que salir sin ningún castigo sería reírse encima de las tumbas que dejo la segunda guerra. Cualquier persona podía deducir ello, pero no lo hacía menos doloroso.
Draco pasó esas últimas horas abrazado a su madre. Pidió y suplicó porque la salvaran a ella de ir a Azkaban. Una dama como ella no podía pisar un lugar así. Ella no podía.
Draco vendería su alma a cualquier ente para evitar ello. Como también lo haría para así cambiar el presente, anqué más adelante se preguntaría que tan seguro estaba de haber pedido eso.
En medio de su sufrimiento interno. Astoria Greengrass junto a Pansy hicieron acto de presencia. Su mejor amiga pelinegra extendió su mano y Draco se acercó para dejarla acariciar su mejilla, justo como solía hacerlo para calmar sus ataques de ansiedad en sexto año. Astoria, quien había sido un pilar en su último año en Hogwarts, le prometió que sea cual sea su condena, ella siempre estaría ahí para él. Y le creyó.
Slytherins y su fidelidad hasta el final sobre sus instintos de supervivencia.
Cuando llegó el momento, Draco decidió apagar su mente por primera vez en su vida. Trató de no pensar demasiado para no sufrir al ver y vivir el desprecio de la comunidad mágica. Se miró una última vez al espejo y caminó a su juicio.
El orgullo y respeto que una vez tuvieron los Malfoy había sido destrozado como su mansión.
Ver a su padre ser tratado al comienzo de la audiencia había sido menos traumático de esa manera. El joven Malfoy solo decidió dejar ir su mente a algún punto del espacio y tiempo…
Luego, su mente regresó cuando escuchó la voz de Potter… Su Potter.
Por un momento, creyó haber sido dominado por completo por la locura Black como solían bromear sus mejores amigos, Pansy, Blaise y Theo.
Ver a un Harry Potter iracundo y sobreprotector con su familia solo podía ser consecuencia de la imaginación de una mente desquiciada o alucinaciones de drogas muy fuertes. Lo cual no creía que fuera su caso…
Draco observó sin ser capaz de analizar nada como Harry Potter, buscó bajar la codena de su padre. El hombre que había buscado servirlo en bandeja de plata como una ofrenda a quien-no-debe-ser-nombrado.
Gracias a ello, de una condena de cadena perpetua, se redujo el tiempo de su padre a solo los años en el cual Lucius Abraxas Malfoy había sido un mortifago. Veinte años en Azkaban era demasiado tiempo, pero al menos tendría esperanzas de recuperar a su padre.
Cuando su madre salió libre de cualquier condena y con el tesoro de los Malfoy intacto en su poder, Draco no pudo evitar sonreírle a Harry.
Y su corazón latió fuerte cuando Harry no solo vio su sonrisa con buenos ojos, sino que le regresó el mismo gesto, gesto que durante toda su infancia se le había negado, pero algo había diferente.
El slytherin nunca había visto ese brillo en Potter.
Draco llevaba cinco años obsesionado con el salvador del mundo mágico. Cada año, su mente había almacenado tantos datos sobre el niño que vivió dos veces como para poder reconocerlo aun estando ciego y saber que pretende o hará. Aun así, ese brillo en esos hermosos ojos verdes era nuevo.
Creyó verlo una vez, cuando Harry Potter había sido llevado a su mansión y sintió la necesidad de cruciar a todos, menos a sus padres, solo por la osadía de tocar a quien consideraba como algo preciado.
Sí, Draco llevaba enamorado de Potter por tanto tiempo que ya era natural tener esos pensamientos sobre el niño con cicatriz, aunque asesinaría a quien supiera sobre esos vergonzosos pensamientos.
Ese amor solo creció más mientras veía como Harry protegía a su madre del ministerio y su desesperación por hacer las cosas bien luego de tantos errores.
Y lo logró, ser el niño que vivó dos veces tenía el poder suficiente como para proteger lo que más amaba Draco.
Pero no alcanzó para él.
A pesar de que Harry habló, gritó y amenazó, Draco no se salvó.
Una sentencia de un año en Azkaban y otro año de arresto domiciliario había sido su sentencia. La marca en su brazo había sido razón suficiente como para castigarlo.
El heredero Malfoy aceptó el castigo con la cabeza en alto por fuera.
Draco Malfoy se despedazó una vez más por dentro.
Y Harry Potter enloqueció.
Si había algo que Draco podía decir con seguridad aun afectando su orgullo, era sobre la humildad de Potter. Con el tiempo había concluido de manera interna que Harry Potter nunca había buscado aprovecharse de quien era o como la gente lo trataba por ello. Con ello, nunca entendió de dónde venía esa nobleza y deseo de ser normal que tenía el niño con cicatriz.
Eso no evitó que lo acusara de lo contrario, como en cuarto año con los pines de Harry apesta. Su gran obra maestra.
Pero ese día lo recordaría para siempre.
En medio de un salón lleno de personas importantes del nuevo ministerio y otras que solo asistieron para ver la justicia ser ejecutada, Harry James Potter hizo honor a su segundo nombre y comenzó a recordarles a todos quien era y todo lo que había hecho a lo largo de su vida. Sus acciones heroicas que trajeron la victoria y la paz al mundo. Todo ello mencionó, para al final agregar de forma furiosa y casi caprichosa sobre cómo podría ser valorado si quitaban la sentencia a Draco Malfoy.
Y no funcionó.
Y Draco entendía porque no funcionó. Había demasiado personas molestas con su familia, que ni siendo Harry Potter su abogado podía evitar que se cumpla el deseo de muchos del mundo mágico. Su madre se había salvado porque no tenía la marca. Él sí la tenía.
“Potter, detente” dijo en un intento de proteger la dignidad del niño que vivió.
Harry lo miró incrédulo. Intentó negarse, pero cerró la boca cuando Draco negó con la cabeza.
Un suspiro de alivio colectivo se escuchó en la habitación. Y así el juicio de la familia Malfoy acabó.
Narcissa corrió a abrazar a su hijo. Su mascara para ocultar sus sentimientos que le había enseñado a aprender a Draco había caído con cada lagrima que la bella mujer derramaba mientras avanzaba a intentar despedirse de su hijo.
Los aurores intentaron impedir la interacción, pero Potter nuevamente tuvo que hacer algo al respecto.
“Cariño, perdóname” fue lo primero que Narcissa dijo sosteniendo a Draco.
Draco se hundió en el aroma que su madre, como hacía siempre para calmarse.
No podía llorar, él no podía agrandar el dolor de su madre.
“No hay nada que perdonar, madre. Un año se pasa volando” intentó consolar a su madre “Luego, volveré y reconstruiremos nuestras vidas para que padre pueda descansar cuando regrese a nosotros”
Narcissa besó repetidas veces su cabeza como solía hacerlo de niño mientras le leía los cuentos infantiles que Draco tanto amaba.
“Mi dragón valiente, siempre intentando consolar a tu madre” se separó de su hijo para acariciar su rostro “Está bien, te esperaré”
“Lo mismo haré, madre” sonrió levemente solo para su madre.
Su madre tenía la intención de agregar algo más, pero sus ojos azules captaron algo detrás de ellos. Draco giró cuando ella sonrió de forma sincera, buscando quien había provocado ese gesto precioso en su madre.
Era Harry…
El niño que vivió había perdido la confianza con la que había llegado. Evitando mirar madre e hijo mientras jugaba con una varita que el heredero Malfoy conocía bien.
“Potter” dijo Draco arrastrando la palabra, como siempre hizo.
“Malfoy” regresó el saludo.
Esta vez ninguno parecía querer ofender al otro llamándolo por su apellido. Demasiado cansados como para intentar regresar a esa época donde todo era más fácil, o eso creía Malfoy.
“Yo solo…” Harry fue el primero en romper el silencio para luego interrumpirse.
Draco alzó una ceja, confundido al ver como su madre sonreía enternecida en dirección a Potter. No era algo que en ese momento necesitara generarse preguntas que no podría resolver en un año o tal vez nunca.
“Ya que tus funciones de comunicación siguen siendo igual de deficientes como siempre, quería agradecerte por abogar por la familia Malfoy” decidió apiadarse de Potter y ser él quien llenara el silencio “Como heredero y su futuro señor Malfoy, le informo que mi familia estará en deuda con usted señor Potter y no dude que cumpliremos con esa deuda” hizo la reverencia que tantas veces vio que su padre hizo ante los ministros de magia o personas que, de forma desagradable, estaban por encima del apellido.
“¿Deuda? ¿Qué? Oh, no, no, no” comenzó a mover sus manos mientras negaba con la cabeza “No quiero un favor o algo así. Tu madre y tú fueron quienes me salvaron la vida una vez y veo justo devolverles ese favor” explica rápido.
Draco mira como en la habitación entrar a Hermione Granger junto a un pálido Ron Weasley.
Su tiempo con Potter se había acabado.
“Siendo así, espero que tengas una buena vida Harry Potter” dice siendo sincero “Tengo una sentencia que cumplir”
“Tu varita, aún tengo tu varita” dice rápido Potter mientras entiende la mano con el objeto que Draco siempre atesoró.
Esa varita había sido usada para derrotar a Voldemort. Draco no podía tenerla. Esa varita era mucho mejor que él ahora.
“Quédatelo, ya está contaminada” escupió Draco, comenzando a caminar lejos de Potter y su madre en compañía de los aurores, antes de que ellos comenzaran a jalarlo de los grilletes.
“¡Draco! / ¡Harry James Potter!” fueron los últimos gritos que Draco escuchó.
Azkaban. Fortaleza situada en una isla ubicada en el Mar del Norte. Lugar que sirve como prisión para la comunidad de magia de Gran Bretaña. Una vez solía estar llena de dementores que se encargaban de hacer la vida en el lugar más tormentosa y miserable. Escondida del mundo muggle y aparentemente imposible de escapar.
Ahora iba a ser el lugar donde Draco Malfoy perdería la cordura.
Pasó un tiempo en la celda del ministerio mientras se celebraban todos los juicios. Luego, como si fueran ganado, enviaron a todos los sentenciados en grupos a dicho lugar.
Al ser mucho más magos de lo pensado y aun recuperándose el lugar por los ataques para la huida de ciertos reclusos durante el retorno de Voldemort, las celdas no fueron suficientes para todos. Por ello, los que cumplían una condena más corta como Draco tuvieron que compartir celda con los reclusos más antiguos.
Así Draco Malfoy terminó en una celda con un anciano de edad desconocida.
Al principio, Draco temió por su vida.
Su compañero es un hombre delgado casi esquelético, con la piel tan sucia que era difícil de reconocer el color de su piel. Siempre manteniendo una posición encorvada y las piernas extendidas mientras la cabeza se apoyaba en la pared y su mirada no indicaba ningún lugar en específico a donde mirar.
Con el pasar de los días, Draco concluyó que no había peligro.
El hombre parecía siempre metido en sus pensamientos, incapaz de mostrar conciencia alguna.
Draco podía apostar que ese anciano ni siquiera había notado su presencia y si lo hizo, parecía incapaz de reaccionar al respecto. Si iba más allá, podría jurar que ese hombre era víctima del beso del dementor.
Después de la segunda guerra, azkaban había quedado libre de dementores. Eso no quita que una vez habían reinado en el lugar y las acciones que estos hicieron con los reos más antiguos.
Así que, solo era Draco y su propia mente.
Al inicio, se había dedicado a planear que haría saliendo de Azkaban. Buscando maneras de restablecer el poder y la reputación de los Malfoy. Si su madre era lo suficientemente fuerte (joder, sí que lo era) podría lidiar con el problema de reconstruir la mansión sola, ya que, la fortuna seguía intacta gracias a Potter.
Potter.
No debía pensar en él.
Luego de pensar en las posibilidades de mejorar su apellido en los primeros años. Comenzó a plantearse su propio futuro. Draco tenía claro lo que su padre Lucius quería para él desde el inicio y pensaba respetarlo.
Eso implicaba casarse.
Antes, en su tiempo en Hogwarts, había discutido ese problema con Pansy. Al principio con la seriedad que se debía, luego, con el conocimiento de Pans sobre sus sentimientos hacia cierto individuo con cara rajada, la cosa había sido motivos de burlas. Pansy siempre llamándolo Draco Potter.
Potter.
¡Basta!
Draco debía buscar una buena esposa. Si fueran otros tiempos, podría recurrir a su plan inicial y casarse con Pansy. Tendrían al heredero sangre pura que su familia y la de ella deseaban y toda la libertad de divertirse en otras sabanas con quienes quisieran.
Y joder, Draco sí sentía curiosidad sobre mundo aún desconocido para él.
Ahora, no podía hacerle eso a Pansy. Ella no solo merecía casarse con quien ella quisiera, sino con alguien que no esté hundido como él. No quería darle esas batallas a su fiel amiga.
Nunca.
Joder, Draco ya no podía cargar con más culpa.
Así que debía pensar en otras familias.
Los Greengrass podían ser una opción. No solo mejorarían su posición por lo relacionado que estaban a las ideas progresistas con respecto a los muggles, sino sería fácilmente aceptado por su dinero. Era consciente de los problemas económicos de la familia por boca de la misma Daphne en las pijamadas que tenían en cuarto año. Además, era consciente de la atención que tenía de Astoria, aunque le incomodaba por el momento que solo la veía como una hermana pequeña.
Además de planear su propia vida, comenzó a repasar sus errores.
El inicio del descenso a la locura. La culpa podía acabar con cualquiera.
El peor enemigo de uno es su mente y Draco lo estaba experimentando. Sin nadie con quien hablar, ahora solo le tocaba sumergirse en sus propios errores y el dolor de saber que no podía hacer nada. Había muchas maneras en la cual Draco pudo cambiar su futuro y todas las desperdició.
Si tan solo hubiera conseguido la amistad de Potter. ¿hubiera bastado eso para salvarse? ¿Para tenerlo?
Y así con la noción del tiempo perdido, por lo que supone fueron meses, cedió a su mente la posibilidad de pensar en Potter.
Harry Potter.
¿Que no dijo o pensó de San Potter?
De niño buscando su amistad, de puberto buscando pelea y de adulto, su atención y amor.
Amor, algo tan ridículo pero que no dejaba de desear. Creciendo en un hogar donde sus padres se amaban, era natural para él querer algo igual.
Si ahora él no tenía ni siquiera la atención de Potter, fue porque simplemente no estaba diseñado para agradar al elegido.
Sus pensamientos, comportamiento y acciones habían sido suficientes para ganare no solo el odio de muchos de Hogwarts (cosa que no le importa) sino del mismo niño dorado que el mundo siempre buscó elevar.
Draco siempre se consideró alguien a quien debían adorar y obedecer. Su poder y legado eran muy fuertes como para destacar en medio de sangre sucias y mestizos desagradables. Luego, viene ese niño y rompe con toda su sique no aceptando su mano y amistad.
Que robara su corazón solo fue la cereza al pastel.
Es consciente que ser amigo de Potter hubiera significado tratar mínimamente con respeto a Granger y la comadreja, aunque lo último era imposible para cualquier Malfoy. Ser parte de la luz implicaba ir en contra su propia familia.
¿Valía la pena?
Una parte de él gritaba que sí. Un segundo de la atención de Potter valía toda su existencia. Otra, negaba ofendido por siquiera pensar algo así.
Es un Malfoy. Debía comportarse como uno. Humillarse así por un mestizo. No había forma.
Así llegó a la conclusión que no iba a funcionar.
Ser amigo de Harry Potter es imposible.
Él ahora miraba el mundo diferente pero no lo suficiente como para agradar al Harry Potter de ahora o él pasado. Tal vez en otra vida.
Si pudiera cambiar el pasado.
Pero no existía giratiempo alguno que trasladara su consciencia a su cuerpo de once años. Además, si pasara, seguiría tropezando con la misma piedra de prejuicios que lo había llevado a este punto de su vida.
Aunque no podría ser capaz de usar la palabra sangre sucia.
No después de que Draco viera con sus propios ojos como su desquiciada tía marcaba con su varita maldita la piel de Granger. La misma Granger que le había ayudado indirectamente a mejorar sus calificaciones al darle competencia.
Tampoco podría meterse con la familia de Weasley, no después de ver el cuerpo de uno de los gemelos insufribles cubierto de rocas en su búsqueda por Potter en plena batalla.
Si a su madre o padre le hubiera pasado algo, no volvería a ser el mismo.
Así que, con ese pensamiento. Draco continuó por un mes más. Hasta que tubo ese sueño.
Una pesadilla entre muchas que se destacó.
En sus sueños vio como su madre fue atacada.
Podía ver la mansión siendo reconstruida. Ella estaba radiante, con un conjunto casi impropio de ella que consistía en una camisa que una vez vio a su padre usar con unos pantalones de vestir femeninos que no creía haber visto en ninguna moda mágica, con sus botas de piel de dragón que Draco le había regalado en su quinto año. A lado de ella, estaba Potter usando su típica ropa muggle, pero estando cubierta de polvo y sudor. Ambos parecían relajados y orgullosos de observar la mansión.
Su madre parecía hablarle a Harry mientras apuntaba zonas que no podía ver en sus sueños. Harry asentía como niño obediente antes de parecer gritarle a alguien que tampoco era visible.
Todo tan hogareño.
Y de la nada una explosión interrumpió su sueño y lo transformó en una pesadilla.
Harry intentó proteger a su madre usando la varita de Draco. Narcissa no tenía su varita consigo.
Y nuevamente, Harry falla en intentar algo.
Una luz verde ciega el panorama de Draco, solo teniendo como última imagen el cuerpo de su madre cayendo.
Despertar nunca había sido tan doloroso.
Le tomó semanas aceptar que su madre seguía viva y que todo solo era una vil pesadilla. Cuando saliera de Azkaban, su madre estaría ahí para repartirle todo el amor que no recibió por un año.
Si algo hubiera pasado, ya hubieran venido a avisarle. Aunque fuera un prisionero, tenía derecho a saber si su madre había muerto.
Eso es lo que le dejó dormir.
Aunque una parte de él había iniciado el luto.
Luego, una semana después tuvo una pesadilla similar.
Esta vez estaba en un lugar similar a su celda. Podía ver pequeños hilos de luz que intentaban brindarle una mejor imagen que solo manchas negras. Ahí, en el medio del polvo y la soledad se veía el cuerpo de su padre sentado casi en la misma posición que siempre hace el anciano de su celda. Conforme la imagen se acercaba, se podía ver que su padre lloraba.
Un llanto silencioso y doloroso.
Mientras su padre sufría, la celda se abrió e ingresó un mago encapuchado.
Su padre solo lo miró cansado e indiferente.
El extraño alzó la varita y lo apuntó. Si estaba diciendo algo, Draco no lo sabía porque no podía ver el rostro.
Luego, como pasó con su madre, una luz verde lo cegó.
Su padre cerrando los ojos con una sonrisa fue lo último que vio antes de levantarse agitado.
Lloró, gritó y pataleó, pero ningún guardia apareció.
Pasaron las horas y Draco solo podía pensar en sus padres. La posibilidad de que sea huérfano lo aterraba.
Si ellos estaban muertos, no tenía razón para seguir viviendo. Si salía de aquí y recibía la noticia que asesinaron a sus padres, iría y buscaría a la primera persona que esté dispuesto a lanzarle una imperdonable para acabar con su vida.
No iba a esforzase si no había nadie a quien hacer sentir orgulloso. No valía la pena en absoluto la vida así.
Así pasó el tiempo. Meses que parecían eternos.
Draco temió terminar como ese anciano. Tan sumergido en su mente. A veces solía recordar a Luna Lovegood con su mirada perdida.
Esa niña que le hizo sentir tan culpable y que por ello recibió crucios de su querida tía Bellatrix cuando lo pilló intentando alimentar a los prisioneros.
Y así nuevamente se sumergió en sus recuerdos.
Ahora, se imaginaba siendo diferente. Una persona mejor. No solo teniendo a Pansy como confidente, sino a muchas más personas.
Podía ver a Luna como parte de esas personas.
Si hubiera sido diferente, una versión como es ahora, hubiera sido más sencillo sobrellevar todo el infierno. Tal vez no tener la amistad de Potter, sino de otras personas.
Personas como Luna.
Amaba a sus serpientes, pero la dulzura de esa niña le hizo desear por un momento haber tenido una amistad así.
Y Luna era amiga de Potter.
Al final cada cosa lo llevaba a pensar en Potter.
Siempre sería Potter y no tenía ya fuerzas de negarlo.
Si tan solo hubiera sido mejor para Potter.
Y así un sonido lo sacó de su ensoñamiento.
El anciano que parecía siempre en la misma posición se retorció en el piso por unos segundos antes de reincorporarse sentándose lentamente.
Draco chilló y retrocedió. Buscó con la mano una piedra o algo para defenderse sin apartar la mirada del sujeto.
“¡Atrás!” ordenó usando su voz primera vez desde que pisó Azkaban para algo más que solo gritar.
“Oh, ¿Qué hace un niño como tú en un lugar como este? No pasas ni de los veinte años” comenzó a decir el anciano como solo un abuelito podía hacerlo.
Draco no flaqueo en seguir apuntando con su mano llena de tierra al sujeto.
“Veo que tienes la mente hecha un desastre” dijo el señor con una sonrisa antes de levantarse, quitarse el polvo con una elegancia que solo una persona educada en cuna sangre pura podría hacerlo.
Caminó sin cojear o tambalearse. Se inclinó con elegancia y extendió su sucia y arrugada mano en la dirección de Draco.
“Vamos pequeño Malfoy, eres demasiado preciado como para que tú un Malfoy ande tirado en el piso como cualquier sangresucia” replicó.
Draco no aceptó la mano. Ni siquiera pretendió aprobar ese comentario.
Eso pareció satisfacer al hombre. Como si hubiera aprobado una prueba del que Draco no estaba informado.
“Ya veo, todo un pequeño progresista a favor de los niños de origen muggle” alaga comenzando a agitar su mano.
Draco quiere negar, pero al momento de intentarlo su propia lengua se ve inútil. No quiere batallar consigo mismo así que solo acepta la mano aun apuntando al sujeto con su mano. Dispuesto a atacar ante cualquier signo de alarma.
“Chico de pocas palabras. Digno hijo de una Black y un Malfoy” aplaude cuando tiene las manos libres.
Draco camina para alejarse del anciano chiflado. En ese momento podría gritar, pero ningún auror vendría.
“Eres alguien realista o muy pesimista, tus pensamientos son así de ruidosos ¿verdad? Tienen que serlo, aunque tu rostro no dice mucho”
En ese momento Draco alza todos sus escudos de oclumancia. Se regaña por no hacerlo desde el inicio.
“Eso no sirve conmigo, muchacho. Con viejos como yo, los trucos de los niños suelen ser inútiles” ríe engreído.
Draco gruñe exasperado.
Hace un momento estaba hundiéndose en sus deseos de ser amigo de Potter y reescribir su vida, ahora lidiaba con un viejo decrepito con el cerebro de un puffskein.
“Harry Potter, tú mente parece siempre querer nombrarlo. Tan dulce como el corazón de un puffskein” dice lo último en un intento de bromear, pero Draco podía reconocer la advertencia ante ello.
No le había gustado sus últimos pensamientos.
Correcto, Draco no se iba a disculpar por eso.
“¿Cuál sería el pago que estarías dispuesto a darme con tal de cumplir lo que más deseas, Draco Malfoy?”
La habitación se oscurece. Draco siente el tirón que siente cada que se aparecía. Mira a su alrededor con disimulo, notando que literalmente todo parecía tan oscuro, somo si estuvieran en una habitación pintada del negro más potente del mundo y solo la luz los hiciera destacar a ambos.
“¿Qué quieres decir?”
“Pude ver cada uno de tus recientes pensamientos, Draco Malfoy. Tu desesperación por cambiar tu pasado fue creciendo con el pasar del tiempo. Lamento informarte que tus sueños sobre la muerte de tus padres fueron en realidad visiones. Tu alma estaba tan ligada a ellos que pudiste ver el momento preciso cuando se rompieron tus lazos. Mi más sentido pésame, el último de los Malfoy”
Draco sintió esas palabras como un golpe directo al estómago. Su respiración se entrecortó y las ganas de vomitar lo invadieron. El único Malfoy se encorvó y dejó atrás su educación y modales que debía cumplir al hablar con las personas y se tapó la boca para que nadie escuchara como su garganta comenzaba a producir espasmos.
Su madre, la mujer más hermosa del mundo mágico con una inteligencia peligrosa, ya no estaba. Le había prometido esperarlo y por primera vez no cumplió su promesa. Él prometió protegerla y tampoco cumplió.
Y como ardía. El infierno no se comparaba con el sufrimiento que podías hallar ahora en el corazón de Draco Malfoy.
Pensar en su padre. En como planeaba hacerlo sentir orgulloso. La manera de restablecer la dignidad Malfoy solo por él. Ahora, ya no quedaba nada por la cual seguir. Su héroe había caído.
Draco estaba en lo más profundo.
No había manera de poder seguir existiendo estando solo. Pansy y Astoria no eran suficientes.
“De todas maneras, no te queda mucho tiempo” cortó el hombre.
Draco lo miró. Mientras lo observaba, las lágrimas cayeron silenciosas.
“Morirás Draco Malfoy. Puedo ver la marca de la muerte en ti. Solo te quedan horas”
Bien, podría descansar. No tendría que esperar para alcanzar a sus padres.
“Los Malfoys de este mundo están destinados a morir. No quedará nada de ustedes, más que su fortuna, la cual será repartida para reparar al mundo que su señor destruyó. Reponer parte del dolor que directa o indirectamente causaron. Así debe de pasar, por todo lo que hicieron”
Draco asintió de acuerdo. Eso hizo sonreír al hombre.
“Pero veo algo diferente en ti, muchacho. Veo que puedes cambiar tu vida”
“¿Qué?” dijo confundido el rubio.
El hombre río y un relámpago iluminó la habitación.
“¿Qué dirías si te dijera que te doy la oportunidad de cambiar tu vida?” dice con una sonrisa “No solo vivirás todo de nuevo, sino lo harás con mayor consciencia y podrás evitar el destino de los Malfoy”
Draco desconfió. Era demasiado bueno para ser cierto. Algo iba a pedir.
“Tienes razón, Malfoy. Solo actos honestos para la caridad. A ti no te queda nada. Podrías simplemente dejarte morir, aunque eso signifique que tuviste la oportunidad de salvar a tu madre y lo negaste”
“¿Cuál es la condición?” pregunta decidido.
“Un favor. Me deberías un favor que tendrás que cumplir llegado el momento que te lo pida. Si aceptas deberme un favor, te regresaré al día en el que recibes tu carta a Hogwarts” dice extendiendo su mano huesuda.
Sus ojos se tornan verdes avada kedavra. Un indicio del peligro.
Draco piensa en su madre, su padre.
Y la posibilidad de tener, aunque sea la amistad de Potter.
“Yo Draco Malfoy, acepto tu trato”
Las familias más cercanas a tal ente que el mundo odiaba fueron los primeros en caminar directo a un castigo en Azkaban. La justicia debía ser severa para ellos.
Harry Potter, junto al dolor de cientos ameritaba ellos.
Harry James Potter, el héroe del mundo mágico, había desaparecido horas después de acabada la guerra en la escuela de Hogwarts. Él junto a sus dos fieles amigos, Ron Weasley y Hermione Granger, no habían dado la cara todo ese tiempo. El mundo no creía que aparecieran por mucho tiempo.
Comenzando a aplaudir la fortaleza del joven. Luego, cuando este comenzó a enumerar los motivos para liberar a los malfoy, los plausos pararon y el desconcierto reinó en cada expresión.
Draco Malfoy era parte de ese grupo de personas que no podía entender a Harry Potter y la presencia en su juicio.
Ella poseía propiedades ocultas del conocimiento del mundo.
Regulus Black, podría estar vivo.
explicaba de forma indiferente a su madre sobre los juicios que se celebrarían en horas y como debían prepararse mentalmente para pasar un buen tiempo en Azkaban.
Draco vendería su alma para evitar ello. Como también lo haría por cambiar el presente.
En medio de su sufrimiento interno. Astoria Greengrass junto a Pansy hicieron acto de presencia. Su mejor amiga pelinegra extendió su mano y Draco se acercó para dejarla acariciar su mejilla como solía hacerlo para calmar sus ataques de ansiedad de sexto año. Astoria, quien había sido un pilar en su último año en Hogwarts, le prometió que sea cual sea su condena, ella siempre estaría ahí para él. Y le creyó.
sino le regresó el mismo gesto, pero algo había diferente.
Azkaban. Fortaleza en una isla ubicada en el Mar del Norte. Lugar que sirve como prisión para la comunidad de magia de Gran Bretaña. Una vez solía estar llena de dementores que se encargaban de hacer la vida en el lugar más tormentosa y miserable. Escondida del mundo muggle y aparentemente imposible de escapar.
Draco siempre se consideró alguien a quien debían adorar y obedecer. Su poder y legado eran muy fuertes como para destacar en medio de sangre sucias y mestizos desagradables. Luego, viene ese niño y rompe con toda su psique no aceptando su mano y amistad.
Robar su corazón solo fue la cereza al pastel.
Es un Malfoy. Debía comportarse como uno. Humillarse así por un mentizo. No había forma.
Pero no existía giratiempo alguno que trasladara su consciencia a su cuerpo de once años. Además, si pasara, sigue tropezando con la misma piedra de prejuicios.
Así que, con ese pensamiento. Draco continuó por un mes más. Hasta que soñó.
Podía ver la mansión siendo reconstruida. Ella estaba radiante, con un conjunto casi impropio de ella que consistía en una camisa que una vez vio a su padre usar con unos pantalones de vestir femenino que no creía haber visto en ninguna moda mágica, con sus botas de piel de dragón que Draco le había regalado en su quinto año. A lado de ella, estaba Potter usando su típica ropa muggle, pero estando cubierta de polvo y sudor. Ambos parecían relajados y orgullosos de observar la mansión.
Esa niña que le hizo sentir tan culpable y por ello recibió crucios de su querida tía Bellatrix cuando lo pilló intentando alimentar a los prisioneros.
“Vamos pequeño Malfoy, es demasiado preciado como para que un Malfoy ande tirado en el piso como cualquier sangresucia” replicó.
Hace un momento estaba hundiéndose en sus deseos de ser amigo de Potter y reecribir su vida, ahora lidiaba con un viejo decrepito con el cerebro de un puffskein.
La habitación de oscurece. Draco siente el tirón que siente cada que se aparecía. Mira a su alrededor con disimulo, notando que literalmente todo parecía tan oscuro, somo si estuvieran en una habitación pintada del negro más potente del mundo y solo la luz los hiciera destacar a ambos.
“Los Malfoys de este mundo están destinados a morir. No quedará nada de ustedes, más que su fortuna, la cual será repartida para repara al mundo que su señor destruyó. Reponer parte del dolor que directa o indirectamente causaron. Así debe de pasar, por todo lo que hicieron”