Las dos vidas de Elizabeth Müller

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Summary

Elizabeth Müller. 17 años. Sexo: femenino. Rubia. Ojos dorados. Constitución menuda y delgada. Estudiante destacada de ciencias naturales. Aspirante a zoóloga. Última vez vista, jueves 19 de agosto, salía de expedición con fines evaluativos de la Academia St. Agatha de Sicilia, aproximadamente a las 9:20 de la mañana, la denuncia fue hecha por la autoridad responsable de la menor, La Casa Hogar "Pequeños milagros" a las 18:36 horas del 22 de agosto. Elizabeth Müller. 17 años. Actualmente en algún mundo mágico, en qué su existencia es relevante, sin pistas de como regresar ni como ingresó, sin contacto con su mundo natal, sin ningún entendimiento de porque 4 jóvenes lugareños de edad casadera le dedican su valiosa atención. El sujeto a observar se encuentra en conflicto, aparentemente extrañada por el interés puesto en ella. Con una profecía a la que le faltan partes y le sobra fantasía, un pueblo mágico con estaciones manipulables, instintos animales por doquier, biologías extrañas y gente peculiar tanto como amable. Elizabeth no tiene un decisión difícil, ¿permitirse ser feliz viviendo cómoda y confortable con seres que la adoran, o regresar al mundo que lenta y sádicamente la ha desprendido de todo lo que podría considerar suyo?

Genre
Fantasy/Romance
Author
Mora
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

I

Capítulo primero, primera parte; en el que Elizabeth hace un gran descubrimiento


Pese a lo que podrían sugerir las concepciones más estrictas, aquello percibido como posible dependía mayoritariamente, (si es que no completamente) de las realidades y vivencias individuales.


Elizabeth, naturalmente, no era ignorante ante esa realidad, pero incluso así, había ciertas limitantes respecto a eventos que, independientes de creencias y opiniones, eran humana, lógica o biológicamente imposibles.


Con ello se justificaría cuando en un movimiento torpe, su paso estable se vio interrumpido por la punta de una de sus botas golpeando la parte interna de su tobillo contrario, desbalanceando su cuerpo, haciéndola trastrabillar por el paso en falso. Parpadeando aturdida, contempló la visión desconcertante a su alrededor, buscando por retazos de información que pudieran serles de utilidad.


Medio ausente se preguntó si acaso su reacción no era mucho más pasiva y lenta de lo que cabría esperar, considerando el panorama inhóspito que tan inconsciente de su estado horrorizado se alzaba orgulloso muy por encima de su cabeza.


Aún así, muy a su pesar, el asombro la tenía congelada, con los pies bien plantados y estáticos en su lugar, incapaz de manejar pensamientos o habilidades superiores a mirar boquiabierta con los ojos enormes y atónitos.


En su mente, una pequeña y terca voz, demasiado descortés para ser la suya propia, protestó, escéptica respecto a las especulaciones cada vez más descabelladas que conjuraba su cabeza, racionalizó, la reserva forestal para la preservación de especies en peligro reproductivo a la que las estaba llevando su tutor, debería ser un área rural, con obvios signos de actividad y presencia humana, por muy sutiles que fueran, y no la enorme e intimidante espesura que se extendía como una amalgama de ecosistemas, tan hiperdiverso y con tantas características y cualidades que no sabría cómo empezar a describirlo además de mixto y probablemente virgen.


Las proporciones extrañamente enormes de la vegetación en general y el suelo chasqueante lleno de vegetación pastosa que le llegaba hasta la parte mas alta de los tobillos eran, sin duda, muy buenos datos de investigación, y seguramente material de una excelente tesis, es solo que en ese momento y lugar no podía encontrar algo menos útil.


Contemplando con agudos ojos inquisitivos a las proximidades, notó que los árboles, por centrarse en algo de manera concreta, lucían como rascacielos naturales, cuyo ejemplar más débil podría humillar a secuoyas poseedoras de récords en su mejor día, lo suficientemente gruesos y formidables como para que, si en un supuesto caso fuera posible derribar uno, anillo tras anillo se fueran remontando, años, décadas y hasta eras anteriores y...


De reojo, creyó ver un ciempiés de proporciones titánicas, más cercano al largo y grosor de una anaconda que a sus homónimos miniatura, la única seguridad que poseía de que no se tratase de una versión terrestre de Leviatán fueron los incontables apéndices aparentemente independientes que se retorcían para enterrar nuevamente al mega-invertebrado en la tierra blanda y más cálida que la superficie, que se empezaba a enfriar con la llegada del ocaso y el sereno, con un frescor que helaba lentamente el ambiente originalmente pegajoso del bioma híbrido.


Un último chasquido de la sección final de su cola arrastró suficiente tierra suelta como para tirarla directamente en la cara de Elizabeth, ugh.


Habiéndose quitado los restos de los ojos con una de las mangas de su blazer, apretó inconscientemente el agarre en las asas de su mochila, ignorando conscientemente las motas granuladas que se le pegaban a las manos humedecidas con sudor nervioso.


Dio un paso con duda, y en una ocurrencia extraña, agradeció profundamente a su versión pasada por haberse dejado convencer en utilizar botas militares, rígidas y pesadas por las láminas aceradas que bordeaban su forma.


Y había escuchado a sus compañeras susurrar alegando que era una

exageración

tanta preocupación puesta específicamente en ella, la primera vez que declinó el uso del pesado calzado, ¿quién se reía ahora? Ellas, probable, seguramente, su suerte tenía una forma un tanto sadica de tratarla, si algo peor que perderse en territorio desconocido aún no había pasado es porque la vida, el destino o cualquier ente o energía superior que se estuviera carcajeando a sus expensas se estaba preparando para explotarle algo directo en la cara, y no necesariamente de manera figurativa.


A pesar del razonamiento lógico del que no era inmune, y en contra de lo que podía intuir era apropiado para la situación en la que se encontraba, no estaba para nada asustada, su personalidad curiosa rozaba con una frecuencia peligrosa la imprudencia, y era una persona de ciencia después de todo, no sería propio de su pasión mostrar desinterés ante tantas posibles especies por catalogar.


Había estado y superado situaciones peores, como fuera.


Mientras inspeccionaba el área en busca de recursos se repetía como un mantra de motivación mortal la regla de 3;

"tienes de media tres minutos sin aire, tres horas sin refugio, tres días sin agua, tres semanas sin comida. Tres minutos sin aire, tres horas sin refugio, tres días sin agua, tres semanas sin comida."


Tenía suficientes provisiones como para que la mayor parte de ello no resultara una preocupación en un bueno rato, pero no podía sacar mágicamente un refugio de su mochila. Pensativa, consideró si podría buscar un lugar con altura para tener una mejor perspectiva de... todo.


Con la vista en el cielo y la cabeza en las nubes, hizo una mueca al oír un crujido particularmente desagradable bajo sus pies, demasiado húmedo y crujiente para ser simple vegetación muerta, ni siquiera podía mentirse diciendo que tal vez, podría tratarse de un cadáver en periodo de reducción esquelética, el sonido era demasiado chicloso, provocando una sensación de chapoteo debajo de sus pies incluso después de haber dado varios pasos.


Lo que haya sido, ya que a pesar de haberlo intentado exhaustivamente no pudo llegar a ver lo que había debajo de la suela, quitarse la bota no estaba dentro de sus opciones y los restos que quedaban embarrados en el suelo solo le podían decir, (debido al estado deteriorado del cuerpo y a sus propios conocimientos escasos) que se trataba de un canido extrañamente diminuto, si el pobre alguna vez estuvo vivo antes de su encuentro, ya pasó a mejor vida, quería creer.


Rezaría por su alma cuándo tuviera tiempo, si es que no lo olvidaba y, si la faceta más despiadada de la naturaleza no cobraba su propia vida primero.


Decididamente se rehusó a que ese pensamiento la llevase a caer en cuenta de su propia mortalidad voluble, proponiénse a ignorar la falsa alerta que le imponía su siempre activa mente.


Era perfectamente capaz de ignorar su nerviosismo inventado. Tenía suficiente experiencia.


Nada la estaba acechando en algún lugar en las sombras desde que ocurrió el incidente con el cadáver. No, era solo su mente empeñándose en funcionar de manera particular, trabajando horas extra en una campaña sin propósito.


Sabía que no había nada que la estuviera siguiendo, uno no pasa meses sintiendo una presencia persecutora a sus espaldas sin experiencia, tampoco sin secuelas, aparentemente. ¿Pero cómo podía esperar fiabilidad de una mente que la condenaba a sentirse en constante peligro en situaciones cotidianas y completamente inofensivas; provocándole una sensación de asfixiante inquietud que la consumía sin prisas de dentro hacia afuera? En una situación de incertidumbre real sentía el pesado seguimiento de una existencia invisible, casi como si fuera real.


Frustrada, se llevo la mano izquierda a la boca, mordisqueando el borde libre de una de sus uñas con el semblante preocupado, a la vez que alejaba ramas, lianas y demás obstáculos que obstruían su camino con la otra mano.


Ignorante de sus insignificantes predicamentos, un animal de descripción fantástica dejo salir un gruñido subsónico que los oídos subdesarrollados de Elizabeth nunca podrían captar. La miraba camuflado, con intriga, con hambre, con furia. Con un nuevo bramido naciendo desde los confines de su pecho blindado, se acercó silenciosamente a la mota rubia, el sonido era una declaración, una advertencia, encargada de anunciar a la población residente de que un depredador formidable había fijado sus atenciones en una pequeña alma desventurada.


Tomando pasos medidos y silenciados por las almohadillas en sus patas, intrigados ojos centellantes veían al delgado¹ hembra con fijeza, siguiéndolo pacientemente a través de saltos acrobáticos y de propósito claro.


No se trataba solo de alimentarse, seguramente se trataba del skifthienka² más escuálido que alguna vez había tenido el raro desagrado de ver, se trataba más del cómo estaba en su territorio, deambulando impune impregnado del olor de la sangre de su gente.


Y por supuesto, su afrenta personal hacia la miserable raza traidora de sus orígenes compartidos, oh, Ak'ikouda³ allá arriba, iba a disfrutar de esta caza.


Inconsciente de que la alarma que le recorría el sistema nervioso por una vez no se trataba de autosugestión, Elizabeth trataba de convencerse de que lo mejor sería perseverar en sus intentos de dejarse engañar ante la idea de que nada de lo que sentía era más que un invento de su paranoia, sepultando la angustiante sensación de un nudo retorcido que se enroscaba y deshacía en su estómago.


Al menos los pinchazos ocasionados por extrañas criaturas en su suave carne le ofrecían algo sólido en lo que distraerse. Los supuestos insectos sin nombre, (no se pensaba tan imaginativa como para bautizarlos) pasarían por sanguijuelas aéreas sin problemas, los pequeños desgraciados eran los híbridos malvados y sedientos de sangre de una abeja europea y un culícido especialmente voraz, quienes se estaban dando un festín atacando y drenando la sangre de su cara, una de sus manos, tras haber guardado la otra en una de sus bolsillos, y cuello, la poca piel que no protegía su ropa de campamento y el blazer de su uniforme.


Se entretuvo dejando constancia en una bitácora mental de la que nadie tomaría importancia nunca, resultaba que las inserciones de los maliciosos bichos vampiro ardían y picaban de manera horrible al más mínimo contacto, un método para obtener más sangre con menos esfuerzo al ser la fuente de alimento la que se lastimaba a sí misma, tal vez, especuló, maquiavélicamente inteligente, naturaleza, le concedió mentalmente mientras resoplaba.


El Koskunkirisi⁴ se relamió los prominentes caninos con gula, captando con interés los sutiles rastros de olor metálico en el aire. Consideró un par de segundos, si resultaba que el hembra se había herido sería más torpe, lento, menos divertido.


No olía abundante, no debía ser nada demasiado grave, siguió avanzando.


Dicho hembra se negaba a dejarse ganar por los hambrientos insectos, ocultando su otra mano en el bolsillo restante. A pesar de la distracción momentánea que los hematófagos pudieron darle, el sentimiento de que algo o alguien le estaba viendo y muy, muy plausiblemente siguiendo persistía, casi un estímulo suficiente para lograr que alguno de los líquidos pobremente almacenados en su interior fuera expulsado, cualquiera de ellos que pudiese hacer su camino fuera de su cuerpo primero.


Como si las punzantes picaduras no fueran lo suficientemente malas por si solas, ya no estaba tan segura de atribuir el sentimiento de escopaestesia a simples delirios de persecución, todo producto de las maquinaciones de su tonta mente, que a veces parecía odiarle incluso un poco más que su suerte, creando complejos sentimientos de la misma nada y aún más complicados escenarios que contenían como único factor común su fatídico y explícito final.


Un crujido, un chasquido y un silencio abrupto. El koskunkirisi se puso pecho a tierra, con el cuerpo contraído sobre sí mismo al notar el sobresalto y posterior barrida con la mirada del hembra.


Forzó un trago nervioso, inhalando y exhalando profunda y excesivamente, sintiendo como repentinamente su pecho se apretaba y las vías de ingreso a sus pulmones se irritaban e hinchaban, costándole el aliento, se forzó a sonar lo más coherente posible al decir:


—Uhm — Con el ceño y los labios fruncidos, atribuyó la ronquera en su voz al largo período de desuso — Señor o señora bestia, si debido a un mal juicio inducido por la falta de alimentos adecuados, que es el único escenario donde encuentro posible ser vista como fuente de alimento viable, desea comerme, le recomiendo con total honestidad que vamos, puede encontrar algo mejor, soy flaca y muy huesuda para su gusto, no le voy a llenar nada, el estrés endurece la carne por si no lo sabía, y en confianza, le voy a llorar mucho encima mientras me mata, ninguno de los dos quiere pasar por eso, créame. Y, si por otro lado decide no hacerme caso, o no me entiende, lo cual es muy probable — La risa nerviosa que abandonó su boca sonó extraña, hueca, un sonido forzado. Jugó nerviosamente con sus dedos sin saber cómo continuar, preguntándose que estaba haciendo en primer lugar — Al menos máteme rápido, ¿sí? Porfa' —


El koskunkirisi se encontraba confuso respecto al significado de los extraños sonidos expulsados por el hembra, y con cada palabra dicha se irritaba un poco más, tratar de dar sentido a esos balbuceos hacia trabajar una parte de su mente oxidada y desgastada por el abandono, provocando un mudo y penetrante dolor justo en medio de las claras marcas de apareamiento en su frente, que corrían de manera ininterrumpida hasta su cruz y se difuminan en el pelaje menos oscuro de sus cuartos traseros.


Hacía mucho que mantener pensamientos complejos se había vuelto un sobreesfuerzo sin propósito.


Bufando enojado decidió que no entendía y no le importaba que estaba tratando de comunicarle, había llegado al límite de su paciencia escasa.


Con músculos ondulantes por la energía reprimida, saltó a pocos metros del hembra, dándole una oportunidad que de otro modo no tendría, le permitió ser plenamente consciente de su presencia, verlo en toda su magnífica y feroz gloria.


Para cuando sus temblorosos y miedosos ojos de presa advirtieron al resto de su sistema sobre el peligro tangible, propaso el punto de no retorno, tal vez si se hubiera quedado lo suficientemente cerca del lugar en el cual apareció hubiera encontrado eventualmente la forma de regresar, pero alejarse tanto como lo haría, sin rumbo, no le permitiría un plan tan flojo.


Su corazón se descontroló, sintiendo el latido atronador pasar retumbando por sus oídos con una frecuencia desestabilizante, sus pupilas se dilataron, moviéndose ansiosamente para poder encontrar rutas de escape, persistente a pesar de la escasa iluminación que se permitía entrever debido al abundante follaje. De repente, se sintió como si hubiera emergido de aguas congeladas, paralizada, lívida, su cerebro confuso ante la cantidad desenfrenada de información que le seguía llegando, denso y lento, como embarrado en melaza, viscoso e incapaz de actuar, en pleno cortocircuito.


Corre.


Gritó su parte más primitiva, instinto puro poniendo en palabras y acciones procesos inconscientes y reacciones químicas, entrando en un estado que priorizaba, primero que nada, alejarse de la bestia del húmedo aliento que apestaba a muerte.


Comenzó una torpe y poco elegante huida, lo mejor que podía con la restricción de sus pantalones de mezclilla, y el peso extra de su mochila, las botas y todos los artefactos de campamento y supervivencia que le dieron en la breve capacitación del día anterior, mucho más que el resto, era evidente que, de manera cortés, la consideraban inútil e incapaz de no matarse si no la equipaban hasta que su mochila peso al menos el doble que las de las demás chicas, aunque en su situación actual y por venir era como tener un comodín caído del cielo, un acto de misericordia del destino.


Casi demasiado conveniente. Un regalo de convalecencia del empíreo para permitirle no perecer de manera apresurada, y así, prolongar su entretenimiento a expensas de sus luchas.


Bufó, apenas recordando respirar por la nariz cuando correspondía en lugar de jadear como perro, lamentándose más que nunca porque su condición física siempre hubiera dejado mucho que desear.


Profundamente extasiado, el koskunkirisi avanzó a velocidad de trote, con la sangre fluyendo y las endorfinas aumentando al sentir el aroma persistente y penetrante del miedo y la adrenalina.


Por su parte el hembra de skifthienka sentía como sus extremidades comenzaban a resentir el nulo estiramiento y la totalidad de las condiciones menos que favorables para tan repentina carrera. No faltaba mucho para que sus músculos comenzaran a agarrotarse, con el tiempo contado, sabía que pronto se le acabaría el impulso químico y sin importar que esta persecución estaba siendo el ejercicio más extenuante que había tenido desde... eso no importaba, no iba a ser alimento de criatura.


Con una idea que le tomó cerca de un segundo convertir en acción, empezó a utilizar el beneficio que le daba tener piernas largas, a verdaderamente usarlo a su favor, preocupándose poco por romper sus jeans, sufriendo cada segundo que las costuras forzadas cavaban en sus muslos, con grandes zancadas esquivaba lo mejor que podía cada raíz, hendidura y bache que pudiese y seguramente había en el suelo.


Al notar el aumento en su velocidad, la criatura, en pleno embeleso fruto del asalto, cambio su trote altanero y manso al paso aligerado que ameritaba una persecución real.


La figura más pequeña no se detuvo hasta que sintió un fuerte tirón en la pantorrilla, un calambre, un reclamo silencioso de su cuerpo que manifestaba que se había drenado su energía y sus músculos estaban agotados, se permitió bajar la velocidad, darse un pequeño respiro, hasta detenerse completamente. Desconocía cuánto tiempo tuvo que haber corrido para sufrir un calambre. No podía recordar que le hubiese ocurrido antes.


Jadeaba de manera ruidosa, con el pecho congestionado y la cara roja, de a momentos sintiéndose completamente asfixiada. Le dolía la cabeza y le hormigueaban la coronilla y los dientes, había manchas negras en su visión que de manera codiciosa se expandían, sumiendo todo su campo de visión en una oscuridad absoluta.


Intranquila, llevo una de sus manos con dedos congelados debajo de las múltiples capas de su ropa, mapeando la superficie irregular de la delgada piel sobre sus costillas, al no encontrar nada inusual suspiró aliviada, recordando poner su inhalador de emergencia a la mano lo más pronto posible.


Antes de que pudiera percatarse como el aire había pasado de húmedo y salobre a seco y frío, el dolor en su mitad inferior la arrolló como un toro embravecido.


Por como estaba el panorama general de las cosas, el hecho de que sabía que lo que sentía ahora era solo una ínfima parte de lo que sentiría a la mañana siguiente, (si lograba llegar) no reunió la voluntad suficiente como para reprimir un lamentable gemido.


Su pantorrilla exigió su atención en forma de un doloroso tirón, el peor hasta ahora. Palpó superficialmente el área y se estremeció al sentir la textura irregular y extraña, y como si al conjunto de músculos, tendones, piel y hueso le hubiera ofendido personalmente la declaración vino otra ronda de punzadas constantes. Se mordió la lengua por la sorpresa y como una forma de evitar quejarse a volúmenes imprudentes, sin sorprenderse al sentir el espeso sabor a sangre en la boca.


El koskunkirisi evaluó la diminuta figura con grandes ojos de pupilas tornasoladas e hinchadas, fácilmente podría atacar y devorar al skifthienka enclenque mientras descansaba imprudentemente, pero sería una victoria sin gracia ni honor. La caza se basaba en el sentimiento intoxicante de manipular los anhelos de sus presas, liberándolas, dándoles esperanzas e ilusiones solo para extinguir su delirio junto con sus vidas.


Se asentó en una de las ramas más bajas de una seikwoja⁵ cercana, lamiéndose con tranquilidad perezosa las patas, esperando su momento.


Contemplando como el hembra miraba alrededor, luego de cerciorarse de que sus limitados sentidos no percibieran nada como un riesgo inminente se desplomó contra una de las seikwojas, sin importarle que podría haber en el suelo.


Resopló divertido, encontrando hilarante la ingenuidad de su presa.


Elizabeth se removió sintiendo un escalofrío, al tiempo que sobaba lentamente su pantorrilla, tratando de disipar la incomodidad.


Bien, bien, bien. Todo está bien. Muy bien. Extraordinariamente bien. Jodidamente bien.


Repitió con falsa convicción, la automotivación era un fraude con todas sus letras.


Entonces... ¿entonces qué? Estaba literalmente en el medio de la nada.


A donde sea que mirase la naturaleza estaba en su estado más indomable.


No tenía forma de saber si había civilizaciones cercanas, que estas no fueran hostiles era tan improbable que era una posibilidad en la que no quería desilusionarse soñando.


Suspiró, con pesar llevo las manos hasta su cara y la frotó con desesperación, llegó hasta su frente y mientras pensaba en un plan ató su cabello azafranado para que no le molestase en los ojos ni se le pegase en la nuca sobrecalentada.


Miró con atención sus proximidades, estaba oscuro, sí, tendría que buscar como pasar la noche, ya que no lucía como si el dosel natural, en su competencia, la estuviera privando de las propiedades positivas de la luminiscencia, sino como la más oscura de las noches, sin luna, sin estrellas, una negrura tan total que a duras penas podía ver sus propias manos, negro como la boca del lobo.


Y se rió, empezó pequeño, silencioso, casi inconsciente, sin control ni gracia, se rió de su propia desesperación y negatividad, de su propia patética situación, de su ignorancia, de su muy factible futuro fallecimiento, tanto y en un tono tan rasposo, tan desgastado y tan roto que se oía más como un carraspeo que como cualquier expresión relacionada a la alegría.


El sonido sintiéndose desquiciado incluso en sus propios oídos.


Alertado por el ruido y con las largas orejas romas temblando de manera involuntaria el koskunkirisi miro con extrañeza a la figurita trastornada que se convulsionaba de manera errática con estruendos que sonaban dolorosos, apoyo la cabeza de hocico chato en sus patas y considero que tanto valía la pena obtener esta conquista.


Dicha conquista se sentía tan jodida.


Sin embargo, tosiendo, prometió con resolución que no se iba a dejar morir.


No, no, había pasado suficientes dificultades en su vida como para que ahora esto la venciera. No tenía ni la menor idea de cómo lo iba a lograr, pero encontraría como salir de su predicamento airosa.


Entonces, bien, podría con esto, repetía, mientras se daba pequeñas palmaditas en las mejillas con las manos, tratando de pasar su crisis.


Tenía... ¿qué tenía? Pensó, inventariando los suministros en su mochila.


Debía tener suficiente ropa limpia para aproximadamente una semana, comida para dos, dos y media si le daba un buen uso y su pequeño apetito no es vencido por la necesidad imperiosa de alimento debido al cansancio, también, también... uh, un pequeño botiquín de primeros auxilios, se golpeó mentalmente, sabiendo que su desliz fue producto de su cansancio, que la atraía con su canto de sirena a las peligrosas aguas de la somnolencia. Enumerar cosas le daba un propósito pero era un método con fallas.


Protector solar, una navaja, repelente para insectos, que usaría de no ser que estaba profundamente enterrado entre sus cosas, fósforos, desodorante, jabón y perfume, gracias a Dios por eso, ropa interior suficiente, esperaba, un cepillo y pasta dental, cosas como un peine y otros artículos de higiene personal, también... se maldijo internamente porque recordaba claramente no había guardado el compacto peine color coral que le había regalado una de las chicas en su ultimo cumpleaños, poco importaba ahora, pero era un recurso menos con el que ya no contaba.


Tenía varias botellas de agua también, fresca, limpia y clara.


Con el pensamiento pasando por su cabeza, se percató de la sed persistente que sentía, lo suficientemente notoria para proyectar el sentimiento en incomodidad en su boca y garganta, resintiendo lo ásperas que las percibía, como si tuviese un montón de arena retenida detrás de los dientes. Su lengua tampoco colaboraba, demasiado inflamada y tosca para caber cómodamente en su cavidad bucal.


Afortunadamente había sido lo suficientemente practica para dejar una botella en el bolsillo más externo de su mochila gigante e híper-cargada.


Con un movimiento, guardo una nueva botella llena junto a su inhalador, esperando no requerirlo.


Satisfecha se lamió los labios agrietados, sintiendo como los ojos, pesados y escocidos, le lagrimeaban de a momentos.


Su cuerpo estaba adolorido en múltiples formas, el cansancio fisiológico con el que ya cargaba dado que se levantó mucho antes del cénit del astro rey para la expedición que en primer lugar la puso en esa situación, sumado el desgaste emocional de la incertidumbre de no saber que pasaría con ella ni con su vida por un periodo de tiempo que no podía saber cuándo acabaría, si es que lo hacía.


Sacudió la cabeza para disipar esas ideas y evitar caer en pánico.


Primero y principal en su programa a futuro inmediato, dictaminó que el suelo no era seguro, eso estaba claro, y aunque fuera un eufemismo considerar cualquier lugar de esa manera en una jungla que tenía toda la apariencia, las posibilidades y habilidades de ser come hombres, al menos podría aspirar a encontrar algún lugar que le permitiese pasar la noche.


Necesitaba alejarse lo más posible del humus, con el hecho de que iba a dormir en un árbol aceptado, se puso manos a la obra para encontrar uno con ramas lo suficientemente fuertes como para sostenerla de manera firme. Suspiró.


Su columna no la iba a pasar bien.


Con un resoplido cayó en cuenta de que el dolor en su pantorrilla había pasado, tambaleándose y con un esfuerzo trabajoso finalmente logró volver a ponerse de pie, se apoyó en el mismo árbol en que descansaba su espalda y le dijo de frente:


— No va a propiciar que me muera, ¿verdad, señor árbol? Nos llevamos bien, ¿no? — Preguntó al aire. El árbol colosal soltó un crepitante sonido, producto del movimiento a manos del viento. Tenebroso.


Afortunadamente no recibió respuesta alguna, más que los sonidos de la naturaleza, grillos chirriantes, ranas croando, trinos agudos, el susurro del céfiro que resollaba a su paso arrastrando hojitas y ramitas.


Los sonidos eran agradables en conjunto, una multitud que sin proponérselo armonizaban de manera tan agradable que se atrevía a decir era relajante.


En los tardos minutos que le demoró buscar una soga para escalar, rogaba por recordar correctamente como funcionaba una polea mientras llegaba a una altura que consideró al menos medianamente segura. Le picó la curiosidad por saber qué tan diferentes podrían ser las criaturas que tomaron como hogar el mismo lugar que involuntariamente estaba invadiendo. ¿Quién sabe? Ella no, aún no. Mordisqueo suavemente su labio inferior mientras negaba con la cabeza, habría otro momento para saciar su intriga, uno más oportuno. Ahora necesitaba dormir.


Con la mente en blanco ascendió a algo menos que ¼ del árbol, a tal vez unos diez u once metros del suelo. Eso estaría bien, ¿no? Parecía seguro, debía bastar, al menos por esa noche, estaba demasiado cansada, desorientada y muy cerca de haberse caído de ese leñoso árbol demasiadas veces como para atreverse a buscar algo mejor.


Después de haber hecho una contención entre dos ramas por encima de ella, finalizando en la que estaba apoyada, Elizabeth probó su resistencia, aunque fuera algo provincial necesitaba poder contar con su apoyo. Así, movió su mochila para que quedase enfrente de ella, la abrazó y con el brazo libre acomodó el blazer firmemente alrededor de su cuerpo, enrollándose en la tela, adoptando la apariencia de una oruga, cubrió parcialmente su bolso con sus extremidades, se arrimó contra el formidable tronco y cerró los ojos.


— Buenas noches, naturaleza — Dijo en medio de un bostezo. Contempló a la nada durante un par de segundos, y por primera vez desde que desarrollo un criterio propio más agudo, rezó, con miedo e incertidumbre, con el pecho comprimido rebosante de ansiedad, con la esperanza de darle tranquilidad a su mente turbulenta.


El koskunkirisi, afectado, bostezo poco después, exponiendo sus defensas curvadas hacia atrás y sus muchos dientes aserrados. Una pequeña siesta para él mismo no podría dañarlo, decidió mientras adoptaba una forma más pequeña y buscaba comodidad en su lecho musgoso.


Significativamente más incómoda y menos acostumbrada, con el cuello rígido, el cuerpo en un estado penoso, demasiada ropa como para dormir plenamente y los nervios tensos Elizabeth cayó en un sueño inquieto e inconstante, lentamente seducida por los placeres del descanso.


En algún período de tiempo indefinible en las indistintas horas de algo que sería aproximadamente la madrugada, sintió algo, peludo, diminuto, arrastrándose por toda la extensión de su rostro. Su mente adormilada solo acertó a comandar a su cuerpo para darle un manotazo al aire en un intento para ahuyentar lo que sea que estuviese perturbando su paz y descanso, ignorante del posible peligro.


Lo que sea que fuese insistió, y de manera persistente continuó con lo que sea que pretendiese.


Con la mente menos brumosa acertó a reaccionar a medias y tarde. Tal parecía que era particularmente interesante para las criaturas de los alrededores, ya que no solo una, si no varias presencias no humanas pululaban a la vez que se gruñían, erizaban y mostraban sus cuantiosos y afilados colmillos unos a otros a su alrededor, mirándola de a ratos con morboso interés en su diminuta figurita.


Aceptaba que su plan de acción era cuestionable, saltar en picado con la cuerda pobremente sostenida, dejando quemaduras en sus palmas, parte de sus uñas y muchas astillas perforando la delicada carne debajo de ellas durante el proceso para evitar dentro de lo posible las consecuencias de un aterrizaje tan súbito, no sería algo que haría pensando de manera coherente, pero el terror y el cansancio no podían ser peor combinación, le constaba ahora, gracias.


Aprovechando la tórrida disputa llevada a cabo por las enormes bestias, seres que ni en sus sueños más perturbados habría logrado maquinar ni describir, nuevamente y con menos energía que la última vez, emprendió su segunda huida en un lapso de pocas horas.


Habiendo tenido que dar todo de sí y más, su cuerpo había comenzado a moverse de forma trabajosa mucho antes, quemando la energía contenida incontables veces más rápido, al menos tenía la tranquilidad a medias de que las bestias se encontraban demasiado enfrascadas en una devastadora y en extremo violenta lucha, mucho más interesadas en atacarse entre ellas que en seguirle el rastro.


Aun así, si su fuerte y siempre presente sentido de la paranoia y vista periférica no le fallaban, había un animal, que no podía darse el lujo de detallar, con la presencia aproximada de un oso grizzly, que de manera obstinada y con primitivo deleite le dejaba una brecha de un par de metros que en cualquier otra situación no tenía la arrogancia para pensar que tendría la fortuna de poseer.


Elizabeth no tendría forma de saberlo, pero se trataba de la misma criatura que le dio caza la primera vez, hace tan solo un par de horas.


Los cuantiosos kilos de la sobre preparada mochila nunca le pesaron tanto, rebotando y golpeando su espalda baja repetidamente, con la parte más alta de las asas hundiéndose con saña en el musculo tenso y duro de sus hombros, muy a su pesar lo poco de su mente pensante que no había sido sofocado por el impulso primordial de auto preservación sabía que su pequeña vida sería incontables veces más difícil si perdía las modestas comodidades que el bolso de tela guardaba.


Con las únicas dos neuronas de su cerebro que no se habían freído por el miedo o la somnolencia haciendo sinapsis, pensó, lógicamente que la diferencia de tamaño entre su perseguidor y ella también podría funcionar a su favor. Con la idea en mente se precipitó al tramo más estrecho que encontró, dónde los árboles y la vegetación crecían más juntos, casi como si estuvieran acomodados deliberadamente en una red conjunta cuyo propósito se basaba en imposibilitar el paso de cualquier criatura más grande que un gato montés.


No estaba siendo un trayecto fácil para ella, pero al menos, para su tranquilidad y según lo que podía oír a la bestia se le estaba dificultando muchísimo más seguir con su marcha asfixiante.


En su frenesí desesperado alejaba bruscamente todo lo que le impidiese continuar con su camino y no pudiese pasarle por encima, dando manotazos y patadas desprolijas, llevándose consigo varias cortadas y rasguños en sus manos, dedos, palmas y algo en la zona donde sus mangas largas caían dejando desnudos sus antebrazos, a pesar de que la adrenalina le impidiese sentir algo, y la mayoría de sus heridas fuesen superficiales, se había lastimado en la primera persecución, no mucho y tal vez por sí solo no fuera importante pero también estaban las heridas astilladas que el árbol en el que había descansado tan amablemente le había dejado como recuerdo, y se estaban ensuciando rápidamente.


No fue hasta que, en un azote particularmente fuerte, cayó a través de un ceñido pasaje, desestabilizada y con el equilibrio tambaleante notó, con grandes ojos desorbitados que estaba en un páramo... no, no exactamente un páramo, ni un claro, algo como un híbrido entre ambos, una zona menos densa y con mayor espacio entre cada árbol colosal y un camino. Un camino... ¡un camino! Si les hacía caso a sus esperanzas diría que se encontraba en una ruta de tránsito. Casi llorando de puro alivio al observar más de cerca la tierra al descubierto por el constante paso de algo o alguien sobre ella, con la precaria y lamentable luz de luna pudo ver lo que parecían marcas de suelas. O sea, podía descartar completamente que ese fuese un camino allanado y/o utilizado únicamente por animales.


Para darle tranquilidad a su turbulenta mente revisó más de cerca, casi pegando su sudado rostro al suelo húmedo con rocío. Dando manotazos llegó hasta una pequeña linterna de bolsillo, jadeó con incredulidad, de hecho, el camino se encontraba delimitado por pequeñas piedras de tamaños similares.


Mientras se levantaba por el rabillo del ojo se percató de algo que la dejó con un único escalofrío electrizante atravesando toda su columna vertebral. Su perseguidor la veía con la mirada más renuente y enfurecida de grandes ojos áureos que alguna vez pudo haber visto en esta vida o en las siguientes.


Con un bufido que hizo temblar a los árboles menos gruesos y un zarpazo a uno de estos se volvió y se alejó con una acrobacia felina.


Se dejó caer, soltando el aire estancado en sus pulmones que no sabía cuándo comenzó a retener, removió con descuido el desastre apelmazado, sudado y sucio que se había vuelto su cabello, sacando sin querer varias hojas y pequeñas ramitas en el proceso.


Cuando consideró que había recuperado lo suficiente el aliento, se paró con una botella de agua en la mano y comenzó a caminar, teniendo como brújula únicamente el camino y su intuición de que no la llevaría a un destino terrible.


Tal vez, de estar menos sobrecargada habría pensado en las implicaciones de que una bestia tan formidable se hubiera retirado de manera tan resignada y apresurada, del popularizado conocimiento de que, si algo como eso huyó sin pena ni gracia, ¿qué le garantizaba que la razón no hubiera sido que había algo peor, más peligroso, más astuto, más inteligente o más capaz en esos territorios?


Pero ese no era el caso, su mente no estaba en condiciones de hacer tales preguntas e implicaciones, y como fuera obtendría la respuesta incluso antes de formular la interrogante.


No conocía causa, lugar ni momento, pero Elizabeth había comenzado a alucinar en algún punto. Es que era lo único que podía explicar como a lo lejos pudo divisar un cúmulo de luz, tan inmenso y contrastante en la oscuridad masiva que sería prácticamente imposible ignorarlo efectivamente aunque pusiera un esfuerzo real en hacerlo.


A largos pasos comenzó a acercarse repleta de éxtasis y esperanza, con lágrimas llenas de sentimientos encontrados picándole en las comisuras de los ojos sepultó la vocecita concienzuda de su cabeza que decía, de manera razonable, que se encontraba en territorio desconocido, con personas, costumbres y actitudes que ignoraba completamente, y que eso podía ser irremediablemente peligroso.


Aun así, contra su mejor juicio, se acercó cada vez con mayor rapidez a la luminosa población.


En su profunda estupefacción no notó que el pueblo no se encontraba precisamente en frente de ella, pero esa era la misión del complejo entramado de luces, el estupor jubiloso producto de la posibilidad de salvación y el (si todo salía bien) próximo encuentro con la humanidad solo eran agravantes que no le permitían contemplar dimensión y profundidad, el que había algo sencillamente mal con la perspectiva que tenía de la pequeña prueba de civilización.


Se sentía hipnotizada, embelesada, atraída de la manera más literal como una polilla a la luz. Encantada por un hechizo sordo, solo hasta que fue demasiado tarde se percató de que en realidad el pueblo se encontraba en un valle, una depresión que lucía como un oasis directamente escarbado y protegido por una corona escarpada de montañas.


Mientras resbalaba por la ladera llena de barro reflexionaba sobre cuando sería el momento en que las desgracias dejarían de tratarla como un entretenimiento risible.


Por suerte, la ladera no era particularmente rocosa, sino fangosa, con lo que creyó que eran escasos enebros del Himalaya⁶ aferrándose y creciendo entre las grietas en la piedra, de consistencia turbia, llena de un barro tan espeso que el impacto aparte de ensuciar aún más su vestimenta se sentía como el choque contra un sólido macizo.


Pasados algunos de los segundos más tortuosos de su vida, (tenía una base completamente nueva para comparar después de hoy) llegó al final de la pendiente, indudablemente en un estado más allá de desaliñado, andrajoso y mucho más que desprolijo, seguramente luciendo como un espanto, pero obstinadamente aún en una pieza, obviamente el dolor paralizante era algo muy presente junto con la sensación reavivada de las heridas que no tuvieron tiempo de sanar producto de la persecución, volviendo a sangrar, pero en un recuento de un todo, no sentía nada roto, además de su piel, era de lo mejor que podía esperar dado todo lo que ha pasado.


Confiando en que ninguna de sus extremidades se caería por lo pronto, hizo control de daños de sus pertenencias, no quería ni mirar su ropa, si bien su uniforme no era particularmente estético, era perfectamente funcional, gimió, sabiendo que no podía estar en el mejor estado posible, pero incluso si eran harapos se les podía sacar provecho.


Con cansancio aceptó que lo mejor sería detallarla cuando tuviese la posibilidad de hacer algo por ella. Lavarla en un río y de ser salvable, remendarla con el sencillo kit de costura que cargaba con el modesto pensamiento de poco más que arreglar algún botón suelto.


Miró hacia arriba descubriendo que la pesada mochila se había enganchado y se sostenía precariamente de varias raíces expuestas en una de las paredes del risco, o algo con una forma terriblemente similar ya que solo contaba con la luz lejana del pueblo y la guía escasa de la luna.


Por reflejo busco la mini linterna en uno de los bolsillos de sus pantalones cargo, encontrándola inutilizable, con las partes rotas del lente y el foco raspando en la piel de sus dedos.


Con la impotencia mal contenida soltó un grito ahogado que le dolió en todo momento.


Se sentía como un chiste negro sin remate. Volvió a mirar hacia arriba, quitándose las manos de la cara, tal vez, solo tal vez, con mucha suerte y motivada por una punzante necesidad que en verdad quería negar, lograría alcanzarla.


Parecía demasiado alto para llegar con un salto, o tres. Nuevamente frotándose la cara con desesperación llegó a una resolución, el único escenario factible sería escalar.


— Pero quien me manda, nada de esto hubiera pasado si alguien mirase por dónde camina. Tienes la coordinación en el culo, Eliza — Se quejó constantemente mientras se movía con inseguridad por el risco.


Asegurando con una mano ambas asas se disponía a bajar de nuevo, con toda la gracia posible dado su estado. O, lo habría hecho de no ser porque un grito de una partícula lingüística que podría jurar testimonio nunca había escuchado en su vida la sobresalto hasta el núcleo.


Si bien ni siquiera ella esperaba mucho de sí misma, logró no seguirse avergonzando, tanto, al caer de pie de manera desprolija y con la delicadeza de un elefante. Miró en la dirección que provenía el sonido, que fue extremadamente sencilla de identificar tomando en cuenta que esa persona llevaba consigo lo que parecía ser una lámpara de aceite.


Intentó forzar su vista para poder distinguir a la persona, lograría ver, precariamente, que se trataba de un hombre, considerablemente alto y acompañado.


Sintiendo como cada pequeño sector de su cuerpo se tensaba como la cuerda nueva de una violín, intentó darle sentido lógico a lo que lograba ver.


Es que simplemente no podía ser. No tenía ningún sentido. Era absoluta y completamente la definición de imposible, y, aun así, sin la menor preocupación o consciencia por su conflicto interno, un tigre dientes de sable se mostraba en la más apacible de sus glorias.


A pesar de su aparentemente relajada conducta, el falso felino era intimidante al punto del terror con su sola existencia y presencia, y es que era terrible e imposiblemente enorme, alcanzando la altura del hombro del hombre desconocido.


Tal vez fue la nueva ola de exaltación, tal vez fue el poco descanso, incómodo e insuficiente, tal vez fue el cansancio físico, tal vez una mezcla de todo esto o tal vez otra cosa, pero lo último que supo es que se sentía desequilibrada y mareada. Con su vista volviéndose negra paulatinamente, con su dolor de cabeza escalando hasta ser una jaqueca martillante y un repentino sentimiento punzante en el cuello, cayó inconsciente.


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O1. De aquí en más, todos los organismos inteligentes, salvo ella misma, se refieren a Elizabeth con pronombres masculinos, debido a que en el kajanish⁷ y más específicamente en el michlenreī⁸no existen pronombres femeninos propiamente dichos, sino que tienen una estructura gramatical imposible de traducir textualmente al español.


O2. Raza de criaturas con apariencia mayoritariamente humanoide capaz de manejar diferentes manifestaciones de habilidades sobrehumanas.


O3. [Akptamaikouda] «El Gran Uno» en caiyania antiguo, el mayor de las cinco tempestades primogénitas (hambre, miedo, guerra, odio y soledad), Dios marcial cuyo culto se estima que se originó en el espacio continental ahora ocupado por los kahjanitas, se le atribuyen títulos como el santo patrono de la guerra, de las victorias, de los caminos, de los ladrones, de la venganza y las competiciones físicas. Cómo uno de los dioses más infames y reverenciados de la mitología caiyanata, los mitos sobre Akptamaikouda son tan extensos como contradictorios entre sí, pero la creencia más popular referente a su origen atribuyen su nacimiento a Netyerë, la personificación de la fuerza redentora y destructora de la naturaleza misma como un organismo consciente y racional. Nacido directamente de las entrañas de la tierra, fruto del anhelo de su madre en virtud de su soledad, se cuenta que su nacimiento fue un evento tan devastador que la cadena de montañas con la que comparte nombre habría emergido a la par de su primer llanto. Su propósito, en cambio, sería fungir como contrapeso ante la existencia extremadamente compasiva que su madre representaba. Sus batallas, sus conquistas y su furia al igual que la sangre que tiñe en intrincados patrones su oscura piel son, del mismo modo que las maravillas de la naturaleza, incontables. Se le suele mencionar como una creencia supersticiosa para evocar suerte en la actividad o competencia a realizar.


O4. «Come huesos» en dialecto michlenreī, un cuadrupedo prácticamente invulnerable, sin depredadores naturales y el cuál básicamente lidera la cadena alimenticia en su hábitat natural, su físico robusto es privilegiado en la taiga despiadada que se extiende casi perpetuamente en el anillo de islas en el fin del mundo, no obstante se le ha llegado a ver en menor concentración en varias otras islas mucho más al norte, hasta la fecha se desconoce cómo hicieron ese trayecto. En términos humanos, es un híbrido con las defensas dobles y de extremos rizados de un jabalí europeo, el cuerpo de un ursus maritimus tyrannus, el patrón de pelaje de un tigre de Bengala, pero no así sus colores y ojos similares a los de un camarón mantis.


O5. Una versión macro de las secuoyas gigantes.


O6. Juniperus recurva, el enebro llorón o enebro del Himalaya, es una especie de árbol o arbusto perteneciente a la familia de las Cupresáceas. Es originaria del Himalaya, desde el norte de Pakistán hacia el este alcanzando el oeste de Yunnan en el suroeste de China. Crece a 3.000-4.000 m de altitud.

O7. Familia lingüística similar a las lenguas austronecias, cuya característica más singular es el tener un silabario que suena muy «duro» al oído, al remarcar con especial enfasis las consonantes, irónicamente la mayoría de lenguas y dialectos semejantes se encuentran en las poblaciones del norte.


O8. Dialecto variante del idioma kajanish específica y mayormente utilizado en la cadena de islotes en el corazón del mar, se caracteriza por usar muchas contracciones y cambiar algunos de los sonidos y «chasquidos» más representativos del kajanish por equivalentes que representan menor tardanza al hablar.


Cualquier duda/comentario/critica es bien recibida y aceptada (⁠。⁠•̀⁠ᴗ⁠-⁠)⁠✧