ALGUIEN QUE NUNCA EXISTIÓ ︙ changlix

Summary

「 火 」𝗟𝗜𝗕𝗥𝗢 𝟭/𝟰 ㅡ 𝗢𝗧𝟴 ❝Hasta que Felix no volvió de la cafetería, no se dio cuenta de que había perdido su cartera. Seguro que había sido por desorientarse al ver a aquel chico tras el mostrador... Nunca pensó que su relación avanzaría tanto que hasta lo vería en su casa, en la universidad, en las cafeterías... En todos lados. ¡Hasta dentro de su habitación en el hospital psiquiátrico! Y es que dicen que el pasado siempre vuelve, pero otras veces nunca se va❞ ❪ CHANGLIX + MINSUNG + HYUNMIN ❫ ♯ 2OO82O21

Status
Complete
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
18+

OO1.

Felix observaba con añoranza la fotografía enmarcada sobre la repisa de su sala de estar, justo encima de la televisión. Hwang Hyunjin y él sostenían con todas sus fuerzas a un recién graduado del instituto Bang Chan, quien sonreía enormemente, contrastando con las caras de sufrimiento de los dos más jóvenes. A pesar de su diferencia de edad, llegaron a congeniar muy bien en sus años adolescentes, gracias al buen corazón del mayor y su facilidad para tratar con la gente. Aunque fue poco el tiempo compartido (poco menos de dos años), los lazos de la amistad se hicieron fuertes, y seguían en contacto con el paso de los meses. Chan iba a saludarlos de vez en cuando, y quedaban los fines de semana, mientras los otros dos luchaban por aprobar el curso. A pesar de la gran amistad entre Felix y Hyunjin, el último era algo más... popular. Tenía otro grupo de amigos con el que salía prácticamente todos los días y conocía desde antes de juntarse con los otros dos, y Felix se sentía un segundo plato, alguien que no cuadraba allí a pesar de las interminables invitaciones de Hyunjin. Simplemente no quería entrometerse y molestar al resto de chicos ya que eran de mundos completamente diferentes.

El de pecas no recordaba haber tenido a alguien tan cercano, que se preocupara por él de la manera que lo hacían los dos más mayores. Pero, a pesar de contar con tan pocas personas, tampoco se sintió solo (en parte).

En pleno 2020 la relación no era igual de estrecha que en el instituto, por supuesto que no. Algo se había enfriado entre ellos a raíz de la separación. Cada uno había tomado su camino, y lo que antes eran reuniones semanales, habían pasado a suceder una vez al mes, con suerte, para luego completamente desaparecer. Daban gracias a que el teléfono y alguna que otra red social los mantenía avisados de las últimas noticias de los demás. O, más o menos, porque con lo ocupados que estaban con sus estudios, apenas hacían publicaciones o se preguntaban qué tal les había ido el día. Pero a pesar de ello, se querían muchísimo, y darían la vida por el otro sin dudarlo.

"Eh, os echo de menos“. Ese fue el mensaje que rompió la cuenta de los tres años que llevaban sin verse en persona. Hyunjin estaba en una racha de días melancólicos cuando les propuso volver a verse. Llamadlo cosas del destino o alineación de los astros, no importa el nombre: habían acordado reunirse el fin de semana, después de tanto tiempo. Estaban muy emocionados, y con suerte, esa quedada haría que las siguientes fueran más seguidas.

Felix sonrió por última vez al cuadro, suspirando algo aliviado. No podía esperar que el fin de semana llegara.Por fin. Palpó que tuviera la cartera y las llaves en los bolsillos traseros del pantalón, y se dirigió hacia la entrada. Calzándose, comprobó que su móvil tuviera suficiente batería, y peinándose de manera improvisada con su mano, salió de su pequeño apartamento, rumbo a la cafetería.

Esa era su única diversión: los paseos por su cuenta a cualquier sitio. No había tenido mucha suerte al hacer amigos en la Universidad, solo conocidos. Pasaba las veinticuatro horas del día consigo mismo, escuchando su voz cuando hablaba en voz alta porque no tenía nadie más con quien hacerlo. A pesar de ser un piso de estudiantes con dos habitaciones, solo estaba ocupada la suya. ¿Había vivido alguien en la otra alguna vez?

Felix siempre iba a la misma cafetería cerca de la entrada al campus, pero, harto de la rutina, decidió cambiar su rumbo hacia una más alejada. La cafetería que solía frecuentar acababa abarrotada de estudiantes estresados y cansados de la jornada, a cualquier hora. En parte, eso no le incomodaba, pues ver tanto movimiento lo entretenía, pero esta vez buscaba algo diferente. ¿Quizá un buen lugar para llevar a sus amigos después de comer el sábado?

Pero lo que se encontró al llegar no fue nada del otro mundo. Es más, no se alejaba del ajetreo de su lugar habitual. A pesar de ser casi la hora del cierre de los comercios, la gente seguía en fila, esperando ser atendidos. Felix se puso en la cola, después de revisar que quedara alguna mesa libre donde sentarse. Como siempre, su vista se iba a los lugares más alejados. Las esquinas nunca decepcionaban.

Volvió a centrarse en su teléfono móvil, revisando las últimas noticias y las publicaciones más recientes de sus amigos en redes sociales. Miraba de reojo a la chica delante suyo, y cuando la veía avanzar, lo hacía él también, manteniendo la distancia tras ella.

Para su desgracia, en uno de esos tira y afloja acabó chocando con ella, haciendo que se girara a mirarlo con el ceño levemente fruncido.

— Perdón. Lo siento mucho, estaba distraído. Ha sido sin querer — cada vez que hablaba, hacía una reverencia, arrepentido.

— No importa, simplemente ten cuidado. Podrías hacerte daño.

Con un intento de sonrisa, la chica volvió a centrarse en lo que había al frente suyo. Felix no pudo hacer otra cosa que no fuese apartarse algunos pasos más, por si acaso volvía a suceder. Ahora estaba más consciente de su alrededor, temiendo que alguien hubiera visto su descuido. Qué vergüenza.

Notó como un par de ojos lo observaban desde detrás de la barra. El dependiente lo analizaba; las comisuras de sus finos labios curvadas ligeramente hacia arriba, disimulando una sonrisa. Era realmente bajito, la diferencia de altura con su otro compañero era muy notable. El delantal, color vino, atado con doble nudo a la cintura, le combinaba a la perfección con el dorado tono de su piel. ¿Cómo podía una ridícula gorra de una cadena de cafeterías quedarle tan bien a alguien?

Changbin. Eso estaba escrito en su placa dorada, colocada a la altura del corazón. Brilló bajo el reflejo de las bombillas sobre su cabeza cuando se giró a preparar algo en un vaso, en una de las máquinas de café. El agarre de su teléfono móvil se aflojó ya que sus manos sudaban.

Lo conocía. ¿Lo conocía? Sí. No, en absoluto. Su rostro le era familiar, pero no lo había visto en su vida. ¿Verdad? Daba igual. Había despertado algo en él, y nada bueno. Quería enterrarse bajo tierra y no volver a salir nunca. ¿Su mueca significaba que lo había visto hacer el ridículo? Estaba arruinado si él llegaba a atenderle. Felix notó unos niveles de timidez extremos que nunca antes había experimentado.

Tan absorto en sus propios pensamientos estaba que no notó el momento en el que había ampliado la distancia con la persona de delante. El cabello de la chica bailaba por el movimiento que hacían sus hombros al caminar, alejándose del mostrador. El tal Changbin volvía a mirarlo con esa sonrisa suya que ya había visto anteriormente, con los brazos cruzados bajo su pecho.

— Es tu turno, pero desde tan lejos apenas podré oírte.

Su voz rasposa fue lo que trajo al de pecas de vuelta al mundo. Sacudió la cabeza, disimulando su cara de pánico. ¿Podía dejar de hacer el tonto en algún momento? Su flequillo rebotó, haciendo reír al camarero. Se acercó a la barra, sintiendo como sus piernas se habían vuelto un flan.

— Perdón... — dijo con un hilo de voz, luchando consigo mismo por reunir el valor suficiente para levantar la vista del suelo.

— Tranquilo. ¿Qué te pongo? — ahora, su sonrisa cambió a una más tranquilizadora, enseñando prácticamente todos sus dientes. Se secó las manos, aparentemente mojadas, en el delantal.

— Un americano, por favor.

— ¿A nombre de quién?

La pregunta le pilló por sorpresa. ¿Por qué le preguntaba su nombre? Hasta que cayó en la cuenta. Había entrado en una de esas cafeterías tan famosas donde siempre ponían tu nombre en el vaso.

— Felix.

— Oh, hay una oferta. Al pedir un café, te damos una galleta a mitad de precio. ¿Te interesa?

— Mmm... ¿Es una cookie?

Sip. Con chips de chocolate con leche, hechas por nosotros.

— Vale — rió con timidez-. Ponme una.

— Perfecto. ¿Algo más?

— Eso es todo —dijo, acercándole la tarjeta de crédito.

— Marchando.

El bajito canturreaba mientras hacía su trabajo, ajeno a lo que le rodeaba. Felix revisó las notificaciones de su teléfono solo para recordar que nadie se preocupaba realmente por él. Eran poco más de las ocho y media. Esa noche cenaría bastante tarde, al parecer.

Observó los músculos que se marcaban tímidamente por debajo de la camisa del dependiente, golpeándose mentalmente por hacerlo. ¿Todo eso lo había ganado de preparar bebidas? Es decir, el chico no estaba tan fuerte, pero se notaba que lo estaba intentando conseguir. ¿Y si fuera del trabajo era un matón, y por eso quería músculos? Para ahuyentar a sus víctimas.

— Ten cuidado, el vaso es un poco grande —señaló con su barbilla las manos de Felix. ¿Estaba insinuando que eran pequeñas? Es decir, lo eran, pero, ¿qué tanto se había fijado en ellas para darse cuenta de su tamaño?

— No te preocupes... — cogió la servilleta que Changbin le había dejado en el mostrador, aguantando como podía el café y la bolsa con la galleta, e inclinó levemente la cabeza como despedida.

— Disfruta, y vuelve pronto.

Alejándose a toda prisa, se sentó en la mesa que antes había visto. Afortunadamente, seguía vacía. Lo primero que hizo, incluso antes de darle un sorbo a su ansiado americano, fue procesar lo último que había vivido. ¿Había delirado o Changbin le guiñó un ojo antes de irse? No, eran cosas suyas, por supuesto.

Desenvolvió la galleta, salivando al ver la pinta que tenía. Casi se le saltaron las lágrimas al probarla de lo buena que estaba, y más combinada con el café. ¿La habría hecho el bajito? Volvió a mirarlo, viendo esa sonrisa tan delicada atendiendo al resto de clientes.

Sentía algo. Quería saber más de él. Con ese escaso intercambio de palabras, pudo notar lo buena persona que era. ¿Qué tan alocada era la idea de querer ser amigo suyo?

Tan ilusionado como estaba, el sentimiento se esfumó rápidamente. Siempre quería conocer gente nueva, pero nunca acababa haciéndolo. Simplemente no cuajaba, y esta no sería una ocasión distinta. Nunca llegaría a hablar de nuevo con él como pasaba con todos aquellos extraños a los que les notaba un buen aura y luego simplemente desaparecían.

El ruido que hacía al sorber lo que quedaba de su café se vio contrastado con la alarma de un hombre sentado en una mesa muy próxima a la suya. Las nueve de la noche. Quedaba media hora para que el establecimiento cerrara. El adulto recogió el ordenador portátil y salió de la cafetería. ¿Ya había pasado media hora? Limpió las migas de la mesa con la servilleta que no había usado, y tiró los restos en la basura más cercana. Al dirigirse a la salida, volvió a pasar cerca de la barra. Changbin, al verlo, levantó las cejas, gesto demasiado amistoso para su gusto. Es decir, ¿así no se despedían los amigos cuando había mucha confianza y uno veía pasar al otro, pero no podían pararse a hablar pues estaban ocupados?

Ya sea por el gesto o por su propia estupidez, se quedó absorto, de nuevo. Haciendo cola, mirando al bajito. Aprovechó la oportunidad, y no se apartó. En poco más de dos minutos llegó su turno.

— Hola de nuevo. ¿Qué te pongo?

— Dame otro americano. Me lo llevaré a casa.

— Genial.

El bajito se giró a preparar las cosas, sin necesidad de preguntarle el nombre, pues aún lo recordaba. Eso hizo sonreír a Felix, quien notó el calor subir a sus mejillas. Se golpeó estas rápidamente intentando calmar ese sentimiento (y, así, bajar el color, aunque si golpeaba demasiado fuerte solo lo empeoraría).

— Mmm... ¿Changbin? — el bajito se giró al escuchar su nombre. Felix podía ver el brillo en sus ojos.— Puedes... ¿Puedes ponerme otra galleta? De la oferta esa...

— ¡Por supuesto! ¿Te ha gustado? — el de pecas asintió con efusividad, sin decir una palabra. Changbin sonrió. Dejó todo frente al chico de nuevo, incluido el datáfono. Felix agarró la bolsa de papel, sin poder contenerse un minuto más. Su cuerpo le pedía más cookies. Su sorpresa llegó al abrir la bolsa.

— Eh, me has puesto dos.

No recibió respuesta. Simplemente le tendió el ticket a la vez que le guiñaba el ojo, esta vez de verdad. En el trozo de papel solo había marcada una galleta.

— ¡Vuelve pronto!

Lo haré, sin duda.


— No puede ser. No me puede estar pasando esto.

Felix lanzaba por los aires la ropa que se había quitado antes de ducharse, rebuscando tanto en los bolsillos de los pantalones como en el de la camisa. Miró en cada rincón de la casa, encima de todas las superficies, debajo del sofá y de la cama, incluso dentro de la basura. Pero nada. Su cartera no estaba en ningún lado.

— Joder, mi carnet de la Universidad... ¿¡Cómo entro mañana a clase!? ¡Y mi tarjeta de crédito! Ahhh, ¿qué hago? No puede ser verdad...

Se deshizo de su pijama, vistiéndose rápidamente de nuevo con un chándal. Cogiendo las llaves de su casa y el teléfono móvil con fuerza, más que nada para asegurarse de que no los perdía también, volvió por donde había venido, intentando recordar todos y cada uno de los pasos que había dado.

Confiaba en la buena fe de la gente, rezando por que, si resultaba que se le había caído, la hubieran dejado en el suelo. Miraba cada esquina de la acera, pero nada. Eran poco más de las diez y cuarto de la noche, y tan solo las farolas del paseo iluminaban el camino. Y, a pesar de la escasa luz, no había ni rastro de su preciado objeto por el suelo.

Llegó hasta la cafetería que tan buen rato le había hecho pasar, topándose con la persiana echada hasta el suelo.

— Qué desgracia de vida. ¿Dónde narices la dejé? —se pasó una mano por el pelo, comenzando a estresarse.

Changbin.

Tenía que preguntarle a él, quizá se le había caído al entregarle el pedido y no se había dado cuenta, el chico lo había visto y la había guardado. Sí, esa podía ser una opción. O, al menos, su única esperanza. Al día siguiente se pasaría por allí.

Mierda, no, claro que no. No podía faltar a clase. Y necesitaba las cosas para asistir.

Alzó la mirada, atraído por las luces que adornaban el logo de la empresa. En un pequeño cartel junto al horario de apertura, había un número de teléfono de contacto. ¿Era el de atención al cliente? Bueno, no importaba, Felix se lo guardó, decidido a llamar a primera hora del día de la mañana siguiente, pensando en que la oportunidad de volver a ver a Changbin se le escapaba de las manos.