El arte de la seducción

Summary

Ningún joven de verdad debería tomar clases de un cortesano… Felix, el nuevo esposo de Seo Changbin , quinto duque de Racha, es la encarnación del novio perfecto. ¿Qué diría entonces la sociedad si lo vieran con una copia de Los consejos de Kim Min-seok, las lecciones de tocador un cortesano? Cuando su inocente esposo se convierte de repente en un desvergonzado en la cama, el recatado duque se queda completamente atónito con sus poderes de seducción. Seguir el consejo de un cortesano podría traer problemas… pero ¿llevará a Felix a conseguir su mayor deseo: el amor de su esposo?

Status
Ongoing
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26
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18+

Prólogo

Como él había imaginado y esperado, el vestíbulo estaba a rebosar de personas ataviadas con sus mejores galas, que revoloteaban como aves luciendo su más brillante plumaje. Felix de Seo, dejó que su marido le retirara con delicadeza la capa de terciopelo de los hombros, y siguió dándole la espalda a propósito mientras sonreía y saludaba a diversos conocidos entre el gentío. Él entregó la prenda al encargado del guardarropa y se puso a charlar con lord Shownu, un viejo amigo, mientras él esperaba estratégicamente sin darse la vuelta.

Ese era el primer paso de un plan que, desde luego, esperaba que funcionase, porque se sentía muy expuesto.

Muy, muy expuesto.

Changbin terminó de hablar, lo cogió del brazo y, por suerte, dirigió la mirada a la multitud, buscando un resquicio para abrirse camino hasta su palco privado.

—Por aquí, querido. Me parece que podremos colarnos por donde está el conde de Makpo.

—No conozco al joven que le acompaña —murmuró él, fijándose en el llamativo cabello y la figura exuberante del jovencito —Dios santo, si tiene edad para ser su padre.

—Me parece que es su amante actual —dijo su marido con frialdad mientras avanzaban entre la muchedumbre. — Estoy convencido de que lo ha traído a la ópera solo para molestar a su esposo. La discreción nunca ha sido el punto fuerte de Jackson.

A Felix no le pasó inadvertido el tono de censura en la voz de su marido, pero al menos no iba dirigido contra él. Es decir, todavía no. En los tres meses que llevaban casados había aprendido que Changbin Seo, quinto duque de Racha, estaba en contra de exhibir en público la vida privada de cada uno.

Si tuviera una amante, seguro que no saldría con él, no alardearía de su aventura ante toda la buena sociedad.

Tampoco perjudicaría a su esposo, ni lo humillaría a sabiendas. Felix solo rogaba que él no tuviese un amante, y deseaba también que nunca sintiera la necesidad de tenerlo. El lo cogió del brazo con ligereza y lo condujo por la escalera alfombrada que subía hasta un elegante palco con vistas al centro del escenario. La gente se volvía al verlos pasar, otros amigos les saludaron, y Felix se dio cuenta de que más de un caballero se entretenía en observarlo y que diversas personas arqueaban las cejas.

Bien. Al fin y al cabo, deseaba impresionar, y esas prolongadas miradas masculinas indicaban que, sin duda, lo había conseguido.

Notó el momento en el que Changbin se percató del atuendo. Estaban en mitad de la escalera y él titubeó y tensó los dedos. Se quedó inmóvil con un pie en el siguiente escalón y los ojos fijos en su traje entallado.

—Dios bendito, ¿qué llevas puesto?

—¿Te parece apropiado pararte en la escalera y mirarme la parte trasera con tanta atención? —Le preguntó con una tranquilidad que de hecho no sentía, mientras subía el siguiente peldaño con decisión. —Es la última creación de madame Ellen, y sí, puede que el ceñido sea excesivo, pero estoy convencido de que tengo la figura adecuada para llevarlo.

Su marido se quedó quieto un momento, sin apartar los ojos centelleantes de la curva que hacía el traje justo en sus muslos, no dejando nada a la imaginación.

—Es cierto que puedes lucirlo, pero tal vez deberías haberte preguntado si debes. O mejor aún, habérmelo preguntado a mí —masculló en voz baja.

¿Consultarle a él sobre moda? Como si eso le importara. Aunque vestía de modo impecable, nunca hacía el menor comentario sobre la ropa que llevaba él.

—Changbin— susurró Felix— la gente nos mira preguntándose si estaremos discutiendo en público.

—Podría ser —musitó él. —¿Has perdido la cabeza?

¿El duque de Racha riñendo con su esposo, y encima en la escalera de la ópera? Jamás. Él había escogido ese lugar porque confiaba de pleno en el arraigado sentido de la corrección de su marido. A él le horrorizaba la idea de dar un espectáculo. Felix se esforzó por sonreír con una serenidad de lo más falsa, pues notaba un rubor en las mejillas y el latido del pulso en la garganta.

—En absoluto. ¿Ocupamos nuestros asientos?

Él masculló una maldición, le sujetó la muñeca con sus largos dedos y lo obligó a subir casi a rastras el resto del camino. Recorrió a toda prisa la galena y entró en su palco privado. Era difícil interpretar su expresión, pero mientras lo acomodaba en su butaca y tomaba asiento a su lado, su boca se había transformado en una línea tensa.

El teatro estaba tan repleto como siempre; las arañas gigantescas centelleaban y de los palcos dorados llegaba el zumbido de cientos de conversaciones. La gente acudía no tanto para disfrutar de la obra musical, como para ser vistos y observar a los demás, cosa que su marido sabía muy bien.

—Supongo que como ya estamos aquí, envolverte en la capa y llevarte fuera provocaría comentarios —dijo sardónico, extendiendo sus largas piernas. —Sé que suelen fijarse en nosotros cuando entramos, pero no entendía por qué llamábamos tanto la atención cuando atravesábamos el vestíbulo. Ahora lo comprendo muy bien. Imagino que esta noche habrá más prismáticos dirigidos hacia tus glúteos. ¿En qué pensabas, sir, cuando escogiste un traje tan escandaloso?

«En seducirte», pensó él al mirarle. Esa noche, el apuesto rostro de Changbin tenía un atractivo tan devastador como siempre, aunque frunciera el ceño y hubiese una mueca de reproche en sus sensuales labios.

Era alto, tenía el cabello castaño y algo ondulado, una figura esbelta y atlética, y en las raras ocasiones en que sonreía, todos los jóvenes presentes experimentaban un ligero rubor. Sus pómulos pronunciados le daban cierto aire de arrogancia, tenía la nariz recta y el perfil de la mandíbula muy bien dibujado. Cuando Felix le vio por primera vez se quedó deslumbrado ante aquella belleza innegable, y la verdad es que, en cuanto él empezó a mostrar interés por él, se enamoró hasta perder la cabeza, como el príncipe de una fábula romántica.

Pero había ciertos aspectos de su matrimonio que no había previsto. Como príncipe de cuento, Changbin tenía algunos defectos. Era uno de los hombres más ricos de Corea, tenía un poder político enorme, y lo cierto es que su origen ilustre encandilaba a cualquier debutante ingenuo, pero lo que él no había imaginado era que le concediera una parte tan pequeña de su tiempo desde que lo había convertido en su esposo.

Claro que Changbin no se había casado con el jovencito ingenuo y sumiso que, como él sospechaba, él creía haber elegido.

Con tanta compostura como pudo, Felix contestó:

—Muchos hombres han acudido a la velada con trajes a la moda tan expuestos como el mío. Creí que te gustaría.

—¿Que todos los hombres de Corea se coman con los ojos el trasero de mi esposo? —Levantó las cejas, pero volvió a desviar la mirada hacia abajo. —Piénsalo mejor, querido.

—En realidad —repuso él con un destello de esperanza pues, aunque se le notaba molesto, era incapaz de apartar la vista, —pensé que tal vez te gustaría cómo me queda el traje.

Por un momento, Changbin pareció sorprendido y entornó un segundo los ojos.

—Estás precioso y arrebatador, Felix, y tu aspecto siempre me parece fascinador. ¿Por qué crees que me casé contigo?

Eso no era lo que él quería oír. Era exactamente lo que no quería oír.

Felix agitó el abanico con furia.

—Espero, excelencia, que no te hayas casado conmigo sólo para acudir a actos como este con un objeto bonito del brazo. Soy una persona, soy un hombre y soy tu esposo.

Su reproche provocó que en la cara del duque asomara una expresión de desconcierto poco habitual en él.

—Puede que no me haya expresado bien. Me refiero a que tú siempre me resultas atractivo. Sin necesidad de que vayas medio desnudo.

—Pues demuéstralo.

—¿Cómo dices? —Él arqueó de pronto una ceja y se quedó mirándolo, perplejo.

Bien. Ahora disponía de toda su atención. Por lo general, Changbin solo parecía vagamente consciente de la presencia de Felix. Era un hombre ocupado, y él comprendía y aceptaba que las responsabilidades de título y fortuna acapararan buena parte de su tiempo. Pero cuando estaban los dos juntos quería saber que su esposo, como mínimo, gozaba con su compañía. Ambos se estaban adaptando aún al matrimonio, o cuando menos él, porque no había notado que él cambiara demasiado su rutina ahora que tenía esposo. Seguía trabajando casi todo el día, seguía yendo al club, y seguía pasando más tiempo en salas de juego y bailes y veladas que a su lado. Muchas parejas de la alta sociedad llevaban vidas separadas. Pero eso no era lo que Felix quería para sí, y, para cambiar su actitud sobre ese particular, estaba decidido a que él se fijara de verdad.

La orquesta empezó a animarse. Levantando la voz para que Changbin oyera sus palabras y sin preocuparse de los ocupantes de los palcos vecinos, Felix dijo con claridad:

—Esta noche quiero que me demuestres que te parezco atractivo.

—¿De qué demonios estás hablando?

Felix miró de frente a su esposo y lanzó un leve suspiro.

—Me preocupaba que dijeras algo idéntico a esto.

Los jóvenes eran unas criaturas muy imprevisibles, irracionales y emotivos, meditó Changbin Seo sombrío, sin hacer demasiado caso de la obra de Herr Mozart. Observó con aire indolente el escenario, donde bailarinas con ropas vistosas danzaban al ritmo de las mismas alegres melodías que ya había oído miles de veces. A su lado, su encantador esposo, embelesado, agitaba con languidez el abanico para mitigar el bochorno de aquella sala inmensa. Unos mechones de cabello sedoso y de un dorado tenue acariciaban su cuello grácil, y su rostro delicado parecía algo ruborizado por el calor.

Changbin no había mentido: era una de los hombres más hermosos que había visto jamás, y él lo había deseado con pasión desde el momento mismo en que les habían presentado hacía casi un año. El noviazgo, el compromiso y la vida de casado no habían cambiado eso en lo más mínimo. Incluso ahora, esa carne opulenta que temblaba de ese modelo marfil que, dijera lo que dijese él, rozaba lo escandaloso, incrementaba de una manera incómoda su erección, confinada en unos pantalones ajustados. ¿Qué estaba gestándose exactamente en esa preciosa cabeza? Si se lo hubieran preguntado antes de aquella velada, Changbin habría dicho que, de los jóvenes que conocía, Felix sería el último en ponerse algo tan descarado. Solía ser muy recatado. A veces incluso demasiado, aunque lo cierto es que aún era ingenuo y poco experimentado. Él había controlado su deseo carnal tanto como pudo, para que la actividad amorosa entre ambos fuera una experiencia contenida, intentando que él se familiarizara con la intimidad del acto y perdiese sus comprensibles inhibiciones.

Aunque lo cierto es que aquella noche no se mostraba inhibido en absoluto, y a él eso le afectaba de un modo sorprendente. Debería estar molesto por el atuendo que había elegido para una aparición pública como aquella. De hecho, lo estaba, molesto... y algo más.

Intrigado.

Felix se inclinó hacia delante, revelando y dejando más expuesto una porción de piel que se descubría del pecho, y él habría jurado que vislumbraba el contorno de un pezón rosado, perfecto.

Incapaz de dejar de pensar en el desafío inesperado de Felix, de pronto se preguntó si había llevado las cosas por el camino equivocado. No es que aprobara en ningún sentido que apareciese en público medio desnudo, pero admiraba la vista. La verdad es que tenía un torso encantador, y el color virginal del traje, en contraste con aquel entallado pecaminoso, provocaba efectos interesantes en la zona que él tenía por debajo de la cintura.

Efectos muy interesantes.

—La soprano es espectacular, ¿no te parece? —Su esposo había bajado los prismáticos y sonreía. Sus ojos oscuros, enmarcados por unas largas pestañas, seguían fijos en la representación.

A él le resultó difícil contestar, puesto que apenas había prestado atención a la obra.

«Tú sí que eres espectacular.»

Changbin balbuceó una respuesta muy poco brillante, en un tono poco comprometedor:

—Sí, tiene un gran talento.

—La última aria ha sido magnífica.

Lo que era magnífico era la delicada curva de los hombros desnudos de Felix y la perfección de su piel sin mácula. Por no hablar de su boca, de un rosa pálido y seductor, y del contraste entre el tono más oscuro de las cejas y el lustre dorado de su cabello...

Dios bendito, se reprendió Changbin con cierta ironía, ¿qué estaba haciendo? Las comparaciones poéticas y los pensamientos lascivos mientras estaban sentado en su palco privado de la ópera no formaban parte de su carácter en absoluto.

Se esforzó en prestar atención a la representación. O al menos lo intentó.

Creyó que pasaba una eternidad hasta que cesó la música y empezó éxodo caótico del teatro. Aprovechó que era alto para localizar la salida adecuada, y escoltó a su esposo al exterior tan aprisa como pudo para evitar los comentarios sobre el atuendo de Felix y, tenía que ser honesto consigo mismo, impedir que otros varones tuvieran la oportunidad de experimentar un placer similar ante sus innegables encantos. Cumplimentó del modo más expeditivo posible el habitual intercambio de cortesías con los amigos con quienes se cruzaron, mientras esperaba con impaciencia que le devolvieran la capa. En cuanto el encargado del guardarropa se la entregó, la colocó alrededor de los hombros de Felix con una intensa sensación de alivio.

—Mi carruaje, por favor —dijo en tono cortante a un lacayo joven, que se inclinó y que por lo visto captó la premura de su voz pues casi salió corriendo a cumplir sus órdenes.

—¿Tienes prisa? —preguntó Felix.

La pregunta parecía bastante inocente, pensó Changbin con recelo, mientras aguardaba que les trajeran el vehículo, pero no estaba seguro de que lo fuera. Era evidente que él le había sorprendido aquella noche.

—No me apetece tener que hacer una cola interminable —mintió.

—Resulta aburrido —corroboró él y dejó que el rebozo se deslizase apenas sobre sus hombros, lo bastante para que quedara a la vista lo que él quería cubrir. —Vaya, qué calor hace esta noche, ¿verdad?, en efecto, sudaba y no estaba del todo convencido de que fuera la temperatura exterior lo que le provocaba dicha incomodidad.

En cuanto llegó el carruaje ayudó a su esposo a entrar, luego se acomodó en el asiento opuesto, y golpeó el techo con contundencia para avisar al cochero.

En la penumbra del interior del vehículo, Felix, con la capa abierta mostrando la carne suntuosa que casi rebosaba la parte frontal del saco que brillaba con luz trémula, tenía un aspecto más tentador que nunca. Él carraspeó.

—¿Disfrutaste del espectáculo, querido? —dijo.

—Sí—respondió él en voz queda, y le miró por debajo de sus largas pestañas con un aire provocativo que Changbin no le había visto nunca. Cada vez que respiraba, su pecho amenazaba con revelarse más. —¿A ti te gustó?

Estaba absorto. O seguía absorto. Demonios, ¿acababa de hacerle él una pregunta?

La mínima educación exigía contestar.

—El espectáculo era espléndido —dijo con sequedad, abandonando cualquier intento de disimular su lujuria. — Y sí, la ópera también me pareció entretenida.

Él sonrió con un aire que no era en absoluto el del joven ingenuo con quien se había casado. Era, por el contrario, propio de un joven sensual y seductor hasta la médula.

—Si yo puedo entretenerte en algún sentido, por favor no tengas ningún pudor en sacar provecho de ello. Ahora estaría muy bien.

—¿Ahora? —repitió él preguntándose si se refería a lo que creía que se refería.

—Ahora. —Y él acentuó la sonrisa. Oh sí, se refería a eso.

En algún lugar recóndito de su mente le molestaba que Felix supiera hasta qué punto le había perturbado. Pero no era esa parte la que llevaba el control en aquel momento. La que mandaba ahora era otra zona de su cuerpo.

Intentó no moverse. Al fin y al cabo, cometer una indiscreción en el interior de un carruaje era indigno. Pero de pronto, eso a Changbin le resultó del todo indiferente. Se inclinó hacia delante, cogió a Felix en brazos y se instaló de nuevo en el asiento con él en el regazo. Bajó la cabeza, lo besó con ansia, exploró su boca con la lengua y saboreó todos los dulces rincones. Él respondió con igual abandono, le echó los brazos al cuello y apretó su cuerpo esbelto contra él. Sin apartarse de la boca de Felix, él retiró la ropa que cubría un hombro contorneado y un pezón, y su mano se aprovechó de éste.

«Perfecto.»

Todo se desvaneció. El traqueteo de las ruedas del vehículo que circulaba por la calle adoquinada, la noche cálida... todo, excepto la pulsante rigidez de su miembro. Cuando al fin dejó de besarlo y deslizó la boca a lo largo de su grácil cuello, lo oyó respirar de forma errática. Sus labios se demoraron un momento en ese punto donde le latía el pulso, leve y desbocado. Felix hizo un ruidito y dejó caer la cabeza sobre el hombro cuando él rodeó con el pulgar la protuberancia erótica del pezón rosado.

—Chang... Oh, sí.

Tenía la piel suave, tersa e infinitamente exquisita. Le retiró los botones de la camisa, que en cuestión de segundos cayó por sus hombros. Lamió el tentador valle entre sus tetillas, besó los sensuales pezones y succionó de ellos hasta que estuvieron erectos y duros, y sintió que su encantador esposo estaba excitado cuando se pegó a él y susurró su nombre.

El carruaje ducal tenía unos asientos amplios y cómodos, cosa que Changbin jamás antes había valorado en especial.

—No puedo creer que esté haciendo esto, pero, que Dios me ayude, Felix, he de tenerte —dijo con voz entrecortada y tumbándolo sobre el asiento.

—Yo también te deseo.

El cabello se le había desordenado y enmarcaba su rostro como una catarata de seda. Sus hombros parecían de marfil bajo las sombras, y su pecho, desnudo, se agitaba a merced de los movimientos del vehículo. Él creyó que se quedaría sin respiración cuando él se inclinó para bajarse los pantalones hasta los tobillos, y descubrió unas piernas largas y deliciosas. El vello púbico era un pequeño montículo dorado entre sus muslos blancos y, mientras él se quitaba la chaqueta, él separó las piernas a modo de erótica invitación, revelando una erección en igualdad de condiciones.

Tan ardiente era su premura que Changbin, sintiendo que estallaría en cualquier momento, aceptó encantado mientras seguía tirando del cierre de los pantalones. Liberó su vibrante erección, se inclinó sobre el cuerpo semi desnudo y expuesto de su esposo, y se acomodó entre sus muslos separados. Apuntando con una mano sobre la tapicería del asiento, guió su miembro rígido hacia la hendidura y descubrió a Felix estrecho y dispuesto a que lo penetrara, parecía no importarle el dolor, y es que nunca antes hicieron aquello sin preparación previa. Mientras él embestía en el interior de su cuerpo, su esposo se le agarró a los hombros y un gemido sordo brotó de su garganta.

Era tan, tan placentero, pensó enfebrecido de pasión, sin preocuparse siquiera de decirle que fuera discreto. En circunstancias normales, le habría horrorizado la idea de que su cochero les oyera hacer el amor, pero en ese momento no le importó lo más mínimo. Ensimismado, penetró de nuevo con prolongados envites en el pasaje tenso que él le ofrecía, y adaptó el bombeo de la parte inferior de su cuerpo al balanceo del vehículo.

Él se arqueaba y subía las caderas para cada penetración, con los ojos cerrados y las pestañas oscuras y largas pegadas a sus mejillas ruborizadas. Mientras el ritmo se aceleraba, Changbin notó a través de la tela delicada de la camisa que él le pellizcaba con más fuerza, y descubrió atónito que iba a llegar al clímax sin mayor estimulación. Felix emitió un chillido quedo, se arqueó con frenesí y sus músculos internos empezaron a tensarse y a contraerse; había hallado ese punto especial que lo hacía enloquecer.

Aquello llevó a Changbin casi al límite. Penetró más adentro y estalló con tal intensidad que su cuerpo se estremeció. Se quedó inmóvil, prisionero del placer que le retenía, mientras lo inundaba con su semilla y jadeaba su nombre.

Cuando al fin recuperó el aliento se dio cuenta de dos cosas. La primera, que su bellísimo esposo le miraba con una sonrisa que solo podía describirse como triunfante.

La segunda, que el vehículo que ocupaban en ese estado de semi—desnudez escandalosa estaba deteniéndose.

—Maldición —masculló sin dar crédito. ¿Acababa de tomar a su esposo en un carruaje en marcha, como un adolescente libidinoso?