« 𝖤𝗌𝖾 𝖾𝗌 𝗆𝗂 𝗉𝗎𝗍𝗈 𝗉𝗋𝗈𝖻𝗅𝖾𝗆𝖺. »
Katsuki tiene un solo problema.
Bueno, tiene varios; pero uno en la mira en este momento.
Por que si, ¿qué tanto problema va a tener un simple cortador de quesos, más allá de sus compañeros o cortarse si es que es muy imbécil?
Verás, Katsuki empezó en este lugar de porquería (que no lo escuche su gerente) lavando los platos. Si. Porque hasta la gente como él empezó siendo el tonto del mandado; pero salió de eso hasta llegar hasta donde está.
Trabaja en un lugar de renombre, Catadora de vinos. ¿Quién dijo que el queso con vino iban juntos? Algún sujeto que provocó que Katsuki trabajara acá.
Su bella madre –bendita sea la desgraciada— con sus hilos y contactos logró conseguirle un trabajo nocturno luego de sus estudios en tal catadora. Algo sobre “ayudarle a crecer como hombre de bien” o alguna mierda así. Con sus conexiones vió que el local de uno de sus conocidos estaba necesitando personal; y ella con un hijo tan —poco— dispuesto a agarrar la pala. Así que por esa razón término en el local.
Claro, con la poca fé que le tenían y su temperamento quizás o no causó que lo manden de bachero y hombre de mandados. Si, luego les mostró que es capaz de mucho más a esos ineptos de porquería y ahora trabaja y cobra mejor. Pero nos fuimos de punto.
El puesto de Katsuki se localiza en el Salón con la cocina a sus espaldas. Se presentaba en una barra de madera a los ojos de los clientes. Su chaleco negro con líneas, bordado y botones blancos sobre saltaban su cabello rubio, los guantes de látex de color oscuro la piel blanca en aquellos fuertes brazos, y más que nada; sus ojos rojos la determinación de su trabajo.
Porque si bien llegó ahí lavando platos; Katsuki término siendo la atracción principal por sus dotes de corte y emplatado. Él ve ir y venir con dedicación y cuidado como la clientela gastaba mínimo tres sueldos del rubio en una cata de menos de dos horas. Pero allá ellos.
Katsuki no se queja por ello. Los clientes o el ambiente, el uniforme no son su problema. La paga menos. Tampoco lo son sus compañeros de barra trabajando con él —incluso si una o dos venas amezanan con explotar de su frente de vez en cuando—.
– Claro, ¿le consultó a nombre de quién está su pedido?
La voz sale suave, alegre y amena.
Ese es el maldito problema de Katsuki.
Sus ojos suben en menos de una fracción de segundo, fijándose en su objetivo que no es el queso en sus manos al borde de la cuchilla.
Oh, como deseaba que la yugular de ese imbécil este cerca del filo de su maldita cuchilla en este momento.
Izuku Midoriya.
Recepcionista del local donde Katsuki trabaja.
El tipo es nuevo, entró hace cuatro días en esta sucursal, pero viene trabajando hace poco más de dos meses. Sigue siendo un novato de mierda. Eso piensa Katsuki cada vez que lo ve con su ceño fruncido.
Ni sabe qué hace el idiota, y la verdad, poco le importa.
Unos días lo ve atendiendo, otros despachando pedidos y las demás atendiendo el teléfono cada vez que suena, liberando a Katsuki de una jaqueca. Otras, oh, otras está haciendo trabajo ajeno como el tan buen samaritano que aparenta ser.
Por que si, es una mentira y Katsuki puede ver justo a través de ella. Sonriendo, saludando y hablando tan amable y justo. Actuando amigable y tan poco egoísta de su parte para luego ir a ayudar a todo el mundo, asistirlo: buscar alguna tarea cada que esté libre.
Pero cuando Katsuki necesita algo, él se atreve a tener los huevos de ignorarlo.
La cuchilla suena fuerte cuando corta y la madera tiembla bajo sus manos.
Que se muera.
– ¿Necesitas algo?
La voz, tan suave y dulce se dirige a él con indiferencia, fría como solo sus oídos oyen.
Katsuki enfoca su vista, y solo una ceja verde se levanta, sus párpados caídos y solo su rostro es dirigido a su dirección. Los labios que causan una sonrisa que siempre está ahí, logrando que sus grandes ojos se hagan medialunas ahora está en una línea fina.
– ¿Quién te habló? – el rubio escupe con desdén.
Eso causa que ambas cejas se junten en el rostro lleno de pecas del recepcionista.
El sujeto solo mira a Katsuki con ojos pequeños. Lo miran de abajo a arriba, inquietandolo en el proceso. Luego vuelve sus ojos a la pantalla frente a él.
Cuando Katsuki abrió su boca para insultarlo, el sujeto se atreve a abrir su maldita y estupida boca una vez más
– Sos insufrible.
Ese es mi puto problema.
Yo no me creería.








