Después de la caída
Bajo la incesante lluvia invernal, el niño corría como si el viento mismo lo impulsara, sin siquiera atreverse a echar un vistazo atrás. Su aliento escapaba condensado en pequeñas nubes de vapor mientras el agua helada empapaba su pequeño cuerpo y sus pies golpeaban el suelo embarrado, dejando tras de sí huellas difusas. El mundo a su alrededor parecía desdibujarse en un torbellino de colores apagados y siluetas borrosas.
Unos instantes antes, aquellos individuos con armaduras imponentes, quienes portaban con orgullo el distintivo de la realeza, lo habían sorprendido en pleno acto, intentando apropiarse sigilosamente de una jugosa manzana. Desde aquel momento, su única misión era aprehender al joven transgresor, pero aquel pequeño niño demostraba ser escurridizo más allá de sus expectativas.
Mientras sus pies alados se deslizaban por el fango, el chico tomó una rápida decisión. Lanzó al aire la manzana que sostenía en su mano derecha, apenas habiendo logrado darle una pequeña mordida antes de ser descubierto. Sabía que su libertad valía más que aquel fruto prohibido. La manzana, cual proyectil, voló un corto trecho antes de perderse en la penumbra de la lluvia.
El niño estaba acostumbrado a ser perseguido, casi a diario, pero esta vez era diferente. Un pequeño error de cálculo lo ponía en una situación comprometida y los guardias se encontraban mucho más cerca de atraparlo que en ocasiones anteriores. Cada latido de su corazón era un tambor resonante en sus oídos, impulsándolo a seguir adelante a pesar del agotamiento y el temor. Sus piernas temblaban. Sus deditos dolían. Y su respiración agitada y gélida se entrecortaba segundo a segundo.
Trataba de abrirse paso entre diversos barriles y cajas de madera que obstaculizaban su camino, buscando desesperadamente ganar algo de distancia respecto a sus perseguidores. El callejón por el que corría era estrecho y sombrío, con escasos rayos de luz que se filtraban entre las nubes grises. Cada paso que daba lo acercaba a la libertad o, en su defecto, al destino que le esperaba si era atrapado.
Al intentar colocar un pie para saltar uno de los obstáculos, resbaló debido a la humedad que los cubría, como si la lluvia y el barro se conjuraran en su contra. El niño sintió cómo una mano firme se posaba en su hombro justo en el momento en que su pie perdía el agarre. Todo a su alrededor pareció enlentecerse mientras se desequilibraba, sus pequeñas manos trataron en vano de aferrarse a cualquier cosa para evitar la caída, pero solo logró tropezar con sus propias piernas y caer al suelo con un golpe sordo y doloroso.
—¡Maldito ladrón! —escupió el soldado con rabia, desenfundando su afilada espada; como si aquello fuese en verdad necesario. El resonar metálico de la hoja llenó el aire y su brillo amenazador se llevó toda la atención del temeroso niño—. No podrás evadirnos esta vez. Eres nuestro.
Ese parecía ser el último día que pudo lograr comer algo decente. Pero él sabía que debía regresar con vida. Su hermana lo estaba esperando bajo el pequeño puente; aquel lugar al que ellos llamaban hogar. No podía darse el lujo de que aquellos guardias se salieran con la suya esta vez.
—¡Vamos! —vociferó con disimulo el hombre, aferrando con firmeza la muñeca del chico y tratando de levantarlo del suelo dando tirones fuertes—. Serás llevado ante el rey para que expliques el motivo de tus acciones. Ya tenemos demasiados ladronzuelos rondando por Irinois.
El niño parecía reacio a colaborar, negándose a caminar, lo que llevó al guardia a optar por arrastrarlo durante el trayecto hacia el imponente palacio. Llegaron frente a la grandiosa puerta de mármol blanco, adornada con cristales de colores que brillaban intensamente en aquellas mañanas gélidas. El hombre aflojó su agarre en las muñecas del niño mientras intentaba abrir las pesadas puertas. En ese instante, el pequeño rufián aprovechó el descuido de su captor y se deslizó detrás de él, tomando un camino que rodeaba el imponente edificio.
—¡Oye! ¡Ven aquí! —rugió el guardia desde la distancia y salió en su busca.
El pequeño niño siguió una ruta sinuosa y giró bruscamente a la derecha, adentrándose en un frondoso y muy cuidado jardín que cobijaba árboles de diversos tamaños y especies. Se agazapó junto a uno de ellos para resguardarse de la lluvia y asegurarse de que no estaba siendo seguido. Por suerte, el soldado continuó su marcha recta, sin percatarse de la abrupta desviación que había tomado su prisionero. El chico jadeaba agitado, tratando de recuperar el aliento, y justo cuando creía que su corazón comenzaba a calmarse, una cálida mano se posó en su hombro derecho. Reaccionó con brusquedad, dando un pequeño brinco de forma casi instintiva, haciendo que su corazón latiera con aún más fuerza que antes.
—¿Quién eres? —Una niña, posiblemente de su misma edad, lo observaba con una chispa de curiosidad en su mirada.
—Y-yo… Err… —El niño se atolondraba con sus propias palabras. Entre el miedo y las pocas fuerzas que le quedaban no podía pensar con claridad.
Ella seguía expectante a una respuesta clara, respuesta que pese a los segundos transcurridos nunca obtuvo. Él se tomó ese tiempo para apreciarla con más detalle. Vestía un hermoso traje blanco con delicados detalles rosados. Su cabello estaba recogido en un peinado impecable, adornado con sutiles toques violetas que la hacían parecer un tanto peculiar, pero agradable a la vista del niño. Bajó la mirada para admirar los zapatos que ella llevaba puestos, unos elegantes zapatos del mismo color que su vestido, cada uno con una flor violeta adornándolos. El pequeño nunca había visto a alguien vestido con tanta extravagancia, y no pudo evitar que un rubor inusual tiñera ligeramente sus congeladas mejillas, haciendo que poco a poco ese frío nato se fuese apaciguando.
—¿Por qué estás descalzo? —le inquirió aquella niña observando sus pies—. Bajo la lluvia y con este frío escandaloso pescarás un resfriado.
—Bueno, es que me he perdido —mintió con sutileza.
Ella soltó un suspiro breve, mientras elevaba ligeramente la comisura de sus labios. Después, se colocó a un lado del niño para resguardarse de la lluvia y lo examinó con detenimiento, más de cerca. El niño prácticamente sintió la rugosidad de la corteza del árbol penetrando en su espalda mientras ella se aproximaba, escudriñándolo con determinación. Entrecerró sus ojos como si intentara desentrañar la verdad detrás de la pequeña mentira piadosa del muchachito, como si fuese obvio que aquello no era para nada cierto. Después de un momento, una sonrisa preciosa adornó su pálido y angelical rostro. El niño no pudo evitar tragar saliva. Era miedo. Seguro que era por ello. ¿O tal vez estaba nervioso?
—Ya me parecía a mí que no eras parte del personal del palacio. Yo también pasaba por aquí y la lluvia me agarró de improvisto. —Él tan solo la contemplaba en silencio, con su boca un tanto entreabierta y entrecerrando sus ojos—. A propósito, ten. —Ella le concedió una manzana que extrajo de una de las tantas ramas que yacían justo por encima de sus cabezas.
Él la tomó con desesperación, empleando ambas manos, y se limitó a devorarla sin piedad alguna. No tenía ningún modal para poder zampársela por completo y al cabo de escasos minutos, ya había dejado tan solo el carozo de la misma.
—¡Wow! —Se sorprendió la niña—. Despacio, podría hacerte mal, ¿sabes?
—¿Puedo? —El chico apuntó con su dedo índice hacia otra de las tantas deliciosas manzanas que se encontraban esparcidas por la misma rama.
—Sí, pero hazlo despacio.
Tomó dos más con ambas manos y continuó comiendo sin siquiera devolverle la mirada a la pequeña niña, quien lo observaba con cierta extrañeza.
—Puedes llevarte las que quieras —aclaró con una sonrisa dulce y encantadora—, aquí solo se desperdician.
—Gracias —respondió tras limpiarse la boca con la manga de su sudadera empapada y hecha de un material muy poco resistente al frío. La misma lucía bastante desgastada y harapienta. Ella lo notó, pero no dijo nada al respecto.
Estaba a punto de darle una mordida a la mitad de la manzana cuando su corazón, de manera involuntaria, dio un leve respingo al sentir el contacto gélido de los dedos de la niñita sobre sus mejillas. Levantó la mirada y se encontró con los ojitos curiosos de la pequeña, que lo observaba detenidamente. Pestañeaba de manera pausada, acercando su rostro al del niño, quien tardó unos segundos en notar que ella se acercaba lentamente. Cuando finalmente intentó retroceder, ya era demasiado tarde. Ella estaba ahí, contemplando sus ojos verdosos, muy de cerca.
Los ojitos de la pequeña parecían explorar cada matiz de los ojos del niño, como si intentara descifrar algún secreto oculto en ellos. La cercanía entre ellos creó un silencio cómplice, interrumpido solo por el susurro de las hojas movidas por la brisa.
—Eres apuesto —le dijo la pequeña, sin detenerse a considerar el impacto que esas palabras podían tener en un niño como él. Intentó responderle; de hecho, estuvo a punto de hacerlo. Sin embargo, lo único que logró fueron balbuceos inconexos y poco precisos. Las palabras, de alguna manera, se atascaron a medio camino, como si estuvieran atrapadas en su garganta. Él la miró durante varios segundos, absorto, mientras su respiración, ya acelerada anteriormente, parecía haberse vuelto aún más intensa, como si hubiera estado escapando de los guardias durante todo un día entero.
No comprendía la razón de esa extraña sensación de cosquilleo en su estómago, pero era incapaz de apartar la mirada de esa preciosa niña.
—Aunque algo... calladito… —terminó ella con un toque juguetón en su voz.
—Lo siento —logró vocalizar al fin, aunque su voz lucía un tanto chillona y quebradiza. Algo en ella lo ponía… inusualmente nervioso—, no acostumbro a hablar con… —Se tomó algo de tiempo antes de responder, como si estuviera sopesando la idea—. Gente. Y menos con alguien como… —volvió a reflexionar una vez más, mientras tragaba saliva. La pequeña frunció un tanto el entrecejo, como si se esperara lo que diría a continuación—. Bueno… Ya sabes…
—¿Con alguien como…? —le replicó, frunciendo aún más el entrecejo. Esperó unos instantes una respuesta que, obviamente, no obtuvo, y luego se apartó, cruzándose de brazos—. Las princesas también somos personas, ¿sabías? De carne y hueso. Mira —tomó un brazo del niño y lo movía, mientras movía el suyo a la par—, exactamente iguales.
—No me refería a eso. —El niño negó con la cabeza varias veces, mientras jugueteaba con sus dedos ennegrecidos—. Quiero decir que, bueno, no suelo hablar mucho. No porque no crea que las princesas son personas de carne y hueso, sino porque… porque a veces me cuesta encontrar las palabras adecuadas —explicó él, desviando la mirada hacia el suelo. La pequeña princesa le soltó el brazo y lo observó con una chispa de curiosidad. Algo en él la incitaba a estar a su lado.
—¿Por qué te cuesta encontrar las palabras adecuadas? —preguntó ella con inocencia, mientras recogía una pequeña flor en particular que crecía cerca y la sostenía frente a sus ojos—. Es fácil. Deja que fluya y ya.
El niño suspiró y jugueteó con un mechón de su cabello despeinado.
—No sé. A veces siento que, si digo algo, podría arruinarlo todo. Como si las palabras fueran frágiles y pudieran romperse fácilmente. Pero tú… tú hablas tan fácilmente y dices cosas bonitas…
La princesa sonrió y le acarició suavemente el cabello. No iba a perderse aquella inusual atracción.
—Bueno, mi madre solía decir que las palabras son como las flores. Si las cuidas y las eliges con cariño, pueden ser hermosas y no se rompen. Además, no tienes que preocuparte por decir cosas perfectas todo el tiempo. La gente aprecia la autenticidad.
El niño la miró, asimilando sus palabras con atención.
—¿En serio crees eso?
—Sí, lo creo. Y, además, a veces las mejores conversaciones son las que fluyen naturalmente, sin pensar demasiado en cada palabra. —La princesa le guiñó un ojo y le ofreció la pequeña flor que tenía en la mano—. Aquí tienes, una flor para que practiques con las palabras. No te preocupes, no se romperán. Ya verás con el tiempo que tengo razón…
El pequeño contempló aquella extraña flor unos cuantos segundos, mientras su mirada iba de los ojos de la niña al de la flor de forma incesante, indeciso.
La mano de la pequeña princesa era suave y delicada, con dedos finos que sostenían la flor con ternura. Sus uñas estaban perfectamente cuidadas, y en su muñeca, llevaba una pulsera con pequeños encantos brillantes. La piel de su mano era como porcelana, suave y ligeramente rosada, contrastando con el verde del jardín que los rodeaba.
La flor que sostenía era tan única como ella misma. A diferencia de las demás flores del jardín, esta parecía emanar un misterioso encanto. Sus pétalos, de un blanco puro, estaban salpicados con un pigmento violáceo y azulado entrelazados, creando un patrón que le otorgaba un brillo celestial. Cada pétalo parecía una obra de arte en sí mismo, y la pequeña princesa la sostenía con admiración, como si supiera que tenía algo especial entre sus manos.
A medida que la princesa extendía la flor hacia el niño, los colores se intensificaban, irradiando una suave luminosidad. Las tonalidades violáceas y azules se mezclaban de una manera única y mágica, como si la flor guardara secretos que solo podían ser revelados a aquellos dispuestos a observar con atención. Más allá de lo que una vista normal podía descifrar.
El niño la recibió con asombro, maravillado por la belleza de la flor. Sintió que sostenía algo más que una simple planta; parecía un tesoro viviente en sus manos. Sus ojos se iluminaron con gratitud y admiración, y la princesa sonrió al ver la expresión de sorpresa en su rostro.
En un instante, su mirada se deslizó sigilosa hasta la palma izquierda de la pequeña. Allí descubrió una extraña marca que recorría toda la extensión de su mano. Sus ojos se enfocaron en ese detalle por unos breves instantes, y la pequeña lo percibió al instante.
—¡No la mires! —exclamó ella, cerrando con fuerza la palma de su mano izquierda, mientras un rubor teñía sus mejillas—. Es fea. —Presionó su puño con intensidad, como si con ese acto pudiera hacer desaparecer la marca de una vez por todas. Su padre había consultado a todo Irinois y más allá para buscar formas de eliminar esa marca de forma permanente. Probaron con cremas, geles, lociones, cualquier cosa imaginable, pero nada parecía surtir efecto. La maldita marca persistía como una maldición que la seguiría hasta los confines de su existencia.
—Pues yo no creo que sea fea. —Los ojos de la niña se abrieron, centelleantes. Poco a poco, su mirada se encontró con la del pequeño. De repente, su corazón, pequeño y ágil, comenzó a esparcir cosquillitas leves en su estómago—. Digo… E-es parte de ti, ¿no? Es como… como… —balbuceó. Ella permanecía inmóvil, como si estuviera petrificada—. Es como esta flor. —Señaló la peculiar flor que sostenía entre sus deditos—. Ambas son únicas y especiales. —Sonrió con dulzura, tratando de transmitir la sinceridad de sus palabras.
La pequeña parpadeó, procesando la comparación. Sus mejillas, antes ruborizadas por la vergüenza, ahora se tiñeron con una luz diferente, una mezcla de asombro y gratitud.
—¿En serio crees eso? —preguntó ella, con una mezcla de incredulidad y esperanza en su voz.
El niño asintió con seguridad.
—Sí, lo creo. Las flores más hermosas no son siempre las perfectas, sino aquellas que tienen algo único, algo que las hace destacar. Y esta marca que llevas es como la firma especial de una flor extraordinaria. Es porque eres… especial.
De pronto, un grito de un guardia alarmó al pequeñín, quien se agazapó sobre el árbol y extrajo la cabeza de la protección de la corteza para mirar más allá. Varios guardias reales patrullaban la zona.
—Creo que debería irme.
Intentó dar un paso para alejarse, pero ella lo tomó del brazo.
—¡Espera! Aún no. —Él se devolvió hacia ella, quien volvió a sonreírle con ternura. Una vez más, ubicó sus dedos sobre las mejillas del pequeño, revelando al completo sus ojos y tras ello suspiró—. Me caes bien, por eso quiero entregarte esto. Me dio suerte hasta hoy y quiero que te suceda lo mismo, porque intuyo que eres una buena persona. Además, supongo que la necesitarás más que yo. Conmigo… podría decirse que es un desperdicio… —Ella se desprendió de él y descendió un tanto el cuello de su enorme vestido e intentó, aunque con cierta dificultad, desabrocharse un colgante que le abrazaba el mismo. Pero era incapaz de hallar el filamento metálico—. ¿Puedes? —La niña se giró, luciendo una pequeña porción de su espalda en dirección al pequeño, quien observaba el colgante con un brillo deslumbrante en sus ojos.
—Sí —afirmó y se arrimó hacia ella para hundir el delgado filamento que unía ambas partes. Logró desabrocharlo en cuestión de segundos y tras ello, ubicó el colgante en la delicada mano de la niña.
—No. —Lo situó entre las gélidas y humedecidas manos del pequeño—. Quiero que sea tuyo.
Él observó el colgante con detenimiento. En el exterior, una exquisita figura de cisne, meticulosamente esculpida, adornaba la joya, y daba la impresión de proteger una hermosa piedra violeta incrustada en el centro, la cual emitía un constante resplandor violáceo. «Esto debe valer una fortuna», pensó por dentro el pequeñín.Principio del formulario
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—Sé que lo conservarás, ¿cierto? Confío en que lo harás.
Él la contempló por unos breves instantes más y, sin atreverse a pronunciar una sola palabra, tomó impulso y se lanzó con determinación para recoger unas pocas manzanas adicionales. Luego, sin siquiera voltear la cabeza, emprendió una carrera en la dirección de la cual había venido. Tenía una hermana que cuidar y ahora tendrían algo de comida, algo que de por sí les escaseaba bastante.
La pequeña niña lo observaba alejarse con una expresión de decepción dibujada en su rostro, mientras apretujaba sus deditos entrelazados. Tal vez había cometido un error, pero esperaba volverlo a ver algún día.
Muy a su pesar, sabía que debía regresar, ya que se suponía que debía estar en su habitación, no merodeando por el jardín del palacio. Tenía terminantemente prohibido salir de su habitación y tal vez se había pasado un pelín del tiempo esta vez, pero, con algo de suerte, quizás no notarían su ausencia.
El sigiloso trance de infiltrarse en los dominios del palacio exigía pasar de puntillas por el salón principal, un núcleo transitado que conectaba todos los rincones. La pequeñita, diminuta entre la majestuosidad de las paredes, se mimetizaba con las sombras, urdiendo su evasión de los guardias que patrullaban con dedicación casi coreografiada.
Cada paso suyo estaba coordinado por el susurro de su respiración contenida y cada parpadeo era una clara apuesta contra el tiempo. Su pulso, un tambor desbocado, resonaba en sus oídos al aproximarse a la gran escalera. Era el último escollo antes de alcanzar su habitación.
Justo cuando el suspenso se alzaba como un muro impenetrable, las colosales puertas del salón cedieron con un quejido ancestral, reventando el silencio con su imponente clamor. La lluvia todavía dibujaba gotas fugaces sobre su piel, recordándole su escapada, mientras el eco del chirriar metálico resonaba en el vasto salón.
El pulso de la niña se disparó como un relámpago en su pecho. Su cuerpo, tenso como el arco de un violinista, giró hacia la entrada recién abierta, y ahí, emergiendo de la majestuosa penumbra, se dibujó la figura de su padre.
—Solo fui al baño —se apresuró a excusarse ella, la primera coartada que surgió de su mente en pánico.
El rey Aurelio avanzó hacia su hija, y lo primero que notó fue la ausencia del medallón que siempre reposaba en su cuello.
—¿Dónde está? —inquirió con agresividad, su voz resonaba como un trueno en la estancia—. ¡Te ordené que lo protegieras con tu vida!
—Ya no seré lo que tú quieres que sea. A partir de hoy seré quien yo decida ser.
—¡¿Qué has hecho con él?!
El hombre vociferó con brusquedad y la niña dio un sobresalto debido al imponente tono en su voz.
—Me deshice de él. Ahora está en buenas manos —contestó la niña, aunque no del todo convencida por su propia respuesta.
El padre levantó la palma de su mano y la abatió rápidamente, propinándole una fuerte bofetada en una de sus mejillas, que se enrojeció ante el impacto. Luego, le dirigió una mirada amenazante y repitió el gesto, mientras la niña cerraba sus ojos azules llenos de temor, dejando escapar algunas lágrimas.
El rey miró a su hija con ojos llenos de ira.
—No tienes idea de lo que has hecho —le reprochó antes de dirigirse a un guardia—. ¡Alerten a todo Irinois! Que nadie entre ni salga del reino hasta que no aparezca ese maldito colgante, ¡¿me oyeron?! ¡Lo quiero en mis manos!
Varios guardias asintieron con urgencia y se apresuraron a cumplir la orden, corriendo por la majestuosa puerta del salón. El rey se devolvió hacia su hija con una mirada llena de amenazas y hostilidad.
—Eres una Nighfa, igual que lo fue tu madre. Ese medallón lo es todo —sentenció el padre—. Ahora irás a tu habitación y permanecerás allí hasta que aparezca.
—¡No! —negó la niña, con lágrimas inundando sus ojos—. ¡Ya no quiero estar encerrada! ¡¡Quiero a mamá!!
—Mi señor —exclamó un hombre, quien lucía algo agitado, mientras gotas de sudor salpicaban su frente y, en su vestimenta, se apreciaban las gotas hostiles de la lluvia—. Busqué por todos lados, pero no hayo ningún rastro de la prince… —Sus ojos se posaron sobre la pequeña y no pudo evitar notar aquella marca rojiza en su mejilla que lo dejó helado.
—Asher, ocúpate de ella. Ya tengo suficientes problemas aquí. —El guardia uniformado asintió y se acercó a la pequeña rebelde—. Y esta vez, asegúrate de que no se te escape. —Colocó una llave dorada en las manos temblorosas del guardia—. De ahora al más te harás cargo de ella, ¿entendiste? Me mantendrás informado. ¡Ahora, largo de mi vista!
Tomó a la niña por la muñeca y la alejó del rey, quien continuó emitiendo órdenes furiosas a su alrededor. Asher la condujo por intrincados pasillos y cientos de escalones, finalmente llegando a la habitación más remota y elevada del palacio.
—Me habías dicho que solo ibas al baño —le recriminó el joven muchachito—. No creas que seré tan considerado a partir de hoy.
Metió a la niña en la habitación, cerró la puerta con fuerza y la aseguró con la llave dorada que el rey le había entregado. La niña se acercó a toda velocidad hasta su cama, de donde tomó a Selenea, su peluche con forma de cisne favorito, y lo apretujó tanto como pudo antes de abrirse paso hacia la única ventana de la habitación, donde observó desde lo más alto. Desde allí, pudo ver a un centenar de guardias corriendo desesperadamente en todas direcciones, buscando incansablemente incluso debajo de las piedras. Extendió un brazo hacia afuera y sintió la gélida brisa acariciando su mano, mientras las gotas de la lluvia hacían su trabajo de forma espléndida.
Pese a las lágrimas que fluían de sus delicados ojos, la pequeña sabía que había hecho lo correcto. En su interior, estaba segura de que era él; su madre se lo había dicho y una corazonada se había encargado de comunicárselo. Tenía que serlo.
La pequeña, como un ave de alas recién desplegadas, se dio cuenta de repente de que su mundo se encogía, como los pétalos de una flor al cerrarse al caer la noche. La luna poco a poco se hacía visible en la bastedad del firmamento estrellado. Una luna que, a partir de ese momento, solo podría observar desde la distancia, con los ojos de quien alguna vez intentó sentir su textura.
Y de pronto, sintió que su libertad se desvanecía como el aroma de una flor que se desvanece al ser cortada. En la penumbra de su confinamiento, las paredes parecían cerrarse a su alrededor, como si fueran los pétalos que aprisionaban la esencia misma de su ser.
Ahora, más que nunca, comprendía el significado de estar atrapada, como una flor arrancada que, aunque aún mantenía su belleza, ya no podía danzar con la brisa ni absorber la luz del sol en la vastedad del exterior.

El pequeño niño corría desesperado. Sus pies ennegrecidos dejaban huellas que evidenciaban su escape, a la vez que golpeaban el suelo mojado como un eco de su urgencia. Sus piernas cansadas luchaban contra la brisa gélida que azotaba sus mejillas y la llovizna, insistente y fría, que lo empapaba a cada paso. Su corazón latía con tal fuerza que parecía querer escapar de su pecho, y cada respiración era un esfuerzo doloroso en medio de su agotamiento.
Cada vez que se volvía para comprobar que nadie lo perseguía, sentía un nudo en el estómago, temiendo que alguien estuviera pisando su sombra. Pero por suerte, no había señales de nadie detrás de él. Solo la desolación de las calles empapadas y vacías.
Mientras tanto, bajo el puente que unía Taristán con Redinia, el niño regresaba con pasos ligeros. La luz del atardecer se colaba entre las rendijas del puente, creando una mágica manta de colores sobre la tierra húmeda y las piedras desgastadas. Empujó suavemente las cajas que bloqueaban su camino, revelando el escondite que compartía con su pequeña hermanita.
El rincón al que llamaban hogar era pequeño pero reconfortante. Las paredes de ladrillo, desgastadas por el tiempo y el clima, ofrecían una tenue protección contra el frío implacable. Un colchón improvisado, cubierto por mantas desgastadas, pero aún reconfortantes, ocupaba la esquina más cercana. Un pequeño fuego crepitaba en un rincón, su débil luz titilante brindaba un resplandor tenue que jugaba con las sombras. En medio de aquel modesto refugio estaba su hermana, su rostro se hallaba iluminado por una sonrisa radiante pero apresurada. Sus ojos brillaban de emoción mientras esperaba a su hermano mayor, como siempre lo hacía, sin importar cuánto tiempo pasara.
A pesar de la amenaza del hambre constante y las ropas raídas que los envolvían, la pequeña niña seguía irradiando un encanto infantil único en ella. Cuando su hermano entró, la pequeña notó de inmediato que estaba empapado, con su ropa pegada al cuerpo y mechones de cabello revueltos por la lluvia. Pero su sonrisa no disminuyó en lo más mínimo.
—¡Eros! —exclamó emocionada—. ¡Has vuelto!
Ella se levantó de un salto del suelo, sintiendo el frío gélido penetrando en la planta de sus piecitos, lo que la hacía mover los dedos como gesto involuntario. Sostenía una muñeca de trapo en sus manos, con la cual parecía haber estado jugando hasta que su hermano interrumpió su momento de soledad.
—He vuelto, Jade —informó él con una sonrisa dulce, pero con un brillo de agotamiento en sus ojos.
El corazón del chico aún latía rápido y su respiración era pesada. Estaba exhausto y empapado, pero ver la sonrisa radiante de su hermanita lo hacía sentirse completamente renovado.
—Oh —murmuró Jade al notar lo mojado que estaba su hermano y rápidamente buscó una manta entre las cajas—, esta vez te has tardado mucho en volver. Estaba preocupada. ¿Pasó algo?
—Err… No. Nada importante —mintió Eros, titubeando por un momento antes de continuar—. Hoy tomé un pequeño desvío. Eso es todo.
Su hermanita encontró una manta delicada entre las cajas y se la entregó a Eros. Él la tomó con gratitud y se envolvió en ella, sintiendo el calor que tanto necesitaba.
—Te dije que no deberías haber salido hoy —le protestó ella, preocupada.
—Viene lloviendo desde hace tres días y se nos acabaron las reservas. Tenía que salir.
—Pero... —Jade desvió la mirada por un momento, pensativa y algo intranquila, antes de volver a mirar a su hermano—. Te dije que esta vez podría haber ido contigo. Sólo por esta vez…
—No, Jade. Sabes que es demasiado peligroso.
—¡Pero podría haberte ayudado! —suplicó con ojos brillosos—. No me separaré de ti. Estaré a tu lado todo el tiempo y...
—No, Jade. —Negó con la cabeza—. Ya lo hablamos. Es demasiado peligroso. Además, necesito que alguien cuide nuestro hogar mientras estoy fuera.
La pequeña se aferró aún más a su muñeca de trapo y la abrazó con ímpetu, como siempre hacía cada vez que algo la atormentaba.
—Sabes que siempre vuelvo, ¿verdad? —le recordó Eros, con su voz llena de amor mientras terminaba de secar su cabello con la manta—. Siempre regresaré a tu lado.
Jade asintió con un débil pero reconfortante suspiro. Sabía que las palabras de Eros eran verdad, pero el temor a perder a su único hermano siempre la atormentaba como un pensamiento constante que nunca terminaba de disiparse por completo. Cada vez que se iba; cada segundo que pasaba, era como un malestar en su mente que no dejaba de abrumarla.
—¿Y si algún día no regresas? —susurró Jade, con el contorno de sus ojos al borde de las lágrimas—. Yo... Yo...
Eros se acercó y la abrazó con fuerza, sintiendo la fragilidad de su hermana pequeña en sus brazos.
—Eso no va a suceder, Jade. No lo permitiré. —La voz de Eros estaba llena de determinación—. Pero no podemos arriesgarnos a que te pase algo, ¿entiendes? Necesito que estés segura aquí, cuidando nuestro hogar mientras yo consigo lo que necesitamos.
Jade soltó un sollozo y se aferró aún más a Eros. Ambos sabían que su situación era difícil, que la supervivencia era una lucha constante, pero también sabían que se tenían el uno al otro y hasta ese momento era lo único que necesitaban.
Eros miró a su alrededor, al modesto refugio que compartían. A pesar de todas las dificultades, era su hogar, un lugar donde se cuidaban el uno al otro.
—Te prometo que, cuando todo esto termine y seamos libres, tendremos un hogar mejor, donde nunca más tengas que preocuparte por pasar hambre ni por mi seguridad —susurró Eros con mucha certeza en su tono de voz—. Pero por ahora, confía en mí. Yo siempre regresaré por ti, ¿de acuerdo?
—Bien —contestó ella, aunque no del todo convencida—. Solo quiero ayudar… —volvió a musitar por lo bajo, sin apartarse ni un solo segundo de su muñeca. Eros no tardó en notar que ella se encontraba demasiado aferrada a ella.
—¿No crees que ya estás un poco mayorcita para seguir jugando con muñecas? —bromeó Eros, apartando con ternura la muñeca de las manos de su hermana.
—¡No! —respondió ella con un refunfuño, alejando la mano de su hermano y recuperándola de las viles garras de su hermano mayor—. Lyra me hace compañía cuando tú no estás.
Eros la observó en silencio durante unos breves instantes antes de suspirar suavemente.
—¿Lyra? ¿En serio? —preguntó con una sonrisa divertida—. Ya está muy sucia. Podría conseguirte otra o...
—¡No! —interrumpió Jade con voz chillona una vez más, abrazando a Lyra con fuerza—. Tú la hiciste para mí cuando llegamos aquí, y desde entonces nos ha traído suerte.
—Eso fue hace mucho tiempo, Jade. Y dudo que la suerte…
—No importa. —La pequeña dibujó una sonrisa, mirando a Lyra con cariño—. Lyra es mi amiga. Jamás me desharía de ella.
Eros notó la brillante sonrisa en los labios de su hermanita mientras sostenía a la muñeca. Una sonrisa que se reflejó en su propio rostro.
—Muy bien, entonces. Pero esperemos que no sea una boca más que alimentar, porque no tenemos mucho para compartir.
—¡Las muñecas no comen! —exclamó Jade, como si no fuera toda una obviedad—. Ella se alimenta de mi amor y compañía.
—¿Estás segura?
—Eso creo —le respondió con una risa contagiosa—. Hasta el momento, no se ha quejado.
Ambos rieron infantilmente y el sonido resonó en su pequeño refugio. Pero de repente, un sonido de tripas vacías interrumpió su alegría, y el silencio cayó sobre ellos. Jade estaba hambrienta. Demasiado hambrienta.
—Por más que quisiéramos, a diferencia de Lyra, nosotros no podemos alimentarnos de amor —sentenció Eros, burlonamente celoso de la muñequita—. Aunque sería genial.
—¿Hoy tampoco hubo suerte? —inquirió Jade con ojos brillantes, a la vez que posaba una mano sobre su estómago hambriento—. No importa. Puedo esperar —añadió con una sonrisa delicada. Sabía que su hermano lo daba todo por conseguir tanto como podía y que, en la gran mayoría, volvía con las manos vacías.
—He conseguido algo…
—¡¿En serio?! —Sus ojos se iluminaron con una luz tan radiante que hizo que el corazón de Eros diera un vuelco de alegría.
—Sí, pero solo te lo daré si adivinas qué es.
—¡Eso no es justo! —recriminó Jade riendo, sabiendo que al final le daría lo que tenía, pero disfrutaba del juego—. Hmm... no lo sé.
—Vamos, inténtalo. —Jade frunció el ceño, pensativa, pero el hambre y la emoción la tenían distraída—. Te daré una pista, pero solo esta vez. —Ella asintió con una sonrisa juguetona, agitando los brazos con emoción.
—Es redondo como el sol y tan jugoso como una carcajada.
—¡Lo sé! ¡Lo sé! —exclamó Jade emocionada, sus ojos se agrandaron con una seguridad que ni Eros sabía de dónde provenía—. ¡Manzana! —gritó finalmente, y una risa escapó de sus labios. Eros estaba impresionado por lo segura que estaba de sí misma.
Eros rio con orgullo y amor, luego sacó dos deliciosas y jugosas manzanas de sus bolsillos descosidos y las mostró a Jade, quien las miró maravillada, como si fueran un tesoro.
—Has acertado de nuevo, mi pequeña adivinadora. —Acarició la mejilla de Jade con suavidad—. No es mucho, pero bastará por el momento.
Jade asintió con solemnidad y tomó ambas manzanas, sin apartar los ojos de ellas. Eros la miró con adoración, maravillado por cómo cada pequeña alegría enriquecía sus vidas.
—Podemos compartirlas —propuso ella, pero Eros levantó una mano en señal de negación.
—Ya he comido en el camino. Disfrútalas tú —dijo, tratando de ignorar los ruidos de su propio estómago.
—Sí... —susurró Jade—. Siempre dices lo mismo…
Jade estaba tan hambrienta que apenas podía encontrar las palabras adecuadas para responder a su hermano. De todas formas, sabía que él siempre rechazaba sus ofrecimientos, y algo le decía que este día no sería la excepción. Por eso, decidió sentarse en el suelo con una manzana en cada mano. Cada mordisco era un regalo, y una expresión de pura felicidad iluminaba su rostro. Masticando lentamente, tarareaba una canción suave, la misma que Eros solía cantarle para dormir. Era una melodía que los transportaba a tiempos más felices, antes de que Azaroth se volviera tan crudo e implacable.
Eros, con una sonrisa que iluminaba su alma, se dio la vuelta para darle un poco de privacidad a su hermana mientras disfrutaba de su pequeño festín. Pero a medida que masticaba, una preocupación comenzó a crecer en su mente. Había estado husmeando en sus bolsillos mientras se alejaba de las peligrosas calles de Irinois, y el pánico se apoderó de él cuando descubrió que estaban vacíos. El miedo latía en su corazón, y maldijo por lo bajo, a sabiendas de que no quería que Jade escuchara su lenguaje vulgar.
Comenzó a buscar frenéticamente en sus bolsillos una y otra vez, pero no encontraba lo que buscaba. La desesperación lo invadió mientras seguía rebuscando una y otra y otra vez, temiendo lo peor. Sin embargo, en medio de su búsqueda frenética, notó algo en su pantalón que parecía haberse deslizado hacia abajo debido a la intensa carrera que había tenido. Con manos temblorosas, exploró más adentro de su pantalón y finalmente encontró lo que tanto buscaba.
Era el colgante que aquella niña le había dado instantes atrás. La gema en el centro brillaba con un tono violáceo vibrante que lo atrapó de inmediato. Se centró en esa gema, y por un momento, todo lo demás pareció desvanecerse. Pensó en la posibilidad de venderla, de usarla para darle a Jade una vida mejor, una en la que no tuvieran que preocuparse constantemente por el hambre y el frío.
Sí, tal vez era la mejor idea. Podría sacarlos de esa difícil situación.
—¿Qué es eso? —inquirió Jade detrás de él, y Eros se sobresaltó tanto que casi dejó caer el colgante de sus manos.
—¡Qué susto! —la regañó, mirando hacia su lado con el corazón latiendo desbocado. Jade, en lugar de responder, miró la gema del centro con fascinación.
—Es hermoso —murmuró, absorta en el colgante.
—Sí, la gema parece tener vida propia o algo. Debe valer mucho dinero. Quizás podamos...
—No. —Negó con la cabeza—. Hablo de la figura. —Jade pasó un dedo algo sucio y mojado por el contorno del colgante—. ¿Qué se supone que es?
—Es un cisne.
—¿Un cisne? —preguntó Jade, perpleja.
—Sí, es un animal. No es muy común que digamos.
—Vaya… —murmuró sorprendida y, de forma instintiva e impulsiva, se limpió las manos en su ropa empapada de jugo de manzana antes de sacar algo de su bolsillo derecho—. Pero el mío es más lindo —escupió mientras terminaba de tragar algunos bocados de manzana, y mostró un colgante similar al que Eros tenía, pero el de Jade tenía una forma distinta que daba la impresión de una mariposa a punto de desplegar sus alas.
—¿De dónde demonios has sacado eso? —preguntó sorprendido, y la expresión de la pequeña pareció cambiar de forma drástica. En ese momento, Jade supo que había metido la pata sin quererlo.
—Yo... Err... —Ella intentó encontrar una excusa válida, pero sabía que sus excusas raramente funcionaban con Eros, quien ya se sabía todas y cada una de ellas.
—Jade... —Eros la miró de manera penetrante.
—No te lo diré —le respondió ella, apartando la mirada hacia un rincón—. Me regañarás si te lo digo.
—¡Te regañaré de todas formas! —le aseguró él—. No debes abandonar nuestro hogar, y lo sabes. ¡Está terminantemente prohibido salir!
—¡Pero no salí!
—¡Mientes!
—¡Que te digo que no! —aseguró la chiquilla y se cruzó de brazos. Se quedaron en silencio durante unos segundos, y luego Jade decidió contarle; Eros se enteraría de alguna manera u otra—. Hoy nos ha visitado alguien. Una mujer.
—¿Qué? ¡¿Qué?! —Eros estaba completamente sorprendido.
—Me dijo su nombre… pero no lo recuerdo —prosiguió la pequeñita, mientras daba otra mordida a la manzana que le quedaba. La otra parecía haber desaparecido, porque ahora tenía solo una—. Golpeó las cajas, y me acerqué para comprobar quién era y...
—Te dije que, si ocurría algo así, te escondieras.
—¡Pero creía que eras tú! —se defendió ella, frunciendo el ceño, pero con una expresión alegre mientras seguía devorando la manzana; una dualidad de sentimientos que no estaba acostumbrada a valorar—. A veces lo haces.
—Sí... tienes razón. —Se rascó la nuca y se sintió avergonzado por sí mismo. Era el mayor y se suponía que debía dar el ejemplo.
—Ella conocía mi nombre. —Eros levantó ambas cejas en señal de completa sorpresa—. Y también preguntó por ti.
—¿Preguntó por mí? —La pequeña asintió. Quiso responder, pero estaba ocupada tragando—. ¿Y tú qué le dijiste?
—Que te fuiste a buscar comida.
—¡Jade! —la reprendió él, con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—¿Por qué le dijiste eso?
—Sólo le dije la verdad. Tú me dices que las mentiras son malas, así que intento evitarlo —volvió a defenderse una vez más. Eros balbuceó algunas palabras, pero no sabía qué decir al respecto. Jade era demasiado astuta, más de lo que le gustaría reconocer.
—Sí, no debes mentir, Jade, pero...
—De todas formas —chilló la niña, tragando el resto que le quedaba—, ¿por qué tú sí puedes mentir y yo no? Es injusto.
—¿De qué hablas? —inquirió, incrédulo—. Yo no...
—Aquí. —Le marcó la muñeca derecha, donde tenía una marca rojiza. Era el lugar donde el guardia lo había agarrado con fuerza. Eros ni siquiera se había percatado de que estaba allí—. Eso no estaba ayer. Eso significa que sí estuviste en problemas y que no fue un desvío como me dijiste.
El muchachito la contempló semi boquiabierto. No podía creer que Jade fuese así de astuta, pero no tenía tiempo para ponerse a pensar en esas cosas.
—E-eso ahora no importa —exclamó Eros, aún tan sorprendido que ni él mismo podía evitar trasmitirlo—. Entonces, ¿fue ella quien te entregó esta cosa?
—Sí —asintió en señal de afirmación—. Me dijo que me traería suerte… pero eso no es todo.
Jade se dirigió hacia el otro lado, donde había algunas cajas esparcidas, y extrajo unas ropitas muy pequeñas. Luego regresó hacia Eros.
—También trajo ropa para Lyra.
Eros se sorprendió aún más al ver que esas ropas encajaban a la perfección con la muñeca de trapo que él mismo le había hecho. Todo se volvía cada vez más extraño, pero decidió no darle demasiada importancia.
—¿Algo más? —preguntó Eros.
—Dijo una última cosa antes de irse, pero estaba tan centrada en cambiar de ropa a Lyra que lo olvidé…
—De acuerdo, supongo que no será importante entonces.
—Sí. Debe ser eso —recalcó Jade, encogiéndose de hombros.
Eros volvió su atención hacia ambos colgantes. Ambos parecían contener una gema muy similar en su interior y, de hecho, las figuras que los conformaban parecían estar talladas con el mismo material, ya que eran del mismo estilo. Todo era demasiado extraño.
—Podemos venderlas —le sugirió Eros—. Podría sacarnos de esto.
—¡No! —negó de forma rotunda, colgándose el colgante en su cuello—. Es mío.
—Pero…
—Vende el tuyo si quieres, pero los regalos nunca se venden. Tú me lo dijiste, ¿recuerdas? ¡Es de mala educación!
Eros suspiró por lo bajo. Otra batalla perdida.
Todo se había vuelto bastante extraño. Demasiado. ¿Quién se suponía que era esa mujer y por qué los había visitado? Nadie sabía dónde vivían. Se suponía que nadie debía saberlo y, por encima de todo, no conocía a ninguna persona que pudiese ir a por él; de hecho, no conocía a nadie más que a su pequeña hermanita. La situación lo tenía desconcertado, pero sabía que lo más importante era mantener a salvo a Jade y seguir adelante, juntos, como siempre lo habían hecho.
La noche se cernía sobre ellos, oscureciendo gradualmente todo a su alrededor. Solo la tenue luz de la fogata continuaba iluminando su modesto hogar, y poco a poco, el cansancio los venció, arrullándolos hacia el sueño. Eros se mantuvo contemplando aquella gema, que parecía tener vida propia; centelleaba y se iluminaba por momentos, como si estuviese respirando. Los segundos se convirtieron en minutos; los minutos en horas y, finalmente, ambos hermanos cayeron dormidos. Uno al lado del otro.
Eros se encontraba inmerso en una pesadilla aterradora. Persiguiendo a su hermana Jade a través de un mundo onírico, observó cómo la niña, completamente absorta, perseguía una mariposa de un color azul intenso. Cada aleteo de la mariposa liberaba partículas azules que dejaban un rastro en el aire. La determinación de Jade la llevó a acelerar su paso para alcanzar a la mariposa misteriosa.
Sin previo aviso, una espesa niebla comenzó a deslizarse a su alrededor, envolviendo a Eros y haciendo que Jade desapareciera de su campo de visión. La angustia lo inundó mientras intentaba llamar desesperadamente a su hermana y encontrar una salida de la niebla asfixiante. Pero era como si el mundo se hubiera desvanecido, dejándolo completamente solo en la oscuridad.
Repentinamente, la niebla se desvaneció, revelando una inquietante imagen. Jade estaba de pie frente a él, sosteniendo la mariposa en su mano. Sin embargo, algo terrible había ocurrido. La niña parecía estar cubierta de ceniza, su carita estaba ennegrecida y su ropa parecía estar quemada y desgarrada. Sus ojos, antes brillantes y llenos de alegría, ahora eran dos puntos vacíos de oscuridad.
Eros corrió hacia su hermana, con lágrimas en los ojos y el corazón lleno de dolor. Pero justo cuando estaba a punto de abrazarla, un manto de fuego los separó de repente. Las llamas ardieron con una intensidad aterradora, crepitando y danzando alrededor de ellos. Jade, envuelta en llamas, miró a Eros con ojos que parecían suplicar ayuda, pero el fuego la consumió sin piedad.
Eros despertó en su cama, agitado y empapado de sudor. El recuerdo de la pesadilla lo atormentaba, y la sensación de impotencia y pérdida que había experimentado en su sueño aún lo perseguía mientras el mundo real comenzaba a llenar su habitación. Todo había parecido tan real que apenas fue capaz de detectar que todo aquello no fue más que un mal sueño. Uno muy horrible. Sin embargo, su miedo se hizo mucho más evidente cuando descubrió que Jade no se encontraba a su lado.
Desesperado, buscó a su hermana con urgencia, pero notó que ella no estaba en su colchón improvisado. Jade solía tener miedo de las pesadillas y pedía dormir junto a él cada noche, y él nunca se lo negaba.
Eros se levantó de un salto y escudriñó la penumbra en busca de su hermana. Finalmente, la encontró al lado de la entrada, rodeada de cajas de madera y contuvo un gemido repleto de terror; por un momento creyó que todo aquello había sido real. Jade parecía absorta en sus propios pensamientos, observando fijamente en la distancia una gran torre cuya luz brillaba con una fuerte intensidad.
—¿Jade? ¿Está todo bien? —susurró Eros, sentándose a su lado con preocupación—. ¿La misma pesadilla de siempre? —Ella asintió con delicadeza, mientras se aferraba a Lyra con todas sus fuerzas.
—Esta vez… Esta vez fue muy real —chilló con voz quebrada, como si hubiese estado llorando un buen rato. Eros la rodeó con su brazo izquierdo y la acercó hacia él, para reconfortarla. Era lo mismo cada noche.
—Todo estará bien, ¿sí? Es solo una tonta pesadilla…
—¡Siempre es lo mismo! —Apoyó la cabeza sobre el regazo de su hermano, mientras lo miraba a los ojos. Él pudo notar sus ojos rojizos. Había estado llorando, sin duda—. Siempre está esa mariposa y… El fuego. ¡Odio el fuego!
Su hermano arqueó un tanto las cejas. Extrañado… Casualmente se parecía mucho a esa misma pesadilla de recién…
—Tranquila, Jade. —Él acarició su cabecita con toques suaves y delicados. Aquello siempre conseguía tranquilizarla—. No habrá ningún incendio y tampoco nos separaremos, ¿de acuerdo? Nada ni nadie logrará separarnos.
Jade escuchó las palabras de su hermano, pero no respondió de inmediato. En lugar de eso, continuó mirando la torre distante desde la comodidad y confort. Finalmente, luego de varios minutos, habló con un tono melancólico.
—Hoy tampoco fuimos —murmuró, abrazando sus piernas con los brazos.
Eros entendió de inmediato a qué se refería. Habían planeado acercarse al palacio real, pero en los últimos días siempre habían encontrado alguna razón para posponer su visita. Siempre temerosos de acercarse demasiado a aquel lugar, donde las reglas eran estrictas y la seguridad implacable. Pero Jade se veía ciertamente atraída por aquella torre, donde aseguraba ver a una hermosa niña de la edad de Eros contemplar las afueras, como si estuviese encerrada y no la dejasen salir. Sin embargo, el muchachito no le creía, pues la torre era demasiado distante como para siquiera distinguir otra cosa más que la luz que la iluminaba.
—No es apropiado acercarnos tanto al palacio, Jade —insistió Eros una vez más, tratando de calmarla—. Pero mañana, te lo prometo, iremos.
La mirada de Jade se iluminó con esperanza.
—¿Me lo prometes? —preguntó, recuperando su alegría. Eros asintió con cariño, sintiendo un atisbo de esperanza y alegría al verla sonreír de nuevo.
Jade sostenía a Lyra en sus manos. Había cambiado la ropa de la muñeca, eligiendo una de las tantas prendas que aquella misteriosa mujer le había regalado. Era un vestido de color violáceo que le quedaba perfectamente, como si hubiera sido moldeado a una medida quirúrgica, hecho especialmente para ella. El vestido tenía un símbolo en el pecho, un diseño que Eros nunca antes había visto en su vida.
—¿No crees que te preocupas más por ella que por ti misma?
—Ella es mi amiga. Las amigas nos ocupamos entre nosotras… —Elevó la mirada para observar a su hermano—. Lo sabrías si tendrías un amigo.
—Auch —exclamó, entrecerrando un tanto los ojos—. Supongo que me lo tenía merecido.
Eros comprobó a su hermanita jugando con Lyra. En un instante, ella alzó a la muñeca y notó una marca negra demarcada en el brazo derecho de su hermanita, algo que llamó su atención.
—¿Qué es eso? —inquirió, pasando una mano por aquella marca.
—¡Auch! —se quejó ella y Eros apartó la mano al instante.
—¿Qué es eso?
—Las pesadillas —recalcó Jade, tapándose la marca.
—¿Las pesadillas? —Arqueó una ceja en señal de extrañeza—. Jade, las pesadillas no…
—¡Que te digo que sí son ellas! —Su mirada volvió a posarse sobre Lyra una vez más—. Ellas aparecen cuando tú te vas, por eso intento no dormirme. Lyra me protege, ella… Ella las ahuyenta. La mujer que nos visitó me lo dijo.
—Eso no me lo habías dicho.
—Lyra es amiga mía, no tuya. Le prometí que no te diría nada.
—Bien… —recitó, mientras intentaba ordenar sus pensamientos—. Entonces, las pesadillas de las que me hablas… ¿Dices que puedes verlas? —Ella asintió despacio, sin apartar su mirada de la muñeca.
—Son oscuros, con ojos naranjas y se esconden detrás de las cajas para que no puedas verlos. ¡Pero no hay nada de qué preocuparse! Lyra está conmigo y juntas podremos con ellos.
Eros estuvo a punto de contestar, cuando de pronto oyó gritos y ruidos agónicos provenientes de fuera de su hogar. Ambos niños se pusieron de pie al unísono, con urgencia, y Eros hizo a un lado algunas cajas para poder presenciar lo que ocurría con más detalle.
—¡No vayas! —le recriminó Jade, temerosa.
—Sólo me aseguro de que estemos bien, no iré a ningún lado —la tranquilizó.
Centenares de guardias parecían estar patrullando las zonas circundantes, mientras gritaban e irrumpían en cada hogar que se encontraban.
—Parecen estar buscando algo —musitó Jade, colocándose al lado de Eros; en verdad le había picado el bichito de la curiosidad.
—Sí… —exclamó él y se llevó una mano al medallón que colgaba de su cuello—. Y creo saber lo que buscan.
De pronto, una explosión a la distancia llamó la atención de ambos pequeños, quienes se sobresaltaron ante el impactante estruendo. Ambos pequeños contemplaban las llamas y cenizas esparcirse por doquier, mientras la oscura bruma consumía todo a su paso.
—¡Fuego! —alertó Jade—. ¿Y si se extiende hasta aquí? ¡¿Y si la pesadilla se vuelve real?!
—Tranquila. —La abrazó con ímpetu—. Aquí estaremos a salvo. No buscarán aquí dentro y el fuego está demasiado lejos como para alcanzarnos. —Jade se mantuvo mirando el fuego con ojos temblorosos, mientras una lágrima surcaba su mejilla derecha.
—¿Me prometes que siempre estaremos juntos? —formuló Jade, con un tono un tanto más serio. Eros notó que la preocupación se reflejaba en sus ojos y se preguntó qué había desencadenado esa pregunta tan inusual.
—Te prometo que estaremos siempre juntos —respondió él con firmeza, determinado a no indagar demasiado—. Nunca nos separaremos. ¿Recuerdas? Somos un equipo, Jade. Estamos juntos en esto.
La sonrisa de su hermana regresó, iluminando su rostro infantil.
—Ahora lo recuerdo…
—¿De qué hablas, Jade? —inquirió, sorprendido.
—Por fin recordé lo que dijo la mujer, Eros. —Hizo una pequeña pausa, mientras reacomodaba aquellas palabras en su cabeza—. «No prometas lo que no puedes garantizar».
Eros se quedó pensativo. Las misteriosas visitas de aquella mujer continuaban intrigándolo. Sin embargo, en ese momento, decidió no profundizar más en ello y se centró en su promesa a su hermana. Sabía que, pase lo que pase, haría todo lo posible por mantenerla a salvo y juntos superarían cualquier desafío que la vida les presentara. Fuese cual fuese. La abrazó con fuerza, asegurándose de mantenerla a su lado. Protegida.
De manera prácticamente inconsciente se llevó una mano a su bolsillo derecho. De allí extrajo una flor peculiar. La que la princesita le había concedido. Se encontraba completamente resquebrajada. Rota.
De alguna manera, los tonos azulados y violáceos parecieron tomar cada uno su propio rumbo, como si se hubieran separado de alguna forma misteriosa. Eros suspiró, algo consternado.
Después de todo, la flor sí podía quebrarse…
Jade, por su parte, oyó un ruido detrás de ella y se volteó hacia el sonido. Eros parecía no haberse percatado de ello, como si sólo ella hubiese oído tal alboroto. Tragó saliva y achinó un tanto los ojos, en un intento por ver más allá de la oscuridad y entonces lo vio: un ser oscuro con ojos anaranjados penetrantes. Abrazó a Lyra y dio un paso hacia atrás. Sabía que aquellos sueños eran más que simples sueños de niños… Sus pesadillas también parecían parte de su imaginación, sin embargo, allí estaban ellas… Acechándola cada noche, esperando a que estuviera sola.
Eros se iría a por comida, como lo hacía de vez en cuando. Y entonces, volverían para atacar.
Volverían a lastimarla.
Pero solo a ella.