Prólogo
Si me dieran un billete por cada vez que recuerdo a Elina después de tantos años, ya sería millonario... o puede que multimillonario. De esos que viajan en yates con mujeres hermosas y jóvenes, y que no tienen que preocuparse por pagar la renta del mes como yo lo hago diariamente, o que no se ven en la necesidad de tener que soportar que el chofer del transporte público los ignoro y no les dio la parada. Pequeños detalles que si se fueran de mi vida, yo sería muy feliz de no tenerlos.
Recordarla es como volver a las memorias de un pasado odioso y a su vez inevitable, al cerrar los ojos cuando vuelvo del bar envuelto en la maravillosa sensación de despreocupación y un punzante dolor dentro de mi alma aún puedo volver a dibujar cada detalle de su rostro en mi mente. Bello como ningún otro. Elina no destaca entre las demás tan solo por su belleza, ni por su cuerpo conservado y estético, no... destaca por la bondad, la sencillez y la fragilidad de su corazón.
Una mujer que cualquiera desea tener pero que es imposible de conquistar... o al menos eso creí cuando la conocí.
La conocí un día de abril cuando el calor en la ciudad es insoportable y las calles se sienten vaporosas, ese caluroso día estábamos en la cocina del restaurante de la universidad y ese bendito día fue cuando la vi o más bien fue cuando tuvimos el primer contacto. Fue inevitable no mirarla, siempre tan bien vestida y arreglada sonreía a todos aunque no todos le sonrieran a ella. Incluso lucía hermosa con la red de cabello cubriendo toda su cabeza. Tan amable como escrupulosa. Fue la primera vez que conversamos, le pregunte su nombre y ella preguntó el mío, simplemente por cortesía, pero esa insignificante amabilidad no evitó que yo terminara cautivado por ella y sus encantos. «Es imposible» me dije al mirarla, siempre tan sola y algunas veces de mirada melancólica merodeaba por los pasillos con su bonito rostro perdido en el vacío de una persona solitaria. Me parecía imposible que una mujer como Elina siempre se la pasara sola por los pasillos de la universidad, la pobre no contaba con tan solo un amigo de otras clases o semestres, mucho menos con amigos dentro de nuestra clase, nadie, más que ella misma y sus pensamientos inquietos tanto como misteriosos merodeaban en sus tiempos libres por los amplios pasillos como si se tratara de un fantasma perdido en el abismo.
Recordar a la mujer de mis sueños es volver a reavivar mi interés por ella y se que aunque trate de olvidarla jamás podré hacerlo, por qué ese es el efecto y la maldición que trae consigo Elina Bazo; tan buena como malvada.
Mi gran amor imposible...
Ha regresado a mi vida para hacerme sufrir como nunca antes lo había hecho.