Encuentro .
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Las palabras que sus ojos repasaban una y otra vez, producían una descarga eléctrica en el estómago, una palpitación en los dedos ansiosos sobre las páginas, y en los labios la manía de colocar los dientes sobre el inferior para amortiguar cualquier sonido que pudiera interrumpir su concentración…
« Cuando la mano tibia de Camus presionó la del vampiro, este inclinó su cuerpo hacia delante sin apartar sus orbes carmesí de los del otro, dejando un suave y fugaz beso sobre la piel del dorso, por donde podía inhalar la adictiva esencia de la sangre. cosquilleando sus papilas gustativas…»
Un golpe en la mesa y el grito de su nombre le hizo replegarse a la silla, con el libro que sostenía en las manos cerca del pecho; y aunque su mirada era sorpresiva, la verdosa ante él, reprendía su comportamiento.
El muchacho parado del otro lado del escritorio portaba un traje que lo hacía ver mucho más delgado de lo que era, y la corbata roja que vestía, le daba a su cara cremosa, un aire de mayor palidez; su cabello largo lavanda se lo sujetaba con una pieza de color oscuro, marcando en su cara la afilada nariz.
—¿Me llamaste?— Preguntó con cinismo, colocando un separador en el sitio donde se había visto interrumpida su lectura. El otro suspir mientras pona una mano en su frente y la otra en la cintura.
—Como un millón de veces…— Resopló.
—Bueno, ya sabes lo que dicen, Mu: el millón uno siempre es el ganador…— Sonrió con la esperanza de que el otro comprendiera la broma, pero únicamente recibió una mirada cargada de molestia—… No hay respuesta… Eso solo significa que Estás enojado por algo...
—No creo que te importe, Saga. Lo haría si mi cara fuera un libro…
—No es para tanto…— Murmuró.
—Claro que sí. Últimamente, solo les prestas atención a ellos…
—¡Es que son maravillosos! Y este—, señaló el que tenía en las manos—, es el mejor que le leyó, a pesar de no ser uno de sus temas favoritos—. El peli lila volvió a suspirar mientras le observaba sonreír y posar sus pupilas esmeraldas en la pasta del libro.
—Como sea, no te distraigas demasiado con ellos porque no solo perderás tu empleo, también podrías perder la cabeza como le sucedió al Quijote de Cervantes —. Saga río mientras abría de nuevo el libro.
—Creo que esa última advertencia ha llegado un poco tarde para mí, Mu—. Su acompañante me escuchó.
—Eso creo…— Se dio la vuelta, y decidió dejarlo solo, cerrando la puerta tras de sí.
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No solo era su estilo lo que le atraía de él, eran las palabras grabadas en las páginas, era el escrito que estimulaba su mente y que le ayudaba a viajar lejos, a montarse en el escenario que su escritor favorito le obsequiaba cada vez que lanzaba. un libro nuevo.
Saga aún no había tenido tiempo de leerlos todos, pero definitivamente ese último le agradaba más que cualquier otro…
« Camus, entreabrió los labios para expresar el latir acelerado que tenía en el pecho, sin que las palabras pudieran dejar estos para confesar lo que no hacía falta, ya que a una mirada, el inmortal las comprendía. La mano fría y cadavérica del vampiro rozó la mejilla sonrosada del francés, quien no solo sintió vibrar extasiado su corazón, sino que un ligero temblor a la par le recorrió el cuerpo con excitación…
—Él me lo dijo, pero nunca lo entendí hasta ahora, hasta el momento en que te vi…— El dedo pulgar del vampiro repasó la suave mejilla del pelirrojo con movimientos circulares, admirando la textura y temperatura de la dermis bajo ellos, al tiempo que sus ojos escarlatas no se perdían el espectáculo que representaba el semblante del mortal, ni se le escapaba la mueca extrañada que sus cejas adquirieron con aquel susurro.
Milo susspiró y dejó la cintura que antes había abrazado, mientras sentía una sensación descomunal que era inexplicable para un ser nocturno como él, pero comprensible al sentir de un mortal: amor.»
Saga cerró el libro mientras pensaba en la última escena, y se imaginaba lo que era estar así con esa persona, y lo que el inmortal debía estar sintiendo de tenerlo tan cerca, de saberse amado, pero al mismo tiempo al entender que no podía poseerlo. . Sonrió, suspiró y bajó la vista para posarla en la pasta y leer el título del libro: ' La reina de los condenados' .
Un nombre poco habitual, al que aún no encontraba razón de ser, porque la historia se centraba en un vampiro llamado Milo , perdidamente atraído por aquel mortal prohibido para él…
Admiró la tapa del libro y posó sus ojos en el nombre del autor: Camus Depardieu.
El escritor se había usado como personaje, pero, increíblemente, también usaba uno con el nombre de Saga: Saga Moreau se llamaba, que era vampiro, tío y protector del incomprendido mortal, Camus Breur …
Cerró los ojos otra vez y se imaginó lo que sería conocer al escritor, tratarlo, y saber de sus labios qué proseguiría en la historia. Moría por escuchar de boca de su autor, que sería del destino de la incomprendida pareja, y cuáles eran esos secretos que los separaban…
Se preguntaba si el Camus de carne y hueso sería la persona que él pretendía a través de sus lecturas, ese ser amable, cándido y genial.
Lo pensé un momento. La mayoría de los escritores recibieron cartas hasta hace algunos años, pero en los tiempos modernos ya se contaba con la tecnología del internet y todo lo que tenía que hacer era teclear su nombre en la pantalla…
Dejó el libro sobre el escritorio, tomó la computadora portátil, se acomodó al sillón, y escribió el nombre del autor en el buscador: Camus Depardieu. Los primeros resultados arrojaron páginas acerca de clubes de lecturas y un sitio que el escritor tenía como página personal. Al cliquear, descubrió que tenía una fotografía: Era joven, de tez cándida, mirada caoba, sería, y mejillas suavemente adornadas por pequeñas pecas; Tenía el cabello largo, aunque como la foto no era de cuerpo entero, no sabía que tanto. Era justo como el personaje del libro. Saga pensó que Camus se había descrito muy bien, aunque a la vez creyó que sus rasgos y belleza sobrepasaban cualquier punto en su imaginación.
Localizó una dirección de correo electrónico, y tras pensarlo, escribió al principio un saludo, seguido por la felicitación educada sobre su libro, y una pequeña opinión acerca de este, moderando en todo momento su emoción por él.
Su sorpresa y agrado fue excesivo, cuando, el mismo día, Saga recibió una respuesta amable, educada y humilde a sus halagos.
Leyó las mismas palabras un par de veces, antes de sentir la enorme ansiedad de conocerlo en persona, más que nada en el mundo.
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Cuando entró a la oficina se sorprendió al notar que su ocupante no estaba sentado en el escritorio como normalmente esperaría. Frunció el ceño, extrañado, y se adelantó unos pasos como para ampliar su campo visual y comprobar su ausencia; Sin embargo, cuando llegó al pie del escritorio, escuchó que este entraba tarareando una canción.
-Hola-. Lo saludó Saga con una sonrisa. El otro lo miró con curiosidad.
—Nos vimos esta mañana.
—Lo sé, solo quería ser cortés—. Parecía que sus labios no podían unirse otra vez, y que los dientes tenían algún adhesivo.
—Ehm… bien, señor cortesía. Shaka me pregunta sí…— El peliazul caminó hasta un estante, abrió el cajón, y mientras buscaba lo solicitado, continuó cantando. Muió percibió que estaba de muy buen humor.
-Aquí está-. Le extendiendo una carpeta verde pera, a la par que le hacía una seña con el dedo para que guardarara un segundo, y se inclinaba hasta tomar un rollo de cartulina que también le dio. Acto seguido se acercó al archivero y sin bajar la intensidad de su buen ánimo, sacó otra carpeta.
—Muy bien Saga, ¿qué te pasa?— Se aventuró el otro a preguntar.
—Nada—. Pero la sonrisa ahí estaba.
—¿Nada? ¿Por qué estás tan feliz?
—Porque quiero estarlo—. Respondió este, riendo después. Mu lo miró con desconfianza.
—¿Prefieres que indague en tu computadora?— Saga se quedó fría. Viró sobre su propio eje, y enfrentó la mirada oliva del otro, sabiendo que hablaba muy en serio.
—Como sabes, desde hace tres meses me escribo con Camus Depardieu...— El otro asintió—... Pues… Me dijo anoche en el chat que estaba invitado a una reunión (o algo parecido) de escritores, que se realiza cada año, y que, casualmente, será aquí en Grecia. Camus en este momento debe estar tomando un vuelo para acá… y…— La sonrisa se le hizo tan grande que dejó de hablar.
—Y?— Le insistió el otro, roído por la curiosidad.
—Me ha invitado a una exposición de arte privada que habrá en el museo central; todo con el claro pretexto de conocernos—. Ahora que Mu sabía el motivo, se sintió movido por la misma dicha que él.
—¡Qué bien!— Lo palmeó a modo de celebración—. Imagino que ya tienes qué usar, o no estarías tan feliz…— Saga de pronto se vio lleno de temor. El pelilila le suena—. No importa amigo, yo te acompaña esta tarde para que comprendamos algo que le impresione…
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Al aparcar el auto no tenía ni idea de que el nerviosismo lo haría su presa y que las piernas le amenazarían con colapsar en cuanto decidiera descender de este. Se miró en el espejo, directo a las pupilas esmeraldas, y se hizo repetir que no pasaba nada. Incluso intentó pensar en las muchas charlas que habían tenido a través del chat, y lo claro que fue Camus al mencionar que si iban a frecuentarse, se olvidara primero de los halagos y se centrara en tratarlo con la confianza de un amigo; pero lo cierto era que al autor le gustaba desde sus escritos, hasta esas conversaciones que a veces culminaban al amanecer.
Le encantaba que llegara de improviso a la una de la mañana, y cuando no lo encontraba conectado, se consolaba con el e-mail que recibía a modo de disculpa, en cuanto refrescaba por centésima vez la bandeja de entrada.
Tomó por fin la decisión de salir del auto, ajustándose la corbata y pasándose los dedos después por el cabello azul oscuro; caminó por el estacionamiento, con la barbilla en alto, los brazos y las piernas relajadas, y el movimiento ondulante que su melena hacia al caminar.
Prosiguió hacia la puerta, hasta que un destello fugaz le llamó la atención. Se detuvo, virando hacia la entrada principal, donde descubrió que algunas personas se habían reunido y que tomaban fotografías. La curiosidad lo llamó a no despegar sus ojos de la escena, pero sobre todo, en cuanto dos personas del grupo se movieron, pudo notar que el foco de aquella atracción era su admirado escritor.
Saga sintió que el corazón se le bajaba al estómago, cuando lo descubrió parado a pocos metros de distancia, con una mano relajada a la altura de la cintura y con el brazo contrario alrededor de una figura más pequeña, que sonreía con la faz llena de rubor. El gesto en la cara de Camus era una sonrisa educada y amable, más por compromiso, que felicidad. Le había dicho a Saga que estaba agradecido por la atención de sus lectores, pero siempre fue reservado y arisco con los demás, así que socializar no era precisamente su pasatiempo favorito.
El peliazul se acercó sin despegar sus ojos de la figura del escritor francés, a quien admiró desde los zapatos negros, el traje oscuro y elegante, hasta el cabello nieblaso que el viento nocturno se llevaba, cuando soplaba ligeramente en la ciudad.
Mientras los lectores se acercaban para pedirle algún autógrafo o fotografía, las pupilas caobas del afamado escritor se posaron en las esmeraldas de Saga, quien sintió otra vez el vuelco en el estómago, y se paró en seco, ligeramente hipnotizado por él. Camus le sonrojó, mostrando un gesto en los labios mayor que el que cualquiera de sus fans había visto entonces; aunque el peliazul no supo si lo hacía por cortesía o porque sabía quién era. Dudó, pues nunca le mandó una fotografía. El escritor elevó un dedo, pidiéndole un minuto, mientras firmaba una fotografía instantánea, y recibía el beso de una chica de lentes. Viró después hacia Saga, le ofreció la mano, y cuanto este la tomó tan suave que su estómago vibró por segunda vez, se volteó hacia un fanático y le dijo en un claro acento francés, algo que el otro no entendió.
—Una foto, por favor—. Explícito—. No nos llevará mucho tiempo—. Saga era mucho más alto, así que Camus apoyó la cara en su pecho, pasó la mano libre por su cintura, y la otra la tuvo sostenida al frente. Por instinto y comodidad, el otro apoyó la barbilla en su coronilla y el brazo libre de modo que pareciera un abrazo.
La sensación de que el ojiverde experimentó al tenerlo así, fue única. Incluso se le vino a la mente poder abrazarlo con todas sus fuerzas y permanecer unidos en ese glorioso contacto todo el tiempo que duraran con vida; pero el momento pasó tan rápido, que cuando tuvieron que separarse para que Camus continuara con lo que hacía, este experimentó un hondo vacío.
El escritor galo se acercó a una familia de tres personas, tomó la fotografía instantánea que acababa de tomarse con Saga y la guardó en su bolsillo sin decirle nada al otro; en tanto su invitado se quedó parado a tres pasos, alejado de la escena; aunque recibiendo constantes pequeñas sonrisas de parte del pelirrojo, cada minuto que tardaba.
Una vez que terminó, se dirigió a donde estaba Saga, pasando su brazo derecho por el codo del otro. Se despidió de su pequeño grupo de fans y continuó caminando hacia el museo.
Ya estaban solos por el camino de arcos que desbordaba hasta la entrada principal del lugar, rodeados por un jardín lleno de rosas, que solamente se alumbraba por lámparas nocturnas. La entrada se veía más cerca y el peliazul no sabía qué decir… ¡Era más sencillo hacer un comentario por medio del teclado de una computadora, que hablarlo! Percibía las expresiones verbales en la punta de la lengua, más, la boca no se movía aunque fuera para decir ¡ bienvenido !. Continuaba caminando solo porque su admirado escritor lo conducía del brazo, de lo contrario, estaba seguro, las piernas no se moverían solas…
—¡No te pedí autógrafo!— Exclamó de pronto, como despertando de un letargo, y recordando la escena anterior, ya todos los turistas que se habían llevado el sello del prodigioso autor. Se pararon de pronto, Camus apartando su brazo de él, y pensando que si lo había hecho con los otros fanáticos, también podría hacerlo con él. Saga se buscó en la camisa algo en que firmara y una pluma, pues trabajando en una revista deberían ser artículos básicos en su haber; pero todo lo que encontré en las bolsas eran las etiquetas de la ropa nueva que llevaba. El pelirrojo lo observó, luego pensó que debería darle la foto de ambos, pero se arrepintió.
—Si te doy el autógrafo dimitiré mi invitación a la exposición—. Dijo, poniéndose serio. Saga lo miró con sorpresa.
—¿Por qué? Yo también soy tu fan…
—¿Recuerdas lo que te dije cuando nos conocimos?— El peliazul avanzando. Lo acababa de recordar mientras bajaba del coche.
—Aquí también se aplica, así que decide…— Se cruzó de brazos y ladeó la cara. El otro entró en pánico. Deseaba su autógrafo, pero no quería perderse la oportunidad de convivir con él. No entendía la causa de condicionarlo, quizás por esa manía de decir que prefería un amigo antes que un fan.
De cualquier forma, su mayor deseo se había vuelto realidad, y Camus estaba frente a él en carne y hueso, brindándole la oportunidad de escuchar de sus labios más de las historias que leía y que le continuaban fascinando. Parecía que de pronto se daba cuenta de ello, y sentía tanta dicha al saber eso, que, sin pensarlo, se le fue encima, pasándole los brazos por debajo de las axilas, apretándole contra su pecho…
—¡Eres tú! ¡TÚ!— La cara de horror y espanto del galo únicamente podía sobrepasar la escena embarazosa, donde ambos estaban unidos en un abrazo asfixiante, con los pies del más pequeño despegados centímetros del suelo.
Saga pareció recordar que debía guardar compostura, y se dio cuenta a la vez que sostenía mayor peso de lo esperado en los brazos. Lo bajó seguido, abriendo un amplio estrecho entre los dos.
Su cara griega mostró vergüenza en cada palma, y sus labios no lograron expresar disculpas a su acto. Sin embargo, en cuanto pensó en una retirada inmediata como solución a su ridícula demostración, el galo explotó en carcajadas. Y es que jamás fue partícipe de semejante actuación. El peliazul agachó la cabeza, sonriendo con timidez.
—Perdona… Normalmente, suelo ser una persona tranquila, pero… tenerte aquí y poder tocarte… es… un sueño…— El francés seguía riendo, aunque esta vez en un volumen más bajo.
—Descuida… Supongo que ya debería estar acostumbrado a recibir atención especial, aunque no me guste. De cualquier forma siempre me haces reír y eso es bueno, ¿no?— Asintió, recordando las veces que en la pantalla de su computadora aparecían ' jajaja ' y ' me matas de risa' . Jamás creyó que llegaría el momento en que lo escuchara a viva voz. Camus tomó un poco de aire, exhaló, y sonriendo le señaló con el brazo el camino a seguir.
— ¿Vamos?
—Claro—. Respondió. El otro se le acercó.
—¿Puedo…?— Señaló su brazo. Saga ascendió, feliz porque lo llevaba como su acompañante oficial. Como una pareja de baile, aunque no iban a bailar.
Ambos caminaron uno al lado del otro sin decir más.
En la entrada del museo estaba situado un señor de traje, que al verlos los saludos con una suave inclinación.
—Buenas noches, caballeros. Sus nombres…— A Saga le pareció una grosería para el escritor, pero este no le tomó importancia.
—Camus Depardieu, y Saga Dalaras—. Respondió el francés con propiedad.
—Bienvenidos. Pasen por favor y disfruten de la exposición.
—Merci, señor—. Saga sintió que se le erizaban los vellos, porque leer múltiples frases en francés era una cosa, pero oírlas directamente de sus labios era sumamente seductora.
Aun del brazo, el escritor se lo llevó desde la entrada hasta la primera ala del museo donde estaban expuestas las pinturas del famoso Ikki Aoyama , a quien no le gustaban los eventos, pero como era amigo del director del museo, había conseguido que se abriera. una exposición privada, que de acuerdo a la crítica, abriría las puertas al resto del público.
Saga no entendía el arte moderno, y tampoco estaba interesado en aprenderlo porque él se dedicaba a otras cosas en la revista para la que se empleaba; pero, al notar el cómo Camus plasmaba sus pupilas caobas con detenimiento en aquella pieza, por un momento deseó poder entender y comentar algo inteligente.
El pelirrojo abandonó la contemplación, viró la cara y con ella sus ojos hacia las esmeraldas de Saga.
—¿No te intriga el uso de colores? Creo que el azul en la sangre lo hace más dramático—. El peliazul abrió los ojos con sorpresa, incluso tuvo que observar el cuadro un par de veces más para localizar lo que había oído, sin embargo, no, no veía tal cosa.
—Me impacta… el excesivo uso de marrón…— Dijo, aunque luego le pareció una tontería. Camus se llevó la mano a la boca, llamando una risa inapropiada. Abochornado, el peliazul volvió a mirar el cuadro y notó que el autor le había puesto ' Si-marrón '; así que también río. Era un buen chiste del pintor. El francés lo atrajo suavemente del brazo y continuaron.
Al dar algunos pasos, una figura de cabello castaño lo reconoció a lo lejos, y sonriendo ampliamente se acercó a ellos.
—¡Camus Depardieu en persona! ¿Qué tal todo en el Olimpo?— A Saga el comentario le pareció ofensivo, pero cuando el nombrado similar y se le acercó al moreno ojiverde, decidió establecer distancia.
—No sé, Aioria, ¿por qué no me lo dices tú?—. Se saludaron en un apretón de manos ligero. El peliazul se preguntó si a él le gustaría el tipo de gente más elocuente—. Gracias por invitarnos a la exposición—. Dijo, acercándose a su acompañante y tomándole de nuevo el brazo—. Te presento a Aioria Paspala, es hijo del director del museo.
—Mucho gusto. Soy Saga Dalaras— Le ofreció la mano. El moreno le sonoro mientras se la aceptaba.
—Tú trabajas en ' Prisma ', he visto tu fotografía muchas veces—. Saga no se lo esperaba. Quizás por eso Camus lo reconoció al principio—. Dele mis saludos a Shaka y agradécele el reportaje de su número anterior. Mi padre quedó muy agradecido.
—Para nosotros fue un honor—. Dijo educadamente.
—Lo invité a venir, pero se encontraba ocupado—. Saga pensó que justo ese día era su aniversario con Mu.
—Sí, últimamente tiene la agenda repleta—. Mentiroso, hubiera sido un excelente calificativo para describirlo.
—Qué pena… Espero que asista en otro momento.
—Seguramente sí. De todos modos le daré sus saludos—. Aioria ascendió.
—Bueno, me daré una vuelta para conocer la opinión de los inversionistas. Nos vemos luego, Camus, llámame para tomarnos un café antes de que te marches a Marsella—. Saga no quería pensar que se iría, ya juzgar por su semblante, él tampoco. Se sintió un poco celoso, pero tampoco pensaba acaparar todo su tiempo libre. Aunque… podría portarse mal e intentarlo.
—Claro—. Respondió el galo. Se despidieron y ambos se quedaron solos, sumergidos en silencio.
—No te he preguntado… ¿Cuánto tiempo estarás en Grecia?—. Dijo Saga tras unos momentos. Con una sonrisa suave, Camus lo miró.
—Desde hoy hasta el miércoles—. El peliazul hizo una cuenta mental: viernes, sábado, domingo, lunes, y… martes—. La cumbre es el lunes por la noche, el martes tengo una entrevista con tu revista, y el miércoles por la tarde partiré a Marsella—. Sintió un nudo en el estómago.
—Mu será afortunado en conducir la sección especial a ti—. El galo movió la cabeza y en silencio, continuaron el recorrido.
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Camus tenía los días contados en Grecia, y Saga no podía, ni quería desperdiciar a ninguno de ellos sin estar a su lado; pero sabía que el escritor tenía ocupaciones que cumplir, y él no deseaba ser una distracción, ni recibir una negativa, si le extendía una invitación para pasar el rato. De hecho, ni siquiera tenía un plan para aquel día, pues trabajaba la mitad de su ciclo, ya las tres de la tarde no sabía a dónde podía invitar al galo, además, tampoco, quiso ser entrometido preguntando todo su itinerario…
Recordar la noche anterior le ocasionaba replegarse al sillón, apoyando la cabeza y dar vueltas sobre su propio eje, mientras perdía la vista en el techo y pensaba en lo bien que se la pasó. No estaba seguro si el sentimiento de Camus estaba encaminado en la misma dirección, pero escuchando en la escena anterior sus risas y los gestos cándidos que tenía con él, le hacían creer que sí, que el escritor se encontraba cómodo en su compañía.
Se miró la mano, donde sostenía el número telefónico del hotel y del cuarto donde el galo se alojaba. Se detuvo, tomó el auricular, y antes de marcar, soltó la bocina…
—Cobarde…— Dejó que la cabeza le colgara y cayera hacia adelante. El oportuno Mu entró en el momento exacto en que el escritorio hizo un ruido hueco con el frente de este.
—Eres muy lento—. Lo criticó. Le aventó una carpeta y se quedó ahí parado, como esperando algo.
—Estoy enfermo—. Se disculpó el peliazul, finciendo la voz.
—Grecia no es la cuna del romanticismo, pero te apuesto que tanto aquí como en Alemania y Francia, eso—, lo señaló—, se le llama de la misma forma.
—¿Por qué me molestas?— Refunfuñó.
—Te ayudo, Saga. Te ayudo.
—Si ayudarme es echarme en cara que no puedo…
—Pero él sí, y te ha llamado. Justo ahora espera en la línea…— El peliazul se descolgó tan rápido, que Mu tuvo que aguantar las ganas de reírse.
—¡No te perdonaré!— Le gritó.
— Lo siento, Saga …— se disculpó el pelirrojo desde el otro lado.
—¡No es a ti, Camus! Mi secretario es un…
" Habla con él...", lo animó el peli lila con gestos para que dejara de prestarle atención a él, y se concentre en Camus.
—Hola, ¿cómo estás?— Intentó sonar normal, pero sus dedos comenzaron a soltar ya tirar la corbata sobre su cuello, ansiosamente.
— El calor de aquí es un poco sofocante, pero estoy bien—. Confesó el escritor con calma.
—Sí, Grecia es muy caliente—. Saga continuaba teniendo el mismo problema de comunicación, porque se ponía nervioso mientras sentía la respiración del otro en el teléfono, y sabía que estaban tan cerca, y que a diferencia de otras veces no necesitaba la laptop o revisar el internet para poder hablar con él. .
— Espero no haberte interrumpido…
—¡Qué va! Mi secretario y yo debatíamos puntos acerca de las personas entrometidas, ya sabes, para un reportaje—. Miró al frente y se fijó que Mu continuaba ahí. Le hizo señas para que se esfumara y les diera intimidad, pero este no le prestaba atención.
—… pues… espero que tengas una estupenda tarde…— El galo se estaba despidiendo, y Saga no sabía que decir o si debía dejarlo ir.
—Igualmente Camus. Come un delicioso helado por mí—. Sonrió, aunque se sentía triste. Del otro lado oyó que él reía.
—Eso haré. Nos vemos — "¿ Pero cuándo?", Pensó el peliazul, aunque ya fuera tarde para preguntárselo. Dejó el teléfono en su lugar y se apoyó de nuevo en el escritorio, deprimido. Mu se le quedó viendo, meneando la cabeza—. ¿Asunto?—Indagó. Si no lo tenía, mejor que lo dejara solo.
—Shaka quiere verte enseguida—. Saga levantó la cabeza y con ella se paró de un brinco.
—¡¿Por qué no me dijiste antes?!— Gritó, saliendo de su lugar para dirigirse a la oficina del jefe. El pelilila rio un poco, porque su amigo, desde que Camus llegó a su vida, se volvió divertido.
—Tenías una llamada importante—. Alzó los hombros.
Saga dejó las cosas como estaban, y salió en busca de su jefe. Atravesó el pasillo, los cubículos y los escritorios de los reporteros, pero cuando llegó al sitio donde Shaka debía estar, la oficina estaba cerrada. Parpadeó y se dirigió hacia donde su asistente.
—Bud, ¿y el jefe?— El muchacho de melena de extraño tono verdoso, lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—Hoy es sábado. Él no viene—. Saga volvió a parpadear, confundido.
¿Si él no había ido a trabajar, por qué razón Mu le dijo…? De pronto lo entendió, y supo que era un nuevo plan de su 'amigo' para fastidiarlo. Apretó los puños, y sin darle las gracias al otro joven, se dirigió a zancadas de regreso a su oficina.
—Sí, no te preocupes, él asistirá puntual…— Con un pie en el umbral de la puerta ya punto de dar de gritos, observó que la pelilila estaba al teléfono, sosteniendo en la mano un papel, que lo hizo palidecer—… Es uno de sus defectos, pero normalmente suele ser encantador—. Se río—. Ahí, a las siete, muy bien señor Depardieu…— Saga sintió que las piernas le temblaban, así que se detuvo del marco de la puerta. Mu colgó, se levantó de la silla y caminó hasta su amigo, pasándole un papel con caligrafía perfecta donde podía leerse una dirección—. De nada…— Le dijo, mientras le palmeaba la mejilla.
¿Eso quería decir que tenía una nueva cita con Camus?
¿Debería saltar, abrazar a su amigo y darle las gracias por conseguirle un encuentro, o debía quedarse donde estaba y soñar con los momentos que pasaría al lado de Camus…?.
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El viernes la exposición de arte privada, el sábado una noche de cine y palomitas, el domingo… aún quedaba pendiente. Saga había tenido la intención de evitar el penoso momento del día anterior, y que Mu tuviera que hacerla de su Celestina para que pudiera tener una cita con el escritor; así que, cuando salió del cine, le preguntó cuáles serían sus planos para el día siguiente. Camus, que en ese momento degustaba un helado, lo miró con un poco de tristeza y le dijo que tendría una rueda de prensa por la mañana para anunciar su reciente libro dedicado a la cultura griega. El peliazul con un suave ' ya veo' desistió de todo intento por pasar otro día a su lado; no obstante, enseguida se le ocurrió sugerirle que si le quedaba tiempo libre, le llamara para que hicieran algo…
Era domingo, ya pasaban de las cuatro, y aún no recibía noticias del galo.
"Seguramente está muy ocupado", pensaba Saga, llena de tristeza por no estar un minuto más con él…
Mu tenía razón al decirle que aunque sonara extraño, se había enamorado de alguien a quien apenas conocía por efímeras conversaciones en el chat; aunque también afirmaba que quizás se enamoró de su talento nato y de esa forma que poseía de cautivar a través de sus historias.
La intensidad del sentimiento se reafirmó en aquel primer encuentro y la forma en que Camus lo trató desde el primer momento…
Saga soltó el teléfono, lo dejó en el sillón, y dando un suspiro se levantó. Ya dudaba que se encontraran ese día, y que tal vez ya no se verían el resto que aún tenía disponible; Después de todo, la cumbre se realizaría mañana, luego la entrevista con Mu, y enseguida el vuelo…
Pensarlo le hacía experimentar una sensación de vacío, como si tuviera una herida invisible en el cuerpo. Una parte de él pensó que conocerse era una mala idea…
Si, tal vez estaba bien creer que arrepintiéndose borraría cualquier sentimiento, pero también se encargaría de eliminar los momentos que pasaron juntos, o esas conversaciones hasta el amanecer.
El reloj ya marcaba la cinco en punto cuando Saga terminó de vestirse. No tenía planes de salir, pero por si las dudas, ya estaba listo. Se paró frente al espejo, contemplando su aspecto: desde sus zapatos color miel, subiendo por el pantalón beige de mezclilla que acababa de comprarse, hasta la camisa de manga corta con rayas negras, azules y grises, con una bolsa en el pecho. Se arregló el cabello largo y azulino, cortado en capas desde el pómulo hasta la punta que le llegaba más allá del final de la espalda, despeinado un poco el de grafilado de los pómulos con sus dedos.
Escuchó el timbre de la puerta, y se preguntó si Mu olvidó que ese domingo NO ERA día de mirar el fútbol en grupo, porque Camus estaba en la ciudad. De cualquier forma, no sabía si el AEK jugaba hoy; y sin tener nada que hacer, y sin saber qué sería de la agenda del galo, no perdía nada invitándolo a pasar.
Se encaminó por el pasillo que daba a la entrada, colocó la mano en la perilla y jaló la puerta: su campo visual fue invadido por un ramo de rosas de rojas que le cubría la cara a quien las portaba, seguramente el repartidor. Saga se quedó sorprendido sin saber de quién eran o si en realidad iban destinadas a aquel departamento, pero cuando las flores dieron paso a una brillante sonrisa familiar, el peliazul contuvo las ganas de saltar de alegría al descubrir que era Camus quien estaba parado justo frente un él.
—Menudo idiota que eres…— Esa voz le hizo fruncir el ceño. Jaló de la mano al galo, lo metió en el departamento y salió al pasillo: Mu estaba recargado a un costado de la puerta, cruzado de brazos. Un rubio despampanante estaba parado a unos metros de él, con el celular pegado al oído.
—¿Qué hacen aquí?— Inquirió en voz baja, astuto en no 'lastimar' los sentimientos de su jefe por si le oía.
—Le dijiste a Camus que te llamara terminar apenasa, pero diez centavos, ¿te molestaste en escribirle el número en algún sitio?— Saga se quedó fría. Era verdad, no lo hizo, y tampoco le llamó porque creyó que si el otro no lo hacía primero, era debido a que no estaba disponible aún—. Eso creí—. Interpretó su silencio—. Bien, mi misión está cumplida… con permiso…— Ni siquiera le dio tiempo de rebatir, cuando ya se estaba llevando a Shaka del brazo; este solamente atinó a decir adiós con la mano mientras seguía discutiendo sobre la portada del nuevo número.
El peliazul exhaló un poco cansado, se dio la vuelta y encontró a Camus todavía en la entrada con el enorme ramo de rosas en las manos. Cerró la puerta tras de sí, y una vez dentro, nervioso, fue hacia donde estaba y le tomó el presente, provocando que sus dedos se rozaran por accidente. El francés no supo qué decirle, así que desvió la vista para observar la entrada del pequeño departamento.
—Espero que te guste…— Fue todo lo que dijo. La sonrisa en el rostro de Saga se amplió.
—Me encantan las sorpresas…— Dijo. Despegó su mano de la del otro y caminó hacia la cocina—. Buscaré donde ponerlas…— No estaba seguro de tener algo lo bastante grande—. Siéntate por favor—. Lo recomendado, señalando el sillón, y desapareciendo tras la puerta.
Camus suspir, caminó al sillón y antes de tomar el ofrecimiento de su anfitrión, se sacó un marco de madera del bolsillo, lo miró, repasó su dedo por el vidrio, y le dio un beso; Como parte final levantó un cojín y lo escondió bajo este.
—Para que me recuerdes cuando ya no esté contigo…
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Continuará ...
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Notas:
¿Qué les pareció?
Para mí fue un pequeño viaje al pasado xD fueron tantos recuerdos mientras lo leía, que muchas veces no podía editarlo porque quería dejarlo como estaba, solo que no me gustaban algunos detalles, así que después de pelear conmigo misma como buen sensual Géminis, aquí está !
Con motivo del cumpleaños de Saga, aunque también era de Kanon, pero bueno… xD no tengo muchos fics de Kanon en realidad (?)
Les cuento. Yo tenía un fic llamado Queen of the Damned, basado justamente en la película de Anne Rice. El fic no está editado, así que no lo puedo compartir, pero en ese entonces, y gracias a él, conocí a algunas amigas. Una de ellas se llama Gabrielle de Lioncurt, y para ella escribió este fic por su cumpleaños.
Siempre pensé en lo hermoso que sería conocerla en vivo, y bueno, ella era Saga y yo Camus y nos conocimos así, ella escribiendo un e-mail para mí… pero nunca en persona… después me vine a Argentina, ella a la ciudad de México y así nunca nos conocimos jajajaja… actualmente ella trabaja para un periódico (lo que es vida, ¿no?) y yo escribo fics porque no puedo trabajar por mis cosas médicas que ya saben, entonces la vida es graciosa, curiosa y así.
El siguiente capítulo lo subiré en unos días, espero.
Ojalá que mi pequeño recuerdo les guste.
Y a ti Gabrielle, que revivas esos hermosos recuerdos conmigo.
Gracias por leer!! ❤️😘