Capítulo 1: Y de un filete echado a perder
Sinceramente, no se veía tan grande como muchos decían. Era probable que de un solo bocado pudiera con él y que la gente se quedara mirándome extrañada, la idea de que me vieran no me interesaba mucho; son situaciones a las que nos acostumbramos con los años. Sólo quería comerlo en por lo menos 8 mordiscos, procurando no abrir demasiado mi boca y dejar que ese enorme pedazo de carne en mi plato, tan deliciosamente dispuesto a ser comido, lograra satisfacer mi hambre incontrolable del día. Mi lengua recorrió lentamente cada uno de mis incisivos y colmillos del maxilar superior, ya no podía esperar más. Mi estómago se movió de una manera grotesca que temí quisiera salirse por mi boca.
—¿Señorita, hay algún problema con su orden? —preguntó con suavidad la camarera, inclinándose hacia mí.
Ugh, demasiada lavanda en su aroma. Sus ojos de un color miel y aquella nariz respingada me hechizaron por un momento. Tenía una piel magnífica a decir verdad, se percibía suave, tersa, tierna y tan fácil de lastimar. Sonreí sutilmente sin mostrar mis colmillos.
¿Realmente lo comeré? Bien podría pedirlo para llevar.
Bueno, concisamente, no era como cualquier platillo que los comensales humanos podían disfrutar con tranquilidad. Ellos no podrían disfrutar su sabor igual que yo y aún así, aquel pedazo de carne sólo me inspiraba un reto casi imposible de superar; un peldaño que debía subir para alcanzar una vida más tranquila y lejos de aquellos ojos perspicaces de rapiña. Más allá de ser algo remotamente agradable la idea de comer algo delicioso en un lugar relativamente bueno, para ese momento, sólo se sentía como un pequeño estrés auto-infligido.
—Sí, sólo necesito un poco más de agua. —respondí mientras me encogía de hombros y dejaba que la saliva generada de forma masiva bajara por mi garganta. Un trago enorme de saliva que me refrescó un poco los sentidos adormecidos por el deseo y el hambre.
La camarera me dio una última mirada llena de extrañeza para después alejarse en busca del agua. Mi mirada volvió a estar fija en el plato, mis manos inquietas sólo jugueteaban con mi falda bajo el mantel. La respiración se convertía en una tarea difícil de completar, la saliva de nuevo invadía cada rincón de mi boca y el éxtasis quería invadirme desde la cabeza hasta los pies.
Vamos, un pequeño mordisco.
Tomé aquel filete exquisitamente sellado, clavando fuertemente el tenedor en él que, para fortuna, resistió el peso lo suficiente. Goteaba un poco ese delicioso jugo sangriento, poniéndome más ansiosa, más excitada y eufórica. Mi boca abriéndose poco a poco sólo aumentaba la expectación y estremecimiento por mis piernas.
Ya casi, sólo un poco más…
Rozó mis incisivos superiores con suavidad. Los colmillos goteaban enormes gotas de saliva que podrían haber caído en mi plato. Cerré los ojos en el que sentí el trozo de carne tocando mi lengua… Algo descendió por mi garganta y abrí los ojos de golpe. El sanguinolento placer sólo me acompañó unos segundos y no podía estar más decepcionada de la imagen en el tenedor y plato.
Lo hice otra vez. Ya no hay carne.
Suspiré con resignación. Dejé que mi boca hiciera lo que quisiera, dejé que todo fuera demasiado rápido sin poder tomarme el tiempo de masticar siquiera. Es normal para alguien como yo que eso suceda, pero en serio deseaba saborear mejor mi alimento. Le hubiera dado sentido a mi aburrida existencia de los últimos días.
¿En serio creía que podría cambiar un instinto tan antiguo como el lenguaje con una simple prueba en un restaurante? Soy demasiado optimista a veces.
Es un proceso bastante molesto el que sigue tras haber comido algo un poco grande. Las comisuras de mis labios regresan a su forma, mis colmillos se retraen un poco y mi mandíbula se ajusta en su lugar. La mirada discreta de muchos a mi alrededor se sentía como una densa nube que no podía alejar de mis ojos. Limpié mi boca con la servilleta mientras intentaba reorganizar mis pensamientos antes de siquiera pensar en irme de allí. Era entendible su curiosidad, no todos los días tenías la oportunidad de ver a alguien alimentándose de una forma tan específica.
Su morbosidad les grita que deben mirarme. Había sido una idea terrible ir a un sitio lleno de humanos a comer algo que viene siendo un aperitivo para gente como yo.
Según mi proceso biológico normal, suelo engullir o desgarrar los alimentos por completo y morderlos con facilidad. Precisamente por esta naturaleza es que somos muy difíciles de ver por los humanos mientras nos alimentamos, no es de buen gusto incomodar a los demás con esas escenas. Tal vez sería mejor que los restaurantes para los de mi clase no fueran tan lejanos y costosos.
La mayoría de las personas prefiere no vernos comer. Supongo que se imaginan algo que no es. No es agradable que estés tan cerca de alguien que podría engullir tu mano entera sin dificultad, una absoluta pesadilla ¿No?
La camarera dudó un poco cuando le entregué mi tarjeta para pagar la cuenta. No sé si fue mi mirada la que la intimidó o simplemente nunca se sintió cómodo con un cliente como yo. Lo lamento por ella.
Traté de mantener la compostura y la expresión de tranquilidad que alguien como yo puede inspirar en un restaurante lleno de humanos, a pesar de las miradas curiosas de algunos, pero eso pasa cuando escoges vivir en un distrito pequeño donde los tuyos viven lejos de la atención y asisten a los sitios de gente como nosotros.
Me alejé de aquel restaurante con mi bolso carmesí en la mano derecha y mi tapabocas negro en la otra mano. Usualmente llevaba un tapabocas con el fin de evitar darle al público un muy hermoso espectáculo de cómo mi mandíbula en algunas ocasiones se estira ligeramente cuando la siento un poco tensa. Ver mis colmillos y la forma en la que mi rostro se pone no les gustaría a las personas debido al estigma hacia nosotros y nuestra naturaleza feroz.
Durante los últimos meses había estado viviendo de forma simple y discreta. Lo que menos me interesaba era llamar la atención de alguna persona o peor, de mi familia. No era miedo, simplemente me molestaba recordar mi día a día en casa y fuera de ella con todos los momentos tan frescos, y ya que ya no vivía allí, todo se transformaba en un mundo nuevo por explorar y disfrutar.
Solía salir mayormente por las noches a realizar algunas compras y simplemente tomar aire, cenar en alguna cafetería o restaurante cercano a mi departamento, no me gustaba pasar mucho tiempo fuera de mi espacio por las mañanas a menos que fuera estrictamente necesario. Mi rutina diaria era trabajar dentro de mi departamento transcribiendo diferentes archivos, editando y enviando constantemente hacia una plataforma que se encontraba en la empresa de mi abuela.
Moví un pequeño mechón de cabello que estaba un poco rebelde y tras estar caminando sin mucho afán, llegué a un espacio con banquetas fuera de un pequeño centro comercial. Estaba bastante cerca de un cesto de basura; mi estómago había comenzado a rugir varias calles atrás y eso no era buena señal, así que debía buscar una forma de no ser tan repugnante si es que se avecinaba una hermosa escena para cualquiera que pasara.
Unas cuantas nubes grises se veían a lo lejos y por un instante me generaron curiosidad, como si mi única idea de libertad mental fueran esa estela de gases y agua; bajé la mirada a mis botas oscuras y me parecieron tan interesantes como para observarlas un largo momento esperando a que mi estómago se calmara. Todo fue paz y tranquilidad hasta que aquella movida en mi estómago empezó a hacerse cada vez más fuerte e intensamente dolorosa.
¿Qué se supone que tiene esa maldita carne? ¿Pastillas vomitivas o qué mierda?
Sentí una enorme presión dentro de mi estómago y rápidamente me lancé de cara al enorme cesto de basura para vomitar una enorme masa amarillenta bastante desagradable. No podía controlar el movimiento de frenesí recorriendo mi espina dorsal, mi mandíbula ajustándose, mis colmillos brotaron y mi mirada se tornó borrosa.
El vómito paró de salir de mí y una nube inmensa de claridad me permitió respirar hondamente. Por suerte no llevaba puesto mi tapabocas.
Qué asquerosidad.
Me recosté un poco en la banqueta mientras llevaba mis manos hacia mi abdomen. Definitivamente, ese restaurante no tendría una buena reseña mía en el futuro. Cerré los ojos un momento y para cuando los abrí, la imagen borrosa de alguien estaba frente a mí. Cerré un momento los ojos hasta que al abrirlos un poco pude fijarlos en un rostro fresco y de piel morena.
Qué lindo… Justo en este momento tan especial.
— ¿Puedes caminar a tu casa sola? —murmuró suavemente mientras extendía hacia mí un pequeño pañuelo. Asentí y tomé el pañuelo para limpiar las comisuras de mis labios.
—Sí, por supuesto. No estoy ebria si a eso te refieres... —respondí con rapidez. Su mirada recorrió mi rostro sin vergüenza alguna, no es que me molestaran las miradas fijas, simplemente me hartaba la mirada de asco o molestia que le seguía a la misma cuando se daban cuenta de mis rasgos particulares.
—Entiendo… ¿Vives cerca? —preguntó metiendo su mano derecha dentro de su bolsillo en una pose bastante tranquila.
No podía sentirme intimidada de un hombre extraño que se ofrecía a acompañarme, sus ojos oscuros y de una ligera tonalidad gris me estaban generando una agitación en el vientre, me excitaban demasiado las miradas desinteresadas en los humanos y aún más en los guapos. Bajé la mirada para ver unas gotas de agua que comenzaban a salpicar el piso.
—No vivo tan lejos. Estaría bien si acompañas y mejor si traes algo como un paraguas. —respondí levantándome de la banqueta. No era que necesitara su ayuda, simplemente la necesidad de no estar sola aquella noche me consumía. Algo dentro de mí me exigía que lo dejara acompañarme.
Su sonrisa fría reveló unos dientes de tonalidad blanquecina y demasiado perfectos que, en conjunto con sus rasgos finos, hacían que todo su aspecto me resultara más atractivo. No llevaba paraguas, pero con su chaqueta intentamos cubrir nuestras pertenencias. La lluvia caía con más fuerza a medida que caminábamos, cruzamos en una esquina hasta que llegamos al pequeño departamento donde llevaba tres meses viviendo. Subimos las escaleras y tras abrir la puerta, un aire acogedor nos rodeó al instante.
Dentro, reinaba la paz y la tranquilidad. Luz tenue que promovía al descanso y la sensación de que una invitación deliciosa nos esperaba.
Fui directo hacia mi armario, a pocos metros, ya que no era precisamente un lugar con muchas habitaciones; un baño, una sala bastante amplia y una cocina. Mi cama se encontraba a una esquina cerca de la ventana y todo estaba lo suficientemente cerca como para no caminar.
—¿Quieres algo de beber? —le pregunté mientras buscaba una toalla dentro de mi armario. Podía sentir su mirada recorriendo cada parte de mi cuerpo sin tener que verlo, no era algo nuevo para mí.
—Algo caliente estaría bien, sí... —contestó con un tono oscuro presente en su voz. Tomé una toalla blanca que se encontraba en la parte baja del armario y traté de secar gran parte de mi cabello y cara. Mi blusa blanca se encontraba empapada haciendo que se transparentara la forma de mis senos, pasé la toalla por mi pecho también con el fin de no acabar con esto demasiado pronto.
A pesar de que el vómito me había dejado un mal sabor en la boca y un vacío en mi estómago, el hambre no se hacía presente, al menos no de la manera que esperaría. Mi lengua recorría mis colmillos mientras le ofrecía una toalla, me alejé en dirección a la cocina para preparar dos tés de manzanilla. Mantener mi distancia nos convenía a ambos. Su aroma me encantaba, tan intenso y agradable que me estaba llevando al éxtasis con cada respiración.
Mis uñas resonaban contra el mesón de la cocina mientras sostenía la mirada en el agua que aún no hervía; el chico no se había movido del mismo sitio desde que habíamos entrado, su acto de cortesía tan extraño simplemente me resultaba gracioso y un poco desanimante. Un bostezo se apoderó de mí; el cansancio comenzaba a hacerse presente, lo que no era bueno para mi ingreso semanal, ya que debía terminar de transcribir una inmensa cantidad de manuscritos y enviarlos para el día siguiente.
Posponer las cosas nunca es buena idea, pero llevaba varios días sin poder conciliar el sueño, ni concentrarme y había momentos en los que mientras me encontraba escribiendo, un gruñido en mi estómago lograba desconcentrarme inmediatamente. No eran mis mejores días, a decir verdad.
—¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? —preguntó el joven, supuse que para cortar la tensión que se estaba haciendo densa desde hacía unos minutos.
—No mucho. Unos meses. —contesté mientras jugueteaba con una de mis pulseras. — ¿Tú vives cerca?
—No realmente, estoy de paso.
Bastante conveniente, niño…
—Entiendo —lo miré fijamente durante unos vagos segundos para después dejar salir un suspiro— ¿Tienes dónde pasar la noche? Está lloviendo bastante fuerte y no me gustaría echarte como un perro a ese clima.
Sonrió con suavidad y mi mirada se cautivó aún más por él. Su aura estaba bastante llena de algo sexual que no podía disimular ni un poco ¿Qué más podía resultar entre nosotros de ese ambiente tan acogedor que una noche muy divertida?
Demasiado bueno para dejarlo pasar.
—Me estoy quedando con un compañero, pero hoy está de aniversario con su novia y no traje la llave. —dijo con un movimiento sutil de sus manos. Asentí mientras mi vista se iba hacia el agua hirviendo. Preparé una taza para él y otra para mí; su aroma era tan delicioso que sentí mi saliva comenzar a llenar mi boca, pero necesitaba calmarme o necesitaría una servilleta.
Le ofrecí la taza sin apartar la mirada de su cuerpo. Poseía una figura atrayente de complexión atlética, cabello desordenado, labios carnosos, mirada dulce y unas manos fuertes, incluso su altura era ligeramente mayor a la mía, lo cual me vendría bien.
—Puedes pasar la noche aquí, si quieres. —comenté llevándome mi taza de té a los labios y dándole un sorbo.
Él continuaba de pie cerca de la puerta con la taza de té en sus manos, la comodidad de mi sofá me obligó a sentarme un momento sin apartar mis ojos de su cuerpo. Los ojos del chico se encontraban con un brillo de picardía mientras me observaba descaradamente, su mente y la mía estaban pensando en lo mismo.
—Si no es molestia... —negué con la cabeza.
—Para nada. Estoy disfrutando mucho de tu compañía.
Le presté una sudadera y una camiseta que le habían pertenecido a un viejo amigo, ropa que nunca me atreví a tirar por un estúpido sentimiento de apego. Le sugerí que podía usar mi baño para que se refrescara antes de acostarse y preparé una cama para él en el sofá más cómodo que tenía. Tras un rato de hablar sobre diversas cosas, me di un merecido baño de agua caliente y lavé mis dientes para alejarme del aroma a vómito que traía encima. Las gotas de agua caliente cayendo me ponían en el estado correcto, cerré los ojos un momento saboreando el momento, el agua continuaba cayendo, pero en mi espalda había otra sensación presente. Una nube calurosa invadía mi cuerpo y en ese momento, por un instante, la temperatura del agua se elevó. Unas manos fuertes rodearon mi cuerpo y lo recorrieron ansiosamente.
Chico sucio.
Dejé que mi cuerpo se impregnara de su fresco aroma, saciando por completo mi hambre. Mis labios chocaban con su piel de un aroma tan irresistible. El movimiento de sus caderas me llevaba al clímax, su pasión y rudeza incrementaron y tras unos momentos, sentí sus manos presionando fuertemente contra mi pecho, su cuerpo moviéndose de forma desesperada en una danza apasionada y es cuando finalmente me sentí sin apetito. Su respiración aumentando y la invasión de mí en él, de mi cuerpo apoderándose de él por completo era completamente adictivo. Mi lengua recorrió sus carnosos labios, lamí su pecho y cuello, saboreé su delicioso rastro como si fuera a desaparecer en cuestión de segundos.
Yo también te necesitaba, chico lindo…