Capítulo 1
El sol atravesando mi ventana fue suficiente para levantarme. Incluso si hubiera querido seguir durmiendo, el calor de la mañana ya empezaba a sentirse y me molestaba.
Como rutina, me equipé con mi armadura de aventurero. Si bien la llamaba armadura, no era más que una camisa larga de lana y un pantalón de cuero resistente. El nombre venía del cinturón de pecho, que ofrecía algo de ayuda frente a cierta variedad de ataques. Me miré al espejo una última vez antes de salir. A diferencia de mi hermana, mi pelo es negro y el único atractivo que poseo es mi físico marcado.
Mi armadura era insuficiente para cualquier aventurero experimentado, pero yo no podía permitirme más. Principalmente porque todo lo que ganaba en los laberintos terminaba en los bolsillos de mi hermana menor, Jeanette. Ella, a diferencia de mí, había intentado continuar con la farmacia familiar. Sin embargo, le faltaba mucha experiencia en la elaboración de medicinas, así que le resultaba complicado conseguir clientes regulares.
La otra razón por la que no tenía dinero para equipamiento nuevo era mi rango de aventurero. Basados en la habilidad, estos varían del S al D. Yo me había quedado estancado en el rango D.
No podía molestarme por eso. Era un rango basado en habilidad pura. Eso significaba que, simplemente, no tenía la capacidad para luchar al nivel requerido.
Antes de salir de la habitación, tomé mi espada bastarda. Mi hermana se había quedado dormida mientras utilizaba el mortero para elaborar alguna medicina.
Le acaricié la cabeza para despertarla.
—¡Buenos días!
—Buenos días, hermanito —respondió somnolienta, mientras se limpiaba la baba que tenía pegada en el cachete—. ¿Ya te vas?
—Los monstruos no se van a cazar solos —me reí.
No quería decirle que la razón principal era el dinero, aunque yo ya sabía que ella lo sospechaba. De todas maneras, tampoco era mentira que yo era aventurero por decisión propia.
—Perdón... Si mi habilidad en medicina fuera mejor, podrías tener un equipamiento superior.
Sus ojos se aguaron mientras sostenía el mortero con algo de fuerza.
Me alejé hasta la puerta, pero antes de abrirla, me giré para responder:
—Sé que te convertirás en una increíble farmacéutica, hermanita.
Su sonrisa se apoderó de su diminuto rostro, aunque aún se veía adormilada y el pelo marrón caía desordenado sobre su cara. El brillo de sus ojos me llenó de alegría y de la energía que me faltaba.
—Para mí, tú eres el mejor aventurero, hermano. ¡Regresa temprano, te estaré esperando!
Ella se despidió de mí con un abrazo.
Nuestra casa era modesta, pero era un hogar.
La aldea ya se empezaba a despertar y muchos aventureros estaban levantados. Me dirigí directamente hacia el laberinto que daba vida a este minúsculo pueblo.
Era un laberinto de diez pisos de profundidad. Los primeros eran muy buenos para principiantes, mientras que el piso final era aterradoramente difícil, obligando incluso a prohibir su entrada a aventureros por debajo del rango S. Aun así, era raro ver equipos de rango S en la aldea.
Cuando pasé cerca del gremio de aventureros, los vi de reojo y solo eso bastó para saber que hoy había llegado un grupo de rango S.
No reconozco a todos, pero uno de ellos destacaba de forma abusiva. Principalmente por su pelo rojo color sangre y las cuatro katanas que colgaban de su cinturón.
Ella no era solo famosa por ser rango S. Era tan fuerte que su apodo resultaba aterrador: la Emperatriz de la Espada, Iris la Sanguinaria.
No solo la delataban sus katanas, todas reliquias atadas en su cinturón. Su melena roja también lo hacía, tan hermosa y única que destacaba entre los aventureros. Parecía que su cuerpo hubiese sido esculpido con la yema de los dedos de miles de ángeles. Su musculatura aún se apreciaba con claridad, gracias a que la única pieza de armadura real era una pechera de metal. Entre los espadachines eso no era raro, pues priorizan la velocidad y la movilidad ante todo. Sus curvas femeninas eran el equilibrio perfecto entre músculo y carne.
No le presté más atención a ella ni a su grupo. Puede que no sea fuerte, pero yo también tengo un objetivo que cumplir. Tengo que regresar temprano a casa.
Me reuní con un grupo de aventureros que buscaban un guerrero de primera fila para que las magas pudieran lanzar ataques mágicos con tranquilidad. No conversamos mucho. Se notaba que eran novatos y que el grupo estaba conformado por amigos. Todavía tenían esa mirada de quienes no han visto lo pésimo que puede salir un laberinto.
El camino hacia el laberinto había sido creado a partir de los miles de aventureros que se habían atrevido a entrar. El grupo hablaba hasta por los codos, así que no les presté mucha atención.
—¿También estás empezando como aventurero, Reylanor? —me preguntó amablemente Sasha, la clériga del grupo.
—No. Simplemente no tengo la habilidad para avanzar con mi propia fuerza —respondí con sinceridad.
El espadachín del grupo, Toji, se metió en la conversación.
—Tu equipamiento es básico. Si ya llevas tiempo, podrías ayudarte de equipo mágico.
—Todo lo que gano como aventurero lo uso para ayudar a mi hermana menor. Pero eso no es excusa para ser débil —sonreí amargamente.
—Entonces hagamos tanto dinero hoy que incluso te alcance para un mejor equipamiento —comentó alegremente Hilda, una maga de agua de bajo nivel.
Por fin llegamos a la entrada del laberinto. Un imponente arco en el suelo, con escaleras hacia abajo, se alzaba entre paredes de piedra azulada. El lugar era iluminado por las tenues llamas azules de las antorchas mágicas.
Sin esperar a nadie, entramos.
Avanzamos con relativa facilidad, pues los enemigos más duros eran simples no muertos y goblins. A veces soltaban minúsculas piedras de maná, y esas piedras eran las que se vendían por recompensas. Sin embargo, las que dejaban este tipo de monstruos eran tan débiles que apenas valían una sola moneda de plata.
Había otra razón por la cual este laberinto era famoso. Las habitaciones se movían y parecían ser infinitas. Esa era una característica única de este lugar, pero entrar en una puerta podía ser extremadamente peligroso. Las trampas que estas tendían a ocultar podían acabar con tu vida. Yo, por norma, no las abro.
Sin embargo, llevábamos horas luchando. Nosotros estábamos bien físicamente, pero el grupo novato se veía bastante desilusionado por las pocas ganancias obtenidas, insuficientes incluso para una sola persona.
—Señor Rey... ¿Crees que podemos intentar con una puerta? —me preguntó Toji.
Miré las piedras de mi bolsa. No eran suficientes tampoco para mí. Aunque era peligroso, podríamos huir si salía mal. Con la maga de agua era lo suficientemente seguro como para intentarlo.
—No necesitas llamarme señor, tampoco soy tan viejo. Habiendo dicho eso, vamos a intentar una. Hilda, por favor, prepara un hechizo de agua por si hay que huir.
Todos asintieron, pero me preocupaba la inexperiencia del grupo. Un aventurero experimentado tendría más cuidado con novatos, pero yo necesitaba el dinero.
Abrimos la primera puerta que vimos. Era una puerta de hierro, similar a la de una prisión. La habitación estaba tan mal iluminada como el resto del laberinto, pero no había enemigos dentro.
Lo que me hacía dudar de que la habitación fuera una trampa era que, por normalidad, debería haber un cebo. Un tesoro, una piedra, algo.
Sin embargo, no había nada. La estancia estaba completamente limpia. Debía de ser una sala de descanso, una característica no usual en el primer piso de este enigma.
—Este lugar parece una buena ocasión para revisar su equipo, muchachos —comenté.
—Tienes razón. ¡Vamos, chicas, rápido! —me apoyó Toji.
Error.
Cuando entramos todos en la habitación, el suelo se derrumbó.
Nos golpeamos contra el suelo con fuerza después de caer varios metros. ¿Cuántos pisos habíamos bajado? ¿Dónde estábamos? Sin embargo, la caída no había dolido lo suficiente.
La habitación estaba llena de orcos y goblins.
En el centro del cuarto circular había un espadón, clavado en una especie de altar, con una inscripción: “Aquel que anhele el poder debe estar dispuesto a sufrirlo”.
Aun así, no fuimos atacados. Incluso nos dieron tiempo para levantarnos.
La mirada de terror de los muchachos era evidente. Hilda parecía querer orinarse encima. Y, para empeorar el horror, algo que habíamos ignorado llamó finalmente nuestra atención.
No era humano, pero tampoco conocía monstruo tan retorcido como aquel. Su piel azulada, la cuenca de sus ojos vacía, su cuerpo gigantesco similar al de un gigante, pero con cabeza de toro. En su espalda llevaba dos espadones enormes. Para el tamaño de tal monstruo, en realidad eran dos espadas normales.
—¿Hm? Pero miren, muchachos, tenemos visita. ¿Cuánto tiempo? ¿No? —Aquella bestia habló con una voz digna de aquel cuerpo mientras se reía y se burlaba de nosotros—. Hagamos esto divertido, ¿quieren? Lancen sus ataques más poderosos. Después será mi turno. Después les toca a ustedes de nuevo. Algo sencillo, ¿no creen?
Intenté calmar al grupo con la mirada, pero poco caso me hicieron.
—¡Vamos, chicos! No podemos morir aquí. Este es el inicio de nuestras aventuras. ¡Todos lancemos nuestros mejores ataques! —ordenó Toji con el optimismo de un imbécil.
—¡Ja, ja, ja! ¡Así se habla! Adelante, yo esperaré —añadió aquella bestia.
Las chicas se llenaron de algo de determinación y empezaron a conjurar el ataque más pesado que conocían. Se tomaron su tiempo, pero cuando terminaron... valió la pena.
Un potente rayo de luz y una gran ola que inundó toda la habitación golpearon con una fuerza aterradora a aquella bestia.
Toji fue el siguiente en atacar. Veloz para un novato, cortó rápidamente el aire. Yo lo seguí.
Fue inútil.
Todo fue inútil.
Nuestras espadas rebotaron como si se trataran de roca. Los hechizos que habían sacudido la habitación tampoco sirvieron de absolutamente nada.
—Bueno... eso fue decepcionante. En fin, saben que es mi turno, ¿no? —Se burló aquella bestia.
Las chicas se rompieron por completo. Temblando de miedo, Toji retrocedió. Yo tampoco me sentía capaz de moverme. Todo mi cuerpo dolía porque mi ataque más potente había sido rechazado.
La bestia hizo su movimiento, tan aterradoramente veloz que no pudimos seguirlo con la mirada. Con una sola mano tomó a Sasha por los hombros.
—¡Por favor, por favor... déjame vivir, te lo ruego, déjame vivir! —Sasha lloraba y tartamudeaba de desesperación.
Aquella bestia encontró tanta gracia en ello que sus carcajadas resonaron en toda la habitación.
Posicionó sus dedos en torno a la cabeza de la joven, como si se tratara de una uva.
—No quiero morir... por favor, no quiero morir. ¡Duele! ¡Duele! ¡Por favor! ¡Por favor!
La chica lloraba y gritaba de desesperación, pero aquella bestia empezó a presionar poco a poco, deleitándose con cada grito. La sangre se le acumuló en la cabeza y se puso roja como un tomate.
Sus plegarias no fueron escuchadas. Su dolor solo servía para llenar de deleite a aquel monstruo.
Hasta que el sonido de algo crujiendo se hizo eco en la habitación.
La sangre brotó de sus orificios y sus ojos salieron de las cuencas. El cuerpo de la chica finalmente fue liberado y golpeó el suelo con un ruido parecido al de la carne cuando cae sobre una tabla.
—Bueno, chicos. Es el turno de ustedes.
La bestia se burló de manera macabra.
El terror absoluto se apoderó de Hilda y Toji. Yo no estaba muy lejos de eso.
Temblando de miedo, sentía el corazón latir con tanta fuerza que podía escucharlo incluso por encima de las risas de los goblins que nos rodeaban, deleitados con el espectáculo.
Pero yo era el más viejo. Tenía que hacer algo.
Aunque no fuera capaz de ver a mi hermana de nuevo, ¿cómo podría ella tener a un hermano tan cobarde?
Creo que ese pensamiento fue lo único que evitó que me volviera loco.
—Toji, Hilda, corran. Yo me quedo aquí jugando con la bestia. Vivan, déjenme atrás.
Solo podía confiar en que aquella criatura tuviera orgullo, así que me planté delante de ella.
—Según tu juego, yo aún sigo aquí. Tienes que esperar a que yo te dé el golpe.
—Oh, sí. Tienes razón en eso. Sin embargo, no esperes que puedas alargar esto mucho más. —Volvió a estallar en risas—. Oh, y algo más. ¡Muchachos, son libres!
Aquellas palabras resonaron en mí. Los goblins y orcos no se movían porque él les había dicho que no.
Toji e Hilda fueron rápidamente rodeados por los goblins. Toji, demasiado aterrado como para defenderse, fue el primero en caer. Su única suerte fue que murió rápido, mutilado por un garrotazo orco en cuestión de segundos.
Sin embargo, Hilda rogó más tarde por haber tenido esa suerte.
Los goblins la desarmaron y la despojaron de todas sus vestimentas, lastimándola y jugando con su cuerpo. Llegaron incluso a humillarla. Incapaz de hablar por tener la boca obstruida, solo sus sonidos guturales pudieron escucharse.
—¿De verdad pensaste que podrías salvarlos? —se burló de mí.
La bestia chasqueó los dedos. Con eso, los goblins terminaron el trabajo, cortándole dolorosamente la garganta a Hilda con una daga oxidada. No fue para aumentar la tortura. Realmente no tenían armas de filo.
Soy un inútil.
No podré regresar con mi hermana. Ni siquiera pude ayudar a ese grupo de novatos. Ellos me habían dejado la decisión de abrir puertas y, por querer ganar algo más de dinero, los llevé a la muerte.
Mis decisiones nos mataron.
Listo para lanzar mi ataque, acepté la idea de morir. Esto era todo lo que me quedaba: el orgullo de morir como aventurero.
Pero antes de poder siquiera moverme, un sonido se escuchó en toda la habitación. Una luz roja chocó contra la bestia, obligándola a cubrirse con sus espadas.
Ambas velocidades eran estremecedoras. La bestia había tenido menos de un segundo para desenvainar.
La sed de sangre llenó el ambiente, y no venía de la bestia.
La luz roja no era una luz. Era la emperatriz de la espada: Iris.
El grupo, conformado por dos elfas y un enano, entró a la habitación. Las elfas lanzaron de inmediato un ataque mágico de viento. Crearon una ráfaga tan poderosa que hizo que todos los goblins y orcos golpearan las paredes. Aun así, se tomaron la molestia de no golpearme a mí.
La bestia ni siquiera se inmutó.
La emperatriz saltaba de un lado a otro de la habitación con una velocidad tan desquiciada que apenas alcanzaba a ver una estela roja. Aun con esa rapidez, la bestia bloqueaba todos los ataques sin problema.
No solo eso. También logró contraatacar.
El enano, usando dos escudos más colosales que su propio cuerpo, saltó y bloqueó el ataque, pero ambos escudos se rompieron y él recibió el golpe de lleno. Aun así, aquel ataque letal fue curado con magia curativa del más alto nivel.
—¡Huye! —me gritó una de las elfas.
Sin embargo, antes de que pudiera tan siquiera empezar a moverme, la bestia respondió:
—¿Por qué todos quieren irse? Eh, chico. Tú mejor que ellos sabes que si pones un paso afuera, morirás. Solo espérame un rato.
Se burló de nosotros mientras enfrentaba a la emperatriz de la espada, uno de los espadachines más poderosos del mundo.
Ahí lo noté.
La bestia ni siquiera estaba esforzándose.
Para ella todo esto era un juego. Y lo demostró, ganándole en velocidad y fuerza a la emperatriz. La humilló con una patada que le rompió la mandíbula y la hizo rodar varios metros por la habitación hasta llegar a mí.
Acostumbrada al dolor, ella se levantó rápidamente. Sus heridas fueron curadas por las elfas. La mujer que había caído a mi lado ni siquiera me miró. Volvió a lanzarse contra la bestia con sed de sangre, en un uno contra uno totalmente disparejo.
Sin embargo, a diferencia de mí, ella sí podía herir a la bestia. Podía hacerla sangrar.
A este paso íbamos a morir todos.
Miré el espadón en el centro. Tan solo eso bastó para que la bestia intentara moverse. Estaba muy lejos del arma, pero cuando trató de llegar, la emperatriz la detuvo en seco. Su duelo era mortal, y ella ya había muerto unas treinta veces, si no fuera por la magia curativa de las elfas.
Estaba claro que la bestia iba a ganar. Pero la emperatriz había comprado los segundos suficientes.
El gran espadón parecía estar clavado en una mesa ritual. “Aquel que anhele el poder debe estar dispuesto a sufrirlo.”
Puede que sea una idiotez, pero ya tengo un pie en el ataúd.
Intenté levantarlo con toda mi fuerza, abrazándolo, apretando cada músculo de mi cuerpo. El imponente espadón de roca era tan pesado que no se levantaba ni un solo centímetro.
Vamos. ¡Levántate!
Entonces sentí que la espada se volvía lo suficientemente ligera como para que pudiera cargarla durante unos segundos. Suficiente como para ponerme debajo de ella y dejar que me perforara el pecho.
Un sacrificio. Eso es lo que piden.
La bestia intentó detenerme, así que esto debía ser malo para ella. Eso fue lo que pensé.
Dolía como el infierno. El aire ya no llegaba a mi cuerpo.
Pero no ocurrió nada.
¿Por qué no ocurría nada?
Golpeé el espadón con mis manos llenas de sangre, impotente.
Sí. Había hecho algo estúpido.
Entonces el espadón se encendió en llamas y cayó hacia un lado. Nadie había hecho eso. Las elfas me curaron rápidamente.
Con la adrenalina a cien, tomé el espadón, que ya había dejado de arder. Sin embargo, era tan pesado que solo con cargarlo sentía que se me iban a romper los brazos.
La bestia se rio.
—No sabes lo que acabas de hacer. No tienes idea de lo que acabas de hacer. —Volvió a reír—. Te pregunto: ¿crees que me puedes vencer con esa espada sin filo?
La emperatriz cayó al suelo. Había llegado a su límite y las elfas ya no podían curarla más, agotadas como estaban.
—Déjame mostrarte lo que hiciste. Muchachos, conmigo.
Todos los monstruos se levantaron y fueron al lado de su amo.
Simplemente se fueron.
—Podemos huir. Si subimos por el hueco, llegaremos más rápido que él. Los monstruos no pueden salir del laberinto —les dije al grupo abatido.
Sin embargo, las elfas cayeron al suelo. Las piernas de la emperatriz también cedieron. El único que se había mantenido en pie era el enano, que corrió a atenderlas.
—Tienes razón, pero necesitamos recuperar el aire. Aprovechemos para presentarnos, ya que mis compañeras están indispuestas. Yo soy Thorfin. La elfa de pelo rosa es Rell. Su hermana de pelo rubio es Annabeth. Y esta de aquí es Iris —dijo el enano pelirrojo.
Era complicado distinguir su rostro bajo aquella enorme barba rojiza. A diferencia de Iris, cuyo pelo era rojo como la sangre, la cabellera del enano tenía un tono mucho más normal.
Thorfin se acercó a Iris, que estaba de rodillas, jadeando con fuerza y con la mirada perdida.
—¿Tienes idea de lo robusta que era esa cosa? —dijo Iris entre jadeos—. ¿Tienes idea de cuántas veces me venció en el duelo?
Parecía que su orgullo había sido herido.
—Corrimos apenas escuchamos los gritos. Pero incluso si hubiéramos llegado antes...
El enano la calmó.
—Señorita Iris, me temo que ahora no es el momento.
Iris parecía destrozada, pero no había tiempo para consolarla. Annabeth curó a Rell. Su oreja estaba en muy mal estado y ella hacía una mueca de dolor. Que el hechizo curativo surtiera efecto y pudiera restaurar la oreja era prueba de que aquellas elfas poseían un poder de sanación casi divino.
¿Pero cuántas veces habían usado ya ese hechizo?
La emperatriz de la espada no era la única leyenda con vida en esa habitación.
El enano sacó de su bolsa varias piedras y les dio una a cada integrante de su equipo. Iris la tomó de mala gana.
—¿Tienes una? —me preguntó amablemente el enano de barba roja.
—Si un aventurero de rango D puede comprarse una de esas, me gustaría conocerlo.
Me burlé de mí mismo, pero al decirlo, el filo de una de las reliquias de Iris amenazó con degollarme. Ella había sido tan veloz que apenas me di cuenta de su movimiento.
—¿Cómo un rango D luchó contra esa cosa? —Sus ojos rojos como la sangre se clavaron en mí. No estaba jugando. Me iba a matar.
—Todo el grupo era rango D. Caímos en una trampa directa a la sala del jefe.
Le respondí, aunque un valor extraño me llenó el cuerpo. No, esto era distinto. Aquellas bestias poseían un aura, un poder mucho más aterrador que Iris.
—Tú eras el único de pie. Cuando te vi, incluso le ibas a asestar un golpe —continuó ella.
—Él estaba jugando. Era un golpe tras otro. Después de ver que no podíamos ganar, me quedé para terminar su juego y para que los chicos que me acompañaban pudieran huir, pero no funcionó. Tú sabes cómo terminó.
—Demasiado conveniente. La bestia te dejó llegar al espadón y ni siquiera Thorfin puede cargarlo.
Su mirada se paseó por la habitación hasta centrarse en Thorfin, que intentaba levantar el espadón con toda su fuerza.
Quien respondió fue el propio Thorfin, algo apenado por haber sido descubierto.
—Iris, en realidad lo entendí cuando pude poner mis manos en el arma. El arma tiene voluntad. En teoría, solo el chico puede cargarla. Es parecida a la Korobeiniki de tu maestra.
—Él quería mostrar algo... ¿Dónde están? Tengo un mal presentimiento —agregó Rell.
Ella me dio una de las piedras.
Era una piedra de escape. Era capaz de sacarte de cualquier laberinto rápidamente. Por eso su costo. Una piedra de esas podía salvarte la vida y no eran fáciles de obtener. Fácilmente alcanzaban las ocho monedas de oro.
—No te preocupes por el costo, muchacho —dijo el enano.
Tomé el espadón con dificultad y lo cargué sobre mi hombro. Era lo suficientemente pesado como para amenazar con hacer ceder mis rodillas. Tuve que ponerme la roca de escape en la boca para poder usarla, ya que necesitaba ambas manos para sostener el espadón.
Las primeras en romper la piedra fueron las elfas. El enano las siguió. Iris me brindó una mirada de odio antes de romper la suya.
Mordí la piedra. El frío me golpeó y mi vista se distorsionó. Sentía que mi cuerpo volaba.
Mis pies volvieron a tocar el suelo y recuperé la vista. Estaba en la entrada del laberinto.
El enano, las elfas e Iris estaban mirando el cielo con horror.
Era humo.
Una enorme montaña de humo había empezado a cubrir el cielo.
—¡La aldea! —Iris salió disparada como un rayo.
El enano y las elfas, a menor velocidad, corrieron detrás de ella.
Con el espadón encima, correr era prácticamente imposible. La imagen de mi hermana apareció en mi mente.
Tenía que llegar.
Costara lo que costara.
Obligué a mi cuerpo más allá de su límite. El aire que entraba en mis pulmones no era suficiente, y cada bocanada quemaba.
Aun con todo mi esfuerzo, terminé llegando tarde.
La aldea estaba totalmente en llamas. Los orcos destruían a los aventureros con facilidad. Incluso si hubiera aventureros con el nivel necesario para matar a un orco, había demasiados. Los goblins usaban a los orcos para provocar aún más daño.
Muchas mujeres se suicidaron para no caer en manos de aquellas criaturas viles de ojos amarillos.
En el centro de la aldea peleaba la bestia azul contra el grupo que había corrido a ayudar. No le di importancia.
Corrí hacia mi hogar, desesperado por ver a mi hermana, aterrado de que algo le hubiera pasado.
Los múltiples monstruos me ignoraron por completo y me ofrecieron miradas de indiferencia.
Por un momento, el dolor de mi cuerpo y la falta de aire dejaron de importar.
Mi hermana estaba ilesa, corriendo hacia mí con lágrimas en los ojos.
—¡Hermano! —gritó mientras corría hacia mí.
Sin embargo, el momento duró poco.
La bestia azul, que ya se había aburrido de combatir al grupo de aventureros de élite, tomó a mi hermana con una rapidez tan absurda que mis ojos no fueron capaces de seguirla. La sostuvo como si fuera una muñeca y me miró.
No... esto no puede estar pasando.
Esa criatura era demasiado poderosa. Un monstruo de verdad, por encima del espadachín más poderoso.
Y tenía a mi hermana.
La ira llenó mi cuerpo. Yo sabía lo que ese monstruo era capaz de hacerle. Blandí el espadón, que solo con el peso del balanceo amenazó con fracturarme los huesos. Si tenía que romperme hasta el último hueso para defenderla, lo haría.
—Esto es lo que hiciste, niño. ¡Rompiste la delgada línea que los protegía! —se rio a carcajadas.
Antes de que yo pudiera llegar, tomó el brazo de mi hermana y lo dobló como si solo estuviera abriendo un envoltorio de caramelo.
Aquellos gritos perforaron mis oídos.
Ya no me importaba mi propio dolor. Absorto en mi ira, lancé un ataque con el enorme espadón.
—Demasiado lento.
La bestia se burló y me pateó tan fuerte que salí lanzado hacia atrás.
Mis huesos estaban rotos. Mi cuerpo no respondía. Y mi hermana rogaba desesperadamente por ayuda.
No veía a Iris ni a nadie que pudiera ayudarla.
Solo yo.
Pero por mucho que lo intentaba, no era capaz de levantar mi cuerpo.
La bestia me miró y sonrió.
—Me encanta ver cómo poco a poco las personas se van rompiendo, ¿no lo crees, señorita?
Se burlaba de mí y de mi hermana, pero ella ya no lo escuchaba. Absorta en el dolor, se destrozó la garganta con sus propios gritos. Llamaba mi nombre desesperadamente, mientras la sangre de su brazo manchaba sus ropas de farmacéutica.
La bestia me miró y continuó con el siguiente brazo.
—¡Hermano! ¡Ayúdame! ¡Ayúdame!
Se estaba quedando ronca. Sus cuerdas vocales ya estaban destrozadas de tanto gritar. Ambos brazos habían sido mutilados por aquella bestia sin piedad.
Lo voy a matar.
Lo tengo que matar.
Tengo que salvarla.
¡Mi cuerpo debe obedecerme!
Logré ponerme de pie y miré a la bestia con ira. Blandí el espadón de piedra.
Un calor horrendo recorrió mi cuerpo. Mi arma se había encendido en llamas. El fuego brotaba de las grietas de la piedra.
—Muy lento, niño.
La bestia estampó la cabeza de mi hermana contra el suelo.
Ya estaba muerta.
¿Qué estaba pasando?
No fui capaz de salvarla. No fui capaz de protegerla. Solo quería matarlo. El calor de las llamas que envolvían mi cuerpo no era nada comparado con el vacío que se había adueñado de mi corazón.
Sentí una explosión proveniente del espadón.
Mi cuerpo salió disparado directamente hacia él.
Aquella nueva velocidad, ganada por las explosiones que podía realizar con el espadón, fue suficiente para que, por primera vez, la bestia azul me respondiera en serio. La obligué a cubrirse con sus espadas. Las llamas alcanzaron su rostro, pero ni siquiera se inmutó.
Apenas toqué el suelo, mis rodillas cedieron por el peso y el daño. La bestia se preparaba para darme el ataque final, pero justo cuando lanzó su tajo, el rayo rojo apareció una vez más para protegerme.
A la vez, sentí cómo mi cuerpo se regeneraba con rapidez gracias a la magia curativa de las elfas.
Era hora de terminar lo que aquella bestia había comenzado.
Gracias a la velocidad de las explosiones, podía combatir. Pero solo el movimiento de la espada bastaba para quebrarme los huesos. Sin embargo, ese dolor no se comparaba con lo que sentía en mi pecho. No se comparaba con el sentimiento que había nacido cuando vi a mi querida hermana menor sufrir. No se comparaba en absoluto con haberla perdido.
La pelea se convirtió en una batalla de desgaste.
En cuanto las elfas dejaran de curarme, seguramente caería a causa de mis propias llamas. Pero habíamos logrado algo: hacer que la bestia luchara.
Poco a poco, mi vista se acostumbró a su velocidad y a la del rayo rojo. Entender los movimientos me hizo darme cuenta de la cruda realidad.
La bestia le estaba ganando a Iris en técnica.
No en velocidad.
No en fuerza bruta.
En técnica.
Aquella bestia sabía luchar. Las cicatrices alrededor de su cuerpo eran prueba de ello.
Por eso, aunque ahora yo era capaz de ponerla en aprietos, la bestia seguía el combate sin mayores problemas. Ahí entendí las palabras que Iris dijo en el laberinto.
Esa bestia era, probablemente, el monstruo más fuerte.
Y para confirmar mis sospechas, lanzó un ataque que obligó a Iris a abandonar su ofensiva incesante. Yo no tenía esa velocidad, así que tuve que recibir el golpe con el espadón. Solo la fuerza del choque volvió a romperme los huesos, pero tan rápido como se rompieron, fueron reparados por la espectacular magia de las elfas.
—¿Aún no lo entienden? Tienen la ventaja de tener un alma y aun así no son rivales para mí. —La bestia volvió a reír.
Yo salté hacia ella para propinarle otro tajo.
—¡¿Y qué?! ¡No tenías por qué matarla! ¡No tenías por qué torturarla! —le grité.
Caía al suelo y volvía a atacarla con todas mis fuerzas, un golpe tras otro. Las llamaradas que salían del espadón eran gigantescas. Mi cuerpo rogaba que me detuviera, pero no lo hacía. No podía detenerme.
—¿No tomaste la espada para volverte más fuerte? Para volverte más fuerte, debes sufrir.
Me golpeó con brutalidad, rompiéndome las costillas. Vomité sangre y caí de rodillas.
—Si no hubiera tomado la espada, mi hermana seguiría viva —susurré para mí mismo.
—Efectivamente. Todo esto es tu culpa, niño. Debiste aceptar tu muerte.
Volvió a reírse.
Su maldita risa iba a desquiciarme por completo.
—Emperatriz. Elfos. Señor enano. Váyanse. —Me levanté aferrándome al arma. Para este punto ya no importaba nada.
—¿De qué hablas? —preguntó Iris, desesperada.
—Esta es mi pelea. Yo merezco morir acá. Tú puedes volverte más fuerte, Iris. Por mi lado... ¡este es el final! ¡Váyanse!
El enano tomó a Iris por la mano y las elfas la golpearon con aire para obligarla a moverse. Rell se volteó antes de correr con la aturdida Iris.
—No mereces morir...
Ella me curó una vez más. Titubeó, pero terminó corriendo, aceptando mi sacrificio.
—¿Por qué los dejaría huir? —preguntó la bestia, mientras bloqueaba mi ataque.
—¿Por qué tu pelea es conmigo?
Mi cuerpo se quemaba por completo. El dolor de mis músculos, el cansancio, las quemaduras... nada se comparaba con lo que sentía mi corazón.
La espada empezó a sentirse más ligera de lo normal. Seguía siendo horriblemente pesada, pero los tajos ya no me rompían los músculos.
La ataqué sin cesar, aumentando mi velocidad con las explosiones, haciéndolo retroceder con la fuerza acumulada.
No le iba a ganar.
Esto solo era cuestión de tiempo hasta que el fuego terminara con mi vida.
Aun así, seguí lanzando tajos, completamente llevado por la ira, sin prestar atención a las súplicas de mi cuerpo.
Eso ya no importaba.
Poco a poco dejé de sentir el dolor de las quemaduras. Las llamas seguían ahí. Mi piel había quedado totalmente irreconocible. Aun con esas heridas y con mi cuerpo temblando, seguí dando tajos, golpeando una y otra vez.
Pelearía hasta que mi corazón dejara de latir.
—Si no te mato, te convertirás en un gran guerrero —dijo la bestia, limitándose a bloquear los ataques—. El dolor te hace fuerte, muchacho.
Sus palabras llegaban a mis oídos, pero no era capaz de procesarlas.
—Si hubieses tenido un arma de verdad, incluso puede que me hubieras ganado. Cuando seas más fuerte, búscame.
Algo me jaló con fuerza. Mis brazos cedieron, pero seguí sujetando el espadón, aferrándome a él.
Todavía tenía que vencerlo.
Tenía que regresar.
Tenía que matarlo.
Oscuridad.
Aun en ella, sostenía el arma.
Volví a sentir la sensación de alivio típica de la magia curativa. Sin embargo, el dolor me golpeó con fuerza otra vez.
Abrí los ojos de par en par y obligué a mi cuerpo a levantarse nuevamente.
¿Dónde estaba?
—¡Deja de moverte! ¿Sabes cuántos hechizos de sanación hemos realizado hoy? Es difícil, ¿sabes? —se quejó la elfa de pelo rosa.
Ella y su hermana se veían muy golpeadas. Sangraban por la nariz, una señal clara de que habían alcanzado el límite de maná.
El dolor poco a poco me abandonó. Aún tenía el espadón en la mano. Se sentía más ligero, pero seguía siendo pesado.
Iris estaba a un lado de mí. Ella estaba totalmente exhausta. Sus ropas estaban casi destruidas por completo, dejando claro cuántos ataques había recibido de la bestia.
Solté la espada.
Caí de rodillas.
Mis heridas no dolían. Habían sido curadas por completo por las elfas. Lo que dolía no era algo que se pudiera sanar. Al no ser capaz de descargar mis sentimientos a través del espadón, todo se desbordó.
Las lágrimas ardían más que nunca.
Arranqué el césped de la tierra y me golpeé las piernas, pero el dolor no se iba.
La había perdido para siempre.
Y había sido mi culpa.
Mi hermana murió por mi culpa.
Debí ser yo.
Antes de darme cuenta, estaba gritando.
Miraba a mi alrededor como si buscara una solución para mi dolor. Las hermanas estaban sentadas, una apoyada sobre la otra alrededor de la fogata. Thorfin parecía hacer guardia.
Pero Iris tenía los ojos llenos de lágrimas y me miraba con rabia.
¿Por qué me miraba con rabia?
—¡¿Por qué me intentaste salvar?! ¡¿Por qué no me dejaste morir?!
Ella terminó de quebrarse.
Gritó histérica mientras lágrimas brotaban de sus ojos carmesí.
—¡¿Sabes cuánto he entrenado?! ¡No tienes ni puta idea de cuánto he entrenado! ¡Todos los días! ¡Rompiendo mi cuerpo para volverme más fuerte! ¡Para que otra persona no se vuelva a sacrificar por mí!
Me propinó un golpe en el mentón y me tiró al suelo. Se subió encima de mí y me golpeó repetidas veces.
—¡Era yo quien debía morir! ¡Si yo hubiese sido más fuerte! Pero... me confié. Pensé que ya era fuerte. Dejé de entrenar y la arrogancia me consumió.
Dejó de golpearme y lloró con más fuerza. Finalmente soltó un último golpe en mi pecho, donde mi armadura ya había desaparecido por culpa del fuego.
—No fui lo suficientemente fuerte para vencer al jefe. Por eso tomaste el espadón... Lo lamento.
—No, Iris. Eso no era un jefe de laberinto. Él solo se delató.
Todos arquearon una ceja, incluso en ese estado.
—Dijo: “Tienen un alma de ventaja”. Los monstruos tienen alma y los jefes también. Sea lo que sea esa cosa, no es el jefe del laberinto.
Suspiré antes de seguir.
—Nos enfrentamos a algo mucho más siniestro que un jefe.
—Iris, estás siendo egoísta —la regañó Annabeth.
—¿Por qué no me dejaste morir? —pregunté. No sabía si esa respuesta iba a ayudarme en algo, pero aun así hice la pregunta.
—Yo... yo me volví fuerte para que nadie más se sacrificara por mí. Me volví fuerte para no volver a perder, para no perder a nadie más —contestó la pelirroja, casi en un susurro.
—Pero yo no soy nadie para ti —respondí secamente.
—Eso no importa. Llámame estúpida si quieres.
Mis ojos nuevamente se llenaron de lágrimas.
—¿Cómo se supone que soporte este dolor?
—I... yo...
Ella se levantó y me dio la mano para que me incorporara. Luego recostó su espalda en un árbol.
—¿Qué conoces de mí? —preguntó la pelirroja mientras se secaba las lágrimas.
Estaba lleno de ira y dolor, pero intenté calmarme, esperanzado por su respuesta.
—Solo que eres una de las espadachines más fuertes. La Emperatriz de la Espada, Iris la Sanguinaria.
—Sí. Yo vengo de una familia noble. Desde siempre fui entrenada en el manejo de la espada. Mi maestro fue un aventurero. En mi décimo cumpleaños fui secuestrada.
Su voz se volvió más baja.
—Pensé que era fuerte. Que mi habilidad con la espada era buena. Pero solo era una niña ilusionada. Me golpearon y humillaron cuando intenté defenderme con la espada. Quien vino a rescatarme, antes de que algo terrible pasara, fue él. Luchó contra todos y cada uno de mis secuestradores. Al final ganó. Pero acabó demasiado herido y no había nadie cerca para curarlo.
Hizo una pausa.
—Tal vez, si yo hubiera prestado atención a las clases de magia en vez de a la espada... pero no lo hice, y él murió. Puede que fueran simplemente los amores de una niña pequeña, pero el caso es que me enamoré de él. La persona a la que amaba murió por mi culpa.
Esas últimas palabras hicieron eco en mi cabeza, golpeando con fuerza mis sentimientos.
Ella siguió hablando:
—Por eso abandoné mi hogar y mi vida como noble. Por eso me volví fuerte. Tan fuerte como para hacer a mi maestro orgulloso. Tan fuerte como para no permitir que otra persona muriera por mi culpa. Ser capaz de salvar a la gente como él lo hubiera hecho.
Una última lágrima recorrió su mejilla.
—El mundo perdió ese día a un aventurero amable, alguien que protegía a quien lo necesitaba. Yo debía reemplazarlo.
Me miró directamente.
—Tu hermana era importante para ti, ¿verdad? No la conocí, pero ella no hubiese querido tu muerte.
—¿Qué hay del dolor? —pregunté con la voz ronca.
—Con el tiempo se vuelve un recuerdo. Algo doloroso, sí. Pero cuando no te detienes, le das sentido a la muerte de las personas que perdimos. De otra manera, sería como si no nos importara. El dolor de nuestra frustración, de haberlos perdido... ese es nuestro castigo por estar con vida. Cargar con ese dolor.
Mi cabeza dolía.
Ella tenía razón.
Aun si ella era culpable de mi determinación de salir todos los días a los laberintos, yo tenía un sueño que cumplir. Y la bestia que asesinó a mi hermana seguía suelta.
Alcanzaré un poder que enorgullezca el recuerdo de mi hermana.
Pero aun con esa respuesta, tenía mucho que soltar. Porque mi hermana no regresaría. Por mi culpa, ella había muerto. Debí ser yo.
Entonces sentí la calidez de un abrazo.
Me alejé de eso por un momento. Iris me había abrazado.
No entiendo cómo algo tan simple como eso me ayudó.
Pero me hizo sentir acompañado.
Y estuvo ahí tanto tiempo como fue necesario.