Capítulo 1
Si te digo que me siento mal, te mentiría. Mi cuerpo se sentía de maravilla. La lluvia aún caía con fuerza y, si bien mi compañera ahora era incapaz de mojarse, para mí esa es otra historia. Aunque mi gabardina me cubría bastante decentemente, debido al diluvio que estaba cayendo aquella noche, estaba totalmente empapado.
Sin embargo, no sentía un frío doloroso. Era incluso relajante. Tal vez eso demostraba que mi cuerpo había dejado de ser humano.
Mientras caminaba hacia mi destino, mi compañera Elizabeth volaba a mi alrededor. Hace poco, unas amalgamas de un líquido raro la intentaron atacar, por lo que ahora no se despegaba de mí. Hasta hacía poco ella había estado viva; ahora se quedaba para acompañarme. Yo dejé de ser humano para que ella pudiera ir al más allá. Para vengarla, me convertí en esto.
Hay una mentira en eso.
Yo de verdad quiero venganza.
Si Dios existe, ¿por qué no se preocupa por la humanidad? Si supuestamente estábamos bajo su cuidado, ¿por qué un demonio mata a Elizabeth hace unas horas?
Con ese pensamiento en mente, hice mi declaración. Hice mi promesa.
Destruiré el cielo y el infierno.
Sin un rumbo confiable, tomé la decisión de ir a una iglesia fuera de la ciudad. Había una charla que tenía que tener, una última decisión que tomar.
¿Los humanos también son mis enemigos?
Ni siquiera sé si yo lo sigo siendo.
—¿Qué crees que soy? —le pregunté a Eliz.
Ahora era un fantasma transparente, pero jamás voy a poder olvidar el color azul de sus ojos o su pelo blanco.
—Si tú no sabes quién eres, ¿qué te hace pensar que yo sí? —Ella se rio un poco.
Ambos, sumidos en nuestros pensamientos, nos quedamos en silencio durante todo el camino, hasta que finalmente llegamos a nuestro destino: una iglesia a las afueras de la ciudad.
Cuando me acerqué a las grandes puertas de madera, empujé con la intención de abrirlas, pero estaban bloqueadas del otro lado. Solo tuve que empujar de verdad. El tabique que mantenía la puerta cerrada estalló bajo mi fuerza.
Como era de esperar, estaba totalmente vacía. Sin embargo, esta iglesia contaba con un cuarto para su sacerdote. Lo sabía porque yo me casé ahí. Me senté en una de las sillerías del coro, esperando al sacerdote.
Cuando finalmente se abrió la puerta que daba entrada a la capilla, el sacerdote salió apresurado, aún en pijama.
—Hijo, ¿tú has hecho esto? —preguntó cuando me reconoció. Poco a poco se acercó a mí.
—No se preocupe, padre. De todas maneras, esta iglesia no durará mucho más —le respondí.
El padre se sentó al otro lado de la sillería.
—¿Tú la vas a destruir? —preguntó serenamente.
Yo le respondí asintiendo profundamente.
—Escuché lo que le pasó a tu esposa... Era una buena mujer. ¿Pero qué hay de ti? Si solo viniste a destruir este lugar, no tiene sentido que estés dispuesto a hablar conmigo.
—Lo que me pasó lo considero simple mala suerte. Pero si Dios existe, me molesta cómo no hace nada por nosotros.
—Dios Padre Todopoderoso nos dio el regalo del libre albedrío por amor.
El padre nunca abandonó su tono amable.
—Sin embargo, existen demonios y Dios sigue sin ayudar a la humanidad.
Le regalé una sonrisa al padre.
—Nunca fuiste una persona que creyera en ese tipo de cosas, Alucard —dijo el sacerdote, mirándome consternado.
Desenfundé mi revólver y descargué las balas de sangre del arma. Hacía un rato había descubierto que podía hacer que mi sangre tomara la forma que me diera la gana. Puede sonar doloroso, pero simplemente rompo mi piel con la uña y saco balas hechas con mi propia sangre. Pensándolo de esa manera, eso ya es suficiente para darse cuenta de que yo no soy humano.
—¿Qué estás haciendo, Alucard? —El pobre hombre se alteró y, por primera vez en toda la noche, se le notó impaciente.
Aun sin responderle, saqué de mi bolsillo la última bala real que me quedaba. Recargué mi revólver con ella y miré a los ojos al sacerdote.
—Yo sé que es doloroso, pero el suicidio nunca es una buena opción, no está bien visto a los ojos de...
El sonido de la bala lo interrumpió.
Me había pegado un tiro desde la barbilla.
No sentí dolor. La bala simplemente no perforó mi piel.
Esbocé una sonrisa amarga mientras veía la cara del sacerdote.
—No lo creía, padre. No lo hacía —dije en voz baja.
—¿Eres un demonio? —Su voz comenzó a temblar.
—No estoy seguro, pero no lo creo. Tampoco soy humano —le respondí.
Una gota de sudor recorrió toda su cara hasta caer al suelo.
—Te has alejado del camino de Dios —musitó el hombre.
—Sí, eso también me lo dijeron —me reí un poco.
—¿A qué has venido? —preguntó el sacerdote, intentando recuperar la compostura.
—A tomar una decisión —respondí con honestidad.
El sacerdote tardó un poco en formular la siguiente pregunta.
—¿Vienes a matarme?
—Aún no estoy seguro —le sonreí macabramente—. Después de todo, le declaré la guerra al cielo y al infierno. La Iglesia es mi enemiga también.
Por un momento, la valentía pareció regresar al cuerpo del aterrado sacerdote.
—¿Viniste para saber si la Iglesia era tu enemiga y si debías matarlos a todos?
No pude evitar sonreír al verme descubierto.
—Eres más inteligente de lo que pareces, padre. Me has descubierto. ¿Puedo preguntarte algo? Si yo peleo contra el cielo y mato a Dios, ¿la Iglesia intentará matarme?
—El enemigo de Dios es el enemigo de la Iglesia.
Al decir esas palabras, el sacerdote se puso pálido.
—Gracias por la respuesta, padre... ¿Pero sabe lo que significa? Oficialmente, tomé mi decisión. La Iglesia es mi enemiga también. Engañan a la humanidad para beneficio del cielo.
—¿Matarás a todos los creyentes de Dios? —Otra vez empezó a temblar de miedo.
—Al menos a los que se atraviesen en mi camino... pero las iglesias también caerán.
El pobre sacerdote empezó a quebrarse. Con lágrimas en los ojos preguntó:
—Alucard, ¿me vas a matar?
No pude evitar sonreír ante tal pregunta.
—No. A usted le perdonaré la vida. Pero quemaré esta iglesia. Si quiere quemarse con ella, es su problema.
Me levanté y tomé mi encendedor con la mano libre. Apunté con mi revólver, con una bala sangrienta en la recámara. Al disparar, el encendedor produjo una pequeña combustión, suficiente para empezar a quemar las sillas de la iglesia.
—Alucard, antes de que te vayas... ¿por qué dejarme vivo? Es lo único que no entiendo. Si te convertiste en un monstruo capaz de matar, ¿por qué yo soy distinto?
La llama joven iluminó su viejo rostro.
—Porque es un bonito recuerdo para mí. No voy a negarlo: me convertí en un monstruo, en alguien no solo capaz de matar. Tengo deseos de verdad de matar. Aun haciéndolo, el vacío de haber perdido a mi hijo y a mi esposa jamás será llenado. Pero Dios no hizo nada, así como tampoco hizo nada cuando los demonios me atacaron a mí y a mi compañera. Solo puedo guardarle rencor absoluto a un ser así. Los demonios no son mejores, pues fueron ellos los que lanzaron el ataque en primer lugar.
Terminé de hablar y me acerqué a la puerta de la iglesia. El fuego ya se había extendido a las paredes.
—Alucard... no sé lo que te pasó ni por lo que pasaste. Incluso ahora me cuesta verte como un mal hombre. Adiós, Alucard.
El viejo sacerdote se despidió con la mirada.
Mi estómago rugió con fuerza mientras se despedía.
Yo ni siquiera me volteé.
Me fui caminando de regreso a mi casa.
Tenía hambre.
Eliz no era capaz, o no quería, decir nada.
Mi casa era una casa común de los suburbios.
—Oye, Eliz. ¿Tienes hambre? —le hice la pregunta con inocencia, pero ella me miró con mala cara.
—¡Estoy muerta, genio! —respondió.
Me acerqué a mi nevera y saqué unas hamburguesas congeladas del refrigerador junto a unas cervezas. Eliz, al ver mi cena, se quejó:
—Incluso si estuviera viva, dudo que quisiera comer eso.
Tiré las hamburguesas al microondas.
—¿Qué tienen de malo?
—¿Es en serio? El pan va a salir todo húmedo y la carne va a tener mal sabor.
—Eres muy quisquillosa. Una hamburguesa es una hamburguesa. Pero entonces dime una cosa: ¿no sientes hambre o frío?
—No tengo hambre, pero eso no quita que tenga ganas. Siento que he perdido mucho la sensación del tacto y, en general, hace frío. Tal vez porque ya no tengo cuerpo que produzca calor... Sin embargo, siento el calor que emana de tu cuerpo.
Ella me sonrió mientras yo sacaba mi hamburguesa babosa del microondas.
Apenas probé la maldita hamburguesa, un sabor ácido y asqueroso bombardeó mi sentido del gusto. Nada que ver con el sabor de una hamburguesa normal. Me vi obligado a escupirla y a vomitar los restos que habían logrado invadir mi garganta.
—¿Ves? Te dije que era mierda —ella se burló de mí.
Pero eso no era el sabor de una comida en mal estado. Rápidamente abrí la nevera en busca de algo comestible. Intenté beber leche. También sabía horrible. Intenté comer una zanahoria. Imposible. En mi boca parecía arena y tenía un sabor insoportable.
Eliz, por otro lado, se burló de cada intento de alimentarme.
—¿Es que no tienes nada en buen estado? —se rio.
—No es eso, Eliz. No puedo comer comida.
Asustado, la miré y vi mi cerveza aún sin abrir. Con miedo, abrí la botella y la bebí. Por suerte, esa fue la mejor cerveza que había bebido en mi vida.
Aliviado, suspiré.
—Al menos puedo beber alcohol.
Justo en ese momento, mi estómago se quejó y mi cuerpo dolió un poco.
—Sin embargo, tienes hambre, ¿no es así? —preguntó mientras mantenía la sonrisa.
—Al menos aún puedo disfrutar del alcohol —suspiré un rato.
—¿Eso es todo lo que te preocupa? No creo que, ni siendo lo que seas, puedas vivir sin alcohol.
Ella me regañó con una cara que se me hizo linda.
Miré al techo y recordé cuándo empecé a sentir hambre. Luego la miré a ella.
—Es solo una teoría... pero creo que es carne humana.
—Espero que sea un chiste —me miró furtivamente, intentando buscar un ápice de humor en mi rostro.
—Tengo una idea.
Respiré hondo mientras miraba por última vez mi casa. Encendí mi cocina de gas y me dispuse a salir.
—¿Por qué destruyes tu hogar? ¿Qué piensas hacer? —preguntó Eliz.
—Le declaré la guerra al cielo y al infierno. No tengo ni puedo descansar. Todo lo contrario, tengo que planear mi primer ataque. ¿Tiene sentido que mi primer objetivo sea el Vaticano?
Yo estaba sonriente, pero Eliz puso una cara extraña de descifrar.
—No importa lo que te diga, no te vas a detener. Pero creo que es una locura.
Antes de salir de mi casa, encendí una vela.
—Sí, me debo alimentar de carne humana. No quiero hacer daño a gente que no se lo merezca. De otra manera, yo no sería muy diferente a los demonios.
—¿Dónde piensas buscar carne humana? No es que la vendan en cada esquina con descuento para madres solteras.
—Oh, pequeña Eliz, se te olvida que somos policías. O al menos lo éramos. De todas maneras, no hemos presentado carta de denuncia. El punto es que sabemos a dónde tenemos que ir para encontrar problemas.
Ella se rio por lo bajo.
Terminé entrando en un bar de mala muerte, famoso por el mal barrio en el que se ubicaba. Incluso a esas horas de la noche aún había gente. Me senté en la barra y el barman se acercó rápidamente. Era un señor ya rondando la tercera edad. A diferencia del estado del bar, él estaba muy bien arreglado y daba un aura señorial.
—Buenas noches, caballero. ¿Qué puedo servirle? —preguntó el barman.
—¿Tiene ron Santa Teresa? —pregunté.
El hombre asintió y respondió:
—Se paga por adelantado.
Le di mi billetera completa al hombre. Tendría algo de dinero dentro, más que suficiente para beber toda la noche.
—Quédese con ella. Ya no la necesitaré más —le comenté mientras él la tomaba.
—¿Está usted bien, caballero? —me preguntó mientras me servía mi primer vaso de ron.
Me miré un poco. Mis ropas estaban sucias y mojadas. No necesitaba verme en un espejo para notar que, obviamente, no me veía bien.
—Creo que no he estado mejor —respondí mientras daba mi primer sorbo a la hermosa bebida color marrón.
—¿Por qué le das tu billetera, idiota? —me regañó Eliz.
Solo yo era capaz de verla, así que todo el mundo me vería como un esquizofrénico si le respondía.
Sí, como si eso me importara. Planeo llevarme botín de cada “descanso” que tomemos.
—¿Vas a robar cada iglesia que te cruces por enfrente? —Eliz me fulminó con la mirada.
Yo le sonreí y asentí.
—Va a ser divertido —me dije para mí mismo.
En eso, al bar entró una joven de alrededor de dieciocho años. Apenas puso un pie dentro, un grupo de hombres que jugaban billar la invitó a jugar y le ofrecieron una bebida.
Lo que me extrañó fue que el barman se movió para evitarlo, pero yo lo detuve con la mano.
—Déjeme mancharme las manos a mí, caballero —le sonreí—. Pero primero dejemos que experimente las consecuencias de sus acciones. Sígame sirviendo ron hasta el momento en el que me levante.
—Confío en usted. Yo no soporto este tipo de comportamiento —respondió el bartender mientras me servía otro trago de mi amiga Santa Teresa.
Poco a poco, como era evidente, la situación fue escalando.
—¿Qué se espera de esa idiota? —se quejó Eliz—. Este no es un lugar donde vayas a encontrar hombres con modales y que respeten. Yo tendría miedo incluso de las mujeres de este lugar.
Exactamente. Por eso estaba ahí.
Este tipo de eventos era normal. Una adolescente estúpida escapaba de su hogar y acababa en un mal lugar. También suele pasar que los hombres terminen sin un riñón.
Los hombres rodearon a la chica y la guiaron hacia afuera del bar. Apenas se cerró la puerta, me levanté de la silla y di un último trago largo a mi ron.
—¡Que tengas feliz cacería! —se despidió el barman.
—¡Qué palabras tan bonitas! —respondí mientras desenvainaba mi revólver.
Mientras salía del bar, recargué las balas sangrientas. La herida se cerró rápidamente.
Seguí al grupo hasta un callejón sin salida, escondido de la calle principal. Un lugar relativamente correcto para hacer fechorías.
—¿Qué están haciendo? ¡Déjenme ir, por favor!
La chica ya se había dado cuenta de que la había cagado. Para ese punto, lloraba y rogaba para que la dejaran ir.
—¿De qué estás hablando? Te ayudaremos a que te diviertas más —dijo uno de los hombres.
Acto seguido, empezó a manosear el cuerpo de la joven con la delicadeza digna de un cerdo.
La chica empezó a rogar y a pedir ayuda.
—¡Por favor, ayuda! ¡Alguien, ayúdeme! ¡No! ¡Suéltenme!
Justo en ese momento me dejé ver.
—¿Qué quieres, viejo? Si quieres un turno, te la podemos dejar después de terminar.
Empecé a caminar hacia el hombre que me había hecho la macabra oferta.
—¿Oh, sí? ¿No te han dicho que eres muy amable?
—Ya sabes, viejo, hoy por ti, mañana por mí —se rio el hombre.
Otro de ellos habló.
—Sí, no hay problema. Solo espera a que terminemos.
Se rio mostrando sus dientes amarillentos.
Yo les regalé una sonrisa de oreja a oreja.
—Pero lamento decirles, caballeros, que hoy no me apetece comerme semejante manjar. Hoy tengo hambre de algo más...
No pude seguir con el monólogo. Incluso siendo yo, no es que estos cerdos se vieran tan apetitosos.
—¿¡Oye, de qué...!?
No lo dejé terminar.
Le disparé en la cabeza.
A los demás les resultó igual de sencillo atravesarlos por el pecho con mi mano libre. Mi última presa fue el hombre que aún sostenía a la chica.
Ambos estaban completamente horrorizados.
Los separé y le doblé el cuello.
Mientras lo veía, un instinto muy profundo en mí tomó el control.
Terminé mordiéndolo.
Sentí cómo mis colmillos aumentaban de tamaño y atravesaban su arteria carótida. Me alimenté de su sangre y me llené con su carne.
—¡Eres un monstruo! —gritó la chica mientras salía corriendo del callejón.
No le presté mucha atención. Tenía un hambre que saciar. Eliz tampoco dijo nada.
Probablemente debí sentir asco o repulsión, pero el hambre que sentía no me lo permitía. Tampoco era que estos sujetos merecieran lástima.
Una vez que me sentí saciado, me noté mucho más fuerte que antes. Salté directamente hacia la cima del edificio de enfrente. El salto fue de aproximadamente doce metros.
—¿Cómo sabías que te alimentas de carne humana? —preguntó Eliz con cara de asco.
—Instinto.
Con eso estaba listo para partir en mi cruzada.
—¿Tan aterrador fui? —le pregunté a Eliz.
—Puede que sí, pero creo que esa fue una malagradecida.
Mi compañera se rio.
Al final del día, ella estaba dispuesta a acompañarme en mi cruzada.