Carmesí Neón

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Summary

En las sombrías y lluviosas calles de Icaro, una ciudad futurista envuelta en neón y corrupción, Recoil, un joven exmilitar con ojos de un extraño color ámbar, busca refugio tras desertar del ejército. La ciudad, un laberinto de tecnología avanzada y decadencia moral, es dominada por Crimson Dot, una temida organización criminal. Recoil, forzado a trabajar para Crimson Dot tras frustrar uno de sus planes, se encuentra enredado en un mundo de crimen y traición. Entre sus nuevos compañeros se encuentra Jesse, una feroz mercenaria con un pasado doloroso y una reputación imponente en la ciudad. A medida que Recoil se adapta a su nueva vida en Icaro, enfrenta constantes desafíos que ponen a prueba su fortaleza y moralidad. Entre misiones peligrosas y enemigos implacables, se verá forzado a cuestionar sus propias decisiones y la lealtad de aquellos a su alrededor. En un mundo donde las megacorporaciones y las organizaciones criminales se entrelazan, cada decisión puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Los sueños de neón de Icaro esconden pesadillas carmesí que Recoil deberá enfrentar si quiere sobrevivir.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Una fría bienvenida

Una figura desconocida deambulaba por las calles congestionadas de la ciudad de Icaro, envuelta en una densa cortina de lluvia que caía sin piedad sobre los transeúntes. A pesar de que la medianoche ya había pasado hacía tiempo, las luces de neón continuaban brillando y los hologramas llamativos destellaban con intensidad, reflejándose en las calles mojadas y creando un ambiente irreal y cautivador. Envuelto en una gabardina con capucha, el misterioso individuo ocultaba sus rasgos faciales a los que se cruzaban en su camino.

Las calles, lavadas por la lluvia constante, parecían cobrar vida fugazmente con los destellos de los letreros luminosos, convirtiendo el entorno en un espectáculo hipnótico. El juego de luces y sombras creado por la lluvia y los neones generaba una vaga sensación de oscuridad y, al mismo tiempo, una extraña familiaridad, como si cada destello revelara el significado de las luces parpadeantes mientras intentaba ocultar el frío de las sombras.

Mientras tanto, los transeúntes que recorrían las aceras mostraban una mezcla de emociones, algunas expresando una alegría efímera mientras otras reflejaban desesperación y melancolía. La ciudad misma parecía estar atrapada en una eterna dualidad entre la felicidad y la tristeza; rostros y extremidades con metal cromado se movían en armonía o en desdicha.

Después de avanzar sin rumbo fijo, el extraño errante se detuvo frente a un restaurante con poca actividad. El letrero brillante de “abierto” iluminaba su rostro, revelando unos ojos de un extraño color ámbar que parecían absorber la esencia misma de la ciudad. En medio del bullicio y la agitación de la noche, el protagonista permaneció allí de pie, como si estuviera aguardando algo o a alguien en las sombrías profundidades de la noche lluviosa de Icaro, una ciudad donde la decadencia se fusionaba con la tecnología de vanguardia para crear un paisaje tan cautivador como desolador.

Después de unos momentos, el extraño finalmente decidió entrar al restaurante donde fue recibido por la dueña. Una mujer que no superaba los 50 años, cuya sonrisa destacaba en contraste con la estética de la ciudad; parecía genuinamente contenta de estar en ese lugar.

—Buenas noches, bienvenido —saludó la dueña con peculiar animosidad, irradiando vitalidad incluso en esas altas horas de la noche.

—Para noches como estas, la sopa de fideos cae como anillo al dedo, pero también tengo estofado de cerdo sintético, enchiladas >>aunque es una receta de una amiga de NeoMex<<, ensalada, dumplings, los cuales recomiendo porque... - la señora se interrumpió al notar el peculiar color de ojos del extraño—. Lo siento, pero, ¿eso es normal?

Era evidente que se refería al color de sus ojos, pero el desconocido prefirió ignorarlo y ordenó su comida.

—Dos órdenes de dumplings y una BlueCola, por favor —dijo el desconocido con una voz neutra y gruesa.

Tomando asiento cerca de la ventana, el errante observaba el paisaje urbano a través de ella mientras esperaba su comida. Se podía notar que algo le preocupaba, algo que lo tenía ensimismado. Sin embargo, un sonido distante se entrelazaba con el de la lluvia. ¿Fuegos artificiales? ¿Detonaciones? No, eran disparos, tanto lejanos como cercanos.

A pesar de las extensiones de peligro, ni el errante ni las dos empleadas parecían alarmarse. Icaro prometía mucho y esa parecía ser la razón de la tranquilidad de las empleadas, aunque la del extraño era diferente.

—Aquí tiene. Dos órdenes de dumplings y una BlueCola. – anunció la empleada más joven con menos entusiasmo mientras colocaba la comida en la mesa—. Y una disculpa, mi madre puede ser un poco invasiva y confianzuda, pero nunca tiene malas intenciones.

El errante notó el parecido entre madre e hija antes de saber sus lazos sanguíneos y asintió con la cabeza. Agradeció por la comida y se dispuso a comer cuando la joven regresó a la cocina.

En cuestión de minutos, la comida había desaparecido y la dueña del lugar se sorprendió levemente, ya que era común ver a personas hambrientas o desesperadas por comer. El errante volteó hacia la dirección de la hija de la dueña, como si algo le llamara la atención, y señaló hacia allí.

—No, aún tiene que estar en el nido —la dueña miró al desconocido y luego a su hija, pensando que tenía intenciones extrañas.

—¡MAMÁ! —la hija replicó con un chillido, su rostro se tornó de un tono rojizo mientras se cubría de vergüenza.

—Me refiero al letrero de la habitación en renta —dijo después de sacudir la cabeza, negando los pensamientos que la señora había asumido—. Quiero alquilarla por un tiempo... la habitación, por si no quedó claro la primera vez. El errante quería aclarar el malentendido.

—Ahh —respondió la señora—. Perdón. Sí, son 3,800 al mes con un adelanto del primer mes. Si está dispuesto a alquilarla, solo denos un día para dejar la habitación un poco presentable.

—Aquí tiene —el errante interrumpió a la señora primero pagando por su comida y sacando el dinero del adelanto mientras extendía la mano para que cualquiera de las dos lo tomara—. Pueden despejar solo el espacio para que pueda dormir esta noche si no les causa ningún inconveniente. Saldré un par de horas para darles espacio.

La joven tomó el dinero antes de que el extraño se pusiera de pie y se dirigiera hacia la puerta. Cuando ella se volvió para agradecerle, él ya había desaparecido, y la puerta principal se movió, cerrándose lentamente. Estaba claro que era un hombre que no quería tratar con asuntos, o tal vez no estaba de humor.

Una vez más, las gotas de lluvia empapaban al extraño mientras se adentraba en las calles. Parecía que, tras buscar un lugar para descansar, se estaba familiarizando con el entorno, conociendo a todos y todo lo que le rodeaba. Como si se tratara de una línea divisoria entre la fantasía y la realidad, el contraste entre los barrios bajos y las calles con oficinas, departamentos de lujo y locales de prestigio era dolorosamente evidente.

Si retrocedía sobre sus pasos unos metros atrás, civiles intentaban reparar sus prótesis biónicas, mientras niños formateaban una máquina expendedora con una terminal casera. Sin embargo, del otro lado, las calles parecían pavimentadas con un material cromado, los anuncios holográficos permanecían intactos y las inteligencias artificiales que actuaban como conductores emitían corteses palabras hacia sus pasajeros. Si bien había ciudades con similitudes, esta tenía algo distintivo.

El enfoque del desconocido se rompió cuando una camioneta negra casi lo atropella. Al observarla, notó dos cosas: venía de la dirección de donde él había llegado, los barrios bajos, y se estacionó a unos metros de él, frente a un elegante bar.

Dos hombres y una mujer de cabello corto y rasgos asiáticos descendieron de la camioneta, todos vestidos con trajes y corbatas, dirigiéndose al interior del bar con paso lento pero amenazante. La presencia de estas personas llamó la atención del extraño, como si una alerta o una sensación de peligro se hubiera disparado. El extraño los siguió hasta la entrada del bar y en la puerta se proyectó un holograma de un asistente virtual.

—Buenas noches, apreciado ciudadano de Icaro. – Una voz electrónica, monótona, surgió de la inteligencia artificial-. Bienvenido al remanso de paz y entretenimiento simultáneos, Pax Bottle. Permítame su nombre para verificar si tiene alguna reserva.

El camino del desconocido se vio momentáneamente interrumpido. Era evidente que no sería capaz de entrar, pero no se quedaría de brazos cruzados.

—He hecho una reserva para hablar con el gerente en unos diez minutos. – El extraño apeló a la lógica del recepcionista, sin proporcionar más detalles de los necesarios para obtener los datos de un cliente.

—Señorita Mallet, no la reconocí. – La IA saludó. No cuestionó el tono de voz debido a las múltiples intervenciones quirúrgicas a las que se sometían los habitantes de la zona pudiente de Icaro; desde cirugías plásticas totales hasta cambios de tono de voz.

—Para confirmar su identidad por segunda vez, por favor, presione la palma de su mano en la placa del escáner, por favor. Graci... – La voz electrónica se vio interrumpida por una patada directa al proyector del holograma. El sonido entró en un bucle y poco a poco se apagó. El daño provocado por el impacto hizo que la puerta se abriera, dando paso al errante.

Una vez dentro, el desconocido se despojó de su gabardina empapada por la lluvia y tomó un cardigan negro del compartimiento de abrigos y sacos de los clientes. Pasado el lobby, tuvo una buena vista del bar: un pequeño emporio de ébano y bordes dorados, con figuras de notable prestigio y posición social posando sus copas en portavasos cuyas luces cambiaban de color según el contenido y cantidad de las copas o vasos. El desconocido se aproximó a la barra y al bartender, afortunadamente humano o al menos en gran medida, para pedir algo de beber.

—Tequila, en seco por favor. – El errante solicitó una bebida, aunque recibió una mirada de prejuicio por parte del hombre que atendía la barra-. ¿Algún problema? — Levantó una ceja en señal de intriga.

—Mira a tu alrededor, muchacho. – El bartender hizo una seña con la cabeza hacia la multitud del bar-. ¿Crees que todos son forajidos o patéticos refugiados? Por si no lo has notado, estás al menos tres estratos por debajo de esta clase, así que si no vas a ordenar algo con clase mejor… — El final del discurso clasista sin sentido del empleado se vio interrumpido por un liviano fajo de dinero que cayó encima de la barra de golpe.

Tanto el empleado como el desconocido se miraron por breves segundos antes de que el dinero hiciera que su tequila se sirviera en un pequeño vaso. La actitud del bartender se vio afectada por el dinero, aunque no era costumbre que los habitantes pagaran en efectivo, pero las autoridades ya no se tomaban la molestia de rastrear la fuente del papel. La vida puede dar varias zancadas a través de las generaciones, pero mientras haya un valor de intercambio monetario, las masas se moverán al son de las monedas y los beepeos de las transacciones.

Mientras disfrutaba de su trago, el errante notó que de las escaleras que conectaban con el área VIP bajaban las tres figuras que llamaron su atención afuera del bar, acompañadas por otro hombre y una niña pequeña. Al asumir que posiblemente se trataba de una reunión de empresarios o conocidos, estaba a punto de regresar al fondo de su vaso, pero se percató de algo que no podía pasar desapercibido: uno de los hombres de traje apuntaba a quemarropa a la espalda del señor, mientras que el otro hacía lo mismo con la niña pequeña; la mujer iba a la cabeza marcando el camino.

Tomando un último trago, el desconocido se puso de pie mientras su mano sostenía firmemente el vaso. Con poca preparación y vuelo, arrojó el vaso en la dirección de las personas que amenazaban al padre y a la hija, impactando en una mesa a unos centímetros cerca de ellos.

—¡Hijo de puta! – Exclamó el hombre de traje que retenía a la niña, dando una señal a la mujer para asegurar a la infanta. - ¡Eres un imbécil o qué!? – Continuó, agitando las manos en rabia y mostrando su arma.

El errante caminó tambaleándose de un lado a otro, sonriendo despreocupadamente, aparentemente borracho. Se detuvo a unos tres pasos del furioso individuo, luchando por mantener el equilibrio.

— ¿Qué o cuál? – Preguntó, como si no pudiera articular bien sus palabras y desconociera su ubicación.

—Dije que: ¡Te expliques, maldito borra…- Antes de que pudiera continuar con su rabieta, el desconocido le arrojó su abrigo a la cara para tapar su visión y confundirlo. Tras forcejear para liberarse del abrigo, el asaltante se enfrentó a un peligro mayor: el desconocido sostuvo un encendedor cerca de su boca, disipando cualquier duda sobre su acción cuando escupió el tequila que había almacenado en su boca, alimentando la llama del encendedor y escupiendo una pequeña nube de fuego sobre el asaltante.

—¡MIERDA! – Exclamó el otro hombre que retenía al padre, soltándolo para apuntar su arma hacia el errante, mientras la gente comenzaba a moverse. No corrían, solo caminaban apresuradamente, como si las situaciones violentas o bélicas fueran parte de su día a día.

Con dos pasos, el errante cerró la distancia entre el hombre armado y él; se posicionó a su izquierda, dándole un codazo en la mandíbula y arrebatándole su arma. Antes de accionar el gatillo, la mujer lanzó una patada frontal, que apenas pudo ser bloqueada por el errante. El impacto lo empujó al menos un metro, dejando su hombro adolorido por el golpe; sin duda, la fuerza física y la habilidad de reacción de la mujer eran excepcionales.

Una mesa en medio de ellos los separaba. A pesar de estar desarmada, la mujer se mostraba confiada, como si su lenguaje corporal y expresión facial brusca indicaran que estaban igualados en términos de letalidad.

—La línea entre la valentía y la estupidez es bastante fina. – La mujer se quitó el saco después de dejar al descubierto la insensatez del errante. Aunque llevaba una blusa blanca, se notaba que su físico estaba bien entrenado. Sin embargo, al errante le resultaba desconcertante la confianza que la mujer mostraba.

—Puedo decir lo mismo. A menos que tengas un implante epidérmico, te entiendo, pero ambos sabemos que no es así. – El errante le devolvió la misma analogía, llevando el arma al nivel de su pecho sin apartar la mirada de la mujer. – Largo. La orden iba dirigida al señor y su hija.

—M-muchas gracias… - El señor, con los nervios en la garganta, agarró a la niña de la muñeca y la llevó por la salida trasera. Antes de salir de la escena, la niña agitó su mano de un lado a otro, despidiéndose del extraño.

La mujer se burló ante tal gesto con una risa apenas perceptible, mientras sostenía la mirada del extraño. Por un momento, parecía que el sonido y el bullicio alrededor de ellos habían desaparecido; dentro de sus mentes, solo existía un espacio vacío ocupado por sus cuerpos y la mesa que los separaba.

Con una velocidad fuera de lo común, la mujer destrozó la mesa con una patada devastadora de hacha y se abalanzó hacia el extraño. Éste, empuñando su arma con el estilo center axis relock, disparó tres veces seguidas en menos de un segundo, pero la destreza de la mujer le permitió mantenerse intacta; sus patadas iban dirigidas a los brazos del extraño para desarmarlo, a su vez intentaba asestarle un golpe certero en la cabeza.

Era un frenesí de reflejos y disparos hasta que el extraño dejó de disparar. Se alejó unos pasos de ella para salir del alcance de sus patadas. Su mente maquinaba algo, pero notó que los otros dos secuaces se estaban reincorporando.

—Si estoy en lo correcto, le quedan dos balas —El hombre de traje al que habían desarmado se encontraba sobándose la quijada mientras se posicionaba al lado de la mujer.

—Pero yo tengo un cargador completo. – El individuo que por poco se incendiaba se había despojado de su saco debido al fuego; no parecía haberse quemado, pero era más que suficiente para sostener su pistola con un visible enojo. Se posicionó al otro lado de la mujer.

Se formaron de tal manera que podrían cubrir los ángulos predecibles en los que el errante podía intentar huir. La confianza en sus números era notoria, pero lo que generó preocupación en el extraño fue la palma de la mano del hombre al que había desarmado: pequeños destellos eléctricos saltaban de la palma de su mano debido a un implante de placa de cobre que funcionaba como taser. Así que se enfrentaba a dos enemigos armados y una mujer con habilidades físicas que rozaban lo sobrehumano, pero su expresión estoica no desapareció.

—En realidad… -El errante suspiró. – Me quedan tres balas. Con una precisión casi impecable, disparó dos veces contra los asaltantes, pero la mujer los agarró del cuello de sus camisas para evitar que sus cerebros pintaran el bar.

Cuando todos miraron de vuelta, el errante había desaparecido de su vista. El trajeado con el arma comenzó a caminar mientras apuntaba, tratando de mirar hacia el otro lado de la barra, pero una botella impactó en su cabeza, haciéndolo retroceder. Fue entonces cuando el errante surgió del otro extremo y arrojó un soplete pequeño con el que se hacen bebidas flameadas, aunque parecía que su puntería había fallado ya que cayó a un lado de ellos.

Uno de ellos se burló de su pobre intento de supervivencia, pero en realidad fue una idea que surgió sobre la marcha. El errante se asomó mientras apuntaba su arma, disparando su última bala al pequeño tanque combustible del soplete, haciendo que detonara. Si bien no fue una explosión grande o letal, fue suficiente para provocar que los tres adversarios se dispersaran, dándole la oportunidad de aprovechar su estado aturdido.

Una vez más, el errante cerró la distancia en cuestión de segundos, primero desarmó al hombre con la pistola. Mientras se ocupaba del desarme, el tipo de la mano eléctrica intentó atraparlo, pero el extraño usó al otro tipo como escudo para que recibiera la descarga eléctrica en su lugar.

Mientras uno caía inconsciente por el choque eléctrico, el errante derribó al otro hombre con una técnica similar al osoto-gari de judo y, posteriormente, le asestó un puñetazo en la cara, haciendo que la cabeza del hombre rebotara contra el suelo, dejándolo fuera de combate.

Disponiéndose a tomar el arma cargada, el errante apenas pudo alcanzarla cuando recibió otra patada potente de parte de la mujer. Su fuerza era algo anormal para alguien sin mejoras quirúrgicas, y el errante lo sabía, ya que cada vez que recibía el impacto de sus patadas, se percató de que solo se trataba de piel, músculos y huesos regulares.

El extraño guardó el arma y adoptó una guardia baja, retando a la mujer. Al parecer, ésta se alegró por la iniciativa del errante, ya que también adoptó una postura, pero elevando su rodilla e inclinando ligeramente su espalda hacía atrás. Estaban a punto de iniciar su pelea cuando, de repente, múltiples personas armadas entraron al bar, disparando sus armas.

Ambos se resguardaron detrás de unas mesas mientras los nuevos atacantes abrían fuego. No eran policías; vestían ropas urbanas y llevaban máscaras de gas de un verde vibrante con cruces en la frente. Tanto el errante como la mujer saltaron cada quien a una dirección distinta y se cubrieron detrás de unas mesas.

—¡Malditos hazers! —gritó la mujer con furia en la voz, intentando asomarse para comprobar el estado de sus aliados, pero cada vez que lo hacía, las balas se concentraban en su área.

El errante notó la evidente preocupación de la mujer. A pesar de haberse enfrentado apenas unos segundos antes, su preocupación por sus aliados y la situación en general lo llevó a hacer las paces momentáneas al silbar en su dirección. Ella captó la señal y observó lo que él le indicaba: unas cuantas botellas intactas a su lado. Entonces, entendió.

Para atraer el fuego enemigo hacia ellos, el errante se asomaba de su cobertura, dándole tiempo a la mujer para arrojar las botellas en su dirección. Fueron lanzamientos algo elevados que pasaban por encima de los hazers, pero eran perfectos para el plan del errante. Disparó a cada una de las botellas de alcohol, haciéndolas explotar y obligando a los hazers a retroceder.

Actuando en conjunto, el errante y la mujer avanzaron hacia sus atacantes. El desconocido descargando un numeral de balas, abatiendo a varios de ellos, mientras que la mujer se deshizo de otros cuantos con una sucesión de patadas al cuello.

—¡Aquí! —La mujer vio una granada incendiaria en el suelo y la pateó hacia el errante, esperando que la atrapara.

Sin dudarlo, el errante atrapó la granada y la activó. Tras contar dos segundos, la lanzó hacia los enemigos. La explosión eliminó a los atacantes.

La mujer corrió a asistir a sus compañeros, que, aunque no habían resultado heridos por la explosión, estaban aturdidos por los golpes recibidos. Mientras intentaba ayudar a uno de ellos a levantarse, otro de los atacantes se incorporó, apuntando una escopeta hacia ellos.

La mujer bajó la guardia al pensar que los demás habían sido eliminados, pero el remanente de la banda criminal estaba de pie, con medio rostro carbonizado y una quijada de acero asomándose a través de la carne desgarrada. Se interpuso entre ellos y sus compañeros, esperando lo peor, pero la amenaza se disipó cuando tres tiros repentinos acabaron con el bandido.

El errante se acercó al cuerpo del atacante, colocando su pie sobre su pecho para evitar cualquier movimiento espontáneo u ocasionado por un implante de reanimación. Sin vacilar, disparó una vez más a la cabeza del bandido, luego revisó su cuerpo en busca de algo de valor o utilidad, encontrando dos cargadores para su pistola antes de dirigirse hacia la salida trasera.

—¡Oye! —gritó la mujer, tratando de detenerlo. Aunque sus intenciones seguían siendo hostiles, el errante se volteó hacia ella. Sus miradas se encontraron; ninguno parecía ceder en ese intercambio brusco, pero el errante miró a los compañeros de la mujer antes de volver a ella.

—Jesse... vámonos. —Uno de sus compañeros se reincorporó y le dio la señal para irse. No hacía falta tener buenos instintos para saber que tanto las autoridades como otra oleada de atacantes podrían aparecer en cualquier momento.

Cuando la mujer volvió a buscar al errante, este ya se había desvanecido de la escena. Con gran esfuerzo, tomó a sus compañeros y se fue con ellos, alejándose a toda prisa. Aunque los caminos de los protagonistas de esa breve pero frenética carnicería se bifurcó, las escasas corrientes que aún fluían en el paisaje tecnológico y decadente de su “hoy” desembocaban en el mismo mar: sumergidos en lágrimas y anticongelante, todos volvían a converger en el mismo punto. Quizás más temprano que tarde, o quizás en un lapso de cien años o diez segundos; el tiempo era percibido por ellos, pero no les pertenecía.

Una vez más, la lluvia incansable empapaba el rostro del errante mientras regresaba a la habitación que había alquilado. Las frías gotas de agua golpeaban su piel, generando una sensación gélida en su rostro. Sacudía la cabeza en desaprobación, como si lamentara sus propias acciones después de la tormenta que acababa de presenciar.

No lograba entender por qué había actuado de esa manera. ¿Fue un impulso repentino o una sensación emergente de su brújula moral? Sus pensamientos tumultuosos no le permitían llegar a una conclusión que calmará la ansiedad que había invadido su mente. En medio de sus vertiginosos pensamientos, perdió la noción del tiempo y, al centrar finalmente su mirada al frente, se encontró frente al restaurante que había visitado anteriormente.

Apresuradamente, entró. La dueña le entregó la tarjeta de acceso en cuanto lo vio, y antes de que pudiera decir algo, el errante la tomó y subió a su habitación por las escaleras de un pequeño callejón adyacente al restaurante. Tras cruzar la puerta, pudo contemplar brevemente una habitación algo deteriorada, con cajas de cartón apiladas a lo largo de una de las paredes. La luz parpadeaba durante unos momentos antes de encenderse por completo, y lo más decente en la habitación parecía ser la cama.

Dejó caer todo su peso en el colchón dispuesto a descansar; uno pensaría que después de haber pasado por una cortina de humo, balas y carne quemada nadie sería capaz de cerrar los ojos para hallar un momento de descanso, pero el errante cayó en un profundo sueño tan pronto como sus parpados cedieron. Su mente se fugó hacia el territorio inalcanzable de los sueños, pero no todos los sueños son sinónimo de una fantasía brillante o anhelos al alcance de la mano; para algunas personas es una fuente interminable de recuerdos insípidos o amargos, una ventana con vistas a los fantasmas de platino y níquel.

>>Sólo pega un grito y ahí estaré. Somos hermanos después de todo, distinta sangre, pero este lazo como el de la compañía delante nuestro forma algo más espeso<<

¿Qué son esos pensamientos que brotan desde el fondo del caleidoscopio de sueños del desconocido?

>>Si solo te enfocas en lo malo mucho antes de ponerte manos a la obra serás incapaz de ver lo bueno que te rodea ahora<<

—¿Por qué hay una sensación gentil en estas palabras?

>>La paz llega después de la guerra. ¿A caso has visto un cielo gris y pensaste que no había propósito alguno detrás de esas nubes?... nos tragamos toda esa mierda y nos embarramos de lodo por su bien; tu cuerpo es un tabique más para que su camino no se colapse sobre la marcha<<

—¿Por qué hay un nudo en mi garganta después de escuchar aquella voz ronca? ¿Por qué me siento impotente y fuera de lugar?

>>Míralo bien. Este es el resultado cuando la piedad y los intereses de las megacorporaciones internacionales chocan con sus itinerarios; en nombre de la paz perdió su torso…en nombre de un perro débil como tú<<

—Hay rabia y culpa en mi pecho, mordiendo mis huesos; devorándose mis músculos y desgarrando mi piel. – El errante se dijo así mismo con desesperación e impotencia

No hay vuelta atrás. Tu cuerpo debe de adaptarse o morirás; aunque serás un fantasma si llegas a asimilarlo, pero recuerda por quién lo haces.

Esas voces resuenan en lo más profundo de su mente y alma

El sonido de un proyectil silbando mientras rompía la barrera del sonido taladró lo profundo de sus tímpanos para después escuchar un sonido grotesco, como una enorme pulpa carnosa húmeda se azotara contra el suelo seguido de un alarido ensordecedor que terminó despertando al errante.

En otros casos, la vista de un individuo regular estaría algo desorientada y tal vez borrosa pero sus ojos brillantes enfocaron rápido como una lente de cámara; contemplando sus manos temblorosas se percató que sostenía una placa de identificación con la mitad en donde los datos estaban escritos quemada. Giró la placa para ver el otro lado, había un nombre que parecía haber sido grabado con un objeto puntiagudo: Recoil.

Se reincorporó y se dirigió a la ventana para relajar su vista, y los nervios también, pero al dirigir la vista hacia la calle notó la misma camioneta en la que las personas a las que se había enfrentado, sabía lo que sucedería a continuación. Sus pasos dejaron de oírse, como si se hubieran silenciado; se aproximó a su bolsa de viaje y sacó su arma y una chaqueta con un estampado que había sido rasgado y tapado con algún tipo de rotulador de neón con un nombre que decía “Sabuesos de la costa muerta”. La admiró por breves segundos antes de ponérsela y posicionarse en un rincón particularmente oscuro de la habitación.

Esperó con paciencia mientras la puerta se abría, preparado para reaccionar ante cualquier amenaza que pudiera surgir. Sin embargo, en lugar de un enemigo, apareció la hija de la dueña del restaurante, seguida por el hombre con el implante en la palma de la mano.

—¿Dónde está? —preguntó la joven, mirando a su alrededor en busca del errante. —Creo que su amigo se fue —añadió, visiblemente desconcertada.

El hombre con el implante mantuvo una actitud tranquila mientras ocultaba algo detrás de su espalda. Era una granada de impacto, lista para detonar con un simple choque eléctrico de su mano. El errante evaluó rápidamente las opciones para evitar un desastre, consciente de que tendría que enfrentarse a los demás que probablemente tenían a la madre retenida.

Con calma, guardó su arma y salió de las sombras.

—Pensé que te vería por la mañana —dijo al hombre de traje con una voz relajada, tratando de no generar temor en la joven.

—Hay asuntos urgentes que no pueden esperar, pero no te preocupes, los demás están abajo esperándonos —respondió el hombre, tratando de mantener la calma a pesar de la granada en su mano.

Salieron juntos, con el errante a la cabeza para evitar perderlo de vista. Al pasar junto a la ventana del local, vio al otro hombre conversando con la dueña, aunque notó que sostenía una pistola apuntando hacia ella bajo el mostrador. Consciente de la situación, el errante decidió que no quería más personas inocentes involucradas en el problema.

La mujer lo esperaba a un lado del auto, con una sonrisa en el rostro. Sin decir una palabra, le indicó que entrara. Sin más dilación, subió al auto junto con los demás, consciente de que cada segundo de retraso podría poner en peligro a la madre y a la hija.

El trayecto los llevaba adentro de la zona decadente en la que se encontraban. Era un festín visual de luces sobre edificios derruidos y con la pintura carcomida, más gente extraña y al parecer peligrosa. Un poco más de lo que había visto al entrar a la ciudad, pero aquel paraje urbano y rancio se convirtió en una especie de favela más colorida; no era idéntico al área lujosa del bar pero su diferencia con el barrio adyacente lo dejó atónito.

Un millar de luces y gente con distintas tonalidades de expresiones; un lugar en el que podrías caminar con mucha confianza al estar familiarizado con cada rincón, pero a la vez, el tipo de lugar que no subestimarías al ser un desconocido.

¿En serio existen este tipo de capas en un solo sector? Hay diferencia, pero al mismo tiempo no la hay aquí, es como verme al espejo: sé que estos ojos son míos, pero al mismo tiempo se disciernen de mi ser.

La mente del errante trató de comprender la naturaleza del sector en el que se encontraba, pero parecía algo complicado de describir en palabras, era una sensación familiar, aunque al mismo tiempo no lo era.

—Bienvenido al sector Asterios – Uno de los tipos le dio la bienvenida con un tono de ironía mientras lo miraba por el retrovisor.

Después de atravesar una parte del sector, llegaron a un edificio empresarial de gran tamaño. El errante calculó que tenía al menos unos 40 pisos y la estética del edificio parecía ser una combinación de ornamentos art déco y retrofitting. Al bajar, los trajeados escoltaron al errante adentro del edificio; una vez en el lobby, lo llevaron al elevador.

La mujer presionó el botón del último piso y el errante notó que el panel de cristal se iluminaba de un color diferente, intuyendo que solo un puñado de empleados tenía acceso a ciertos pisos. Es más que claro que en todo tipo de círculo hay jerarquías; lo interesante o curioso es el método o los logros para alcanzar cierta posición.

Al abrirse las puertas del elevador en el último piso, se reveló una vasta oficina, un emporio de ébano y luces rojas en los bordes de ciertas salientes. Al final del cuarto, yacía un escritorio de madera de cedro, lo cual era raro debido a la casi nula existencia de recursos naturales. El gran ventanal con una vista amplia a la ciudad hacía resaltar el escritorio, y en medio de estos yacía una figura que contemplaba el paisaje urbano teñido de destellos artificiales y emisiones de humo.

Un hombre de cabello platinado por los estragos de la edad, luciendo un traje a la medida, observó al errante a través del reflejo del vidrio, mientras este era escoltado hacia su dirección.

A base de pequeños empujones y órdenes, el errante finalmente fue llevado ante el hombre de traje. No había duda alguna de que se trataba del alto mando o al menos del mandamás de dicha organización. La manera en que se paraba, su respiración y su mirada fija en el paisaje denotaban tranquilidad en su persona, pero al mismo tiempo uno podía intuir que su presencia era imponente.

—Esta podría parecer una ciudad sin nada que ofrecer a primera vista; la realidad camaleónica aquí puede ser algo deslumbrante cuando es tu primera vez paseándote por estas calles, pero con el tiempo se vuelve algo del montón —expresó el señor de traje sin voltearse—. Pero aun así, esta ciudad no deja de sorprenderte y un claro ejemplo eres tú. Sin duda eres una anomalía bastante interesante.

Uno de los hombres le quitó la placa de identificación al errante y se la dio al señor de traje. Después de inspeccionarla unos breves segundos, lanzó la placa hacia la mesa que estaba a un lado de ambos.

—Entonces… ¿a qué se debe la intromisión del cabo Recoil en negocios ajenos a sus desconocidos asuntos? —El hombre mayor miró directamente a los ojos del errante, cuyo nombre había sido revelado.

Los demás integrantes se miraron entre sí; no es una extrañeza escuchar nombres exóticos, pero al parecer nadie esperaba que su atacante destacara de tal manera.

A pesar del cuestionamiento del aparente jefe, Recoil se mantuvo silencioso mientras sostenía la mirada. No parecía tener una expresión desafiante ni conflictiva en su ser, pero esos ojos ámbar, casi tan brillantes como las luces que rodeaban la ciudad, parecían escanear las profundidades del alma de aquella figura autoritaria.

—¡Responde la maldita pregunta! —exclamó el más exaltado de los hombres en el recinto, seguido de un puñetazo a la cara de Recoil que lo hizo tambalear y recargarse en el otro hombre que lo había llevado hasta allí mediante amenazas.

Recoil sujetó el saco del hombre para reincorporarse y se llevó la mano al estómago como si estuviera apaciguando un malestar.

—Parece que ya estabas algo magullado antes de venir aquí. Espero que Jesse no haya dejado secuelas a futuro —el viejo de traje dejó salir una leve sonrisa desde la comisura de su boca, que combinaba con el tono burlesco pero propio de sus palabras.

El monitor de la mesa se encendió y reprodujo un video desde una perspectiva en primera persona. Al fijar la mirada en el monitor, Recoil notó que se trataba de lo acontecido en el club.

—Por unos momentos pude presenciar tu pequeño show y debo decir que estoy tan impresionado como molesto —el viejo alzó las cejas para hacer más clara su expresión de impresión—. Dos de mis mejores agentes fueron neutralizados no una sino dos veces, y la mejor de las combatientes del país fue mantenida al margen. Eso deja muchas preguntas… por cierto, este video es cortesía de uno de ellos.

El viejo señaló al hombre que recién golpeó la cara de Recoil mientras este levantaba el dedo del medio.

—Creo saber el porqué de tu accionar, pero quiero escucharlo de ti, si no es de mucha molestia. Y que quede claro que no volveré a ser paciente con tu silencio, así que sería mejor si hablaras esta vez —el jefe del lugar emitió tales palabras con tranquilidad, pero de cierta manera hubo una carga pesada en ellas, como la calma antes de la tormenta.

Recoil exhaló sin quitarle la vista al monitor; parecía estar viendo a profundidad el video y antes de que llegara una pregunta u otro golpe, regresó la mirada al jefe.

—Si estos son tus mejores agentes, entonces me compadezco de ti y del futuro de toda tu operación —Recoil le devolvió las notas sarcásticas e irónicas que había aguantado de sus captores—. Si amenazar infantes o a sus padres enfrente de ellos es un negocio redituable para usted, entonces tanta palabrería y aparente etiqueta cortes no significan nada en general. No conozco el contexto de este lugar, pero está más que claro que no llegó hasta aquí mediante una campaña de abrazos; en realidad, solo son matones de callejón con ropa cara.

Recoil abandonó las escasas expresiones que tenía para transmitir un aura ecuánime. Estaba consciente de que no estaba en la mejor posición para ser altanero, pero aun así no tuvo que esperar para hacerles saber cuál era su posición.

—Y solo para desquitar el golpe de hace unos momentos… —Recoil quitó la mano de su estómago, revelando una granada que ya había accionado. Tan pronto como los demás vieron lo que acababa de hacer, se agruparon frente al jefe para amortiguar la explosión lo más posible.

La granada rodó a los pies de los demás, pero pasados unos segundos nada pasó. Cada uno de ellos miró con desconcierto el cuerpo de la granada inactiva para luego mirar a Recoil. Este solo sonrió de manera leve mientras se recargaba en la mesa.

—Aunque parece que no son unas basuras del todo. — Retuvo la granada pisándola antes de patearla en dirección a ellos. — Esta es la granada con la que me amenazaron en mi departamento. Me di cuenta de que era un señuelo por dos razones: la primera, no había intenciones de usarla; el galán de ahí no tenía intenciones de usarla y para ser alguien que está listo para inmolarse no parecía que estuvieras en sintonía con tus acciones. Y la segunda es que las granadas de señuelo o al menos las que no tienen ningún tipo de metralla emiten luces amarillas en vez de rojas cuando se accionan.

El sujeto que había llevado a Recoil a la fuerza revisó su saco y se dio cuenta de que éste tomó la granada cuando el otro tipo lo golpeó y cayó encima de él.

El viejo empezó a reírse. Sus carcajadas sutiles despedían las mismas vibras modosas al igual que su tono de voz regular; cuando terminó de reírse miró a Recoil mientras asentía con la cabeza, reconociendo sus acciones. Se abrió paso entre la barricada que sus lacayos formaron para caminar hasta Recoil, una vez en frente de él posicionó su mano en el hombro del joven como si un hombre mayor le mostrara afecto tradicional a su nieto.

La vibra relajada se vio interrumpida cuando el viejo cambió la palmada por un agarre al cuello con una mano, lanzando a Recoil por encima de la mesa y chocando con el vitral, agrietándolo.

—¿Matones de callejón?, ¿inocentes? En realidad sientes que te luciste ante mí ¿no es así? – El viejo se acercó a Recoil para luego levantarlo del suelo, agarrándolo por el cuello, y lo impactó contra el vitral rompiéndolo por completo.

La corriente de aire fría irrumpió en el área, la corriente se rompía en una línea al ser obstaculizada por el jefe que sostenía a Recoil, aproximándose a la orilla. Recoil miraba al suelo y notaba como el alfombrado fino se acababa y era sustituido por el pavimento y las luces a lo lejos de la altura en la que estaban.

Se aferró al brazo del viejo mientras sus pies colgaban en el vacío; poco o nada se podía hacer en esa situación que a pesar de ser el peor escenario posible, solo podía generar incomodidad en Recoil.

—Ahhg… hay algo de frío así que… podríamos continuar esto… adentro. – Las palabras de Recoil se entrecortaban debido al agarre que ejercían en su cuello pero lejos de aliviar la situación, la mantuvo igual.

—Creo que al nivel del suelo estaríamos bien ¿no? – El viejo agregó con la misma sonrisa gentil que se contrariaba con sus mezquinas acciones, No obstante, su expresión cambió por una de sorpresa cuando Recoil sostuvo su brazo con ambas manos acercándose un poco al cuerpo del viejo para así poder presionar las coyunturas de sus piernas con su talón y hacerle perder el balance.

El jefe pudo sostener el equilibrio apenas al agarrarse de una saliente astillada de vidrios. Su mano comenzó a sangrar, perdiendo su agarre poco a poco y la situación se volvió aún más compleja cuando Recoil cambió su agarre por una palanca al brazo del viejo mientras ambos colgaban de la saliente del edificio.

Era más que claro que planeaba llevarse al viejo con él; ambos irradiaban la misma determinación y coraje así que era un duelo hasta cierto punto igual, pero el resultado sería uno solo o al menos eso pensaba Recoil.

Los empleados del viejo se aproximaron a la saliente, pero un paso en falso terminaría con la vida de su jefe y, a juzgar por las expresiones de todos, no estaban cómodos con la idea.

Jesse, la mujer, se aproximó a su jefe para ayudarlo, pero este movió la cabeza de lado a lado, dándole la señal de detenerse.

—Sabes… sería una lástima que después de tanta nobleza y palabrería como… dijiste hace un momento… acabe con la vida de aquellas mujeres. – El jefe hizo una señal con la cabeza para que Recoil regresara su vista al penthouse, y debido al desconcierto que las palabras del viejo le trajeron, hizo caso.

El monitor de antes emitió otras imágenes, solo que eran grabaciones en vivo desde diferentes ángulos, a lo que Recoil interpretó como múltiples personas dirigiéndose a un mismo lugar: el restaurante donde estaban la casera y su hija.

Recoil regresó la mirada al viejo mientras este último sonreía de manera triunfal.

—Tiene la orden… si no les doy la señal… balas de alto calibre las harán… carne molida. – El viejo se esforzaba por hablar debido al agarre de Recoil. — Decías algo de amenazar niños e inocentes ¿eh?... pero esta vez será de verdad.

Todo el esfuerzo y las patadas de ahogado serían en vano desde la perspectiva de Recoil. Sabía que podía llevarse al jefe con él, pero de poco le servía al verse superado. Chasqueó la lengua en una pútrida resignación y relajó el agarre para que el viejo pudiera ser llevado adentro.

Jesse ayudó a su jefe a ponerse a salvo, tirando de su ropa. En ese momento, Recoil cerró los ojos para separar su realidad y cuerpo de todo lo demás; el aire frío acarició su rostro por última vez y dejó de aferrarse para dejarse caer.

Los pocos segundos estaban transicionando en eternidades, su mirada se fijó en los puntos coloridos y brillantes del suelo.

Supongo que no es tan malo. Si tan solo hubiera podido dar el mensaje, estaría en paz conmigo o al menos una pequeña parte de mí lo estaría.

Pero no tengo derecho a ser exigente.

La imagen de varias personas apareció en su mente, dejándole un amargo recordatorio y avivando el dolor de sus cicatrices visibles e invisibles.

Lo siento…

Su caída, al igual que el último tren de sus últimos pensamientos, se detuvieron de manera abrupta. Sus ojos enfocaron de nuevo al suelo y sintió una mano fuerte agarrando su tobillo.

Al mirar de vuelta a la ventana, se dio cuenta de que la mujer era la que sostenía todo su peso y parecía que no le costaba mucho. Recoil estaba sorprendido, no lo aparentaba, pero era fuerte, aunque se cuestionó a sí mismo al fijarse en ello después de ver a la muerte a los ojos.

—Aun no es hora, hombre colgado. – Jesse lo levantó y de poco a poco lo regresó de vuelta a la habitación de antes, siendo lo primero que vio después de creer cerrar los ojos por última vez, el rostro de aquella chica.

¿Por qué sigue vivo? ¿No era lo mismo si caía o si lo mataban? ¿Tan solo quieren hacerlo a su manera? A pesar de afrontar una situación de muerte segura, Recoil trató de analizar la razón más lógica del porqué le salvaron la vida.

Miró en la dirección del jefe esperando una respuesta, mientras a este le vendaban la mano por uno de sus empleados. Una vez que trataron la herida de su jefe, este se aproximó a su escritorio y sacó de un cajón un par de gemelos, para los pliegues de los puños de un traje, de gema roja, y un par de guantes con tres dedos descubiertos.

—Eres una persona bastante interesante y muy habilidosa. Lo he comprobado personalmente. — El jefe colocó los objetos sobre su escritorio mientras una persona entraba al cuarto con dos fundas de traje y las depositaba en el mismo lugar.

—El hombre al que “salvaste” junto a su hija era algo parecido a un inversionista. Se suponía que proporcionaríamos cierta asistencia y servicios a cambio de cierta suma e información de la empresa de robótica multimillonaria Lao Engine, pero las cosas se pusieron tensas entre nuestro inversor y tuvimos que ser algo bruscos. Ahí es donde apareciste tú. — El jefe empujó las fundas de trajes y los accesorios hacia la dirección de Recoil mientras lo miraba con una mirada aguda y penetrante.

—Un total de 10 millones de créditos es lo que me costó tu peculiar acto de bondad.

—Mierda. — Murmuró Recoil para después ser golpeado en la pierna por uno de los hombres con el zapato.

—Para preparar a un soldado, la Nación Conjunta del Continente Americano gasta alrededor de 3 millones de créditos en el adiestramiento y equipamiento de un solo batallón de 500 soldados; 5 millones y medio si añadimos equipamientos y gastos de uso diario, pero tú añadiste cuatro millones y medio a la cuota. — El jefe entrelazó los dedos de sus manos y recargó la mitad inferior de su rostro en el dorso de estas. — Así que no puedo dejar que 10 millones se vayan a la mierda por el capricho de un veterano sentimental e inmaduro. Voy a hacer uso de esos créditos que me serán devueltos poco a poco.

—Espera, ¿acaso... yo? — Recoil se quedó sin palabras ante las insinuaciones del hombre frente a él.

—Me devolverás hasta el último cuarto de crédito y lo harás con tus servicios. Después de todo, estoy convencido de que darás la talla gracias a esta pequeña entrevista. — El viejo dejó ver una sonrisa que, a los ojos de otra persona, sería cálida, pero ese no era el caso para Recoil, quien la encontraba perturbadora.

—¡JEFE! — Jesse se exaltó por lo que su jefe acaba de decir. — Por culpa de este pendejo, perdimos millones, sin mencionar que estuvo a punto de matar a Sebastián y Lex. Una cosa es pedirle el dinero, pero otra es dejarlo andar a sus anchas así como así.

La mujer se perturbó ante la impactante noticia, al grado de azotar el escritorio del jefe con fuerza. Era más que claro el rechazo que la idea le generaba, y no era la única sorprendida, puesto que sus compañeros también mostraban signos de confusión.

—Como dijiste, no es tarea fácil estar a la par de ustedes, así que naturalmente me tomé la libertad de analizar el caso; en segundo lugar, tengo que recordarte que nos ayudó a repeler a los hazers aun cuando estábamos superados en número; tercero, si el altruista no quiere ser testigo de cómo las señoritas de aquel restaurante adornan la fachada de rojo, entonces no habrá problema, y en último lugar… — El jefe cambió la expresión de su rostro por una más fría y atemorizante. — Recuerda cuál es tu maldito lugar. Solo quiero escuchar un “Sí, jefe”, o si no estás de acuerdo con mi decisión, puedes salir de la habitación y quedarte con tus opiniones. ¿Está claro, niña?

El jefe añadió una aspereza más dominante en su voz con la última pregunta. Jesse solo vio al suelo mientras asentía con la cabeza. Aunque no estuviera de acuerdo, estaba más que claro que la voluntad de su jefe era la última, y no había razón ni manera de contradecirlo.

Uno a uno fueron dejando el penthouse; Recoil fue escoltado afuera mientras sostenía sus trajes, y su cara seguía denotando confusión. Era evidente que cualquier otra persona en su posición se cuestionaría acerca de la veracidad de lo acontecido, pero hay duda, se vio forzado a llevar nuevos colores, aun cuando su mente se veía abrumada por cómo resultaron las cosas.

Fue llevado en auto hasta su departamento, y el jefe iba con él. Durante todo el trayecto, Recoil no pudo quitarle los ojos de encima al jefe, puesto que no entendía del todo lo que sucedió; se explicó bien, pero como dijo Jesse, una cosa es exigir el dinero, pero otra es formar parte de sus líneas, es como un perdón condicionado.

Al llegar a la ubicación, Recoil salió del auto y se paró enfrente del restaurante, mientras la puerta del auto aún estaba abierta para que el jefe se asomara.

El viejo miró a su alrededor para después cerrar los ojos, tomando una bocanada de aire y exhalar con mucha tranquilidad.

—Bienvenido a la ciudad de Icaro... y a Crimson Dot. — El jefe volvió a sonreír de la misma manera antes de que se cerrara la puerta del auto para abandonar la escena.

Icaro, una ciudad bañada por luces de neón y gente camaleónica que se prepara en cada esquina para sorprender a uno con sus diferentes colores. Una combinación entre tecnología, decadencia y desequilibrio social apunta a la yugular; una ciudad con el máximo potencial para defraudarte.

—Puta madre. — Recoil se expresó después de un suspiro de resignación. Resignación a la situación actual, pero aún era temprano para bajar la guardia; ahora es un hijastro de Icaro e integrante de Crimson Dot. Todo puede pasar y con seguridad, pasará lo peor o tal vez no. Ya lo sabrá el errante Recoil.