Egoísmo
—Wey, estoy seguro. Sí yo no saliera con ellas… —dijo dando un trago a su copa de vino— ¡nunca usaría perfume! —declaró golpeando la mesa con la palma de su mano.
A los segundos el Mesero que escuchó el golpe se acercó a la mesa.
—¿Se les ofrece algo más? —preguntó.
—¿Nos puede traer la cuenta? —comentó el Otro.
El Mesero inclinando su cabeza se retiró.
—Tienes razón en lo que dices. Sí nadie existiera, probablemente yo no usaría calcetines.
—Wey…
Tapándose la boca con una servilleta, el Amigo, empezó a reírse.
—No digas mamadas.
El Otro no pudo evitar sonreír.
Un Gato negro que había buscado refugio de la lluvia estaba escondido en las cortinas de la ventana. En silencio olía la comida del restaurante y veía como los amigos disfrutaban la noche. El Gato mostraba interés en ciertas migas de pan que habían sobrado, no se atrevía a acercarse, solo asomaba la cabeza de vez en cuando.
—Wey, ¿ya viste a ese pinche gato?
Lo señaló y después se levantó de la mesa.
—¿Gato?
—Sí, ese pinche gato negro de ahí.
El Amigo empezó a caminar hacia su dirección, pero el Gato trató de escapar sobre los ladrillos mojados por la lluvia. Dando un mal paso se resbaló, sus garras rasguñaron los ladrillos tratando de aferrarse, le faltaba fuerzas; era cuestión de segundos para que se desprendiera.
—¡No mames! ¡El pinche gato! ¡El pinche gato se partió la madre!
Los demás comensales interrumpieron su cena y observaron cómo se puso de puntillas mientras arrugaba su traje con la cornisa.
—¡Aquí sigue!
El Amigo lo rescató, pero el Gato lo rasguñó y huyó.
—Hijo de su puta madre —murmuró mientras se tocaba la mano.
Ventanas siguientes el Gato entró a una habitación obscura, se escondió debajo de una mesa y dejó que los minutos pasaran.
Cuando se calmó la lluvia el Gato exploró la habitación llena de mesas, sillas, manteles… pero no encontró comida. La noche fría lo llevó a que se arrinconara en una esquina, y a pesar de que a lo lejos se escuchaban pasos, no fueron suficientes para impedir que se quedara dormido.
—… el doctor me ha dicho que me quedan tres meses de vida. Hijo, espero que algún día me comprendas —dijo despertando al Gato con su voz.
El Mesero sostenía en su mano una hoja de papel mientras recargaba sus brazos en la ventana. Fumaba un cigarro en tanto el humo se dirigía hacía la luna; su luz y la de la calle, apenas era suficiente para alumbrarle los ojos.
—Soy una persona que siempre ha tenido sueños, siempre he querido viajar y conocer otros países, otra cultura. ¿Sabías que en Japón existe un parque con muchos ciervos? Nara, esa será la primera ciudad que visitaré.
Tiró la colilla hacía el pavimento.
—No tengo dinero suficiente para los dos, por eso no puedo llevarte conmigo… Lo he pensado tantas veces que ya no tiene sentido engañarme, quiero cumplir con lo que algún día me prometí.
Arrugó la orilla de la hoja, se tapó los ojos suspirando y finalizó.
—Tienes doce años, pero ya eres todo un hombre. Hasta el último día de mi vida te tendré en mi corazón. Te quiero —finalizó con la voz cortada.
El Mesero empezó a llorar.
—¿Por qué estoy llorando? —se preguntó así mismo. —Estoy seguro de que hoy se la voy a dar.
Guardándose la carta en el bolsillo agarró una bolsa negra que estaba en la entrada, el Gato salió de la habitación, y el Mesero cerró la puerta.
Siguiendo su rutina bajó por unas escaleras, arrastraba la bolsa mientras que el Gato lo seguía.
—¿Dónde dejé las llaves? —murmuró esculcándose su uniforme.
Las encontró en el bolsillo derecho, las colocó en una perilla oxidada y la puerta al abrirse hizo un rechinido…
Se escuchó un disparo.
—No debiste… ¡Qué fue eso? —dijo el Otro que le acababa de disparar al Amigo. —¡Quién anda ahí?
El Mesero cerró la puerta rápidamente y puso una rodilla en el piso.
«¿Eso fue un disparo?» pensó.
El Otro dio algunos pasos para atrás, apuntando con la pistola observó el contenedor esperando que alguien saliera, pero solo apareció el Gato negro.
—Un gato… —murmuró.
—Wey… —dijo el Amigo después de toser sangre.
Nuevamente el Otro disparó, pero esta vez a un costado del Amigo.
—¡Cállate! No debiste de haberte metido con ella, sabías que era mía.
—Wey, por favor… perdóname.
—No te quiero perdonar. Además, ya no hay vuelta atrás… Sí te dejo libre terminaré en la cárcel y ya no la podré ver.
Se sentó en el pecho del Amigo y se puso unos guantes negros. Sin expresión alguna lo empezó a ahorcar.
—¡Sálvenlo, tienen que hacer algo! ¡Quiero dormir está noche! No podre hacerlo sí el muere.
El Mesero estaba hablando con la policía.
—Tranquilo señor, vaya a un lugar seguro. Las patrullas ya van en camino.
Había gotas que se deslizaban por las paredes, lagrimas que tocaban el suelo, sangre que manchaba sus manos…
A partir de ese día una luna junto a un cielo estrellado apareció todas las noches; y cada cierto tiempo, el viento movía su pelaje negro.