Tú
Lo que estaba sucediendo a su alrededor le parecía ajeno, alejado a ella, como si solo fuera una invitada más que tuvo la suerte de estar presente en el momento y no como una anfitriona de la casa.
Sentada a la mesa del comedor rústico que hace años sus padres habían comprado, apretaba con fuerza el vaso de vidrio con soda negra. Mirando fijamente, con los ojos casi desorbitados, al viudo de su hermana abrazando con ternura a aquella joven pelo negro, que estrenaba con jovialidad la temprana edad de 22 años y que presentaba como su novia.
—¡Que alegría Agustín! —La madre de Natalia se levantó rápidamente de su lugar ante el comedor y extendió sus brazos hacia el susodicho. Lo abrazó con fuerza y alegría, para luego repetir lo mismo con la joven que sonreía nerviosa.
—Bueno… gracias por considerarnos al presentarnos a tu novia. —Su padre se levantó con lentitud, mirando hacia la mesa recordando un momento atrapado en el pasado cuando su difunta hija les presentó al hombre que hoy era acompañado por su joven novia.
Se aguantó las lágrimas y abrazo a Agustín con solemnidad. Se separó y extendió su mano hacia la joven, saludándola amablemente con un apretón de manos.
Mientras la escena conmovedora seguía frente a sus narices: su madre feliz hablando con libertad al joven viudo y a la novia, su padre limpiándose discretamente las lágrimas; Natalia aun paralizada en su silla con estampado flora solo podía pensar en una sola cosa: en el amorío que sostenía con él, con el viudo, y en que hace un par de días se habían encontrado a solas para satisfacerse en la intimidad.
¿Qué no se suponía que su relación con Agustín no era meramente carnal y ocasional, solo cuando sus cuerpos así lo pidiesen?
Pero entonces, ¿Por qué le afectaba tanto lo que acababa de suceder?