Una mañana (casi) linda
En las noticias, el presentador anunciaba con la voz más monótona del mundo que la futura presidenta del país había presentado en una conferencia de prensa las futuras trece acciones que llevaría a cabo apenas asumiera el poder, para ayudar a que los que menos tienen. Lisa no pudo evitar resoplar al escuchar tanta palabrería. A su alrededor, los asistentes murmuraban entre sí, intercambiando miradas escépticas y comentarios sarcásticos. El ambiente se volvía cada vez más tenso, mientras los flashes de las cámaras iluminaban el rostro serio de la presidenta electa. En un rincón, un periodista anotaba frenéticamente en su libreta, tratando de capturar cada palabra. Sin embargo, Lisa sabía que, al final, todo quedaría en promesas vacías, como sucedía siempre con cada administración nueva.
Sí, medio mundo le decía que por ser profesora universitaria, el pesimismo tenía que estar fuera de su mente, para no contagiar de esa nube negra a sus alumnos, pero no podía evitar sentirse escéptica. Políticos van y vienen, pero las promesas son siempre las mismas. ¿Y por qué? Simplemente porque a nadie le importan los pobres lo suficiente como para proponer un cambio real que los beneficie. Cada discurso, sin importar quién sea el político que lo pronuncie, está lleno de palabras vacías y promesas huecas que se repiten una y otra vez, sin ninguna intención de cumplirlas.
—Es siempre la misma mierda, pero con diferente nombre—dijo la rubia profesora para sus adentros, mientras preparaba con sumo cuidado la ropa que se pondría después de bañarse. Después de dudarlo un poco, se decidió a ponerse una falda negra plisada y una blusa muy vaporosa del mismo tono, junto con sus zapatos rojos de tacón de aguja. Sabía que la coordinadora de la carrera de la universidad a la que iba a entrar a trabajar era una mujer bastante conservadora, que seguramente no le daría el visto bueno a un atuendo como ese, pero francamente, eso no podía importarle menos. Ese iba a ser su primer día de clases allí, y la rubia sabía que tenía que causar una impresión inolvidable en todos los que se la toparan.
Mientras la cálida agua se encargaba de acariciar cada parte de la curvilínea anatomía de la rubia, ella se puso a practicar una y otra vez la forma en la que se iba a presentar a todos ese día. “Hola, muchachos, es un placer guiarlos por esta materia durante este semestre”, “Señora directora, es un honor ser parte del equipo de profesores de tan afamada universidad”, se repetía ella una y otra vez, el eco de su grave voz retumbando en cada uno de los blancos azulejos del baño. Francamente, no era como si a Lisa le importara mucho eso de los buenos modales, pero sabía que a las personas con las que iba a empezar a trabajar, sí. Por eso, tenía que meterse en el papel de mujer refinada y bien educada desde un principio. No era solo una cuestión de supervivencia laboral, sino también de ganar respeto y establecer su autoridad en su nuevo lugar de trabajo.
Cuando salió de bañarse, mientras se vestía y comenzaba a cansarse del incesante parloteo del conductor del noticiero, decidió apagar el televisor y mejor poner algo de música. Ella nunca había sido el tipo de persona que disfrutara especialmente de bailar tan temprano por la mañana, pero ese día, mientras le hincaba el diente a una tostada con mantequilla y a un huevo escalfado con un poco de sal, Lisa sintió ganas de menear la cabeza al embriagante ritmo de la música. Sí, habían sido unos meses muy difíciles para ella, pero con algo de suerte, muy pronto toda esa tristeza quedaría atrás. Después de maquillarse y asegurarse de llevar en su bolsa todo aquello que pudiera necesitar para retocarse a media jornada, la joven profesora salió de su departamento apretando el paso para no llegar tarde.
Apenas llegó a la escalera, y vio a lo lejos un rostro que le pareció familiar. A pesar de ser atea, Lisa le rezó a todos los santos para que no la viera esa persona, pero fue en vano.
—¡Lissie, muñeca! ¿A dónde vas con tanta prisa tan temprano?—exclamó una voz familiar—Oh, es verdad. Ya me lo habías dicho el otro día. Hoy empiezas un nuevo trabajo, ¿verdad?
La rubia asintió en silencio. A la señora Harris muchas veces se le podría olvidar el número de su departamento o la comida de sus dos gatos, pero jamás lo que le contaba algún vecino.
—Así es. Hoy inicio un nuevo empleo—sonrió la rubia, tratando de sonar lo más amable posible.—Y donde voy a dar clases son muy exigentes con esos temas de la puntualidad, así que si me da permiso...
—Sí, sí...—sonrió la diminuta anciana, ajena a la prisa que tenía su interlocutora—Recuerdo que ya me habías dicho que das clases, ¿pero en qué nivel? ¿Le enseñas a niños pequeños? Cuando yo era joven, yo tuve una amiga que daba clases en preescolar, y resulta que un día...
—Otro día con un poco más de calma, le explico todo sobre mi trabajo—sonrió Lisa, haciendo una pequeña reverencia para no verse tan maleducada—Ahora, lo siento, pero me tengo que ir—agregó la rubia, antes de apretar el paso.
—Pero qué muchachita tan maleducada—resopló la señora Harris, frunciendo el ceño—Es maestra y ni siquiera se toma el tiempo para escuchar con atención a sus mayores.
Unos minutos después de que Lisa llegara a la calle, logró tomar un taxi. Se hundió en el asiento trasero y dio la dirección de la universidad al conductor, mientras trataba de calmar los nervios. A pesar de su aparente despreocupación, este nuevo trabajo significaba mucho para ella. Era una oportunidad para dejar atrás su pasado y empezar de nuevo, en un entorno diferente y desafiante.
El tráfico de la ciudad no ayudaba a sus nervios. Cada minuto que pasaba, sentía como si su corazón latiera más rápido. Lisa sacó un pequeño espejo de su bolso para revisar su maquillaje una vez más. Todo tenía que estar perfecto. Sabía que la primera impresión era crucial, especialmente en un ambiente académico tan exigente como el que se dirigía. Frente a sus ojos pasaron en un instante un sin fin de las típicas estampas
Recordando los ejercicios que había visto en internet, cerró los ojos por unos segundos y comenzó a realizar una serie de inhalaciones y exhalaciones alternadas. Pero solo tuvo oportunidad de repetir un par de veces el ejercicio, antes de que un enfrenón la sacara de su relajación. Finalmente había llegado a su destino.
A pesar de que ella había visitado la escuela unos días antes, para terminar de arreglar algunos detalles respecto a su contrato, el ver a la universidad hirviendo de vida, con profesores y montones de estudiantes deambulando por doquier, la hicieron sentirse un poco intimidada. Todos los edificios de la universidad tenían una apariencia muy moderna y de diseño moderno, y la gran mayoría de los estudiantes parecían vestir ropa de diseñador y traer con ellos teléfonos de última generación.
"Es lo que me saco por andar buscando trabajo en lugares como estos", dijo la rubia para sus adentros, al tiempo que se llevaba la mano a la cabeza para acomodarse el peinado un poco. Pero aun así, ella no sentía un temor real al verse rodeada de un montón de ricos. Estaba acostumbrada a tratar con ese tipo de personas desde hacía ya mucho tiempo, pero eso no significaba que no le resultara agotador. Después de dejar que en su rostro se dibujara una diminuta sonrisa para ocultar el hecho de que no le estaba resultando tarea fácil encontrar su salón de clases, Lisa bajó la vista y sacó su teléfono con manos temblorosas. En unos segundos, localizó un mapa de la universidad en internet y, para su consternación, se dio cuenta de que se encontraba bastante lejos del salón en el que tenía que dar clases. La ansiedad comenzó a crecer en su pecho.
El campus universitario era vasto y laberíntico, con edificios que se alzaban majestuosamente entre verdes prados y senderos serpenteantes. Lisa no veía una forma humanamente posible de llegar allí caminando a tiempo. Comenzó a buscar desesperadamente una solución, sus ojos escudriñando cada rincón a su alrededor.
Después de recorrer con prisa los verdes prados de la universidad, donde estudiantes despreocupados paseaban y charlaban, finalmente encontró un sitio en el que alquilaban bicicletas a estudiantes y profesores. Dando un gran suspiro de alivio, Lisa se dirigió al puesto. Se anudó el pelo con una liga que siempre llevaba en la muñeca y guardó sus elegantes tacones en su bolsa, intercambiándolos por unas prácticas zapatillas de deporte que siempre llevaba como respaldo.
La bicicleta era una vieja pero robusta máquina, con un ligero chirrido cada vez que los pedales giraban. Lisa se montó en ella con determinación. Sabía que su destino dependía de su habilidad para llegar a tiempo. Con un último ajuste a su falda plisada para evitar que se enredara en la cadena de la bicicleta, comenzó a pedalear con una energía frenética.
Mientras pedaleaba, Lisa alcanzó a ver de reojo las hermosas esculturas que decoraban cada parte del campus. Majestuosas figuras de mármol y bronce se alzaban en medio de fuentes y jardines, cada una con una historia que contar. Había un imponente Apolo con su lira, una delicada Afrodita emergiendo del mar, y varias otras figuras mitológicas que parecían cobrar vida bajo la luz del sol de la mañana. Cada obra de arte clamaba por su atención, pero Lisa no podía detenerse a admirarlas. “Ya después habrá tiempo para disfrutar del arte,” se dijo a sí misma, sintiendo el viento en su rostro y escuchando el ritmo constante de su respiración y el latido de su corazón.
La curvilínea rubia pedaleaba lo más rápido que podía, sus músculos trabajando al máximo mientras zigzagueaba entre los estudiantes y evitaba los obstáculos en su camino. Su mente estaba enfocada en un solo objetivo: llegar a su clase a tiempo. No quería dar una mala impresión en su primer día. Los árboles y los edificios pasaban a su lado en un borrón de colores y formas, pero Lisa apenas los registraba. Su concentración estaba en la carretera por delante y en el mapa mental que había trazado en su mente para llegar al edificio de su clase.
A medida que se acercaba a su destino, Lisa pudo ver el edificio correcto asomándose a la distancia. Su estructura de ladrillo rojo y ventanas de vidrio relucía bajo el sol. Con un último esfuerzo, Lisa aumentó su velocidad, sintiendo la tensión en sus piernas y la ligera quemazón de sus pulmones. Finalmente, llegó al estacionamiento de bicicletas cerca del edificio. Aparcó la bicicleta apresuradamente, asegurándola con el candado proporcionado, y se apresuró a ponerse los tacones de nuevo.
En lo que ella se daba un rápido retoque para asegurar verse presentable, un súbito empujón hizo que la rubia profesora cayera en un charco de lodo haciendo un ruido seco.
—P-Perdón. Te juro que no te ví— masculló en tono apenado una muchacha regordeta, al tiempo que le extendía una cálida mano a la profesora—Es que venía un poco tarde a clases...y...
—Pues a la otra, ponga más atención, levántese más temprano y fíjese muy bien dónde camina, para que no vaya empujando a gente inocente—bramó Lisa, rechazando violentamente el apoyo que le ofrecía la muchacha— Y por favor, jovencita, no me hable de "tú", ya que viendo que usted se encuentra afuera de este salón, a esta hora, y dice venir con retraso a clases, creo que puedo afirmar que la clase que usted viene a tomar es Metodología de la Investigación,¿no?
—Sí, así es—replicó la atribulada joven,sintiendo, sin saber muy bien por qué, un escalofrío que recorría cada parte de su cuerpo. —¿Cómo lo supo?
—¿Qué cómo lo supe?—sonrió Lisa con un dejo de maldad, saboreando letnamente la manera en que cada palabra se formaba en su boca,mientras se intentaba enjuagar con una manguera cercana— Pues resulta que lo supe porque yo soy su nueva maestra de la materia.
—¿Qué? Esto tiene que ser una broma de mal gusto.—masculló la regordeta joven, comenzando a ponerse pálida como un papel— ¡Esto no puede estar pasándome a mí!
Lisa respiró hondo, tratando de calmar su irritación.
—Mire, todos cometemos errores. ¡Pero no se me quede viendo así!—le dijo a la asustada joven— Mejor usted vea de dónde saca un trapo, una manta o algo así para que me seque,¿de acuerdo?
—Ok, ¡Ahora mismo se la traigo!—replicó la joven, antes de salir disparada rumbo al gimnasio.
Lisa decidió esperar pacientemente a que la joven regresara con algo para secarse adecuadamente antes de continuar. Mientras tanto, aprovechó esos minutos para revisar rápidamente su agenda y el material que llevaría a clase. Sacó de su bolso una pequeña libreta y un bolígrafo y repasó mentalmente los puntos clave que quería cubrir en su primera sesión como profesora en la universidad.
—Aquí tiene, profesora—dijo la joven, un tanto avergonzada por el incidente anterior.
—Ni lo diga,¿eh? ¿Cómo dijo que se llamaba usted?
—Clara Seehart—replicó la chica en tono bajo.
—Bueno, Clara, pues vamos al salón de clases.—replicó la profesora con voz calmada pero firme— Ya no perdamos más tiempo.
La joven estudiante la siguió, con las mejillas aún enrojecidas por la vergüenza. Mientras caminaban juntas hacia el salón, después de dar un gran suspiro, Lisa se esforzó por dejar atrás el mal momento y enfocarse en su objetivo principal: ser una profesora ejemplar y transmitir su conocimiento con pasión y profesionalismo, a pesar de los contratiempos del día.