CUANDO CESAN LOS SUEÑOS ︙ minsung

Summary

「 火 」𝗟𝗜𝗕𝗥𝗢 𝟮/𝟰 ㅡ 𝗢𝗧𝟴 ❝Han Jisung nunca había creído en medias naranjas ni en el amor a primera vista. Hasta que conoció al hombre de sus sueños. Literalmente.❞ ❪ CHANGLIX + MINSUNG + HYUNMIN ❫ ♯ 22O62O22

Status
Ongoing
Chapters
21
Rating
n/a
Age Rating
18+

OO1.

Los constantes golpes en las paredes consiguieron que, como muchas otras noches, Jisung no conciliara el sueño. Sus vecinos eran insufribles: una anciana con problemas de audición y un mal humor incurable por malinterpretar las conversaciones, y su marido, un señor criado a la antigua que se hacía el desentendido en muchas ocasiones con tal de no oír los alaridos de su esposa. Quizá era la máquina de respiración asistida, o el gato enmarañado que tenían que no dejaba de jugar, pero siempre terminaba quejándose de lo mismo.

Tampoco es que tuviera sueño, pero es lo que dicen: cuanto más te prohíben hacer algo, más ganas tienes de hacerlo.

Se desenfundó de las aterciopeladas sábanas que su madre había cambiado esa misma mañana, siendo envuelto por el frío de la estancia, y se acercó arrastrando sus pasos hasta la cocina. Calentó un vaso de leche. Siempre había escuchado a las abuelas decir que era bueno para conciliar el sueño.

Miró el reloj colgado en la pared. Las manecillas giraron violentamente, apuntando en todas las direcciones. Se frotó los ojos con ambas manos.Malditos vecinos. Las cuatro de la mañana.

Su madre siempre le decía que no los escuchaba, a lo que Jisung se defendía con “mi habitación está justo debajo de la suya, tiene sentido que tú, desde tu cuarto, no oigas nada”. Pero es que los golpes en el suelo, como si estuvieran pegando con una escoba a las baldosas para matar un ratón, sonaban en todas las estancias de la casa.

Maldición. Al abrir el armario de las galletas descubrió que no quedaban de sus favoritas. Cierto, se las había terminado esa misma mañana, y no habían ido a comprar por que su madre tenía que ir a hacerse la manicura. Fue su regalo de cumpleaños. La mujer volvía muy sonriente de ese establecimiento con sus manos arregladas y uñas coloridas, así que Jisung le regalaba un pack que vendían allí mismo cada vez que tenía oportunidad. Todo por ver a la mujer radiante.

Ella ahora estaba durmiendo. No trabajaba, pero los calmantes y relajantes musculares la tenían muy cansada desde hacía años. Y, además, eran horas en las que una persona normal y corriente no deambularía por la casa.

Jisung terminó su vaso de leche sin darle tiempo a que se enfriara ni un poco. Él no era nadie para contradecir los remedios de las abuelas.

Apagó la luz y volvió a toda prisa a su habitación, corriendo por el oscuro pasillo. La percusión en el techo contrastaba con la de sus zapatillas rozando el suelo. Era un no parar.

Se quedó unos minutos incorporado, con la espalda recostada en el cabecero de la cama. La silueta oscura que había visto correr por el rabillo del ojo mientras entraba en su habitación no había sido nada más que una ilusión óptica por las luces que se escapaban de su lámpara de noche.Debería ir a revisarme la vista, de todos modos.

Rato después (y asegurándose de que estaba fuera de peligro), apagó la luz, se tumbó bocarriba y cerró los ojos para tratar así de conciliar el sueño.



Una sala completamente blanca y desconocida se expandía a su alrededor. Pero, era algo extraño, por que no sentía como si fuera una habitación. No tenía límites, como si estuviera invitando a Jisung a caminar sin detenerse y explorar toda su extensión.

Eso hizo. Sus pies descalzos caminaron sobre las frías y níveas losas, dirigiéndose a ningún sitio en específico, solo yendo en línea recta. No había muebles, ni un alma, ni un ruido. ¿Dónde estaba? ¿Era eso un sueño? Por que a pesar de las incoherentes dimensiones de la estancia, todo parecíareal.

Había algo negro al fondo. Lejos, muy lejos. ¿El paisaje por fin cambiaría?

Sus piernas se movieron con rapidez, haciendo que corriera hacia su ahora nuevo destino. Conforme se acercaba, distinguió una silueta. Una persona. Un chico.

Su cabello moreno caía despuntado sobre sus ojos debido al flequillo. Algunos pendientes brillaban por la luminosidad de la, por llamarlo de alguna manera, sala. Dos orbes color avellana transmitían confusión, mezclado con un deje de alivio al haber encontrado a un igual. A otro humano en aquel desierto blanquecino. Jisung distinguió un lunar en la pálida piel de su nariz.

Las ropas negras del chico contrastaban con las azules cian de Jisung. Alguien se había molestado en vestirlos con algodón para que estuvieran atrapados cómodamente en aquella prisión.

— ¿Quién eres? —se aventuró a preguntar Jisung, con curiosidad. No se acercó a él, pero podía notar que su corazón latía. Que erareal.

— ¿Y tú? ¿Cómo has llegado aquí?

— No lo sé —Jisung se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas. El más alto lo juzgaba con la mirada—. Yo simplemente he caminado, hasta que te he visto.

— ¿Sólo a mi?

Jisung asintió con la cabeza.

— Y gracias a Dios. Por que creí que aquí no había nada, ni nadie

— Es que no lo hay.

Encaró al moreno con el ceño fruncido.

— ¿Nada de nada? ¿Desde cuando llevas aquí?

— No lo sé.

— Más que yo, al parecer.

¿Era todo un sueño? No, no podía ser solo eso. Por que todo parecía verdadero. Por que el rostro del chico de pie frente a él se veía demasiado nítido. No había eco a pesar del tamaño del lugar. La luz iluminaba cada milímetro a pesar de no haber ventanas ni instalación eléctrica. Era todo demasiado extraño.

— ¿Te vas a quedar ahí sentado? —le preguntó el moreno sin dejar de acusarlo.

— ¿Qué más puedo hacer? He caminado por mucho rato. Ya, aunque lo intentara, no me funcionan las piernas.

— Eres muy débil. Tenemos que encontrar una salida lo antes posible. ¿Y si nos atacan, o algo?

— ¿Acaso has visto alguna cosa que pueda hacernos algo? Por que yo no, y dudo mucho que suceda —estiró las piernas, moviendo los pies hacia los lados con gracia—. Solo quiero descansar un rato, ahora que he visto que no estoy solo. Pero claro, tú eres libre de hacer lo que quieras. Si decides irte, habrá sido un placer pasar... no sé, ¿tres minutos contigo? ¿Cinco, quizá?

— ¿¡Cómo puedes quedarte tan tranquilo!? —los irises marrones lo analizaban con fervor, como si acabase de cometer una atrocidad.

— No estoy tranquilo, estoy cansado —Jisung se estiró sobre el suelo, con los brazos cruzados tras su cabeza, como si estuviera tomando el sol—. Y, no sé, es como si este lugar me trajera paz. Descanso. ¿Por qué estoy hablando contigo si eres parte de mi sueño?

— ¿Sueño? —el alto se cruzó de brazos. Al parecer se había ofendido.— ¿Crees que esto es un sueño?

— Debe serlo. Lo último que recuerdo es haberme metido en la cama después de beber un vaso de leche.

— Niño, si esto fuera un sueño de verdad, no serías consciente de esas cosas.

Ignoró la verdad de sus palabras para ofenderse por el mote que le había dado.

— ¿¡Cómo que niño!? Ya soy una persona legal, es decir, adulta —hizo énfasis en la última palabra—. Además, no creo que mi edad diste mucho de la tuya.

— Pues aparentas dieciséis.

Jisung se incorporó del sobresalto. Abrió la boca y cerró los labios constantemente, como intentando intervenir pero sin tener nada con lo que defenderse verbalmente. Gruñó, golpeando el suelo con la mano hecha un puño.

Fue entonces cuando el moreno rió. Fue algo rápido, que podría haber pasado desapercibido si hubieran más personas en la sala. Pero Jisung lo escuchó perfectamente. Sus ojos se habían entrecerrado al hacerlo. Su sonrisa no tardó mucho en volver a desaparecer.

Se había quedado mirándolo como si se hubiera encontrado a un ángel de pie, junto a él. Solo que ese ángel iba entero vestido de negro.

El problema fue que, al despertar, recordaba todo perfectamente. Y, a la noche siguiente, volvió a ver a ese ángel oscuro y malhumorado que reía cuando hacía bromas sobre Jisung.

Por que pasó a soñar con él cada noche.

Asumiendo que aquello fuera un sueño y no una pesadilla en bucle.

Las pesadillas eran malas. Ese sueño no lo era. Pero, ¿por qué parecía tanreal?

Han Jisung soñaba con lo mismo, cada noche. Bueno, no exactamente lo mismo, por que las conversaciones se iban desarrollando con el paso de los encuentros. Como si fuera una continuación de lo que soñó el día anterior. El chico no entendía nada, y el moreno tampoco tenía una explicación que darle.

Lo más extraño sucedió una de las noches, cuando estuvieron a punto de tocarse. Jisung estaba sentado sobre las blancas baldosas, como acostumbraba a hacer. El moreno esta vez también lo había hecho. Decidieron avanzar para encontrar algún rastro de vida, además de ellos mismos. El ángel negro se puso en pie, sacudiendo el inexistente polvo de sus finos pantalones. Alargó la mano hacia Jisung para ayudarlo a ponerse en pie, todo un caballero. Pero nunca llegaron a rozar sus palmas.

Un a especie de fuerza invisible lo impidió. Como si un campo controlado por a saber qué los quisiera mantener alejados. A pesar de que sus almas se juntaban, sus cuerpos se repelían en contra de su voluntad.

Las barreras físicas pasaron a ser verbales en poco tiempo.

— Por cierto, no me has dicho tu nombre.

— Tú a mi tampoco el tuyo —contestó el más alto a la defensiva, sin dejar de sonreír.

Soy Han Jisung, quiso decir, pero por más que lo intentaba, su voz solo sonaba dentro de su cabeza. Sus labios no respondían a sus deseos, como si fuera una marioneta a la que no estaban controlando aún.

Frunció el ceño.

— ¿Qué, se te ha olvidado tu nombre?

— No. No puedo decírtelo.

— ¿Por qué, eres algún tipo de agente secreto? ¿Miembro de la mafia? ¿Ser sobrenatural encubierto por el gobierno? —negó, apurado.

— No, no, nada de eso. Soy un tío normal. Pero no puedo. No puedo, literalmente.

Jisung. Han Jisung. Tengo veinte años. Jisung.

El chico a su lado bajó la vista al suelo, visiblemente confundido, sin haber rastro de una de esas sonrisas tan bonitas suyas.

— ¿Qué? —preguntó Jisung.

— Yo tampoco.

— ¿Cómo?

— Mi nombre. Literalmente, lo estoy gritando ahora mismo.

— No escucho nada.

— Por que no puedo decirlo en voz alta.

Cuando Jisung se levantó esa mañana, se pasó horas frente al ordenador, tratando de buscar un significado a sus sueños, a ese mutismo selectivo que vivía dentro de ellos, e intentó buscar el por qué parecía que cada noche vivía una película que dejaba en pausa cuando el sol salía por la mañana.

Pero por mucho que buscó, no encontró nada que le fuera útil. O aceptado abiertamente por la sociedad.

Fue al salón con prisa. Su madre llevaba algo más de media hora llamándolo para que la ayudara a poner la mesa. Ni se había dado cuenta de que ya era la hora de comer.

— ¿Dónde estabas que no me oías?

— Perdona, mamá, tenía los auriculares puestos. He venido por que me ha llegado el buen olor. ¿Chuleta de cerdo?

— De ternera —lo corrigió la señora Han—. ¿Querrás agua para beber?

— ¿Tengo otra opción?

— No.

— Agua será, entonces —contestó Jisung, divertido. Apenas compraban refrescos por que los mantenían despiertos por la noche, y su madre se lo había prohibido unas semanas atrás. ”El azúcar es malo, a corto y largo plazo, así que fin de las bebidas carbonatadas“.

Removía el puré de patatas sin ganas mientras dejaba que se enfriara la carne. No había probado bocado. Su madre lo miraba con preocupación (una que llevaba viendo en su rostro ya varios días. ¿Es que acaso tampoco podía dormir bien por los golpes?), pero no decía nada al respecto. Jisung se deshizo de la mordaza que le mantenía los labios sellados.

— Mamá, tengo que hablar contigo.

— ¿Sí? —la señora Han contestó con rapidez, como si llevara esperando esa conversación algún tiempo.— Dime, cielo. ¿Ha pasado algo?

— No. Bueno, sí. No sé, es algo raro, y no sé bien como explicarlo. No quiero que me tomes por un tarado, o algo por el estilo.

— Cariño —dejó el cuchillo con el que cortaba la carne sobre la mesa y alargó su mano para entrelazarla con la de su hijo—. Jamás te juzgaría de esa manera.

— Es que es algo raro, que jamás me había pasado antes. Y es difícil de entender. En internet tampoco pone nada, y he llegado a pensar que... Tengo alguna especie de... ¿habilidad especial?

— ¿A qué te refieres? —la voz de la mujer salió más temblorosa de lo que esperaba.

Y Jisung se sinceró. Le habló sobre aquel chico que lo acompañaba en todos sus sueños. Estaba tan concentrado en su puré que las muecas de la mujer pasaron desapercibidas.

¿Alguna vez te ha pasado lo mismo?




La señora Han tuvo que volver a coger su muleta. La pierna le dolía horrores los días que amenazaba con llover, o aquellos momentos en los que más tensa se ponía. Hacía un sol radiante.

Avanzaba por los pasillos con su característica lentitud llegando hasta la sala de espera que le fue indicada. No pasaron más de cinco minutos en los que trató de calmar su corazón, cuando escuchó al médico abrir la puerta de su consulta.

— ¿Han Jisung?

— Bueno, soy su madre.

El doctor asintió y le permitió pasar, serio.

— ¿Qué la trae por aquí?

— Seré breve, por que no creo que mi cuerpo me permita andarme con rodeos. Ya he esperado demasiado.

Apoyó la muleta en la silla desocupada junto a ella, mientras tomaba asiento frente al médico de cabecera.

— Creo que mi hijo necesita un psicólogo.

El doctor se subió las gafas, mirándola con interés. Asintió de nuevo, animando a la mujer a que hablara sobre el tema.

— Se queja de ruidos que yo no oigo, se queda a veces mirando a la nada, como si estuviera en su mundo, sin darse cuenta. Y... Llevo varias semanas oyéndolo hablar todas las noches. Solo.

— Sé que es una pregunta algo estúpida, pero... ¿Ha asegurado que no hable con sus amigos, por teléfono?

— Jisung no tiene a nadie a quien llamar amigo, Doctor.

— Comprendo —se cruzó de brazos, interesado por el nuevo caso. Comenzó a teclear en el ordenador, escribiendo en el informe del chico. La señora Han se removió en su silla, encontrándola muy incómoda. Se aclaró la garganta antes de volver a hablar, ignorando el temblor de sus manos.

— También tiene problemas de insomnio. Duerme solo tres horas.

— ¿Al día? —la confesión pareció alterar el relajado estado del doctor.— Pero eso es malísimo para su salud.

Comenzó a marcar un número en el teléfono que tenía sobre el escritorio. Llevó el auricular a su oreja izquierda, haciendo contacto visual con la angustiada madre. La mujer negó con lentitud, su labio inferior tembloroso.

— A la semana.