El decimosexto

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Summary

A veces la ignorancia nos evita el sufrimiento. En Ciudad Capital, un terrible suceso tuvo lugar cuando dos jóvenes fueron encontrados sin vida. El presidente ha gritado un nombre que resuena en la mente de un muchachito llamado Joshua como un clavo en espera de encajar en un pedazo de madera. Tras realizar una investigación por su propia cuenta, es llevado a un ambiente peligroso donde descubre secretos a los que parece estar ligado mucho antes de su nacimiento. Para aumentar sus probabilidades de éxito y supervivencia, tendrá que hacer equipo con otros como él, aunque en el camino deberá buscar también más respuestas a su ancestral legado.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Las guerras pasadas y una medida de pata: Parte 1

Aquí un chico simple de nombre Joshua, es decir, yo, quien les narrará la presente historia, con el fin de que entiendan que la curiosidad puede tener consecuencias inesperadas.


Todo empezó mucho abres de que yo llegase al mundo, con guerras entre distintos bandos, destacando las fuerzas del Bien y el Mal delante de estos conflictos. Gran parte de los enfrentamientos sucedieron muchísimo antes de la existencia de los humanos en la Tierra, o la existencia de esta, llegando a terminar hacia «cincuenta y pico» de años atrás. Podía recordar claramente el estómago revuelto con tal información.


Y es aquí donde me tienen. Mi lugar natal es llamado Ciudad Capital por todos sus habitantes. La vida dentro de sus pobladas calles siempre me ha parecido simple, aunque con matices de secretismos e incomodidades. El contacto visual era algo que muchos evitaban hacer; empero, cuyos los avances tecnológicos habían sido asombrosos, a pesar de que también la destrucción, muerte y segregación tuvieron lugar. Un sin número de vidas humanas se perdieron en las guerras contra los llamados Reinos elementales.


En las calles de la ciudad, según leí en mis cursos de historia, personas con la capacidad de controlar la naturaleza a voluntad propia fueron cazados como viles animales. Nadie merecía morir por ser diferente, así que era algo que siempre consideré inverosímil.


Por las calles, durante las horas en las que el sol se paseaba tan campante, o en giras en las que el manto nocturno danzaba si re estas, siempre se podían ver unas enorme naves metálicas de luces amarillentas sobrevolando a modo de vigilancia. Estas provenían de la estación de seguridad de la ciudad; no obstante, ahora lo hacían por un motivo completamente distinto sobre uno de los jardines más frondosos y llenos de vida durante una noche repleta de una lluvia que no cesaba, y al ver una de estas en las afueras de mi hogar, pude sentir un escalofrío recorriendo cada centímetro de mi ser. ¿Qué sería lo que estaba pasando, pues incluso se escucharon las alarmas de la ciudad?


Me puse un abrigo impermeable, junto con unas botas para lluvia. Aproveché que papá no estaba en casa, ya que seguramente me daría uno de sus varios sermones que posiblemente ya hasta tendría preparados por si se me ocurría darme una escapadita. Me dirigí antes a la cocina, agarrando una pieza de pan, para luego, ir por la puerta de enfrente para salir, y comenzando a caminar por las muy pobladas calles repletas de gente que tomaban una misma dirección. En la ruta, pude ver muchas personas llorando de manera desconsolada, lo que no hizo más que acelerar los latidos de mi corazón. Algo imposible debió suceder como para unir en llanto a tanta gente. Fue que al llegar al jardín que pude comprobar con mis propios ojos un suceso que me dejó atónito y sin habla. Más de dos cuerpos yacían sin vida, acompañados de múltiples laceraciones provocadas por lo que parecían ser objetos punzocortantes.


Los muertos se trataban del hijo del presidente y algunos de sus amigos. Todos ellos habían sido asesinados por un enre que no conocía la compasión. Los rostros de algunos de ellos estaban completamente demacrados ante la saña de la que fueron víctimas, y el hedor era tan fuerte que tuve que apretar la nariz y aclarar la garganta para evitar el vómito.


En cuanto al hijo del presidente, este era, o mejor dicho, fue, un muchacho no mayor a los catorce años, casi quince. En ese momento el llevaba puesta su chaqueta de cuero gris que recuerdo que usaba con orgullo al ser un regalo que le fue dado por su madre días antes de partir de este mundo, unos jeans negros y unas deportivas blancas, aunque su cabello normalmente rubio y desordenado, se encontraba manchado de rojo por la sangre que salió por las múltiples heridas que tenía en la cabeza.


A pesar de la crueldad y el horror que se ataban como nudos en mi estómago, quería hacer algo para ayudar a las familias de aquellos chicos. Estos merecían justicia al no ser personas malas, ni tampoco eran seres atroces.


Traté de aproximarme más, pero noté que el presidente mismo se acercó al cuerpo sin vida de su hijo, para después soltar en llanto ante su terrible perdida. La escena provocaba empatía y conmoción al mismo tiempo en gran parte de los presentes. El ambiente era algo pesado, triste y gris a causa del mar de lágrimas. El cielo se llenó de nubes completamente, y comenzó a llover casi de inmediato, como si la naturaleza misma respondiera a los lamentos de los presentes. La gente comenzaba a marcharse del lugar a petición de la seguridad de la ciudad, y a parte de mí, también quedaba el hombre sollozante sobre su difunto retoño, uno al que alguna vez conocí cuando fui un niño que que fue una de mis pocas amistades del pasado. No quería irme sin decir algo. Intenté acercarme a él para darle mi más sentido pésame al hombre.


—Fue Xonión —dijo el hombre, pareciendo una especie de muerto viviente.


—¿Disculpe? —pregunté atónito, ya que aunque el nombre no me era conocido, al mismo tiempo sentí el cuerpo entumido por unos segundos.


—Xonión, Xonión, Xonión... —repitió el presidente, pareciendo obsesionado con la palabra o nombre—. Estoy seguro de que fue ese maldito hijo de perra.


Me acerqué al hombre para darle un abrazo. Estuve completamente seguro de que sin importar el resultado, su hijo nunca querría verlo de esta forma.


—Lamento mucho los sucesos y yo mismo conocí a su hijo. —Tragué saliva, preguntándome si mi padre sentiría lo mismo si fuera yo el occiso—. Espero que realmente se pueda esclarecer lo sucedido.


Me levanté y me encaminé a casa. Las calles parecían vacías y los guardias me ignoraban, como parecían ser común en casi toda la ciudad. Sentí que un nudo de apoderaba de mi garganta, pero sabría que a pesar de querer ser de apoyo, poco o nada podría hacer. No era un forense profesional, aunque aquel nombre soltado por el mayor molestaba tanto como un maldito mosquito dispuesto a chupar sangre.


En el camino, la lluvia finalmente se detuvo. Este sería un tema que seguramente estaría presente en todos durante días, pero yo tal vez no me sentiría cómodo hasta averiguar más, así que fui directo a mi habitación. Encendí el holoproyector de mi habitación, y noté que en las noticias estaban hablando del suceso trágico.


Mi padre entró sin previo aviso como era su costumbre, pero si rostro era serio. Tal vez estaba preocupado, aunque seguramente no por mí.


—¿Dónde has estado, Joshua? —demandó, mientras yo llevé mi mirada a las nuevas—. A partir de ahora habrá un toque de queda en la ciudad, ¿entiendes?


»Yo tampoco voy a permitir que andes allá en la calle como un vagabundo. —Aquello llamó mi atención—. Te quiero aquí antes de las siete. —Su rostro se arrugó—. Me avisarás de cada cosa que hagas.


—¿Algo más, señor? —inquirí en un ambiente tenso.


Ya de por sí no tenía mucho tiempo libre fuera de casa. Esto seguramente empeoraría todo, ya que mi viejo era demasiado estricto.


—Joshua, el toque de queda es a la siete de la noche —replicó—. Obedece y no hagas preguntas, jovencito.


Cuando finalmente salió de la pieza, exhalé. No me gustaba para nada está idea de pasar menos tiempo. Tendría que soportar sus regaños cuando no cumplía sus expectativas o cuando se decepcionaba de mí al no ser el prodigio que él deseaba tener en casa.


Al día siguiente, y siendo las cuatro de la tarde, decidí salir a la biblioteca a investigar sobre el nombre mencionado por el presidente, ya que seguía presente en mis pensamientos como un invasor.


Al llegar al lugar, pregunté a uno de los bibliotecarios sobre algún libro con el nombre dicho por la máxima autoridad de Ciudad Capital.


—¡¿En qué rayos andas, muchacho?! —preguntó aquel sujeto como si yo hubiese dicho una barbaridad—. ¡Vete de aquí rápido, y nunca vuelvas!


—El uso de este lugar es completamente público y no tiene autorización para negarme el acceso —respondí molesto.


—¿Acaso no escuchaste mis palabras? ¡Lárgate!


A regañadientes, dirigí mi andar con rumbo a la salida. Sentí que alguien me sujetaba del brazo. Un extraño estaba a tan solamente unos pasos de mí. El terror se apoderaba de mi cuerpo.


—Yo puedo ayudarte con lo que buscas —aseguró, soltando mi extremidad—. Confía en mí, y si no muestro mi rostro, es porque me veo más feo de lo que aparento así.


Tuve bastantes dudas sobre aquello último, pero al ver qué levantaba los brazos, no supe qué hacer.


—Puedes revisar y no notarás nada más —mencionó para buscar tranquilizarme.


Busqué a aquel sujeto que me echó, pero parecía distraído limpiando.


—Él no hará nada, y si lo hace, hablaremos con su jefe con el que tengo una estrecha relación. —Me tendió la mano, y ya no había cuenta atrás cuando acepté.


Nos dirigimos a la literatura de las guerras antiguas. Eran aquellas de las que se decía que terminarían en el fin de los tiempos, o en un evento similar. También había textos sobre el supuesto origen de la vida en el universo, señalando dos entes creadores que dieron origen a Bien y Mal.


Estos libros tenían párrafos repletos sobre la historia de dos hermanos: Xamián, el Señor del Bien, y Xonión, el Señor del Mal.


El primero era descrito como un tipo amable y comprensivo con aquellos que lo seguían. El segundo fue bueno en un principio, pero fue corrompido por una fuerza superior a este, lo que lo llevó a entrar en un conflicto que afectó a todo el universo. Estos dos hermanos que representaban fuerzas opuestas tenían también tuvieron a su disposición ejércitos robóticos de electars y quazarts.


Fue Xamián el vencedor, condenando a su hermano mayor y a su ejército a vivir en el encierro por la eternidad en una dimensión oscura y alterna, al menos esto fue lo que pude notar en los textos, así que no me culpen si suena un pelín sacado de la loca imaginación de alguien.


A partir de un texto anónimo encontré que Xonión y sus seguidores habían sido liberados en el pasado, en este mismo mundo, siendo derrotados a duras penas por nobles guerreros.


Los conflictos continuaron por personas que practicaban los ideales del Señor del Mal en contra de los practicantes de los ideales de su opuesto. No hubo algún ganador, aunque se llegó a un acuerdo. Esto fue para que todos pudieran vivir tranquilos, y ambos lados habían aceptado el trato, aunque ahora vivían en las sombras. En un libro se hacía mención sobre los descendientes de Xamián que llegaron a habitar la ciudad y que tuvieron descendencia en distintas partes del mundo. La información finalizó allí, sin mencionar si todavía quedaban de estos seres.


«¿Por qué rayos el presidente dijo el nombre del máximo representante del mal, si el nombrado este había desaparecido hacia mucho tiempo atrás?», pensé, también recordé la extraña actitud del bibliotecario.


Vi mi reloj, llegando a notar que casi eran las diecinueve horas. Salí a toda marcha para buscar llegar a tiempo antes del toque de queda. No había ni tráfico ni gente obstaculizando el paso. Al llegar a casa, mi padre estaba tan rojo que parecía un volcán cerca de hacer explosión.


—Te me largas a tu habitación y no vas a cenar. —La frialdad en sus ojos me caló en los huesos.


No dije nada, exclusivamente me límite a obedecer.


Encendí mi holo-ordenador para investigar más del asunto. Todo lo que se mencionaba en la megared, era exactamente lo mismo. Una y otra vez la misma historia, sin novedad alguna. Tenía la sensación de que había mucho que se estaba ocultando, al igual que me sentí observado.


Nunca me había vuelto loco con algo, pero estaba dispuesto a averiguar lo qué había ocurrido para quitarle la vida a alguien. Afuera, la gente, como su realmente hubieran conocido a los chico, se mostraba en luto por la muerte de aquellos jóvenes.


Estaba cansado de no dar con algo novedoso. Me quité la camisa y el pantalón, y me dormí en ropa interior al tener un clima tan asquerosamente caluroso durante la noche, pero incluso dormido no podía dejar de pensar en el nombre Xonión.


Al despertar, recordé que sería el funeral del hijo del presidente y los demás chicos. Me sentí incómodo, ya que tiempo atrás que habíamos dejado de hablar, pero me sentía dolido por su fallecimiento. Quería ir al sepelio, pero sabía que no tendría oportunidad. Tenía que ir a comprar víveres para evitar la furia de mi progenitor.


Para tener mi momento de privacidad, lo mejor que pude hacer fue ir a hacer las compras. Hoy no tendría clases, así que podría aprovechar mi tiempo libre en la biblioteca. Después de todo en casa sólo eran quejas y gritos. Llegué a pensar muchas veces que mi padre me detestaba. Nunca sonreía, así que yo debía ser una carga para él. Estar fuera eran mil únicos momentos de paz.


Papá seguía en el trabajo, por lo que me ahorré las explicaciones. Sencillamente, era mejor. Tomé un taxi volador hasta el lugar de destino, acortando el camino para fortuna mía.


Fui a hurtadillas a la sección del día anterior, tratando de no ser visto por el repugnante bibliotecario. Además, si no me lo llevaba, no tendría porque dar explicaciones.


Encontré un libro muy interesante que tenía textos sobre gente con increíbles poderes. Eran personas a las que se les conocía como usuarios elementales. Estas poseían la habilidad de controlar el fuego, agua, tierra, viento, las plantas, el hielo, la luz, la oscuridad y otros elementos más.


Los usuarios del tiempo y el espacio se mezclaron, creando así una mayor variación de poderes, llegando a vivir en los reinos de alrededor de todo el mundo.


«¿Cómo es que no sabía de esto antes?», me pregunté a mí mismo.


Había recibido está información de golpe y sin anestesia.


Me encontré con que los referidos en el libro participaron en las Guerras Pasadas, y al parecer, estuvieron en ambos lados del conflicto como lo hicieron los Electar y Quazart.


«¿Por qué pelearían entre ellos?», medité al no encontrar sentido alguno .


También hubo en el mundo otros seres con capacidades similares a los que se les conoció como magos elementales. Estos vivieron en las Ciudades elementales. La gente que no tenía este tipo de habilidad comenzó a ver tanto a los usuarios y magos elementales como una amenaza, y decidió cazar a estas personas, historia que si había escuchado antes en el colegio.


Con la ayuda de grandes y temibles armas y tecnología, desaparecieron casi por completo a los primeros. Los segundos desaparecieron de forma misteriosa y sin dejar rastro.


Había tanto que no me cuadraba. ¿Por qué hacer mención de una guerra en la que las víctimas seguramente eran incontables en los textos escolares y ahora todo parecía ser por odio?


De repente, encontré un afiche que me heló la sangre. Era una propaganda de la época en la que la última guerra en Ciudad Capital fue librada.


En este, se invitaba a la población a denunciar a todos los usuarios elementales, considerándolos como una amenaza a la seguridad nacional. Fue allí que me encontré con algo en su parte trasera. Se mencionaban a los distintos Reinos elementales, y la forma más efectiva de acabar con sus habitantes.


«¡Denuncia a los culpables de las desgracias de este mundo!


¡No protejas a quienes solo causan dolor con su mera existencia!»


Seguí leyendo. Encontré que se firmaron acuerdo de no-agresión, con los «enemigos de Ciudad Capital» vencidos, siendo también condenados a ser borrados de la historia de la ciudad más importante del mundo.


Esto tenía sentido. No sabía la historia completa, y te iba la sensación de que había todavía más por conocer. Me fue inimaginable tener en mente el dolor que padres, madres, e hijos soportaron al ser denunciados por ser diferentes.


«¿Por qué matar a gente con el mismo derecho a vivir que otros?», reflexioné tras lo que había leído.


Retrocedí, sintiéndome agobiado. ¿Por qué tuve que leer todo esto y cómo se relacionaba con Xonión más allá de la guerra?


Fui a dejar el libro al lugar al que pertenecía. No deseaba volver a saber más de esto. Cuando me di cuenta, no había ni un alma, más que el encargado de la limpieza que dormía en un lugar preparado para que fuera su habitación.


¡Mierda! ¡Ya debía ser demasiado tarde y seguramente no encontraría taxi alguno!


Llegué con un segundo de retraso, encontrándome con el rostro de mi padre mucho más rojo que el del día anterior. Me sujetó con fuerza del brazo, llevándome a rastras hasta mi recámara para luego encerrarme con llave. Una gran tormenta comenzó a azotar sin piedad las calles, tardando solo un par de minutos en dejar un gran flujo de agua que recorría velozmente las calles.


Tuve un extraño presentimiento, al igual que náuseas y escalofríos. Al dormir tuve extrañas pesadillas de un horrible monstruo de siete cabezas llamándome por mi nombre y repitiendo las palabras «Mal y Caos». El sueño no me dejó dormir tranquilo. Era un monstruo de aproximadamente unos siete metros de alto, en cuyos brazos había garras en vez de manos, era parecido al de un dragón milenario y ancestral. En su boca se veían largos dientes totalmente afilados, y contaba con quince ojos, ya que la cabeza principal y más grande poseía tres. Su cuerpo era oscuro y escamoso.


Desperté de la locura, para llevarme la sorpresa de que mi viejo abrió la puerta.


—Tus ruidos no me dejan dormir —enunció, captando mi atención—. ¡Ya cállate y acuéstate de una buena vez!


Volvió a encerrarme. Ni siquiera se hubiera molestado en «molestarme». ¿Por qué me odiaba tanto?


Durante la mañana, y sin plan alguno, ya que todavía había luto en la ciudad, me quedaría en casa, mientras papá salía a su trabajo. ¿Le importaba más ser un maldito oficinista que estar con su propio hijo?


—Ya que te gusta andar de vago, hoy te preparas la cena —advirtió, una vez más, sin mirarme a los ojos.


Su registro ya no estaba tenso. De hecho, me dio un aire de preocupación. Se veía más cansado que nunca.


Decidí salir a la calle, pero una vez fuera, fue como si el mundo alrededor mío cambiaste con un giro abrupto.


Todo lucía más antiguo y rústico.

En el camino me encontré a un hombre de mediana edad que me entregó un extraño pergamino, marchándose sin decir más.


«Espero que este sea el sueño más loco de toda mi vida, ya que tuve suficiente de asuntos extraños en los últimos días», cavilé.


El papel tenía una instrucción algo particular que decía: «No abrir hasta que se encuentre en un lugar completamente solitario». Genial, la trama se complicaba para mí.


Intenté quitar el sello, pero no pude, por lo que después intenté arrojarlo y para mi sorpresa el pergamino giró hasta impactar contra mi cara. Me sentí totalmente acosado por un pedazo de «papel de cuero mágico», si es que se le podía llamar así. La cosa esa hasta se movía por rededor mío, como si tuviese vida propia. Volví a entrar a la casa. Sentí una vez más que el mundo dio vueltas.


Abrí ese extraño pedazo de papel de cuero y este resultó ser una suerte de árbol genealógico con instrucciones de cómo leerlo, y rezaba: «Salga de casa, vaya a la biblioteca pública, y pregunte por la sección secreta».


Aquello me resultó inusual. Ese objeto parecía mandarme directo a la biblioteca, una vez más. Pero esta ocasión quería mandarme a los restos de una biblioteca pública que alguna vez estuvo cerca de mi casa de acuerdo a la dirección que estaba escrita en un mapa sobrenatural que apareció de la nada.


Aunque me lleguen a considerar loco, me decidí a seguir las instrucciones.


Una vez fuera, de nuevo las cosas cambiaron. Fue como retroceder diez años en el pasado, con concreto de menor calidad en algunas casas, pinturas en las paredes menos desgastadas y con el camino con adornos antiguos. La biblioteca que estuvo antes de mi nacimiento parecía haber vuelto a su gloria pasada de antes de haber sido demolida por una explosión en su interior a causa de una falla de gas en una de sus recreaciones de una vieja cocina para una exhibición de comidas hechas siguiendo recetarios antiguos.


Me entró pánico al ver a personas entrando como si nada hubiera ocurrido allí, además de ver el lugar completamente intacto. Mi instinto me decía que debía hacerle caso al pedazo de papel de cuero mágico y entrar a la biblioteca fantasma. Mientras hacía mi nerviosa entrada, pedí al encargado que me ayudara a encontrar la sección secreta. Él me miró sorprendido.


—Sugiero que no hables de eso en público, muchacho —previno aquel masculino. Miraba de un lado a otro, y señaló a mi izquierda.


Al dirigirme a dicho apartado, escuché que alguien me habló por mi nombre. Sentí un ligero escalofrío recorrer mi espalda ante tal hecho. Frente a mí había un chico de una edad similar a la mía, de tez morena clara y cabello color avellana. Desapareció tras un par de segundos.


—Por aquí, jovencito —pronunció el bibliotecario, sacándome del espanto—. ¿Tienes tu pergamino contigo?


Lo tenía pegado a la espalda. Lo tomé para luego entregarlo a cambio de... Otro bastante parecido en el exterior.


—Toma y no vuelvas por estos lares —dijo, buscando algo con la mirada—. No sabes lo peligroso que puede ser esto si se enteran de lo que es.


De repente, el ruido de una explosión se escuchó cerca, con un mundo caótico de personas corriendo en diferentes direcciones. El bibliotecario me señaló una «puerta secreta», por lo que decidí acompañarlo.


—¡No mires atrás, chico! —exclamó con miedo, mientras yo lo seguía.


Vi a unos tipos extraños vestidos con una especie de uniforme militar de color negro. Ellos parecían ser los causantes de la conmoción. Mi corazón comenzó a agitarse por el ataque. Intenté alejarme, pero al chocar con uno de estos sujetos, lo atravesé como si fuese un espectro.


Al alejarme unos metros, me di cuenta de que eran exactamente las siete, por lo que estaba seguro de que mi padre me daría un maravilloso sermón, con varios días de castigo limpiando baños públicos de la ciudad al regresar a casa. Y al entrar, pasó justamente lo que había pensado.


—¿Dónde andabas, maldito mocoso malcriado? —me preguntó papá, con el rostro rojo de furia.


—E-en la biblioteca que estaba en... —respondí nervioso ante el enojo que emanaba de sus gritos y gestos.


Ni siquiera pude terminar la frase.


—¡Tienes prohibido salir sin mi autorización de aquí en adelante! —gruñó mi padre—, ¿me entiendes?


—¡No es justo! —protesté—. Apenas llegué unos minutos tarde. Prometo que no volverá a pasar.


—¡Me importa un carajo! —gritó mi padre, con los ojos inyectados en sangre.


—Pero...


—¡Ni una palabra más, muchacho malcriado! —gritó mi padre con una mirada penetrante.


—¡Malcriado por ti! —repliqué sin pensarlo—. Si mamá estuviera viva, apuesto que serías diferente. Pero me odias.


»¡Soy la razón de tu desgracia! —Estaba tan dolido que ya no me importó más sacar lo que sentía por dentro—. Lo sé bien por cómo me has tratado todos estos años.


—¡Vete de esta casa! —manifestó mi padre—. ¡Vete y no vuelvas nunca!


—Yo, lo siento... —El evento me dejó desconcertado—. No sé porqué lo dije.


—¡Vete! —repitió—. ¡Vete ahora mismo!


—Yo… —tragué saliva. ¿Por qué rayos me ocurría esto?


—¡Largo! ¡Vete y no vuelvas! ¿Qué esperas? ¡Vete!



Empecemos esta historia cuyo nombre antes fue «El heredero», siendo que la saga también cambió de nombre, pasando de: «El destino de un héroe», a: «Herederos de lazos y destinos».


Por cuestiones de extensión, el capítulo uno sera partido en dos partes.