I
El frío de la lluvia nunca le había gustado.
A lo que era más. La lluvia en sí. La odiaba.
Había escuchado de personas que sentían gusto por ella, que hablaban y llenaban párrafos y párrafos de su belleza, de su tranquilidad, de su furia, del modo en que las gotas te liberaban o no sabía qué otras cosas podría tener de buena.
Él la observaba desde el ventanal. En la tienda a la que había entrado, con las manos temblorosas cerniéndose alrededor del mango de su paraguas. Agradeciendo infinitamente el habérselo traído en tanto las nubes empezaron a volverse grises.
Tal vez la lluvia era bonita… cuando tienes la posibilidad de un techo que te cubra. Cuando hay una mano de la que te puedes aferrar o unos brazos a los cuales correr cuando los rayos o el simple crujir de las nubes atacan. Y los traumas salen de entre los sótanos en forma de goteras que de todos modos te mojan.
-Hey, muchacho – Se sobresaltó. Viendo al hombre que con el ceño fruncido le extendía ya la bolsa de papel con su compra. – Son treinta y cinco noventa – Puntualizó.
-Eh… claro – Hizo por sonreír, sin dejar de ver de reojo la calle donde apenas y estaban cayendo algunas gotas. Sacó de su bolso un billete, con la sonrisa cada vez más nerviosa. – Puede quedarse con el cambio. – Soltó, guardándose la bolsa de papel junto con el resto de sus cosas, salió sin más de aquella panadería.
El aire fresco le daba en la cara y él se cubrió con su bufanda al salir. La gente a su alrededor podría pensar que era un paranoico, y ahí, abriendo el paraguas con apenas unas cuantas gotas de las nubes, podría serlo. No importaba.
Iba caminando por las calles, viendo los escaparates y acomodándose la bufanda de vez en vez. Las gotas se convertían en lluvia, y la lluvia iba subiendo su intensidad. Sólo quería ir a su propio techo y huir de ella. Quizás llamar a su madre también podría estar en la lista de sus pendientes…
Sus pensamientos iban de aquello, no supo el momento en que las gotas se volvieron una tormenta y las personas iban atareadas o en medio de risas a los escaparates con techumbres para cubrirse, no supo tampoco del momento en que sus pies empezaron a correr abrazando su bolso y buscando cubrirse mejor del agua fría. Pero lo que sí supo fue del momento en que tropezó y dio de lleno contra la acera.
Se quejó, llevándose una mano al codo contrario por el golpe. Suspiró. Al final se mojó de todas maneras.
Comenzó a recoger sus cosas, notando entonces con qué había chocado. O más bien. Con quién.
El hombre frente a él bien podría tener finta de cadáver. No parecía estar en los huesos, o ser un vagabundo, pero estaba quieto, tirado justo en el borde de la banqueta que, por lo que había sentido, estaba helada y empapada. Corriendo la misma suerte que sus ropas. Él se había levantado y cubierto con el paraguas, se descubrió a sí mismo observándolo aún.
-Disculpa… - Empezó a decir. El pecho del hombre no parecía subir ni bajar por la respiración. Lo tanteó con su zapato, estuviese respirando o no, la tormenta no se lo dejaría saber a menos que lo tocara o se acercara. Cosas que temía terminantemente.
Lo que sí pudo percibir, y no le dejó tampoco irse y seguir con su carrera a casa, fue el modo en que el cuerpo del otro tiritaba.
Estaba temblando de frío.
Suspiró, acomodándose la mojada bufanda en su lugar.
…
A veces, sólo es cuestión de tomar más riendas de tu vida.
El psiquiatra le había dicho. La psicóloga del reclusorio, ciertamente, lo habría dicho de una manera más endulzada. Con preguntas rebuscadas y situaciones hipotéticas que a veces podía contestar, y que en otras sólo podía quedarse callado.
Fuera la premisa que fuera, con adornos o sin ellos, una cosa era verdad. El tiempo no perdonaba. Por muy miserable que fuera su estadía, por muy difícil que fuera su despertar, seguía siendo más sencillo que estar allá afuera. Sólo que el tiempo no perdonaba. Tenía que tomar ya las riendas de su vida porque no estaba ya en el reclusorio. ¿Y cómo pasó esas malditas primeras horas fuera?
Una queja salió de sí. Agrietada por el desuso de su voz y una noche caótica. Remolineándose entre las cobijas que le cubrían; su cabeza dolía, atiborrada como estaba de mierda, y justo a eso debía oler también. Se acomodó mejor en la almohada, apretando los ojos que aún estaban cerrados. Antes de abrirlos de golpe.
Esa cama no era la de un reclusorio.
Y él ni siquiera había dormido en uno, que recordara… estaba en la calle, ¿o no?
-¿Ya despertaste? – James se incorporó con dificultad, su dolorida cabeza, sumada a la excesiva luz de aquella habitación entorpecían su visión. Parpadeó varias veces, aun cubriéndose de la luz al voltear a la puerta, de donde venía aquella voz. No sabía qué expresión estaba haciendo, pero algo de alarma se dibujó en la cara del hombre que iba entrando.
Él tosió, no sabía por qué se había traído al otro a su casa. Ahora que el otro varón estabasobrio su expresión era menos accesible que la de anoche, al enfrentarse al fastidio y las interrogantes, se sintió más bien intimidado. Se aclaró más la garganta. – Compré esto en la panadería… no sé si te guste. Tal vez tengas hambre, y los calenté por si acaso – Comentó a toda velocidad, poniendo la bandeja que traía cerca de la cama, bajo esa mirada atenta. – Me… me llamo Joseph – Aclaró nervioso.
James lo inspeccionó. El varón frente a si tendría unos treinta y tantos, quizá la misma edad que él, y a pesar de que parecía saber más sobre lo ocurrido en esas horas perdidas; con su suéter rosa tejido, pantuflas de peluche vistosas y los nervios tan a flor de piel, no podría ser amenaza alguna. – Joseph – Dijo con un leve asentimiento, sentándose en la cama, su mano buscó su pelo mientras el otro asentía – ¿Tú… me trajiste a tu casa?
Se sentó a un lado de la cama, escuchando lo que le decía, pensando que esa voz sonaba rasposa e irritada. Tal vez necesitaría agua o un dulce… carraspeó de nuevo al reparar en la pregunta hecha. – ¿No te acuerdas? — Saltaba a la luz que no. Avergonzado, comenzó a decir –Bueno… es que ayer estaba lloviendo, y… no parecías estar muy bien. Afuera en plena calle, en plena tormenta. –negó con la cabeza, hizo por sonreír. – Estabas borracho, y casi no reaccionabas. Hay gente peligrosa en estos barrios, y… tus cosas… No podría haberte dejado ahí. Eso no habría sido amable de mi parte.
Asintió a la explicación. —No llevaba más de unas de horas ahí, de todos modos… - Tuvo que farfullar. Frunció el ceño, juzgando los brazos de gelatina del varón que tenía en frente. – ¿Te seguí borracho? – Soltó, viéndolo asentir. Soltó su cabello con un suspiro, más relajado. No podía recordar nada, más estaba sorprendido en lo absoluto. A su lado, estaba la bandeja dispuesta con lo que sería su desayuno. Inspeccionó las piezas de pan que su anfitrión había acomodado en platos de porcelana – Entonces… Dejaste entrar a un desconocido… ¿sólo por eso? ¿Porque no era amable dejarlo afuera? – En su voz aún agrietada salió una nota de gracia. No tenía idea de dónde estaba. Cuando pidió el cambio en el reclusorio sólo escogió la ciudad más lejana a sus padres para escapar de ellos. Y cuando finalmente salió, sólo había querido perderse. Entre calles confusas y bares de mala muerte. Ni siquiera se planteó lo que haría una vez que el alcohol saliera de su cuerpo. Pero estaba ahí, en una cama ajena, con un hombre que incómodo bajaba la cabeza.
-Pero estabas temblando… - Murmuró. Vio con curiosidad al desconocido que le miraba con las cejas al principio arqueadas y luego fruncidas. La cara de este parecía ser muy expresiva, todo lo contrario a sus ojos.
- Dijiste que este era un barrio peligroso. –Razonó, receloso tomó una de las piezas de pan … ¿qué era lo que tenían dentro? ¿Crema? ¿Mantequilla?... ¿Ambas? Hizo una mueca – ¿Y si yo también lo fuera? Estaba en la calle, quienes están ahí es por una razón.
El atisbo de una sonrisa se fue desvaneciendo, a medida en que el varón, Joseph, se iba acercando en la cama. Y él casi por instinto se había echado para atrás de forma disimulada.
Este sonrió, viéndolo detenidamente. – No creo que ese sea el caso.
- ¿Por qué no? – Respondió con el ceño fruncido, sin embargo… las palabras tardaron un poco más en salir de lo planeado. La mirada del contrario no parecía darle méritos a sus palabras, y curiosamente, lo mismo pasaba de su parte.
Suspiró, comiendo más de ese pan. – No es como si me fuera a morir por estar bajo la lluvia, de todos modos… - Rebatió – Incluso si lo hiciera, no sería tu problema.
- ¿Quieres algo de tomar? – Titubeó. Lo rasposo de esa voz hacía ruido en la cabeza de Joseph, quien se levantó para ir en busca de algo que le pudiera dar para beber.
- ¿Estás escuchándome? – James se quejó. La cama del otro se sentía realmente cómoda, lo sintió al inclinarse en la dirección a la que se fue. Con esa acción, su cabeza también diovueltas.
¿Cuándo fue la última vez que experimentó una resaca como esa? En una posición que le ayudara con el malestar, la siguiente pregunta apareció sin que lo quisiera. Esa casa no era la suya, al salir de ahí, ¿qué haría?
Otra pregunta más importante se formó en su cabeza: ¿Dónde estaba, para empezar? Paseó la mirada por la blanca y ordenada habitación, demasiado ordenada, diría él. Y no estaba usando el traje que le entregaron al salir de ese lugar… ¿ese tipo lo había desnudado? ¿O fue él?
-Um… ¿te gusta el café? – Preguntó la voz nerviosa del anfitrión. Llevaba otra bandeja, que él observó fijamente.
Joseph la había puesto en el buró a un lado de la cama, le extendió primero el vaso con agua que traía en la bandeja, y una pastilla blanca. – Debes tomar esto antes, pudiste haberte enfermado bajo la lluvia…
Se sentía cada vez más nervioso, cuando esos ojos oscuros y sin brillo parecían estarlo analizando. Pero el dueño de aquellos ojos no puso resistencia, tomando el vaso y la pastilla. - ¿Haces esto con todos los vagabundos que te encuentras? – Le preguntó. - ¿Y dónde está mi ropa?
Con el vaso entre los labios, una sonrisa se quiso formar al ver el sonrojo en las mejillas del menor. – La puse a lavar – Explicó – Está en la secadora, puede que ya esté lista. Y… no, es… la primera vez que hago esto.
-No deberías volverlo tu hobbie – Dejó el vaso completamente vacío, descubriendo que sentía deseos de pedir otro, pero en lugar de ello cogió la taza de café para darle algunos sorbos. El líquido humeante parecía acariciar su paladar. Pero era dulce, muy dulce.
Joseph lo inspeccionó un poco. – Tú… no me dijiste tu nombre… - Admitió, el hombre frente a él era bien parecido, incluso. Nariz alargada y perfilada, de cabellos cafés, tan oscuros como sus ojos, que le regresaron la mirada mientras seguía bebiendo de la taza.
Él frunció el ceño, extrañado -James – Murmuró, a lo que Joseph asintió.
-James… - Repitió – No es malo tocar fondo de vez en cuando – Reconoció –Pero estar solo no le hace bien a nadie, si no te importas en lo absoluto las cosas irán a peor… tú… - No parecía ser un vagabundo, no se expresaba como uno tampoco… no entendía - ¿Qué estabas haciendo ahí? Tu familia debe estar preocupada...
En la bandeja estaba la tetera del café, que era tan vistosa como la ropa de su dueño. Aprovechó para volver a servirse y comió más de esos panes. Una risita de burla se escapó de sus labios al masticar - ¿Qué? ¿No es obvio? – El otro no comprendía, tragó lo que tenía en la boca y se le acercó –Creo que estás entendiendo mal las cosas– Joseph no era una mala persona, a todas luces se veía, ¿debería sentirse mal por romper la burbuja rosa en la que parecía estar metido? – ¿Te parezco la clase de persona que tiene a alguien que valga la pena?... No, ¿te parezco la clase de persona que vale la pena para alguien más?
¿Debería sentirse mal por verlo así de incómodo? No era como si nunca hubiera visto una expresión así por su culpa. No era el primero, quizá ni siquiera sería el último. Lo único que maldecía era que entonces ya sabía lo que seguía. Hizo una mueca. – Bueno, gracias por el desayuno, no creo que la lluvia vaya a seguir, así que… - Se levantó – Será mejor que vaya por mi ropa. ¿Dónde dices que está?
-En la secadora… - Balbuceó –En la habitación de a un lado.
-Okay – Le escuchó decir, caminando en esa dirección.
Joseph lo siguió con la mirada hasta que salió. Suspiró, ¿a quién se le ocurría traer así a un extraño a su casa? Sólo a él. Ya imaginaba a su madre reprochándole por ello en tanto se lo dijera, sin embargo…
-Espera – El desconocido ya estaba en el marco de la puerta cuando lo alcanzó - ¿A dónde irás?
James le escuchó preguntarlo, frunció el ceño de nuevo, entre desconcertado y molesto por las repentinas atenciones. Fingió una risita burlesca - ¿Qué? ¿Ahora tengo un guardaespaldas? ¿Un ángel de la guarda o algo por el estilo?
Joseph titubeó. Tenía la idea, pero no las palabras que contrarrestaran los argumentos que James pudiera soltar, quería irse, ¿y quién era para evitarlo?
Había puesto su mano en el hombro de James, y este sin alterarse la tomó y la alejó. – Eso pensé – Soltó, antes de dirigirse a la habitación donde se suponía que estaba su ropa secándose.
El lugar en el que estaba parecía ser un departamento de esos pequeños, supuso que el chico no tenía suficiente dinero para costearse algo más grande. Aun así, el ambiente era mucho más cálido de lo que estaba acostumbrado. La secadora marcaba haber finalizado, y casi como si lo hubiera hecho durante toda su vida la abrió y sacó su traje del interior. Se volteó, encontrándose con el chico de nuevo plantado en el marco de la puerta.
-Sigue lloviendo – Comenzó a decir Joseph como último intento. - ¿No quieres… llamar a alguien, a un taxi, al menos?
Se giró, a un lado de la secadora había un mueble donde encontró en una bolsa las cosas que él llevaba en sus bolsillos. No necesitaba abrirla, ya sabía su contenido; las llaves de la casa en la que muy probablemente ni siquiera sabía cómo llegar, las tarjetas con nombres de los amigos de su padre a los que ni muerto acudiría, el celular que ni siquiera quiso prender y la billetera. Se encogió de hombros, aun así, la urgencia del hombre frente a él no tenían una pizca de lo que recordaba en las de su familia cuando le mandaron esas cosas. Había sinceridad en esta, y desconocimiento. No quería pensar en ellos. La autocompasión y el asco eran algo que por el momento quería evitar. Tomó la bolsa de ahí y la abrió. – Estoy bien, gracias– Contestó, sacando por primera vez unos cuantos billetes del interior.
Joseph tragó saliva, por primera vez sintiendo el aura intimidante que parecía rodear al hombre que metió a su casa. Un aura que, aunque no la conocía de él, sí que la había sentido con anterioridad. Retrocedió, bajando la vista como por instinto, gesto que desconcertó al otro un poco.
James atinó a reír incómodo, pasando su mano por la mata de cabellos castaños de Joseph – Gracias por las atenciones – Agradeció, extendiéndole los billetes. – Pero te aconsejo que, si vas a tomar este riesgo de nuevo, al menos procura no verte tan vulnerable. No te conviene que las personas que son como yo lo sepan.
Retuvo la respiración hasta que la puerta de su casa se cerró con un golpe seco. Tragó saliva una vez más, viendo entonces el fajo de billetes que le habían entregado, y luego a la puerta cerrada. Nunca había sido de tomar buenas decisiones, eso de conocerlo saltaba a la vista, pero ahora, haciendo recuento de lo que había sucedido… no podría distinguir si había sido buena o mala elección. Tal vez tomaría una vida analizarlo y seguiría sin saberlo.
…
Frío. Todo en el ambiente era frio. La brisa golpeaba con fuerza y él como muerto andante apenas y se metió las manos a los bolsillos. Había salido con la ropa que le habían prestado y sus cosas en las manos. Se fijó detenidamente en el traje, y como quien tira un envase vacío lo dejó caer en un bote de basura. La ira volvía de sólo pensar en la procedencia de esas cosas, estaba por hacer lo mismo con la bolsa de plástico.
A decir verdad, quería hacerlo.
Sabía que no podía.
Tienes que tomar las riendas de tu vida.
Sacó la billetera y hurgó entre el resto de las cosas; el celular no estaba. Alzó la vista en dirección al edificio del que había salido con incredulidad. Luego lo descartó, ¿qué más daba ya?Como ya tenía en la mano el dinero y las tarjetas, sólo sería cuestión de tiempo para que su padre lo contactara.
Sólo que ahora no era el momento. De hacer ninguna de esas cosas, aún no era el momento.