En el corazón del Delta. Part 1

La muchacha se apartó la capucha de los ojos para ver la entrada a la ciudad. Northees Brinon se alzaba ante ella, majestuosa y abarrotada de gente, la principal ciudad mercantil del Imperio. Las altas murallas de piedra, desgastadas por el tiempo, parecían un antiguo, viejo y cansado guardián que vigilaba el incesante flujo de viajeros y comerciantes.
La entrada ante ella llevaba a Delta Bajo, el sector más pobre de la ciudad, el sitio perfecto para una desconocida que buscaba pasar desapercibida y encontrar su objetivo sin llamar la atención. Había planeado quedarse unas semanas y luego regresar con sus compañeros, pero sabía que el destino a menudo jugaba sus propias cartas.
El sector más bajo de Northees Brinon se extendía a su alrededor como un laberinto de calles mal empedradas, si lo estaban, donde las piedras sueltas y el barro se mezclaban con los restos de las mercancías del día, ya casi al final de su jornada. Los edificios, aunque de piedra antigua, mostraban signos de decadencia, con enredaderas trepando por las paredes y ventanas rotas cubiertas con tablas.
El bullicio del mercado de la puerta Oeste la envolvió, un mar de voces y sonidos que parecía no tener fin. Vendedores pregonaban sus mercancías con entusiasmo, desde especias de todas las variedades y frutas ya no tan frescas, hasta telas no tan coloridas, pero de aspecto resistente, y herramientas de hierro. Los transeúntes se apresuraban de un lado a otro, inmersos en sus propias preocupaciones, ajenos a la figura encapuchada que se movía entre ellos.
Northees Brinon, con su vibrante vida y sus oscuros rincones, ofrecía el anonimato que tanto necesitaba. Kimbra había dejado atrás al que hizo al final su hogar, fuera de la sombra del Emperador Rojo. Ahora, en el corazón del continente, la presión del imperio era palpable en cada esquina. Vigilada por los guardas del Emperador, con sus uniformes burdeos y dorados.
Se detuvo un momento, dejando que el aroma a especias y comida recién cocinada la envolviera. Se apartó la capucha del todo, dejando al aire sus espesos rizos oscuros y permitiendo que la brisa fresca, mezclada con los aromas, le acariciara el rostro. El sol del atardecer se filtraba a través de las nubes, proyectando sombras largas y distorsionadas en las calles. Kimbra escudriñaba el entorno, buscando cualquier señal de peligro.
Un grupo de niños pasó corriendo junto a ella, riendo y jugando, recordando brevemente la inocencia que ella misma había perdido hacía ya tanto tiempo. Kimbra apretó los labios, queriendo olvidar las palizas que intentaron “reconducirla” en el pasado, y fortaleciendo su resolución. No podía permitirse distracciones. Cada paso que daba en Brinon la acercaba más a su misión, pero también la sumergía en el Imperio, cerca de las garras del Emperador.
Caminó hasta un puesto de amuletos, donde un anciano con ojos brillantes la observaba con una sonrisa enigmática.
—¿Buscas algo en particular, joven dama? —preguntó el hombre, con una voz suave que contrastaba con el caos a su alrededor.
Kimbra negó con la cabeza, esbozando una ligera sonrisa. El anciano la miró con detenimiento, como si pudiera ver más allá de su apariencia y leer los secretos ocultos en su corazón.
—Brinon es un buen lugar para perderse —continuó él—. Pero también es un lugar donde uno puede encontrarse a sí mismo.
Kimbra amplió la sonrisa y continuó su camino alejándose del mercader y el bullicioso mercado.
Se adentró más en las entrañas del barrio, donde las callejuelas se estrechaban y la escasa luz del sol apenas alcanzaba a iluminar el suelo. Los olores cambiaron, volviéndose más acres, con la mezcla de desechos y humedad, posiblemente producida por la cantidad de ropa colgada precariamente en cuerdas viejas por todas partes.
Los faroleros iban encendiendo las luces de las farolas con rápidos movimientos de muñeca lanzando llamas precisas al interior de los compartimentos de las lámparas. La gente que se movía por estos lugares parecía más reservada, con miradas furtivas y movimientos rápidos. Los colores en la ropa escaseaban y la mayoría de esta, estaba desgastada o descolorida por la exposición al sol y al paso del tiempo.
Kimbra se miró a sí misma en el reflejo de una ventana agrietada y llena de polvo en su interior. Llevaba una capa de ante, de un color verde profundo, muy bien teñida. Vestía con pantalones y blusa ligeros, de suaves y livianas telas, y una observación rápida en el mercado le dejó claro que las mujeres, al menos en Delta Bajo, no llevaban pantalones, por muy pobres que fueran… Destacaba en esa zona más de lo que se podía permitir.
Encontró una posada modesta, con un cartel de madera que apenas se sostenía por los clavos. “La gracia del Emperador” decía el letrero, con letras descoloridas. La fachada en un inicio fue seguramente de un vivo color burdeos, con las betas de madera al aire. Pero en ese momento la pintura estaba descolorida y desconchada por algunas partes, dejando entrever los ladrillos de debajo, y la madera envejecida y agrietada, y posiblemente medio podrida, enmarcaba el resto como un marco a una obra en decadencia.
Entró y fue recibida por una atmósfera cargada de humo y murmullos, provenientes de la pequeña barra de bar que había al fondo, donde nadie le prestó la mínima atención.
El interior se encontraba en mejor estado, pero no mucho mejor. Las paredes seguían la estética exterior, con un rojo desvaído y desconchado, decoradas con apliques de cobre que sujetaban velas que casi agonizaban con apagarse, pero que brillaban luchando en contra de su trágico final. Tal como hicieron muchas antes, pues la cera derretida caía en cascadas desde los apliques casi rozando el suelo.
El posadero, un hombre corpulento con las mejillas picadas por cicatrices de acné, le observó con ojos suspicaces desde lo que era la recepción. Un mostrador de madera oscuro en el hueco de las escaleras que subían a las dos plantas superiores. No le pasó desapercibido la mirada de arriba abajo que le echó, dejando claro que no era una cliente habitual.
Necesitaba, cuanto antes, encontrar ropa nueva.
—Buenas noches caballero, necesito una habitación para una semana… o dos. —dijo Kimbra con voz dulce y pausada, extrajo un saquito que tenía guardado en la capa y depositó sobre el mostrador un puñado de marcos de plata.
El posadero miró la cantidad, y tras un rápido cálculo, asintió y le entregó una llave oxidada, con un cartelito que indicaba la habitación, sin hacer preguntas y volviendo su atención a un panfleto con vivos colores.
Kimbra subió las escaleras crujientes hasta la primera planta, al parecer el color rojo desvaído reinaba en todo el edificio, al igual que los desconchones de pintura, y la madera podrida.
Su habitación era una pequeña estancia con una cama simple y una ventana que daba a un callejón estrecho en la parte lateral del edificio. Supuso que para asearse tendría que ir a los baños públicos de la zona, pero no le importó.
Se dejó caer sobre la cama, cerrando los ojos por un momento y oliendo el aroma a humedad rancia de la habitación. Por fin había llegado a Northees Brinon, pero la inmensidad de la ciudad y la complejidad de su misión empezaban a pesar sobre sus hombros, sabía que la Brinon era grande, pero estando ahora en el sector más pobre y pequeño de la ciudad, se dio cuenta de lo grave que fue su error subestimar la ciudad. Tenía claro su objetivo y no podía levantar sospechas. Cada día que pasara ahí aumentaba el riesgo de ser descubierta y no sabía por dónde empezar, qué gente evitar o qué preguntas hacer exactamente…
Comenzó a sentir la ansiedad sin darse cuenta. Un nudo en la garganta, el sudor frío por el cuerpo y la intranquilidad en las manos fueron los indicativos de que estaba empezando a arrepentirse de su decisión de venir sola.
No era capaz de hacerlo.
Se incorporó bruscamente, se desabrochó la capa dejándola caer al suelo. Abrió la ventana y recibió una ligera brisa, que esperaba que fuese más fresca a esas horas, pero que no lo era por los tejados y adoquines que ya empezaban a calentarse de más por el sol durante esos días de comienzo del verano.
No le ayudó nada, así que desabotonó el escote de la blusa y se arremangó las mangas esperando reducir el calor que le agobiaba.
Tenía que volver y pedir ayuda, necesitaba a alguien a su lado.
Ella no era capaz de hacerlo.
Tras un rápido vistazo a la capa se acordó de algo. Desenrolló un pequeño mapa, que llevaba consigo escondido en uno de los bolsillos interiores, marcado con los lugares clave que debía visitar. Las equis y los círculos rojos marcados en el mapa le ayudaron a centrarse y recordar las palabras de aliento de Elyra en momentos de crisis.
—Eres buena en lo que haces, no necesitas la aprobación de nadie, ve paso a paso. No intentes abarcar mucho desde el principio y confía en tu instinto, el tuyo funciona, no como el de Kael. —dijo la refrescante y tranquilizadora voz de Elyra en su cabeza.
Logró relajarse un poco observando las líneas y curvas familiares en el mapa, y sonrió ante un garabato de Kael en una esquina que rezaba “putillas”.
Sintió de repente que podía hacerlo, solo necesitaba desengranar los objetivos, ir poco a poco.
Su búsqueda la iba a llevar a los rincones más oscuros de Northees Brinon, y necesitaba ser cautelosa y minuciosa en la búsqueda del Mercado Negro, el más grande del Imperio, conocido incluso en otros continentes por poseer cualquier cosa que se buscara. Pociones prohibidas, escritos perdidos, núcleos de magia heredada, tomos para rituales elementales... Todo lo que necesitara estaba en el Mercado Negro de Northees Brinon.
Su primer paso sería recopilar información en los mercados de la zona, escuchar las conversaciones y observar los movimientos de aquellos que pudieran aportar información valiosa para encontrar lo que quería. Pero tras un vistazo rápido a su capa, supo que debía encontrar un par de mudas más discretas.
Miró por la ventana y a través de un pequeño resquicio pudo ver el cielo. El mercado habría cerrado hace tiempo, por lo que las calles probablemente estarían pobladas sólo por aquellos que frecuentaban tabernas y prostíbulos... era el momento perfecto.
Se asomó por la ventana y pudo ver que había un escobero justo debajo de su ventana. Posiblemente sería el acceso perfecto para los ladrones, pero también lo era para que ella saliese a escondidas de su habitación.
Cerró la ventana tras ella y protegió la cerradura de esta. Llevaba más de un año practicando con su poder, y sabía que podría recorrer la ciudad entera, con la protección tan pequeña que acababa de levantar no necesitaría apenas nada de concentración para mantenerla en su sitio.
Cayó sin hacer ruido sobre el suelo y avanzó un poco hacia la calle principal antes de darse cuenta que alguien la observaba. Se detuvo de golpe, alerta.
Era una mujer algo más alta que Kimbra, algo inusual pues pocas mujeres se acercaban a su estatura. Era voluptuosa y corpulenta, vestía un ajustado vestido escotado y una falda suelta que le llegaba a las pantorrillas, con unos botines de tacón. Lo que más destacaba de ella era su majestuoso collar de rubíes a juego con los pendientes.
Estaba cruzada de brazos apoyada sobre la pared de la esquina del callejón, la miraba divertida con brillo en sus ojos.
—Vaya, vaya… Gatita ¿Qué hace una chica como tú por aquí a estas horas? Tengo entendido que los estudiosos se hospedan en la zona media, cerca de la biblioteca… —preguntó la mujer con una voz profunda y melodiosa.
Kimbra miró su ropa, y alisó las arrugas del pantalón de forma apresurada.
—Estoy buscando inspiración para una posible novela… —respondió Kimbra, sin rodeos —Creo que las zonas más desfavorecidas tienen mucho que contar, y claramente no estoy familiarizada, así que no quería… tirar de imaginación y poder ofender a alguien.
La mujer levantó una de sus oscuras y espesas cejas.
—Seguro… —La mujer se incorporó y se acercó a ella observándola de arriba abajo —Una pobre estudiosa, saltando desde un primero con unas botas más ajadas que mis tacones, que busca… inspiración entre putas y vagabundos… Inspirador.
La mujer siguió de largo adentrándose un poco en el callejón. Tras unos pasos se detuvo y miró a la joven por encima del hombro.
—Te sugiero que busques otra historia si no quieres llamar, más aún, la atención. Creeme hay atenciones no deseadas por estás zonas, jovencita.
La mujer siguió andando y se perdió por la curva del callejón. A los pocos segundos apareció un hombre, claramente borracho pero bien vestido.
—¡Rubí! Esta mujer… — Corrió hasta donde se encontraba Kimbra y se detuvo, fatigado y jadeando—¿Has visto a una mujer? Es alta, preciosa… tiene unas tetas… así mira.
Kimbra escandalizada señaló la dirección sin decir palabra y el hombre corrió tras la mujer sin prestarle la mínima atención.