Primera parte
Louis se sentía todo lo contrario a bien; por supuesto, si le llegaran a preguntar diría que ese día se catalogaría como el peor día que había vivido hasta el momento.
Era un día lluvioso y frío, apenas se sentía cálido con el delgado suéter que decidió usar, pero su calor corporal no le permitía usar uno más grande y caliente, estaba bien para él, no era fanático de las chaquetas y bufandas. Y ahí, en el hospital, con apenas pequeñísimas lágrimas en las esquinas de los ojos y la desagradable noticia de la salida a urgencias de su omega, sostenía con fuerza al pequeño bulto de mantas y extremidades diminutas que había sido su cachorra. Estaba en sus brazos, apenas se movía por la baja temperatura y tenía los ojos cerrados y las pequeñas manos hechas puños.
Las horas en la habitación del hospital parecieron eternas, pero finalmente, una enfermera que el médico le presentó antes llamó a Louis, interrumpiendo sus pensamientos en espiral. Se puso de pie con cautela, dejando que las mantas resbalaran sobre la camilla mientras se dirigía hacia la profesional de bata blanca. El tiempo se había detenido en su propia burbuja de angustia, y el eco de sus propios pasos retumbaba en sus oídos. Estaba esperando todavía, no había recibido ninguna noticia sobre su omega y la preocupación se le escapaba de los dedos, su olor ya estaba afectado por eso y no quería que su cachorra sufriera por lo mismo.
—Señor, lo lamento, debo llevarla para hacerle un último chequeo para darla de alta —ahí estaba la enfermera de nuevo, la misma que le dijo que pronto le llevarían nuevas noticias y que no debería preocuparse, que le dijo que no había absolutamente nada por hacer.
—¿Pueden hacerlo aquí?
—Oh, debo avisarle al médico, pero posiblemente sí —trató de darle una sonrisa que no reflejaba más que pena y un poco de empatía por su situación.
La bebé se quejó cuando fue retirada de los brazos de su padre, y lloró cuando le retiraron las sábanas y el conjunto que le pusieron, el médico le hizo un chequeo a sus signos vitales y demás cosas de las que Louis no tenía idea pero no le agradaba ver, aunque no la descuidó.
Cuando se la regresaron de nuevo, fue para dejarla descansar y que Louis le ayudara a colmar su intenso llanto, su clara piel morena con pequeñísimas manchas rojas y con los ojos fruncidos por el esfuerzo de hacer una rabieta por ser retirada de los brazos de su padre. Ella sólo dejó de llorar cuando Louis lamió sus mejillas en un acto con timidez, tratando de calmar a su pequeña familia, su orgullo haciéndolo sentir feliz de que esa cachorra era suya a pesar de la situación. La niña dejó de llorar y dejó salir cortos y rápidos hipidos por lo anterior, sus brazos se movieron en su torso y abrió los labios para poder dormir, agotada por tanto en tan poco tiempo.
Para cuando llamaron a Louis nuevamente, él ya había tomado lugar de nuevo en la camilla donde su omega había estado recostada antes de que se la llevaran al quirófano, sentado con la espalda derecha y la vista fija en un punto aleatorio en la pared, con el bulto durmiente de mantas en su pecho y el dolor de su corazón martillando su cabeza en un recuerdo de lo que jamás pensó que pasaría.
El doctor entró en ese momento, haciendo que la bebé se quejara en voz alta por el aroma desconocido, causando que su padre la envolviera de mejor manera en sus largas extremidades.
—La cachorra está en buenas condiciones físicas de salud, tiene buena oxigenación y su nariz no está constipada. Debido a las fechas, debería mantenerla en una zona cálida o en el nido, de preferencia, y no salir con ella al menos después de los primeros seis meses por la ausencia de su madre y el lazo que se rompió.
—¿De qué está hablando? Mi omega está bien, ¿no? No debería haber ningún lazo roto ni lo que sea que eso significa.
—Señor, su omega pasó por momentos muy duros en el parto —habló sin titubear, y la enfermera que también había llegado con él con la mano llena de una pequeña botella con leche se miraron por unos segundos—. Perdió mucha sangre, tuvimos que hacerle una cesárea de emergencia y su cuerpo entró en shock antes de que pudiéramos hacer algo más. Lamento que esto haya pasado, señor, pero debe saber que hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos para ayudarla.
Las palabras resonaron en los oídos de Louis como un eco distante, y la habitación pareció oscurecerse. Se aferró al borde de la cama, con la mirada perdida en la figura inmóvil de su hija, durmiendo con nada más que tranquilidad. El dolor apretó su pecho, y lágrimas silenciosas resbalaron por sus mejillas mientras luchaba por procesar la pérdida de la vida que habían esperado con tanto anhelo. El médico le ofreció consuelo y palabras de apoyo, pero el dolor en el corazón de Louis era abrumador. Se sentía como si un pedazo de su alma hubiera sido arrancado, dejando un vacío imposible de llenar. En la penumbra de la habitación, Louis se aferró a la fría realidad de que el futuro que habían imaginado juntos se había desvanecido en un suspiro. Ya no podía escuchar más.
Louis tomó el biberón de las manos de la enfermera, le quitó la tapa que cubría la parte más blanda que era la útil, y se colocó a la bebé como ella le había enseñado con una toalla enroscada, le acercó el objeto a la boca y su hija no dudó en abrir los labios al oler la leche, succionando y llenado su pequeña barriga. Las lágrimas que habían estado nublando los ojos de Louis se deslizaron por sus mejillas, cayendo por su mentón hasta su cuello. Su hija seguía dormida, comiendo, y en otras circunstancias no estaría pegada a la botella, sino al pecho de la omega que se ocupó de llevarla por tanto tiempo.
El mundo exterior seguía girando, ajeno a la tragedia que había ocurrido en ese pequeño rincón del hospital. Louis se enfrentaba a un futuro incierto, marcado por la ausencia de la vida que esperaba con ansias. Con el corazón roto, se embarcó en la dolorosa tarea de encontrar la manera de seguir adelante sin la omega que había amado y perdido. Su cachorra, quien tenía los ojos cerrados y su nariz se movía, tenía las cejas apenas fruncidas y las manos hechas puños por sobre la mano de su Louis, abriendo y cerrando en un intento de lograr agarrarse de la piel ahí, sólo causando rasguños leves y marcas rosadas.
Louis la observó ahí, con la piel morena clara y el cabello oscuro, casi rizado, tenía los labios más oscuros y algunas pecas en las mejillas, era igual a ella, como él siempre había dicho, el parecido de su omega y la cachorra era nada más que idéntico. Solo pensar en el parecido hacía que más lágrimas escaparan de sus ojos y sollozos salieran de sus labios con violencia, no podía respirar y la garganta le ardía por la fuerza que seguía haciendo al llorar, sus lágrimas fluían con más rapidez.
Imaginó qué habría hecho si la hubiera sostenido, si la hubiera alimentado. Si le brillarían los ojos como cada vez que su serie favorita salía por milésima vez en el televisor, o tal vez lloraría como las pocas veces que Louis no estaba en casa por el trabajo y tenía dolor de espalda. O tal vez podría sonreír, tal y como en las ocasiones en que Louis la llevaba a una cita o le dejaba comer helado a pesar de su poca tolerancia al frío.
Ese hubiera era tan sólo lo que le calmaba al lobo en su pecho que le rascaba y aullaba por su omega, para que él se levantara y fuera a buscarla, a encontrarla para traerle una madre a su cachorro. Pero inevitablemente, ella ya no estaba.
Ahora sólo eran él, su cachorra y su lobo herido por un lazo que jamás se formó.
⭒˚‧ ︵ ✩
Louis regresó a casa con su pequeña hija en brazos, envuelta en otra manta que parecía demasiado grande para su frágil cuerpo. La casa, una vez llena de expectativas y sueños compartidos, resonaba con un silencio abrumador. Cada rincón evocaba recuerdos de la omega que ya no estaba, y el peso de la ausencia se posó como una sombra en cada paso de Louis. Sus padres, suegros y amigos le ayudaron a entrar al departamento, siendo ya conocedores de la pérdida que había sufrido.
Él seguía teniendo ese sentimiento indescifrable que le carcomía la mente en un intento de seguir asimilando los sucesos. Aquella pérdida que tanto su lobo como su hija seguían tratando de asimilar para poder salir del círculo en el que estaban, haciendo un hoyo en sus lugares por seguir pasando por ahí una y otra vez, con los mismos pensamientos.
Entraron, dejando las maletas con las pocas pertenencias que habían llevado al hospital, la casa estaba vacía, todo para Louis estaba vacío ahora. El aroma a su omega seguía persistente ahí, no se había desvanecido y notó la forma en que su cachorra se relajó más en sus brazos al percibirlo.
La comida ya estaba lista, todo gracias a su madre que había regresado antes del hospital para prepararlo todo. Pero si comer significaba que tenía que dejar a la niña en su habitación o en los brazos de otra persona, se podría rehusar a ello y aguantar hasta que su cuerpo le exigiera alimento. No lo necesitaba en ese momento, lo único esencial era asegurarse de que la cachorra estuviera cómoda y siguiera durmiendo.
Se sentó en la sala, lento y con movimientos temblorosos, casi delicados, para no mover a su hija demasiado y despertarla. Le palmeó muy suavemente la espalda cuando hizo ruidos, y se pasó una mano por los ojos cuando el sueño empezó a hacerse presente. La miró entonces, diminuta entre sus manos, y la memoria de pláticas nocturnas con ella sobre a quién se iba a parecer regresó.
—Louis, tienes que comer —aquel omega que era mejor conocido como su madre entró a la sala, con un plato grande lleno de comida. Lo sacó de sus pensamientos con las palabras murmuradas, él mejor que nadie lo comprendía. Era un omega seguro y que había pasado por tanto, pero Louis no estaba seguro de querer recibir compañía en ese momento.
—No tengo hambre —sentenció, sin quitar la mirada de la cachorra entre sus brazos, aún seguía dormida y se había aferrado a su mano en cuanto la colocó frente a su pecho. Podía sentir bajo su palma la respiración de la bebé, tranquila y profunda, sólo eso lo tranquilizaba lo suficiente.
—Louis. Por favor, hijo, yo la cuidaré.
—Dijeron que no podía estar con otro omega, se hará un lazo nuevo y-
—Yo la cuidaré —Zayn entró en ese momento, le quitó el plato de comida al omega y lo miró hasta que salió de regreso a la cocina. Era su mejor amigo,y quería ayudar a Louis tanto como el enigma se lo permitiera—. Vamos, soy un alfa y eso no le va a afectar —estiró los brazos, y ahogó un comentario más cuando Louis se levantó y le dejó a su bebé en ellos, viéndolo con los ojos hinchados y rojos.
El azul en los ojos de Louis estaba desgastado, como el mar después de una tormenta. No había más brillo, estaban opacos y no mostraban ninguna emoción, apagados.
Liam llegó también, con una taza de té muy caliente, dejándola en la mesita frente a ellos. Tomó su lugar al lado de su pareja, sonriendo un poco al verlo con un bebé en brazos, haciéndose imágenes para después. Pasó las yemas de sus dedos por el flequillo de la menor, quitando los oscuros pero escasos cabellos que apenas le cubrían la diminuta frente.
—Es muy pequeña, ¿eso está bien? —el pelinegro preguntó a nadie en específico, aunque sabía que Louis le daría la respuesta.
—Sí, es omega, así que... —Louis dejó el plato vacío para beber el té—. Ella tampoco era muy alta.
—Lo sé, sólo digo. Eres un enigma, tal vez debería ser-
—Está bien, Zayn —subió su tono de voz, dejó la taza sobre el plato y se aclaró la garganta—. Iré a lavarme las manos.
Ambos alfas ignoraron la forma en que la voz de Louis se había roto al final. Ellos no sabían qué hacer, cómo o qué decir exactamente para que el enigma respondiera de manera adecuada. Sabían que estaba herido, y no era necesario preguntar para saberlo.
—Louis, estamos aquí para lo que necesites. No tienes que enfrentar esto solo—Liam habló con voz suave, mostrando empatía en cada palabra—. Sabemos que es un momento difícil, pero estamos contigo, ¿está bien?
Louis, aún sumido en su dolor, asintió apenas, sutil. Aunque las palabras no podían llenar el vacío, la presencia solidaria de sus amigos empezó a tejer un hilo de consuelo en el tejido roto de su corazón.
Louis entró al baño de la planta baja, se lavó las manos meticulosamente mientras ignoraba su reflejo en el espejo de la pared, ya sabía que la imagen en el espejo no era la mejor. Se secó las manos con una toalla limpia del estante, y se puso crema, de la que habían comprado específicamente para esas cosas. Trató de no alzar la mirada mientras salía del baño, lo que ocasionó que chocara con Luisa al salir, su suegra, si podía seguirle considerando así.
—Oh, Louis —alzó las manos para acunar el rostro del contrario—. ¿Te encuentras bien? ¿Quieres un vaso de agua?
—No se preocupe, estoy… bien. Sí.
—De acuerdo, ¿podrías venir a la cocina? Nos gustaría hablar contigo sobre algo.
—Eh, debo ir por-
—Está en buenas manos, vamos, no serán más de diez minutos —finalizando con esas palabras, se enganchó a su codo y lo llevó a la cocina, tomando sus lugares a lo largo de la barra de la cocina—. ¿Te sirvo más té?
—No, gracias —se sentó en uno de los taburetes y subió las manos a la barra, empezando a jugar con sus dedos de manera ansiosa—. ¿De qué querían hablar?
—Louis, ¿qué vas a hacer ahora? ¿El trabajo? —la alfa siendo su madre dió un paso al frente, recargando ambas ambos en la barra donde se encontraban sentados, haciendo resonar sus anillos y pulseras contra el mármol pulcro.
—El trabajo puede esperar, mi cachorra no.
—¿Y cómo piensas que vas a sobrevivir así? Sin un trabajo, sin una omega y con una hija. No va a ser fácil, Louis —ella volvió a cuestionar, con la voz tosca y sin una mínima pizca de compasión ni mucho menos por lo que acababa de decir.
—Trabajaré en cuanto esté lista para ir a la guardería —habló con voz firme, fulminando con la mirada a la alfa—. ¿Crees que no sé lo difícil que va a ser? ¡Mírame! ¡Tengo una hija y mi omega murió! ¿Cómo reaccionarías si estuvieras en mi lugar?
—Louis.
—No, suficiente de Louis. Lo que sea que hayan pensado hacer sobre mí y mi bebé se acaba ahora, nada de su plan va a funcionar. Es mi hija, el único que va a cuidar de ella soy yo.
—¿Cómo…?
—¿Cómo me enteré? Las paredes son tan delgadas que puedo escuchar hasta sus respiraciones —se levantó de su lugar inmediatamente—. Ustedes no van a llevarse a mi cachorra —señaló con la mirada a sus suegros, quienes bajaron la mirada apenados—, no mientras yo siga aquí, es mi hija les guste o no.
—Era mi hija, Louis —el padre de su omega se levantó con pesadez, la mirada que le dirigió a Louis no mostraba ningún otro sentimiento más que pena y dolor—. No puedes hablar así y pensar que no queremos estar en la vida de nuestra nieta, porque estoy seguro de que mi hija no habría querido eso.
—Señor, yo sé que es difícil. Es lo más difícil que he pasado en mi vida y no ha pasado ni un día, pero ella se va a quedar aquí. Es mi hija, tiene que estar conmigo.
—Louis, no estás en condiciones de poder hacerse cargo de ella —la madre de su omega también se levantó, con más lágrimas no derramadas en los ojos.
—Pueden irse ya, y no quiero que nadie venga después, no entrarán a nuestro nido sin mi autorización —declaró, posiblemente más enojado de lo que se encontraba antes, y entró a la sala, casi chocando con Liam saliendo de la sala.
—Lo siento, creo que tiene hambre —señaló hacia atrás.
—Pude oírla —se pasó los nudillos por debajo de la nariz, antes de sorber su nariz y de caminar con Liam detrás suyo hasta la cocina de regreso.
Le hizo una botella de fórmula a su hija, ignorando los ojos que le clavaban las miradas como espadas en la espalda. La calentó lo suficiente para que estuviera en la temperatura correcta, y puso un par de gotitas en el dorso de su mano para checar la misma. Dejó todo en el lugar en el que estaba antes de usarlo y regresó a la sala, pudiendo escuchar a su hija llorar con fuerza en la habitación.
La niña se encontraba en los brazos cálidos y más que reconfortantes del alfa, lloraba con un motivo en particular e ignoraba el hecho de estar siendo mecida contra un pecho desconocido, en busca de engancharse para poder alimentar su sed, aparentaba las manos en puños y seguía girando la cabeza hacia la izquierda como lo haría si estuviera en brazos de su madre, dándole un mensaje implícito.
Cuando Louis la vió así, indefensa igual a él, tragó el nudo que se había formado en su garganta ante escucharla llorar, y tomó la botella en la mano izquierda mientras sostenía a su hija en su mano derecha, tan diminuta para caber en sí sobre su palma. Le llevó unos segundos a la omega para apenas hipar antes de tener la punta del chupete entre sus labios, permitiéndole empezar a beber.
—Está bien, ¿mhm? Estás conmigo… —Louis le habló, soltando algunas feromonas por pocos segundos para envolverla, dejando que hiciera puños su camiseta con dedos apretados e hipidos de lo que fueron sus sollozos—. ¿También van a decirme lo que ellos? —se dirigió esta vez a los alfas aún en la sala, sin levantar la mirada de los rasgos de su hija.
—Sabes que no es así… Quiero decir, estás herido y es entendible, pero querer alejarte de ella no es seguro para ninguno de los dos —aquel alfa de ojos amables habló con una pizca de inseguridad en su voz que no pasó desapercibida para el enigma, haciéndolo esbozar una sonrisa pequeña—. Si nos quieres fuera de tu nido está bien, pero nosotros no vamos a hacer lo que ellos quieren.
—Está bien. No los quiero fuera de mi nido, estoy de cierta forma tranquilo con ustedes aquí —le quitó el biberón a su bebé cuando acabó, dejándola dormir de nuevo, y la colocó sobre su hombro para sacarle el aire—. Sin embargo, con ellos no. Por favor, díganles que pueden irse ya, al parecer no quedó suficientemente claro cuando yo lo dije.
En el momento en que los alfas salieron de su espacio, el enigma pudo palmear suave y repetidamente la espalda de su cachorra hasta que pudo escuchar un leve sonido que indicaba que cualquier rastro de aire había salido. La recostó de nuevo en su pecho y se permitió relajarse unos pocos segundos, escuchando las voces de los demás en la cocina, seguido de la puerta siendo abierta y cerrada.
Estaba solo y eso era mejor que cualquier otra cosa que le había pasado ese día.
⭒˚‧ ︵ ✩
El atardecer bañó el diván en el que Louis y su hija estaban, dejándoles la piel más iluminada y apenas besada por los dorados rayos bajo los que estaban.
Su bebé no había abierto los ojos aún, aunque Louis tenía el presentimiento de que serían tan azules como los suyos, brillantes y grandes como los de su madre y tal vez con las pestañas tan largas como la misma. Y las cejas las tenía apenas con leves y cortos vellos, arqueadas y casi invisibles.
Su nariz, pequeña y redonda, como la de él. Sabía en el fondo que a ella le hubiese gustado verla, porque ella la tendrá, tengo el presentimiento. Además, sé que eso aumentará el ego que ya te cargas.
Más pensamientos le llenaron la cabeza, haciéndole cerrar los ojos para no soltar más lágrimas de las que ya había soltado. Tanto así era el dolor en su pecho que le costó abrir los ojos de nuevo para atender los quejidos suaves y gorjeos que escuchó, y sorbió la nariz pasándose el nudillo por debajo antes de por fin llevar a cabo esa acción.
Ahí estaba ella, con los ojos desenfocados y entrecerrados, azules, brillantes y preciosos. Magníficos si la pregunta se dirigía hacia Louis.
Él sonrió, por primera vez en aquellos tres días que había pasado en el hospital.
—Hola, mi amor —pasó las yemas de sus dedos por las pequeñísimas palmas de sus manos, acariciando como si la delicada piel fuese a romperse con el más mínimo y bruto toque suyo—. Eres igual a mamá, preciosa, pequeña como ella… —admitió.
Le siguieron algunos segundos más, la omega no dejaba de abrir la boca en silenciosas muecas que no decían nada, sólo los sonidos extraños que le tomaron dos segundos para obtener la atención completamente de su padre sobre ella. Aquellas manos diminutas que luchaban contra las de Louis para soltarse a arañarse el rostro en un auto-descubrimiento, y con esas pequeñas piernas que se doblaban en intentos de saltar de su lugar hacia arriba, tratando de alcanzar algo que ni siquiera tenía noción de existencia.
Esos momentos que le tomaron a Louis un par de minutos en sacar el celular para poder sacar decenas de fotografías decentes y borrosas, captando los momentos más inesperados pero importantes como lo eran aquellos, esos que le prometió fotografiar para culminar el álbum de recortes que ya habían iniciado.
Ella permaneció en su mente esa tarde, llenándola de las más recientes y positivas memorias que tenía; llena de su cachorra, emocionada por el nacimiento de la misma, yendo de compras cada fin de semana, en el llamado baby shower y hasta en la sesión de fotos que tuvo. Pero después estaban las negativas; el hospital, la marca y la decepcionante noticia sobre su fallecimiento. Todo eso se unió en un sentimiento nuevo, una combinación extraña que le hacía mal en el pecho a su lobo y a su mente en sí.
Y ahí estaba, su hija durmiendo en el pecho de su padre horas después, como una cura ante el inminente dolor ahí, llevándose todo.
Louis no podía evitar llevar a su bebé a todos lados.
Llenarse el pecho de preocupación por el simple hecho de dejar que la cachorra se quedase recostada en el sofá rodeada de almohadas no estaba en sus opciones. Tenía la mano izquierda ocupada con su pequeño cuerpo mientras desayunaba con la derecha, bajando la mirada cada cierto tiempo para confirmar que estuviese bien.
La silla al frente suyo estaba vacía, todavía tenía la manta tejida a mano que ella tardó en hacer medio mes, la que siempre usaba para ponerse en la espalda por el frío de la cocina. Él la había observado hacerla, con esas pequeñas manos que siempre tenían anillos y brazaletes que tal vez las hacían ver más pequeñas; la había visto analizar cada tutorial y hacer llamadas a su madre para verificar que estaba yendo por el buen camino y no se había saltado puntos.
La recuerda entre bolas de estambre de colores oscuros, con ganchos y agujas tratando de ver qué técnica se le hacía más fácil y le ayudaría a terminar más rápido. La recuerda en esa ropa interior en la que le gustaba andar cuando su vientre empezó a brotar, diciendo que no tenía porqué ocultar su vientre de los demás, mucho menos de su enigma.
Un gorjeo lo sacó de sus pensamientos, viendo que su cachorra trataba de abrir los ojos como hace un par de días, sólo que ésta vez se llevó las manos al estómago para hacerlo, estirando las piernas y abriendo la boca en un bostezo que apenas hizo ruido.
—Buenos días —le alzó por el torso, y la colocó contra su hombro, antes de beber de su taza de té ya tibia. Tragó el nudo en su garganta cuando volvió a ver la manta, y la ignoró mientras terminaba de desayunar escuchando los sonidos que la bebé no dejaba de soltar—. Te cambiaré y veremos a Liam y Zayn más tarde, ¿hmm? También te daré un recorrido por la casa, aunque no creo que sirva de mucho.
Louis dejó la taza de té sobre el plato pequeño de cerámica que había usado para comer un pastel, uno de los que ella había hecho para recibir a su cachorra en casa, para cuando se aliviara y llegara de nuevo a su hogar.
Todo le acordaba a ella, o quizá era que toda ella seguía en la casa porque simplemente era su lugar, donde pertenecía siempre y que había acomodado y hecho a su antojo por lo consentida que llegó a ser por Louis. Todas las pequeñas cosas que Louis no había notado hasta que empezó a sentirse demasiado solitario para examinar y observar cada pequeño detalle que había en ese departamento.
La cachorra en sus brazos le apretó la piel en el cuello, pegando su boca a su hombro para hacer esos suaves sonidos de succión que sólo indicaban que ya era su hora del desayuno. Lo que le llevó a sacar de esas escasas botellas que tenía en el refrigerador, de las que ella había llenado unos días antes para estar preparados, como había dicho.
Mientras se calentaba, sólo pudo observar a la bebé, con la piel morena como ella, y el cabello tan oscuro y que apenas se le rizaba. Tenía los ojos oscuros, pero los labios y la nariz de él, y era tan pequeña que podía caber a la perfección tan sólo en la palma de su mano. Tenía ese característico olor que todos los bebés tenían, con ese toque fuerte de su padre y algo suave por las mantas en las que había estado envuelta durante la noche.
Era perfecta, y Louis ya había caído por ella para consentirla tanto como había hecho con su madre. Ese amor tan paternal del que ya había sido atrapado apenas pudo sentir sus patadas por sobre la piel de su omega, y tan pronto como pudo olerla en su aroma, desde que era tan pequeña que no era visible más que para él. Y estaba tan bien con ello.
El agua hirvió en el pequeño traste donde estaba la botella de plástico y no tardó en sacarla para verter algunas gotas en el dorso de su mano, confirmando que la temperatura estaba siendo la correcta. Le tomó de nuevo con el brazo izquierdo y le llevó la parte blanda y de plástico más suave a los labios, dejándola comer a su necesidad.
Le detalló una vez más el rostro, y ya que tenía sus ojos sobre él, no dudó en empezar a hablar, tal y como ella le había advertido que haría cada vez que tuviese ese contacto tan conectivo con ella.
—Sinceramente, no sé qué decirte —ella le miró con más intensidad apenas reconoció su voz, haciendo esos sonidos pequeños alrededor del plástico, moviendo manos y piernas con fuerza—. Pero mamá decía que debía contarte cosas, que hablarte sobre lo que fuera sería tan importante para tí y para nosotros, de alguna manera.
Alzó la mirada hacia el diván de la ventana, el que todavía tenía las flores frescas que se suponía eran para su omega. Se dirigió hacia allí llevándose dos de las almohadas más grandes del sofá, listo para contarle alguna historia a su hija que posiblemente no recordaría en su vida.
—Sabes, conocí a tu madre como en uno de esos libros que le encantaba leer —acomodó ambas almohadas para poder recostar a su hija en su pecho sobre ellas—. Le gustaba decir que si alguien nos conociera, no dudaría en hacer un libro así sobre nosotros, sobre todo. Le gustaba decir que si nadie estaba dispuesto a hacerlo, lo haría ella. Todas las noches, la veía escribiendo en su diario, pero jamás me dejó leerlo.
La cachorra lo veía con total admiración, escuchándolo con tanta atención como si supiera quién era ella, o qué era un libro. Pero su mirada no bajó de los ojos de su padre mientras terminaba de hablar, así como ella de comer. Sonrió cuando Louis le quitó el biberón para colocarla sobre su hombro y sacarle el aire.
—Entonces, si hay un libro ahí posiblemente jamás lo encontremos. ¿Hmm? Nunca me dijo dónde lo había dejado, y supongo que lo perdió porque tampoco logró encontrarlo.
La bebé rió cuando la bajó de nuevo a las almohadas, estiró las piernas como si quisiera brincar y salir de ahí, sus manos eran tan pequeñas que no pudo rodear el dedo índice de Louis que tenía cerca, pero lo sostuvo frente a su rostro con ambas para después reír sin sonido.
—¿Qué es tan divertido, hmm? —se acomodó mejor y puso ambas piernas sobre la suave tela del diván, dejando a la cachorra en medio sobre las almohadas mientras sacaba su celular, recordando sacar tantas fotos como le había pedido—. Vendrán Liam y Zayn, posiblemente con regalos conociendo a Zayn. Y si no quieres estar de mal humor después, deberías tomar una siesta ahora.
Ella le cerró los ojos con fuerza, haciendo pequeñas arrugas en los costados de sus ojos, mientras Louis apenas sonreía y la levantaba contra su pecho, soltando tantas feromonas como le fuera posible para no abrumarla, y no tardó en sentir su respiración más pausada y suave que antes.
⭒˚‧ ︵ ✩
Para cuando ya estaban en el subterráneo con dirección al departamento de Louis, sostuvieron con fuerza las bolsas llenas de pequeños detalles que le habían comprado a su ahijada desde antes, detalles y regalos que habían reservado justo para después de su nacimiento.
Bajaron antes de tomarse de las manos para empezar a caminar, sin importarles si las personas que tenían alrededor les miraban con algo más que no fuera algún tipo de confusión. Les tomó menos de veinte minutos de soportar la atención antes de llegar al edificio de Louis.
Ya habían acordado la visita, por lo que el portero—que los conocía desde que Louis vivía ahí—les dejó pasar sin ningún problema, subiendo por el ascensor hasta el piso adecuado, con la mente llena de las palabras que deberían buscar para una buena conversación sin llanto del que Louis no había tenido suficiente.
Louis los recibió con la cachorra en el hombro, despierta y moviendo las piernas de arriba a abajo después del cambio de pañal que tuvo después de su siesta, lo que le daba la energía que casi no creía que un bebé de su edad pudiese tener.
—Oh, dame a mi ahijada. Pobrecita, tiene que estar todo el día contigo —Zayn le estiró los brazos a la cachorra, haciéndola reír y sacar sonidos de su boca sin poder ser entendibles. Él la tomó antes de entrar al departamento con Liam tras suyo—. Te traje regalos, niña, muchos regalos. Y espero que sea lo suficiente para que yo sea tu favorito.
—¿Cómo te sientes?
—No lo sé, ¿bien? ¿estable? —Louis le ayudó a Liam con las bolsas, entrando a la cocina aún viendo a Zayn con su hija, haciéndole frambuesas en las mejillas hasta verla reír—. Ni siquiera sé cómo debo sentirme, no puedo caer en la tristeza de la que todos piensan que estoy por ella. Han pasado tres semanas y sigue sintiéndose tan cerca, es como si hubiera pasado ayer y eso está matándome.
—Oye, está bien que te sientas de esa manera. No puedes simplemente guardarte todo lo que deberías expresar, no puedes arriesgarte a que en algún momento todo se salga de control —el alfa sacó los contenedores de comida que sería su cena, dejando los pocos que había alcanza a tomar antes de llevar sus manos a los hombros de Louis.
El enigma alzó la mirada hasta el techo, sorbiendo la nariz y rascando su pómulo izquierdo antes de empezar a derramar lágrimas en silencio. Aceptó el abrazo que Liam le ofreció, sin hacer ruido más que para soltar los sollozos que había estado reprimiendo desde días atrás.
Estaba exhausto, tenía ojeras bajo los ojos que ya estaban tan rojizos por el llanto, sin aquel característico brillo que poseían. Tenía las muñecas lastimadas por la picazón que tenía, le dolía el hombro izquierdo y su ropa ya había dejado de oler a ella, haciéndole sentir tan miserable de no haber podido rescatarla.
—No es tu culpa, lo sabes. Y sé que estás cansado de que te lo digan, pero es cierto. No estaba en tus manos que se complicara de esa manera, ¿de acuerdo? —Liam le apretó la nuca en un gesto reconfortante, besándole la frente de esa manera tan familiar que sólo podía indicarle la hermandad que había entre ellos—. Deberías dormir un par de horas, Zayn está bastante entretenido como para quitársela ahora.
—Está bien, gracias —se alejó de él—. Sólo, no la dejen sola, ¿sí? Ni en el sofá ni en ningún otro lugar, saben dónde está todo y no duden en ir conmigo si algo pasa.
—Estará bien, ve.
Louis le agradeció de nuevo en voz baja, sin atreverse a alzar la mirada hacia donde Zayn y su cachorra estaban, demasiado centrado en dormir algunas horas para poder cuidar de ella como se debía.
No había notado la forma en que el cansancio había estado pendiente de él todo el tiempo, la manera en que sus ojos se cerraron apenas tocaron la almohada correctamente fue tan rápida y sencilla que se había preguntado por cuántos días había estado durmiendo de a ratos pequeños y apenas unas cuantas veces al día. Se cubrió apenas los hombros con una sábana antes de que el sueño se apoderara de él en menos de lo que esperó.
Sus sueños no iban más allá de pesadillas sin fin que le atormentaban, repitiéndole tan constantemente que lo que había pasado estaba en sus manos, que de no haber sido suficientemente responsable de su omega y darle la marca que merecía, ella todavía estaría allí, entre sus brazos con su cachorra, sana y salva de lo que fuese.
Le apretaba el pecho y la garganta de nudos tan apretados que sólo le hacían jadear por aire para que sus lágrimas y sollozos no lo atraparan, para que sus pulmones atraparan el aire necesario que ocuparía para seguir viviendo, para salir de esa ensoñación que no hacía nada más que hacerle sentir más culpable y miserable de lo que ya se sentía, de lo que ya sabía que era.
Se despertó apenas unos diez minutos después, girando en su costado y mirando hacia la nada, donde debía estar la omega aún con su hija en el vientre, donde posiblemente habría de tenerla si le hubiese dejado tener un parto en casa, en su nido con tantas comodidades como fuese posible, pero no estaba permitido por los riesgos que tenía al no tener su marca.
Estiró el brazo con cautela, atrayendo una de las pocas almohadas que había dejado libres para su cama y se la llevó al pecho, pegando la nariz a la funda de tela suave para aspirar el poco olor que le quedaba, las pocas gotas de su esencia tan dulce que podía hacer maravillas en el lobo interior del enigma.
Quiso ser egoísta, quiso quedarse con ese rastro de aroma para él, seguro diciendo que ya no quedaba absolutamente nada de su aroma para que no se lo quitaran, para que sólo él tuviese la exclusividad de poder sentirla entre sus brazos una vez más. Y se sentía incorrecto, poco moral dado que había una bebé que lo necesitaría más que él y aún así la seguía privando de poder percibirlo.
Se llenó los pulmones una vez más antes de dejarla en su lugar, girando de nuevo para bajar la mirada y ver el nido tan acogedor y cálido que ya sabía que era; se le apretó más el nudo en la garganta al verlo, al notar cuánto cariño y amor le había puesto para hacerlo, dejando que ella le pusiera los toques finales y lo acomodara a su gusto, a cómo ella se sentía mejor y más cómoda.
Se quedó dormido con el querer soñar con ella una vez más. La dependencia que le tenía se hizo más fuerte y se sintió impotente al saber la verdad sobre su vida, sobre lo que pudo haber hecho para que de lo ya había pasado y que ya estaba suficientemente hundido para salir de ese hoyo pronto.
Los sueños volaron a él, dejándose llevar en una de esas creencias que ella tenía, una de las que decía que ella siempre habría de estar con él, que tenía que hacerlo sin importar la manera en que fuera, pero ella estaría ahí. Le creyó y esperó con ganas, dejándose llevar y respirando con calma una vez fue envuelto en un sueño abrasador que tanto necesitaba.
⭒˚‧ ︵ ✩
Despertó con un peso en el pecho, y unas pequeñas manos que pellizcaban todo a su paso, incluyendo su barbilla y cuello.
—Listo, ha despertado. Tal vez deberías ser algo como un despertador personal, así nadie sufre por un sueño interrumpido por una alarma irritante —la voz de Zayn se hizo presente en la habitación, y el peso ligero se retiró cuando él la quitó de ahí, haciéndole abrir los ojos de manera pesada—. Queríamos dejarte dormir más, pero Liam hizo la cena y deberías comer, ya nos enteramos que no has comido nada más que té y galletas.
—¿Quién dijo eso? —se talló los ojos y se levantó de la cama, tratando de no ver el nido de nuevo y tomando a su hija de los brazos del alfa—. ¿Tú le dijiste, pequeña traidora? ¿Hmm?
—Sí, por supuesto que fue ella. No fueron los envoltorios de galletas ni las cajas de té en la basura.
Salieron de la habitación, listos para cenar aunque uno de ellos no tenía el apetito necesario para hacerlo. Tomaron lugar en la mesa del comedor, dejando que la cachorra jugase con uno de los peluches tan suaves que le habían llegado ese día.
—De acuerdo, ¿quién le dió a mi hija un perro sin patas? —tomó el peluche de la cola, jalandolo para dejar ver que aquel juguete solo tenía un par de patas, las que se suponía serían las delanteras.
—Ah, sí. Yo lo encontré, pero míralo, es tierno. Ni siquiera se veía que no tenía las otras patas por la caja. No es importante —Zayn le restó importancia con un movimiento de mano, y Louis le regresó el extraño juguete a la bebé cuando estiró los brazos hacia él—. ¿Dormiste bien? Podemos quedarnos esta noche, si quieres…
—Estoy… Bien, sí. Pueden quedarse si quieren escucharla llorar en la noche —antes de que Liam le ofreciera su plato lleno de comida, le pasó las yemas de los dedos por el delicado rostro que poseía, agradeciendo en voz baja que lo que hacía dicho no era cierto y se encogió de hombros.
—No nos importa, podemos ayudarte en eso sí quieres —Liam no tardó en hacer lo anterior, llevando también los platos que ellos usarían, aunque con una menor cantidad que su plato—. Podemos ir al supermercado mañana, casi no tienes nada de despensa, ¿quieres?
Louis sólo asintió con la cabeza.
Cenaron en silencio, su bebé cayó dormida apenas unos minutos después de que empezaron a cenar, causando que una sonrisa se expandiera apenas notable en el rostro de Louis, apreciándola en esos pequeños momentos de paz.
Liam y Zayn terminaron por quedarse en la habitación libre que había en el departamento, sólo había una cama y un mueble vacío, dado que nadie dormía ahí desde que Louis se mudó a la de ella.
Louis le dio el recorrido a su hija, quien apenas observaba todo con curiosidad y una mirada desenfocada como sólo un cachorro lo haría. Le contó cada cosa y detalle que pudiese haber en las paredes y las historias detrás de cada fotografía que había enmarcada.
Mientras avanzaban por la casa, Louis narraba anécdotas llenas de amor, recreando con palabras la presencia de la omega que ya no estaba físicamente presente. La cachorra, aunque incapaz de entender completamente, parecía captar la esencia de cada relato a través de la conexión especial que compartían.
Louis dejó de hablar, sonriendo apenas cuando vió las fotografías que habían puesto en la mesa de la sala, en el comedor y los pasillos. No notó que la bebé se había dormido apenas habían entrado a la sala, aún bebiendo del biberón con las pequeñas manos hechas puños sobre la piel de su pecho; él siguió el camino sin dar explicaciones hasta su habitación.
El nido seguía ahí, lo ignoró y sólo así pudo dormir un par de horas antes de que su cachorra se despertara por un cambio y una botella.
⭒˚‧ ︵ ✩
Ella se removió entre los brazos de Louis, inquieta porque había leído que esa noche habría un eclipse y estaba segura de que necesitaba verlo, sacar su telescopio para no perderse de esa magnífica experiencia y quizá dormir por la tarde.
—Es muy tarde —Louis murmuró con pereza, casi balbuceando por el sueño del que se le había privado por los movimientos de la morena—. Duerme de nuevo.
—No puedo —ella se removió una vez más hasta que pudo quedar de frente con Louis, pegando su nariz fría al cálido pecho del enigma—. Vamos a ver la Luna.
—Siempre quieres ver la Luna —le reprochó—. Mañana no querrás levantarte cuando te lo diga.
Ella se pegó más a su cuerpo, le rodeó la cintura con las piernas mientras sus brazos subían a su cuello. Ronroneó cuando el enigma metió sus manos al pantalón de su pijama y aceptó el agarre apenas debajo de sus rodillas para pegarse más a su pecho.
—Hay que quedarnos así —le dijo al oído—. Déjame tocarte así…
La omega rió con ganas, dejándose tocar tal como Louis quería. Se quedó con una sonrisa en el rostro mientras el enigma le tocaba desde las clavículas hasta el estómago, y tal vez un poco más abajo entre las piernas.
—Llévame a ver la Luna y tal vez te deje seguir adelante con tus caricias.
Louis rodó los ojos, pero le hizo caso. El tono omega de la primera oración le había afectado positivamente, así que la tomó por debajo de las rodillas para por fin levantarse hacia el balcón en su habitación, con ella bien pegada a su pecho.
—Ya la has visto, ahora podemos volver a dormir —Louis decretó en un tono que no expresaba nada más que burla.
—¡Oye! Bájame, quiero verla bien.
—La estás viendo bien, no creo que necesites tus lentes para ver algo en el cielo.
—No los necesito —se retorció hasta que Louis la bajó, subiéndose a los empeines del enigma para no tocar la fría madera directamente—. Siéntate, quiero que la mires conmigo.
Louis hizo movimientos complicados hasta que se sentó con ella sobre sus muslos, la abrazó para que no pasara frío con la brisa de verano y pegó el costado de su mentón a su sien, sobre aquel cabello esponjado y sin trenzar aun.
Jeanine no hizo más que suspirar con amor hacia el satélite, dejando que Louis le besara las mejillas y le apretase entre sus brazos. Estaba feliz ahí, su lugar favorito para estar.
Si algo le pasara a Louis quizás dejaría de ser ella, y siempre pensaba en eso cuando lo veía; la falta que le haría si lo llegase a perder, si en algún momento se separaran, ella jamás podría volver a recuperar esa chispa que todos decían que tenía por estar con él.
Había escuchado los cuentos y también los había leído, le gustaba aprender sobre manadas antiguas y tribus madre de sus naciones. Sabía que los enigmas tenían a sus Lunas, mejor conocidos como sus omegas; pero Louis era su Luna, y no le daba vergüenza decirlo.
—Me gustaría hacerme otro tatuaje —dijo cuando vió los brazos del enigma—. Abajo del pecho, una Luna.
—¿Otra?
—Sí, otra. Tal vez después de la graduación, ¿no crees? Se vería bien.
—Muy bien. Yo mismo te llevaré justo después de que subas al escenario a recoger tus papeles.
—¿Y la cena? Ya pagaste por ella…
—No importa, iremos a esa cafetería ochentera que te gusta —la giró hasta que quedó a horcajadas sobre él—. Y te traeré aquí, hasta ver que la Luna desaparezca con el amanecer y pueda anudarte correctamente.
Ella lo miró con adoración y alegría pura, Louis sonrió.
Su Luna que ni siquiera sabía que lo era.
—¿Me dejas verla?
—No tienes que preguntar jamás, omega.
Louis se giró un poco, alzando el brazo izquierdo por encima de su cabeza para dejarle ver lo que quería: su marca.
Jeanine sonrió con las mejillas brillantes por la luz blanca. Pasó las yemas de sus delicados dedos por encima de su marca, aquella que le decía que ese enigma estaba con ella, que le daba ese sentimiento de seguridad y confort.
—Ya terminó de curar, se ve bonita otra vez —la omega se agachó lo suficiente para besar la marca blanquecina, relamiéndose después—. ¿No?
—Curada o no, se ve preciosa siempre, como quien la hizo, ¿hm?
Tal vez no debería pensar en ella así, pero estaba en el mismo lugar que esa noche, sin camisa dejando que Maia le pellizcara la piel mientras dormía.
Había sido todo tan repentino, su cachorra no dejaba de llorar y ya había hecho de todo para calmarla. Esa fue su única opción, su madre se calmaba de igual manera con tan solo percibir la luz blanca en la piel.
Maia seguía teniendo esos pequeños brincos después de haber llorado tan desesperadamente, dejando escapar pequeños sonidos que sólo un bebé haría. Dejándose mecer y llenarse de mimos por su padre que haría de todo para tenerla contenta.
Louis había tenido que nombrarla, con pena y eligiendo uno de la larga lista que Jeanine había es rito y pegado al refrigerador. Su omega había dicho que le pondría un nombre adecuado para sus ojos, cuando los viera. Jeanine era abogada, y había empezado a estudiar su segunda carrera como astróloga, una gran aficionada total de la astrología y todo lo relacionado al espacio; Louis ni siquiera se inmutó cuando todos los significados de los nombres escritos tenían relación al espacio.
—Algún día te gustará ver la Luna como a mamá, quizá no solo sentarte a dormir.
Louis cerró los ojos después de hablar en voz baja, imaginando a Jeanine entre sus brazos rodeando a su cachorra; no había soñado con ella jamás, no desde que la perdió, pero estaba tan feliz de verla aunque fuera por su imaginación que sonrió.
En sus ensoñaciones estaban ambas, protegidas y a salvo entre sus brazos. Quizá Jeanine tendría aquella mirada llena de brillo como cada vez que le llevaba helado o como cuando Louis le besaba las mejillas y los párpados hasta hacerle reír a carcajadas.
Se llevó la mano a su costado, justo donde su marca había empezado a arder y dar picazón con la ropa ajustada, además del color oscuro que había tomado a los alrededores.
Su marca ya no se veía tan bien, dolía y los analgésicos no ayudaban mucho. Su piel se sentía dura y reseca, aplicaba cremas todos los días y no la tocaba, poniendo gasas alrededor e ignorando la incomodidad. Sabía que sería un proceso doloroso, pero no había nada que pudiera hacer. La cicatriz quedaría ahí para siempre, y no tenía ganas de quitársela pronto.
Pegó más a la cachorra a su pecho, oliendo su coronilla para conocer su estado antes de volver a relajarse contra la pared detrás suyo.
Maia durmió bien esa noche, y despertó aun cuando su padre estaba durmiendo debajo de ella en el suelo de madera sosteniéndola en su pecho y dejándola dormir bien gracias a su calmada respiración.
Se sentía somnolienta, tenía ese ruido raro que su padre soltaba en sus oídos y que le había atormentado el sueño. El enigma tenía ese ruido que no sabía de dónde venía pero que también soltaba cuando requería de la atención de su padre en ella. Era suave, un ronroneo
Le pellizcó las mejillas, e hizo muecas cuando tocó algo fino pero irritable entre sus manos, colocando sus manos de nuevo en la zona para después reír ruidosamente y repetir sus acciones.
Hizo despertar al mayor con sus risas, y Louis no se movió más que para abrir los ojos y agudizar los oídos para poder admirar las primeras carcajadas de su pequeña por primera vez.
—¿Quién despertó ya, hm?
La cachorra brincó en sus brazos antes de relajarse nuevamente, le babeó la clavícula donde había encontrado un lugar cómodo y volvió a arañarle los hombros.
—Vamos a desayunar, Maia. Hoy tenemos un día ajetreado.
Louis hizo un trabajo eficaz con su desayuno, ésta vez decidido por un tazón de avena con fruta, dejándola a un lado mientras calentaba la última botella que Jeanine había dejado en el congelador. Había dejado los tés y las galletas unas semanas antes, cuando Liam y Zayn lo descubrieron y le llevaron la despensa cuando decidió no ir con ellos.
Maia trataba de sostener su cabeza en lo alto para mirar detrás del hombro de su padre, soltaba gorjeos mientras se metía las manos a la boca y pataleaba.
—Entonces… —el enigma tomó sus desayunos antes de caminar hasta el diván que se le hacía tan cómodo para su cachorra, con todas esas almohadas para dejarla acostada con el biberón—. Mañana tenemos que ir al supermercado, definitivamente no sé atar pañales de tela como mamá y empezarás a tomar leche de fórmula hasta que encuentre otra alternativa.
La cachorra lo miró con ojos somnolientos mientras bebía hambrienta del biberón. Hizo sonidos de respuesta y se llevó las pequeñas manos a los pies sin calcetines.
—Y hoy tenemos que ir al hospital, no te diré para qué pero irás conmigo. Después, debemos ir a la casa de tus abuelos, ¿hm? Nos citaron y no quisiera llevarte, pero tampoco puedo alejarte de mí por tanto tiempo, cachorra.
Siguió desayunando, mientras cuidaba que Maia bebiera con cuidado y lentamente para que no le dieran los cólicos.
—Tal vez te dé un baño también, ¿o te quejarás cómo tu madre cuando le decía que lo hiciera? A ella no le gustaba hacerlo bajo la regadera, decía que era incómodo; prefería meterse a la bañera con la regadera manual para lavarse como querías —sonrió ante el recuerdo y se relamió los labios—. Y así tomarás el tuyo hoy. Leeremos un cuento y eso será todo, ¿estás de acuerdo?
Maia pateó sus pies y dejó escapar el biberón cuando acabó.
—Tomaré eso como un sí.
⭒˚‧ ︵ ✩
Louis abrigó cuidadosamente a Maia, le puso uno de esos conjuntos exageradamente esponjosos con gorra debajo de una manta igual de esponjosa y cálida. A pesar de las quejas de la cachorra, Louis tomó la pañalera ya lista desde semanas atrás para la ocasión. El enigma sonrió un poco ante el recuerdo.
Se puso la bolsa en el hombro antes de apretar a Maia contra su pecho y salir de la habitación para tomar las llaves y cartera en la mesita de la sala.
—¿Por qué la estás preparando ya?
—¿Y por qué no? No sabremos si tendremos el tiempo suficiente para poder armar una bolsa en el momento menos indicado.
—De acuerdo… entonces decidiste hacer la maleta incluso si mi cachorra sigue dentro tuyo, sentada en el suelo sin ropa.
—Sí.
—Levántate, por favor. El piso está frío.
—Enigma —Jeanine habló con un tono caprichoso, echando la cabeza para atrás mientras Louis la tomaba inmediatamente por debajo de los brazos para subirla a la cama—, déjame allí. No se siente frío.
—Me lo agradecerás después —su frase se interrumpió por el estornudando de la morena—. ¿Ves?
—Bien.
Louis sonrió, el recuerdo seguía fresco en su memoria como si hubiese pasado apenas. Pero salir del departamento para ir al hospital era más importante que quedarse dentro a llorar por sus recuerdos. Le dolía la cabeza de tanto llorar, lo hacía mientras Maia dormía para no asustarla, pero seguía drenando su energía.
—Vámonos ya. ¿Estás lista?
Maia se quejó en sus brazos, retorciéndose antes de lloriquear por falta de atención. Louis le sonrió antes de pasar su nariz por sus mejillas regordetas y marcarle con su aroma, lista para salir en ese momento. Le gustaban esos momentos entre los dos, cuando Louis ofrecía toda su protección para cuidarla y asegurarse de que estaba a salvo.
El pasillo estaba vacío a excepción de aquellas peculiares macetas con plantas raras que la señora Morrie tenía a los lados de su puerta. Tenía mucho tiempo que Louis había salido del departamento, apenas salía al balcón y de vuelta al interior. Era la primera vez que salía de casa sin ella y se sentía peor de lo que había pensado que sería.
Llegaron al ascensor, descubriendo que Clarisa y su cachorro también estaban en espera del mismo.
La alfa lo miró con empatía, Louis pudo escuchar su respiración tartamudear antes de que tomara una respiración profunda.
—Louis.
—Hola, Clarisa. ¿Cómo estás?
—B-bien, sí. ¿Tú? —la alfa acomodó mejor a su hijo en su cadera antes de hablar nuevamente—. Sabes, yo… lamento lo que sucedió, sabes que pasé por algo similar y-
—Clarisa… No es necesario, no necesito más consejos para superar esto. Lo aprecio, en verdad, pero parece que todos quieren decirme lo mismo.
—Entiendo eso, pero si quieres hablar puedes contar conmigo, ¿sí?
—Gracias.
El ascensor llegó en ese momento, dejando que ambos padres entraran al cubículo para bajar a la planta baja en un silencio ya no tan incómodo.
—Mamá, ¿qué tiene Louis allí? —la voz infantil del alfa más joven llenó el espacio—. ¿Puedo verlo?
—Puedes —Louis respondió su pregunta antes que su madre, bajando un poco la manta para descubrir a su hija a los ojos del cachorro.
—¡Es un bebé! —sus grandes ojos marrones se abrieron con destellos de admiración—. ¡Mira, mamá! ¡Un bebé!
—No grites, cachorro. Puede despertarse de su siesta.
Louis la cubrió nuevamente, besando su frente antes de acomodarla nuevamente contra su pecho.
—¿Cómo se llama? —el más pequeño volvió a hablar, jugando con sus dedos.
—Su nombre es Maia.
—¡Bebé Maia! ¿Puede venir a la escuela conmigo?
—Es muy pequeña aún, no podemos separarla de su padre ahora, ¿hm? Quizá cuando sea más grande pueda ir contigo al jardín de niños.
Las puertas del ascensor se abrieron, dejando que las personas dentro salieran.
—Hasta luego, Louis. Supongo que nos estaremos viendo después.
—¡Adiós, bebé Maia! —Dylan se despidió de la cachorra cuando su madre y Louis tomaron caminos distintos. Haciendo ademanes con sus manos por encima del hombro de la alfa.
Louis sonrió apenas, la compañía de ambos alfas había sido grata y no demasiado como había imaginado que serían las interacciones con los demás. Tal vez podría invitarlos a ambos a cenar, a Jeanine le gustaba invitar a sus vecinos a cenar algunas veces.
Las pocas personas que lograban pasar por sus costados miraban de forma no tan discreta hacia él. Trató de mantener una cara relajada y no demostrar que le intrigaba saber qué pensaban, pero sin ella era más difícil andar como si nada estuviera pasando. Jeanine siempre lo apoyaba, no se molestaba en preocuparse por lo que la gente pesaba de ellos y Louis quería seguir el ejemplo.
Llegó al subterráneo a la hora correcta, y pasó su tarjeta antes de caminar y bajar escaleras hasta donde pasaría el medio correcto hacia su destino.
Tuvo que agacharse un poco antes de poder encontrar un lugar cerca de las puertas, donde sus piernas no estorbaran el paso de las demás personas. Había una omega, de una edad mayor junto a otras dos que eran betas. Estaban bien abrigadas con abrigos y bufandas, mirándole fijamente sin vergüenza alguna.
Louis se movió en su lugar y bajó el cuerpo de su cachorra para que descansara en su espalda. Le pasó los dedos por el cabello antes de acomodar su gorro y meter sus manos enguantadas debajo de la manta.
—¿Se la habrá robado? No puede ser.
—Antonnie dice que llegan muchos al hospital, Lola. Ya no son parejas, sólo padres solteros.
—Un completo horror, ¿no es así? No sé cómo lo hacen.
Louis sonrió con sarcasmo, dejando que las ancianas hablaran no sólo de él y su hija, sino de otras familias que simplemente se forman de esa manera por distintos motivos.
El vehículo se detuvo justo cuando Maia empezó a quejarse por los aromas desconocidos que le picaban en la nariz y que definitivamente no eran el de su padre.
Louis levantó bajo las miradas de medio vagón y ciertas ancianas, bajando en cuanto las puertas se abrieron lo suficiente para dejar bajar a los pasajeros. Siempre había tenido problemas con el subterráneo, pero no tenían ingresos suficientes para pagar un costoso lugar en el estacionamiento del edificio de apartamentos.
El hospital estaba a unas cuantas cuadras, y aunque le hubiese gustado salir cambiando hasta ahí desde su departamento, no podía exponer a Maia contra el frío de la ciudad. Llegaron hasta el establecimiento, dirigiéndose directamente hasta la recepción en el centro del piso.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
—Buenos días. Uhm, una consulta general y aplicación de vacunas, para mi hija.
—De acuerdo, ¿cuál es su nombre?
—Maia Hebe Tomlinson.
—Perfecto, aquí está. Su cita es a las diez y el médico ya está en su consultorio. Puede subir a la sala de espera, en el tercer piso del lado derecho, la secretaria le dirá el consultorio adecuado. Que tenga un buen día.
—Gracias.
Louis subió por la escaleras, dispuesto a no molestar más a los demás padres y pacientes que quizá querrían subir por el ascensor sin la presencia de una persona tan imponente. La inseguridad sobre su casita iba en aumento ese día, todos esos pensamientos y miradas que iban dirigidas a él estaban sobrepasando sus límites y empezaba a arrepentirse de salir.
Llegó al piso adecuado justo cuando el nombre de Maia salió de los labios de la secretaria del médico, indicando el consultorio en el que el médico estaría con su cachorra.
El pediatra estaba en su escritorio, sentado pacientemente mientras veía a Louis entrar con una ligera sonrisa.
—Buenos días, señor Tomlinson —el omega era un pediatra distinto del que los atendió en el nacimiento de la omega. Se veía más confiable y amable que el anterior, con aquellas gafas de marco grueso y pequeño cuerpo delgado—. Tome asiento, hablemos antes.
Louis tomó asiento, dejando el bolso con las cosas de su hija en la silla de al lado. Miró el lugar, sin poder detectar el aroma del omega frente a él, pero sabiendo que lo era; sólo podía percibir el aroma del desinfectante.
—Soy Barry Londs, pediatra con un doctorado en pediatría omega. Puede verificar mis cédulas y reconocimientos a lo largo del consultorio. Supongo que sabe acerca de los procedimientos de hoy, y si no tiene alguna otra pregunta podemos empezar.
Louis se aguantó el gruñido que le molestó en el pecho cuando aquel omega dejó a su cachorra en su pequeño pañal. Toqueteando todo con manos cubiertas de guantes y toques gentiles y profesionales. Anotando todo en una tableta que suposo tenía una copia de su carnet médico.
—¡Encontré un artículo! Aquí dice que van a medirle la cabeza, verán su crecimiento, el desarrollo de sus órganos y van a hacerle ejercicios para ver sus reflejos —Jeanine sonrió entusiasmada, enseñándole y moviéndose mucho en el regazo de Louis—. ¿Lo ves?
—Ajá. Sólo que no sé por qué estamos investigando acerca de ésto si todavía no nace.
—Porque nunca lo sabes. ¿Cómo estar preparado si quieres investigar una hora antes de la consulta? Es muy necesario, lo leí ya como tres veces por si se te olvida algo a tí —rodó los ojos con humor—. No sé por qué sigues postergando todo lo que te digo.
—¡No lo hago! —él también rió.
—Sí, sí. Sigue mintiendo.
Louis sonrió, quizá esas tres leídas que su omega le había dado al artículo si eran necesarias ahora que se encontraba ahí con un pediatra. El pediatra tomó a Maia con suavidad, realizando un examen físico meticuloso. Revisó su peso, midió su altura y examinó cada pequeño detalle, mientras Maia, ajena a la evaluación, emitía sonidos curiosos.
Louis miro con paciencia a Maia, dejando que Barry revisara su anatomía con nada más que profesionalismo. Dejándole vestirla nuevamente antes de volver a tomarla en sus brazos.
—Todo está en orden, no noté signos de algún resfriado ni cambios en sus pulmones por su respiración propia, así que todo en orden. Le aplicaré las vacunas que le corresponden en la habitación contigua y eso será todo. ¿Tiene alguna pregunta?
—El médico anterior habló acerca de no estar cerca de omegas por el lazo que rompió con su madre, ¿hasta cuándo tiene que hacerlo? Porque no creo que sea agradable que forme un lazo con usted.
—Un mito total, señor Tomlinson. Lamento decirle esto así, pero supongo que el médico que lo atendió y le dijo ésto fue del área neonatal; ciertamente, es imposible. Es necesario que usted tenga alguna relación establecida ya con un lazo por medio de la mordida, no es tan simple como estar cerca de otros omegas.
—Oh… Gracias.
Entonces podría llevar a Maia a visitar a la abuela, tal vez le haría bien ver a su propia mamá para platicar.
—No es nada —le brindó una sonrisa amistosa antes de guiarlos al consultorio adecuado.
⭒˚‧ ︵ ✩
Louis regresó a su departamento, tratando de buscar alguna excusa suficientemente buena para no ir a la casa de sus padres, demasiado ofendido por lo que había pasado antes.
Se sentía exhausto, tenía los ojos hinchados y bostezaba cada cierto tiempo. Así que decidió que hacer comida no era lo mejor para él en ese momento. Le dió un biberón a Maia antes de tomar su celular y llamar al servicio de comida rápida que estuviese más cerca. Dejando su orden con voz ronca y cansada.
—¡No quiero comida rápida! ¡Quiero pollo! —la omega sollozó.
—Jeanine, amor, no tenemos pollo. Está lloviendo afuera, y no creo que los supermercados tengan pollo a estas horas, si es que encuentro uno abierto.
—Quiero pollo, enigma, por favor —Jeanine le rodeó los hombros parándose de puntillas—. C-compra pollo.
Louis la tomó por debajo de los muslos, pegándola a su pecho mientras se mecía y acariciaba su cabello. Besó su sien, escuchando levemente su llanto y sintiendo a su cachorra moverse contra su propio estómago.
—Mañana te llevaré a desayunar, ¿sí? Comerás tanto pollo como quieras, pero tienes que entender que ahora no puedo salir a comprarlo. ¿Está bien?
Quizá el llanto fue la principal causa de que Jeanine se sintiera lo suficientemente cansada para dormirse en los brazos de su pareja, exceptuando sus tobillos hinchados y el peso doloroso en su espalda por su pequeño vientre.
El timbre sacó a Louis de sus pensamientos, teniendo que levantarse del sofá con su hija en brazos para recibir su comida en ese momento. Pagó con el efectivo exacto, dejando que el beta depositara su bolsa llena de contenedores con comida en su brazo libre. Cerró la puerta y por fin pudo volver a sentarse.
La lluvia que había empezado lentamente en ese momento pareció una excusa perfecta. Y mientras le sacaba el aire a su hija llamó a su madre. El celular tuvo unos cuantos tonos antes de que la alfa contestara al otro lado de la línea.
—Louis, estábamos esperando tu llamada. Como ya no quieres salir de tu departamento, pensamos que llamarías pronto —la alfa habló con acento marcado, con un tono lleno de algo más que sólo enfado.
—Sí. Y no tengo demasiado tiempo, ¿de qué querían hablar?
—Esto se debe hablar en persona, con tus suegros también. Ha pasado un mes y medio, Louis, ¿estás consciente de eso? Ella estaría tan decepcionada de tí, sin siquiera poder ir a verla.
—Madre, por favor. No hables de ella como si- como si te hubieras tomado la molestia de siquiera hablar con ella. Iré a verla cuando esté listo.
—¿Listo para qué? No es algo para lo que te preparas, no es una de esas pruebas por las que estudiabas meses antes; es la muerte de tu omega, asúmelo de una vez porque-
Louis colgó la llamada sin pensarlo dos veces, apretó mejor a Maia contra su torso y empezó a sacar los contenedores de comida de la bolsa, dejando que las lágrimas se volvieran detrás de sus ojos como debían de hacer. Sacó los cubiertos con manos pesadas y abrió cada contenedor con lentitud, su visión estaba borrosa y el apetito se le había ido.
—Al parecer sólo tomaremos una ducha antes de que el clima empeore, ¿uhm? —le habló con voz entrecortada antes de cerrar el contenedor donde estaba su comida, apenas después de haber dado un par de bocados.
Maia pateó sus piernas y se movió con desgana mientras su padre preparaba el baño que realmente debía tener. El agua llenó la bañera, y Louis colocó la silla especial para que Maia pudiera descansar mientras tomaba su baño. La silla la había pedido Jeanine en línea, en una de esas tantas tiendas de maternidad, había dicho que era la mejor y así no corrían el riesgo de que la niña resbalara de sus manos.
Maia miró hacia la gran bañera con agua caliente, dejando que el enigma le quitara el mono y la sostuviera contra su pecho, yendo directamente a esas partes muy oscuras en el pecho del mayor, pellizcando como ya tenía la costumbre. ¿Por qué tenía tantas líneas como esas en los brazos también?
El enigma se había asegurado de tener el llamado contacto piel con piel para mejorar la relación con su hija, desde que nació pequeña hasta ese momento que ya parecía demasiado grande para su edad. A Maia le gustaba arañar su piel y dejar marcas rojas, le gustaba pasar los dedos por sus tatuajes y mirara confundida hacia la tinta en su piel.
Louis se aseguró de dejar todos los suplementos y toallas cerca de donde estaban, listos para su uso en cualquier momento. Sostuvo a la cachorra con cuidado antes de meter su mitad inferior bajo el agua, tranquila y serena mientras hacía muecas y movía los brazos.
—Es el agua, ¿sí? ¿Estás cómoda? No voy a dejarte caer, pequeña, ten por seguro eso.
Maia hizo un puchero, bajando las manos con fuerza contra el agua y llorando por fin cuando algunas gotas le salpicaron el rostro.
—Oh, mi cachorra. No es nada, ¿de acuerdo? Se limpia y deja de mojar tu piel así —le pasó una esponja húmeda y cálida por el rostro, bajando hasta su cuello—. Es desagradable, lo sé. A mamá tampoco le gustaba el agua en el rostro.
Terminó por lavarle el cabello con mucho cuidado, tratando de que sus grandes y bruscas manos no fueran a lastimarla de ninguna manera. Quizá su omega le pudo haber ayudado, y estaba totalmente de acuerdo con ello. Ella ya había visto videos, leído artículos e incluso practicado con sus sobrinos acerca de bañar bebés.
Él no. Y Maia estaba enfadada.
Se quejó cuando Louis la volvió a vestir, secando su cuerpo con una toalla y colocando crema en su cuerpo antes de la ropa. Le secó bien el cabello y la vistió con cuidado, usando uno de esos pequeños cepillos de cerdas suaves para que la bebé no se quejara. Tenía la misma textura en el cabello que Jeanine, pero no sabía si era demasiado pequeña para llevarla a que se lo trenzaran.
Louis sorbió su nariz varias veces, haciendo muecas cuando el llanto acudía a él de maneras muy inesperadas acerca de su omega y cómo realmente la necesitaba ahora. Estaba tan necesitado de su toque, de sentir sus manos suaves en el cabello y de su voz calmante diciéndole que todo iba a estar bien. La angustia le llenaba el pecho y su olor estaba demasiado tenso para calmar a su cachorra.
—Ya está, ya está. Como nueva, ¿no crees? ¿No te sientes limpia y fresca de nuevo? Porque yo supongo que sí.
Maia siguió con un puchero, pateando sus piernas y subiendo sus manos por encima de su cabeza jalando la manta debajo suyo.
—Sí, yo creo que sí. No te quejes, cachorra, ya hacía falta —El enigma se secó el torso de igual manera, apenas sonriendo. Se colocó una camiseta nueva y se recostó junto a su hija, esperando que se durmiera para poder tomar una ducha—. Idéntica a tu mamá, ¿eh? Nada de mencionar duchas, entonces.
⭒˚‧ ︵ ✩
Fue algo casi tan repentino volver a salir de su hogar para hacer algo tan banal pero tan nuevo como lo era ir al supermercado.
Llevaba a Maia en aquella tela de mil agujeros pegada a su pecho, con una manta encima para cubrirla del frío, además de pequeños guantes y un gorro increíblemente de su tamaño que le cubría hasta las orejas apenas rosadas. Él mismo se colocó las botas y la chaqueta ligera una vez llegó al lado de la puerta, y tomó la bolsa de tela para las compras. Su celular sonó con nuevos mensajes, pero lo guardó para después y decidió bajar por las escaleras en lugar del ascensor, quizá el ligero ejercicio lo sacaría de su entumecido cuerpo.
El clima había empezado a hacerse gélido, la nieve empezaría a caer pronto y Louis sólo se limpiaba las lágrimas al saber que su omega jamás llevaría a Maia al parque frente al trabajo para jugar con los copos de nieve y hacer figuras extrañas con verduras como rostro. El invierno, además de todo lo que se había llevado y traído, significaba dos cosas: el cumpleaños de su omega y su aniversario; ese momento que habían esperado todo el año y para el que ya habían hecho reservaciones en uno de esos restaurantes carísimos y muy refinados para tener que arriesgarse a hacer una cita unos seis meses antes, uno de esos que ofrecían comida minúscula y muy cara, como la que siempre veía en las películas y ella siempre quiso probar y arreglarse para parecer una de esas mujeres elegantes y mayores.
Pero su cumpleaños era lo que más aterraba a Louis; claro que tenía la dicha de poder festejar su propio cumpleaños unos días después del de Jeanine, pero él siempre se aseguró de hacer una fiesta para ella aunque él se quedase sin suficientes ahorros para después darle algo digno que no fuera anudar como regalo personal de cumpleaños. Ella siempre se encargaba de hacer pequeñas reuniones como sabía que a Louis le gustaban, a pesar de siempre darle regalos extravagantes y viajes que a veces no se podían costear sin préstamos de la empresa en la que trabajaban.
Ahora, a escasas semanas de todas esas fechas importantes, se trataba de distraer la cabeza yendo al supermercado muy temprano en la mañana para no toparse con todos los ojos indiscretos de la gente que no estaba acostumbrada a verlo caminar entre ellos con tanta naturalidad. Caminó por varios minutos, sin atreverse a despegar las manos de la espalda diminuta de su cachorra para impedir que el frío le entrase en los huesos y las multitudes la infectaran con una enfermedad solo por su descuido.
Su celular siguió vibrando en su bolsillo, pero esa mañana era una de aquellas en las que sólo quería quedarse en su cama sin hacer absolutamente nada más que desgastar sus ojos con lágrimas y su garganta con hipidos contenidos. Su par de amigos ya habían vuelto al trabajo de forma segura, aquella empresa que seguía pagando su baja por paternidad y la propia de Jeanine, además de las utilidades que recibió en su nombre. Tenía el apoyo del buffet, y había recibido una vasta cantidad de correos e incluso algunos regalos y disculpas, llamadas, pero estaba suficientemente desconectado de todo para preocuparse por ellos.
Las marcas distintas de fórmula para su cachorra eran bastantes en esa pared, con números y letras coloridos, otros con apariencia clínica y algunas médicas. No tenía ni idea del tipo que debería conseguir, Maia no había tenido ninguna complicación al momento de ingerir leche y esperaba que siguiera así para evitarse de llantos propios por desesperación. Se llevó un par de latas grandes, de precios poco razonables y después de haber leído toda la etiqueta detrás; una apariencia y una búsqueda en internet después para meterla en su carrito y caminar entre los pasillos de nuevo.
Encontró los pañales en el pasillo de al lado, tomó varios paquetes de acuerdo al tamaño en las etiquetas y eligió los que se veían más cómodos. Siguió comprando los biberones, algunas esponjas suaves de baño y más jabones especiales para lavarse las manos antes de interactuar con su bebé.
Sabía que Jeanine tenía listas en su teléfono para ese tipo de situaciones, pero Louis no se había atrevido a tomarlo de la bolsa que se había llevado al hospital. No había revisado la ropa que le entregaron ni las demás pertenencias en el bolso al lado de la puerta donde lo había dejado desde el inicio. Seguramente la batería del celular de su omega ya estaba muerta, su cargador todavía estaba enchufado al lado de la cama y en la misma posición que antes.
Le dolía la cabeza, ya no podía alzar la mano izquierda y ese dolor se había arrastrado hasta su espalda baja. Todos los recuerdos de su omega le inundaban la cabeza a cada momento, como una película que pasaba todas las escenas una y otra vez en repetición. Su marca estaba más oscura y dolorida que nunca, debería ver un médico pronto por la incomodidad que le causaba y los síntomas que ya se habían apoderado de su cuerpo.
—¡Es hermosa! ¿Ya la viste? —La voz de Jeanine estaba aguda, gritando de emoción. No podían moverse por la posición en la que estaban, pero si pudiera saltaría de la felicidad—. ¿No te duele? Se ve muy linda, enigma. Gracias.
Su carrito estuvo lleno cuando pasó por los demás pasillos, asegurándose de no mezclar los elementos de la bebé con su comida y elementos de limpieza. Maia había caído dormida en cuanto Louis empezó a caminar muy lento por los pasillos, dejando que su cabeza se recargara sobre el pecho del enigma y el olor fuerte de su ropa hiciera que se sintiera en calma.
La gente había empezado a llegar en pequeños grupos, pero Louis no tenía tiempo de preocuparse por eso cuando ya tenía su carrito lleno y ya se encontraba en la caja. Pagó con su tarjeta de crédito y esperó hasta que la persona que atendía la zona le dio su ticket antes de salir de la tienda con el carrito. Abrió las bolsas de tela que llevaba y metió todo lo que pudo.
Maia seguía durmiendo plácidamente en su pecho, con las manos guardadas en los guantes y la nariz pequeña contra el pecho del enigma. La niña estaba tan calmada, descansando en el pecho de su padre que ni siquiera se despertó cuando Louis empezó a caminar de regreso a su casa, sin cubrir su espalda con las manos porque tenía que sostener las compras.
El elevador estaba disponible cuando Louis llegó a su edificio, lo tomó y el espejo en la parte trasera del bloque le mostró una imagen que desearía no haber visto solo. Estaba más delgado, sus ojos apagados y parecía que su brillo se había ido. Hacía semanas que no sonreía y las líneas de expresión a los lados de sus párpados se veían mucho menos profundas que antes.
El timbre que le indicó que habían llegado a su piso no lo sobresaltó tanto como ver el pasillo lleno de alfas toscos en trajes y con bolsas de regalo y globos en las manos; Liam y Zayn también estaban ahí, con miradas de pena y los ojos hacia el piso. Louis suspiró mientras Liam se acercaba a ayudarle con las compras.
—Bueno, hola —Louis habló a los alfas, sus colegas del bufete. Tenía meses desde que tomó su baja por paternidad que no los había visto, había recibido mensajes y correos felicitándolo por el nacimiento de su hija, a los que no le había puesto mucha atención—. No hagan ruido, sigue durmiendo, por favor.
Todos entraron detrás de él, tomando asiento en los sillones y llevando sillas de la cocina para alcanzar todo en la misma área de la casa. Louis se quitó las chamarras y dejó sus bolsas de compras en la mesa de la cocina, con cuidado de no hacer ruido.
No se sentía preparado para tener que convivir con muchas personas en su lugar. Louis, con la mirada cansada por las noches de desvelo y los nuevos desafíos como padre soltero, se esforzó por mantener una sonrisa amable mientras los alfas del bufete tomaban asiento, dejando el diván libre para él. El murmullo constante de la oficina se sintió extraño en la tranquilidad de su espacio personal, a Jeanine le habría gustado estar ahí, hablaría con todos y reiría como siempre en la oficina.
—Louis, realmente has creado un hermoso hogar aquí—comentó uno de los alfas, Fred, intentando romper la tensión—. Hemos estado tan ocupados en la oficina que ni siquiera nos dimos cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que hablamos contigo.
Louis asintió, agradecido por las palabras, pero su mente estaba dividida entre la cortesía profesional y la protección de la tranquilidad de Maia. La nostalgia por los días antes de la pérdida de su omega se mezclaba con la realidad de su nueva vida. Todos lo veían con empatía, con los labios apretados en silencio y las manos nerviosas. Todos trabajaban en el mismo sector, en el mismo nivel, pero Louis podía ser intimidante si se lo proponía.
—Lamentamos haber llegado así, pero no sabíamos qué hacer para verte y le rogamos a Liam que nos ayudara —Levi habló después, siguiendo el ejemplo de su compañero y apoyándolo. Él era quien estaba más cerca de Louis—. Esperamos que no te moleste, queríamos ver cómo estabas o si necesitabas algo.
Louis repasó sus palabras. Sí, necesitaba tanto de su omega con todo el corazón.
Sentía que la vida se le escapaba de las manos, había recaído tanto que se sentaba en el diván a mirar la puerta esperando que ella entrara en cualquier momento con un vientre grande y una caja de donas dulces en la mano, porque simplemente tenía antojo.
Sí, seguía sentándose contra la cabecera de la cama a esperar verla salir del baño con su pijama y la crema que le ayudó todo el embarazo con la comezón en las estrías para que la ayudara a ponérsela.
Seguía sentándose enfrente de la chimenea de su habitación mientras lloraba porque la última vez que ella estuvo ahí seguía llevando a su cachorra dentro, seguía siendo necia, seguía dejándose el cabello suelto sin importar que no estuviese trenzado, seguía besando la marca, seguía, seguía, seguía, seguía viva.
Las lágrimas mancharon las mejillas de Louis antes de que se diera cuenta, recibió manos en las rodillas y palmadas suaves en los hombros y en la espalda.
—Yo sólo… Estoy tan cansado todo el maldito tiempo —admitió, sin confiar en su voz—. No duermo, no tengo apetito y el dolor de mi marca es tan insoportable. No quiero que ella me vea así.
Liam le quitó a Maia, llevándose a la cachorra a la habitación en la que estaba el nido de Jeanine. Sabía que Louis no la dejaba dormir allí, era la única habitación que seguía oliendo a la omega y el enigma lo guardaba para él solamente. Maia se quejó en sus brazos pero dejó de moverse y siguió durmiendo en cuanto tuvo la percepción del olor de alguien a quien no conocía pero que se le hacía tan familiar.
Louis se sumergió en la marea de sus propios recuerdos, cada rincón de su hogar inundado con el eco de la omega que ya no estaba. Cada detalle, cada mínima gota del aroma que ya no se percibía fácilmente, le recordaba la vida que compartieron y los sueños que ya no podían cumplir. Las lágrimas siguieron manchando su rostro antes de que pudiera reaccionar.
—Sigo esperándola. Espero verla en cualquier momento, como si el tiempo se hubiera detenido desde su partida —susurró Louis, su voz temblando con el peso del duelo—. Ella sigue ocupando mi mente, siento que sigue aquí y no mejora con nada.
La habitación se sumió en un silencio, solo interrumpido por los sollozos ahogados de Louis y el suave murmullo de consuelo de sus colegas. En ese momento, la realidad y la memoria se entrelazaron, formando un laberinto de dolor del que Louis no podía salir, anhelando el regreso de su omega mientras enfrentaba la cruda realidad de su partida.
Pero se sentía bien compartir un poco, a pesar de dolor que no podía detener y la angustia que sentía desde el fondo de su pecho.