Un Nuevo Comienzo
Un año había pasado desde que Kaede, la joven Diclonius, derrotó al temido Nosó y al despiadado General Marshal, frustrando los siniestros planes del infame director Oda Kakuzawa y su infame proyecto Lebensborn. El precio que pagó fue alto: sus poderes alcanzaron un límite tan extremo que rozaron el borde de la muerte misma.
Sin embargo, la derrota de Kakuzawa no apaciguó sus ambiciones. Desesperado, decidió liberar una entidad ancestral que había sembrado caos años atrás, un ser conocido únicamente por Kurama y el enigmático J, que había desatado consecuencias apocalípticas.
El despertar de la bestia había comenzado.
Semanas antes de la tragedia, las instalaciones de Lebensborn estaban sumidas en una tensión insoportable. El fracaso en recapturar a Kaede había hundido la moral del personal a niveles inéditos. Gran parte de las instalaciones estaban en ruinas debido a los destructivos vectores de la reina Diclonius.
En los días posteriores a la fuga de Kaede y la traición de Nosó, los empleados de seguridad y los científicos comenzaron a experimentar sueños grotescos y perturbadores. La atmósfera se volvía cada vez más opresiva, como si el lugar mismo estuviera asfixiando a sus ocupantes.
Científicos y guardias de seguridad renunciaron en masa, afectados por “eventos aparentemente paranormales”: murmullos inquietantes, alucinaciones que erosionaban la mente y sumían a los trabajadores en estados de shock y paranoia. Las peleas violentas se volvieron frecuentes, conduciendo a asesinatos y suicidios, exacerbando la crisis y revelando la salvajidad latente de sus emociones.
Mientras el caos se desataba, Anna Kakuzawa, la hija del director, comprendía que los eventos en el faro habían desencadenado el despertar de una fuerza temible, algo que creían extinguido para siempre.
Al verse incapaz de calmar a sus trabajadores, Kakuzawa impuso un régimen draconiano, negando comida a los Diclonius para que no tuvieran fuerzas para liberarse. El hombre que se consideraba un dios en su mundo estaba superado por la casi destrucción de Lebensborn y el desmantelamiento de su instalación hermana, Saseba, tras la muerte del director Marshal.
Su nerviosismo aumentaba con cada día, y su obsesión por capturar a Kaede lo había cegado, ignorando las advertencias de su hija Anna. Con el plan interrumpido abruptamente, Kakuzawa se vio obligado a tomar medidas drásticas.
Mientras tanto, Kouta y los demás regresaron a una vida tranquila, ajenos a la pesadilla que se avecinaba. Kakuzawa, en su desesperación, decidió despertar a un ser de poder apocalíptico, conocido solo como “Beyond” o “Zero”. En el pasado, este ser había provocado una tragedia que había arrasado la capital de Japón, dejando la ciudad inhabitable durante siglos, y fue responsable de un incidente en la guerra de Medio Oriente.
Anna, ahora en su forma humana, presintió el inminente desastre, atormentada por visiones de un mundo devastado por criaturas horribles. Sin embargo, su padre ignoró sus advertencias.
Kouta y su grupo se convirtieron en prófugos del gobierno, sin saber que una amenaza aún mayor estaba a punto de desatarse, fruto de la locura de un anciano. El ambiente en Lebensborn era insostenible; Kakuzawa había ordenado la liberación del sujeto conocido como “Beyond” o “Zero”.
El debate para liberar a la entidad duró más de cinco horas, con la desesperación del anciano creciendo sin cesar. Los científicos, atrapados entre la espada y la pared, sabían que nada podría cambiar la decisión de Kakuzawa. Su egocentrismo y ambición lo habían cegado completamente, eliminando cualquier rastro de raciocinio.
Una llamada interrumpió la reunión: un soldado del SAT informaba que el cuerpo de Kaede no había sido encontrado en el lugar de la pelea contra Nosó y Marshal. La noticia aumentó la euforia de Kakuzawa, encendiendo aún más su deseo de capturarla.
“Así que sigue con vida,” murmuró Kakuzawa, la ambición en su voz desbordando. “Parece que Lucy es más fuerte de lo que pensaba. Dudo que los Diclonius de la base puedan detenerla. Ni siquiera la hija de Kurama pudo hacer frente a una Diclonius de segunda generación. Parece que para detener a un demonio, se necesita otro...”
Anna observó a su padre, viendo cómo el sudor frío y el temblor de sus manos revelaban un miedo oculto. “Ella no es estúpida, padre. ¿Hay algo más que no me está diciendo?”
“Eso no es de tu preocupación,” respondió Kakuzawa con desdén. “Concédele atención a su localización. Todo nuestro proyecto depende de ella.”
Arakawa intervino, recordando el éxito del plan del misil y advirtiendo sobre el virus Diclonius. “Nadie puede detener el virus. Quizás ya medio mundo esté infectado.”
Kakuzawa, desafiante, proclamó: “Un nuevo mundo no puede ser gobernado sin un dios y una diosa. ¡Ella debe ser mía!”
Shirakawa intentó disuadirlo, consciente del peligro del sujeto. “Director, no lo haga. Usted sabe bien lo que ocurrió la última vez.”
“¡La decisión ya está tomada!” rugió Kakuzawa. “Para capturar a Lucy, debo usar mi carta secreta, sin importar los riesgos.”
La tensión se palpaba en el aire. Las luces intermitentes del pasillo proyectaban sombras danzantes que se deformaban con cada parpadeo. El eco de los pasos resonaba acompasado con la respiración acelerada de los soldados, que mantenían las armas listas para disparar ante cualquier movimiento sospechoso. La paranoia había arraigado en sus mentes.
—¿Realmente pretende despertar a la entidad?— la voz de Shirakawa estaba cargada de incredulidad y temor. Sus ojos se movían con nerviosismo por el recinto, buscando una salida invisible.
—¡Basta ya!— la voz de Kakuzawa resonó como un trueno, desbordando autoridad y frialdad. —Debéis ir a la zona núcleo de la isla. No perdáis tiempo. Preparad al personal para cualquier eventualidad. No bajéis la guardia y vigilad bien las celdas de los Diclonius.
—¡Sí, señor!— respondieron los soldados al unísono, sus voces repletas de un miedo que trataban de ocultar con disciplina.
Mientras tanto, en un apartamento destartalado y sombrío, Kaede se removía sobre un colchón viejo. La penumbra de la habitación se interrumpía por las rendijas de la ventana, dejando entrar finas líneas de luz que cortaban la oscuridad. Abrió los ojos con lentitud, la pesadez del sueño aún sobre ella. Cada parte de su cuerpo se sentía extrañamente frágil.
A su lado, Kouta la observaba con una mezcla de alivio y preocupación. Al verla despertar, sonrió levemente.
—Finalmente despiertas, Kaede— dijo con suavidad.
—¡Kouta! ¿Qué ha pasado? Me siento... débil— respondió Kaede, intentando incorporarse. Su voz era un susurro quebradizo.
—Es una larga historia— Kouta miró hacia la puerta, como si temiera que alguien los estuviera escuchando —. Lo importante es que estamos a salvo... y juntos.
La puerta se abrió de golpe, revelando a Yuka, Mayu, Nozomi y Nana. La expresión de alivio se dibujó en sus rostros al ver a Kaede consciente.
—¡Nyu-chan! ¡Estás bien!— exclamó Mayu, lanzándose hacia Kaede con los ojos humedecidos.
—No vuelvas a asustarnos así, por favor— agregó Nozomi, abrazándola con fuerza.
—Ahora entiendo...— dijo Yuka, con una mirada distante y seriedad en su voz. —Tu poder. Es mucho más grande de lo que imaginé. Todo esto: los soldados, las celdas, las niñas con cascos... Todo tiene sentido ahora.
—Si ellos lo saben, volverán— interrumpió Nana, su mirada fija en Kaede —. Tienes que aprender a controlar tus vectores, o no sólo te pondrás en peligro a ti misma, sino también a todos nosotros.
Kaede bajó la mirada. —No recuerdo mucho de lo que ocurrió. Todo es confuso. Recuerdo a Kurama... disparó a Kouta... luego, solo hubo dolor y furia... después, vi a esa... cosa.
Nana sintió un nudo en la garganta, pero no dijo nada. Recordó las palabras de Kurama antes de su partida: “No dejes que sepa que sigo vivo”. Su mente estaba dividida entre la lealtad a su “padre” y el deseo de proteger a Kaede.
—Todo estará bien— dijo Mayu, colocando una mano sobre el hombro de Kaede —. Descansa. Estamos juntos en esto.
Le entregó un vaso de agua, que Kaede aceptó con un temblor en sus manos. Se tomó un momento para beber mientras Yuka hablaba con firmeza.
—Voy a comprar algunas cosas para la cena. Mayu y Nana vendrán conmigo— dijo con un aire de liderazgo. —Si ocurre algo raro, corran. No duden ni un segundo. Estaremos en contacto.
—Entendido— respondió Kaede, con los ojos más firmes.
Kouta la miró fijamente. —Yo cuidaré de ti ahora, Nyu.
Kaede lo observó con una expresión suave, llena de emociones contenidas. —Kouta... gracias.
—Pero me debes una explicación— dijo él, con una media sonrisa.
—Lo sé. Siempre estaré a tu lado, protegiéndote— respondió Kaede, con una resolución renovada.
Afuera, la calle estaba silenciosa, salvo por el ruido de un motor que rugía en la distancia. Un vehículo con ventanas oscuras estaba estacionado en la esquina. Desde el interior, una figura observó al grupo de chicas mientras se alejaban. No hubo palabras, solo un gesto con la mano, y el coche comenzó a moverse lentamente, perdiéndose entre las sombras de la ciudad.
Nana lo notó. Su mirada se entrecerró, pero no dijo nada. Guardó silencio para no alarmar a las demás.
A kilómetros de allí, en la zona núcleo de la isla, los soldados avanzaban por los pasillos estrechos. El lugar apestaba a humedad y metal oxidado. Las grietas en las paredes hablaban de la furia desatada de los Diclonius que habían estado allí.
—¡Cuidado!— exclamó uno de los soldados al escuchar un ruido.
Una rata saltó de las sombras, y uno de los soldados disparó, haciendo eco con la detonación. El cuerpo del roedor se destrozó en pedazos.
—¡No desperdicies munición, idiota!— rugió el líder del grupo. —Este lugar es una tumba y, si seguimos así, nos quedarán balas para los fantasmas.
—Ese loco de Kakuzawa no tiene idea de lo que está a punto de desatar— murmuró la doctora que los acompañaba. —Prefiero enfrentar a un Diclonius que a esa cosa.
Las luces parpadearon una vez más, sumiendo al grupo en una oscuridad momentánea que hizo que sus corazones latieran con fuerza.
Los pasillos, ahogados en una penumbra intermitente por las luces parpadeantes, parecían un lábano de sombras vivientes. El aire denso olía a humedad, metal oxidado y algo más... algo podrido. Cada paso resonaba como el golpe seco de un martillo en un ataúd, amplificado por la estrechez del lugar.
—¿No tienen la sensación de que alguien nos observa? —musitó uno de los soldados, su voz rasposa quebrando el silencio inquietante—. ¿O soy solo yo?
—No eres el único —respondió otro soldado, sus ojos barrían el corredor con una cautela casi paranoica—. Y, por cierto, ¿por qué este lugar parece tan viejo y descuidado en comparación con el resto de la isla?
—Esta parte fue la primera en construirse —intervino la doctora, su tono era firme pero con un matiz de cansancio—. Originalmente estaba destinada a albergar a las Reinas Diclonius. Pero después de capturar a Zero, se convirtió en su prisión. Estamos en la parte más profunda de las instalaciones... como si nos adentráramos en el inframundo.
Ninguno de los soldados dijo una palabra más. Sus miradas estaban clavadas en la inmensa puerta metálica frente a ellos, un titánico muro con cicatrices de quemaduras y abolladuras que hablaban de viejas batallas. La doctora se acercó al panel de control y, tras un vistazo nervioso, comenzó a ingresar el código de acceso.
—Tres de ustedes, conmigo —ordenó—. Los demás, vigilen la entrada del elevador.
—¡Sí, señora!— respondieron los soldados al unísono, con una sincronía casi mecánica.
El ascensor antiguo vibró mientras descendían. Las luces del techo parpadeaban en intervalos rítmicos, proyectando sombras que danzaban en los rostros de los soldados. De repente, uno de ellos dio un respingo, su mirada clavada en la puerta de la cámara donde estaba Zero.
—¿Qué ocurre? —preguntó su compañero, frunciendo el ceño.
—Creí ver... a alguien parado allí, junto a la puerta —confesó el soldado, secándose el sudor de la frente—. Pero ya no está. Debo estar viendo cosas.
—Si empiezas a ver fantasmas, entonces estamos peor de lo que pensé —gruñó su compañero, pero nadie se atrevió a reír.
El ascensor se detuvo con un crujido metálico, como un susurro de algo que no quería ser despertado. Frente a ellos, la puerta del núcleo se alzaba como un coloso de acero oxidado. La doctora se colocó frente al panel de seguridad, introdujo otro código y colocó su palma en el escáner.
—Preparen sus armas —advirtió, su voz tensa pero firme—. Lo que hay detrás de esta puerta podría significar el fin de todos nosotros.
La puerta emitió un chasquido y comenzó a abrirse con un quejido mecánico. El zumbido de las alarmas rojas llenó el pasillo, lanzando destellos de luz carmesí que parecían latidos de un corazón colosal. Los soldados apuntaron sus armas, sus manos temblando apenas perceptiblemente.
Cuando la puerta reveló lo que había dentro, el silencio se volvió sepulcral. Ante ellos, una gigantesca cápsula de vidrio contenía a una figura encadenada a tubos de soporte vital. Su cuerpo, cubierto de cicatrices, estaba sumergido en un líquido translúcido. Su rostro, oculto tras un casco de contención, era la imagen de una divinidad maldita.
—Él es... —la voz de la doctora se quebró en un susurro reverente—. El famoso Proyecto Beyond.
—¿Es la primera vez que lo ve, doctora? —preguntó uno de los soldados, sin apartar la vista de la cápsula.
—Sí —respondía—. Esperaba algo más... grotesco.
—No lo subestime —replicó el soldado—. Causó terror en Tokio y en el Medio Oriente. Los supervivientes lo describen como el diablo mismo. No me gusta estar aquí.
—No estamos aquí para gustarnos —dijo la doctora, avanzando hacia la terminal de control—. Estamos aquí para despertarlo.
Las manos de la doctora temblaban mientras introducía los comandos. Gotas de sudor caían de su frente, mezclándose con la suciedad de la consola. Cuando presionó la última tecla, la cápsula comenzó a vaciarse. El líquido se drenó con un rugido sórdido, y los tubos se desprendieron con chasquidos húmedos. Una nube de vapor brotó como un aliento de ultratumba.
Las luces parpadearon una vez más. La respiración del ser dentro de la cápsula resonó como el primer soplo de una tormenta distante. Sus manos se movieron, lentas y calculadas. Los soldados apuntaron con las armas, sus ojos dilatados por el miedo.
Entonces, el ser alzó la cabeza con un movimiento pausado. La luz roja de la alarma se reflejó en la superficie de su casco, mostrando el espectro de los soldados, pequeños, insignificantes.
Nadie dijo nada. No hubo advertencias. Solo silencio.
Y luego... la respiración se transformó en un gruñido bajo. Profundo. Ancestral. Un eco que no debería existir.
—Finalmente despiertas, Kaede —dijo Kouta, su voz cargada de una mezcla de preocupación y ternura.
—¡Kouta! —exclamó Kaede con una mezcla de alarma y debilidad, luchando por entender la realidad que la rodeaba—. ¿Qué ha sucedido? Me siento... débil.
Kouta se inclinó hacia ella, el peso de sus palabras abrumador y sincero.
—Es una historia larga, pero lo importante es que estamos a salvo y juntos.
El diálogo se vio interrumpido por la entrada de Yuka y el resto del grupo. El alivio de ver a Kaede con vida era palpable, aunque Yuka no pudo ocultar la sombra de celos que cruzó su rostro, una mezcla amarga de preocupación por Kaede y la cercanía de Kouta.
—Me alegra que estés viva, Nyu-chan —dijo Mayu, su voz temblando con un tono de alivio genuino.
—¡No vuelvas a asustarnos así, por favor! —Nozomi agregó, su voz cargada de una angustia palpable—. Pensé que te habíamos perdido...
Yuka intervino, sus palabras llenas de una mezcla de asombro y preocupación—. Nunca imaginé que tu poder llegaría a tales extremos, Nyu. Ahora entiendo muchas cosas de todo lo que hemos pasado, ese loco, esas niñas con cascos, los soldados...
—Debemos ser cautelosos —advirtió Nana, con una seriedad que contrastaba con su preocupación—. Ahora saben que cuidamos de ti, Nyu-chan. Debes aprender a controlar tus vectores. Si no lo hacemos, podrían regresar y acabar con nosotros.
Kaede, con el rostro pálido y la mente abrumada, intentó recomponer sus pensamientos.
—No recuerdo casi nada de lo que pasó... Todo está muy confuso. Kurama le disparó a Kouta y luego... Solo sentí dolor y furia, y después apareció esa criatura monstruosa.
Nana, recordando las instrucciones de Kurama, contuvo la verdad sobre su estatus actual como fugitivo.
—No debes saber que papá sigue con vida. Solo espero que esté bien con Mariko.
Mayu se acercó a Kaede, colocando una mano reconfortante en su hombro.
—Todo estará bien, tómalo con calma, ¿sí?
Le ofreció un vaso con agua que Kaede aceptó con gratitud, intentando calmarse. Yuka, con una expresión decidida, se preparaba para una tarea distinta.
—Iré a comprar algunas cosas para la cena con Mayu y Nana. Si ven algo extraño, huyan sin dudar. Estaremos en contacto por cualquier cosa.
—Está bien —respondió Kaede, su preocupación palpable—. Tengan cuidado también.
Kouta, con una mirada de promesa y preocupación, se acercó a ella.
—Todo estará bien, Nyu. Ahora te cuidaré.
—Kouta... —susurró Kaede, con una mezcla de alivio y gratitud—. Aunque aún me debes muchas explicaciones.
—Está bien —dijo Kouta—. Solo quiero que sepas que siempre estaré a tu lado, protegiéndote.
En la entrada del edificio, el grupo de chicas se preparaba para salir, manteniéndose discretas para evitar ser reconocidas. Sin embargo, un vehículo con ventanas oscuras estaba estacionado cerca, y una silueta en su interior observaba al grupo antes de dar una señal al conductor para que continuara su camino. Nana fue la única que notó la presencia, pero decidió no alarmar a las chicas.
Mientras tanto, en las profundidades de la instalación, un grupo de soldados y una doctora descendían hacia el corazón oscuro de la isla. La atmósfera estaba cargada de una tensión palpable, el miedo era casi tangible. Los pasos resonaban en los pasillos, desmoronados y descuidados por el paso del tiempo, el ambiente se volvía más opresivo a cada momento.
Un ruido inesperado hizo que todos se tensaran. Una rata apareció, y un soldado la abatió con un disparo que desintegró su cuerpo en pedazos.
—¡No desperdicies munición! —gritó el soldado—. Este lugar parece llevar años sin mantenimiento, nada que ver con la parte moderna de la isla.
—El director no sabe lo que está a punto de despertar —murmuró la doctora con una mezcla de desprecio y preocupación—. Prefiero enfrentarme a Diclonius que a este demonio.
El grupo avanzaba por un pasillo largo y deteriorado, las paredes de hormigón agrietadas por el ataque de Kaede. Cada paso aumentaba la sensación de ser observado, y el ambiente se volvía cada vez más siniestro.
—¿No tienen la sensación de que alguien nos está observando? —preguntó un soldado, su voz cargada de paranoia.
—No eres el único —respondió otro—. También siento que algo nos observa. ¿Por qué este lugar parece más viejo y descuidado que otras partes de la isla?
—Esta parte de la isla fue la primera en construirse —explicó la doctora—. Inicialmente se iba a utilizar para mantener a las Reinas Diclonius capturadas. Pero después de capturar a Zero, se decidió que sería su prisión. Estamos en la parte más profunda, como si entráramos al mismo inframundo.
—Falta bajar aún más —continuó—. Solo tres soldados pueden acompañarme al interior de la sala, los demás quédense vigilando la entrada del elevador.
—¡Sí, señora!
La doctora y los soldados entraron en un elevador de diseño anticuado, descendiendo aún más. Al llegar a su destino, uno de los soldados creyó ver una figura en la puerta de la sala donde estaba Zero, pero al parpadear, la sombra desapareció.
—¿Qué pasa, compañero? ¿Creíste ver un fantasma?
—Solo pensé que alguien estaba en la compuerta, pero creo que el estrés me está jugando una mala pasada.
Frente a la enorme puerta metálica, el grupo sintió el latido de sus corazones en un crescendo frenético. La doctora introdujo el código en el panel y, con un toque de su palma, la puerta comenzó a abrirse lentamente. Las luces se encendieron, las alarmas comenzaron a sonar, y los soldados se pusieron tensos. El sonido de los latidos del corazón se mezclaba con las alarmas, creando una atmósfera de desesperación.
La doctora observó, impactada, al arma definitiva encerrada en una gigantesca cápsula, flotando en un líquido transparente. Su cuerpo estaba cubierto de tubos, y una máscara con un diseño similar al casco de contención de los Diclonius ocultaba su rostro.
—Así que es él... El famoso Proyecto Beyond. Parece un ser humano normal.
—¿Es la primera vez que lo ves, doctora? —preguntó un soldado.
—Sí. Pensé que sería algo más grotesco, algo parecido a los Diclonius.
—No lo subestime por su apariencia, doctora. Este ser causó terror en Tokio y Medio Oriente hace años. Los supervivientes hablaban de él como si fuera el mismo diablo salido del infierno. Solo mirarlo me da escalofríos, aunque tenga ese casco, siento que me está mirando. ¿Está lista para despertarlo?
—Sí. Ya saben qué hacer —ordenó la doctora—. Prepárense.
El soldado dio una señal de alerta mientras la doctora se acercaba a la máquina de signos vitales, sus manos temblorosas haciendo anotaciones mientras el sudor se deslizaba por su mejilla derecha. Los signos vitales del sujeto estaban estables, pero la doctora notó algo extraño en los registros.
—Los signos vitales están estables. ¿Por qué dice que tiene 16 años, si su cuerpo parece de alguien de 30?
—No sé por qué, pero si fuera usted, no bajaría la guardia. Despiértelo y salgamos de aquí —advirtió el soldado.
La doctora, con manos temblorosas, comenzó a introducir los comandos en la computadora. Los soldados se pusieron en alerta, listos para cualquier eventualidad. El líquido de la cápsula comenzó a descender, los tubos se despegaron, y el ser despertó lentamente de su largo sueño.
Las manos del sujeto se movieron lentamente, respirando de forma inquietante, como si estuviera a punto de alzar el infierno. Levantó la cabeza, mostrando a su rostro en la máscara, que reflejaba la luz de manera aterradora.
—¿Dónde estoy? —preguntó una voz profunda y temible, llenando la sala con una sensación de terror palpable.
La doctora, temblando, trató de mantener la compostura.
—¡Guarda silencio si no quieres que te vuelen la maldita cabeza, monstruo!
Los soldados apuntaron con sus armas, mientras la doctora escribía. El ser, aparentemente tranquilo, se dio cuenta de la pluma de la doctora que flotaba en el aire debido a sus poderes telequinéticos. De manera sorprendente, la pluma se dirigió a la garganta de la doctora, perforando su arteria carótida. La sangre brotó en un torrente rojo mientras la doctora yacía en el suelo, gimiendo en agonía.
—¡Ayúdame! —susurró, con la voz casi inaudible.
Los soldados se quedaron paralizados, incapaces de reaccionar. Ahyma, la criatura despierta, rompió la cápsula con un golpe y comenzó a devastar el área. Su furia era implacable; el caos se desató mientras los soldados caían uno tras otro, sus cuerpos desmembrados y bañados en sangre.
El lugar se transformó en un campo de batalla sangriento. Ahyma, con su rostro y su cabello blanco como la nieve, mostraba un par de ojos de color naranja con pupilas reptilianas, reflejando una calma abstracta y una furia inhumana.
—Qué patéticos son los humanos, —murmuró Ahyma con una risa perturbadora—. Una falla en la ecuación del universo.
Los soldados, aterrorizados, intentaron disparar, pero sus intentos fueron inútiles frente a la velocidad y habilidad de Ahyma. Los disparos eran esquivados con una agilidad sobrehumana, y los cuerpos caían como marionetas rotas.
Mientras tanto, Kaede y Kouta, en una etapa de intimidad, se sumergían en un acto apasionado, un contraste inquietante con la masacre que se desarrollaba. Sus gemidos se mezclaban con los gritos de terror que resonaban desde el pasillo, creando una sinfonía de deseo y desesperación.
El caos se intensificó cuando Ahyma, con sus tentáculos extendidos, comenzó a eliminar a los soldados restantes. Los cuerpos caídos y la sangre cubrían el suelo, mientras Ahyma avanzaba con una velocidad y precisión aterradoras. Su furia y deseo de venganza eran palpables mientras se dirigía hacia el corazón de la instalación, ansioso por enfrentar a Kakuzawa y recuperar lo que sentía que le habían arrebatado.
Oda observó desde las cámaras de seguridad, encendiendo las alarmas y desatando el pánico en todo el recinto. La sensación de terror se expandió, envolviendo a todos en una espiral de caos y desesperación mientras el destino de todos se desmoronaba lentamente en la oscuridad.
Anna miró a su padre con una mezcla de desesperación y rabia. La atmosfera cargada y opresiva en el pasillo apenas podía contener el eco de sus palabras.
—Te lo advertí, padre. Ese ser es maldad pura. No debiste liberarlo.
El anciano permaneció en silencio, sus manos temblorosas cerradas en puños de frustración y culpa.
Cuando el monstruo llegó al siguiente piso, la situación se volvió un caos absoluto. Con un gesto brutal, destrozó la puerta del elevador, y los soldados, en un intento desesperado de detenerlo, dispararon con furia. Las balas impactaron su cuerpo sin causarle daño, rebotando como si fueran meros insectos. Con una calma perturbadora, comenzó a devolver las balas con las palmas de sus manos, hiriendo a cada soldado que se encontraba a su alcance. Sin piedad, desgarró cabezas con sus propias manos y devoró cerebros de una manera salvaje y primitiva.
Mientras tanto, en un rincón apartado de la isla, Kaede y Kouta se entregaban a un frenesí de lujuria y deseo. Sus cuerpos, bañados en sudor y rodeados por la tenue luz de su habitación, se movían en una danza de pasión desenfrenada. Kaede, finalmente satisfecha, había logrado fundirse con su amado en una unión tan intensa como deseada.
Sin embargo, su éxtasis fue interrumpido por una amarga realidad. Yuka, que había regresado por un objeto olvidado, descubrió a Kaede y Kouta en su acto de pasión. El shock y la furia que inundaron su ser la llevaron a las lágrimas, no de tristeza, sino de un odio profundo hacia Kaede. Su rostro se torció en una mueca de rabia.
—¡Kouta! ¡Kaede! ¿Cómo pudieron hacerme esto? —su voz se quebró mientras sus lágrimas caían enrojecidas por la ira.
Kouta, incapaz de detenerse, rugió en un grito desesperado.
—¡Maldición! ¡No puedo parar! ¡Aaaaaahhhhh!
Kaede, en un estado de frenesí, gritó con un tono de gozo y desesperación.
—¡No lo hagas, Kouta! ¡Dame tu semilla! ¡Eres tan delicioso! ¡Ahhhhh!
Los gemidos de ambos se mezclaban en un clímax incontrolable mientras, en otro rincón de la isla, Shirakawa y el resto del equipo miraban horrorizados las imágenes de la masacre que Ahyma estaba causando. El terror absoluto llenó sus corazones.
—¡Director, se ha salido de control! ¡Nuestros soldados están muriendo! ¡Tenemos que hacer algo! —Shirakawa gritó, su voz cargada de desesperación.
El anciano, observando el caos desde su puesto, se mantenía imperturbable ante la destrucción que Ahyma desataba. El pánico invadió el sitio mientras el equipo buscaba desesperadamente una forma de escapar.
—Ese bastardo sigue siendo un maldito genocida a pesar de los años que estuvo encerrado —murmuró Kakuzawa con desdén.
Shirakawa, incapaz de soportar la visión de la masacre, comenzó a vomitar mientras lágrimas de miedo rodaban por sus mejillas. Arakawa, con una mezcla de horror y desesperación, gritó.
—¡¿Qué acaban de liberar?! ¡Son unos estúpidos! ¡Nos han condenado a todos!
La científica, paralizada por el espantoso espectáculo, observó cómo Ahyma se acercaba a la cámara y, con una frialdad perturbadora, la destruía con uno de sus tentáculos. Arakawa, temblando, preguntó con un susurro aterrorizado.
—¿De qué venganza habla ese loco? ¿Sabe usted de qué está hablando?
Oda, a pesar de su semblante tranquilo, estaba claramente en un estado de terror. El sudor perlaba su frente, traicionando su fachada serena.
—No tengo más remedio. ¡Evacuen la isla! ¡Salven a quien sea posible, no importa si es humano o Diclonius! —ordenó Kakuzawa, su voz dura y decidida—. Yo lo enfrentaré y lo detendré. Shirakawa, lleva a mi hija fuera de esta isla rápidamente.
—De acuerdo —respondió Shirakawa, con una voz tensa.
—¡Pero padre!
—Fui un estúpido al confiar en que tendría todo bajo control. Es una bestia peor que Lucy. Debemos detenerlo a cualquier costo. ¡Ordeno que liberen a la número 39!
—Espere, usted sabe que la número 39 no obedecerá tan fácilmente —advirtió Arakawa.
—Tal vez no, pero al menos nos dará tiempo para evacuar —respondió Kakuzawa con determinación.
Mientras Ahyma continuaba su ola de destrucción, su furia desbordante convertía todo a su paso en un caos grotesco. El lugar estaba envuelto en una atmósfera de desesperación y terror, con las alarmas parpadeando y haciendo que el ambiente se tornara aún más siniestro.
—Qué cobarde te has vuelto, Kakuzawa. Veamos cómo te va con mi propio ejército —murmuró Ahyma con una sonrisa macabra, mientras sus tentáculos se hundían en los cadáveres de sus víctimas.
Las criaturas grotescas que alguna vez fueron soldados se reanimaban, transformándose en abominaciones vivientes bajo el control de Ahyma. El monstruo, con un brillo de perversión en sus ojos, dirigió su mirada hacia la Diclonius liberada, un ser de piel morena y músculos marcados.
Número 39, con un aura de incomodidad y miedo, observó al temible ser.
—¿Quién rayos eres tú? No eres como yo...
Ahyma se rió con desprecio.
—Vaya, usan una Diclonius para detenerme. Pero no bastará para detenerme, cobardes.
La Diclonius, sintiendo la opresiva energía maligna de Ahyma, se mostró visiblemente perturbada. Su inquietud creció al sentir la abrumadora presencia del monstruo.
—Este tipo no es normal. Nunca he visto a alguien así. Esa tranquilidad... esa mirada carente de emociones...
Ahyma, con una sonrisa cruel, observó a la Diclonius.
—No eres una Diclonius normal. Eres de una generación más poderosa. Ups, perdona mis modales. Me llamo Ahyma, aunque para estos estúpidos humanos tengo muchos nombres. Beyond, Zero. Vengo con un único objetivo: acabar con los Diclonius y los humanos. Ni tú ni ese anciano podrán detener mis planes. ¡Mi venganza debe cumplirse!
Número 39, sintiendo la intensidad del ataque, se preparó para enfrentarse a Ahyma.
—¡Su mirada y expresión han cambiado! ¡Aquí viene!
Ahyma, con un ataque rápido, tomó un tanque y lo lanzó hacia la Diclonius. Ella, utilizando sus vectores, partió el tanque en dos con una habilidad impresionante. Los soldados, aterrorizados, miraron el combate mientras ruidos extraños comenzaban a surgir de los conductos de ventilación, presagiando la llegada de un nuevo horror.
—¿Escuchaste eso? —preguntó un soldado, su voz temblando mientras se acercaba al conducto de ventilación.
Antes de que pudiera reaccionar, una criatura grotesca emergió del conducto con una ferocidad salvaje, atacándolo sin piedad. En un frenesí de horror, más monstruos grotescos comenzaron a surgir, desbordando los conductos y lanzándose sobre los soldados y el personal, destrozándolos con una brutalidad inimaginable. La sala se inundó de gritos y caos, y Número 39 observó con un horror creciente, sus ojos abiertos de par en par mientras las criaturas destrozaban todo a su paso.
—¡¿Qué clase de criaturas son estas?! —exclamó, su voz cargada de desesperación y miedo. —¡¿Qué son esas cosas?!
Ahyma, con una sonrisa tranquila y cruel, simplemente la miró con frialdad antes de señalar hacia las criaturas que causaban la masacre. La joven Diclonius vio cómo los cuerpos de los muertos comenzaban a reanimarse como horribles pesadillas vivientes.
—¡¿Cómo es posible que hagan eso?! —su voz se quebró, llena de incredulidad y terror.
Ahyma, con una sonrisa cruel, respondió con una calma inquietante.
—Milenios, siglos, eras de evolución. Ustedes, los humanos y Diclonius, nos conocían como una plaga. Pero somos algo más que simples mutantes. Somos la verdadera evolución, la auténtica que tanto añoraba ese anciano decrepito. Pero ustedes, por miedo, nos mataban y perseguían. Ese es el miedo natural a lo que no comprenden —se rió con una risa siniestra—. ¡Es hora de recuperar lo que por derecho es nuestro!
Número 39, llenándose de furia y determinación, gritó con un rugido desafiante.
—¡No voy a permitir que sigas con tu locura! Arakawa, espero que hayas huido.
En un rincón apartado, Kaede y Kouta, exhaustos tras su frenesí de amor, se abrazaron y compartieron un beso tierno, ignorantes del horror que se desataba alrededor.
—Ahora soy totalmente tuya, Kouta —murmuró Kaede con una mezcla de satisfacción y ternura.
—Te amo, Kaede —respondió Kouta, con un susurro cargado de emoción.
Mientras tanto, en la calle, Yuka, con el corazón lleno de furia, golpeó un árbol con todas sus fuerzas. Casi incapaz de mantenerse en pie, cayó de rodillas, llorando amargamente.
—Maldita... Eres una maldita Nyu... ¿Cómo pudiste hacerme esto? No voy a permitir que una zorra como tú se burle de mí de nuevo. Esta vez... Haré que llores del dolor.
En el helipuerto, Shirakawa y Anna observaban cómo los helicópteros comenzaban a despegar. Shirakawa, con una urgencia desesperada, instó a Anna a subir.
—¡Anna, por favor, sube al helicóptero!
Anna, sin hacer caso, se soltó de Shirakawa y corrió de regreso hacia las instalaciones.
—¡Anna!
En la sala de vehículos, Ahyma seguía enfrentándose a la Número 39, quien estaba al borde de la desesperación. Aunque demostró todo su poder y habilidad, el poder de Ahyma parecía inabarcable, y pronto se vio acorralada por las extrañas habilidades del ser.
—¡Chingada madre, me tiene contra las cuerdas! —gritó la Diclonius, su voz llena de desesperación.
—Es cuestión de tiempo que tu mundo perezca, Diclonius. Ya nada puede detenerme —respondió Ahyma con una calma perturbadora.
Número 39, con una mezcla de rabia y desesperación, vio una escopeta y, usando sus vectores, la tomó y abrió fuego. Sin embargo, las balas no hicieron mella en el cuerpo de Ahyma, que las absorbía sin esfuerzo.
—Está absorbiendo las balas. Debo aprovechar que tiene la guardia baja —pensó, mientras se preparaba para un ataque decisivo.
Sin vacilar, usó sus vectores para lanzar un ataque rápido y certero, cortando el brazo izquierdo de Ahyma. El monstruo gritó de dolor.
—¡Mierda! ¡Cómo pudiste! ¡Cómo pude caer en tu trampa!
—Al final no eres nada, solo otro farsante —replicó Número 39 con una sonrisa desafiante.
—Jejejeje, te la creíste, ¿cierto? —se rió Ahyma, mientras su brazo cortado comenzaba a regenerarse, dejando a la Diclonius en un estado de terror indescriptible.
—Aunque me corten en mil pedazos, siempre volveré. Nada puede pararme. Escucha bien los gritos de agonía de esa gente. Ese será el sonido que escucharás siempre a partir de ahora en tu patética vida —dijo Ahyma, con una voz cargada de amenaza.
Número 39, temblando de miedo, no pudo moverse.
—¡Maldita sea! ¿Por qué no pude moverme? ¡¿Por qué?! —rugió, sintiendo una impotencia abrumadora.
El brazo cortado de Ahyma cobró vida y se deslizó por un ducto de ventilación, mientras el monstruo, con un aire de desprecio, se acercaba lentamente.
—Me das lástima. Te dejaré vivir para que mis hijos te devoren lentamente. La carne de Diclonius es un manjar único para mi paladar, ¿sabes? —dijo Ahyma, con una frialdad escalofriante.
Número 39, abrumada por el terror, cayó de rodillas y golpeó el suelo con el puño, incapaz de moverse.
—¡Maldita sea! ¿Por qué no pude moverme? ¡¿Por qué?! —su voz se quebró en una mezcla de desesperación y dolor.
Kaede y Kouta, al terminar su acto de amor, se vistieron rápidamente al escuchar los sonidos de la llegada de Yuka y las demás. Kaede sintió una inquietud inexplicable, un miedo que la invadió de repente.
—No sé por qué, pero de repente sentí un miedo abrumador. No es un miedo normal —dijo Kaede, con una voz temblorosa.
—¿Es la primera vez que te pasa eso? —preguntó Kouta, preocupado.
—Sí. Es la primera vez que siento algo así. Siento que algo muy malo está por ocurrir —respondió Kaede, mirando por la ventana hacia la isla.
Mientras tanto, Arakawa, perdida en el laberinto de las instalaciones, buscaba frenéticamente sus oficinas. Su desesperación se intensificó al ver el caos que se desataba.
—¡¿Dónde están las malditas oficinas?! —gritó, su frustración palpable—. Dios, cómo odio este lugar. Espera un momento... ¿Esa chica no es Anna?
Arakawa vio a Anna, perdida y buscando desesperadamente a su padre.
—¡Papá! —gritó Anna, su voz llena de angustia.
—¡Espera, Anna! —exclamó Arakawa, pero pronto perdió de vista a la joven.
En medio del caos, Arakawa encontró un cuerpo descuartizado de manera horrible y, con un grito de horror, se apresuró a buscar su oficina para luego encontrar a Anna.
Número 39, viendo las criaturas acercarse, se preparó para enfrentarlas con una determinación renovada.
—Parece que voy a tener que deshacerme de ustedes. ¡Vengan, no tendré piedad!
Usando sus vectores y la escopeta que había recogido, la Diclonius se enfrentó a las atrocidades con una habilidad feroz. Las criaturas, al darse cuenta de que no podían contra ella, comenzaron a retirarse.
—¡Bien! Ahora debo encontrar a Arakawa antes de que sea demasiado tarde. Solo espero que esté bien —murmuró Número 39, mientras avanzaba con cautela.
En un rincón de la isla, Kakuzawa, visiblemente nervioso, se preparaba para enfrentarse a un mal antiguo que pensaba controlar.
—Espero que esto funcione como la primera vez. Si no surte efecto... Soldado, activa el sistema de autodestrucción y sal de la isla de inmediato —ordenó, su voz temblando con ansiedad.
—De acuerdo, señor —respondió el soldado, mientras comenzaba a introducir los comandos en la computadora principal.
Kakuzawa, con la adrenalina en aumento, se frotaba las manos por nerviosismo.
—¡Listo, señor!
—Gracias. Ahora puedes marcharte —dijo Kakuzawa, con una mezcla de alivio y tensión.
El soldado, decidido a quedarse hasta el final, sacó su arma y se preparó para enfrentar cualquier amenaza.
—No, señor. Me quedaré con usted hasta el final. No sé a qué nos enfrentamos, pero mi prioridad e instinto es no dejar que esa cosa siga con vida.
—De acuerdo, soldado —asintió Kakuzawa, con una determinación renovada.
El sonido de las alarmas de autodestrucción resonó
Arakawa giró lentamente, su voz temblando con inquietud.
—¿Quién anda allí?
Una figura se recortó en la penumbra, su presencia ominosa cargada de una maldad palpable.
—Vaya, a quién tenemos aquí —respondió Ahyma, con un tono que parecía derrochar desprecio.
Arakawa frunció el ceño, sus ojos se fijaron en los de Ahyma, que reflejaban un brillo maligno. La joven científica sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—¿Quién eres tú? ¿Por qué tu rostro y ojos son iguales a los de Lucy? —preguntó, con voz entrecortada.
Ahyma sonrió con una frialdad perturbadora.
—Tu olor me resulta muy familiar. Eres la hija del profesor Yoshida, ¿no es así?
Al encontrarse con esos ojos de un naranja incendiario, Arakawa no pudo evitar sentir un terror paralizante, el sudor frío comenzó a acumularse en su frente.
—¡¿Cómo sabes el nombre de mi padre?! —exigió, su voz cargada de miedo.
—Nunca olvido el olor de la sangre de aquellos que han estado a mi lado, incluso si son parientes lejanos. Todos estamos conectados, al final —respondió Ahyma, su sonrisa se volvió más siniestra.
Arakawa, temblando, murmuró:
—Tú no eres humana, lo veo en tus ojos.
Ahyma se acercó, su presencia era como un presagio de muerte.
—Me llamo Ahyma. No olvides mi nombre. Ustedes me conocen como Zero o Beyond, pero esos apodos no me agradan en absoluto. Ahora que soy libre, voy a hacer lo que por derecho me corresponde: erradicar a los Diclonius y a los Humanos de la manera más horrenda posible. Y tú, querida, serás testigo de un espectáculo sangriento.
Con una mirada despiadada, Ahyma acarició el rostro de Arakawa. La científica, a punto de llorar, desvió la mirada.
—Te mataría, pero dejaré que una de mis mascotas se divierta contigo —dijo Ahyma, su risa llena de crueldad.
De la oscuridad emergió una bestia de cuatro patas, grotesca e inenarrable. Su cuerpo estaba cubierto de tentáculos y garras, y rostros humanos distorsionados se fusionaban en su piel.
—¡¿Qué demonios es eso?! —exclamó Arakawa, su voz ahogada en terror.
—Diviértete con mi mascota. Tengo muchos deberes por atender. Hasta luego —se despidió Ahyma con una sonrisa cruel, mientras se alejaba.
La criatura grotesca gruñó y murmuró en una voz gutural: “matar, matar, humano matar”. Arakawa, temblando de pánico, intentó defenderse con un tubo, pero en ese instante, Anna apareció y golpeó a la bestia con un hacha. La criatura se enfureció, y con un tentáculo atrapó a Anna por el cuello, arrastrándola hacia su boca monstruosa.
—¡Suéltame, maldito! —gritó Anna, luchando por liberarse.
—¡Déjala ir! —imploró Arakawa.
En ese momento, vectores asesinos atravesaron la criatura, partiéndola en dos y llenando el lugar de sangre y carne. Número 39 apareció, con una expresión de alivio.
—Llegué justo a tiempo. ¿Están bien?
Arakawa, aliviada y sorprendida, murmuró:
—¿Alma? ¿Eres tú?
Anna, con una mezcla de confusión y gratitud, preguntó:
—¿Eres la Número 39? ¿Por qué nos ayudas?
Arakawa, aún recuperándose, respondió:
—Ella no es como otras Diclonius, Anna. Yo la ayudé en sus entrenamientos y cuidados. Pero ahora no es momento para hablar. Debemos salir de aquí. Ya tengo lo que vine a buscar.
Anna, con lágrimas en los ojos, replicó:
—¡Pero no quiero irme sin mi padre!
Arakawa, con una voz firme y desesperada, insistió:
—¡Él ya decidió qué hacer, Anna! Desea que vivas, no quiere que mueras en manos de esas criaturas. No hagas que su sacrificio sea en vano.
Anna, con el rostro bañado en lágrimas, asintió a regañadientes.
—Está bien. Vamos, debemos ponerte a salvo.
Pero el dolor y la desesperación fueron demasiado para ella, y las lágrimas comenzaron a brotar. Anna se fue junto con Arakawa y Número 39 mientras la alarma seguía sonando.
En otro lugar, Shirakawa observó con desesperación.
—Mierda, el director activó el sistema de autodestrucción, y no puedo ir a buscar a esa niña.
—¡Ya no podemos quedarnos más, señorita! En unos minutos tenemos que despegar —informó el piloto.
—¡Mierda! —exclamó Shirakawa.
El mortal genocida continuó su camino, eliminando a todos los que se cruzaban en su camino. Su ira era tal que no encontraba satisfacción en la tortura, a pesar de su rostro aparentemente tranquilo. Finalmente, llegó a su destino y destruyó la puerta de la oficina de Kakuzawa con sus tentáculos.
—Al fin nos vemos después de ocho años, Oda Kakuzawa —dijo Ahyma con una voz llena de malicia.
El soldado, con una valentía desesperada, disparó hasta vaciar su munición. Los proyectiles fueron absorbidos por el cuerpo de Ahyma, que, con una sonrisa siniestra, disparó las balas absorbidas de vuelta al soldado, dejando al hombre como un colador.
Kakuzawa miró, aterrorizado, cómo el soldado caía lentamente, creando un charco de sangre que se extendía hacia sus pies. La angustia se reflejaba en su rostro, y una gota de sudor se deslizó por su mejilla.
—Me sorprende que aún me recuerdes después de tantos años, Ahyma. No olvido lo que me hiciste en Tokio y en Medio Oriente.
Ahyma, sonriendo inquietantemente mientras caminaba alrededor de Kakuzawa, sus ojos brillando con una luz malévola, parecía disfrutar del juego macabro.
—Tu plan de crear un mundo para los Diclonius ha fracasado porque no capturaste a Kaede. Ella es la clave, y es por eso que debo eliminarla. Haré lo que ella nunca tuvo el valor de hacer: ser el arma de Dios que exterminará a la humanidad.
Kakuzawa, con furia y determinación, gritó:
—¡No permitiré que le pongas las manos encima a Kaede!
Ahyma, con una sonrisa cruel, dijo:
—Eres una persona demasiado débil, ocultas tus miedos tras una fachada de megalomanía. Vives en una ilusión construida por un clan que desapareció hace más de mil años, y hasta veías a tu propia familia como un estorbo para tus metas. Usaste a tu difunta esposa como pretexto para tus fechorías. Por cierto, no veo a tus hijos. ¿También los sacrificaste para alcanzar tus metas, Oda?
—¡Eso no es de tu incumbencia! —rugió Kakuzawa, golpeando la mesa con furia.
Ahyma se acercó a Kakuzawa, quien estaba aterrorizado. Con un gesto brusco, Ahyma le quitó la peluca, revelando las protuberancias en su cabeza. Kakuzawa comenzó a escuchar murmullos y a tener horribles visiones de cadáveres podridos y fuego, mientras miraba fijamente los ojos de Ahyma.
—¿Qué ves en mis ojos, Oda? ¿Acaso has visto mi alma? Yo represento los pecados de toda la humanidad, soy la sombra de los Diclonius, y yo soy... la verdadera evolución. Dime, Oda, ¿a quién vas a sacrificar ahora para salir adelante? ¿A tu hija Anna? —se rió con una malignidad inquietante—. Me sorprende que alguien como tú tenga cariño por alguien.
—¡No dejaré que le pongas las manos encima a Anna! —gritó Kakuzawa, con una furia renovada.
En un acto desesperado y con una lucidez fugaz, Kakuzawa rompió el espejismo. Usó un control para activar unas nanomáquinas que electrocutaron el cuerpo de Ahyma y, con rapidez, sacó un tranquilizante.
—¡Maldito seas, Oda! ¡¿Ya lo tenías planeado, verdad?! —gritó Ahyma, mientras la electricidad recorría su cuerpo.
—Cometí muchos pecados en mi vida, y tú eres el peor de todos. Por eso, no dejaré que salgas con vida de aquí. ¡Ambos nos pudriremos en el infierno, Ahyma!
Kakuzawa se acercó a Ahyma para inyectar el tranquilizante, pero antes de que pudiera hacerlo, Ahyma tomó su mano con una fuerza sorprendente.
—¿Pero qué demonios? —exclamó Kakuzawa—. ¡¿Cómo es posible que los electrochoques no te afecten
Ahyma se erguía con una presencia ominosa, sus ojos destilaban un resplandor infernal mientras su voz se tornaba fría y cruel.
—¿Creíste que al estar en coma durante ocho largos años mi cuerpo no aprendería nuevas habilidades? —dijo, su tono cargado de desprecio—. Alguien que aprende de sus errores no vuelve a caer en la misma trampa. Mis poderes escapan a la comprensión de sus mentes primitivas, y nunca oculto mi verdadero yo bajo máscaras para imponerme en la sociedad. Busco venganza, y el mundo arderá en las llamas del mismo infierno.
Se acercó a Kakuzawa con una determinación implacable.
—Ahora nada podrá detener mis objetivos, Oda. Crearé el mundo que tu patético clan nunca pudo construir. No seré tan misericordiosa como tú. Cuando logre encontrarla, la haré sufrir de maneras que no puedes ni imaginar.
Ahyma se rió con una maldad inquietante.
—Haré realidad las pesadillas que les he implantado tanto a ti como al resto de tu gente.
Kakuzawa, con un temblor en la voz, preguntó:
—¿Así que fuiste tú la causante de nuestras pesadillas?
Ahyma asintió, su sonrisa se ensanchó.
—Estás en lo correcto. El poder de Kaede logró despertarme, aunque de forma parcial. Mis ondas cerebrales, cargadas de un poder telequinético formidable, alteraron las mentes débiles de tu gente. Sabes bien lo que soy capaz de hacer. Tú mismo viste el infierno que desaté en tu miserable país.
Su risa cruel resonó en la sala.
—Lamentablemente, no puedo hacer lo mismo con los Diclonius o con los infectados por tu patético virus. Pero cuando alcance mi máximo poder, nada podrá detenerme, Oda. Jajajajaja.
Kakuzawa, con una mezcla de terror y desesperación, exclamó:
—¡Sabes que ella te detendrá, estoy seguro de ello!
Ahyma, con una expresión de pura maldad, respondió:
—Si realmente sigue viva, la mataré y exhibiré su cabeza en una plaza pública para demostrar que los Diclonius son iguales a los Humanos. ¡Inferiores! No te preocupes, le enseñaré tu cabeza cortada a tu hija.
Kakuzawa, con un susurro de arrepentimiento, dijo:
—Perdóname, Anna. Lo siento por todo...
En un acto de brutalidad, Ahyma usó uno de sus tentáculos para decapitar a Kakuzawa, su sangre salpicando y bañando el lugar. El director moribundo vio, entre la agonía, una fotografía de Kaede entre los archivos esparcidos.
Ahyma observó la foto con una frialdad calculada.
—Mucho tiempo ha pasado desde ese fatídico día, Kaede. El mundo teme tus brazos y cuernos, pero no eres diferente a los Humanos. En cambio, yo... yo soy diferente.
La cuenta regresiva del sistema de autodestrucción llegó a cero y el lugar comenzó a explotar. Arakawa, Anna y Alma llegaron al helipuerto solo para ver que el helicóptero ya estaba en el aire, alejándose a gran velocidad.
—¡No podemos dejarlas allí abajo! —gritó Shirakawa.
—¡Lo siento, pero ya no podemos regresar! —respondió el piloto.
Arakawa, con desesperación, preguntó:
—¡¿Ahora qué hacemos?!
Alma, con una determinación feroz, se adelantó.
—Déjamelo a mí.
Con un despliegue impresionante de sus vectores, Alma levantó a Anna y a Arakawa, y saltó hacia el helicóptero, logrando llegar a salvo al interior.
Arakawa, visiblemente perturbada, exclamó:
—¡Lo que hiciste fue muy peligroso!
Alma, con una mirada de resolución, respondió:
—Lo sé, pero no había tiempo para más.
Anna, sollozando de dolor mientras contemplaba la explosión, vio a Ahyma emerger del helipuerto con la cabeza de Kakuzawa en la mano. La escena espantosa dejó a la huérfana y a los demás en estado de shock, mientras una risa malévola rompía el silencio sobre Kamakura, mezclándose con las explosiones que resonaban a lo lejos.
En una playa apartada, un antiguo mercenario del SAT estaba ocupado recogiendo basura cuando el estruendo de las explosiones interrumpió su actividad. La gente de las cercanías también se dio cuenta del caos.
Bando, con una expresión de confusión y alarma, observó el espectáculo.
—¿Qué carajos ocurrió en esa isla de locos? —murmuró mientras miraba la devastación.
Sintió un viento extraño y, al girarse, vio a Ahyma con la cabeza de Kakuzawa en mano. Sin dudar, sacó su arma y apuntó a la figura siniestra.
—¡¿Quién demonios eres? ¡Responde! —exigió Bando.
Ahyma rió con una satisfacción cruel.
—Jejejejeje.
Bando, con una creciente ira, le gritó:
—¡¿De qué te ríes, bastardo?! ¡Nadie se burla de mí y sale vivo!
Pero cuando Bando intentó disparar, un relámpago cayó de repente, haciendo que los ojos de Ahyma brillaran con un resplandor demoníaco. El viento agitaba su largo cabello blanco, y Bando recordó a Lucy, paralizado por el terror.
—Esos ojos... son iguales a los de esa perra. Pero ¿por qué le tengo más miedo a este tipo que a ella? No puedo ni accionar el gatillo por el miedo. Espera un momento, esa cabeza es de...
Un tornado de arena se levantó con el viento feroz, y Bando intentó ver a través de la nube de polvo. Cuando la tormenta de arena se disipó, Ahyma había desaparecido.
En ese instante, un carro se detuvo cerca, y una niña inocente con cabello rosado y un vestido hermoso, con un moño que ocultaba sus cuernos, salió del vehículo. Detrás de ella, Kurama apareció y observó a Bando con una mezcla de preocupación y curiosidad.
Mariko miró a Bando con una mezcla de curiosidad y preocupación, sus ojos reflejaban la urgencia de la situación.
—¿Padre, es ese el tipo que estamos buscando? —preguntó, su voz temblando ligeramente.
Bando, con una expresión de furia contenida, desafió:
—¡¿Qué haces aquí, bastardo?! ¡¿Sabes qué demonios está pasando en esa isla?!
Kurama, con una calma inquietante, respondió:
—He venido a buscarte para ofrecerte un trabajo. Parece que Shirakawa tenía razón: el estúpido de Kakuzawa liberó a ese demonio.
Bando frunció el ceño, claramente irritado.
—¿De qué rayos estás hablando? ¡¿Otra vez con tus misterios?!
Kurama, con una mirada grave, indicó el vehículo.
—Sube al carro, y te lo explicaré.
Bando, aún molesto pero resignado, se subió al vehículo.
—Grrr, como quieras. Mejor que estar aquí recogiendo basura.
Ya en el vehículo, Kurama comenzó a desentrañar el caos.
—Bando, lo que te voy a contar es extremadamente serio. Pero antes, no sabemos si Lucy haya sobrevivido al incidente del faro. Mariko no ha logrado sentirla.
Bando, con un rencor latente, preguntó:
—Esa perra que me dejó en este estado, ¿qué tiene que ver con todo esto?
Kurama, con un tono sombrío, explicó:
—Aunque Lucy pueda ser nuestra enemiga, lo que el director acaba de liberar es mucho peor que una Reina Diclonius.
Bando, impaciente, exigió:
—Cuéntame más, no quiero perder más tiempo.
Kurama continuó, su voz cargada de preocupación.
—Shirakawa me confirmó que el Proyecto Beyond ha asesinado al director Kakuzawa. Esa arma es la responsable de que Tokio se convirtiera en un páramo radiactivo, y también de varios incidentes en Medio Oriente. Si dejamos que esa cosa ande suelta...
Bando, con un desdén hacia el viejo director, comentó:
—Ese viejo loco se lo buscó por jugar a ser dios. Recuerdo muy bien lo que pasó en esos incidentes. Todos dijeron que fue un accidente en una planta nuclear.
Kurama sacudió la cabeza, visiblemente frustrado.
—Eso es una gran mentira. El responsable fue esa criatura que ahora está libre. Su poder es único; ni siquiera una Diclonius puede enfrentarse a ella. Mira estos archivos.
Kurama encendió el holovisor, y las imágenes de los archivos se desplegaron ante los ojos de Bando. Al ver las fotos de personas muertas y criaturas grotescas, Bando se quedó helado, el sudor frío empapando su frente.
—¿En serio hay algo más poderoso que los Diclonius? —preguntó, su voz temblando.
Kurama asintió, su expresión sombría.
—Sí. A mí también me cuesta creerlo, pero las pruebas están allí. Y eso no es todo, mira estas otras fotos.
Bando miró las imágenes que quedaban. Su rostro se blanqueó al darse cuenta de que había visto a ese monstruo cara a cara minutos antes.
—¡Maldita sea! ¡Es el mismo sujeto que vi hace unos minutos en la playa, con la cabeza de alguien!
Kurama, alarmado, inquirió:
—¿Qué dices?
Bando, visiblemente perturbado, relató:
—Unos minutos antes de que aparecieras, tuve un encuentro con alguien que se parecía a esa cosa. Sentí un miedo que nunca había experimentado, ni siquiera al enfrentarme a la perra de Lucy. ¿Cómo lo detuvieron la primera vez, Kurama?
Kurama, con una expresión de preocupación creciente, respondió:
—Eso es lo último que quería escuchar. La primera vez, Kakuzawa lo detuvo usando nanomáquinas que inyectaron en su cuerpo. Estas máquinas lo electrocutaban hasta dejarlo inútil y paralizado. Pero parece que esta vez no funcionó. Ese monstruo está evolucionando, y si sigue así, nada podrá detenerlo.
Bando, frustrado, exclamó:
—Maldita sea, cuando pensaba que las cosas no podrían empeorar.
Kurama, con un aire de urgencia, concluyó:
—Tenemos todo claro. Beyond está libre y comenzará a matar sin piedad, a diferencia de Lucy. Sabemos que ella sigue viva; nunca encontramos su cuerpo ni el del chico que la acompañaba. Por ahora, debemos esperar a que Ahyma haga su primer ataque. Después, tenemos que encontrar a Lucy lo antes posible y convencerla de que nos ayude contra esta cosa.
Bando: —Dudo que esa perra comprenda la situación. ¿Acaso has olvidado que casi mató a tu hija?
Kurama: —No lo he olvidado, pero...
Bando: —Kurama, cuando me encontré cara a cara con Beyond, su mirada era idéntica a la de Lucy. Sus facciones eran tan similares que, comparadas con él, Lucy parece una enana. Ese maldito ya debe medir casi tres metros.
—¿Sabes algo sobre su familia o sus orígenes?
Kurama: —La información sobre sus orígenes está reducida a cenizas en la isla. Por ahora, debemos concentrarnos en encontrar a Lucy.
Mariko, observando el bosque, de repente se lleva una mano al pecho, sintiendo un escalofriante presagio.
Mariko: —Él está cerca. Puedo sentirlo. Siento un terror indescriptible; mis vectores están temblando.
Kurama detiene el vehículo en el borde del bosque. La oscuridad, acentuada por la neblina y la lluvia que cae sin cesar, envuelve el entorno. Armados con una pistola y una linterna, Bando y Kurama se adentran en la oscuridad, mientras Mariko, con sus vectores en alerta, se mantiene cercana.
Tras unos pasos en el bosque, Mariko descubre un rastro de sangre y fragmentos de piel desgarrada esparcidos por el suelo.
Mariko: —¡Padre, encontré algo!
Kurama: —Mierda, huele a sangre. ¿Quién podría haber hecho algo así?
Bando: —El rastro sigue hacia allá. Voy a investigar.
Kurama: —¡No seas imprudente! No sabemos a qué nos enfrentamos.
Bando se aparta de Kurama y Mariko, siguiendo el rastro hasta llegar a una casa de madera con luces encendidas en el exterior. Al entrar, encuentra un mensaje escrito con sangre en una pared: “Somos la verdadera evolución.”
Bando: —Esto me da muy mala espina. Parece obra de una secta. ¡¿Hola?! ¡¿Hay alguien aquí?!
Al abrir la puerta con cautela, el sonido de algo masticando llega a sus oídos, aunque la oscuridad apenas permite ver algo. Bando encuentra el interruptor de las luces y, al encenderlas, revela una escena grotesca: el lugar está cubierto de sangre y vísceras. En la mesa, una criatura horrenda está devorando un cuerpo.
La bestia se aproxima, y Bando, resbalando en el suelo cubierto de sangre, suelta su arma en el suelo, quedando completamente desarmado. Retrocede, paralizado por el terror, mientras la monstruosidad emite sonidos horribles que parecen sacados de una pesadilla.
Bando: —¡Mierda, aléjate de mí! ¡No, por favor, noooo!
Una obra original de Lynn Okamoto
Fanfic hecho por Hozoruz123
Presentan
Elfen Lied Beyond
Secuela re adaptada del manga original
Personajes clásicos son propiedad de Lynn Okamoto
Personajes originales son Propiedad de Hozoruz123