La casa del abuelo

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Summary

Mi abuelo nos descia ami y ami hermanos nucabajes a lugares sólo si no te sientes listo pero como un joven travieso que fuí, no le hice caso y ahora estoy perdido...

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAP. El sotano

Capitulo1: El sótano


El viento susurraba a través de las ramas de los árboles viejos, haciendo que las hojas muertas crujieran bajo los pies de quien se atreviera a caminar por los senderos que rodeaban la mansión. Aquella enorme estructura de piedra se erguía sobre una colina, vigilando con su presencia imponente el pequeño pueblo que se encontraba en sus cercanías. Para muchos, la Mansión del Valle, como se le conocía, era un sitio al que preferían no acercarse. Las historias que circulaban sobre lo que ocurría en sus sombríos corredores eran tan viejas como el propio pueblo.


Javier, el mayor de los hermanos, observaba la casa desde el asiento trasero del auto mientras avanzaban por el empinado camino de tierra. Tenía un mal presentimiento. Su abuelo, Don Anselmo, había insistido en que ellos tres lo acompañaran a la mansión para pasar un tiempo juntos y, aunque se sentía agradecido por la invitación, no podía dejar de sentir que algo estaba mal.


—¿Por qué estamos viniendo aquí otra vez? —preguntó Raúl, su hermano menor, que no podía dejar de juguetear con su teléfono, aunque la señal se había perdido hacía ya varios kilómetros.


—Porque el abuelo quiere enseñarnos la casa —respondió Javier sin mucha convicción. Pero sabía que esa no era la razón real. Nadie quería visitar la mansión del Valle por simple nostalgia.


—A mí me gusta —dijo Carmen, la hermana menor, de apenas diez años, con una sonrisa nerviosa. A diferencia de sus hermanos, estaba emocionada por el misterio de la vieja casa, aunque no dejaba de apretar la mano del abuelo.


Don Anselmo era un hombre de aspecto severo, con una barba gris que se extendía hasta su pecho y unos ojos claros que parecían ver más allá de lo evidente. Había vivido en la mansión en su juventud, antes de que la familia se mudara a la ciudad. Aunque él siempre hablaba de la casa con cariño, las palabras que usaba eran ambiguas. Cuentos de sirvientes leales, habitaciones que nunca habían sido abiertas y un sótano del que nadie quería hablar.


Al llegar a la entrada de la mansión, las puertas de hierro chirriaron con un sonido que hizo eco en el aire frío del atardecer. La casa, con sus muros cubiertos de enredaderas y sus ventanas polvorientas, parecía estar congelada en el tiempo. Los sirvientes, una pareja de ancianos de aspecto severo, los recibieron en la entrada sin demasiadas palabras, solo con una inclinación de cabeza y una invitación a entrar.


—Este lugar es enorme —dijo Raúl mientras observaba el vestíbulo, lleno de candelabros antiguos, muebles cubiertos por sábanas y retratos de antepasados que parecían seguirlos con la mirada.


Javier se sentía inquieto. Había algo en el aire que le ponía los pelos de punta. Quizás eran las historias que había oído de niño, contadas por los vecinos del pueblo: que la mansión estaba maldita, que los que vivían allí terminaban perdiendo la razón. ¿Sería verdad?


—Niños, hay algo que quiero mostrarles —dijo Don Anselmo con un tono enigmático, guiándolos hacia una puerta al final de un oscuro corredor. Javier no pudo evitar notar que los sirvientes intercambiaban miradas nerviosas.


—¿A dónde vamos? —preguntó Carmen, su voz era un susurro.


El abuelo no respondió. Simplemente abrió la puerta de madera con una llave antigua que sacó de su abrigo. Una ráfaga de aire frío los envolvió al abrirse la puerta, y frente a ellos se reveló una escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad.


—Esto… esto es el sótano —murmuró Javier, tragando saliva. Había oído hablar del sótano de la mansión, pero nadie sabía exactamente qué había allí. Algunos decían que era una bodega, otros que albergaba los secretos más oscuros de la familia.


—El sótano es el corazón de esta casa —dijo el abuelo con una extraña sonrisa—. Y ha estado cerrado durante generaciones. Pero ahora es tiempo de que ustedes lo conozcan.


Javier sintió que un frío le recorría la columna mientras sus hermanos, sin entender del todo la gravedad de lo que ocurría, lo seguían con curiosidad. Carmen apretaba aún más la mano del abuelo, y Raúl miraba hacia el sótano con los ojos entrecerrados, como si tratara de ver más allá de la penumbra.


Los escalones crujían bajo sus pies mientras descendían, y con cada paso, el aire se volvía más pesado, más denso, como si algo los estuviera observando desde las sombras. Las paredes de piedra eran rugosas, cubiertas de musgo y humedad, y el sonido de gotas cayendo resonaba en la oscuridad. No había luz, excepto por la débil linterna que Don Anselmo llevaba en la mano.


—¿Qué hay aquí abajo, abuelo? —preguntó Raúl con un tono de voz vacilante.


—Lo que siempre ha pertenecido a nuestra familia —respondió el abuelo, su voz resonando en las paredes del sótano—. Lo que está esperando.


Cuando llegaron al final de las escaleras, se encontraron en una sala enorme y oscura. Las sombras parecían danzar en las paredes, y una sensación de malestar se apoderó de todos. En el centro de la sala había una gran puerta de hierro, cerrada con múltiples candados oxidados.


—Nadie en la familia ha abierto esta puerta desde hace más de cien años —dijo Don Anselmo, su voz era apenas un susurro, pero estaba cargada de una extraña emoción—. Hasta hoy.


Javier sintió que su corazón se aceleraba mientras el abuelo sacaba una antigua llave de oro de su bolsillo y se acercaba a la puerta. Mientras giraba la llave en el primer candado, un ruido metálico reverberó en el aire, como si la propia casa estuviera despertando de un largo letargo.


—Esto no está bien —murmuró Javier, dando un paso atrás, pero el abuelo continuó, ignorando sus palabras. Cada candado que caía al suelo hacía que el aire se volviera más pesado, más frío, hasta que, finalmente, la puerta se abrió con un crujido espeluznante.


Detrás de la puerta, la oscuridad era tan densa que parecía tangible, como si algo estuviera esperando al otro lado. Javier sintió el impulso de detener al abuelo, de salir corriendo, pero sus pies estaban anclados al suelo. Todos quedaron en silencio, expectantes, mientras Don Anselmo se adentraba en la negrura.


Y entonces, algo se movió.


Un sonido bajo, gutural, resonó desde el fondo del sótano, un sonido que no pertenecía a ningún ser vivo que ellos conocieran. Y, en ese momento, supieron que habían despertado algo que llevaba demasiado tiempo dormido.


FIN DEL CAPÍTULO 1