Sorpresas Siniestras Primera Parte
En las sombras de la zona rosa de Kamakura, donde los ecos del placer se entrelazan con el terror, Kaede y su grupo se enfrentan a la despiadada realidad de su investigación sobre las misteriosas desapariciones. Lo que comenzó como una búsqueda se transforma en una pesadilla: Ahyma ha sellado su alianza con dos de las mafias más temibles de Asia, tejidas en un intrincado juego de poder y traición. La revelación de Fei acerca de un laboratorio subterráneo, oculto bajo la ciudad, amplía la magnitud de la amenaza; un lugar destinado a ser el epicentro del estudio del virus Diclonius, ahora condenado por la imprudencia de Kaede que detuvo los planes de reconstrucción.
Sin embargo, el peligro acecha en todas partes. Lucia y sus esbirros, ávidos de venganza, están dispuestos a intervenir y poner fin a los oscuros planes de Ahyma. Pero el verdadero horror se asoma con la llegada de una tercera facción: un ejército misterioso de humanos modificados que se mueve entre las sombras. Elena Drayfus, una cazarecompensas ansiosa por cumplir su misión, embosca a Kaede y su grupo en la mansión de Xi, el temido líder de la Triada China. Su fatal encuentro es una danza macabra, y la traición se materializa cuando Lucy la arrastra a un destino de agonía, dejando en el aire el ominoso plan de Demetrious, quien alberga un rencor insondable hacia Kaede.
Con la ciudad en llamas tras el ataque viral de Ahyma en un evento de beneficencia, el caos estalla en la vida de Kaede, aún con el eco de la caída de Xi resonando en su mente. La desesperación se adensa cuando una llamada trae una nueva carga de terror: Kouta ha desaparecido.
—¡¿Cómo que no han podido comunicarse con Kouta?! —exclama Kaede, su voz tiñéndose de desesperación.
—Lo hemos intentado repetidamente —responde Nate, la preocupación en sus ojos—. La situación en la base se ha vuelto insostenible, las criaturas no cesan de salir.
Mariko, con una determinación feroz, toma la decisión de llevar a Josef de regreso a la base, mientras Kaede se enfrenta a la angustiosa decisión de buscar a Kouta. La bruma del apocalipsis rodea sus pasos mientras Kaede se desplaza de tejado en tejado, su mirada se encuentra con el horror que azota a la ciudad. Abominaciones masacran a la gente, y el grito desgarrador de unos niños retumban en sus oídos mientras un perro infectado atraviesa sus pechos con tentáculos, transformando a las víctimas en grotescas bestias.
—¿Es este tu enfermo sueño, Ahyma? ¿Despojar a todos de su humanidad? —grita Kaede, el fuego de la ira ardiente en su pecho—. ¡Esto no se va a quedar así, lo juro!
Mientras los aviones de combate y los helicópteros surcan el cielo, disparando en vano contra las criaturas que proliferan en la noche, Kaede avanza por una ciudad desolada, ahora un paisaje de destrucción. Vehículos carbonizados, calles desiertas manchadas de sangre, el silencio perturbador que precede a la tormenta, la envuelven en una atmósfera de desasosiego.
Al llegar a un edificio de departamentos, su corazón se acelera al notar que la entrada está sellada. La perrera de Wanta la recibe con un frío vacío.
—Si tus malditas criaturas han tocado a Kouta y a los demás... —susurra, su voz se quiebra con una mezcla de furia y dolor.
Con un grito de rabia, Kaede da una patada a la puerta de acero, la cual vuela de su lugar gracias a su fuerza sobrehumana. La oscuridad del interior la envuelve, encendiendo la lámpara de la ametralladora que Josef le proporcionó, avanzando con cautela en un mundo que podría devorarla.
En ese mismo instante, las cámaras de seguridad, no solo en el edificio, sino en toda la ciudad, transmiten cada movimiento a la computadora principal del laboratorio subterráneo, código clave: Artemisa. Desde su trono de caos, el siniestro Ahyma observa, disfrutando del pandemonio que ha desatado.
—¿Qué tanto miedo sientes de perder a ese chico, Kaede? —su risa se mezcla con el eco del terror que azota la ciudad—. El miedo es fascinante, los humanos se convierten en bestias cuando son cazados. ¿Este es el mismo terror que sentían hacia los Diclonius?
Su sonrisa, como una sombra que se cierne sobre Kaede, se ensancha, su mirada fría y calculadora analiza cada detalle.
—Querida Kaede, sabes que nunca podrás escapar de tu pasado. Al final, tú y yo somos monstruos, y jamás seremos aceptados por la humanidad. No ocultes lo que eres. Aunque hayas sellado a Lucy, en lo más profundo de tu mente oscura, anhelas liberarla y desatar el caos. Veamos si realmente estás lista para tu prueba final.
Con el corazón latiendo en un frenético ritmo, la reina Diclonius avanza con cautela, pero el ascensor está sellado por la falta de energía. La oscuridad es solo el inicio de un viaje hacia la locura.
Kaede se encontró frente al desolado edificio, con la escaleras como su única opción. La planta de emergencia, sorprendentemente inoperante, parecía haber agotado su energía en un intento vano de contener la amenaza que había consumido Kamakura. Cada paso que daba resonaba en el silencio asfixiante, un silencio tan sobrenatural que parecía vibrar con la agonía de la ciudad.
Al asomarse por las ventanas, las luces de la calle ofrecían un débil resplandor, iluminando un pasillo que, a pesar de estar intacto, emanaba una tensión palpable. Era extraño, demasiado extraño; el eco de la muerte y la destrucción acechaba, pero el lugar permanecía inexplicablemente vacío.
“¿Dónde están esos monstruos?“, murmuró Kaede, el miedo apoderándose de ella. Al llegar a la puerta del departamento de Kouta, la cerradura no mostraba señales de haber sido forzada. La luz tenue del pasillo se filtró cuando abrió la puerta, y un silencio opresivo la envolvió. El lugar estaba en orden, pero la quietud era inquietante. Un reloj en la pared marcaba tres horas desde la caída de Xi, tres horas de una inconsciencia que la horrorizaron.
“¿Qué demonios…? ¿Tres horas? No puede ser”, se decía, sin ser consciente de la sombra que se acercaba sigilosamente detrás de ella. Justo cuando la figura se preparaba a golpearla con un florero, Kaede sintió la presencia y, en un giro rápido, se cubrió instintivamente. La luz de su arma iluminó el rostro de su atacante: Yuka.
“¡Yuka! ¿Qué demonios haces aquí?”, gritó Kaede, aún aturdida. Pero la mirada de Yuka era de furia desatada.
“Sé quién eres, y nada detendrá mis deseos de eliminarte, maldita zorra”.
“¿De qué hablas?”, replicó Kaede, el desconcierto mezclándose con el miedo.
“Por tu culpa, Kouta ha sufrido. No tienes derecho a estar a su lado. Cuando supe la verdad, mi odio hacia ti creció como un fuego voraz. Eres un monstruo, y yo soy la única que merece su amor. ¡¿Me oyes?!”
“¡Cálmate, Yuka! Estás teniendo una crisis”.
“No es una crisis. Debo hacer lo correcto. Cuando te mate, Kouta será feliz. Todos serán felices. Tú solo has traído problemas a este mundo. ¡Nunca te perdonaré por traicionarme!”.
Desenfundando un cuchillo, Yuka se lanzó a la ofensiva, pero Kaede, con la agilidad de una depredadora, esquivó sus ataques, desatando una patada en el vientre de su atacante. Yuka chocó contra una mesa, destrozándola en mil pedazos.
“¡Basta, Yuka! ¡¿Qué demonios dices?!”
Ríéndose de manera siniestra, Yuka se reincorporó, su risa resonando en el ambiente tenso. “¿Crees que soy una idiota? Te he tratado como una hija, y tú… ¡te acostaste con Kouta! ¡Asesinaste a su familia!”
“¿Lo sabes…?”
“Lo vi. Los vi juntos. Nunca pensé que pudieras caer tan bajo. Eres lo más asqueroso que he visto”.
“Yuka, por favor, no hagas algo de lo que te arrepientas. He pedido perdón a Kouta. No quiero causar más dolor”.
“¡Zorra mentirosa! No voy a dejar que me engañes otra vez. Ahora que Ahyma me ha mostrado el camino, no me detendré. Debes morir, y cuando lo hagas, Kouta sonreirá al ver tu cuerpo ensangrentado. ¡Muere!”
Kaede se preparó para luchar, sabiendo que no podía permitir que Yuka la dominara. Con la adrenalina corriendo por sus venas, esquivó los ataques frenéticos de su oponente, aunque no pudo evitar que algunos cortes hirieran sus brazos, dejando un rastro de sangre que sellaría su destino.
“¡Deja de moverte y conviértete en un monstruo amable! ¡Muere!”, bramó Yuka, su voz un eco de locura.
Kaede, con una determinación implacable, respondió: “No te tengo miedo, Yuka. Haré que entres en razón”.
“¡No te burles de mí, maldita zorra!”, gritó la psicópata, lanzándose hacia Kaede con un cuchillo, la ira desbordándose de su ser. La hoja se estrelló contra la pared, dejando una marca de su frustración. Sin dudar, Kaede contraatacó, embistiéndola y haciéndola chocar contra un librero que crujió bajo el impacto.
“¡No permitiré que una cornuda como tú me derrote!”, se retorció Yuka, un brillo de desafío en sus ojos. Juntando sus manos, lanzó un golpe que impactó en la espalda de Kaede, haciéndola caer al suelo. Yuka aprovechó la oportunidad para patear su vientre con toda la fuerza que podía reunir.
Kaede se levantó, escupiendo sangre, su cuerpo dolorido pero aún en pie. “¿Qué pasa, zorra? ¿Acaso no esperabas que me supiera defender?”, se burló Yuka, su risa una mezcla de locura y rabia.
Kaede, con la mente en alerta, cuestionó: “¿Desde cuándo tienes tanta fuerza? ¿Quién te enseñó a combatir?”.
“Vamos, quiero que sufras más”, contestó Yuka, el odio brillando en sus ojos. “Jamás te perdonaré por lo que le hiciste a Kouta. Siempre lo amé, pero tú arruinaste todo al aparecer en su vida. Maldito sea el día en que fuimos a la playa”.
“Estás mal, Yuka. Tus deseos egoístas te han cegado. Nunca has sido capaz de ver la carga que Kouta lleva sobre sus hombros. No sabes nada de su dolor. ¿Y aún así te atreves a decir que lo amas?”.
Kaede, con una voz firme, continuó: “Si realmente lo hubieras amado, lo habrías apoyado, en lugar de huir de tus sentimientos como una cobarde. Solo veo cómo tu inmadurez lo aleja más de ti. No fuiste lo suficiente para ser digna de él. ¿Es eso lo que querías saber? No lo eres, ¡por cobarde e inmadura!”.
Las palabras golpearon a Yuka como un martillo, haciéndola tambalear en una crisis mental. Gritos llenaron su mente mientras recuerdos dolorosos la asediaban, burlas y risas crueles resonando de la gente que había intentado tocar su vida, incluso de sus propios padres.
“¡Cállate, cállate, cállate! ¡Tú ni siquiera me conoces!”, chilló Yuka, golpeando a Kaede en el rostro, haciéndola caer al suelo. Con un destello de locura en sus ojos, comenzó a estrangularla. “¡Muere! ¡Muere!”, se rió, la locura brotando de su ser.
Kaede luchaba por liberarse, sintiendo que la oscuridad comenzaba a envolverla. Con su fuerza mermando, su mirada se posó en una botella de vino cercana. “No lo creo, esto aún no ha acabado”, pensó.
“Voy a ser tan feliz viéndote arder en el infierno. Al fin mi tío y Kanae tendrán su venganza. Kouta es mío, solamente mío”, rió Yuka, como si su locura le otorgara poder.
Kaede, en un último esfuerzo, logró alcanzar la botella y la estrelló contra la cabeza de Yuka, liberándose mientras su adversaria aullaba de dolor.
“¡Aaaaaaahhhhhhh! ¡Me las pagarás! ¡Me la pagarás, maldita!”, gritó Yuka, el odio ardiendo en su mirada.
“Esa es la gran diferencia entre tú y yo”, respondió Kaede, con firmeza renovada. “Yo enfrenté mis errores. Nunca huí de ellos, no como tú, que al final solo huyes de ti misma”.
En ese instante, Kouta apareció junto a Mayu y Nozomi, y Kaede, con una mezcla de alivio y terror, volvió su mirada hacia él.
“Ha pasado tiempo, Kouta”, murmuró Kaede, su voz cargada de un peso ominoso.
“¿Qué rayos ha ocurrido aquí?”, preguntó Kouta, la incredulidad mezclándose con la angustia al observar la devastación que los rodeaba.
“¡Qué horror! Todo está destruido”, exclamó Mayu, sus ojos abiertos de par en par mientras el caos se desplegaba ante ellos.
“¡Yuka!”, gritó Nozomi, una sombra de preocupación surgiendo en su rostro.
“¡Espera, Nozomi! Algo no está bien con Yuka”, advirtió Kaede, su instinto alarmado.
“¿De qué hablas?”, inquirió Kouta, confundido.
“Vine a buscarlos para llevarlos a la base. La ciudad es un manicomio, pero al llegar, Yuka empezó a atacarme sin razón”, explicó Kaede, su mirada fija en la figura distorsionada de Yuka.
“¡Claro que tengo mis razones! ¿Ya se te olvidó cómo esta mujer nos arruinó la vida?”, estalló Yuka, su voz un grito desgarrador. “¡Mató a tu hermana y a tu padre! ¡Ella es un monstruo que no debe seguir lastimando a la gente! ¿No lo ves? ¡Destruyó nuestra familia, nuestra relación, te encerraron en un manicomio!”.
“No, Yuka…”, comenzó Nozomi, pero fue interrumpida.
“¡Debes matarla, Kouta! ¡Debes matarla!”, insistió Yuka, la locura brillando en sus ojos. “Así podremos vengar a nuestra familia y al fin estar juntos para siempre”.
La escena era macabra. La risa de Yuka resonaba en la oscuridad, su rostro manchado de sangre, su apariencia cada vez más desquiciada. Kouta, con el corazón pesado, sacudió la cabeza. “No, Yuka. No entiendes. Pensé que algún día llegarías a comprenderlo”.
“¿Qué quieres decir? ¿Acaso me están traicionando?”, exigió Yuka, la paranoia consumiéndola.
“Nadie aquí te ha traicionado, ni siquiera Kaede. Ella se hizo a un lado para que tú y yo pudiéramos ser felices. Pero ahora me doy cuenta de que tu odio y venganza te han consumido por completo”. Kouta hizo una pausa, su voz temblando. “Si realmente me entendieras, sabrías que soy el único culpable de todas mis desgracias. Perdí a dos seres queridos por no tener el valor de decir la verdad”.
Kaede sintió una punzada de dolor al ver las lágrimas brotar de los ojos de Kouta. Él continuó: “Pensé que habías comprendido, pero veo que no. Yo, que tanto hice por ti para que fueras feliz, que quería que dejaras de ver a Kaede como una intrusa. El que debiste haber matado es a mí, no a ella”.
El silencio se hizo pesado, lleno de tensión. Kaede se acercó a Kouta, pero él estaba atrapado en su tormento. “¡Yo soy el único culpable de que todo esto haya pasado! He sacrificado tanto por intentar llevar una vida normal con todos ustedes. He soportado tanto, he callado tanto. Mi vida es un desastre porque así lo quise. Si pudiera volver al pasado, arreglaría todos mis pecados, pero no se puede...”.
Kouta dejó escapar un suspiro quebrado. “No puedo revivir esos momentos en que mi vida era tranquila y feliz. Ahora solo viven en mi memoria. Lo único que deseo es que mi presente no se hunda en el caos por culpa de esos locos. No quiero que nadie más sufra lo que todos aquí hemos padecido”.
“No estás solo, Kouta. Estamos aquí para ayudarte”, afirmó Nozomi, su voz un bálsamo en medio de la tormenta.
“Así es”, agregó Mayu, mientras Kaede asentía.
“Siempre estaré a tu lado, Kouta”, dijo Kaede, decidida.
Pero Yuka, consumida por la locura, se quedó en silencio, sus lágrimas manando mientras golpeaba el suelo cubierto de vidrios, lastimándose los puños. “¡Nooooo! ¡Esto no puede ser! ¡Grrrr! ¡Todos son unos malditos, unos malditos!”.
“Nozomi…” La preocupación de la joven se intensificó.
“Debimos haber matado a Kaede cuando pudimos. ¡Por su culpa, el mundo corre peligro!”, gritó Yuka, su mirada volviéndose más oscura.
“¡Basta, Yuka! No debes seguir con esto. ¡Debemos darte tus medicinas ahora!”, ordenó Kouta, su voz al borde del quiebre.
“Yo… yo… ya no tengo salvación”, murmuró Yuka, su mirada vacía y perdida.
El horror se apoderó del grupo cuando Yuka alzó la vista, revelando unos ojos amarillos con pupilas similares a las de un reptil. Un líquido espeso y marrón brotó de su boca, y su brazo derecho comenzó a transformarse, las venas saltando a la vista, tornándose negras. La tela de su blusa se rompió mientras su musculatura se expandía, pequeñas garras asomando de sus dedos.
En ese instante, Wanta ladró, y Kaede se puso en guardia, lista para luchar contra el monstruo que Yuka estaba a punto de convertirse.
Nozomi se quedó paralizada, los dedos cubriendo su boca, atónita ante la grotesca transformación de su amiga.
—Dios mío, Yuka —murmuró, el horror reflejado en sus ojos.
—¡Ustedes tres, salgan de aquí! —gritó Kaede, la urgencia en su voz resonando como un eco de desesperación.
Un grito desgarrador surgió de la criatura, un sonido que hacía temblar los cimientos de la realidad y quebrar todos los cristales del lugar, dejándola aturdida. Kouta y las chicas se lanzaron a la carrera, dejando atrás la locura que había devorado a Yuka, ahora convertida en un monstruo sin compasión. La bestia, en su nuevo cuerpo, arremetió contra Kaede, intentando atravesar su pecho con su brazo mutante.
Kaede buscó entre la confusión, palpando la necesidad de su arma, mientras esquivaba las feroces acometidas de su antigua amiga.
—¡Acabar... con Diclonius! —rugió Yuka, su voz distorsionada por la ira y el dolor.
Finalmente, Kaede logró recuperar su arma y disparó con la frialdad de quien no tiene otra opción. Las balas se hundieron en la carne de Yuka, atravesando su cuerpo como si fuera un simple saco. Una de las balas hizo volar un fragmento de su cráneo, y la mutante cayó al suelo, inmóvil. Kaede se acercó, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
—¿Qué demonios te ha pasado, Yuka? ¿Quién te hizo esto? —preguntó, la angustia empapando su voz.
La Diclonius salió del apartamento y se encontró con el grupo junto al elevador.
—¿Qué pasó, Kaede? —inquirió Mayu, la inquietud palpable en su tono.
—Lo siento, no tenía otra opción. Debemos salir de este lugar —respondió Kaede, un nudo en el estómago.
El horror se apoderó del grupo cuando vieron a Yuka emerger del apartamento, sus ojos brillando con una malevolencia inhumana en la penumbra.
—Dime que esto es una broma de mal gusto —dijo Kouta, su voz llena de incredulidad.
Kaede observó, paralizada, cómo Yuka se regeneraba, la carne despojada de balas reconstituyéndose con un retorcimiento grotesco. La pesadilla se volvía aún más real.
—¡No, ya sé lo que va a hacer! —gritó. —¡Corran!
La criatura, ahora un caos de carne y odio, expulsó las balas de su cuerpo, generando una lluvia de proyectiles destructiva que devastó todo a su paso. El grupo apenas logró esquivar el ataque devastador, pero Yuka no se rendía; su impulso asesino la llevaba a perseguirlos sin piedad.
—¡Vayanse por las escaleras! Yo me encargaré de detenerla —gritó Kaede, su resolución alimentada por el peligro inminente.
—¡Ten cuidado, Kaede! —advirtió Nozomi, el miedo grabado en su voz.
—¡Hey, tú! —Kaede gritó, atrayendo la atención de Yuka. —¡Soy tu objetivo! Si realmente sientes tanto odio por mí, ven y mátame!
Un rugido devastador resonó, y la criatura se lanzó hacia Kaede. Esta, con una valentía feroz, se dirigió hacia las escaleras, en busca de la azotea.
—¡Debemos irnos! —urgió Mayu, el pánico a flor de piel.
—Ustedes vayan al vehículo, yo iré a ayudar a Kaede —dijo Kouta, la determinación quemando en su interior.
—¡Es una locura! ¡No te arriesgues! —exclamó Nozomi, tratando de disuadirlo.
—Lo sé, pero esto lo causé yo, y no puedo quedarme cruzado de brazos.
Sacó una pistola y la recargó, la presión del momento aplastando su conciencia.
—Ten cuidado, Kouta —dijo Mayu, la preocupación flotando entre sus palabras.
—Solo... no mueras, por favor —añadió Nozomi, la súplica temblorosa en su voz.
El grupo se dividió, mientras Kaede alcanzaba la azotea. Al llegar, fue recibida por una vista aterradora: columnas de humo y fuego en el horizonte, un espectáculo apocalíptico que reflejaba el caos que reinaba en su mundo.
—Esto está empeorando —murmuró, la angustia apretando su pecho.
Yuka apareció en la azotea, sus ojos brillando con una locura que erizaba la piel de Kaede.
—No sé qué demonios te ha pasado y cómo has llegado a este estado, pero no permitiré que sigas causando daño a los inocentes, Yuka —declaró, el desafío brillando en su mirada.
—Matar... tengo que matarte... ¡Debes morir! —aulló Yuka, su voz cargada de una rabia sin sentido.
Kouta alcanzó a Yuka, apuntando su arma a la monstruosa figura que alguna vez fue su prima. La sorpresa se pintó en el rostro de Kaede al darse cuenta de que Kouta no había huido con las chicas.
—¿Qué haces aquí, Kouta? —preguntó, la incredulidad tiñendo su tono.
—No voy a huir más de mis pecados, Kaede. Yo ocasioné esto, y vengo a ponerle fin de una vez por todas —respondió, su voz firme a pesar del miedo que corría por sus venas.
La criatura se puso a la defensiva, su mirada amenazante enfocándose en él.
—Eres... un maldito traidor...
—Nunca fui un traidor, Yuka, si es que sigues siendo ella —dijo Kouta, la tristeza incrustada en sus palabras. —Siempre te quise mucho, pero...
Nunca me consideré digno de ti, a pesar de ser tu primo, y mucho menos cuando me di cuenta de que la muerte de mi padre y hermana fue consecuencia de mentiras. Ahora, lo único que puedo hacer es liberarte de esta maldición que cargas.
Lamento todo el dolor que te he causado. Espero que algún día puedas perdonarme por ser un estúpido.
Yuka: Kouta...
Un grito desgarrador emergió de Yuka, resonando en la oscuridad mientras su mente era invadida por la voz siniestra de Ahyma. Se llevó las manos a la cabeza, su rostro distorsionándose en un tormento de agonía.
Kaede observaba con horror, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo.
Ahyma: Parece que aún conservas algo de humanidad, mi pequeña marioneta. Su risa era como un eco macabro. Es conmovedor que, a pesar de haber visto a esos dos... se detuvo un instante para saborear la vileza de sus palabras, ...follar, aún sientas aprecio por ellos. Pero es inútil huir de mi voluntad, jajajaja.
Yuka comenzó a sufrir una nueva mutación. Su piel se estiraba, desgarrando la tela de su ropa y los zapatos que apenas podían contener su forma en crecimiento. El brazo derecho se oscurecía, despojándose de su humanidad mientras brotaban espinas óseas de su hombro. Las venas negras serpenteaban por su otro brazo, un veneno palpable que revelaba su transformación grotesca.
Kaede sintió la fuerza de la bestia que Yuka se había convertido. Al levantar la vista, vio la parte derecha de su rostro, deformada y fusionada con la carne contaminada del brazo. Yuka, consumida por el dolor, lanzó una caja de ventilación hacia Kaede, quien esquivó el ataque con agilidad.
Kouta: ¡Ya basta, Yuka!
Yuka: ¡Ayúdame! ¡Mátame!
Kouta: Yuka, lo siento...
Las balas de Kouta impactaron contra el cuerpo monstruoso de Yuka, pero estas se absorbieron en su carne putrefacta. La criatura, despojada de su humanidad, se lanzó contra él con furia desatada.
Kaede, en un último intento por detener a su amiga, se lanzó al ataque. Su patada hizo que Yuka chocara contra otra caja de ventilación, pero, para su horror, Yuka se recuperó del golpe como si nada hubiera ocurrido.
Kouta: ¡Nada puede detener a esa cosa!
Kaede: ¡A un lado, Kouta!
La Diclonius lanzó una granada explosiva hacia Yuka. La explosión reverberó en el aire, y ambos, Kouta y Yuka, fueron arrojados por la onda expansiva. Sin embargo, cuando se recuperaron, la criatura aún permanecía de pie, intacta. Desde abajo, Nozomi y Mayu miraban la escena, sus rostros pálidos de terror.
Nozomi: ¿Qué rayos está ocurriendo allá arriba?
Mayu: No lo sé, pero espero que esto no atraiga a esas bestias grotescas...
Kaede: No puede ser... Esto es una pesadilla.
Kouta: ¡Debes usar tus vectores, Kaede!
Kaede: ¡No puedo! Ese rugido anuló mis poderes, y aún no puedo recuperarlos.
La criatura embistió a Kaede, estrellándola contra el barandal de la azotea, dejándola en un estado lamentable y al borde del abismo. Pero la Diclonius reaccionó rápidamente, aferrándose a su vida.
Desde abajo, Nozomi y Mayu observaron horrorizadas cómo el barandal se desplomaba, acompañándose de trozos de concreto que caían a sus pies.
Mayu: Esto es una pesadilla... ¡Quiero despertar!
Nozomi: Calma, Mayu. Todo estará bien. No pierdas la esperanza...
Mientras las chicas aterrorizadas contemplaban la caída del barandal, Yuka se acercaba a Kouta con paso lento y amenazante.
Kouta: ¡Ya basta, Yuka! ¡Tú no eres así!
Kaede, tambaleándose, intentaba levantarse, su visión aún nublada por el impacto.
Kaede: ¡Aléjate de Kouta!
Sin opción, Kouta disparó contra la chica que una vez había sido su luz en la oscuridad. Cada disparo resonaba como un eco de sus memorias, cada recuerdo entrelazándose con la agonía de perderla.
Se quedó sin munición, y frente a él se alzaba la monstruosidad en que Yuka se había convertido, su rostro grotesco una burla a lo que una vez conoció. Kaede aún yacía en el suelo, luchando por levantarse.
Kaede: ¡Kouta, huye de aquí!
Kouta: Yuka, tienes que controlarte. No sé cómo te infectaste, pero debes mostrar voluntad. ¡Tú no eres un monstruo!
Una sombra de reconocimiento pareció cruzar el rostro de Yuka, pero la bestia dentro de ella rugía con furia.
Kouta: ¿Acaso ya se te olvidó quién soy? ¿Quiénes somos? ¡Somos familia!
Kouta...
La voz temblorosa de Yuka emergió entre el caos que la rodeaba. En ese instante, el lado izquierdo de su rostro, donde aún latía un vestigio de humanidad, se desgarró en un llanto silencioso. Mientras tanto, el lado derecho, deformado y monstruoso, se erguía amenazante, listo para atacar. Sin embargo, en un giro inesperado, Yuka detuvo su brazo mutante, su mirada ardía con determinación.
—¡No! ¡No dejaré que me controles! ¡Eres un maldito mentiroso!
Kouta, aturdido, se preguntaba a quién podría estar dirigiendo esas palabras. Antes de que pudiera encontrar la respuesta, Kaede apareció, tambaleándose en su intento de ayudarlo.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz tensa.
—Sí, pero Yuka... parece que está luchando con algo en su mente.
Yuka emitió un grito desgarrador, un eco de su agonía interna mientras batallaba por retomar el control de sí misma. En su mente, el entorno se tornó sombrío y opresivo; allí, la figura de Kouta se desvanecía cada vez que intentaba acercarse a él, convirtiéndose en polvo.
—¡No permitiré que me controles, maldito!
—Es inútil —roncó la voz de Ahyma, cruel y penetrante—. Es hora de borrar tus recuerdos para convertirte en una digna marioneta. Pronto serás quien mate a Kaede, jajajaja.
Yuka, retorciéndose en la confusión, recordó las promesas de venganza.
—Puedo detestar a Kaede, pero no soy tu herramienta. Si quiero ver a Kouta feliz, haré lo que deba, aunque eso signifique luchar sola.
—Al fin hablas con un atisbo de sensatez —se burló Ahyma—. Pero ya es demasiado tarde para ti. ¡Observa cómo te quedas sola y sin recuerdos, jajajajaja!
Con cada palabra, los recuerdos de Yuka se fracturaban, desmoronándose como espejos quebrados en un abismo. Llorando, vio cómo sus amigos se convertían en polvo brillante, el último rostro en desvanecerse fue el de Kaede. Con lágrimas resbalando por sus mejillas, Yuka suplicó:
—Perdóname... Solo quiero que lo hagas feliz, haz lo que yo nunca pude...
A medida que se desvanecía, un terror indescriptible la embargó. Ahyma, en su frialdad, le susurró:
—Los sentimientos son un obstáculo para alcanzar la verdadera evolución. Amar a alguien solo trae dolor; todos deben seguir una única voluntad.
—Antes de desaparecer, ¿por qué odias tanto a Kaede? ¿Qué significa ella para ti? ¡Dímelo, monstruo!
La revelación de Ahyma golpeó a Yuka como un rayo. Aceptando su destino, esbozó una sonrisa irónica en sus últimos momentos.
—Así que ese es tu gran secreto... Pero escúchame bien, Ahyma: al final, ellos te detendrán. Tengo fe en mis amigos. Ríete ahora, pero serás tú quien caerá.
Con esas palabras, se desvaneció, y Ahyma, disfrutando del vacío que dejó, sonrió de manera maquiavélica.
—El fin se acerca para ti y los tuyos, Kaede. Disfruta de la compañía, porque pronto se desvanecerán como los recuerdos de esta perra incestuosa, jajajajaja.
Fuera de la mente de Yuka, Kaede y Kouta observaban cómo la criatura que había sido Yuka parecía calmarse. Sin embargo, al girarse, Kouta se percató del cambio en sus ojos, ahora reflejando la oscuridad de Ahyma.
—¿Yuka?
—No, Kaede. Ya no es Yuka.
Un rugido de la criatura resonó en la noche, y, con un salto sobrehumano, se lanzó hacia un bosque cercano. Mayu y Nozomi, horrorizadas, contemplaron la transformación.
—Calma, Wanta —susurró Mayu, tratando de apaciguar al perro que ladraba sin cesar.
—¿Esa cosa era Yuka? —inquirió Nozomi, su voz temblorosa.
—¡Mierda, se ha escapado! —gritó Kaede, con frustración.
—No logro ver hacia dónde fue.
—Ya no importa. Debemos regresar a la base, Kouta. Aquí no estamos seguros.
Kouta asintió, la urgencia llenando el aire. Mientras descendían las escaleras, Kaede le preguntó, su voz llena de preocupación:
—¿Dónde demonios estábamos?
—¿A dónde fueron ustedes? ¿Por qué estaba Yuka sola? —preguntó Kaede, su voz un hilo tenso de preocupación.
Kouta, con la frustración marcada en su rostro, respondió:
—Fuimos a buscar provisiones y un vehículo para huir, pero nada de lo que hicimos pudo calmar a Yuka. Los ataques comenzaron y ya no había nada que funcionara, ni siquiera los tranquilizantes más potentes.
—Joder, ¿pero cómo demonios se infectó Yuka? —la incredulidad pesaba en sus palabras.
—Eso lo averiguaremos más tarde. Primero, tenemos que encontrar un lugar seguro y proteger a las chicas y a Wanta.
Mientras bajaban las escaleras con prisa, Kaede, sintiendo el peso de la verdad, decidió compartir lo que había aprendido.
—Kouta, ella ya lo sabía...
—¿De qué hablas?
—Ella nos vio intimar. Ahora todo tiene sentido; su indiferencia hacia mí era solo el principio.
—Maldita sea, Yuka... —murmuró Kouta, el desasosiego apoderándose de él—. Primero debemos salir de aquí, y después ya veremos qué hacer.
—Tienes razón, vamos.
Al llegar al refugio donde estaban Nozomi y Mayu, el alivio las envolvió al ver que estaban bien.
—Me alegra que estén a salvo. Vimos caer a Yuka, pero ya no era la misma —dijo Nozomi, la inquietud en su voz evidente.
—¿Saben qué dirección tomó? —preguntó Kaede.
—Se fue hacia el bosque —respondió Mayu, el miedo en sus ojos.
—Grrr, después nos ocuparemos de ella —dijo Kouta, la rabia y la preocupación chocando en su interior—. Primero, debemos ponerlas a salvo.
De repente, el celular de Kaede vibró, y al encender la holo llamada, se encontró con la imagen siniestra de Ahyma.
—Kaede... ¿cómo conseguiste mi número? —su voz, un hilo de desdén.
—Es sencillo cuando se tiene acceso a toda la línea del país. Veo el miedo en tus ojos. ¿Te ha gustado mi regalo?
—¡Hijo de perra! ¿Qué le has hecho a Yuka?
—¿Y crees que te lo diré, humano estúpido? Tú fuiste el causante de que Yuka decidiera aceptar la evolución. Pero eso ya no importa. En pocas horas, la ciudad colapsará y, dentro de días, el país sucumbirá ante nosotros.
Kaede sintió que la desesperación se apoderaba de ella.
—Ningún escondite servirá, los tengo muy bien vigilados. No hay escapatoria. En este momento, soldados y miembros de la mafia de Xi se dirigen hacia ustedes para cazarlos. Espero que sepan correr como las ratas que son.
La llamada se cortó abruptamente, dejándolos en una atmósfera cargada de terror.
—Ese hijo de perra... —murmuró Kaede, el sudor helado en su frente—. No hay tiempo que perder. Debemos irnos.
—¡Suban al carro! —gritó Kouta, la adrenalina corriendo por sus venas.
—Tú conduces, yo cubriré la retaguardia.
El grupo subió a un vehículo militar y, en un arranque frenético, la máquina rugió a toda velocidad. Kaede llamó a la base, y la voz de Josef resonó en el altavoz.
—¿Tuviste éxito, Kaede?
—Sí, pero tuvimos un altercado. Ahora estamos huyendo porque hombres de Ahyma vienen tras nosotros. Necesitamos refuerzos o una ruta más rápida hacia la base.
—Veré qué puedo hacer, pero tomen la carretera libre. Es su mejor opción. Buena suerte, chicos.
La pantalla holográfica se iluminó, marcando el camino más óptimo hacia la ciudad. Pero en ese instante, un grupo de motos emergió de los arbustos, rugiendo como bestias hambrientas, dispuestas a cazarlos.
—¡Chicos malos a la vista! —gritó Mayu, el pánico claro en su voz.
—¡Abróchense los cinturones! Esto será un viaje lleno de turbulencias. ¡Kaede, usa la ametralladora y acaba con esos hijos de puta!
—¡De acuerdo! —respondió Kaede, la determinación en su voz resonando como un eco en el caos que les rodeaba.
El grupo se adentró en la carretera, donde el lado izquierdo estaba atestado de vehículos que luchaban por salir de la ciudad. En el lado opuesto, una desolación inquietante se extendía: coches y camiones abandonados, sus cuerpos metálicos oxidados como monumentos a la desesperación.
Los disparos comenzaron a silbar a su alrededor, y los soldados mutantes aparecieron en la distancia, disparando a quemarropa. Kaede se puso al volante y, con furia contenida, devolvió el fuego, sus balas trazando líneas de venganza contra los motociclistas.
—¡Aaaaaahhhh! —gritó Mayu, la terrorífica realidad golpeándola con fuerza.
—¡Cálmate, Mayu! Kaede nos protegerá —intentó consolarla Nozomi, aunque su propia voz temblaba.
—¡Joder, no dejan de salir! —rugió Kaede, la frustración y el miedo entrelazándose en su pecho.
En la base, la tensión era palpable. Las pantallas brillaban con imágenes de la persecución, donde los rastreadores marcaban cada movimiento de los chicos. La desesperación se cernía sobre Nate y Josef.
—Esto no pinta nada bien —musitó Nate, sus ojos entrecerrados en la pantalla.
—Genshin, espero que tus refuerzos no tarden, debemos proteger a esos chicos a cualquier costo —ordenó Josef, su voz un hilo de autoridad desgastada.
—Hago lo que puedo, pero todo está colapsado —respondió Genshin, la impotencia visible en sus palabras.
Josef golpeó el escritorio con furia, sus pensamientos implorando al destino que Kaede y su grupo lograran salir ilesos.
La persecución se intensificó, y la aparición de vehículos militares, utilizados por los soldados de Ahyma, desató un nuevo torrente de pánico.
—¡No puede ser! ¡También ellos tienen vehículos pesados! —gritó Kaede, su mirada fija en la amenaza.
—¡Dispara a las llantas o al motor! —gritó Kouta, la adrenalina bombeando en sus venas.
—Grrr, no... no puedo dejar que esto termine así. Toma a Wanta, Nozomi —dijo Mayu, su voz firme, desbordando una resolución que sorprendió a todos.
—¿Qué rayos planeas hacer? —preguntó Nozomi, la incredulidad ahogando su temor.
—Lo que debí hacer hace años: dejar de ser una niña débil —declaró Mayu, un destello de rabia iluminando su mirada.
—¡¿Mayu, qué demonios haces?! ¡Vuelve a tu asiento! —exclamó Kouta, su voz un rugido de alarma.
—¡No, Kaede no podrá sola con ellos! Debo ayudarla —afirmó Mayu, tomando la segunda ametralladora y apuntando con determinación hacia sus objetivos.
—Ahora verán —susurró, y comenzó a disparar, el eco de sus balas resonando en la locura del momento.
Kouta y Kaede se quedaron boquiabiertos, sorprendidos por la habilidad de la joven.
—¿Quién demonios le enseñó a hacer eso? —preguntó Kaede, incrédula.
—Fue Bando-san; él nos enseñó lo básico para defendernos —respondió Nozomi, una chispa de admiración en su voz.
—El tipo sí que sabe enseñar. Si no fuera por él, estaríamos muertos en este momento —reflexionó Kouta, su mente aún procesando lo que estaba sucediendo.
—¡Chicas, concentren sus disparos en esas dos zonas que mencioné! ¡Así podremos deshacernos de ellos! Si se acercan, agárrense, trataré de sacarlos del camino.
—¡De acuerdo! —respondieron Mayu y Kaede al unísono.
La persecución continuó, y Kouta sintió cómo unos vehículos se acercaban peligrosamente. Sin pensarlo, embistió contra ellos, mientras las chicas disparaban con una precisión inesperada.
El camión de gas apareció en su campo de visión, y sin dudarlo, Kaede disparó, provocando una explosión que iluminó el camino como un fuego infernal.
—¡Bien! —gritó Nozomi, el alivio y la adrenalina fluyendo a través de ella.
Pero antes de que pudieran respirar con tranquilidad, un helicóptero de combate futurista, blindado y letal, se cernía sobre ellos como un ave de presa.
—Esto no pinta nada bien —dijo Kaede, su corazón latiendo con fuerza.
—¡Chicas, traten de derribarlo! ¡Yo voy a acelerar! ¡Sujétense bien! —gritó Kouta, mientras el poderoso vehículo aéreo apuntaba sus armas hacia ellos.
Desde su laboratorio subterráneo, Ahyma observaba la escena, una sonrisa siniestra curvando sus labios.
—No pueden huir a su destino. Es solo cuestión de tiempo antes de que el mundo sufra uno de sus cambios más abruptos desde que ustedes miserables simios comenzaron a caminar en dos patas. Su miedo a lo desconocido solo les hará sacar su lado más primitivo. Pero... ahora usaré todas sus creaciones en su contra. ¡Solo prolongan lo inevitable! ¡Nada te va a salvar, Kaede, nada ni nadie!
—¡Nada funciona! Tiene un blindaje demasiado fuerte! —gritó Kaede, la desesperación en sus ojos.
—¡Imposible! —respondió Kouta, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en el aire.
En la base, Josef recibió una llamada de Genshin, y su voz, llena de frustración, trajo malas noticias.
—Josef, no podemos enviar refuerzos. Todos nuestros agentes están ocupados tratando de salvar gente y deteniendo el avance de la infección.
—¡Mierda! ¡Ahyma nos tiene acorralados! —gruñó Josef, su voz cargada de desesperación mientras el peso de la situación se asentaba sobre él como una sombra ominosa.
—¡Tenemos al objetivo en la mira! —anunció un Soldado Infectado, su mirada vacía y cruel.
—Este es tu fin, Kaede. ¡Fuego! —gritó otro Soldado Infectado, su risa burlona resonando en el aire como un presagio de muerte.
Kaede y Mayu, paralizadas por el horror, vieron cómo un misil se lanzaba en su dirección, su trayectoria implacable trazando una línea fatal en el cielo. El tiempo parecía detenerse en ese instante, el terror helando sus corazones.
—¿Este será mi final? —se preguntó Kaede, la angustia ahogando su voz mientras el destino se acercaba, implacable y voraz.
Continuará...