ECOS DEL INFINITO

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Summary

Pablo juró volver a la Tierra con su pequeño hijo, con un nudo en el corazón, decidió alejarse de su único amor y del sueño de su vida. Deberá descubrir que su juramento enfrentará al poder que lo rodea y a los que observan atentos desde el infinito de las estrellas. La ciudadela Áras es la cúspide tecnológica de la humanidad, asentada en la luna más grande de Saturno, es la primera colonia humana fuera de la Tierra. Pablo liderará al equipo científico reunido por el jefe militar de la misión espacial para enfrentar uno de los peores miedos en la historia de las civilizaciones, un asteroide errante desde galaxias desconocidas. Al límite del entendimiento, encontrarán que los acecha una amenaza más letal, antigua e impiadosa.

Status
Ongoing
Chapters
41
Rating
n/a
Age Rating
16+

PRESENTE

—Te amo —dijo Pablo con la esperanza de que sus palabras atravesaran el muro de almohadas blancas que lo separaba de su esposa.

—Y yo a ti. —Shaila dio un suspiro profundo y áspero.

El claro invadió la adusta habitación desde el ventanal frente al lado de la cama de Pablo. La luz era cálida y agradable, eso afirmaban llenos de convicción todos en la ciudadela Áras, pero a él le provocaba un incomodo cosquilleo que le placía cubrirse con las ropas más largas que encontrara.

Muchas veces encontró su misma actitud incomprensible, al fin y al cabo, la luz era un perfecto remedo de aquella que regalaba el sol en la Tierra. Tras unos segundos en que sus ojos no dejaron de ver el exterior, el cielo azulado terminó de cubrir el techo del domo. Un leve pitido le tomó de su abstracción.

—Acaban de escribirnos —dijo Pablo luego de leer un mensaje en su reloj de pulsera y añadió—. Debemos ir ahora.

—¿Acaso crees que no lo sé? —preguntó con voz fría la mujer de largos cabellos negros, al otro lado de la pared de almohadas.

Pablo miró fuera del ventanal, se perdió por unos segundos en los armoniosos cánticos de pájaros que no existían y en el clima templado que atravesaba con frescura el cuarto. Todo eso le fastidiaba. Aún así, prefirió aquello antes que voltear y ver el rostro pétreo de su esposa, decidió creer el esplendido día en la estructura que los mantenía a salvo del mortífero clima de Titán.

El acero ligero del domo era rodeado de un campo magnético que a ratos provocaba un tono lila en el cielo artificioso de la ciudadela. En un extremo del ventanal se levantaba un girasol de medio metro que crecía robusto, en el extremo opuesto se hallaba un cactus cuyo color daba cuenta de que había recibido más agua de la necesaria.

Pablo se restregó los ojos para despertar del sueño que lo había abandonado en la noche insomne, luego palpó con disimulo las tres almohadas que lo separaban de su esposa desde hace cinco noches. Una cama dividida en dos de un amor que hacía meses era un recuerdo agridulce, un trato desabrido en su hogar como en el laboratorio de la torre central donde compartían trabajo.

Shaila se levantó, una larga bata de dormir de color crema recorría su esbelta silueta, aunque las mangas no alcanzaban a cubrir el vendaje en el antebrazo izquierdo, donde una quemadura química producto de la última expedición fuera del domo comenzaba a sanar. Le tomó un par de minutos alistarse, se puso un corto y colorido vestido de cuadros, un pantalón beige de algodón, y luego salió de la habitación sin decir palabras y dejando un sutil aroma a coco y avellanas.

Pablo esperó que ella cerrara la puerta para ponerse en pie, se aseó en unos minutos y luego se vistió con lo primero que encontró: un pantalón de bastas anchas y una camiseta holgada, unitonos y grises. Parecía más delgado de lo que en realidad era.

Lo siguiente le tomó dos segundos, no era vanidoso, pero solía darse su tiempo para siempre andar bastante arreglado, esta vez no quería hacerlo. Se puso abundante gel para sostener el tupido pelo de su corta cabellera y se peinó sin rayas, todo hacia atras.

Fue por la bata blanca con doble botón que yacía en la puerta del ropero al pie de la cama, de esas alargadas, las que usaba en el laboratorio. Dio un vistazo a la habitación de paredes blancas, tuvo la sensación de que era más pequeña que la mañana anterior. Vio el velador junto a la cama, notó que Shaila había olvidado algo.

La cadena que colgaba cada mañana en el delicado pecho de su mujer brillaba reluciente. Una gargantilla de plata blanca que exhibía un dije de caliza con forma de pirámide invertida. Ella le había contado que era un recuerdo familiar desde hace cuatro generaciones. Por ello evitaba dar a notar que le parecía anticuado y exagerado que lo usara casi cada día desde que tenía memoria.

Al fin, bajó con prisa hacia el pequeño comedor de la casa, al saltar el último peldaño de la escalera amaderada vio que Don Luis Ruiz y Doña Martha Cestes habían preparado un desayuno que abarrotaba la mesa. Se sentó junto a la señora de amplios años y arrugas profusas y gentiles, formas que le agraciaban su aspecto rollizo.

Vio a su pequeño hijo Héctor sentado junto a Shaila, quién con tan sólo seis meses de nacido agitaba los brazos con vehemencia, como dos pequeñas y regordetas hélices. Era una costumbre muy eficaz con la que conseguía llamar a su padre para que lo levantase.

—Debes comerla toda —dijo Shaila y acercó un trozo de manzana a las pequeñas manos que se movían sin parar. Luego, acarició el escaso pelo de su hijo y añadió con voz juguetona—. ¿Cómo amaneció mi amorcito? ¿cómo despertó?

—Este es tu café, cariño. —La anciana de corto pelo blanco acercó una taza del humeante líquido a Pablo, quién apenas sentía apetito, aunque la noche anterior tampoco había cenado.

—Gracias, Doña Martha. —Pablo tomó un buen trago y dejó la taza sobre la mesa. Sintió que el frío vacío que le llenaba el estómago se desvanecía de a poco. Acercó las manos hacia su hijo.

Shaila se puso en pie, tomó a Héctor y le dio un largo beso en la frente, por varios segundos. ¿Esa antigua sensación y percepción humana a la que se llama intuición? Quizás. Luego lo entregó en las manos de Pablo y se apartó. Les dio un abrazo a sus padres y salió de la casa. Agarró su bicicleta junto a la puerta y desapareció por la corta calle camino al punto de reunión con el coronel Marcial Cho.

Pablo devolvió la mirada a los ojos inquisitivos de sus suegros e hizo un leve gesto de resignación.

—Lo siento —reflexionó con pesar, levantó a Héctor unos palmos y lo paseó de un lado a otro. El pequeño se había transformado en un estruendoso avión que no paraba de reír. Cuando las risas se tornaron en carcajadas entrecortadas lo entregó a Doña Martha.

—Nosotros también, Pablito —replicó la anciana, dulce. Abrazó con cierta melancolía a su nieto.

—¿Será otro día largo en la oficina? —Don Luis puso su atención en las noticias de la pantalla. Se concentró en el anuncio de que en la semana siguiente comenzaría el primer campeonato de damas chinas. Él era bastante bueno y quería ser el primero en inscribirse.

—En el laboratorio —corrigió Doña Martha, mientras le daba a Héctor pequeños saltitos sobre su rodilla.

—En el Cuartel General —dijo Pablo.

—¿Y eso? —preguntó Don Luis bajando, ligeramente, la pantalla frente a sus ojos.

—Quizás es por lo de mi renuncia y la asignación de Shaila —Pablo respondió sin pensarlo ¡Claro que sin pensarlo! Atado a las cortas risas que emitía su pequeño hijo. Atado a la decisión que en su mente y corazón eran una decisión tomada y una estaca.

—Para lo mucho que al coronel ese le importan tales cosas. —Don Luis frunció el ceño y volvió la vista al anuncio del campeonato.

Pablo acarició el rostro de su hijo, sonrió con algo de esfuerzo. Le dijo con el pecho inflamado y con los ojos hundidos en voluntad.

—Caminaremos juntos bajo el sol, te lo juro.