Diarios de cazadores: Frans Vercetti Entre sombras y guerra.

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Summary

¡Actualmente pospuesto hasta nuevo aviso! Ambientado en los años 50s/60s. Dentro del caos de la guerra que asola el mundo, la desesperación, la angustia y la incertidumbre se apoderan de las calles, ahora reducidas a ruinas. Los estruendosos ruidos de la batalla resuenan en las calles vacías, transformando antiguas ciudades rebosantes de vida en espectros desolados. Frans Vercetti, un militar que ha optado por abandonar una lucha sin sentido y perdida, deambula entre los escombros de las antiguas urbes y en los parajes exteriores, buscando sobrevivir un día más. Al tropezar se con una escena sangrienta en un campamento militar en las afueras de la ciudad, se da cuenta de que las cosas están lejos de estar bien, y una nueva y siniestra intriga se revela ante sus ojos. Algo desconocido ha segado la vida de estos soldados, desatando recuerdos de una experiencia pasada que dejó profundas marcas en él. Al investigar y unir los hilos de los acontecimientos, descubre un mundo oculto lleno de peligros, uno que hasta entonces permaneció en las sombras, pero que, gracias a la guerra, ahora amenaza con devorar al mundo entero. Frans se embarca en una misión desesperada para detener esta oscuridad, asumiendo así un nuevo papel en este mundo desgarrado por la guerra.

Status
Ongoing
Chapters
16
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prologo: La cacería comienza.

Ah… el embriagador aroma de la sangre… permea el aire con su dulzor, prometiendo una noche inolvidable.

Un hermoso cielo estrellado me hace compañía, junto con un suave viento invernal que acaricia mi rostro, susurrando ecos en esta ciudad desolada. El aire se impregna de un dulce aroma a pino y ceniza, mientras la nieve tiñe de blanco el suelo.

En una ciudad humana, dentro de las ruinas inmundas de una edificación residencial, mis brazos reposan sobre un barandal de burdos ladrillos que se desmoronan, transmitiendo con violencia el frío de esta noche sobre mi piel.

Como un águila que observa a sus presas, mis ojos destellan ante tan exquisito banquete.

Mi piel de porcelana contrasta con las sombras que me rodean, y mis ojos ambarinos brillan con un resplandor asesino. Mi cabellera, oscura como las tinieblas, ondula suavemente, acariciando mi cuello al compás del viento.

Luzco mi saco hecho a medida, del color del abeto, con un chaleco a juego y una camisa blanca abotonada que refleja mi pureza. Completo el atuendo con zapatos negros que brillan como la noche y elegantes guantes de seda blancos para no mancharse, iluminados tenuemente por la luz de la luna.

Respiro profundamente, reteniendo los aromas en mi nariz tanto como puedo, llenando mis pulmones. Exhalo y murmuro: —Ah... Nadie podría resistirse a probar un solo bocado de tan formidable banquete, en una noche tan serena como ninguna otra —. Un ligero cosquilleo recorre mi ser.

«Siento cómo se avecina una feroz tormenta invernal. Un escenario perfecto como este me recuerda mis primeras cacerías, cuando la sangre caía como lluvia, tiñendo la nieve de carmesí. Un recuerdo que atesoro con sumo afecto».

Observo con deleite cada detalle de este paisaje grandioso, uno que refleja la miseria humana. Ver cómo se matan entre ellos es un verdadero placer.

Ahora todo yace en ruinas, destrozado por su propia estupidez.

― Sin duda, un paisaje digno de admiración. Gracias a sus disparates, la comida me ha sido servida en bandeja de plata.

― Lo cual es magnífico para mí —digo, dejando escapar una risa entre dientes.

Con una mirada depredadora, observo un diminuto campamento militar en los límites de la ciudad, a unos quinientos metros de mí. Han montado su base en un pequeño vecindario junto a un bosque colindante.

Han acondicionado algunas de las humildes viviendas que aún se mantienen en pie, haciéndolas habitables y alzando varias carpas a su alrededor, creando así sus “murallas”.

― Es una imagen realmente triste. Con tan pocas defensas, dudo que sea un desafío —comento, decepcionado—. Pero supongo que la sangre compensará las molestias —esbozo una sonrisa.

Alzo la vista hacia el cielo, donde una luna creciente adorna la noche con exquisitez. Su tenue luz plateada baña el paisaje, creando sombras que danzan a mi alrededor.

― Cuando la luna alcance a su punto más alto, esta noche pacífica y serena se verá perturbada por alaridos de agonía, y mares de sangre llenarán nuestras bocas —proclamo, sintiendo un escalofrío recorrer mi cuerpo.

«Hace tiempo que no disfruto de un festín como este. Mujeres… hombres… e incluso… niños, lo devoraré todo, obteniendo un poder fuera del alcance de cualquier iluso. Y una vez sea mío, arrancaré las cabezas de esos malditos bastardos con mis propias manos».

Hasta hace unas pocas décadas, pertenecí a lo que ahora llaman la antigua nobleza. Al principio, todo era maravilloso, pero con el paso del tiempo, sin razón aparente, se volvieron en mi contra y me apuñalaron por la espalda.

«Ahora, después de tantos años de rencor acumulado, ¡seré yo quien los apuñale!»

Cierro los ojos un momento, permitiendo que la oscuridad dome mis pensamientos mientras visualizo el caos, y el poder que pronto será mío.

«¿Quizás desmembrarlos? ¿O romper cada uno de sus huesos y ver cómo se retuercen de dolor? También podría arrancarles el corazón y deleitarme con sus rostros de horror. ¡Ja, ja, ja, todas son ideas tan espléndidas!»

«¡No puedo dejar de imaginar cómo asesinaré a esos bastardos!», pienso, en un frenesí asesino.

Aprieto el barandal con tal fuerza que comienza a agrietarse bajo mis manos. Pensar en un escenario que solo en mis sueños más oscuros era posible, ahora tan cerca, hace que mis fantasías se desborden.

Siento cómo mis instintos carnales amenazan con desbordarse, así que debo relajarme; un paso en falso sería fatal y arruinaría todo mi plan, uno en el que llevo décadas trabajando.

Tomo aire hasta llenar mis pulmones y exhalo con suavidad, como una brisa ligera.

«Es mejor que me tranquilice. He trabajado demasiado en este plan como para arruinarlo todo ahora»

Suelto el barandal, dejando caer polvo y escombros, y camino unos pasos hasta una silla de madera sencilla y acolchada junto a una pequeña mesa de cristal. No es algo muy refinado, pero sirve para el momento.

Sobre la mesa, hay una botella de vino añejo y una copa de cristal. Con sutileza, tomo la botella y me sirvo una copa.

Llevo la copa a mis labios con delicadeza y sorbo un poco de ese excelente néctar. Al dejarla nuevamente en la mesa, el ambiente me envuelve con su calma, como la tranquilidad de un campo.

Los suaves susurros del viento y el frío abrazando mi piel, junto con el paisaje digno de una pieza de colección, adormecen mis emociones desbordantes, generando una paz genuina.

El vino se desliza por mi garganta, permitiéndome disfrutar sus sabores, texturas y aromas: notas amaderadas, frutos rojos y un toque de chocolate amargo.

Un brebaje así es casi tan exquisito como la sangre.

―No hay nada mejor que un buen vino para calmar la sed antes de la comida —digo, relajado—. Solo faltan unos minutos para que el banquete esté servido. Esperaré con paciencia hasta entonces.

«Es bueno hacer un poco de apetito; así, la sangre sabe cien veces mejor, convirtiéndose en un elixir divino»

Mientras disfruto de mi copa, mi apacible momento de relajación es bruscamente interrumpido por un mar de murmullos y gruñidos de animales hambrientos.

La interrupción de mi hermosa velada me irrita profundamente. Siento cómo mi corazón se acelera, resonando en mi pecho como tambores de guerra, mientras mis venas se hinchan bajo la piel por la presión sanguínea.

― Parece que están desesperados… y no los culpo. Yo también estoy ansioso. ¡Pero será mejor que se comporten! —alzo la voz, irritado, lanzando una mirada penetrante hacia los departamentos en ruinas.

Piso el suelo con fuerza, produciendo un estruendo que hace que el edificio se estremezca y se agriete.

Los gruñidos cesan de golpe.

Con una voz notablemente irritada, intentando no perder el control, comento.

― No se preocupen, yo me encargaré de alimentarlos adecuadamente. Después de todo, uno debe cuidar a sus mascotas.

Una vez resuelto este pequeño inconveniente, intento relajarme de la misma forma: respirando hondo y normalizando mi ritmo cardíaco. Pero no parece ser tan efectivo como antes; aun así, no puedo perder los estribos.

Bebo un trago de mi copa, pero ya no sabe tan dulce como antes.

«Traer a todos estos… lacayos a veces es molesto», pienso con repulsión. «Pero debo admitir que tiene sus beneficios», continúo, mirando la copa de vino mientras hago girar el líquido de forma hipnotizante.

En este lúgubre lugar, se ocultan bestias de hambre insaciable.

Desde la distancia, parece un simple edificio de departamentos abandonados. Sin embargo, al acercarse y observar con más detalle, se perciben las miradas: ojos de un tenue destello naranja, sin vitalidad ni esplendor, que observan desde dentro, inmóviles como estatuas.

Estas miradas asesinas provocarían terror en cualquier iluso que tuviera la desdicha de pasar por aquí, como una manada de lobos salvajes acechando a un indefenso conejo.

Pero la espera está por terminar. La cacería está a punto de comenzar.

― No puedo contenerme más… anhelo beber toda esa sangre —digo, sonriendo mientras observo la copa de vino frente a mí, tan similar a la sangre.

El vino refleja la luna que navega sobre mí, hasta posarse en lo más alto del cielo, mostrando toda su magnificencia.

Tomo un cubierto de metal que llevo conmigo y lo utilizo para golpear delicadamente la copa, como si fuera una campana, anunciando que la cena está servida.

El sonido agudo resuena por los departamentos, despertando a las bestias dormidas en su interior. Un feroz rugido emerge al unísono, formado por decenas de voces desgarrando sus gargantas al unísono.

En un abrir y cerrar de ojos, todas mis mascotas dentro la edificación, saltaron al exterior desde ventanas y puertas de todas las plantas del lugar.

Mientras rugen excitados, una multitud de almas condenadas se desplaza en la oscuridad de la noche, sombras que alguna vez fueron humanas, corriendo con desesperación como animales hambrientos hacia el indefenso campamento miliciano.

Al poco tiempo, debido a la falta de delicadez de mis lacayos, los humanos en el campamento notan nuestra presencia. Sin saber lo que ocurre, se ponen en guardia, esperando lo desconocido.

Desde mi asiento observó, como los humanos apuntan las luces a lo desconocido, solo para revelar lo inaudito. Podía verlo en sus rostros, confusión, horror, miedo…

― Esto será divertido de ver ― expreso extasiado.

En poco tiempo, con una agilidad y destreza dignas de criaturas aberrantes, asaltan el campamento militar, desatando el terror en las mentes de esos desafortunados humanos.

Los humanos accionan sus armas de fuego, en una tormenta de truenos ensordecedora. Algunos lacayos empiezan a caer al suelo, pero no importa, ya que otro lo reemplazará, o este se volverá a alzar. Los humanos pelean con esperanza de ganar. Pero…

Al poco tiempo, la sangre se hace visible, aunque solo en pequeñas cantidades, ya que los lacayos no tienen permitido dejar caer siquiera una gota. La masacre se hace cada vez más clara, y los humanos comienzan a huir.

Al ver esto, ese instinto depredador en mi se avivó, me levanto de mi asiento, y observo de pie apoyado en el barandal.

La sangre corre, la carne se desgarra, y un coro fúnebre se escucha. Los humanos parecen tan frágiles como el papel, impotentes, incapaces de hacer nada.

Al contemplar semejante masacre, no puedo resistirme a unirme a tan estimulante espectáculo. Mi corazón se acelera y mis emociones más primitivas estallan, perturbando cuerpo y mente.

― ¡Es simplemente irresistible! ―expreso en la cúspide de la excitación.

Una enorme sonrisa se dibuja en mi rostro, mostrando cada uno de mis dientes y dejando salir mis colmillos. Mi cuerpo tiembla de emoción, y el olor a sangre me llama, como a un tiburón en frenesí.

Con un movimiento ágil, salto desde el balcón, mis sentidos se agudizan por el anhelo de ese preciado elixir. El horror, el miedo, son el condimento que hacen de la sangre común y barata, sea algo memorable.

Al llegar al suelo, aterricé con gracia, incorporándome con elegancia mientras inhalaba profundamente el aroma a muerte que ya impregnaba el aire.

La cacería finalmente ha comenzado, y yo.

¡El depredador supremo, estoy listo para reclamar lo que es mío!

Mis lacayos ya desatan el caos, y pronto me uniré a ellos, disfrutando cada momento de este banquete que el destino ha puesto ante mí.

Todo mi ser vibra de expectativa: mis colmillos están listos, mis ojos se enfocan en cada movimiento que emerge en la oscuridad. Esta noche será mía, y ningún humano sobrevivirá para contarla.

La luna brilla sobre nosotros, testigo de una masacre que quedará grabada en la eternidad. Y yo… soy el artífice de esta obra maestra.