Capítulo 1 La familia perfecta
Había visto el anuncio por internet desde hace un año aproximadamente, así que ahora estaba por firmar el contrato para establecer su nuevo hogar. Amelia no se lo pensó dos veces y accedió a vivir sola por primera vez, en sus casi 30 años. La vendedora agradeció con una leve sonrisa. Al principio la notó preocupada, pues aunque todo el tiempo se esforzó por mantener su sonrisa, Amelia observó en ella cierta reticencia a mostrarle la casa, sin dar muchos detalles de la construcción, pese a estar en un buen barrio.
— Felicidades, Señorita Dávila. Usted es dueña de esta propiedad por los siguientes doce meses.
Ambas mujeres estrecharon las manos y luego se despidieron. Amelia regresó a casa de sus padres dispuesta a preparar sus maletas para mudarse al día siguiente. Entre más rápido lo hiciera, más tranquila estaría. Hace tiempo que le preocupaba la idea de vivir con sus padres siendo una adulta, sobre todo cuando la mayoría de sus amigas ya vivían con sus respectivas parejas o ya habitaban su propio departamento, bueno así es como Amelia lo percibía.
—¿Ya firmaste? — preguntó su madre.
La joven asintió con la cabeza sin dar más detalles, luego dio un mordisco a su emparedado. En ese momento entró el papá de Amelia cargando un maletín negro. En cuanto reparó en la merienda de su hija, procedió a prepararse un bocado. Amelia notó que su madre parecía molesta, pero decidió ignorarla pues no le daba la gana discutir por algo que había hablado.
La mujer comenzó a lavar los trastes, aunque al final dio un chasquido de fastidio, dispuesta a sacar todo lo que tenía guardado en su ronco pecho.
— Esto es por lo que dijo tu hermana.
Amelia no respondió, siguió engullendo su comida.
—Por Dios, Amelia. ¿Por qué tomas sus palabras en serio?, ya sabes como es.
Otra vez silencio.
—Estás haciendo un berrinche por la nada, ¿crees que te irá bien con ese comportamiento infantil?. Lo sigo sosteniendo, esta es tu casa.
—No mamá, es tu casa, no la mía. Quiero vivir sola, ya te lo dije y no es por lo que Mila….
…en el fondo tiene razón — murmuró estas últimas palabras mientras su cara dejaba de mostrarse orgullosa para pasar a tener un aspecto de melancolía.
Amelia recordó cuando una noche de reunión familiar, su hermana Mila llegó junto con su esposo y sus dos hijos. Las hermanas se saludaron de beso en la mejilla y Amelia tomó entre sus brazos a los pequeños de tres y cinco años. El ambiente era bueno hasta que Mila cuestionó a Amelia sobre en qué momento pensaba tomar las riendas de su vida, si ya había conseguido un empleo o si estaba entre sus planes formar una familia. Quizás aquello no hubiera sido el inicio de una fuerte discusión, si Mila no lo hubiera cuestionado con un tono de voz pesado y burlón.
—¿Por qué te importa eso? — alcanzó a preguntar Amelia, esforzándose por mantener un tono de voz firme, pero sonó quebrado.
—Por que ya estás grande, ¿piensas vivir toda la vida con mis padres? ¿Piensas quedarte aquí por siempre sin hacer nada?
—Estoy buscando trabajo…
—!Son mentiras tuyas!
En realidad, Mila tenía razón, Amelia aplazaba todo el tiempo la idea de buscar trabajo, incluso cuando existían ofertas laborales, las desechaba, pero no porque quisiera, sino porque tenía miedo de salir de casa. Hace poco que comenzó a hacer mandados o caminar al parque, pero nunca llegaba más allá de su barrio. No obstante, se esforzaba por pintar cuadros, venderlos en línea y enviarlos por paquetería. Era poco lo que ganaba, pero suficiente para comprar artículos personales. Sin embargo, no sobraba dinero para pagar los servicios o la despensa.
En el momento de la discusión, Amelia notó que el marido de su hermana no le quitaba la vista de encima. La joven sintió que la estaba juzgando. En su cara había una mezcla de burla y lástima, pero también de morbosidad. No era la primera vez que notaba esa conducta mezquina y arrogante aunado a la misoginia que desbordaba a diestra y siniestra. Esta vez, Amelia sintió que una rabia la consumía a tal grado que decidió enfrentar a su hermana.
—!Tú ya no vives aquí en la casa, ni siquiera ayudas a mamá con algo de dinero como para decir que yo me aprovecho de lo que le das!, !no! Al contrario, mamá te transfiere una cantidad generosa siempre que puede y no es que yo se lo reproche, pero, ¿no se supone que tienes un negocio y que tu esposo es profesionista?
—Pues es decisión de mamá si quiere darme algo. Tú, en cambio, estás aquí de mantenida — se defendió Mila.
—Mila, ya no vives aquí. No tienes porque venir a una casa ajena a querer mandar o dar tu opinión.
Lo que más molestaba a Amelia era el hecho de haberle mencionado la idea de buscar esposo cuando por lo que podía ver, Mila no parecía estar feliz con su perfecta familia, si así lo fuera no tendría tiempo para meterse en la vida de los demás, ¿o no? Amelia veía la idea del matrimonio como una puerta al infierno. Desde que era pequeña, sus padres discutían a gritos a cada rato. Ella no quería esa vida, pues significaba vivir estresada y preocupada y al pendiente de otra persona. Ella pensaba que si no podía aguantarse a sí misma, ¿cómo podría soportar compartir su espacio y su vida con su esposo o con quien sea?
Amelia valoraba su espacio personal y su soledad, a muchos se les hacía imposible pensar que una mujer quisiera esa vida y no la que ya había establecido la sociedad. En alguna ocasión la cuestionaron sobre sus preferencias, si le gustaban las mujeres, pues no se le conocía ningún novio. No es que a ella no le gustaran los hombres, sino que parece obra del destino que siempre se presenten ante ella, hombres casados o con pareja.
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—Mañana me voy a mi nueva casa — reveló Amelia poco después al salir de su disociación.
—Tan pronto
Amelia asintió dando un sorbo a su refresco.
La mamá de la joven terminó sentada en la misma mesa que su hija y su esposo, resignada dejó escapar el aire como si llevara mucho tiempo en su interior. El padre de Amelia terminó de comer, aunque siempre se mantuvo en silencio, estaba al tanto de la conversación y también parecía tenso, su entrecejo se fruncía a cada rato.
—¿Vas a estar bien? — cuestionó Bere luego de un breve e incómodo silencio.
—Si mamá, tampoco tengo diez años, ya soy una adulta.
—¿Y el trabajo?
—Me queda cerca, mucho más de lo que esperaba — mintió Amelia.
—Si esa es tu decisión, entonces la respetaré, aunque todavía me parece muy precipitada. Tu hermana…
—Bien, tengo que hacer las maletas — anunció Amelia con una enorme sonrisa, interrumpiendo a su madre. Acto seguido, enfiló hasta su habitación y comenzó a guardar su ropa en los equipajes, acomodó los libros, algunos artículos de limpieza personal, los utensilios de pinturas, el caballete, lienzos en blanco, etc. dentro de cajas de cartón.
Tal vez, su madre tenía razón, al afirmar que en un momento de rabia y orgullo, Amelia se propuso buscar casa, para escapar de las duras palabras de su hermana y quizás para demostrarle que podía mantenerse sola y que no necesitaba de nadie. Lo cierto es que en el fondo, Amelia anhelaba conseguir su propio espacio, su lugar, su vida. Ya tenía treinta años, ya debía buscar su rumbo para caminar a su ritmo en sus propios términos.
A la mañana siguiente, sus padres la acompañaron a su nuevo hogar y la ayudaron a establecerse. Bere la ayudó a acomodar la ropa en el closet, Javier se aseguró de que las puertas y las ventanas fueran seguras, instalando protectores y una cerradura más resistente.
Llegada la noche, era tiempo de abrazos y despedidas. Bere continuaba preocupada. Cada que podía, le recordaba a su hija que aún contaba con ellos, que no los olvidará. Su padre le dejó claro que no importaba la hora, podía llamarlo. Al final el matrimonio subió a su carro. Amelia los vio marchar hasta que desaparecieron de su vista.
Enseguida, Amelia recorrió la vivienda desde la entrada hasta la cocina, de ahí al patio en la parte trasera. Luego ingresó a la propiedad y subió las escaleras, revisó las dos habitaciones y el cuarto de estudio donde terminó sentada en el sillón reclinable que daba a la enorme ventana. Esto lo hizo como un ritual de bienvenida, para sentir que no era sueño, sino una realidad.
Ahora sí que estaba tranquila, lejos de los mirones, de las palabras necias y de los familiares incómodos. Ahí se quedó dormida, cansada del ajetreo y de la mudanza. Al poco rato, Amelia despertó en medio de la noche cuando escuchó los gritos desgarradores de una mujer. Aquella suplicaba a quien sea que la agredía que dejará de golpearla. Amelia observó por la ventana, levantando la esquina de la cortina, sutilmente. Su vista se concentró en la casa vecina que daba al patio.
Las luces de aquella vivienda estaban apagadas, solo la que se ubicaba en la cocina, seguía encendida. De pronto, una mujer vestida con un camisón largo hasta los tobillos salió hacia el patio, pero tropezó y cayó entre la tierra y las macetas. El corazón de Amelia comenzó a latir estrepitosamente cuando un sujeto apareció frente a la mujer y la arrastró del cabello de regreso a la vivienda.