Prólogo
Él es la sombra que danza en los márgenes de la luz, el eco sutil de un deseo que no pide permiso. Como Dante en su descenso, he visto el abismo en sus ojos, un infierno elegante, hipnótico, dispuesto a consumir cada fibra de lo que soy.
No es amor lo que Jungkook busca, sino algo más visceral, más oscuro. Como Dalí, quiere moldearme, devorarme, y en cada pincelada dejar su marca en mí hasta que seamos uno. Él no pinta sobre lienzos; su arte vive en la piel, en los pensamientos secretos, en las fantasías que uno no se atreve a confesar.
No hay lógica aquí. Solo el pulso frenético de algo que crece, que exige, que no acepta límites. Cada mirada suya es un murmullo seductor, un veneno dulce que se filtra y despierta mis deseos más ocultos. Quiere que me pierda en él, que me rinda al placer y al dolor, que me deje moldear por sus manos hasta que ya no sea más que su creación.
Pero, ¿acaso no hay belleza en la rendición? En dejarse consumir, en caer hasta los lugares donde el alma se desdibuja y el placer se mezcla con el vértigo de la posesión absoluta. Aquí, en este juego de sombras y susurros, él y yo estamos destinados a perder la cordura. Porque en sus ojos no hay salvación... solo un infierno compartido al que, a pesar de todo, no puedo resistirme.
Soy su lienzo, su obsesión. Y él, mi fuego que promete consumirme lentamente.