Capítulo 1: La Frontera Gris
El aire estaba denso, espeso, cargado de humedad y la constante humareda de las fábricas cercanas. Las luces de la ciudad titilaban como parpadeos erráticos en la niebla, a lo lejos, proyectando sombras inquietantes sobre las calles rotas. La ciudad, dividida por el muro que separaba a los ricos de los pobres, era un reflejo de esa misma división: la parte baja de la ciudad estaba en ruinas, sucia, su cielo constantemente cubierto por nubes de smog. En las aceras, los edificios de concreto desmoronados se alzaban como huesos expuestos de un esqueleto gigantesco, como si la ciudad misma estuviera en agonía.
El suelo estaba cubierto por una capa de polvo gris, la misma que salía del muro, y las calles eran como laberintos de callejones oscuros y podridos que olían a desesperación. No había sonrisas, solo rostros cansados y cuerpos rotos, todos buscando sobrevivir otro día más.
Astra caminaba por esas calles atravesando un mercado, en la frontera de la miseria. Sus botas crujían sobre los escombros, la única música que rompía el silencio. Las ventanas de los edificios estaban rotas, las puertas selladas con tablones, como si cada hogar estuviera tratando de protegerse del mundo exterior. Las personas que se cruzaban con ella no la miraban, por costumbre; todo el mundo tenía los ojos fijos en el suelo, ajeno a todo lo que los rodeaba. Y es que aquí, entre la niebla y el polvo, la vida no valía más que una moneda falsa.
El mercado estaba en su máximo apogeo, con los comerciantes intentando vender sus productos raídos, mientras que los compradores, con rostros marcados por la fatiga, regateaban por cada pieza. Astra no tenía tiempo para eso. Ya había hecho lo suyo, robando lo necesario para sobrevivir. Lo que le importaba ahora era el bar al final de la calle, donde las sombras y los murmullos daban paso a los secretos que podrían cambiarlo todo.
Al entrar al bar, un ambiente denso y cargado de humo la envolvió de inmediato. Los murmullos cesaron por un momento, como si la gente en la sala estuviera esperando algo. Astra no les prestó atención. Sabía cómo funcionaba el lugar: los secretos corrían más rápido que el dinero aquí.
Un par de tragos amargos eran suficientes para que las lenguas se soltaran, y si alguien tenía algo interesante que contar, se lo dejaría escapar a cambio de un precio.
Se acercó al rincón donde el viejo Lennox jugaba a las cartas con otros hombres, todos ellos con cicatrices en el rostro y un aire de cansancio que se reflejaba en sus ojos. Al verla entrar, Lennox asintió, y con un gesto de la mano la invitó a acercarse.
— ¿Qué quieres, Astra? —preguntó, sin dejar de mirar su juego, pero con una sonrisa que denotaba más conocimiento de lo que aparentaba.
Astra se apoyó en la mesa y observó las cartas en su mano. No estaba aquí por un juego, sino por algo mucho más valioso.
— He oído rumores. —dijo, manteniendo su tono bajo y controlado—. Algo de un artefacto en el casino. Algo que podría acabar con todo esto. Con el muro. Con ellos.
Lennox levantó la vista, sus ojos brillando por un instante con la misma chispa de codicia que Astra conocía tan bien.
— ¿El artefacto? —murmuró, como si hubiera estado esperando que alguien lo mencionara. — Dicen que está en La Torre de Fortuna, en Altomuro. Una cápsula de energía rara. No se sabe mucho más. Pero lo que sí sé es que cualquiera que entre en ese casino sale perdiendo. Y no hablo solo de dinero.
Astra lo miró fijamente, su corazón acelerándose al escuchar la palabra “cápsula”. En la Torre de Fortuna, los ricos jugaban con vidas, no con fichas. Si había algo allí, algo que pudiera cambiar las reglas del juego... Astra lo tomaría.
— ¿Qué tan arriesgado es? —preguntó, casi sin pensarlo.
Lennox la observó con una sonrisa torcida.
— Tan arriesgado como no tener nada más que perder.
Astra no respondió. Sabía que estaba caminando hacia algo peligroso, pero nunca había temido arriesgarse. Su vida había sido una serie de apuestas perdidas desde el momento en que sus padres la dejaron atrás, desde que el muro se alzó y dividió la ciudad en dos mundos. Ella no podía ser una espectadora. Tenía que ser la que cambiara las reglas. Esta oportunidad era todo lo que necesitaba para empezar.
Se despidió de Lennox sin decir palabra y salió del bar, adentrándose nuevamente en la niebla espesa de la Frontera Gris. Su destino estaba claro: La Torre de Fortuna. Un lugar donde el destino de unos pocos se jugaba mientras millones más quedaban condenados a vivir en la miseria.
Pero Astra no temía. Porque no era solo el artefacto lo que la impulsaba, sino la idea de derribar el muro. Y cuando algo en su interior le decía que podría lograrlo, se sentía más viva que nunca. La ciudad podría estar dividida, pero ella haría que esa división se desmoronara.
La niebla seguía espesa, envolviendo la ciudad en una capa gris que parecía absorber la vida a su alrededor.
Astra caminaba con paso decidido, el sonido de sus botas resonando en las calles vacías, un eco solitario que se mezclaba con el ruido lejano de la ciudad. La Torre de Fortuna se alzaba ante ella, un monolito de metal y cristal que reflejaba la luz en formas desconcertantes. Era un faro para los que aún creían que podían ganar algo, pero Astra sabía que solo era una trampa, un lugar donde los ricos se divertían mientras los pobres se ahogaban en su miseria.
Ella no podía esperar más. Tenía que ir al casino. El artefacto estaba allí, y lo tomaría. No tenía nada más que perder.
Tomó una bocanada de aire, sintiendo el peso de la decisión en su pecho. El tiempo apremiaba, y aunque sabía que el riesgo era enorme, la sensación de que esa podría ser la única oportunidad que tendría en su vida la empujaba hacia adelante. Nada me detendrá, pensó mientras sus pasos la acercaban más y más a su destino.
Pero justo cuando cruzaba la esquina, un grito la hizo detenerse en seco.
— ¡Astra! ¿A dónde vas? —La voz de Lennox, rasposa y cargada de preocupación, llegó desde atrás.
Astra volteó y vio al viejo con su rostro arrugado, su rostro cansado, pero con una determinación que solo alguien que había vivido demasiado podría tener. Él se paraba en la puerta del bar.
— No vas al casino, ¿verdad? —preguntó, su tono serio, pero con una pizca de desesperación.
Astra no dijo nada por un momento. Sabía que Lennox quería lo mejor para ella, aunque no lo dijera en voz alta. Sin embargo, no estaba dispuesta a escucharle esta vez.
— Lo que conseguiste hoy es suficiente, Astra. No necesitas más. —Lennox dio un paso hacia ella, su voz cargada de una súplica apenas oculta. — Es peligroso. Lo sabes, ¿no? Estás buscando algo que no entenderás hasta que sea demasiado tarde.
Astra frunció el ceño, su mirada fija en la Torre. El casino no es solo una trampa, pensó, es la clave para todo. Para mí. Para la gente que todavía vive aquí. Para derribar el muro.
— Voy al casino, cueste lo que cueste. —dijo, su voz dura, casi desafiante.
A Lennox no le gustó escuchar esas palabras. Sabía que Astra no cambiaría de opinión, pero aún así, no podía dejarla ir sin más.
— Entonces, ¿quién te va a cuidar cuando todo se derrumbe? —preguntó en voz baja, más para sí mismo que para ella.
Astra no respondió. La gente no te cuida aquí, pensó, solo sobrevives o mueres.
Justo en ese momento, una figura pasó rápidamente frente a ellos. Astra no la notó al principio, pero algo en su presencia hizo que su mirada se deslizara hacia ella. Era una chica de cabello blanco, largo y suelto, que caminaba con rapidez. Su cuerpo, delgado y ágil, se movía como una sombra, y Astra no pudo evitar fijarse en ella, en cómo la chica se deslizaba por la calle como si perteneciera a un mundo completamente diferente al suyo.
Un destello de atracción instantánea recorrió su cuerpo, algo físico, inmediato. No está mal, pensó Astra, observando los movimientos de la chica con una mirada algo curiosa.
La chica levantó la vista y sus ojos se cruzaron brevemente con los de Astra. Astra sintió una extraña chispa en el aire, algo que la hizo dudar por un segundo, pero solo un segundo. No es importante, pensó, no ahora.
Lennox, sin embargo, notó el cambio en el comportamiento de Astra. La vio fijarse en la chica y soltó una pequeña risa.
— ¿Qué tal, eh?—dijo, burlón, acercándose a ella y poniéndole el brazo sobre el hombro de manera cómplice. — No me sorprende. Pero esa chica… no es para ti.
Astra, algo molesta por la insinuación, se apartó de él, pero no dijo nada. En cambio, sus ojos siguieron a la chica, que desaparecía en la esquina de la calle.
— Esa chica, la que acabas de ver, vive cerca de donde yo. —Lennox continuó, su tono ahora más serio. — En una especie de vecindad, un lugar en ruinas donde las personas se van a morir. Es un tipo de hospital, pero no tienen medicinas. Solo te ayudan a pasar tus últimos días de la mejor manera posible. A la gente que llega allí les queda poco tiempo.
Astra lo miró, ahora más interesada. No sabía por qué, pero algo sobre esa chica la había atraído.
— ¿Cómo sabes tanto de ella? —preguntó Astra, alzando una ceja.
Lennox encogió los hombros.
— Mi vecindad no es mucho mejor que esa, pero conozco a la gente. Y esa chica… tiene algo en los ojos que no me gusta. Pero también, creo que es alguien que no merece quedarse atrapada aquí.
Astra se quedó en silencio, la idea de la chica rondando su mente. Tal vez sea mejor investigar un poco más, pensó. El casino tendrá que esperar.
— Vamos. Te llevaré allí. —dijo Lennox, empezando a caminar hacia el lado opuesto del bar.
Astra, de repente, cansada del rumbo de sus pensamientos, bostezó y se estiró.
— Está bien, vamos. Pero solo por hoy. —dijo, sin mucho entusiasmo.
Caminó al lado de Lennox, las sombras de la noche envolviéndolos mientras se adentraban en el barrio pobre de la ciudad. Astra no sabía qué la esperaba, pero algo en su interior sentía que no podía seguir ignorando a esa chica. Tal vez esa fuera la respuesta a algo que ni ella misma entendía aún.
Unos pasos más atrás, sin que Astra lo notara, la chica de cabello blanco cruzaba la calle. Su rostro, joven pero cansado, no mostraba ninguna emoción. En sus manos llevaba una caja, pequeña y apretada contra su pecho, y dentro de ella, unas pocas fichas de juego, las únicas que le quedaban después de semanas de arduo trabajo.
El aire estaba denso y pesado, como siempre, pero eso nunca le importó. Caminaba por la calle empedrada, cada paso resuena en el eco de las gradas caídas y los bultos de cartón esparcidos en las esquinas. El ruido lejano de conversaciones, el murmullo de una ciudad que nunca duerme, la rodeaba, pero no la alcanzaba. A pesar de la niebla espesa que envolvía la ciudad, ella avanzaba, con paso firme y decidido.
Su cabello blanco se agitaba suavemente por el viento, cubierto parcialmente por una mascarilla gris que ocultaba su rostro. Solo su figura esbelta y su andar suave la traicionaban. Con la caja apretada contra su pecho, las fichas de juego que llevaba dentro le daban el valor necesario para seguir adelante. Las calles que cruzaba estaban llenas de gente que no la miraba, personas atrapadas en sus propias miserias, a veces mirando hacia abajo, otras veces mirando al frente con una desolada esperanza.
La ciudad no era para los débiles.
El camino hasta el casino le pareció más largo de lo habitual. A su paso, vio a un hombre arrastrando un carrito lleno de productos rancios, su rostro oculto bajo un sombrero sucio. Un par de niños jugaban con trozos de metal en una esquina, mientras que un anciano los regañaba, su voz quebrada por la tos. Ninguno de estos eventos la sorprendía, pero todos de alguna forma la sacaban de su propio trance, alterando su concentración. Apenas los miraba, pero el eco de sus gritos la envolvía como un murmullo constante, mezclado con los sonidos de la ciudad.
Un par de pasos más y llegó a las puertas del casino.
El edificio era monumental, su fachada metálica relucía a lo lejos, como una falsa promesa de algo mejor. Los guardias, altos y sombríos, la miraron sin decir una palabra, pero el gesto de sus manos fue claro: le exigieron las fichas. Sin prisa, la chica sacó las seis fichas de su caja y las entregó al primero de los guardias, quien las inspeccionó con indiferencia.
Una vez dentro, el ambiente cambió inmediatamente. El aire viciado del exterior fue reemplazado por un aire artificial, frío, que hacía eco de las máquinas que sonaban a lo lejos. La chica caminó sin apresurarse, mirando la división del lugar: las máquinas para los pobres estaban al frente, rodeadas de guardias que las vigilaban como lobos en espera. La zona de los ricos se encontraba más arriba, detrás de un gran balcón, como si todo fuera un espectáculo, separados por el papel especial que impedía que los ojos de los de abajo pudieran ver hacia el interior. Ellos podían ver, pero no se les permitía a los demás observar.
Un reflejo la hizo detenerse un instante, la imagen de su cuerpo en la pared metálica. Aquella mascarilla gris cubría la mitad de su rostro, pero ella sabía que nadie la reconocería aquí. Nadie la vería más allá de la figura. Rápidamente, siguió su camino.
Entregó las notas de su trabajo realizado a un funcionario que las revisó rápidamente. No había tiempo para más. Ella ya sabía cómo funcionaba este lugar: fichas, trabajo, supervivencia. No había espacio para la duda. La chica caminó por un pasillo estrecho y llegó a una zona en particular: la zona médica.
La luz era débil, y el aire estaba cargado con el olor de las enfermedades. En el suelo, hombres y mujeres tosían sin cesar, algunos yacían inactivos mientras otros pedían ayuda entre los murmullos de la multitud. De vez en cuando, algún guardia se acercaba y reprendía a los más débiles, echándolos fuera, dejándolos a su suerte.
Un par de personas, en un intento desesperado, comenzaron a pelear por una ficha que había caído al suelo. Uno de ellos, un hombre de rostro marcado por el tiempo, se lanzó hacia ella, mientras el otro intentaba arrebatársela. Los guardias llegaron rápidamente y los separaron, aunque no parecía importarles mucho. A los ojos de la chica, eso solo formaba parte del juego. Aquí, cada quien luchaba por lo que podía.
Finalmente, encontró una máquina vacía en un rincón apartado, donde podía estar a solas. Se acercó y se sentó, mirando las fichas que tenía en la mano. En silencio, insertó una ficha en la ranura. La máquina emitió un leve zumbido antes de que su rostro se iluminara con las luces de la pantalla. Baja la palanca.
Las luces giraron, la emoción creció, y pronto la máquina mostró los tres símbolos de “medicina”. Una pequeña victoria en un mar de pérdidas.