Fragmentos: Relámpago

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Summary

En Lluna, un mundo gobernado por los Celestiales y sus implacables Silentes, la resistencia lucha por sobrevivir. Ramiel, un joven marcado por un misterioso poder, descubre que su destino está ligado a los fragmentos, reliquias capaces de desafiar el orden establecido. Acompañado en su camino, Ramiel debe aprender a dominar la tormenta que lleva en su interior. Pero su verdadero desafío será ganarse la confianza de la resistencia y convertirse en el símbolo de esperanza que necesita Lluna. El inicio de una historia donde la magia, la traición y redención marcarán el destino de un mundo al borde del abismo.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: El Relámpago Despierta.

Las nubes oscuras avanzaban llenando el cielo nocturno de Lluna como si de grandes bestias se tratase, arrastrando a su paso una tormenta poco común en el lugar. El aire poco a poco se cargaba, vibrante, como si el cielo se preparase para romperse en mil pedazos.


Ramiel alzó la vista divisando a lo lejos los primeros truenos mientras resonaban, advirtiendo de lo que estaba por llegar. Desde pequeño las tormentas normalmente lo inquietaban, pero esta vez, estaba consiguiendo atraer su atención.


El viento soplaba con fuerza entre los campos que rodeaban su hogar. A su alrededor, los cultivos luchaban con tal de mantenerse firmes ante las ráfagas de viento. Las manos de Ramiel se apretaron alrededor de la cuerda que estaba usando para amarrar el último de los postes de madera. Mientras, recordaba como su padre siempre que había tormenta le decía que eran una prueba de la naturaleza, pero esta vez no podía quitarse la sensación que la naturaleza estaba a punto de perder el control.


Un destello azul alumbró con intensidad el horizonte, lejano pero tan potente como para llegar a la vista de Ramiel. No fue un relámpago corriente. Algo estaba cayendo desde lo más alto del cielo.


Por un momento, el tiempo pareció detenerse mientras que Ramiel sintió un escalofrío recorrer toda su columna vertebral, un pulso eléctrico en el aire que jamás había sentido.


El cielo se partió en dos con un rugido, y el corazón de Ramiel se aceleró, acompasando el ritmo de los truenos. Terminó de atar la cuerda y dio un paso hacia las afueras de los campos con sus ojos fijos en el punto exacto donde se apagó la luz. Algo en su interior le llamaba hacia allí, como si el viento susurrase su nombre.


Mientras se repetía en su interior "no vayas" sus pies seguían avanzando, siguiendo el rastro de los relámpagos que dibujaban líneas brillantes y azules en el cielo, indicando el camino. Cuanto más se acercaba a la entrada del bosque, más sentía esa energía flotando en el aire.


Era como si los rayos lo atrajesen inexplicablemente.

Entonces lo encontró.

Un cráter aún humeante, apenas visible entre la espesura de los árboles. En el centro, algo brillaba con una luz tenue pero constante. Al acercarse un poco más, consiguió distinguir una especie de piedra color turquesa, que parecía palpitar al ritmo de los estruendosos truenos.


Se detuvo en seco, con el pecho agitado. Su mente le gritaba que corriese, pero por alguna razón sus piernas no le obedecieron, acercándole poco a poco al borde del cráter.


El fragmento levitaba sutilmente sobre el surco de tierra oscurecido por el impacto, y a la que estiró ligeramente el brazo hacia el, una chispa saltó hacia su mano. La descarga fue rápida y fulminante.


De golpe, la electricidad recorrió sus brazos, envolviéndolo de una energía que jamás había sentido. El dolor fue lo segundo que sintió, un zumbido agudo que inundó sus oídos y su cuerpo se tensó mientras la energía recorría su interior como un torrente inagotable. Ramiel gritó, pero el estruendo de la tormenta silenció el eco de su voz.


Su visión se tornaba borrosa, mientras se dejó caer de rodillas al borde del cráter, intentando tranquilizarse. Sobre las palmas de sus manos, un leve resplandor azul seguía parpadeando como unas chispas que se niegan a extinguirse.


— ¿Qué... qué ha sido eso? —susurró, aún confuso con todo lo sucedido.


Respiraba agitado, con gran dificultad, como si acabase de correr varios kilómetros. No paraba de notar como la energía fluía cada vez con más intensidad en su interior. Entonces sucedió: un leve rayo brotó de sus dedos, iluminando fugazmente la oscura noche, hasta impactar en un árbol cercano.


Ramiel se tambaleó hacia atrás, con los ojos abiertos como platos, incrédulo ante lo que acababa de suceder. Un sentimiento de miedo le invadió. Intentó mantener la calma, concentrándose, cerrando los puños tratando de apaciguar la corriente que sentía en sus manos.


Tranquilo —se dijo— no entres en pánico...


Acto seguido se giró sobre si mismo volviendo su vista nuevamente al cráter, esta vez sin rastro piedra en su interior, había desaparecido. Su cabeza no paraba de dar vueltas, tratando de darle alguna explicación lógica a lo que estaba sucediendo esa noche.


Sin darle mucho tiempo para pensar, los ruidos de unos pasos rompiendo las hojas secas lo alertaron. La tormenta había llevado algo más que aquella piedra en esta ocasión.


¡Allí está! —Una fuerte surgió de entre los árboles—. ¡El fragmento ha sido reclamado!


Ramiel sin tiempo de procesar lo que acababa de escuchar, salió corriendo de aquel lugar. Se giró dirección el corazón del bosque. A cada paso que daba su cuerpo empezaba a sentir sensaciones que hasta ese momento nunca se imaginó.


Siguió corriendo sin parar, sin saber dónde ir, solamente sabía que tenía que alejarse de esas voces. Pero la velocidad con la que le recortaban metros era sorprendente, dejándole claro que no tendría muchas opciones.


Tras un rato corriendo alcanzó un claro en el bosque, donde algo inusual ocurrió. A pocos metros, se distinguía una figura en lo alto de un árbol. Una figura humana, con piel pálida, profundos ojos negros y una especie de peto de cuero color carbón que le ayudaba a camuflarse entre las sombras: Eros, asesino de los Vástagos Silentes.


Ramiel paró en seco alertado por su presencia, con la respiración agitada y unos chisporroteos azules aun recorriendo sus puños cerrados. Pero no duró mucho, hasta que volvieron a sonar los pasos acercándose a él. Eros de un movimiento, se dejó caer en frente suya:


– Si no quieres morir en este bosque sígueme, ellos no serán tan indulgentes contigo.


Sin esperar respuesta, se giró adentrándose de nuevo entre los árboles con una agilidad prácticamente inhumana. Ramiel dudó un segundo mientras giraba la cabeza mirando las luces que se acercaban cada vez más hacia él, antes de seguir corriendo detrás de aquel hombre.