Capítulo 1: El sello de la rebelión
El sol abrasador del Terras Norte se alzaba sobre el desierto polvoriento, tiñendo el aire de un dorado opaco que parecía sofocar a todo lo que tocaba. Morgan Alaric apretó los dientes mientras tiraba de la cuerda que sostenía el viejo carro cargado con agua. El sudor se deslizaba por su frente, pero no levantó la mano para limpiarlo. Su hermano menor, Ethan, la seguía a un paso de distancia, con los pies desnudos y una sonrisa en el rostro.
—Deberías descansar, Morgan —dijo Ethan, intentando alcanzar las riendas del carro—. Déjame ayudarte.
—No —respondió ella, sin girarse—. Terminaré rápido. Si te lastimas, papá me matará.
Ethan bufó, pero obedeció. Morgan no era una hermana autoritaria, pero desde la muerte de su madre, ella había asumido la responsabilidad de protegerlo. Su padre hacía lo que podía para mantenerlos con vida, trabajando sin descanso para el Comité del Terras, un grupo de supervisores que respondían directamente al Núcleo.
Al llegar a su pequeña cabaña, Morgan dejó caer las riendas y se dejó caer en el suelo. Ethan entró corriendo a buscar agua, mientras ella cerraba los ojos un momento. El sello en su cuello ardía, como siempre. Era un tatuaje permanente grabado por los Primoros: un símbolo circular con líneas que se entrecruzaban, marcado en todos los descendientes de rebeldes.
Morgan lo odiaba. Cada vez que lo veía reflejado en el agua, le recordaba el destino de su madre. Cassandra Alaric había liderado un movimiento para unir las Esferas hace años, buscando justicia para los que vivían en los Terras. Había fallado, y el sistema se había asegurado de que nadie olvidara su traición.
Ese día comenzó como cualquier otro, hasta que un vehículo blindado irrumpió en el poblado, levantando una nube de polvo. Los habitantes del Terras Norte salieron de sus refugios, observando con temor cómo los guardias de uniforme negro bajaban con sus armas brillando al sol.
—Morgan Alaric —anunció uno de ellos, con una voz mecánica amplificada por su máscara.
Morgan sintió que el estómago se le hundía.
—No salgas —susurró su padre, sujetándola del brazo. Pero era inútil. Ya todos la estaban mirando.
Dio un paso al frente, manteniendo la cabeza en alto. Ethan intentó detenerla, pero ella le lanzó una mirada que lo hizo retroceder.
El líder de los guardias, un hombre alto con un rostro inexpresivo, sacó un pergamino enrollado y comenzó a leer.
—Por orden del Núcleo Celeste, Morgan Alaric, hija de Cassandra Alaric, ha sido seleccionada para participar en La Ascensión.
Un murmullo recorrió a la multitud. Los ojos de su padre se llenaron de desesperación.
—No pueden hacer esto —dijo él, avanzando hacia los guardias—. ¡Mi hija no tiene nada que ver con esto!
El líder no se inmutó.
—Cualquier intento de resistencia será castigado.
—Papá —intervino Morgan, colocándole una mano en el brazo—. No sirve de nada.
Su padre la miró con los ojos llenos de lágrimas. Sabía lo que significaba La Ascensión: muy pocos sobrevivían. Era una sentencia disfrazada de oportunidad.
—Lo siento —dijo Morgan en voz baja.
Los guardias la rodearon y la escoltaron hacia el vehículo. La puerta se cerró detrás de ella, dejando atrás a Ethan, que lloraba desconsolado, y a su padre, paralizado en el polvo.
Morgan se sentó en el asiento frío del vehículo, con la mirada fija en el horizonte. No dejaría que el sistema la destruyera como hizo con su madre. Si iba a competir, lo haría en sus propios términos.
No sabía que, desde el Núcleo Celeste, Nicolás Dravik ya estaba observándola a través de las cámaras instaladas en el vehículo.
—Interesante —murmuró él, inclinándose hacia la pantalla mientras la estudiaba.
Y así, la primera ficha de un peligroso juego comenzó a moverse.