Capítulo 1: Lo que se deduce
El rostro en el espejo no era de entusiasmo. Era más uno de resignación, como si no pudiera decir el hartazgo que llevaba dentro.
Los exámenes parciales habían terminado, y según Alejandra, era el momento de celebrar.
Daniela no compartía su ánimo; estaba demasiado ocupada tratando de esconder todo lo que no le gustaba de sí misma. Una capa de corrector para disimular la hinchazón de los párpados, base líquida para cubrir las pecas de la nariz —esas manchas pueriles que tanto detestaba—, y líneas de contorno para resaltar lo mejor de un rostro que no sentía del todo suyo.
La música del otro lado apenas era contenida por los muros, pero adentro reinaba un orden casi neurótico. Los libros apilados por tamaño, los cosméticos dispuestos milimétricamente sobre una mesa de melamina blanca, y la lámpara zumbando con su luz blanca y fría sobre su rostro.
Su objetivo era claro: el éxito comenzaba por la apariencia, continuaba con la mentalidad, y se coronaba con los magníficos resultados obtenidos en cada evaluación. Tal como su madre solía decirle: “Eres lo que proyectas”. Una sentencia que se había instalado en su mente desde algún tiempo impreciso, pero inamovible. Daniela pensaba en ello mientras aplicaba los últimos detalles a su maquillaje.
—¿Cómo vas? ¿te falta mucho?
La voz de Alejandra atravesaba la puerta, ineludible, como el sol colándose a la fuerza por los recovecos de una persiana cerrada. Cuando Daniela pensaba en su prima, la recordaba cantando en voz alta, su risa ruidosa, la forma en que comenzaba a bailar a la menor provocación, movimientos improvisados al ritmo de la vida. Al verlas juntas, nadie pensaría que dos personas tan distintas entre sí crecieron como hermanas.
—Ya casi —respondió con voz grave, enroscando la tapa de rímel. Se miró por última vez al espejo. Su rostro se veía impecable, cada detalle cuidado al milímetro. Su cabello recién teñido caía en perfectas ondas ocre sobre sus hombros, y hacía un contraste armonioso con el vestido negro que le daba un aire sofisticado. Daniela no necesitaba vestir en colores llamativos, su estilo monocromático y sobrio era suficiente.
La puerta se abrió sin esperar permiso. Alejandra entró como siempre, como si el mundo estuviera hecho para ser habitado con estruendo. El rojo vivo de su vestido y el dorado excesivo de sus accesorios contrastaban con el negro sobrio de Daniela, que apenas y levantó la vista.
Ambas eran muy conscientes de su imagen, dedicaban tiempo a ella, aunque de formas distintas. Para Ale, como la llamaban sus cercanos, la fiesta comenzaba desde los preparativos, su ritual de arreglo era ya por sí mismo una celebración.
—¡Estás preciosa! —exclamó Ale al ver a su prima calzándose unosstilettosde aspecto elegante.
—Gracias, tú también —respondió Daniela apenas mirándola y poniéndose de pie.
Ambas salieron juntas cerrando la puerta de sudepa, listas para la celebración. Habían decidido no conducir, Alejandra porque planeaba beber, y Daniela porque probablemente estaría cansada para hacerlo, pedir un taxi de aplicación era lo más prudente. La conversación en el asiento trasero hizo del trayecto un equilibrio entre la conversación animada de Ale y los comentarios más moderados de Daniela.
Llegaron a una zona residencial con acceso controlado. El guardia en la caseta levantó la pluma con desdén apenas revisó la invitación digital. La casa que los recibió tenía una fachada elegante, líneas rectas, concreto pulido, ventanales grandes y luces cálidas. Una estética de catálogo. Desde fuera ya se oía la música. Adentro, el sonido envolvía con una presión que presión que vibraba en el pecho.
Desde el inicio Alejandra se sintió como en casa, y más aún al encontrar rostros conocidos. Conversaba animadamente tratando de integrar a su prima en la dinámica del grupo, reía y bailaba alternando con tragos a su bebida. Daniela se esforzaba por encajar, pero a cada instante le parecía más difícil, el cansancio comenzaba a pesar en su frente, las voces se difuminaban ante la música que parecía sonar cada vez más fuerte, sus dedos comenzaban a tamborilear sobre la superficie del vaso al que apenas y le tomaba.
Aturdida por tantos estímulos, se apartó poco a poco hasta aislarse de la multitud. Miró a su alrededor y encontró reposo en unas sillas próximas a la pared. Ahí no tendría que seguir interactuando con los amigos de Alejandra, cuyo entusiasmo le resultaba abrumador. Solo había unas cuantas personas que conversaban entre ellas, pero al mirar hacia su izquierda en busca de una silla vacía, su mirada se encontró con alguien que inevitablemente llamó su atención.
Estaba sentada sola en una de las sillas alineadas contra la pared, a unos pasos de distancia. No miraba el celular, ni hablaba con nadie. Solo observaba, como si la fiesta fuera un experimento ajeno a ella. Su cabello largo y negro le caía sobre los hombros y enmarcaba su rostro. Una perforación septum colgaba de su nariz y atraía la atención hacia sus labios pintados de un tono pálido de rojo. Más que eso, lo llamativo era su vestimenta, botas militares, jeans ajustados y una blusa de encaje rojo resguardada bajo una chaqueta clásica de cuero negro. Era el tipo de persona que parecía saber perfectamente lo que estaba haciendo aunque no hiciera nada.
Daniela se lo preguntó mientras se acercaba, resignada a la falta de otras opciones.
—¿Está libre? —preguntó, señalando la silla contigua.
—Si— respondió la chica de los ojos oscuros que ahora la miraba.
Daniela dudó por un momento, una precaución silenciosa la embargó por unos instantes, dudaba de ir más lejos, sobre todo cerca de alguien de quien no sabía qué esperar. Daniela miraba de reojo a la chica sentada a su lado, le resultaba extraño que alguien con esa apariencia estuviera en absoluto silencio y sin compañía. “¿A qué habrá venido?” “¿Será algún tipo de dealer?” Pensó mientras se acomodaba en la silla para mantener una postura erguida. La ecuanimidad de Daniela se vio interrumpida por un estornudó que trató de ahogar sin éxito.
—Salud — dijo la persona a su lado con una voz que se sentía calmada ante el estruendo de la música.
—Gracias— murmuró
Al girar el rostro se encontró con la pelinegra hurgando en su bolso, qué más bien parecía un viejo morral de lona. De él sacó un paquete de pañuelos desechables y extendió uno hacia Daniela, que lo aceptó con una ligera inclinación de cabeza, como si con ese gesto pudiera compensar la incomodidad que sentía al recibir un acto de amabilidad inesperado.
—Gracias —murmuró mientras se limpiaba la nariz con movimientos discretos.
—De nada — respondió la chica con una voz tranquila, devolviendo su atención al morral que descansaba sobre sus piernas.
—¿Disfrutando de la fiesta? —preguntó finalmente Daniela, como quien lanza una piedra al agua.
—Algo así, ¿y tú? tampoco parece ser tu ambiente
—Tienes razón, pero aquí estoy —Dijo mostrando una media sonrisa —Por cierto, mucho gusto, soy Daniela
Daniela no se detuvo a sopesarlo, aunque en el fondo de su mente había una pregunta sin respuesta. ¿Cuántas veces había estado en lugares en los que no quería estar? De todos modos, podía sentirse un poco más tranquila, además de su aspecto, la desconocida no parecía peligrosa y en cambio la percibió tan fuera de lugar como a sí misma.
—Mariana —dijo respondiendo al saludo con una sonrisa débil.
La sonrisa de Mariana era inesperadamente hermosa, la más dulce que Daniela hubiera visto.
¿Cómo algo tan breve podía romper con la inercia del estruendo?
No reparó en el hecho de haberlo sentido , y en su lugar se ancló a la realidad con lo más evidente por hacer.
—Entonces ¿Vienes sola? —Preguntó tratando de abrir la conversación.
—Pues, me invitaron, se supone que venía con alguien, pero al final no llegó — Respondió Mariana mirando un punto aleatorio en el suelo.
—Ya veo.
—¿y tú? —Preguntó Mariana dispuesta a seguir la interacción.
—Vengo con mi prima, ella me invitó, aunque ahora creo que me “abandonaron” igual que a tí.
Mariana sonrió ante el comentario irónico, que lejos de incomodarla lo sintió ligero.
Daniela sostenía un vaso en su mano, y de vez en cuando daba sorbos cortos y pausados. Miraba a su alrededor, como buscando un punto de anclaje, y se detuvo en las uñas negras de Mariana, un estilo simple sin ningún detalle más allá del acabado liso que ahora se deslizaba repetidamente jugueteando con el cierre de su chaqueta. Miró su propia mano rodeando el vaso y la manicura francesa que dejaba ver unas puntas blancas perfectamente limadas.
—¿Tomas? -preguntó Daniela ahora dirigiendo su vista hacia el rostro de Mariana.
—Hoy no-respondió negando con la cabeza. —Tengo que cuidarme sola.
—Haces bien -Respondió Daniela —Igual, este será mi último trago.
—No sé por qué, pero me da la impresión de que eres más de café — dijo Mariana.
—Oh, te gusta deducir cosas —dijo Daniela con una sonrisa entusiasta — veamos Sherlock, que más puedes deducir al verme.
—Acerté, ¿verdad?
—Lo hiciste.
El juego comenzó. Un juego que no tenía reglas, pero que parecía tener su propio ritmo.
—Bueno, probablemente dedicas mucho tiempo a tu imagen, no solo hoy, en general.
—Eso fue fácil, algo más.
—A ver... no te gusta mucho la fiesta, y tampoco parece que disfrutes particularmente esta música. ¿Será que te gusta leer? —Dijo entrecerrando los ojos, como si intentara traspasar lo evidente.
—No sé, tú dime
—Yo creo que sí, te gusta leer y tal vez música más tranquila ¿clásica?
—Si, pero no es lo que más escucho.
—Entonces algo sofisticado como jazz.
—Vas muy bien, creo que si tienes madera de detective - Respondió Daniela, más enganchada en el juego
—¿Y tú? ¿Puedes deducir algo con solo verme? — Preguntó Mariana con una sonrisa abierta.
—Puedo intentarlo —Respondió Daniela acomodándose en la silla y sintiendo un leve cosquilleo en el estómago. —Te gusta el rock o algo pesado
—Eso fue fácil
—Probablemente te dedicas a algo creativo
—Es muy obvio ¿no?
—¿Artes?
—Mas o menos - Respondió Mariana
—¿Música?
—No
—Dame una pista -Preguntó Daniela, inclinándose un poco hacia Mariana
—Estudio en la Autónoma, en el campus sur
—Oh, igual que yo ¿Diseño gráfico?
—Te la puse fácil, eso fue más una adivinanza
—De acuerdo, tomaré un riesgo, estoy segura de que tienes algún tatuaje -Afirmó Daniela echando un vistazo rápido en busca de algún indicio.
Antes de que pudiera recibir una respuesta, la caída de una persona, llamó la atención de todos alrededor, podría haber sido cualquiera entre tantas personas bebiendo y bailando, pero el inconfundible vestido rojo, delató que se trataba de Alejandra, a quien para ese momento la embriaguez le había arrebatado el control de su cuerpo.
La mente de Daniela tardó en reaccionar. Sintió sus propios latidos como golpes en el pecho, y el aire quedándose atrapado en su garganta.
“No, no, no”.
Daniela se levantó de la silla y se apresuró hacia el lugar donde Alejandra yacía en el suelo tratando de ponerse en pie, sin éxito. Daniela se acercó a su prima, tratando de regular la respiración, y el palpitar que sentía en su cabeza y mientras se agachaba para ayudarla a levantarse sintió el apoyo de otras manos, eran las mismas uñas negras que había visto momentos atrás. Mariana le ayudaba a levantar a su prima del suelo.
Ambas se hicieron con el peso de Alejandra, y a rastras la llevaron a una de las sillas cerca de la pared. El murmullo sordo y la música quedaron remplazados por un pitido continuo en los oídos de Daniela mientras tecleaba en su teléfono buscando un taxi de aplicación. Movía los dedos a gran velocidad, con el ceño fruncido y sin dejar de mover la pierna mientras Alejandra apoyaba la cabeza en su hombro. Mariana observó la escena en silencio. Algo era diferente, la imagen de la mujer estoica de unos momentos atrás se había disuelto ante la preocupación. La expresión serena quedó enterrada en la ansiedad, y ahora Mariana era testigo de esta faceta.
Daniela se levantó de su lugar y se preparó nuevamente para cargar el peso de su prima, ahora hacia la salida de la casa, y nuevamente, sin aviso previo, Mariana se levantó para seguirla.
—Perdona que te lo diga, pero, dudo que vayas a poder sola. —Dijo asumiendo parte de la carga
—Gracias -respondió sin lograr que la tensión abandonará sus cejas.
Ambas cargaron a Alejandra, sacándola en hombros hacia la salida de la casa, y mientras cruzaban el vistoso jardín Alejandra se convulsionó por un momento, un espasmo advirtió que algo no estaba bien, luego un ruido gutural escapó de su garganta, y antes de que pudiera haber alguna reacción, vació su estómago sobre la ropa de Mariana dejando una mancha pastosa que escurrió de su blusa hasta sus jeans. Mariana cerró los ojos y apretó los labios, casi aguantando la respiración sin pronunciar palabra alguna.
Daniela miró la escena y luego cerró los ojos y apretó los dientes resoplando un aire que se sentía como fuego ardiendo bajo su nariz.
—¡Alejandra, no jodas! -dijo con una voz rota que parecía al borde del llanto.
—Está bien —respondió Mariana con una calma que parecía sobrehumana -Lo importante ahora es ponerla a salvo, después veo que hago con esto.
Daniela guardó silencio evaluando la situación.
—Puedo prestarte mi lavadora y ropa limpia -dijo después de un momento
—Está bien, llevaremos a tu prima — dijo con una sonrisa tranquila— luego vemos lo demás.
Cuando el taxi finalmente llegó, Daniela y Mariana cargaron juntas a Alejandra, que murmuraba incoherencias entre risas. La acomodaron con cuidado en el asiento trasero, dejándola en medio de ambas. Daniela movió los dedos hacia su cabello, como si quisiera arreglar un mechón inexistente fuera de lugar.
—Todo va a estar bien -pronunció Mariana casi en un susurro.
Daniela se percató del intento de Mariana por consolarla, o tal vez tranquilizarla en medio del caos. El ambiente y las circunstancias no eran las adecuadas para conversar, o si quiera hacer algún comentario. Daniela luchaba con el involuntario movimiento de su pierna, un poco menos que con su respiración qué ahora se sentía difícil. El silencio entre ambas quedó roto por el ronquido suave de Alejandra. El caos anterior comenzaba a disiparse ante el paisaje de la ciudad que brillaba a través de las ventanas, con sus luces como pequeños fragmentos de un rompecabezas qué esperaba a ser armado.
Las escaleras se presentaban como el escenario problemático. Daniela sin embargo estaba determinada a subir con su prima a cuestas hasta su destino en el tercer piso. La tarea se facilitó con la intervención Mariana, quien asumía la mitad del peso de Alejandra qué para ese momento parecía un bulto con las extremidades colgantes.