1
Jimin
Probablemente no debería haber venido a este bar solo, pero no estaba pensando con mi cerebro. No, estaba pensando con mi polla necesitada y hambrienta. Y nunca quiero culpar a la víctima, pero definitivamente me culpo a mí mismo por ser tan jodidamente estúpido. Y también culpo a Taemin. Si mi ex no fuera tan idiota, quizá yo no habría perdido los estribos y me habría decidido por un ligue al azar en un bar de mala muerte a las afueras de la ciudad.
Fuerzo la mirada hacia delante y me miro en el espejo del baño. Mi pelo, que teñí de plateado la semana pasada, está estropeado, mi obra maestra, perfectamente peinada, descansa sin fuerzas sobre mi cabeza. La piel que rodea mi ojo derecho se está volviendo negra y azul, y la comisura de mi labio está cortada, con unas gotas de sangre manchando mi crop top naranja. Un dolor agudo empieza a palpitarme en el cráneo y me pregunto si tendré una conmoción cerebral. También me han dado en las costillas y me duele al respirar.
Malditos intolerantes.
Sinceramente, ¿por qué a la gente le importa tanto con quién follo? Imbéciles.
—Estás tan sexy, pero eres tan estúpido. Tan jodidamente estúpido —me digo, moqueando y secándome los ojos. Sinceramente, me duele llorar, así que me lo trago. Puedo hacerlo más tarde.
Ya sabes, si sigo vivo.
—¿En qué estabas pensando al venir aquí así? —murmuro para mis adentros. Miro fijamente mis ojos cetrinos en el espejo y me froto el que no está hecho polvo.
Hm, quizá no estoy tan sexy después de todo. Parezco una calabaza pisoteada.
Joder. No estaba pensando cuando puse un pie en este bar de mala muerte. Vine aquí por capricho, planeando encontrarme con alguien que había conocido por internet para tomar algo, sólo un ligue casual. No me di cuenta de que ofendería a la gente de este sórdido establecimiento por el mero hecho de existir. Ser gay en su vecindad no es algo que toleren, aparentemente. Coquetear con el camarero fue un terrible error.
Nunca más. Nunca más.
Resoplo y oigo un violento golpe en la puerta del baño. La había cerrado con llave, queriendo esconderme hasta que pasara el peligro.
Debería haber intentado escapar por delante, pero dos hombres bloquean la entrada con un brillo feroz en los ojos. Parece que no quieren dejarme marchar.
Será mejor que no salga de este bar en una bolsa para cadáveres. No pienso morir hoy. De hecho, no en mucho tiempo. Sólo tengo veintiún años. Tengo mucho por lo que vivir, muchísimo.
Tanteando el teléfono, casi llamo a mi mejor amigo, Eunwoo, pero decido no hacerlo. Sé que estaría aquí en un segundo, pero no quiero molestarlo. ¿Y si esos hombres también le hacen daño? ¿Y si pongo a mi mejor amigo en peligro? No puedo hacerlo. Y conociendo a sus novios, Sanha y Rocky, si Eunwoo acabara herido, ellos mismos me matarían.
Mis dedos temblorosos se desplazan hacia arriba y llegan al nombre de Angel. No espero que venga en mi ayuda. Es demasiado tímido y dulce, pero su padre...
Mi mente evoca imágenes del famoso mafioso Jungkook Jeon, con su traje perfectamente planchado, sus tatuajes asomando por las mangas y el cuello, su pelo siempre tan perfectamente peinado, sus ojos oscuros observándolo todo con tanta atención.
Sí, el padre de Angel sería una buena opción. Jungkook es peligroso, una ferocidad tan cerrada que sé que lleva el mal dentro esperando a salir a la superficie.
No le agrado ni yo ni mi incesante coqueteo, pero me ayudaría si Angel se lo pidiera.
Me ayudaría por el bien de su hijo.
Aunque le fastidie.
Dudando sólo un momento, pulso el botón de llamada justo cuando se intensifican los golpes en la puerta. El corazón se me acelera y lo siento latir con fuerza en la garganta y el cráneo. Duele, joder, escuece, así que cierro los ojos y respiro despacio por la nariz.
Puedo hacerlo. Sobreviviré.
El teléfono suena solo dos veces antes de que Angel lo coja.
—¡Hola, Jimin! —dice Angel con dulzura, y sólo el sonido de su voz hace que me ardan los ojos.
—Hola —respondo, con la voz entrecortada—. Estaba... Angel, ¿puedes poner a tu padre al teléfono? Es una emergencia.
Sé que puede oír los gritos de fondo, los golpes en la endeble puerta de madera. Se está resquebrajando lenta pero inexorablemente. No exagero cuando digo que necesito ayuda.
—Jimin, ¿estás bien? —pregunta. Le oigo jadear ligeramente mientras corre.
—Yo... no. Estoy en problemas. Hice algo estúpido...
Suelto un sollozo ahogado y luego un suspiro tembloroso. Angel tantea con el teléfono, y puedo oír el pánico entremezclado en sus palabras.
—No te preocupes. Vamos a... ¡Papá! —Su voz es fuerte y urgente y, por un momento, me siento jodidamente agradecido por tenerlo como amigo. Fue sólo un encuentro casual hace un año, en una cafetería cerca de la universidad, y sin embargo aquí estoy, capaz de recurrir a él en un momento de necesidad.
—Papá, Jimin tiene problemas.
Oigo una pausa y luego una voz grave y apagada:
—Dile que voy para allá.
El alivio me recorre mientras aprieto la espalda contra la pared, deseando que aparezca lo antes posible. Los abucheos y gritos al otro lado de la puerta me dan ganas de vomitar. Me odian. Odian lo que soy.
Dios, no les dejes entrar.
No dejes que derriben la puerta. No sé cuánto más puede soportar mi cuerpo. No estoy hecho de otra pasta. No puedo defenderme. Ni siquiera sé por dónde empezar.
Tal vez, si salgo vivo de esta, pueda tomar clases para protegerme. Clases de defensa personal, algo que me haga más fuerte y valiente en este tipo de situaciones.
Oigo cómo se intensifican los golpes en la puerta y me doy cuenta de que deben de estar derribándola. Jungkook no llegará a tiempo.
—Aguanta, Jimin —dice Angel—. Mi padre llegará pronto. Te está llamando ahora mismo. Contesta.
¿Cómo sabe siquiera dónde estoy?
E incluso si lo hace por alguna extraña razón, está demasiado lejos. Ni siquiera sé la dirección de donde estoy. Algún bar de moteros en las colinas.
¿Por qué demonios no le dije al tipo que se reuniera conmigo en un pequeño restaurante del centro? Algún lugar seguro. El cabrón ni siquiera apareció. Probablemente echó un vistazo a este lugar y se fue.
Suelto un sollozo ahogado cuando suena mi teléfono y veo un número que no reconozco en la pantalla. Debe de ser él. El hombre al que fastidio y del que me burlo a propósito, el hombre al que molesto totalmente, y aun así, viene a por mí.
—Jimin —dice en voz baja cuando contesto. Su voz es casi un gruñido. En cualquier otra circunstancia, su voz severa y ronca me excitaría. Sinceramente, me masturbaría escuchándole sermonearme, pero ahora mismo estoy demasiado asustado. No puedo ni pensar en empalmarme.
—Hola —susurro y suelto un pequeño sollozo—. Tengo problemas.
—Lo sé. Mantén la calma. Protégete la cabeza si llegan a ti. Llegaremos pronto.
No lo suficientemente pronto. Pero asiento con la cabeza, dándome cuenta de que no puede oírme pero guardando silencio de todos modos.
—Tengo miedo —digo en voz baja, y Jungkook suelta un suspiro.
—Sé que lo tienes, pero Jimin, escúchame. Cualquiera que te toque lo pagará. Cada uno de ellos.
Escalofríos recorren mi cuerpo, rompiendo a través de mi piel.
—Por favor, no dejes que me hagan daño.
Y al oír esas palabras, la puerta se desprende de las bisagras, y mi teléfono se me resbala de la mano y cae al suelo.
Tres hombres grandes aparecen a través de la madera rota y abierta, y me aprieto contra la pared que tengo detrás. Noto el frío cemento en la parte baja de la espalda y me doy cuenta de que no tengo adónde ir. Estoy atrapado.
Me cago en la puta. Mierda.
Protégete la cabeza.
—Vamos, chicos. Solo ha sido un flirteo inofensivo —digo, odiando que me tiemble la voz, pero intentando aligerar el ambiente. No lo consigo. Sólo parece enfurecerlos más. Avanzan hacia mí y, justo cuando el primer puño aterriza en mi cara, oigo palabras intolerantes que contaminan el aire a mí alrededor antes de caer al suelo.
Me rodeo la cabeza con los brazos, tratando por todos los medios de mantenerla a salvo, mientras la primera patada cae sobre mi costado. El dolor me atraviesa las costillas y jadeo con un gemido en los labios.
Joder, esto duele. Duele de cojones.
—Por favor —suplico, pero no me escuchan, claro que no me escuchan. Estos hombres no piensan con el cerebro, no atienden a razones. Sólo actúan movidos por el odio.
Otra patada llega con un fuerte grito, el dolor se dispara por mi abdomen, mi aliento me abandona en un grito doloroso.
Y entonces la siguiente patada aterriza en mis manos y todo se vuelve negro.
Me despierto con el sonido de disparos y gritos. Mi mundo gira, se inclina. Todo huele. Humo, sudor, sangre.
Y entonces estoy entre brazos fuertes y capaces, acunado a un pecho que me resulta familiar, un aroma que envuelve mis sentidos mientras me sacan de mi infierno personal. Voy y vengo de la conciencia, en arrebatos, mis párpados se abren y vuelven a cerrarse.
Me duele todo. Duele.
Me duele.
No quiero despertarme si así es como me siento al despertarme.
—Jimin —me dice una voz suave al oído, y suspiro, sabiendo quién es.
Angel. El ángel que me salvó.
—Jimin —dice la voz, más ronca. Enfadada. Espera, no. No es Angel. Es Jungkook.
Sí, él. Es quien está aquí, acunándome en su regazo mientras nos
alejan del bar sombrío. Siento los baches de la carretera mientras me acurruco contra él, mi cerebro entra y sale de la conciencia.
—Estás bien. Te vas a poner bien —me tranquiliza la voz. No sé si lo estaré. No sé...
Vuelvo a desmayarme y me despierto en un dormitorio, con las sábanas frías sobre la piel. Por un momento, no consigo averiguar dónde estoy, pero poco a poco mi cerebro va atando cabos, instantáneas y sonidos, olores que me resultan totalmente familiares.
Estoy en su casa. En casa de Jungkook. Con él.
Un pitido resuena en la habitación y me doy cuenta de que estoy conectado a un monitor y con una vía intravenosa en el brazo.
Joder, esto es peor de lo que pensaba. Esos maditos.
Gimo e intento moverme, pero el dolor me recorre el costado y jadeo.
No sé por qué me sorprende la sensación. Así es como se siente siempre, un dolor palpitante y punzante que te cala hasta los huesos y se niega a ceder. Me han golpeado varias veces en el pasado, matones del colegio a los que no les gustaba cómo actuaba o cómo vestía. Chicos que me tenían miedo,por lo diferente que soy. Pero nunca había sido tan malo.
Fue una paliza con intención de matar.
Otro gemido y una mueca de dolor en la mandíbula.
—Oh, joder —susurro mientras se me abren los párpados.
Por un segundo veo borroso el contorno de alguien en las sombras. Cuando mi visión se aclara, veo que es él. Jungkook. Está sentado en un sillón con las piernas abiertas. Va vestido como siempre: pantalón negro, camisa blanca abotonada y las mangas remangadas hasta los antebrazos. Sólo que esta vez, incluso con las sombras ocultándome la mayor parte de él, puedo ver que está un poco más desarreglado de lo normal.
Tiene el pelo revuelto, los botones de arriba de la camisa sueltos, lo que me deja ver parte de su pecho tatuado, y no lleva zapatos.
Va descalzo.
Parece cansado, pero sigue estando más caliente de lo que cualquier hombre de mediana edad tiene derecho a estar.
Un tintineo me lleva a mirar el vaso que tiene en la mano. Está bebiendo algo, algo que casi brilla en la tenue luz de la lámpara.
Whisky.
Si fuera cualquier otro momento, le diría en broma que debería dejar de intentar excitarme. Pero no puedo hablar.
No me sale nada. Me duele la garganta y me cuesta respirar.
—No lo hagas. No intentes hablar —dice Jungkook en voz baja y suave mientras le miro fijamente—. Tienes que descansar.
Pero no puedo, no con lo que me duele el cuerpo.
Se me escapa una lágrima del ojo y me la limpio con un gesto de dolor cuando mis dedos rozan un corte en la mejilla.
Otro tintineo del hielo, un trago del otro lado de la habitación y luego el repiqueteo de los pasos que se dirigen hacia mí.
Levanto la vista y veo a Jungkook que se cierne sobre mí, con el ceño fruncido y los ojos oscuros entrecerrados.
—El médico dijo que estarías bien con reposo. No hay nada roto, solo magulladuras.
Asiento con la cabeza y siento que se me escapa otra lágrima. Un suave roce de su pulgar me la quita y suspiro. Me duele todo, menos eso. Su tacto. Es agradable.
Sienta bien.
—Gracias.
Es todo lo que puedo decir, un murmullo de palabras y sentimientos, desesperado y necesitado.
No contesta, y no puedo soportar la idea de que se enfade porque lo he molestado. Que tal vez desearía no haberse involucrado. Suelo ser ruidoso y seguro de mí mismo, mordaz y decidido, pero ahora mismo soy un desastre lloroso y quejumbroso.
No quiero que me vea así, que me vea en mi punto más débil. Así que lo excluyo, cierro los ojos y dejo que mi mente divague. Saldré de esta más fuerte, más feroz, pero ahora mismo voy a dejarme estar. Voy a dejar que me duela.
Recordaré esto.
Y seré más fuerte gracias a ello.