11.1 Dónde terminan las palabras
Jimin sintió el deseo ardiendo bajo su piel, una llama viva que consumía cada pensamiento coherente. Con una urgencia feroz, tiró de la mano de Jungkook, sintiendo cómo los dedos del otro se cerraban alrededor de los suyos, fuertes, confiados.
Le guió fuera del salón, sus pasos resonando sobre el suelo mientras el silencio del piso se llenaba con el sonido entrecortado de sus respiraciones.
Cuando llegaron al dormitorio, Jimin se giró hacia él y, con una ternura inesperada, colocó sus manos en los hombros de Jungkook, guiándolo suavemente hasta que se sentó al borde de la cama. Sus ojos reflejaban una mezcla de nerviosismo y expectación que dejó a Jimin sin aliento.
Era como si el mundo entero se hubiese reducido a ese instante, a esa habitación donde no había más testigos que el amor y el deseo que compartían. Con una mano en el pecho de Jungkook, Jimin lo empujó suavemente hacia atrás, recostándolo sobre la colcha, y en un movimiento fluido se posicionó sobre él, sintiendo cómo sus cuerpos encajaban a la perfección.
El nerviosismo de Jungkook vibraba en el aire como una cuerda tensada a punto de romperse. Podía sentir el rápido golpeteo de su corazón, un tamborileo frenético que parecía resonar en sus propias costillas. Pero lo que sentía con más intensidad era el calor del cuerpo de Jimin sobre el suyo, el leve peso que lo mantenía anclado a la realidad, a ese momento.
Cuando los labios de Jimin se apoderaron de los suyos, no hubo suavidad, no hubo contención. Fue un beso voraz, desesperado, como si fuera lo único que les quedaba en el mundo. Los labios de Jimin se movían con desesperación, explorando, tomando, dándole todo de sí mismo.
Jungkook se aferró a su camiseta, sintiendo el algodón arrugarse entre sus dedos, como si necesitara sostenerse de algo para no perderse por completo en el abismo de sensaciones que lo inundaba.
Y entonces Jimin se separó un poco, solo lo suficiente para que ambos pudieran tomar aire, pero sin romper el contacto de sus cuerpos. Sin darle tiempo a pensar, atacó el cuello de Jungkook, cubriendo su piel con besos húmedos, dejando un rastro de fuego allí donde sus labios tocaban.
Jungkook jadeó, una exhalación temblorosa que sonó como un gemido ahogado. No estaba acostumbrado a ser tan vulnerable, a dejarse llevar de esa manera, y al mismo tiempo, sentía cómo sus sentidos se agudizaban, compensando la falta de visión. Era como si todo se hubiese alineado para ese momento, como si cada célula de su cuerpo hubiera sido diseñada para sentir a Jimin, para absorber sus caricias y susurros.
El tacto de los labios de Jimin sobre su piel le resultaba exquisitamente abrumador. Todo lo que existía ahora eran los labios de Jimin, moviéndose sobre su cuello, su clavícula, dejando pequeños mordiscos y besos que le arrancaban suspiros entrecortados. Podía sentir el calor de la respiración de Jimin contra su piel, la humedad de su lengua trazando líneas invisibles que encendían un fuego en su interior, un deseo que se expandía como una llamarada incontrolable.
Las manos de Jungkook temblaban, pero no de miedo, sino de anticipación. De deseo puro y sin filtro. Las deslizó por el torso de Jimin, sintiendo los músculos tensarse bajo sus dedos. Era una mezcla intoxicante que le hacía querer más, que le hacía arder de necesidad.
Pasó sus manos por la espalda de Jimin, bajando hasta la curva de sus caderas, notando cómo el cuerpo de su novio reaccionaba a su toque. Cada jadeo, cada leve temblor de Jimin era como un mapa en braille que le guiaba a través de este nuevo territorio, uno que estaba explorando por primera vez.
Y entonces Jimin comenzó a moverse sobre él, a rozarse apenas contra su cuerpo, un vaivén sutil que encendió una chispa en su columna vertebral. Jungkook sintió cómo su cuerpo se tensaba, cómo el deseo se acumulaba como una tormenta en su bajo vientre. La fricción, el calor, los pequeños jadeos que escapaban de los labios de Jimin, todo se combinaba para arrastrarlo hacia un punto sin retorno. Era como si su piel estuviera hipersensible, cada nervio de su cuerpo centrado únicamente en la sensación de Jimin moviéndose encima de él.
Los gemidos de Jimin eran apenas audibles, susurrados contra su oreja como una confesión secreta, pero cada sonido se sentía como una descarga eléctrica en el cuerpo de Jungkook. Sintió cómo el cuerpo de Jimin temblaba ligeramente, cómo su respiración se volvía más irregular, y eso le llenó de una poderosa sensación de orgullo, de saber que él era el causante de ese placer.
Deslizó sus manos por la cintura de Jimin, bajo la camiseta, acariciando la piel suave, notando la humedad del sudor que se acumulaba allí. Se aferró a él, con fuerza, con necesidad, como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier momento.
Era diferente, mucho más intenso que cualquier cosa que hubiera experimentado antes de perder la vista. Ahora, sin el mundo visual que le distrajera, todo se concentraba en el aquí y el ahora, en el cuerpo de Jimin sobre el suyo.
—Jimin… —susurró su nombre, como una plegaria, como una súplica.
Jimin alzó la mirada, y tomó los labios de Jungkook nuevamente, en un beso profundo. Sus cuerpos se movieron, como si fueran uno solo, como si sus almas estuvieran sincronizadas en ese preciso instante.
Entonces, Jimin se movió con una urgencia, sus dedos temblando ligeramente mientras agarraba la camiseta de Jungkook. La levantó con una sola mano, deslizando la tela por encima de su torso, hasta que finalmente la arrancó, dejando al descubierto la piel dorada que hasta ahora había permanecido oculta, y de repente se encontró paralizado por la visión que se le presentaba.
Se quedó en silencio, los labios entreabiertos, los ojos fijos en la figura de Jungkook como si fuera la obra más exquisita jamás creada. Había imaginado muchas veces cómo sería verlo así, sin barreras, pero la realidad superaba con creces cualquier fantasía.
Lo que tenía ante él era pura fuerza, un cuerpo tallado con esmero, cada músculo delineado bajo la piel tersa, un torso poderoso que hablaba de horas de esfuerzo, de dedicación y disciplina.
Jimin sabía que su chico era fuerte; lo había sentido tantas veces en la forma en que lo rodeaba con sus brazos, en la seguridad con la que lo sujetaba al besarlo. Pero ahora, verlo de esta manera, con la luz difusa del dormitorio bañando sus contornos y realzando cada línea, cada sombra, lo dejaba completamente desarmado.
—Tan perfecto —su mirada se detuvo en los abdominales marcados, perfectamente delineados, que se tensaban ligeramente con cada respiración entrecortada de Jungkook.
La boca de Jimin se llenó de saliva al verlo, un deseo arrollador apoderándose de él, llevándolo a dar un paso más cerca, sus dedos extendiéndose para rozar la piel desnuda de Jungkook. Y al tocarlo, no hubo contención. Las yemas de sus dedos trazaron un camino lento por su pecho, bajando hasta los surcos de sus abdominales, sintiendo cómo los músculos se contraían bajo su toque, una respuesta instintiva al placer.
Jimin se inclinó, dejando un suave beso sobre el pecho de Jungkook, apenas un roce que le hizo estremecerse. Pero pronto, los besos se hicieron más profundos, más demandantes. Abrió la boca contra su piel, dejando un rastro húmedo a medida que bajaba, arrancando suspiros y gemidos bajos a Jungkook.
Jimin comenzó a adorar esos sonidos, guardándolos como pequeños trofeos, una confirmación de que cada caricia, cada beso, estaba alcanzando el lugar correcto. No era solo el placer de explorar ese cuerpo magnífico; era la satisfacción de tocarlo así, de verlo de esta manera tan íntima, tan expuesta.
Por su parte, Jungkook, tembló ante esa sensación de desnudez física y emocional. No podía ver la expresión de Jimin, pero podía sentirla. La intensidad de su mirada era como un peso sobre su piel, recorriéndolo, desnudándolo más allá de lo físico. Una mezcla de vulnerabilidad y orgullo le inundó el pecho, creando un cóctel embriagador de sensaciones. Se sintió pequeño y enorme a la vez, como si estuviera a punto de romperse y, al mismo tiempo, como si fuera indestructible bajo la devoción de Jimin.
La certeza de que Jimin lo estaba mirando con tanto deseo, que lo veía y lo encontraba hermoso, fuerte, digno de ser adorado, le llenó de un calor que no tenía nada que ver con el deseo carnal, sino con algo mucho más profundo. Era el reconocimiento, la aceptación.
Jimin bajó su boca hasta el vientre de Jungkook, dejando pequeños besos y mordiscos suaves que hacían que el cuerpo de su chico se arqueara involuntariamente bajo él. Y cada vez que escuchaba un jadeo, un suspiro, una respiración más profunda, algo dentro de él se inflamaba, como si el propio aire se llenara de electricidad estática.
Jungkook dejó que Jimin lo guiara, lo tocara a su antojo. Se rindió a sus manos, a sus labios, dejando que lo consumiera por completo. El mundo exterior dejó de existir; solo estaba Jimin, su respiración cálida contra su piel, el suave roce de sus labios dejando una sensación punzante, sus dedos trazando senderos que ardían. Era como si, por primera vez desde que perdió la vista, estuviera viendo. No con los ojos, sino con cada célula de su cuerpo, con cada fibra de su ser. Y lo que sentía era puro, abrumador y real.
Su mente se desconectó, se dejó ir, sintiendo cada caricia como una pincelada sobre su alma desnuda. Se sintió amado, querido, deseado de una manera que jamás había imaginado posible. Y eso le hizo sonreír, una sonrisa pequeña, pero que Jimin captó al instante, porque su boca estaba en ese momento sobre su estómago, sintiendo el leve tirón de los músculos bajo la piel.
Jimin subió nuevamente, dejando un último beso sobre el corazón de Jungkook, sintiendo cómo latía bajo sus labios, fuerte, firme. Y en ese instante, supo que nunca querría tocar a nadie más de la forma en que estaba tocando a Jungkook. Porque en sus manos, en sus labios, estaba la promesa de un amor que no necesitaba palabras, que no necesitaba ser visto para ser real.
El ambiente se cargó de electricidad, de esa tensión que preludia un momento que lo cambiará todo. Jungkook sintió el calor creciente en sus propias venas. Aún jadeante por las caricias y los besos previos de Jimin, se inclinó hacia adelante, deslizando una mano firme por la nuca de su amante y, con una suavidad que contrastaba con la urgencia de sus sentimientos, lo giró sobre el colchón. El movimiento fue delicado pero decidido, y Jimin se dejó hacer, cediendo el control sin protestas, con la confianza plena de quien se entrega al amor sin reservas.
Ahora era Jungkook quien se posicionaba sobre él, una figura imponente, poderosa. Y, sin más preámbulo, lo besó.
Pero este beso contenía todo lo que Jungkook no podía expresar con palabras. Sus labios se movían sobre los de Jimin con hambre y pasión. Él pelinegro exploró cada rincón de su boca, su lengua trazando caricias lentas y profundas, dejando que cada emoción contenida se filtrara a través de ese contacto.
Con el deseo ardiendo en sus venas, sus manos bajaron hasta el dobladillo de la camiseta de Jimin. La deslizó con una facilidad sorprendente para alguien que no podía ver, y al mismo tiempo, con una lentitud intencionada, como si quisiera alargar ese momento de descubrimiento.
Sentía su respiración agitada, y cada uno de esos sonidos le hablaba de deseo, de necesidad. La camiseta voló lejos, dejándolos piel contra piel, aunque no por mucho tiempo. Jungkook no se detuvo allí; sus manos, impulsadas por una mezcla de curiosidad y hambre, bajaron hasta los pantalones de Jimin, desabrochándolos con rapidez. Los deslizó, junto con su ropa interior, por sus piernas con lentitud, como saboreando cada centímetro de piel expuesta, hasta que Jimin quedó completamente desnudo ante él.
Jimin, tumbado bajo su peso, sintió el aire frío del cuarto recorrer su piel desnuda, un contraste brutal con el calor en los ojos de Jungkook. Había algo en la forma en que Jungkook lo exploraba, algo que lo hacía sentirse pequeño, expuesto. Jimin, por un instante, se sintió intimidado, como si el deseo ardiente de Jungkook pudiera atravesar su alma.
Jungkook, sintiendo el temblor en la respiración de Jimin, se inclinó sobre él y le susurró, con una voz baja y acariciante.
—Déjame tocarte… quiero conocer cada parte de ti —sus palabras eran un ruego, una súplica nacida de la necesidad más primitiva. Y Jimin, entendiendo de repente la profundidad de ese deseo, de ese anhelo, sintió que su corazón se llenaba de ternura.
—Puedes tocar todo lo que quieras… soy completamente tuyo —respondió con un tono juguetón que escondía toda su vulnerabilidad, y una sonrisa coqueta curvó sus labios.
Jungkook soltó una risa suave, complacida, y sus labios se torcieron en una sonrisa de medio lado. Se acomodó entre sus piernas, apoyando sus manos firmes a cada lado de Jimin, rodeándolo como si fuera el mundo entero, protegiéndolo y poseyéndolo a la vez. Y entonces, comenzó su exploración.
Sus dedos se movieron lentamente, empezando por el cuello de Jimin, trazando la línea de su mandíbula con el pulgar, descendiendo por el arco de su garganta, sintiendo el latido acelerado bajo la piel.
Jimin tragó saliva, un pequeño gesto que Jungkook percibió al instante, provocándole una sonrisa. Sabía que Jimin estaba ansioso, anticipando cada toque, cada roce, y ese conocimiento le llenaba de una calidez que emanaba desde su pecho hasta el resto de su cuerpo.
Bajó hasta las clavículas, donde su boca también se unió al recorrido de sus manos, dejando besos suaves, húmedos, que arrancaron un gemido tembloroso de los labios de Jimin.
Jungkook continuó, con las manos recorriendo su pecho y pectorales, descubriendo la suavidad de su piel, el músculo firme que se escondía bajo esa capa tersa, y no pudo evitar sonreír cuando sus dedos rozaron los pezones de Jimin, sintiendo cómo se endurecían bajo su toque.
Jimin arqueó la espalda, dejando escapar un jadeo, y Jungkook sintió un calor indescriptible llenarlo por dentro, una satisfacción honda al saber que estaba provocando esa respuesta. Bajó más, sus palmas trazando el camino por el abdomen de Jimin, sintiendo los surcos de sus abdominales, la tensión acumulada allí.
—Eres realmente hermoso —el susurro escapó de sus labios antes de que pudiera evitarlo, como si esa verdad se filtrara sola desde su alma. Y entonces, como si las palabras no fueran suficientes, sus labios se movieron para probar esa perfección.
Jungkook comenzó a besar su pecho, descendiendo por el abdomen, dejando una línea de besos ardientes, escuchando los gemidos de Jimin que se convertían en suspiros quebrados, cargados de amor y deseo.
Jimin jadeaba, su respiración entrecortada llenando el cuarto, resonando como música para los oídos de Jungkook. El placer lo envolvía por completo, como un fuego líquido recorriéndole las venas, nublando su mente hasta que solo quedó la sensación pura de ser amado, de ser venerado como nunca antes.
Y en ese instante, mientras Jungkook lo tocaba con devoción, Jimin se sintió más que deseado; se sintió amado con una intensidad que nunca había conocido. Era como si, en la oscuridad de su ceguera, Jungkook estuviera viendo el alma de Jimin, tocando partes de él que nadie más había alcanzado jamás.
Su boca descendía lentamente por el torso desnudo de Jimin, dejando un rastro de besos húmedos y ardientes que hacían a su novio estremecerse bajo él. Los jadeos escapaban de los labios de Jimin, arrancados de su pecho, incontrolables, llenos de deseo y dulzura.
A medida que avanzaba, sus manos seguían el camino de su boca, delineando con dedos cuidadosos cada músculo, cada curva de piel. Era una pequeña tortura, un juego de paciencia y deseo, en el que Jimin se encontraba a merced de Jungkook, sin otra opción que dejarse llevar por esa oleada imparable de placer.
Al llegar al vientre bajo, justo donde la piel de Jimin parecía temblar con la expectativa, Jungkook se detuvo un instante, respirando profundamente. Sintió bajo sus labios la piel suave, el aliento entrecortado de su amante, y no pudo evitar reír suavemente, con esa risa silenciosa de quien acaba de descubrir algo precioso.
Jungkook se detuvo por un instante, sus manos delineando los contornos de las caderas de Jimin. Tan delicadas y estrechas. Sus dedos se encontraron con la curva del cinturón de Apolo, que delineaba sus músculos oblicuos y que descendía en un ángulo perfecto, dándole a su figura un aspecto varonil y firme que hizo que Jungkook sonriera, complacido.
Era tan fácil perderse en el cuerpo de Jimin, tan sencillo dejarse llevar por el deseo de explorar cada línea, cada curva. Palpó con delicadeza esos surcos, memorizando cada detalle, sintiendo cómo el cuerpo de Jimin temblaba y se arqueaba bajo su toque, como si le ofreciera todo de sí mismo, sin reservas.
Continuó con el camino que sus oblicuos le sugerían y, entonces, lo sintió: el miembro de Jimin, ya despierto, palpitante, revelándole sin palabras todo el deseo acumulado que su cuerpo no podía ocultar.
Una sonrisa de satisfacción curvó los labios de Jungkook. No necesitaba ver para saber lo que estaba provocando. Con una mano firme pero gentil, rodeó la entrepierna de Jimin, deslizando sus dedos con delicadeza. Palpó cada parte, su palma rozando la piel caliente y suave, haciéndose un mapa mental detallado, memorizando cada contorno. Este era un momento suyo, un descubrimiento íntimo que guardaría como un tesoro.
Jimin dejó escapar un jadeo profundo, su cuerpo arqueándose instintivamente, sus caderas empujando contra la mano de Jungkook en una silenciosa súplica. No podía contenerlo, no quería hacerlo. Sus susurros se volvieron plegarias, pequeños ruegos ininteligibles que llenaron la habitación, cargándola de un deseo tan denso que se podía sentir en el aire.
—¿Esto es lo que quieres? —preguntó Jungkook, con un tono bajo y ronco, cargado de una sensualidad que sorprendió a Jimin. No esperaba escuchar esa seguridad en la voz de su amante.
Sin esperar una respuesta, Jungkook comenzó a masajearle con movimientos lentos, rítmicos, que arrancaron de Jimin un gemido tan profundo que resonó en el cuarto como un eco. El placer se apoderó de él en oleadas, cada una más intensa que la anterior, haciéndole cerrar los ojos, aferrar las sábanas con fuerza, como si solo así pudiera mantenerse anclado a la realidad.
La mano de Jungkook se movía con una maestría que dejaba claro cuánto había aprendido ya del cuerpo de Jimin, a pesar de no poder verlo. Era como si sus dedos pudieran percibir la tensión, las zonas donde el placer era más intenso, y los pequeños espasmos que recorrían el cuerpo de Jimin.
Sin previo aviso, Jungkook se detuvo, arrancándole un quejido frustrado a Jimin, quien abrió los ojos de golpe, buscando el rostro de su amante con una mezcla de sorpresa y ansia. Pero antes de que pudiera protestar, Jungkook lo giró con cuidado, haciéndolo rodar sobre el colchón hasta dejarlo boca abajo.
El movimiento fue fluido y decidido. Jimin se encontró mirando el colchón, su rostro enrojecido y su respiración agitada. La confianza de Jungkook, esa seguridad desbordante que nunca antes había visto en él de esta manera, lo dejó sin palabras. Era como si, en el proceso de tocarlo, de explorarlo, Jungkook hubiera encontrado una parte de sí mismo que hasta ahora había estado oculta. La autoridad en sus gestos, la firmeza en sus manos al posicionarlo, eran un recordatorio de cuánto lo conocía ya, de cuánto lo deseaba.
Jimin sonrió contra las sábanas, sus labios curvándose en una mueca de asombro y placer. La inversión de roles era algo que jamás habría anticipado, y la sorpresa se mezcló con una excitación nueva, desconocida, que le recorría la espalda como un escalofrío.
Jungkook, con una mano apoyada en la espalda de Jimin, lo acarició con lentitud, sintiendo cómo se tensaban los músculos bajo su toque. Se inclinó sobre él, dejando un beso suave en la base de su cuello, permitiéndose saborear el salado de su piel, escuchando el suspiro tembloroso que arrancó de los labios de Jimin.
—¿Te gusta? —susurró Jungkook contra su oído, su aliento caliente provocándole un estremecimiento a Jimin.
—Sí… —admitió Jimin, su voz reducida a un susurro ronco y quebrado. No podía mentir, no podía ocultar cuánto lo disfrutaba, cuánto le gustaba esa versión más audaz de Jungkook.
Sintiendo la rendición completa de Jimin, no pudo evitar sonreír. Se sentía invadido por una confianza nueva, una certeza absoluta de lo que hacía. Sus manos siguieron bajando por la espalda de Jimin, trazando la columna con la yema de los dedos, cada roce un recordatorio de quién estaba al mando.
La suavidad de la piel de Jimin, el calor que emanaba de su cuerpo, lo hicieron murmurar casi sin darse cuenta.
—Eres perfecto…
Jungkook apenas respiraba, concentrado en el placer de recorrer el cuerpo de Jimin con manos y labios, como un escultor que se deleita en cada curva y contorno de su obra maestra. El recorrido de sus dedos era lento, deliberado, como si estuviera memorizando un mapa que solo él podría leer en la oscuridad.
Finalmente, llegó a la parte baja de la espalda, y no pudo evitar sonreír al descubrir algo que le encantó: los hoyuelos de Venus de Jimin. Esos pequeños huecos en la piel, justo sobre los glúteos, le parecieron tan bonitos, tan sexys, que dejó escapar una risita, como si acabara de encontrar un pequeño tesoro escondido. Se inclinó y los besó, con ternura y devoción, disfrutando de cómo Jimin temblaba bajo él, cómo su cuerpo parecía responder a cada mínima caricia con una honestidad desnuda.
—Me vuelves loco… —susurró Jungkook, para sí mismo, pero Jimin lo escuchó, y un escalofrío recorrió su espalda, haciéndole cerrar los ojos mientras sus labios se curvaban en una sonrisa temblorosa.
Jungkook continuó, sus manos grandes y cálidas palparon los glúteos de Jimin, explorando con una mezcla de curiosidad y adoración. Se detuvo allí un rato, acariciándolos con movimientos lentos, sintiendo la firmeza y la suavidad de esa carne que parecía hecha para sus manos. Besó y mordisqueó ligeramente, provocando que Jimin soltara un gemido largo y bajo, que resonó en la habitación.
Entonces, Jungkook separó suavemente las piernas de Jimin, dándole acceso a su entrada. Jimin contuvo el aliento un segundo, sabiendo lo que venía, y se mordió el labio, sus manos aferrándose con fuerza a las sábanas. La sensación de estar tan expuesto, de ser explorado así por Jungkook, le provocó un calor exquisito en el pecho y un escalofrío que le recorrió toda la columna.
No había nada en el mundo que se comparara a esa sensación: ser tocado, acariciado en cada milímetro de su piel y cuerpo, preparado por Jungkook con una delicadeza que solo él podía ofrecer.
Jungkook palpó con delicadeza, sus dedos y lengua rozando la entrada de Jimin con suaves caricias, explorando, memorizando cada textura, cada pequeño detalle. Su lengua era precisa, conocedora, moviéndose como si estuviera hecha para esto, para darle placer a Jimin, quien jadeaba más y más fuerte.
Finalmente, se separó, dejando un espacio entre ellos que provocó un leve sonido de queja de Jimin, como un murmullo de protesta. Pero Jungkook tenía más planes, aún no había terminado su exploración.
Con una sonrisa de medio lado, bajó por las piernas de Jimin. Sus manos recorrieron los muslos fuertes y estilizados, disfrutando de la suavidad y la firmeza bajo sus dedos. Cada vez que apretaba ligeramente, Jimin temblaba, dejándose llevar por la oleada de sensaciones que le provocaba.
Los dedos de Jungkook pasaron por las pantorrillas, notando la tensión acumulada, y finalmente llegaron a los pies de Jimin. Besó los tobillos, y entonces se detuvo. La imagen mental que se había formado era clara, nítida: un Jimin perfecto, hermoso en cada detalle, cada línea y curva. Para él, Jimin era una obra de arte, algo tan precioso que no había palabras para describirlo.
Jimin, sintiendo esa pausa, abrió los ojos y giró la cabeza ligeramente para buscar a Jungkook con la mirada.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó con un tono suave.
Jungkook sonrió y subió su mano por la pierna de Jimin hasta su muslo, acariciando la piel con una ternura infinita.
—Estoy memorizándote —respondió Jungkook, inclinándose para dejar un beso en la parte trasera del muslo de Jimin—. Estoy asegurándome de que nunca me olvide de cómo eres.
Y Jimin, con un gemido, dejó caer su cabeza sobre las sábanas, su corazón latiendo con fuerza.
Jungkook, a estas alturas, ya sentía la urgencia del deseo pulsando bajo sus pantalones, el dolor agudo y placentero de su erección aprisionada contra la tela. No podía más, y en un solo movimiento, liberó el botón y bajó la cremallera, deshaciéndose de los pantalones junto con la ropa interior.
Y Jimin giró un poco su rostro para mirar por encima del hombro. Lo que vio le dejó sin aliento: Jungkook, desnudo, una imagen de perfección tallada en carne y hueso. Sus ojos recorrieron la figura de su amante, deteniéndose en su miembro, grande y erguido, lo que evidenciaban su excitación. Era un espectáculo imponente, y Jimin no pudo evitar morderse el labio, conteniendo una sonrisa que traicionaba su deleite.
—Vaya… —susurró, con la voz ronca y cargada de deseo.
Jungkook, aunque no podía ver la expresión de Jimin, percibió el cambio en su tono y respiración, el susurro sibilante de su voz que parecía deslizarse como un aleteo por la habitación. Inclinó un poco la cabeza, escuchando con atención, sabiendo que tenía toda la atención de Jimin centrada en él. Se sintió poderoso, como nunca antes.
—No tengo condón… —murmuró entonces, con una voz profunda que resonó en el espacio entre ambos—. ¿Te importa?
Por un momento, el silencio fue absoluto. Jimin inhaló hondo, pensativo, pero no tardó en esbozar una sonrisa traviesa. Giró un poco más su cuerpo para mirarlo mejor.
—No me importa, Jungkook —dijo, y sus palabras fueron como una caricia para los oídos de su amante—. Quiero sentirte completamente.
Una oleada de algo parecido a la euforia recorrió a Jungkook desde la cabeza hasta los pies. Saber que Jimin le ofrecía esa confianza absoluta, esa entrega total, le provocó un estremecimiento que lo dejó mareado. Sonrió, complacido, y con esa seguridad desbordante, volvió a abrirse camino hacia la entrada de Jimin. Se inclinó, dejando caer un beso suave en la base de su columna, justo antes de separar suavemente sus piernas.
Llevó su cabeza hacia su entrada y, sin mediar palabra, comenzó a humedecer con su boca, dejando que su lengua trazara círculos lentos y húmedos, preparando a su chico con cada movimiento. La respiración de Jimin se volvió más errática, un torrente de jadeos que resonaban contra la almohada. Jungkook se tomó un momento para deleitarse con esos sonidos, sintiendo que le alimentaban el alma.
Jungkook continuó, ahora usando sus dedos, presionando y entrando con delicadeza, tanteando el interior de Jimin. Cada jadeo que escapaba de los labios de Jimin, cada respiración entrecortada, sentía cómo crecía en su pecho una mezcla de amor y deseo, una necesidad de hacerle suyo, de marcarle con su toque.
—Jungkook… —gimió Jimin, su voz temblorosa y rota, suplicante.
Fue todo lo que necesitó. Jungkook sintió que ya no podía esperar más. Se separó un momento, apenas un segundo, y escuchó el leve suspiro de protesta de Jimin, como si el contacto interrumpido le dejara vacío. Con un movimiento seguro, se incorporó, colocándose sobre Jimin, su torso fuerte y musculoso rozando la espalda del otro, alineando su miembro con la entrada húmeda y preparada.
Jimin respiró hondo, sintiendo la presencia de Jungkook justo ahí, a punto de entrar. Era un cúmulo de sensaciones abrumadoras, una mezcla de anticipación y deseo que le nublaba los sentidos. Jungkook comenzó a empujar con un ritmo lento y delicado, sus caderas moviéndose con cuidado, como si estuviera temeroso de lastimar a Jimin. Pero el calor que sintió al rodear su miembro, la presión cálida que lo acogió por completo, fue demasiado intenso.
Un suspiro se escapó de los labios de Jungkook, su boca entreabierta dejando salir un sonido ronco, profundo, que hizo eco en la habitación. Para él, era como redescubrir el mundo a través del tacto. La sensación era nueva, vibrante, como si todas las partes de su cuerpo estuvieran conectadas a ese punto de unión.
Cada milímetro que se deslizaba dentro de Jimin era una experiencia sensorial diferente: la fricción, el calor, la manera en que el cuerpo de su amante se amoldaba a él. Era como entrar en el hogar más cálido y seguro que jamás hubiera conocido.
Jimin, por su parte, se aferró a las sábanas, con los nudillos blancos, tratando de ahogar, sin éxito, un gemido fuerte y ronco, mientras su cuerpo temblaba. Sentía cómo Jungkook lo llenaba lenta y profundamente, cada centímetro haciendo que sus músculos se contrajeran involuntariamente, tratando de acogerlo más, de sentirlo más cerca.
—Te amo, Jimin… —susurró Jungkook, su aliento rozando la nuca de Jimin, sus labios apenas tocando la piel. Lo dijo con la sinceridad más pura, sin pretender nada, solo describiendo lo que sentía.
Jimin se entregó completamente, su espalda arqueándose bajo el peso de Jungkook, el placer creciendo con cada empuje. Era demasiado, el sentimiento de ser tan amado, tan deseado, tan profundamente poseído. La intensidad de las sensaciones le arrancaba lágrimas de placer, pequeñas gotas que se mezclaban con el sudor de su piel.
Pero, quería verlo, necesitaba tomar su rostro, besarlo. Así que con una agilidad felina se separó y se giró, atrapando con sus piernas las caderas de Jungkook, invitándolo a entrar nuevamente, mientras lo besaba con efusividad.
Y así lo hizo Jungkook, envolvió a su chico en sus brazos, entró deliberadamente lento, para al rato, acelerar un poco, sintiendo cómo su propio cuerpo reaccionaba a los jadeos roncos de Jimin, a la manera en que el otro movía sus caderas contra él, buscando más. Su ritmo se volvió más decidido, más seguro, empujando cada vez más hondo.
En ese momento, no había palabras, solo el sonido del amor y el deseo, el golpe rítmico de los cuerpos encontrándose una y otra vez, el eco de sus respiraciones entrelazadas llenando la habitación. Para Jungkook, la imagen mental de Jimin se completaba con cada movimiento, cada sonido, cada roce. Y lo único que podía pensar era que quería quedarse así para siempre, con Jimin bajo él, sintiéndolo, conociéndolo, amándolo como si fuera lo único que importara en el mundo.
La habitación, cargada con el aroma de su deseo, parecía vibrar con cada sonido que escapaba de los labios entreabiertos de Jimin. Eran gemidos ahogados, jadeos entrecortados, sonidos que llenaban el aire y se infiltraban directamente en la mente de Jungkook, llevándole al límite de su autocontrol.
Intentó concentrarse, marcar el ritmo de sus embestidas, mantener la calma y no dejarse arrastrar por esa marea de placer. Pero era imposible. Cada gemido de Jimin resonaba en sus oídos como una melodía aterciopelada, a veces ronca, a veces afónica, que le envolvía y le atrapaba sin escapatoria.
Jungkook frunció el ceño, apretando los dientes, mientras seguía moviéndose dentro de él, pero esos sonidos eran demasiado, demasiado sexys, demasiado intensos. La forma en que Jimin gemía su nombre, como si cada sílaba fuera un susurro pecaminoso, le estaba volviendo loco. Sintió cómo su propio cuerpo comenzaba a temblar, a perder el ritmo, y supo que si no hacía algo, no podría aguantar mucho más.
Con una mano temblorosa, buscó el rostro de Jimin, acariciando su mandíbula antes de cubrir sus labios con la palma, intentando ahogar esos gemidos que parecían poner a prueba su cordura.
—Si sigues gimiendo así —murmuró Jungkook, con la voz rota, apenas un susurro cargado de desesperación— me correré ahora mismo.
Jimin, que hasta entonces había dejado que sus sonidos fluyeran libremente, sintió un escalofrío recorrerle la espalda al escuchar la voz grave y cargada de necesidad de Jungkook. Sonrió contra su mano, un gesto que Jungkook no pudo ver, pero que percibió en el temblor sutil de sus labios bajo su palma. Y entonces, en un acto de pura rebeldía, Jimin apartó la mano de Jungkook con sus dedos, dejándola caer a un lado mientras inclinaba su rostro hacia él, buscando sus labios.
—Hazlo —le susurró, con descaro, su voz ronca y entrecortada—. Córrete dentro de mí. ¿Si conoces el multi orgasmo?
La pregunta, dicha con descaro y seguridad, le hizo perder el hilo de todo pensamiento coherente. Jungkook se quedó petrificado por un segundo, atrapado entre el deseo urgente y la sorpresa. Antes de que pudiera responder, Jimin se lanzó hacia sus labios en un beso posesivo, hambriento, invadiendo su boca con su lengua, como si quisiera devorarle. Y mientras sus bocas se encontraban en ese beso apasionado, Jimin no dejó de gemir contra sus labios, esos sonidos provocativos que parecían vibrar directamente en la columna vertebral de Jungkook.
El beso se rompió con un jadeo de ambos, y Jungkook sintió que todo se le escapaba de control. Volvió a moverse, entrando y saliendo de Jimin con un ritmo frenético, sus caderas golpeando contra las de su amante, provocando el sonido húmedo y rítmico de sus cuerpos chocando. Cada embestida le arrancaba un gemido a Jimin, una súplica ahogada, y Jungkook se encontró jadeando junto a él, sincronizados en una danza de puro placer.
Sin la vista, cada sensación era más intensa, más vívida. Podía sentir el calor de Jimin envolviéndole, la presión de sus músculos que se contraían a su alrededor, el temblor sutil de su cuerpo bajo él.
Jimin se arqueó bajo él, enterrando su cabeza en la almohada mientras sus uñas se clavaban en los hombros de Jungkook, dejando marcas rojas en su piel. Sus gemidos se transformaron en gritos ahogados, y Jungkook supo que él también estaba al borde. Sentía cómo todo su ser se concentraba en esa sensación, el calor que se acumulaba en su vientre, el estremecimiento que le recorría la columna.
—Jungkook… —gimió Jimin, y fue el último empujón que necesitó.
Con un gruñido profundo que pareció surgir de lo más hondo de su pecho, Jungkook se dejó llevar. Sus embestidas se volvieron irregulares, desesperadas, y sintió cómo el clímax le golpeaba con una fuerza violenta. Un torrente de placer recorrió su cuerpo, cegándole los sentidos, haciéndole ver destellos de luz tras sus párpados cerrados. Se derramó dentro de Jimin, sintiendo cómo su cuerpo se sacudía en oleadas interminables, cada una más intensa que la anterior, como si su propio ser se fundiera en el de Jimin.
Y en ese momento, casi al mismo tiempo, Jimin también alcanzó el clímax. Gritó el nombre de Jungkook, ahogado en un gemido que se quebró al final, su cuerpo arqueándose mientras se corría, la tensión de sus músculos apretándole alrededor.
Permanecieron así, temblando, aferrándose el uno al otro como si el mundo se fuera a desmoronar si se separaban. La respiración de ambos era pesada, irregular, sus cuerpos bañados en sudor, pegados como si fueran dos piezas de un mismo todo.
Jungkook, aún dentro de Jimin, inclinó su cabeza hacia la curva de su cuello, aspirando el aroma de su piel, el olor salado del sudor mezclado con el dulce rastro de su perfume. Sintió que sus piernas temblaban, que su corazón latía con una fuerza desbocada, pero sobre todo sintió una paz que nunca había experimentado antes.
—Te amo, Jungkook —murmuró, con una sinceridad tan palpable que parecía llenar todo el espacio entre ellos.
El corazón de Jungkook se encogió ante esas palabras. Aunque no podía ver la expresión de Jimin, sabía que lo decía con una sonrisa cansada y satisfecha.
—Y yo a ti, Jimin. —respondió, dejando un beso suave en su hombro—. No sabes cuánto te amo.
No había necesidad de decir nada más. El amor que compartían estaba ahí, en el roce de sus cuerpos, en el ritmo acompasado de sus corazones. Y supieron que, a partir de ese momento, no habría nada que pudiera separarlos.
(…)
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