Capítulo 1: Un milagro

Durante una noche en una pequeña cabaña, rodeada de campos con cultivos similares al trigo y las papas, los gritos de una mujer resonaban en medio de la oscuridad. Aquella mujer sufría los dolores de su primer parto.
—¡GUuuuaaaaa! ¡No puedo más! —gimoteaba, estremeciéndose con cada contracción.
La acompañaba la comadrona del pueblo, una anciana humana de 75 años que intentaba calmarla mientras la asistía.
—Tú puedes, muchacha. Demuestra la fuerza de tu tribu —dijo la mujer de cabello gris acero con voz firme, pero reconfortante.
La mujer en labor de parto era una Minus, una mujer-vaca muy parecida a los humanos, aunque con diferencias evidentes: cuernos en la cabeza, una cola similar a la de una vaca, y un busto considerablemente más grande que el de una mujer humana promedio. El parto estaba siendo particularmente difícil, pues su pareja era un humano. Su hijo, al nacer, solo tenía dos posibles destinos: ser un humano como su padre o un minus como su madre, ya que en este mundo la hibridación no era posible. Esta lucha interna en su cuerpo hacía el parto aún más complicado.
Después de una hora de sufrimiento, finalmente el bebé nació. Era un niño humano, con cabello castaño y piel morena, igual que su padre. Sin embargo, algo no estaba bien. El ambiente no se llenó de la euforia típica de un nacimiento.
—No llora... —dijo la anciana, preocupada, mientras sostenía al bebé. Le dio una palmada suave en el cuerpo, esperando una reacción, pero no obtuvo nada.
—Dé... démelo... por favor, démelo —suplicó la madre con voz agotada, estirando sus manos temblorosas.
La comadrona le entregó al niño. Seguía inerte, sin señales de vida.
—Mi niño... mi pequeño niño... por favor, no asuste a mami —susurró entre lágrimas, acunándolo contra su pecho. Las lágrimas caían por su rostro mientras suplicaba a los dioses que le concedieran a su hijo el don de la vida. Pero parecía que sus ruegos no eran escuchados.
Los minutos se hicieron eternos. Ni la madre ni el padre podían aceptar lo inevitable. El hombre, un campesino de cabello castaño claro y piel curtida por el sol, entró en la habitación.
—Cariño... está bien... —dijo, acercándose para abrazarla, aunque él mismo estaba devastado. Ambos lloraban juntos, con su hijo en brazos, rezando por un milagro.
Y entonces, un dios los escuchó. Aunque más que compasión, lo que movió a este ser fue el cansancio de tanto clamor. Decidió concederles lo que deseaban, pero de manera peculiar.
El dios miró un alma recientemente fallecida en otro mundo: la de un joven que había muerto salvando a una mujer en una estación de trenes. En su intento por evitar que otro hombre suicida la arrastrara a las vías, el chico sacrificó su vida. Su alma pura iba camino al cielo, pero el dios, sin mucha ceremonia, la tomó y la introdujo en el cuerpo inerte del bebé.
Antes de retirarse, el dios le otorgó una bendición menor: inteligencia. No era un don particularmente valioso para él, pues los humanos rara vez lo aprovechaban. Satisfecho con su acción, el dios volvió a su ocio infinito.
Para los padres y la comadrona, ni un segundo había pasado. Entonces, el llanto del bebé rompió el silencio.
—¡Dioses... gracias, gracias! —exclamó el padre, abrazando a su esposa y a su hijo con fuerza.
—Mi pequeño... mi lindo hijo... estás vivo... —sollozaba la madre, ahora inundada de felicidad.
La comadrona, emocionada, ayudó a la madre a alimentar al bebé. Como minus, sus pechos eran demasiado abundantes, y tuvo que aprender a manejar la cantidad de leche para no ahogar al pequeño. Con paciencia y algunas lecciones, todo quedó bajo control.
Antes de marcharse, la anciana escuchó el nombre que le darían al niño.
—Edward... un nombre especial para un bebé que logró conquistar a la muerte —dijo la mujer, cerrando la puerta detrás de ella.
En esa modesta cabaña, una familia celebraba un milagro. Pero el destino es extraño, y Edward no era el único niño nacido sin vida cuyo cuerpo terminó habitado por un alma diferente, cargada de secretos.

En un palacio lleno de lujo y sirvientes, una mujer observaba a su hijo. A sus ojos, aquel bebé era simplemente feo, pues representaba el fruto de un hombre al que odiaba profundamente, pero del cual jamás podría separarse, por mucho que lo deseara.
La mujer, de piel pálida, cabellos azulados y ojos celestes, hizo un gesto con la mano llamando a una sirvienta. Sin siquiera mirarla, le entregó al bebé para que se encargara de él. Deseaba descansar y olvidar, al menos por unas horas, la amargura de su vida como reina... o como esclava, como prefería llamarse a sí misma. Era la reina de Tornea, un poderoso reino que había destruido a su patria natal, el extinto reino de Zafi. Ahora, era la esposa del rey Zardeo, el hombre que ella consideraba el más grande monstruo del mundo.
Zardeo era un hombre de piel oscura, cuerpo tonificado y cabello negro largo recogido en una coleta. Salió de su habitación con paso firme y presencia imponente, tras disfrutar de una prolongada sesión con varias de sus concubinas. Algunas de ellas habían sido esposas, hijas o incluso madres de nobles a los que había exterminado recientemente. Era su costumbre apropiarse de cualquier mujer que le interesara, para luego decidir si la convertía en amante o, en casos excepcionales, en esposa. Hasta el momento, Diana, la ex reina de Zafi, era la única capaz de darle un hijo.
Diana era una mujer de cuerpo promedio, sin atributos destacados, pero había demostrado ser la única capaz de engendrar descendencia para Zardeo. Esto la había condenado a su posición como reina, o mejor dicho, como prisionera.
Zardeo caminó hacia la habitación donde su hijo estaba al cuidado de una de las sirvientas. Después de unos minutos, llegó a la cuna y observó al bebé. A simple vista, el niño parecía sano: su cabello era escaso, su piel blanca, y su pequeño cuerpo denotaba vitalidad. Sin embargo, su sangre no había heredado la piel oscura de su padre, y eso ya era motivo de desdén para el rey. Al notar una marca brillante en la pierna del niño, señal de una bendición divina para la magia, Zardeo esbozó una mueca de desprecio.
—¿Un mago...? No me es muy útil.
Con un tono frío y cruel, levantó una mano, canalizando un brillo verdoso que extrajo todo el maná del cuerpo de su hijo, absorbiéndolo en su palma.
—Si quieres serme útil, espero que mañana sigas vivo.
Sin más palabras, salió de la habitación y ordenó a las sirvientas:
—Durante toda la noche, no respondan al llanto de mi hijo, sin importar lo fuerte que sea.
Zardeo regresó a sus aposentos, satisfecho con su crueldad, convencido de que el bebé moriría pronto. Robarle el maná, la energía vital de los magos, lo había dejado al borde de la muerte.
El niño lloró durante tres horas. Su llanto fue debilitándose hasta que finalmente cesó. Las sirvientas, aunque angustiadas, no se atrevieron a desobedecer las órdenes del rey y asumieron que el pequeño había muerto.
Sin embargo, algo inusual ocurrió. Una hora después de que todo quedara en silencio, el bebé volvió a llorar con fuerza. Las sirvientas quisieron entrar a ver qué sucedía, pero aún faltaban horas para el amanecer y no se atrevieron a desafiar las órdenes reales.
Lo que nadie sabía era que alguien había entrado en la habitación. No era un ser común. Era un ángel... pero no uno de alas blancas y puras. Sus alas eran negras, oscuras como una noche sin estrellas. Este ángel tenía una misión específica: tomar un alma de otro mundo e introducirla en el cuerpo del niño.
El alma seleccionada pertenecía a un humano que, en vida, había sido patético. Un hombre que jamás había intentado mejorar, alguien cuyo valor era tan insignificante que llamarlo humano sería un halago. Pero el ángel no lo eligió por su mérito, sino como parte de un plan mayor: plantar la semilla para la resurrección de un ser superior.
El ángel colocó el alma en el cuerpo del bebé y dejó dos plumas negras junto a él antes de desaparecer en la oscuridad para continuar con sus misteriosos planes.
El bebé, que había estado al borde de la muerte, respiró de nuevo. Su cuerpo, antes agotado, recibió un aumento en su capacidad de almacenar maná. El alma que ahora lo habitaba desconocía por completo lo que estaba ocurriendo, pero su vida acababa de cambiar para siempre... y no necesariamente para mejor.