AN OPPORTUNITY -L.S

Summary

Louis Tomlinson, hijo del jefe del FBI, siempre ha vivido a la sombra de su hermano mayor, Devon, quien falleció hace 6 años en una misión organizada por su propio padre para atrapar al líder de una de las mafias más peligrosas de Miami, conocida como "Red Snakes". Apodados así por el peculiar tatuaje de serpiente en el cuello de aquel hombre, el mismo a quien Louis miró a los ojos cuando vio cómo asesinaba a su hermano frente a él. La muerte de Devon dejó una profunda huella en el castaño, quien, sintiendo que nunca sería aceptado por su padre tras el descuido, decide tomar la justicia en sus propias manos. Movido por la necesidad de demostrar su valía, ideó un arriesgado plan para vengar la muerte de su hermano. Ahora, su único deseo es tener una oportunidad para enfrentarse al hombre tatuado, cumplir con su venganza y finalmente obtener la aprobación de su padre. Solo una oportunidad.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 0.1

Agosto, 2019.

Overtown, Miami.



Las luces parpadeaban frenéticamente, inundando el callejón con destellos intermitentes de neón rojo y azul que lastimaban mis ojos y parecían burlarse de mi intento por mantener la calma. Cada reflejo parecía fragmentar la escena en una sucesión de imágenes caóticas: el resplandor en las paredes sucias, las sombras danzantes de los disparos, y el brillo metálico de las armas en manos temblorosas.


El rugido de los disparos resonaba como un trueno ensordecedor, mezclándose con la voz furiosa de mi padre que retumbaba a través del auricular en mi oído izquierdo. "¡REGRESEN, CARAJO! ¡REGRESEN AHORA!".


A mi lado, Devon mantenía su posición tras la puerta abollada del automóvil que utilizábamos como un escudo improvisado. El metal se estremecía con cada impacto, su superficie empezaba a ceder, dejando escapar un aroma penetrante a aceite quemado. Él disparaba con una ferocidad instintiva. Sus manos temblaban ligeramente por el esfuerzo, y aunque su mirada intentaba ser firme, yo podía ver la sombra del miedo escondida en sus ojos. Entre ráfagas, presionaba la espalda contra la puerta, buscando un instante para recuperar el aliento mientras su hombro chocaba con el mío.


—¡Dev! —grité, mi voz se quebró en un intento por superar el estruendo.


Me volví hacia él justo en el momento en que se giraba para mirarme. Estaba sudoroso, su respiración era un torbellino entrecortado y sus ojos estaban inyectados de rabia. Una vena palpitaba en su frente, dejando claro que la adrenalina lo mantenía en pie, pero que estaba al borde de sus fuerzas.


—¡Hay que regresar!


—¿¡Qué!? ¡No! —Su mandíbula se tensó mientras asomaba por un instante su cabeza para evaluar la situación antes de refugiarse nuevamente. —¡Ese hijo de perra está ahí! —espetó. —¡No podemos perder otra oportunidad así!


—¡Olvídalo! ¡Papá quiere que regresemos!


Las palabras salieron más como un rugido desesperado que como una orden; sabía que Devon no era fácil de convencer, pero no podía permitir que nos mataran ahí mismo.


—¡Regresa tú! —respondió él—. ¡Yo no me moveré!


—¡No te dejaré, imbécil!


Devon me miró de reojo, una chispa de desafío brillando en sus ojos mientras cargaba el arma con movimientos precisos.


—Entonces, cúbreme —dijo, su tono era bajo, un susurro que llevaba consigo una sentencia—. Saldré y me acercaré a él. 


Un nudo se formó en mi estómago, tan apretado que me costaba respirar. Antes de que pudiera procesar lo que acababa de decir, vi cómo comenzaba a moverse. Instintivamente, lo agarré del brazo con fuerza, obligándolo a detenerse. 


—¡Devon, no!


Lo miré con el corazón en un puño, el pánico creciendo en mi pecho como un incendio incontrolable. Esto era nuevo para mí, completamente nuevo. Habíamos estado en situaciones difíciles antes, pero nunca así, nunca donde nuestras vidas pendieran de un hilo tan frágil. ¿Cubrirlo? Apenas podía sostener mi arma sin que mis manos temblaran y el sudor la hiciera resbalar. Además que, mi puntería era una mierda.


—¡N-no puedo cubrirte, no soy bueno! —balbuceé, mi voz quebrada por el miedo que me comprimía el pecho. Mi mirada estaba fija en mi arma, parecía un extraño objeto que nunca debería haber tocado. —¡Espera refuerzos! Yo... le pediré a papá que...


—¡Ya no hay refuerzos, Louis! —gritó Devon, interrumpiéndome con una furia que no era solo suya, sino también de la impotencia y el dolor acumulado.


Su dedo señalaba con agresividad hacia el otro lado del caos, donde los disparos habían comenzado a ceder, pero solo porque ya no quedaba nadie para devolverlos.


—¡Ese bastardo...! —Su voz se ahogó un segundo antes de continuar—. ¡Asesinó a todos! ¿Entiendes? ¡Si nos vamos y lo dejamos escapar, todas esas muertes no habrán valido la pena! ¡Ninguna!


Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Sabía que tenía razón, pero la verdad era tan brutal que me dolía aceptarla. En el suelo, entre la sangre y los casquillos de bala, estaban los cuerpos inertes de nuestros amigos, hombres y mujeres que habían confiado en nosotros. Algunos de ellos eran como familia. Sabía que muchos tenían hijos que probablemente esperaban en casa, mirando por la ventana a la espera de sus padres. Otros, quizás, les tenían cenas servidas, platos que nunca serían tocados. Todo eso había quedado reducido a un silencio aterrador por un simple descuido. Por nuestra falta de preparación. 


—Hermano...


La voz de Devon bajó de tono, adquiriendo un matiz más suave. Dio un paso hacia mí, colocando una mano firme sobre mi hombro, un gesto que me tomó por sorpresa. Sus ojos se clavaron en los míos, y de repente sus movimientos ya no parecían tan furiosos. Pegó su frente a la mía, un gesto cargado de urgencia, pero también de una especie de ternura que no era común en él.


—Confía en mí, como yo confío en ti. Eres bueno... lo sé.


Quería creerle, pero las palabras se me atoraban en la garganta, incapaces de salir. Las enseñanzas de papá resonaban en mi cabeza: "No eres lo suficientemente rápido como tú hermano. No tienes el temple para esto." Y ahora, justo en el peor momento, esas palabras volvían para atormentarme.

—Papá dice... —intenté replicar, aunque mi voz sonó más como una disculpa débil que como una protesta real. 


—¡Al carajo con él! —exclamó, alejándose lo justo para sostenerme por los hombros con ambas manos. —Papá no está aquí. Yo estoy aquí, contigo. Sé que tienes potencial, Louis. Es momento de que lo demuestres. Ese maldito tiene que pagar. Y somos nosotros quienes debemos obligarle hacerlo. ¿De acuerdo?


Tragué saliva con dificultad, sintiendo el peso de su fe en mí. No era algo que me dieran con frecuencia. Mi respiración era entrecortada, y por un instante, casi quise decirle que se equivocaba, que no podía hacerlo. Pero su mirada, me hizo asentir lentamente. 


—Bien. Hay que aprovechar ahora que dejaron de disparar. Me acercaré, y tú me cubres desde atrás. No importa lo que pase, Louis... dispara.

Extendió una mano hacia mí y, para mi sorpresa, acarició mi cabeza con un gesto fugaz. Fue como cuando éramos niños, cuando me reconfortaba después de una caída o me animaba a seguir intentándolo. Luego, sin perder más tiempo, recargó su arma rápidamente. Sus ojos se entrecerraron mientras analizaba la situación al otro lado del auto, sus músculos tensándose como un resorte listo para dispararse. Miró hacia mí y me hizo una seña con la mano, indicándome que me preparara. 


Respiré hondo, tratando de calmar el temblor en mis manos mientras ajustaba mi posición. Devon me observó un instante más, y con un leve movimiento de ojos, me indicó que estuviera listo. Solo pude asentir de nuevo, aunque mi cuerpo entero gritaba que no estaba preparado para lo que estaba por venir. 


De un salto ágil, salió de nuestra cobertura, impulsándose por la parte trasera del auto. En un instante, lo vi corriendo hacia adelante, mientras esquivaba las balas que volvían a cruzar el aire. El ruido volvió a llenarlo todo, y mi instinto tomó el control. Me levanté de mi escondite justo cuando él comenzó a avanzar, sosteniendo el arma con ambas manos y disparando en la dirección de donde provenían las disparos.


El retroceso del arma me sacudió los brazos, pero me aferré con fuerza, intentando mantener la puntería. Mi mirada se movía frenéticamente entre las sombras y los destellos de luz, tratando de identificar a los atacantes. Pero, entre la nube de humo, las luces intermitentes y los gritos distorsionados por la adrenalina, todo parecía una maraña de caos. 


Aun así, mis ojos buscaban a mi hermano. Su figura recortándose contra el resplandor intermitente mientras se acercaba más y más al centro del callejón, donde se encontraba nuestro objetivo. Allí estaba él, ese hombre al que habíamos perseguido, de pie como una estatua en medio del infierno. No se escondía, no se protegía. Solo estaba ahí, firme y sin inmutarse, como si estuviera esperando a que Devon llegara a él. 

Pero algo no estaba bien.


Entonces, lo vi. Desde uno de los laterales, una sombra emergió rápidamente: otro hombre, que hasta entonces había permanecido oculto. Antes de que pudiera reaccionar, se lanzó sobre Devon, derribándolo al suelo con un golpe violento. Los dos cuerpos cayeron con fuerza. Forcejeaban en el pavimento, cada movimiento era feroz, desesperado. Quería disparar, pero mis manos vacilaron. El miedo me paralizaba. ¿Y si fallaba? ¿Y si le hacía daño a mi hermano? 


Mis manos temblaban alrededor del gatillo del arma. Sentía el sudor resbalar por mis palmas, y aunque la pistola estaba firmemente sujeta, parecía pesar toneladas.


Ver a mi hermano, siendo empujado por la cabeza contra el suelo, me mantenía atado al lugar. Logró encajar un golpe en el rostro de su agresor, haciendo que el hombre gruñera y tambaleara, pero fue solo un momento de ventaja. El atacante se repuso rápidamente, golpeándolo en el estómago con la rodilla. Devon soltó un gemido de dolor que desgarró mi interior, y fue entonces cuando mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.


Confiaba.

El único que confiaba en mí.


Apreté el gatillo. El retroceso del arma golpeó mi hombro, pero no aparté la vista. El hombre caía hacia atrás, su cuerpo desplomándose como una marioneta sin cuerdas. La sangre salió por donde la bala lo atravesó, justo en la cabeza. Los jadeos desaparecieron y sólo quedó mi hermano en el suelo, levantándose, cubierto de sangre y polvo, y yo, aún sosteniendo el arma con fuerza, incapaz de soltarla. Mis piernas temblaban ahora que la adrenalina comenzaba a desvanecerse, pero me forcé a mantenerme firme.


Me miró y sonrió, una sonrisa orgullosa. Traté de responderle, de devolverle esa misma mueca, pero justo cuando mis labios empezaban a curvarse, el estruendo seco de un disparo cortó el momento.


La bala atravesó su pecho, y su cuerpo se sacudió por el impacto. La sonrisa desapareció de su rostro, arrancada como si nunca hubiera estado allí. Sus ojos se desviaron hacia abajo, hacia la mancha de sangre que comenzaba a expandirse sobre su uniforme. Con manos temblorosas, intentó cubrir la herida.


Quise gritar, pero mi voz se negó a salir. Mi cuerpo entero se congeló. El calor que me abrasaba la piel se transformó en un frío que me paralizaba. Mi corazón latía tan fuerte que parecía haber subido hasta mi garganta, bloqueando mi aliento.


Lo vi tambalearse, sus piernas perdiendo fuerza. Y entonces, otro disparo. Esta vez más abajo, directo a su abdomen. El sonido fue sordo, pero el impacto fue devastador. Devon cayó de rodillas, y el suelo pareció temblar bajo mis pies. Fue en ese momento que el grito desgarrador brotó de lo más profundo de mí, un sonido tan visceral que sentí como si mis cuerdas vocales se rompieran al forzarlo. Pude saborear la sangre en mi garganta, aunque no era mía, sino el eco de mi propio dolor hecho físico.


—¡DEVON! —grité con un dolor que no sabía que existía, un dolor que arrancaba pedazos de mi alma con cada segundo que pasaba. 


Sin pensarlo, corrí hacia él. No me importaba el peligro, no me importaban las balas que seguían zumbando a mi alrededor como avispones rabiosos. Mi única prioridad era llegar a él, a ese cuerpo que ya no podía mantenerse en pie. Disparé al frente como un loco, apretando el gatillo una y otra vez, sin mirar, sin apuntar. Me daba igual si acertaba o no; estaba ciego de rabia y miedo.


Cuando finalmente llegué a él, solté mi arma y me arrodillé a su lado, arrastrando su cuerpo hacia mi pecho. Su peso era mayor de lo que esperaba. Mis manos se movieron frenéticamente, tratando de cubrir las heridas, pero era inútil. La sangre escapaba entre mis dedos, caliente y abundante, manchándolo todo. Intenté presionar con más fuerza, como si pudiera devolverle al cuerpo lo que estaba perdiendo, pero solo lograba teñir mis manos de rojo.

—No, no, no... —murmuré entre dientes, mi voz apenas un hilo de desesperación. Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro, quemándome las mejillas mientras lo sostenía más cerca de mí. —¡No te mueras! ¡Por favor, Devon, no me hagas esto!


Él abrió los ojos con esfuerzo, apenas una rendija, y me miró. No había miedo, no había dolor, solo resignación. Quería decirme algo, pero sus labios se movieron sin emitir sonido alguno. Me incliné hacia él, intentando escuchar, pero su voz ya no existía, solo el eco de su último aliento que se desvanecía entre ambos. De sus labios más que palabras eran hilos de sangre, que me destruían el corazon.


Su esfuerzo por permanecer conmigo se desvanecía poco a poco. Sus ojos, que antes me miraban con intensidad, comenzaron a perder ese brillo característico, esa chispa que lo hacía tan vivo. Lentamente, se cerraron, no porque quisiera, sino porque su cuerpo ya no podía sostener la lucha. Lo sentí, sentí cómo sus músculos se aflojaban. Su pecho dejó de subir con la respiración que antes era irregular y agitada, y el latido de su corazón, que aún podía escuchar cuando lo sostenía, simplemente cesó, dejando un vacío atronador.


—No... no... no te vayas...


Sus brazos, antes firmes, ahora pendían sin vida, y su peso se sentía como una carga insuperable sobre mis rodillas. Aún así, no me importaba. Lo seguí abrazando, aferrándome a él como si pudiera retenerlo, como si mi calor pudiera devolverle la vida que acababa de perder.

Ya estaba llorando, pero en ese momento las lágrimas comenzaron a caer con más fuerza. Mis sollozos se convirtieron en gemidos desgarradores, mientras abrazaba su cuerpo inerte. Cerré los ojos con fuerza, sintiendo cómo ese odio crecía en mi pecho, más grande que cualquier otra emoción que hubiera sentido antes. Era un odio puro, dirigido a la persona que nos había arrebatado todo, a esa figura despreciable que había disparado las balas que lo mataron.

Abrí los ojos, y mi mirada se fue hacia adelante, donde estaba él. Allí, de pie, ligeramente ladeado, ese hombre que había destruido mi vida, la de mi hermano. Mi ira se multiplicó al verlo sosteniendo un arma, y, para mi horror, apuntaba directamente hacia mí.


Durante un segundo eterno, lo deseé. Quise que apretara el gatillo, que terminara con todo de una vez. Quise que esa bala me alcanzara y me uniera a Devon. La idea de seguir respirando en un mundo donde él no existía era insoportable. Rogué para ser el siguiente en esa lista de la muerte. Pero nunca llegó. Él permaneció con el arma levantada, disfrutando prolongar mi sufrimiento. Y aunque no disparó, sentí que ya me había matado.

Solo pude quedarme quieto, con la vista fija en esos ojos de un color que parecía imposible de describir. Era un hombre, pero en ese momento me pareció un espectro, un monstruo con rizos oscuros que bailaban al compás del viento, el mismo viento que se atrevía a revolver mi flequillo, entorpeciendo mi visión. Todo en él parecía una burla. Su forma de girarse, como si no valiera la pena dedicarme ni un segundo más de su tiempo, como si la vida de mi hermano no hubiera significado nada. Pareció tenerme lástima, y eso... eso me ardía más que cualquier bala.


Mi mente gritaba. Imaginé mis manos tomando el arma que aún llevaba conmigo, levantándola con temblor y apuntando directamente a esa cabeza que ahora parecía tan lejana. Lo vi, en mi mente, cayendo al suelo tras el primer disparo, su cuerpo alto desplomándose con un impacto seco. Pero no me detenía allí: continuaba vaciando el cargador en él, cada bala cargada de todo mi odio, de mi dolor, de mi pérdida.


Destruir su rostro, que quedara desfigurado. O quizas no asesinarlo, y divertirme en torturar cada extremidad de su cuerpo, las mismas veces que él y su equipo habian dispado a nosotros. Quería verlo pagar, no solo por Devon, sino por cada gramo de sufrimiento que ahora me aplastaba.


Pero no lo hice.


Mi cuerpo no respondió a esa ira abrasadora que quemaba en mi interior. En lugar de ello, me quedé allí, arrodillado, abrazando a mi hermano. Lo sostuve con más fuerza, sintiendo cómo la sangre que seguía manando se adhería a mi ropa, tiñéndolo todo de un rojo oscuro, pegajoso y cálido. Era la última huella de su vida, y no podía soltarla.

Las lágrimas seguían cayendo, recorriendo mis mejillas en torrentes incontrolables, mientras un sollozo tras otro escapaba de mi garganta.

Entonces, escuché la voz de papá en mi oído.


"¡Louis! ¡Louis! ¿Están bien? ¡Vamos para allá! ¡Manténganse a salvo, no hagan nada estúpido! ¿Me oíste? ¡Louis! ¿Devon está bien?"