Capitulo 1 - La Visita Divina
En las vastas y desoladas llanuras de la mente del más grande hechicero, cuya piel cálida evocaba la riqueza de la canela, se presentó una figura divina. Durante tres días consecutivos, cada vez que el hechicero abandonaba el mundo terrenal a través de la meditación, esta entidad celestial regresaba a su lado. Entre conversaciones profundas y silencios cargados de significado, la figura lo desafiaba con ideas de belleza y perfección inimaginables. Inspirado por esta interacción, el hechicero tomó la decisión de crear algo que estuviese a la altura de semejante ser, una obra capaz de trascender los límites de la existencia y tocar lo eterno.
Casi instintivamente supo cuál sería su primer destino. Ante él se extendía un árido desierto, cuya vastedad parecía borrar los límites del mundo. En el corazón desolado del mundo se alzaba la entrada a una red de túneles y cavernas enrevesadas, un laberinto donde todo se volvía un concepto difuso.
El hechicero pasó semanas allí, vagando sin rumbo. A cada paso, enfrentaba desafíos y bestias que parecían materializaciones de su propia mente desordenada, se encontraba tan perdido en las cuevas como en él mismo, atrapado en pensamientos sobre aquella figura divina. Su recuerdo lo atormentaba y lo inspiraba por igual, llenando su ser de un anhelo desesperado por encontrar propósito.
El cansancio y la sed comenzaron a agotar su voluntad. La búsqueda, antes un sueño vibrante, ahora parecía un sinsentido. “Jamás seré merecedor de algo tan hermoso como lo que deseo,” pensó, dejando que la duda ensombreciera su alma. Sin embargo, un susurro persistente de su propia experiencia lo impulsó: si algo podía concebirse en la infinita potencia de la imaginación, entonces debía existir aunque fuese en el rincón más desolado de la realidad.
Cuando renovó su esperanza, el laberinto respondió. Un tenue brillo dorado surgió en la distancia como un símbolo de que su fe no había sido en vano. El final del laberinto se presentó ante él como una caverna colosal rebosante de vida: plantas extrañas se aferraban a las paredes húmedas, y la roca estaba cubierta de líquenes que despedían una luminiscencia suave. En el centro, un ámbar inmenso iluminaba el lugar, irradiando una luz cálida que parecía abrazar al hechicero.
Dentro de esa joya milenaria yacían los restos de criaturas de tiempos olvidados, preservados con una perfección casi sobrenatural. Cada fósil era un vestigio de vidas pasadas, agarró dos fragmentos de ambar cargados de un testimonio de la belleza y la sabiduría que alguna vez florecieron. Contemplar los fragmentos era como mirar directamente al alma de la creación misma.
Mientras el árido viento del desierto movía la capa del hechicero, dejando entrever su ropa casual encima de su armadura negra y un bolso de cuero donde guardaba el ámbar que consiguió, una figura femenina y conocida emergía entre la arena flotante. Su voz cortó el susurro de la arena como un hacha.
—Niel, ¿Qué crees que estás construyendo? ¿Algo digno de los dioses? ¿Por qué crees que esa figura divina regresa solo a ti? Tal vez lo que vio fue desesperación —dijo, con un tono frío que mezclaba burla y amenaza.
Niel reaccionó de inmediato, alzando una mano y chasqueando sus dedos donde surgirían hilos dorados antes de invocar una corriente de viento que levantó una cortina de arena entre ambos mientras los recuerdos de lo que fue su más grande compañera de aventuras inundaban su cabeza.
—¿¡Lucy Alighieri!? ¿Qué carajo haces aqui? —respondió serio, mientras retrocedía un paso.
La figura de Lucy no titubeó. A través de la cortina de arena, emergieron cadenas blancas y puras que parecían moverse por voluntad propia, extendiéndose hacia él como serpientes por el aire buscando devorarlo. Salían de la túnica negra de Lucy, adornada de cruces doradas que brillaban ante el sol del desierto. Antes de que Niel pudiera reaccionar, sintió algo frío y pesado enrollándose alrededor de su brazo izquierdo, obligándolo a tambalearse, perder el equilibrio y caer al suelo.
Lucy avanzó con decisión, desenvainando su espada bendita con una hoja reluciente y grabados antiguos en su hoja hechos para luchar contra almas oscuras como acostumbraba a hacerlo desde que se volvió la cazarrecompensas más famosa que tenía la iglesia.
—Ya no hay escape demonio —dijo mientras levantaba la espada contra su cuello.
Pero Niel no perdería la calma. Esquivaria por apenas unos centímetros el primer golpe antes de empezar a forcejear —Eras la promesa de nuestro pueblo y ahora ¿!¡Eres el perro del Vaticano!?— Le decía Niel con ira y sorpresa —¡Estás encadenada como esas asquerosas cruces que cargas!— De su pierna surgirían hilos dorados que se movian como raices vivas por todo su ser. Con una mirada de decepción lanzaría una patada desesperada de la que saldría una ráfaga de aire cargada de energía que los envolvió a ambos, rompiendo las cadenas y lanzando a Lucy con fuerza por los aires. Cuando se levantó, Niel ya no estaba frente a ella.
Con un destello de asombro y rabia, Lucy giró sobre sí misma y lo encontró en su espalda sosteniendo las dos joyas amarillas de la cueva frente a ella. Por un instante, la inmensa belleza de las gemas la dejaron inmóvil y perdida en si misma.
Niel recuperó el aliento, jadeando mientras sus ojos oscuros se clavaban en los de ella.
—¿El vaticano me está buscando? Qué novedad… —murmuró antes de girar sobre sus talones y correr lejos del lugar, desapareciendo entre las dunas.








