El faraón
Era un día caluroso en la hermosa y exuberante Menfis. El viento traía un placer reconfortante a toda la gente que esperaba una buena crecida del Nilo. Mientras la ciudad se revolvía en medio del bullicio por las idas y venidas de todos los hombres bajo la bendición de Nut, sin saber que eran observados a lo lejos por un ser de naturaleza tan divina como mortal. Sumido en sus propios pensamientos, el faraón Neferkare Pepi tamborileó los dedos de una mano sobre la baranda de roca maciza en la que halló una pieza de ostracon. Leer su contenido le sacó una sonrisa traviesa que pocos serían capaces de vislumbrar.
Los cabellos de la peluca sobre la cabeza del faraón revolotearon cuando se giró al oír joyas tintineando, adivinando que se trataba de su madre puesto que era la única mujer que podía entrar sin anunciarse y la saludó entornando su mirada de ojos oscuros con una evidente alegría.
El hombre deslizó aquél trozo de cerámica al lugar en el que lo encontró, le dio la espalda a la ciudad y caminó hacia su madre, quien tenía una expresión imposible de ocultar, ya que las gruesas cejas negras, que enmarcaban unos ojos iguales a los de su hijo, se arquearon al solo verlo. Su enjuta apariencia, más pequeña que la de él, la hacían parecer débil y sumisa; sin embargo, de eso poco podía relacionársele a ella: la gran madre del rey, Anjesenpepi.
El viento y el polvo quedaron atrapados entre las cortinas, como las palabras que quisieron salir de su garganta al ver a su hijo de nuevo así; divagando e ignorando las responsabilidades que tenía sobre él.
Previendo la tormenta que se le venía encima, el faraón invitó a la mujer a ponerse cómoda en su habitación para conversar. Ella estuvo de acuerdo, dando un asentimiento que movió los mechones de su peluca negra. Ésta la llegaba a los hombros y se ajustaba con una cinta blanca alrededor de su cabeza.
Descansando en una mesita de madera había una vasija de alabastro y vasos, que el más joven señaló con la mirada, ofreciéndole a su visitante un trago de cerveza al cual se negó, tomando las manos de él para que la mirara a los ojos con aire serio, causando que su hijo sintiera una repentina curiosidad por ver si ella comenzaba o no con sus típicos regaños.
—Pepi, tenemos que hablar.
—Madre, ¿qué te ha traído aquí con esa cara tan afligida?
—Estaba preocupada, como siempre. Hijo mío, te la pasas perdiendo el tiempo y descuidas los ardides bajo tus ojos.
El faraón hubiera querido reírse en ese mismo instante al descubrir que su madre no cambió una sola palabra de sus repetidos discursos, pero algo de calma tenía que brindar a ese afligido corazón y respondió con su más sincero tono de voz:
—¿Qué dices? Es el momento más pacífico del reino. Deja de preocuparte por nimiedades y acompáñame a disfrutar de este momento perfecto para imaginar lo que los exploradores de tierras lejanas estarán viendo.
La mujer entrecerró sus ojos, incapaz de comprender sus pensamientos juveniles. Era posible para ella pasarlos por alto cuando era niño y estaba cargando el peso de su pueblo en los hombros, pero ya estaba crecido y se comportaba como si los problemas fueran incapaces de alcanzarle.
—¿Cómo puedes decir eso? Incluso cuando ya se hizo público que alguien se escabulló dentro del palacio anoche sin que nadie lograra detenerlo. Lo siento mucho, hijo, pero insisto en que estás en peligro.
—Eso es imposible, madre. ¿Quién podría entrar sin ser notado? Son solo invenciones del chaty, que quiere aumentar la seguridad a mi alrededor. ¿Qué clase de rey sería si para dar un simple paso bajo mi propio techo necesito que diez soldados lo hagan por mí antes…? Te aseguro que no tienes de qué preocuparte, madre —finalizó con una sonrisa presumida y poniendo las manos sobre los tensos hombros de ella—. Además, no olvides que soy un dios.
La mujer trató de mantener la serenidad de su expresión, pero fue imposible. Tan fea se puso su cara al arrugarse ante aquella afirmación, que su hijo se retractó en silencio y se aclaró la garganta antes de cambiar el tema.
—¿Hay algo más que quieras de mí?
—Tienes audiencias hoy y el chaty necesita que te presentes, pero, como ordenaste no ser interrumpido, ¿siquiera se atreve a desobedecer?
—Y es por eso que te mandó a ti, ¡qué viejo molesto es el tío Djau! —se quejó, frunciendo el ceño para luego suspirar, decaído—. Saldré pronto. Llama a las mujeres para que me arreglen. Quiero verme especialmente imponente hoy —finalizó mientras hacía girar un anillo de su dedo.
La mujer asintió, obediente, luego se giró y rogó mentalmente a Isis que la ayudara a hacer entender a su hijo el peso de sus responsabilidades.
Ese año, el faraón había alcanzado los dieciocho años de vida, de los cuales, más de la mitad se la pasó gobernando al heredar prematuramente el trono de su hermano mayor. Sería mentira pensar que fue fácil para él asumir esa responsabilidad en la dulce infancia, pero su madre se encargó de regir a su lado y mantener el poder hasta que pudiera conducirlo él mismo.
El joven faraón bufó y sopló un mechón de cabello que cayó sobre su cara. Estaba molesto, ya que era perseguido por todo el mundo como si se tratara de un bebé recién nacido, aunque la realidad era que estaba bien crecido. Era todo un adulto, tenía una hija y, lo peor de todo, era que hasta había enviudado.
Se sentó en su silla de cuero con patas que asemejaban a las de un toro cuando las mujeres que esperaba, entraron haciendo sonar música mientras otras se dedicaron a acicalarlo, preparándolo para salir en público. Eso le mejoró el humor, pues las muchachas jóvenes le sonreían con picardía mientras lo masajeaban y aceitaban, perfumándolo también para que su presencia opacara a los demás y asombrara a todos. Pepi era muy vanidoso y le gustaba dejarlo en claro cuando se presentaba ante el público ahora que ya no era un niño pequeño que solo provocaba lástima.
Reinar a la edad de siete años no fue un evento feliz. Era tan pequeño que ni siquiera recordaba a su padre. Especialmente porque nació un par de años antes de que este muriera y su figura paterna la ocupó su hermano mayor, Mentiensaf, quien desafortunadamente también partió demasiado pronto de ese mundo para presentarse ante Osiris, juez y rey de los muertos.
Esos tiempos fueron terribles, llenos de oscuridad y confusión como si el mismísimo dios Seth dejara caer una maldición sobre su familia. Ya que, aunque su hermano se casó con dos princesas, quienes también eran sus medias hermanas, solo logró concebir a una hija antes de fallecer, provocando que el siguiente en la línea de sucesión fuera Pepi.
Al convertirse en el nuevo faraón, se vió obligó a tomar a ambas mujeres para sí mismo y, cuando creció, logró concebir junto Iput, la mayor de sus esposas, a una niña cuyo complicado nacimiento causó la muerte de su madre. Eso originó no solo otra gran tristeza en él, sino que, al ser esa bebé su única progenie, la corte no dejaba de atosigarlo para que tuviera un heredero varón con su segunda esposa y nueva reina, Neith, quien por fortuna ya estaba esperando un bebé. Temiendo ser el último de su dinastía, Pepi tenía todas sus esperanzas puestas en que fuera varón y rezaba todos los días a Tueris para que todo saliera bien el día del nacimiento, para así descansar de la preocupación referente a la sucesión.
Obligándose a sí mismo a despejar su mente, Pepi finalmente estuvo listo para presentarse a la corte y se puso en marcha con su séquito —conformado por las damas khener y algunos guardias— hacia la sala del trono, donde la gente lo esperaba desde hace horas. ¿Eso le importaba? Muy poco, pues él era el faraón y todos sus súbditos le debían respeto y obediencia absoluta al ser un dios. Sin más, tomó asiento y la gente pudo alzarse un poco hasta que dio la orden de que levantaran sus miradas hacia él. Fue ahí que se dio cuenta de que sólo una de las personas presentes para la audiencia real era de su agrado y, sin pensarlo, apartó a los primeros en la fila para señalarlo a él.
—¡Herkjuf, viejo amigo! ¡Qué las bendiciones de Ra caigan siempre sobre ti! No sabía que estabas de regreso. De tan lejos has venido que no dejo de pensar que mis ojos me engañan al verte ante mí.
—Su Majestad Neferkare — el hombre lo saludó formalmente con su nombre de coronación—. Su humilde servidor aún tiene vida para ofrendarle. Grata sorpresa me llevo al ser recordado como amigo.
Herkjuf era un hombre tan viejo que poseía canas bajo la peluca negra que adornaba su cabeza. Era raro ver a gente de su edad pero, precisamente gracias a esta rareza, conoció no solo al hermano de joven, sino también al padre de ambos. Era un hombre robusto, marcado por el sol y las arrugas cubrían su piel bronceada después de años de viajes en nombre de su majestad. Su expresión era muy agradable y su sinceridad resultaba genuina por lo que su presencia no inquietaba mucho a la corte, pero sí la ofendía al ser menospreciados tan abiertamente por la evidente preferencia que el joven faraón demostraba por alguien que solo transportaba bienes de aquí para allá.
—¡Tus historias y aventuras en el lejano país de Kush siempre me han entretenido! ¿Cómo olvidar esa simpatía que me prodigabas? Pero tan extraña me resulta tu presencia, ¿no deberías dejar de lado las expediciones largas y dedicarte a descansar? Mucho se te ha recompensado por los servicios a tu señor, ¿piensas dejarme en vergüenza acaso? —bromeó el faraón, más el otro negó con un gesto.
—En esta ocasión traigo noticias, pero no sé si Su Majestad querrá oír otras más agradables antes que las mías —aclaró Herkjuf con un tono de voz más calmado pero, en cuanto el faraón se llevó los dedos a la barba falsa, su invitado golpeó las palmas y una mujer apareció tras él.
Era una joven de ojos oscuros y piel morena exquisita, del mismo tono que la del faraón. Llevaba un vestido al cuerpo, con relucientes adornos de oro que demostraban que no era una simple plebeya ni una esclava. Sobre su cabeza, ataviada con una peluca de tres mechones grandes bien separados que llegaban hasta sus hombros, había un adorno con perfume que hacía que su presencia fuera aún más notoria por el dulce aroma. Ella le hizo una leve reverencia y bajó sus largas pestañas como un saludo coqueto, dejando ver el maquillaje turquesa que enmarcaba sus ojos, además del mesdemet.
Observándola, Pepi consideró que era una auténtica belleza, que no se parecía en nada a las mujeres del sur. Más bien, la joven lucía como las elegantes damas egipcias que podrían verse en el palacio, por lo que el faraón se sintió un poco intrigado, devolviéndole la mirada a Herkjuf que estaba orgulloso de la buena impresión que la mujer causó.
—Claramente también traje compañía para Su Majestad, que ya no está en edad para juegos…
Pepi parpadeó unos momentos y luego sonrió. Era obvio lo que Herkjuf estaba sugiriendo y, con un gesto de la mano, ordenó que la mujer fuera apartada del montón para dirigirla al interior de la residencia real, como era costumbre cuando recibía ese tipo de obsequios.
Tras ello, Pepi debió comportarse más seriamente pues su tío, el chaty, comenzó a hacerle señas de muy mal humor. Así que regresó su atención a los nobles que venían a quejarse de lo mismo de siempre: la sequía del año anterior, la mala calidad de la cosecha que no les permitió alimentos suficientes, descontento e historias de inseguridad en los caminos de los oasis. Todo eso se repetía, más o menos, de la misma forma hasta que el faraón se hartó y encargó a su tío que resolviera esos asuntos, por considerarlos innecesarios de su atención.
Pepi se limitó a ordenar a un sirviente que su viejo amigo lo siguiera y se alejó de la sala del trono ante la inquietud de su madre, su tío y hasta de la esposa real, que observó todo con la boca abierta de la impresión.
Herkjuf fue llevado a otra sala más cómoda, llena de sillas y cojines que, si no estaban libres, eran ocupadas por hermosas damas que tocaban unos instrumentos musicales capaces de aligerar el corazón. El faraón hizo un gesto para que las mujeres los atendieran, sirviéndoles cerveza y dátiles en bandejas de bronce. También pidió que le quitaran los adornos excesivos, como la corona y la barba falsa, que fueron regresadas a sus estancias privadas de inmediato.
—Come bien, viejo amigo, y llénate de energías para contarme de cosas más interesantes. ¿Navegaste hasta los límites otra vez? ¿Viste algo impresionante? No dejo de pensar en las locuras que imaginaba en mi niñez cuando me contabas sobre los hipopótamos en el río, intimidándote con sus fauces cuando solo bostezaban —se burló.
El otro agradeció profundamente sus atenciones, aunque su expresión se mantuvo preocupada, por lo que, ni esforzándose, el faraón pudo mantener el buen humor.
—Las cosas están muy mal: la sequía avanzó de nuevo y la inundación no fue tan buena como aquí en el norte. Me temo que las cosechas reflejarán mejor el estado de las cosas.
—Ah, no te preocupes. En los silos reales habrá suficiente para el pueblo.
—Eso espero…
El muchacho intentó no enojarse por esa falta de respeto hacia su palabra y se bebió de un trago la cerveza de espelta.
—Dices que las cosas están mal, pero aún te sobra tiempo para recolectar jovencitas… —intervino, con el fin de cambiar el tema a algo más divertido—. Incluso preferiría alguno de esos pequeños danzarines como el que me trajiste cuando era niño —admitió y el otro se acarició el mentón.
—Lo recuerdo muy bien. Hasta me mandó una carta para que lo cuidara en el camino de regreso —comentó con una sonrisa llena de nostalgia—. Pero no me malinterprete. Esa muchacha es la hija de un amigo, quien me la encargó hace mucho tiempo. El padre desapareció y no quiero que ella sirva en una casa, por lo que le di buena educación, y creo que a Su Majestad le agradará su presencia en su harén.
—Ah, el harén… Existe, pero no lo he tocado. Me inquieta tener que tomar mujeres que eran de mi hermano.
—Esta será exclusivamente de usted, ¿no le alegra más?
—Podría considerarlo —apuntó pero luego entrelazó los dedos y se inclinó hacia adelante—. Ya que estamos tocando temas tan interesantes… ¿La guardia que envié para deshacerse de los invasores volvió contigo?
—¿La guardia? ¿Se refiere al ejército del mismísimo general? ¡Claro que sí! Ya me inquietaba tener semejante protección. Ellos deberían estar pisándole los talones al rey y no a mí.
—Tienes razón, supongo… —rió quedamente mientras se levantaba—. Disfruta de estas bendiciones de Hathor para ti. Ahora debo retirarme —se explicó y salió de allí tan rápido como llegó.
Caminó por los pasillos, seguido de sus guardaespaldas, a los que ordenó que lo dejaran solo. Cruzó las puertas a sus habitaciones privadas y se preguntó si la persona que llamó su atención la noche anterior era quien creía… Tal era la conmoción de su corazón por volver a contemplar aquellos ojos claros como los campos de espelta que, rodeados del sombreado oscuro, realzaban su mirada al punto de hacerlo desfallecer.
Durante la noche creyó escuchar su voz en sueños y se escabulló por el palacio tratando de seguir el susurro etéreo de su voz. Estaba tan ansioso que no mantuvo el suficiente sigilo y despertó sospechas en los guardias, que morían de preocupación por la seguridad del rey a raíz de la entrada del merodeador. Pero el problema era que aquella sombra que serpenteó entre los pasillos del palacio… siempre fue él.
Ataviado con sus mejores joyas que resonaban por su paso veloz, giró en una esquina sin prestar atención hasta chocarse cara a cara con la persona que le robaba el sueño y el aire. Se miraron de arriba abajo, con el aliento cálido golpeando su piel, sintiendo el alivio de verse otra vez y no tardaron ni un segundo en unir sus labios en un apasionado beso, que provocó una tormenta en el cuerpo de los dos. Pepi terminó chocando contra el muro, decorado con escenas hermosas de animales salvajes y árboles de coloridos frutos, mientras era tocado sin compasión por las manos grandes y callosas de quien también estuvo esperando ansioso el día de su reunión. Se separaron para recuperar la respiración, acariciándose la piel con lentitud, solo para asegurarse mutuamente de que estaban de nuevo juntos.