SOLO UNA UNICA DE VEZ
―Pregúntame dónde quiero pasar mis vacaciones, o tal vez mis últimos días, si fueras tú quien decidiera cuando dejara de respirar―. Esa última frase la dijo tan cerca de mis labios que por un momento me tenté a besarla, sin prestarle atención a lo que decía. La palabra “decidiera” voló por toda mi cabeza como un satélite; no sé, si tal vez ella era ¡imposible! Siempre fui cuidadoso, nunca sería tan estúpido como para que se diera cuenta.
Tengo que mantener la calma; mejor sigo la «Agente Jenuary, no pierdas la cabeza», pensando para mí mismo.
―Ya la perdí.
― ¿Qué perdiste, Ren? ―apenas oí su tono de preocupación. Despierto de mi trance ¿Pensé en voz alta? — ¿Perdiste algo en la playa? Dime que te ayudo a buscar por toda la ciudad si es estrictamente necesario. ―Suelta una pequeña risa por debajo, nunca me cansaré de ver ese colmillo torcido. Me apresuro a responder.
―Tranquila, Dido, no es nada. ―Tengo que desviar su atención. Tomo su mano. ― Ahora cuéntame, ¿dónde irías de vacaciones? ― Mala idea tomar su mano; estoy inquieto, mi pulso se va a reventar.
Ella toma un poco de aire, sonriéndome con sus llamativos ojos de miel. No sabes cómo mi corazón hace lo posible por no cumplir con la misión. Peleo contra la razón y el ser como quisiera que bailemos esta noche mientras tomamos vino; hazme olvidar el presente y envíame a otra realidad. Una parte de mí quiere irse, pero otra quiere quedarse; una parte se quiere tirar de esta terraza, mientras la otra quiere empujarte y caer contigo. No sabes cómo se sienten los gélidos de mi alma; mis entrañas se retuercen cada vez que abro el maletín y veo lo fácil que es terminar con todo esto. Su forma extraña se adapta a mi mano con el mango negro que combina con mis botas. Dido, que no soy digno de decir que te amo. ¿Sabes por qué? Porque no he dejado de ver ese punto rojo en tu corazón; únicamente queda una señal mía. Dejaré que me cuente antes de que me dejes de contar.
―Donde sea que pueda fundir mis pies en la tierra, llenarlos de eso que no tiene la ciudad y le hace falta, donde pueda escuchar el latido de mi corazón o dos. Un cielo despejado o lleno de nubes; tal vez una lluvia me caería bien para escurrir las telarañas de mi cabeza…
―¿Y qué más? Sé que eso no termina ahí. ―Mis ojos tratan de desplazarse a otro lado que no sea el punto rojo.
― Dentro de una cabaña lejos de lo conocido donde podamos volvernos locos, gritar, reír, llorar y hacernos preguntas estúpidas, bueno, lo que es considerado estúpido. Por la noche, acercarnos a la chimenea, admirando cómo las partituras son hechas cenizas, igual que la tensión. Amo componer; hagamos una composición juntos. Allá en los Andes quiero sentir el abrazo del alba, el silbido de los árboles y su juego de cartas; nacer con el reverdecer del campo. Dame un pellizco si estoy soñando o un poquito de la pizca…― De un momento a otro su mano pasó desde mi pierna, recorriendo mi brazo, cuello, llegando a mi nuca; antes que yo dijera nada, se sentó en mis piernas. ― Brindemos con veneno en copa de oro con bordes de diamantes, por la vida que soñamos hacer o la fantasía que me invento, evitando ir al cementerio.
Todo pasó tan rápido y a su vez en cámara lenta; sus ojos me hipnotizaron, el aroma de su cuello terminó de embriagarme todo el tiempo que no me dio tiempo de reaccionar, su mano en mi cabello, los escalofríos en mi cuerpo con el calor de su cuerpo es adictivo. Solo hay un detalle incómodo y es el frío cuchillo en mi abdomen sujetado por su mano. Estoy rendido, es un alivio que haya sido Dido, pero me hubiera gustado ver su rostro y no su espalda.
Espero que en otra vida las palabras que me dijo, sean olvidas. Es mi castigo por amar a un ser indomable como el viento y abrazador tal fuego carmesí.
— Te odio Ren.