Viaje de empresa [+18]

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Summary

Beatriz Dumont es una mujer fuerte e independiente y apasionada por su trabajo, pero a lo largo de los años, ha enfrentado críticas por su apariencia, que no se ajusta a los estándares convencionales de belleza. Sin embargo, estas experiencias la han fortalecido, permitiéndole superar sus inseguridades y convertirse en una persona segura de sí misma. Por su parte, Alexander Herrera es un decidido hombre de negocios que no se detiene ante nada para alcanzar lo que desea, tanto en el ámbito profesional como personal. Su ambición lo ha llevado a lograr grandes éxitos, pero también ha creado a su alrededor una aura de intensidad que puede resultar intimidante para quienes lo rodean. Cuando ambos se encuentran, la atracción entre ellos es innegable, pero Beatriz lo ve como un hombre superficial, carente de profundidad más allá de lo profesional, mientras que Alexander cree que Beatriz se dejará dominar por él, como todas las mujeres que ha conocido. Sin embargo, un viaje de trabajo les brinda la oportunidad de conocerse en otros aspectos, explorando sus emociones y lo que realmente necesitan el uno del otro. ¿Lograrán encontrar un equilibrio entre sus personalidades opuestas y construir algo significativo juntos?

Status
Complete
Chapters
56
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5.0 10 reviews
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18+

Cap · 01


El amor no era para mí. O al menos eso era lo que me repetía cada vez que me miraba al espejo y veía una talla 44 en un mundo que parecía diseñado para las mujeres de talla 36.

A mis 24 años, había aprendido a concentrarme en lo que realmente importaba: mi carrera. Y cuando acepté el puesto de mánager de Marketing, en Prime Capital Partners, supe que era la oportunidad perfecta para demostrar mi talento.

Pero lo que no esperaba era que mi jefe me hiciera cuestionarlo todo. Y es que la primera vez que vi a Alexander Herrera, olvidé hasta cómo respirar.

Entró en la sala de reuniones con la confianza de quien sabe que el mundo le pertenece. Alto, con la piel bronceada, el cabello castaño con reflejos dorados y unos ojos azul celeste que parecían leer cada uno de mis pensamientos. Impecable en su traje a medida color gris, con corbata negra, demostraba poder y arrogancia en partes iguales.

No debería importarme su apariencia. No debería haberme afectado. Pero cuando su mirada se cruzó con la mía, sentí una corriente eléctrica recorrer mi espalda, que aún me cuesta procesar.

Aunque yo sabía muy bien que no era posible nada entre los dos, porque sabía que solo salía con modelos. Mujeres de piernas interminables, de cuerpos esculpidos y sonrisas de portada de revista. Una chica como yo, de 1.59 de estatura, no tenía cabida en su vida perfecta.

Sacudí la cabeza, alejando esos pensamientos de mi mente, forzándome a concentrarme en la presentación que había preparado, que era lo que más me importaba en estos momentos.

—Beatriz, excelente trabajo —dijo Miguel, el jefe de Recursos Humanos y respiré aliviada porque al menos alguien valoraba mi esfuerzo. Pero entonces, Alexander habló.

—Interesante. —fue lo que dijo y me ilusioné poco, porque yo sabía que no era lo mismo un excelente que un interesante, de eso estaba segura— Hay cosas que quiero revisar contigo. Ven a mi despacho.

Mi estómago se encogió al escucharlo decir eso. Genial. No llevaba ni dos semanas en la empresa y ya iba a ser interrogada por el jefe supremo.

Lo seguí por el pasillo, tratando de ignorar la forma en que su espalda ancha se marcaba bajo la tela de su traje. Concentración, Beatriz. Esto es trabajo. Solo trabajo. Deja de mirarle el culo al jefe.

Cuando entramos a su oficina, me indica que tome asiento, él se dirige a su enorme escritorio para sentarse frente a mi. y, sin rodeos, comenta:

—Sé que apenas nos vamos conociendo, porque empezaste en la empresa y yo estuve de viaje dos semanas, pero debo decirte que, a pesar de ser una muy buena presentación, me gusta el 80% de lo que has presentado. Y quiero que te quede claro que yo siempre busco resultados que superen el 120%. —mi ceja se arqueó automáticamente.

—El 120% no existe. —Alexander entrecerró los ojos, como si mis palabras fueran un reto.

—Por eso estoy aquí. Para asegurarnos de que exista. —su comentario hace que separe la espalda de la silla, con la sangre hirviendo por mis venas.

—Con todo respeto, lo que presenté está basado en análisis y tendencias del mercado. No en preferencias personales. —sus labios se curvaron en una leve sonrisa.

—Eres testaruda.

—Me gusta defender mi trabajo. Pero tú eres el jefe, y si quieres cambios, los haré. Aunque no esté de acuerdo.

—Me gusta la gente que defiende sus ideas. Pero también me gusta la gente que sabe cuándo ceder.

—Si buscas a alguien que solo diga “sí, señor”, tal vez deberías contratar a otra persona.

Alexander se inclinó sobre el escritorio, con sus ojos clavándose en los míos con una intensidad peligrosa, que no puedo negar que me atraía sobremanera.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Qué busque a otra persona? —por un segundo, mi corazón se detuvo. ¿Me estaba poniendo a prueba? ¿O realmente consideraba despedirme? No, no iba a dejar que me intimidara.

—Quiero un ambiente donde mi trabajo sea valorado. Si eso no es posible aquí, entonces sí, quizás deberías buscar a alguien más. —un tenso silencio se instaló entre nosotros. Luego, Alexander se recargó en el respaldo de su silla y esbozó una sonrisa.

—Me gusta que tengas carácter. —mi mandíbula se tensó.

—Me parece bien, pero a mí no me gusta que se ponga en duda mi trabajo solo para hacerme probar algo. Si quieres que cambie algo, dilo. Pero no juegues conmigo. —Alexander me mira fijamente, como si evaluara cada palabra que acababa de decir.

—Créeme que no quiero jugar contigo, Beatriz. Solo quiero que sepas quién manda.

Nos quedamos mirando unos segundos, yo intentando calmar mi furia contenida, y él demostrando quién es el más fuerte aqui. Hasta que finalmente él rompre el silencio…

—Entonces, ¿te quedas? —me pregunta atento. Lo hago esperar unos segundos para luego responderle...

—Por ahora, sí. Pero estoy en período de prueba. Y créeme, también te estoy evaluando a ti.

Por primera vez en toda la conversación, algo en su expresión cambió. ¿Sorpresa? ¿Diversión? No lo sabía. Pero lo que sí supe era que su sonrisa, cínica y peligrosa, prometía problemas.

—Me parece justo. —me levanté y me dirigí a la puerta, sintiendo su mirada en mi espalda.

—Bienvenida a la empresa, Beatriz.

No me giré. Pero mientras salía de su oficina, supe que había cometido un error. Porque aquello ya no era solo trabajo. Y ese hombre... era un problema en toda regla.

¡Qué hombre más exasperante! Lo que tiene de atractivo y carismático, lo compensa con su arrogancia y prepotencia. Es el típico macho alfa que cree que, por ser guapo, todas caeremos a sus pies. Estoy segura de que así sería si no fuera tan insufrible.

Debe tener una novia con cuerpo de modelo, malcriada e insoportable. Y está claro que yo nunca estaría entre sus preferencias. No eran de los que se fijaban en una mujer talla 44.

Y es que no soy la típica chica delgada y con un cuerpo de infarto. Más bien soy rellenita y curvilínea. Y a pesar de haber tenido mis altibajos emocionales con ese tema, me he dado cuenta de que es mejor aceptarme como soy y no dejar que los cánones de belleza me impongan su voluntad.

Afortunadamente las cosas van cambiando en ese aspecto y ahora puedo encontrar ropa adecuada para mi talla y sentirme sexy, profesional y elegante. Yo abrazo mis curvas y las resalto para sentirme guapa y con eso soy más que feliz.

Aunque la rabia que me hizo sentir en su despacho ha hecho que mi lívido decaiga un poco, solo un poco, porque el muy canalla sigue estando muy bueno y sé que él lo sabe.





Esa noche, mientras estaba recostaba en mi cama, repasé cada palabra de nuestro encuentro. Me negaba a creer que alguien como él pudiera siquiera notar mi existencia más allá de lo profesional. Pero entonces, ¿por qué sentía su mirada en mi piel como si aún estuviera en esa oficina? ¿por qué mi corazón latía con tanta fuerza?

Me repetía a mí misma que me bajara de esa nube porque no podría ser real nada de lo que me estaba imaginando. Yo no estaba en su liga y eso debía aceptarlo pronto si quería seguir concentrada en mi trabajo y no en esos ojos azules de infarto.

El teléfono vibró a mi lado, sacándome de mi momento reflexivo y veo en la pantalla que se trata de un mensaje de Mariana Johnson, mi mejor amiga.

[¿Sobreviviste al jefe supremo? ¿O ya estás buscando otro trabajo?] —ella sabía que hoy sería mi presentación con él y que era importante para mi.

[Sobreviví... por ahora.]

[Ten cuidado, ya sabes que dicen que los hombres en ese tipo de empresas son unos tiburones.]

[Y yo sin saber nadar]

[No necesitas nadar si llevas un arpón.] —sonreí.

[Entonces préstame uno, porque estoy segura de que lo voy a necesitar muy pronto.]

[Mejor te vienes mañana a mi casa y lo discutimos como se debe. Con un vinito.]

[Hecho. ¿Pizza incluida?] —le respondo de inmediato.

[Siempre]

Dejé mi móvil sobre la cama y cerré los ojos, suspirando. Sabía muy bien lo que me trataba de decir Mariana y estaba segura de que el problema no era que mi jefe fuera un tiburón. El problema era que, de alguna manera, ya me estaba arrastrando al agua.





Al día siguiente, mis compañeros más cercanos no paraban de preguntarme qué me sucedía, porque había arrancado el día de muy mal humor y en las dos semanas que llevo en la empresa ese no había sido mi estado de ánimo natural. Debo dejar de ser tan transparente con mis sentimientos.

Intenté evadir la pregunta, pero llegó un momento en que no pude más y decidí desahogarme con Marta Serrano, la diseñadora de la empresa, y con quien he trabajado más estrechamente desde que llegué, porque trabajamos en el mismo despacho.

—Tuve un problema con el jefe —le confesé.

—¿Y eso? ¿Qué pasó? —me preguntó, interesada dejando su taza de café sobre el escritorio.

—Lo que le presenté ayer no le gustó y lo destrozó por completo. Me dijo que si no hacía lo que él decía, mejor me fuera porque iba a buscar a alguien más. ¿Puedes creerlo? — Marta soltó una carcajada antes de dar un sorbo a su café.

—Ay, amiga, bienvenida al club de los favoritos del jefe.

—¿Favoritos? ¿No entendiste que destrozó mi trabajo?

—Sí, lo entendí. Pero eso lo hace él con las personas a las que ve potencial. Preocúpate cuando no te mire.

—Pero, a ver, no entiendo. ¿Qué manera tan loca es esa de trabajar?

—La manera “Alexandriana”. A casi todos nos ha pasado lo mismo, y a los que no les hace caso, pronto los despide. Es un poco temperamental.

—Neandertal querrás decir.

—Digamos que le gusta jugar con fuego y ver cuánto puedes aguantar. Porque, a pesar de que lo ves todo guapo y súper sexy, es un cabrón de cuidado. —suspiré y jugueteé con mi bolígrafo, perdida en mis pensamientos.

—Sí, ya me di cuenta. —Marta sonrió y dio otro sorbo a su café antes de continuar.

—Tranquila, sigue haciendo lo tuyo sin preocupaciones, porque seguramente te volverá a llamar, pero ya sabes a qué atenerte.

—No es muy cómodo trabajar así. Siempre a la espera de un regaño del jefe.

—Al principio es más difícil asumirlo, pero con el tiempo te acostumbras; créeme, yo he tenido que lidiar con eso un poco más tiempo que tú y aquí estoy.

Ella lleva seis meses trabajando en la empresa y tampoco ha sido fácil llegar a un acuerdo sobre lo que el jefe considera profesional en cuanto al diseño. Entiendo que para Marta es aún más frustrante, ya que el diseño es un campo de percepción y gustos personales. Y si al jefe no le gusta, es aún más complicado. Sin embargo, parece que han logrado entenderse y ella ha desarrollado una buena imagen corporativa con la que yo disfruto trabajar y a la que ayudo a mejorar con mis estrategias.

Marta ha sido mi guía en las cosas que no comprendo o que resultan novedosas para mí, en este campo de las finanzas en donde no me desenvuelvo con soltura, y nos hemos convertido en amigas rápidamente.

—Igual, no puedo creer que tenga tanto poder para hacer y deshacer el trabajo de los demás a su antojo. —dije— Para eso ha buscado profesionales en cada área, para que trabajemos en lo que sabemos y que él confíe en lo que hacemos.

—Por algo es el dueño de la empresa. No hay nadie por encima de él que le ponga un freno y eso puede afectarnos a todos llegado un momento. Pero aun así, los clientes lo aman porque sabe vender como nadie.

—Claro, porque nosotros hacemos todo el trabajo sucio.

—Exacto. Pero si logras entenderlo, aprenderás mucho de él. —rodé los ojos, incrédula.

—Ojalá pudiera ver las cosas de esa manera.

—Date tiempo. Ya le comentaste que ibas a quedarte el período de prueba. Si en ese tiempo vez que no puedes manejar la situación, será tu decisión si te quedas o te vas.

—Lo sé. Trataré de calmarme y ver cómo se desarrolla todo a partir de ahora.

—Me daría mucha pena que te fueras por eso. Eres muy buena en tu trabajo y sé que el jefe va a valorarlo tarde o temprano. Solo ten un poco de paciencia. —me dice Marta comprensiva y asiento con mi cabeza.

Después de nuestra conversación, debo admitir que me siento un poco más tranquila al saber que lo que hizo el jefe no fue algo personal contra mí, sino que lo hace con todo el mundo. Aun así, debo admitir que, a partir de ese encuentro inicial, me tomó unos días acostumbrarme a verlo pasar y que no se me revolviera el estómago de la frustración. ¿O era de la excitación?

Madre mía, solo espero que las cosas entre nosotros se desarrollen de manera cordial a partir de ahora, porque estaba segura de que si este episodio se repite, me iba a dar un infarto seguro. Mi corazón no ha dejado de latir y mis ganas de ver cómo recorre mi cuerpo con su mirada ya es una droga.

Pero ¿Qué demonios me pasa? Apenas han pasado unos días y ya estoy reaccionando a su mera presencia. No debería sentirme así, no después de la forma en que me trató. Y sin embargo, aquí estoy, repasando cada una de sus palabras, cada gesto, incluso la forma en que su ceño se frunció al verme. ¿Fue enojo genuino o solo parte de su juego?

Intento convencerme de que es simple atracción física, de que mi cuerpo está reaccionando a un hombre que, objetivamente, es atractivo. Pero hay algo más. Algo en su intensidad, en su manera de mirar, que despierta en mí una sensación de desafío. Como si, en el fondo, quisiera demostrarle que no puede doblegarme, que soy capaz de estar a su altura.

Sacudo la cabeza, tratando de despejar esos pensamientos. Lo último que necesito es enredarme en algo así. No con un jefe como él. No con alguien que, aparentemente, disfruta llevando al límite a sus empleados. Y mucho menos con alguien que, aunque me repita que detesto, empieza a colarse en mis pensamientos con demasiada frecuencia.

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XoXo

NB ✨