Parte I
Autora: MaddieSagita.
Fandom: InuYasha
Parejas: Kyo x Inusakuya.
Género: Tragedia.
Derechos: Los personajes de este fianfic no me pertenecen sino a Rumiko Takahashi.
Advertencias: Drama, Romance, AU, Genderbender, Sobrenatural, Muerte, Gore, Traición.
Clasificación: Mayores de 18 años de edad.
Aclaraciones:
Esta historia es una adaptación al Genderbender del especial de una hora de la serie animada InuYasha, el cual abarca los capítulos 147 y 148. Cabe destacar que este especial fue exclusivamente del anime.
Se encuentra dentro del mismo universo que Uncontrollable, Bride, Viajando contigo, Tomorrow, My Paradise, Festival escolar, Otra vida y Solo por ti.
Notas de la autora:
Sin comentarios. Solo lean y disfruten.
Quiero volver a comenzar
Cerca de tu bella frialdad
Quiero buscar pero no encuentro, no puedo
Quiero gritar para que escuches mi voz
MI corazón guarda un oscuro deseo
Quiere volver a ser raptada por ti
Aunque la rosas se mueran
Yo quiero estar junto a ti
Aunque el infinito encuentre su final
Quiero volver a respirar de tu cuerpo
Y recordar que estás hecho para mí
Ven, toma de lo prohibido y quédate aquí conmigo
Que la noche venga por los dos (toma mi amor)
Quédate aquí (bebe de mí)
Quiero probar (come mi piel)
Hasta saciar (es para ti)
Esta ansiedad (todo mi ser)
Siento poder (late por ti)
Nuestra pasión (mi corazón)
No tiene fin
Quiero detener el tiempo para no dejarte ir
Aunque el infinito encuentre su final
Quiero sentir de aquel calor de tus besos
Quiero beber de la pasión que hay en ti
Aunque las rosas se mueran yo quiero estar junto a ti
Aunque el infinito encuentre su final...
—Persefone, Nostra Morte.
Mi nombre es Kaede. Una anciana sacerdotisa que ha sobrevivido durante una época donde las guerras nunca cesan.
-¡Hermano! ¡Hermano Kyo!
Pero en ese entonces yo era solo una niña inocente que no sabía nada de peleas o guerras.
-¡Hermano Kyo!
El hombre que respondía al nombre de Kyo, miró por encima del hombro a la pequeña niña que subía corriendo la colina hacia su encuentro. Su gélida mirada y la rigidez de su postura no intimidaron a la que pequeña que sonrió al verlo y aceleró el paso.
-¡Hermano Kyo!
-No te acerques Kaede-ordenó, apretando el arco que sostenía en sus manos.
La niña se detuvo y miró con desconcierto a su hermano mayor.
-¿Eh?
Solo entonces reparó en la presencia de una sacerdotisa de vestimentas oscuras cuyo rostro le resultó extrañamente familiar.
-Esa sacerdotisa es...
-Hermano, ¿y esa sacerdotisa?
-Es la señorita Tsubaki.
"¡Es ella!"
A pesar de que se supone que desempeña el mismo noble labor que su hermano, Kaede no pudo evitar estremecerse cuando su aguda mirada se posó en ella.
-Así que ella es tu pequeña hermana, sacerdote Kyo.
El sacerdote dirigió una rápida mirada a su compañera, sin responder. Tsubaki abrió la boca con intención de agregar algo más cuando el cielo se oscureció repentinamente y un remolino de energía maligna se formó en el cielo.
-¿Estás seguro de continuar con esto? Soy perfectamente capaz de encargarme sola. Toma a tu hermana y llévala a un lugar seguro.
-No te preocupes por nosotros-respondió sin apartar la mirada del ejército de youkais que se dirigía hacia ellos.
-Vaya. Estoy impresionada, tu propia hermana podría estar en peligro y aún así prefieres quedarte.
Kyo decidió no responder a eso y tomó una flecha de su carcaj para ponerla en su arco. Detrás de él Kaede chilló asustada y se escondió detrás de una roca.
-¡Son demonios!
Antes de que uno de ellos lograra herirla, la flecha sagrada de su hermano lo hizo cenizas al igual que a todos los que estaban a su alrededor. Kyo ni siquiera parpadeó antes de girarse y apuntar hacia los demás youkais que los rodeaban.
"Increíble"
, pensó Kaede con admiración, observando a su hermano. Nunca se cansaría de maravillarse con el poderoso sacerdote que era Kyo, tan valiente y fuerte que con una sola flecha más acabó con todos los demonios que los habían atacado, sin darle siquiera la oportunidad a Tsubaki de pelear. La pequeña observó con orgullo los largos cabellos de su hermano balancearse con el viento a la par de las anchas mangas de su vestimenta mientras el cielo volvía lentamente a su azul natural conforme la energía maligna se disipaba, y distraída como estaba admirando a su hermano mayor, no vio el deseo que brilló por un momento en los ojos de la sacerdotisa Tsubaki.
-Tú eres un hombre muy frío-dijo ella de pronto y Kyo la miró-No, no eres un hombre. Eres definitivamente un sacerdote.
"En efecto"
, pensó él sin dejar de mirarla,
"vine al mundo con este gran poder dentro de mi, no tengo la menor duda de que me depara un gran destino y si quiero alcanzarlo no debo permitirme dudar por aquello que está fuera de mi mundo. Mi brillante camino siempre debe ser recto."
En mis tiernos ojos, mi hermano Kyo lo era todo. Pero yo no tenía idea del triste destino que le deparaba a mi hermano.
Kyo cerró los ojos y le dio la espalda a Tsubaki, caminando hacia su hermana menor, quien al verlo acercarse saltó fuera de su escondite y le sonrió. Ninguno fue consciente del viejo y pequeño demonio de araña que se encontraba encaramado en el cadáver de uno de los youkais derrotados, observando al sacerdote con rabia y ganas de venganza.
-¡Te maldigo sacerdote Kyo! Esto no ha terminado, ¡no todavía!
En otro lado, en lo profundo del bosque, un enorme youkai de un solo ojos y cuernos en la cabeza, derribó con furia los árboles mientras llama a la hembra que ha elegido para reproducirse.
-¡¿Dónde estás?!-rugió con furia-¡¿Dónde te metiste?! ¡Hembra hanyou!
-¡Aquí!-respondió una dulce voz que hizo al youkai mirar hacia el cielo, no lo suficientemente rápido para evitar que la hanyou le cayera encima con su ataque letal, partiendolo en dos.
-¡Garras de acero!
-¡WARG!
La joven de largos cabellos plateados y ojos dorados miró con lágrimas contenidas el cadáver del asqueroso demonio que pretendió reclamarla y lo pateó.
-Criatura repugnante...-sollozó-¡Jamás le pertenecería a alguien como tú ni a nadie en el mundo!
Segura como estaba de que ningún hombre, humano o youkai, podría sentir jamás el menor afecto por una criatura como ella que, aunque hermosa como las más bellas criaturas aladas que moran en un plano separado de los mortales, era el impío resultado de la mezcla entre la infame sangre demoníaca y la humana, (cuya herencia no podía ocultar al revelarse en su peculiar apariencia), ni mucho menos amarla, por lo que no tenía ningún conflicto en hacer tales declaraciones, aunque, por supuesto, eso no lo hacía menos doloroso. Sabía bien que ese youkai, como todos los que hubo antes que él, solo quería un vientre en el que plantar su semilla, guiado más por sus instintos más básicos de reproducción que por su mente desde un inicio medianamente racional que le habría dado igual tomar a una hembra youkai o una insignificante hanyou con tal de lograr descendencia. Un acto tan bajo que solo los demonios inferiores como ese lo practicaban, y, sin embargo, la joven mitad demonio había perdido ya la cuenta de cuántas veces tuvo que lidiar con esos ataques tan solo en esa estación.
Humillante.
La chica, que respondía al nombre de Inusakuya, a menudo maldecía a su padre youkai por crearla, darle vida y luego arrojarla al mundo para que padeciera por siempre el desprecio de la humanidad y los youkai, sin hallar nunca su lugar con ninguno de ellos, condenada a una existencia de soledad y sufrimiento eterno.
-Ket.
Inusakuya desvió la mirada del cadáver y se alejó sin mirar atrás.
-¡Jefe!
El hombre, líder de la aldea de exterminadores, giró hacia el llamado y arqueó una ceja ante el apuro de sus camaradas.
-¿Qué pasa?-preguntó.
-¡Hay problemas en la cueva!
-Jefe, por favor vayamos, ¡hay algo muy malo en ese lugar!
-¿Qué?
El líder frunció el ceño y los siguió. Al llegar al lugar se encontró con un extraño resplandor parpadeante que provenía del interior de la cueva y que tenía a los guardias apostados ahí en alerta.
-Qué bueno que llega, jefe-dijo uno de ellos, armado con una lanza que apuntaba hacia la entrada.
-¿Sabe qué está pasando?-preguntó su compañero sin apartar la mirada.
El líder, sin embargo, los ignoró y miró atentamente el resplandor.
"¿Pero qué es esto?", se preguntó. "¿Será que...?"
-Jefe, díganos qué pasa.
-No hay duda-respondió él, llegando a una conclusión-Esa debe ser Midoriko
Su respuesta confundió a los presentes.
-¿Midoriko? ¿La legendaria sacerdotisa que hizo la Perla de Shikon?
-Eso es imposible. Ella murió hace cientos de años.
El hombre frunció más el ceño y desvió la mirada hacia el monstruo que estaba tendido en el suelo.
-¿Qué es eso?
-Es el demonio que exterminamos ayer, señor. Se hacía llamar "La señora ciempiés".
-Nos dio muchos problemas, le cortamos la cabeza, así que debería estar muerta.
Un jadeo escapó de los exterminadores cuando su líder enterró de pronto su bumeran gigante en el cuerpo del ciempiés y excarvó en él hasta sacar una pequeña esfera rosa que desprendía un aura oscura, la cual tomó en su mano y mostró a sus camaradas.
-Jefe, ¿qué es?
-Esto es a lo que el alma de Midoriko está reaccionando.
-¿Acaso será la...
-Sí, la estoy viendo por primera vez también. Esto es la Perla de Shikon.
Justo en ese momento la neko youkai que permanecía fielmente en su hombro se erizó y comenzó a gruñir, alertando a su dueño.
-¿Qué pasa, Kirara?
Todo pasó muy rápido. El suelo tembló y el monstruo que estaba tendido en el suelo se levantó y atacó a los exterminadores que apenas tuvieron tiempo de esquivarla.
-¡Devuelvela!-rugió la ciempiés, arrastrándose hacia el jefe de la aldea.
-¡Váyanse! ¡Yo la deten-¡AGH!
-¡JEFE!
-¡Devuelveme la Perla!
-¡Ah!
El hombre jadeó al sentir que el aire escapaba de sus pulmones como consecuencia de la presión que el cuerpo del ciempiés enredado en el suyo aplicaba. Trabó los dientes y miró por encima del hombro a la youkai, justo a tiempo para verla abrir su mandíbula repleta de colmillos que perforaron su piel y le arrancaron un grito de dolor. Al verlo, Kirara se transformó y atacó al demonio, mordiendo su cuerpo el tiempo suficiente para que su amo se liberara y la partiera a la mitad con su bumeran.
-¡Jefe!
-Jefe, ¿se encuentra bien?
Sus colegas corrieron a socorrerlo tan pronto como sus rodillas se doblaron al suelo mientras la mujer ciempiés volvía a levantarse y se escabullía entre los árboles.
-Ese...-gimió adolorido-Es el poder de la Perla. Mientras esté cerca, ella revivirá. Kirara.
La gata rugió.
-No la dejes escapar. ¡De prisa!
Kirara asintió y corrió tras la ciempiés.
-¡Maldición!-gruñó el líder-No podemos hacer nada con esta Perla oscura. Necesitamos una ¡ugh!
-¡Jefe!
-Dejenos ayudarlo...
-Después. Ahora necesitamos una sacerdotisa que la purifique.
-¿Una sacerdotisa?
Los hombres se miraron extrañados. Por un momento reinó el silencio mientras ayudaban a su jefe a ponerse de pie y volver a la aldea, hasta que uno de ellos se aclaró la garganta y habló con cautela a sus camaradas.
-He escuchado hablar de dos individuos. Una es una sacerdotisa de nombre Tsubaki.
-¿Es poderosa?-preguntó el líder con interés.
-Lo es sí, al menos es lo que dicen las aldeas por las que ha pasado.
-Bien, tan pronto como traten mis heridas iremos a bus...
-Pero hay otro, señor. Un sacerdote de nombre Kyo.
-¿Un sacerdote?
-Sí, dicen que es muy poderoso.
-También he escuchado de él-añadió el exterminador que ayudaba a su jefe a caminar-Su poder espiritual supera por mucho el de las sacerdotisas y monjes más fuertes de la región. Dicen que no hay nadie que se le comparé.
-Yo he oído que es un hombre de un poder devastador.
-En ese caso-dijo el jefe-Pongamos la Perla en sus manos. Estoy seguro de que si es la mitad de poderoso de lo que dicen, será capaz de protegerla.
-Sí, señor.
Mi hermano Kyo me sorprendió ese día en el campo de entrenamiento. Y también exterminando demonios.
-¿Estás seguro de que no quieres tu recompensa?-preguntó por segunda vez la sacerdotisa de vestimentas oscuras-Después de todo eres un hombre y tienes una hermana pequeña de la que hacerte cargo.
Kyo se detuvo y Kaede, detrás de él, también lo hizo. Sin inmutarse ante la obvia provocación de la mujer, se giró y la encaró.
-Totalmente-respondió-Puedes quedarte con todo, Tsubaki.
-Pero...
-Aprecio-la interrumpió-Enormemente tu preocupación por mi hermana, pero te aseguro que a ella nunca le ha faltado ni le faltará nada mientras esté bajo mi cuidado.
-Entiendo. Muchas gracias.
El hombre se dispuso a retomar su camino, pero Tsubaki no tenía intenciones de dejarlo marchar aún.
-Sacerdote Kyo.
Él se detuvo.
-Si me permites, te daré un pequeño consejo. Cuando personas de un gran poder espiritual como nosotros abandonamos nuestros sentimientos humanos, nuestro poder aumenta. Pero a veces ni quisiera los más entregados al deber son capaces de rehuir al amor y cuando eso pasa es normal enamorarse.
-¿Enamorarme yo? Sacerdotisa Tsubaki, te aseguro que estoy lejos de caer en ese tipo de pasiones tan mundanas.
-Qué arrogante. Sin embargo, sacerdote Kyo, ¿sabes que existe una criatura en el mundo capaz de hacer sufrir a todos los hombres, incluso aquellos cuyos corazones son fríos como el invierno o iracundos como las llamas del infierno?
El hombre arqueó una ceja, sin impresionarse.
-¿Es así?
-Sí.
-Me siento excéptico, pero te daré el beneficio de la duda.
-Muy amable-se burló con una sonrisa que escondía detrás mil intenciones oscuras.
Sin inmutarse, el sacerdote entrecerró los ojos y espetó.
-¿Y qué podría ser eso que hace sufrir tanto a hombres fríos como a hombres pasionales?
Tsubaki soltó una pequeña risa y sus ojos brillaron con un destello carmesí que estremeció a la pequeña Kaede que observaba la interacción en silencio.
-Una mujer, por supuesto-respondió y, al observar la indiferencia del hombre frente a ella, continuó-Sacerdote Kyo, no permitas jamás que una mujer robe tu corazón, que su voz no endulce nunca tus oídos con la melodía que hace llorar al hombre más duro, que en su mirada no halles más peligro que en una legión de demonios, no conozcas jamás el infierno en sus labios ni el placer en su piel, ni menos aún la alegría en su nombre. Que sus brazos no te den calor ni su amor el cielo. No ames nunca a una mujer, porque de lo contrario sufrirás una muerte violenta.
-Hmphs-sonrió, como lo hacía cada vez que escuchaba algo particularmente gracioso, lo cual sucedía en muy escasas ocasiones-Lo tendré en cuenta.
-Tsubaki es muy hábil.
El comentario aparentemente al aire de su hermano mayor capturó rápidamente la atención de la pequeña Kaede.
-No tiene escrúpulos.
-¿Eh?
-Esa mujer intentó lanzarme una maldición.
-¡¿Una maldición?!
-No hay por qué asustarse, Kaede. No lo consiguió e incluso si lo hubiera hecho, no hay forma en que yo pueda enamorarme.
-¿Estás seguro hermano?-preguntó la pequeña, inclinando la cabeza con curiosidad por la seguridad que mostraba su hermano.
Kyo le lanzó una mirada fugaz antes de posarla en el camino de tierra por el que avanzaban para volver a su aldea.
-¿Me crees un hombre débil?
-No, claro que no.
-Entonces confía en mí. No hay forma en que algo tan frívolo como una mujer pueda tentarme y distraerme de mis objetivos. Soy un sacerdote Kaede, conozco bien mi deber y en el sendero por el que camino no hay lugar para una mujer.
-Pero, hermano, si llegaras a enamorarte, la maldición..
-Eso no pasará.
-Pero...-insistió y esta vez, Kyo le dirigió una mirada gélida.
-El amor es una perdida de tiempo en el mejor de los casos, en el peor es una debilidad, un sentimiento inútil que un hombre de mi posición y poder no debe permitirse, así que no te preocupes hermana, Tsubaki no logró maldecirme e incluso si estuviera equivocado (aunque nunca lo estoy), yo jamás me rebajaría a perder la cabeza por una mujer como lo hacen los hombres ordinarios.
La pequeña miró fijamente a su hermano por un momento, luego sonrió y tomó su mano.
-Está bien, hermano. Confío en ti.
-Bien. Ahora vamos, debemos regresar antes de que anochezca.
-¡Sí!
Ni siquiera había pasado un día cuando esos monstruos la encontraron. Le gustaría decir que pasó porque no estaba alerta, pero sería una mentira, fue cuidadosa, veloz y astuta, y aún así uno de ellos logró herirla de gravedad, obligándola a emprender una huida rápida.
-¡No escaparás hembra hanyou!
-¡Vengaremos a nuestro hermano!
Inusakuya se encogió y se envolvió en sus brazos, cubriendo la herida sangrante en su costado derecho.
"Maldición. No sabía que tenía hermanos."
-Ahí estás.
La hanyou puso los ojos en blanco y se agachó para evitar el zarpazo del youkai que hizo pedazos el árbol tras el cual había estado escondida. Rodó en el suelo y se colocó detrás del monstruo.
-¡No te dejaré escapar!-rugió él.
-Entonces toma esto, ¡Garras de fuego!
-¡Arrgg!
-¡Insolente hembra hanyou!
Inusakuya saltó para esquivar el puño del otro monstruo que se lanzó al ataque cuando su hermano fue cegado por ella, giró en el aire y regresó hacia él.
-¡¿Algún problema con eso, asqueroso gusano?!
-¿Qué?
-Garras de acero.
-¡GRWAAHH!
Aterrizó limpiamente en medio de los pedazos rebanados de los monstruos y gimió cuando su herida punzó de dolor.
-Ket. Maldición-dijo entredientes, gruñendo mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
"Dejé que ese asqueroso me hiriera. No puedo dejar que suceda de nuevo, ¡debo ser más fuerte! ¡Mucho más fuerte!"
La hanyou se limpió bruscamente las lágrimas sin derramar y echó a andar por el bosque en busca de un refugio para esa noche. Su herida le impedía moverse rápido y el dolor mantenía una niebla sobre sus sentidos, pero se obligó a mantenerse consciente y andando.
"Tengo que encontrar un refugio antes de que anochezca. ¡No puedo estar expuesta con esta herida!"
La noche ya había caído cuando Kyo y Kaede llegaron a la aldea, donde, como siempre, fueron recibidos por los aldeanos que estimaban mucho a ambos hermanos.
-Bienvenido a casa, sacerdote Kyo-dijo una de las mujeres.
-Sacerdote Kyo-llamó un campesino y éste lo miró-Un exterminador vino a buscarlo hoy por la mañana.
Kyo frunció el ceño.
-Cuando le expliqué que no estaba, dijo que volvería en la noche.
Asintió y echó andar hacia su choza con su pequeña hermana siguiéndolo. La multitud se abrió para dejarlos pasar mientras su mente divagaba con la extraña visita, preguntándose qué motivos tendría un exterminador para buscarlo.
Más tarde, esa misma noche, todas sus preguntas serían respondidas con su regreso a la aldea. El sacerdote salió a recibirlo y cuando no volvió adentro de inmediato, Kaede salió a buscarlo sin importarle la lluvia que caía afuera.
-Hermano, ¿qué pasa?-preguntó acercándose a él.
Su mirada se posó rápidamente en los exterminadores que se alejaban corriendo de la choza antes de mirar a su hermano. Kyo le devolvió la mirada mientras acunaba una extraña esfera en las palmas de sus manos que brillaba en tonos oscuros.
-¿Qué es?
-Esta es la Perla de Shikon. Me dieron la tarea de purificarla y protegerla-explicó conteniendo una risa ante la extrañeza y curiosidad de su hermanita.
Fue la primera vez que ví la Perla de Shikon. Y después de que él tomó la custodia de la Perla, el destino de mi hermano cambió drásticamente.
Otros hombres de su edad trabajaban el campo y cortejeban a las más lindas y dulces jovencitas, se casaban y formaban familias, pasaban sus días disfrutando de la felicidad que les otorga su hogar, pero él nunca mostró la mínima señal de envidiarlos. Su vida, su mente, su alma y su cuerpo se habían entregado completamente a su deber, estaba orgulloso y creía firmemente que ese era el gran propósito para el que había nacido.
El sol se estaba poniendo e Inusakuya pensó (no por primera vez) que si su maldito hermano mayor se comportara como tal y cuidara de ella hasta que pudiera entregarla a un marido adecuado (lo que sabía que nunca pasaría) o al menos hasta que le encontrara una utilidad (lo que también parecía poco probable), no estaría ahora mismo buscando desesperadamente un refugio seguro para pasar la noche antes de su inevitable transformación a humana que tiene lugar cada vez que la luna desaparece. Un hecho ciertamente desafortunado que la vuelve el doble de vulnerable a los ataques de los youkais (aunque no por las mismas razones que en su forma normal) y hombres (que ven una oportunidad para salirse con la suya sin correr peligro), además de carecer de alguna posibilidad de defenderse, por lo que se ve obligada a permanecer oculta hasta el amanecer, alerta en todo momento y lista para hacer lo impensable en caso de que la situación lo amerite.
Morir.
Una radical decisión que tomó cuando su madre murió siendo ella solo una cachorra y se enfrentó al mundo por primera vez. Supo en aquel entonces que prefería el dulce beso de la muerte que las grotescas manos de un hombre sobre su cuerpo, o las fauces de un demonio devorándola como algo insignificante cuya mera existencia solo sirve para alimentar a alguien más.
"Seshoumarou eres un bastardo egoísta."
No es que ella no conociera bien las razones por las que su hermano mayor la desprecia tanto, después de todo es una hanyou y una hembra, si el orgulloso Daiyoukai se sentía insultado con un hermano mitad demonio, una hembra con el desagradable potencial de ensuciar más su linaje y la reputación de su poderosa familia con descendencia de sangre igual o más inferior que la suya era una humillación. Inusakuya a penas lo había visto en unas muy escasas ocasiones en toda su vida y solo para ser reprendida por su (según él) inapropiado comportamiento, advertida con graves consecuencias si pensaba siquiera en aceptar una pareja de raza inferior o para ser interrogada por alguna cuestión que involucrara a su madre, porque, por supuesto, no hay otro motivo por el que su gran hermano quisiera verla, el InuYoukai prácticamente vivía fingiendo que no existía.
Resopló.
"No es momento de pensar en eso, debo apresurarme o..."
Una potente explosión que sacudió el suelo la detuvo abruptamente. Inusakuya parpadeó asombrada con el resplandor purpura que envolvió el bosque más adelante, preguntándose la causa antes de que su nariz captara un desagradable olor que, sin embargo, le resultó familiar.
"Apesta a sangre."
Movida por una peligrosa curiosidad, Inusakuya se dirigió al lugar del que parecía provenir el resplandor, saltando entre las ramas de los arboles hasta llegar a un pequeño claro. La hanyou puso los ojos en blanco ante la tétrica escena que tenía delante: numerosos cadáveres de youkais esparcidos en el suelo y un hombre, no, no un hombre, un sacerdote, parado en medio de la devastación aún con el arco en alto, en guardia, registrando el lugar con la mirada en busca de algún desafortunado demonio que hubiese sobrevivido milagrosamente a su último ataque para eliminarlo antes de que pudiera pensar en escapar. Inusakuya se escondió rápidamente detrás del tronco en cuya rama se encontraba, observando detalladamente al desconocido que ahora bajaba lentamente su arco al comprobar que no quedaba nadie con vida, notando a la luz de su escrutinio la suciedad en su rostro y ropa.
"Debe haber estado luchando por mucho tiempo"
, pensó,
"y sin embargo, permanece tan erguido y sereno como si no hubiese sido el gran esfuerzo. ¿Quién es este humano?"
La hanyou sacó poco más de medio cuerpo de su escondite y se inclinó para mirar más de cerca, pero se congeló cuando las últimas luces del atardecer fueron devoradas por las sombras de la noche, enviando pulsaciones en todo su cuerpo que precedieron a su transformación.
"¡Ya empezó!"
Las largas y suaves hebras plateadas de su cabellera se tiñeron de un intenso azabache, sus orejas caninas desaparecieron y las garras en sus finas manos con ellas. Sus iris, doradas como la imagen más clásica del oro, cambiaron a un azul profundo.
"¡Maldic...!"
-¿Hasta cuándo vas a seguir ahí?
Inusakuya chilló y se ocultó rápidamente detrás del tronco. Su pecho subía y bajaba sin control, estaba aterrada, difícilmente podría escabullirse de un youkai en esa forma, pero contra un sacerdote no tenía la menor posibilidad.
-No tiene caso que te escondas, ya percibí tu presencia.
El hombre se dio la vuelta y miró hacia el árbol. El cielo retumbó y se iluminó con un relámpago al mismo tiempo que la hanyou transformada en humana se asomaba tímidamente de su escondite, encontrándose con su penetrante mirada gélida que no lució ni un poco impresionada al verla.
-¿Has venido por la Perla de Shikon?-preguntó el sacerdote mientras una lluvia torrencial caía sobre ellos.
Su voz tan potente y fría enviaron escalofríos en todo su cuerpo y, sin quererlo, su corazón se aceleró. Inusakuya llevó una mano a su pecho, a la altura de su órgano vital extrañamente enloquecido, y estrujó. En ese momento, bajo el escrutinio de su dura mirada y la exigencia de su masculina voz, una sensación de vulnerabilidad se apoderó de ella, tan fuerte que la respiración se le cortó y sus piernas se volvieron débiles. No era, sin embargo, a la que estaba acostumbrada en noches como esa, no se sentía en peligro mortal sino expuesta, desnuda, de una forma en que jamás creyó estarlo frente a nadie y no pudo evitar que el calor se apoderara de sus mejillas.
Fue tan abrumador que su cerebro tardó varios minutos en procesar la pregunta del hombre y aún más en lograr la suficiente claridad para formular sus palabras.
-¿Perla...de Shikon?-dijo suavemente, inclinando la cabeza con intriga-¿Qué es eso?
Kyo alzó una ceja. La intensidad de su mirada, de alguna forma más pesada que hace unos instantes la hizo enconger los hombros y volver a a su escondite.
-¿No lo sabes?-preguntó por fin.
Inusakuya sacudió la cabeza antes de darse cuenta de que no podía verla.
-No.
-Bien-cerró los ojos y le dio la espalda-Es mejor así. No obstante, si no quieres morir hanyou...
Ella puso los ojos en blanco.
-No vuelvas a aparecer por aquí otra vez.
Sus pasos sobre la tierra húmeda la hicieron salir de su escondite lo suficiente para verlo partir, sin embargo, como la lluvia había empapado la rama, un paso en falso la hizo resbalar y caer tan rápido que no pudo sujetarse a tiempo. Kyo la miró por encima del hombro al escuchar su grito y antes de que se diera cuenta se encontraba en sus brazos, tan cerca de su apuesto rostro que su corazón se aceleró tanto que prácticamente podía escuchar sus latidos por encima de la lluvia.
Se sonrojó, deseando que el hombre no pudiera oírlos tan claramente como ella. El sacerdote, sin embargo, parecía perdido en sus propios pensamientos. La calidez de su cuerpo y la timidez en su mirada causaron graves estragos en él, sintiéndose invadido por una ternura indescriptible que derritió, sin saberlo, la frialdad de su propio mirar y la tensión en sus músculos. Kyo comparó la sensación con ser envuelto en una cálida manta en una fría noche de invierno, pero de alguna forma fue mejor, como si ni siquiera supiera que tenía frío hasta que lo cubrieron. Esa noche, en ese breve e impensable instante, todo su mundo había sido trastocado y, como sucede con todas las cosas trascendentes en la vida, el hombre no fue consiente de esto.
En cambio, frunció el ceño y bajó cuidadosamente a la joven, sin soltarla hasta que estuvo estable sobre sus pies. Cuando por fin retiró sus manos, el viento helado de la noche lo envolvió con más fuerza que nunca.
-Eres muy torpe-dijo e Inusakuya se ruborizó hasta las orejas.
Abrió la boca para responder, pero se detuvo al notar cómo las pequeñas heridas y raspones en el rostro del sacerdote desaparecían sin dejar marca.
"¿Qué clase de sacerdote es él?"
-¿Cómo...
-¡Sacerdote Kyoo!
-¡Hermanoo!
-¡Sacerdote Kyooo!
Los llamados de los aldeanos que salieron a buscarlo silenciaron cualquier pregunta por parte de la hanyou. El sacerdote se dio la vuelta, yendo al encuentro de los que lo buscaban sin volver la mirada ni siquiera cuando escuchó el chapoteó de sus pisadas mientras se escabullía entre los arbustos.
-¡Hermano Kyo!
Kaede lo envolvió en un abrazo tan pronto como lo vio emerger de las sombras de los arboles, uno que, sin embargo, se sintió helado en comparación a la sensación que tuvo cuando cargó aquella joven en sus brazos.
-Sacerdote Kyo, ¡qué bueno que se encuentra bien!
-Salimos a buscarlo después de escuchar la explosión. Temíamos que le hubiera pasado algo.
Kyo acarició la cabeza de Kaede y miró a los aliviados aldeanos que lo reodeaban.
-Aprecio su preocupación, pero no era necesario buscarme. Aunque acabé con los demonios que pretendían atacar la aldea, aún hay un gran riesgo en los alrededores, especialmente de noche.
-Sí, por supuesto, señor.
-Volvamos ahora, la lluvia está empeorando.
Los campesinos estuvieron de acuerdo y mientras la multitud se dispersaba, Kyo no pudo evitar mirar por encima del hombro hacia los arbustos por donde aquella mitad demonio había huido. Kaede, sintiendo su intranquilidad, tomó su mano y tiró de ella.
-¿Hermano?-llamó-¿Todo bien?
Kyo la miró y asintió.
-Sí. Todo bien.
No muy lejos de ahí, lo que queda del cuerpo de la youkai ciempiés recorría desesperadamente el bosque en busca de la Perla.
-¡Está cerca!-decía la mujer monstruo-¡Muy cerca! ¡La Perla de Shikon! Debo incrementar mi poder, ¡o mi cuerpo no resistirá!
Inusakuya, escondida entre las gruesas ramas del árbol bajo el cual flotaba, escuchó con atención lo que decía y esperó hasta que se perdió en la noche para recostarse en una de las ramas a descansar.
-Con que la Perla de Shikon, eh-murmuró para sí misma, abrazando sus piernas.
El recuerdo de las heridas de aquel extraño sacerdote curandose volvió a su mente y no pudo evitar la sonrisa que se formó en sus labios.
-¿Ese es su poder?-alzó la mirada al cielo-Es justo lo que estaba buscando.
Un par de ojos penetrantes y una postura rígida y orgullosa acudieron también a su mente, borrando su sonrisa y agitando de nuevo su pobre corazón.
-Así que el nombre de ese sacerdote es Kyo...
"De alguna manera le queda bien"
. Admitió ruborizandose de nuevo.
-No es que importe-gruñó, sacudiendo la cabeza-Lo mataré y robaré la Perla. No hay otra forma.
Y aunque se dijo en reiteradas ocasiones durante la noche que 'Kyo' no le importaba, el calor en sus mejillas que apareció con el recuerdo de su primer encuentro horas atrás prevaleció hasta que salió el sol.
-¡Oye, humano! Escuché que la Perla es una esfera tan poderosa que incrementa los poderes de un demonio.
Lo último que esperaba el guardián de la Perla de Shikon esa tranquila mañana, era escuchar la peculiar voz de la misma hanyou transformada en humana que conoció noches antes, menos aún esperaba encontrarse con ella a plena luz del día en el valle cercano a la aldea. Los ojos a menudo gélidos del sacerdote se pusieron en blanco al ver la verdadera apariencia de la joven, y su mirada, siempre dura, se deformó en absoluta sorpresa al ser testigo de su divina belleza.
Kyo había escuchado de hanyous antes, aunque hasta ahora no se había encontrado con ninguno, sabía poco más de lo básico de ellos como que una hembra hanyou era muy rara y que no eran para nada bienvenidos entre lo youkai de todas las razas. No obstante, una hembra, así fuera solo mitad demonio, era en cierto modo más aceptada que un macho, ya que a menudo eran usadas para la reproducción por youkais más incivilizados. Sin embargo, algo que todos sabían, desde demonios a humanos, es que era imposible saber qué resulta de la mezcla de ambos hasta que la criatura llega al mundo. Podría ser algo realmente hermoso, más allá de lo imaginable incluso para las mentes más creativas de la tierra, más allá de lo real que haría dudar al más lógico de lo que en verdad existe, es posible y lo que no; o podría ser algo grotesco, algo abominable, algo tan repulsivo que la mente sería incapaz de procesarlo y dispararía todos los instintos de auto preservación de aquel que lo viera.
Un DaiYoukai tiene más probabilidades de crear lo primero gracias a su sangre poderosa, así que mientras observa embelesado las bellas hebras plateadas mecerse con el viento, mientras sus ojos recorren la pequeña figura envuelta en un sencillo kimono rojo, mientras sus dedos se retuercen deseando acariciar la blanca piel que luce tan suave a la vista y mientras la tierna mirada de aquella joven de adorables orejas caninas le atraviesa el alma, el sacerdote deduce rápidamente que ella pertenece a un poderoso linaje de youkais, lo que al mismo tiempo plantea la siguiente pregunta: ¿para qué querría ella más poder del que seguramente ya gozaba bajo la protección de su padre o madre demonio?
Sabe que no todos los DaiYoukais aceptan un hijo híbrido, pero una hembra (especialmente una tan hermosa) tiene mucha utilidad incluso para el más obstuso de los hombres, y Kyo supone que todo demonio de alto nivel está lejos de ser asociado con la palabra 'estúpido'.
-Eres la chica de la otra noche-dijo como si hiciera falta hacerlo para estar seguro-Veo que has superado tu momento más débil. Qué bien. Pero dime, ¿ya no te caes de los arboles?
Un ligero rubor apareció en las mejillas de la hanyou que no pasó desapercibido para Kyo. El sacerdote sonrió, como tan escasas veces lo hacía, tan sinceramente como nunca antes lo había hecho, deleitándose con el tartamudeo que sucedió a su pregunta.
-Adorable-dijo sin pensar.
El balbuceó de la mitad demonio cesó y el hombre puso los ojos en blanco al darse cuenta de lo que había dicho.
"¿Pero qué...?"
-¡Cierra la boca insolente humano!-chilló Inusakuya, lanzándose al ataque-¡Dame la Perla de Shikon!
El sacerdote respingó saliendo de su shock, y rápidamente disparó. Inusakuya chilló, deteniéndose a mitad del camino y cubriéndose con sus brazos mientras las flechas se clavan en el suelo alrededor de sus pies desnudos sin hacerle ningún daño.
-No entiendo-dijo Kyo, tensando el arco con otra flecha que apuntaba al pecho de la hanyou-¿Qué hace una mujer mitad demonio como tú tan lejos de casa, buscando más poder?
Inusakuya descubrió lentamente su rostro, encarando al sacerdote sin atreverse a moverse.
-Con la Perla-continuó él, tirando más de la cuerda del arco. El sonido hizo a la joven encogerse en su lugar-Podrías convertirte en un demonio completo, pero ¿por qué querrías eso? ¿Buscas tu lugar en el mundo y por eso estás dispuesta a llegar tan lejos? Escucha hanyou, un acto tan insensato es esperable de los machos en tu misma condición, pero las hembras no necesitan ese poder. No son más aceptadas que sus homólogos varones, es cierto, pero la protección de sus progenitores les aseguran un futuro más seguro y acomodado. Te aconsejo que no seas ambiciosa y vuelvas con tus padres o quién sea que esté a cargo de ti-dijo y bajó el arco, devolviendo su flecha al carcaj ante su atenta mirada-Descubrirás que el mundo es muy peligroso, especialmente si estás sola.
-¡Tú no sabes nada!-rugió Inusakuya, envalentonada con la ausencia de un arma apuntándole.
Kyo le dirigió una dura mirada.
-Sé que un matrimonio forzado o el desprecio de tus guardianes bajo la seguridad de su techo es mejor que vagar sola por ahí, a merced de cualquier youkai que quiera propasarse contigo o devorarte. Especialmente en tus momentos más vulnerables.
-¡Cállate! Escucha insoportable humano, me convertiré en una demonesa muy poderosa y cuándo lo haga te destruiré.
-Hmphs-sonrió, dándose la vuelta para marcharse-Qué terca. Pero debes saber que mientras sea yo quien protege y purifica la Perla de Shikon, eso no pasará nunca.
-¡Eso ya lo veremos, apestoso!
Kyo se detuvo. Inusakuya sonrió.
-¿Qué pasa? ¿Te molesté? Pues debes saber que realmente apestas mucho a sangre demoníaca. Con ese hedor no me sorprende que las humanas no se te acerquen.
-Si en verdad no quieres morir-dijo él, mirándola de soslayo-Sigue mi consejo y vete. No habrá una tercera vez.
-¡Ja! No pienso rendirme, te encontraré y tomaré la Perla. ¡Será fácil con ese espantoso olor!
La hanyou siguió despotricando conforme el hombre se alejaba, pisoteando el suelo en medio de su rabieta, pero mientras ella berreaba sin parar, un único pensamiento dominaba la mente del sacerdote cuyos puños estaban fuertemente cerrados.
-Con que apesto, eh.
Bueno, ciertamente no había una sola mujer humana, youkai o...hanyou, que tolerara el mal olor de un hombre. Incluso los campesinos tomaban un baño de vez en cuando, especialmente si querían impresionar a una chica, así que no veía porqué él no podía lucir más presentable.
-Supongo que la cascada es un buen lugar.
El lago parecía tranquilo aquel día, pero Kyo sabía que el youkai que se ocultaba en sus profundidades no tardaría en emerger cuando sintiera su presencia.
Y así fue.
El sacerdote disparó rápidamente una de sus flechas y eliminó al monstruo antes de que tuviera la oportunidad de defenderse. Una vez que su esencia maligna se desvaneció, se volvió hacia su pequeña hermana.
-Ya es seguro salir.
-Hermano Kyo-dijo la niña abrazándose a sus piernas.
El hombre le acarició la cabeza suavemente antes de separarla.
-Vam...-se interrumpió.
Frunció el ceño y se volvió hacia la recién llegada.
-¿Otra vez por aquí?
-¡Te dije que no me rendiría!
-Y yo que volvieras a casa porque no sería tan comprensivo la siguiente vez.
-¡C-Como si fuera asustarme por las amenazas de un simple humano!
-Este 'simple humano' te salvó de una dolorosa caída la otra noche, harías bien en recordarlo.
-N-No te lo pedí...-murmuró ruborizada y mirando hacia otro lado.
Su torpeza la avergonzaba, especialmente porque ese hombre tuvo que ayudarla.
-De nada.
-¡Calla!
-Escucha, tal vez creas que solo quiero perjudicarte obligándote a volver con personas que posiblemente no te gustan ni tú a ellas, pero no es así. Es cierto que no sé el panorama completo, pero créeme cuando te digo que corres un gran peligro por tu cuenta, eres a penas poco más que una niña.
La hanyou resopló.
-Eso es lo que aparento, pero soy mucho mayor de lo que piensas, humano.
-Irrelevante. Por favor haz caso y regresa con tus padres.
-¡Están muertos!
-Entonces con quién sea que esté a cargo de ti.
-¡Yo estoy a cargo de mi misma! Y no creas que no conozco tu treta, desde ahora te digo que no va a funcionar.
-No hay ninguna tetra, solo quiero hacerte entrar en razón.
-¡Y yo que me des la maldita Perla!
Kyo suspiró con cansancio. Un acto que sorprendió a la pequeña que observó todo en silencio.
-Eres imposible.
-¡Dame la Perla!
-Debes saber, señorita mal hablada, que nunca cedo a las exigencias de nadie.
-Entonces te la quitaré-setenció, desplegando sus garras-¡Apresurate y dile a esa niña que se vaya!
El sacerdote suspiró de nuevo y miró a su hermana.
-Kaede, vete de aquí.
-Pero hermano...
-Estaré bien, obedece.
-Bueno.
Aún dudosa, la pequeña se alejó corriendo mientras su hermano mayor volvió a encarar a la hanyou.
"Un sacerdote completamente entregado a su vocación, ha desechado voluntariamente sus sentimientos humanos para recorrer un camino de sangre"
. Pensó ella, poniéndose en guardia.
"Una hembra hanyou abandonada a su suerte en el mundo, si sus respuestas anteriores son un indicativo de su lamentable situación. Pobrecita, sin la protección de nadie solo puede esperar hacerse fuerte para sobrevivir y quizás encontrar también su lugar en el mundo"
. Pensó Kyo, tensando su arco con una flecha que apunta directamente a la joven de hebras plateadas
-Si me lo permites, hay algo que quiero preguntarte. ¿Qué estabas haciendo en aquel árbol la noche en que nos conocimos? Entiendo que tú curiosidad pudo llevarte ahí, pero una vez que te diste cuenta de que soy un sacerdote, ¿por qué no escapaste de inmediato? Podría haberte matado, en tu condición habría sido fácil.
-Ket. ¡Eso no te importa! Y no te atrevas a subestimarme, aunque humana aún te habría dado pelea.
Era mentira y el sacerdote lo sabía.
-Hmphs. Entonces déjame hacerte otra pregunta, ¿tienes un nombre? ¿Es posible que se te hubiera concedido uno a pesar de no tener familia ni guardián?
-¿Y tú para qué querrías saber mi nombre, sucio humano?
-Supongo que simplemente porque ya estoy cansado de escucharte llamarme humano todo el tiempo, así que pienso que si me dices tu nombre yo puedo darte el mío y así dejarías de referirte a mi de forma tan despectiva.
-Yo sé cuál es tu nombre.
-Entonces consideralo un asunto de igualdad de condiciones, ya que es injusto que tú sepas mi nombre, pero yo no conozca el tuyo.
La hanyou lo miró fijamente.
-Inusakuya-dijo de pronto.
-¿Inusakuya?
Kyo saboreó el nombre al pronunciarlo, sintiendo un extraño aumento en los latidos de su corazón al conocer al fin la identidad de la joven mitad demonio cuya mera presencia haría que los hombres dejen de pelear solo para contemplarla.
-¡Prepárate para morir, Kyo!-dijo ella atacándolo.
Su propio nombre brotando de los rojos labios de la hanyou disparó una calidez en todo su cuerpo que resultó tan abrumadora que a penas logró reaccionar a tiempo para disparar sus flechas antes de que ella lo alcanzara con sus garras.
-¡Kya!-chilló Inusakuya, retrocediendo y cayendo de sentón al suelo con las rodillas flexionadas.
Las flechas se clavaron rápidamente a su alrededor, esta vez sujetando la parte de su kimono que le cubría los muslos y las anchas mangas al suelo, inmovilizándola.
Un acto del que Kyo se arrepintió de inmediato, pues al acercarse se encontró con la tierna imagen de Inusakuya sobre el pasto, haciendo pucheros y tirando inútilmente de sus mangas para liberarse mientras frotaba sus rodillas juntas para quitar las que sujetaban su falda. Tragó saliva con dificultad y bajó su arco.
La hanyou lo miró con el ceño fruncido, gruñendo cuando le dio la espalda para retirarse.
-¡Oye, espera! ¡¿Por qué no me matas?! ¡Ni siquiera disparas para herir! ¡¿Acaso no eres un sacerdote?!
-No te equivoques-respondió, mirándola por encima del hombro.
"Su mirada otra vez es gélida"
, pensó Inusakuya, recordando que cuando lo atacó, al menos por un breve instante, el ártico en sus ojos se había derretido.
-Es cierto que asesino demonios, pero si crees que soy tan despiadado como para herir a una mujer que solo es mitad demonio, entonces tienes una imagen bastante desagradable de mi que deberías reconsiderar.
-¡¿No me matas porque soy una mujer?!-espetó casi rechinando los dientes.
El fuego en sus ojos, avivado por su ira, fue tan abrasador que el sacerdote se encontró incapaz de sostenerle la mirada.
-No te mato porque yo no asesino mujeres desamparadas, incluso si son youkai o mitad youkai.
El 'no estoy desamparada' murió en la boca de la hanyou que estrujó la tierra bajo sus manos. No podía negarlo aunque quisiera, porque, de hecho, estaba sola, forzada a sobrevivir como pudiera, pero eso no significa que ese arrogante sacerdote puede usarlo como excusa.
-¡Pero es tu deber! ¡¿O qué, de pronto ya no puedes cumplir con él?! ¡Qué mal sacerdote eres!
-Piensa lo que quieras-suspiró él, alejándose de la joven de ojos dorados-O mejor vete y no vuelvas. No me gusta desperdiciar tantas flechas en ti.
-¡¿Ah?!
Era un misterio también para mi. Me preguntaba por qué mi hermano no mataba a Inusakuya, por qué no usaba sus flechas sagradas en ella.
En ese tiempo, Kyo iba a bañarse todos los días. Ahora que lo pienso, creo que comenzó a hacerlo el día en que conoció a Inusakuya.
-¡Physalis!-exclamó encantada-Kyo dijo que esto ayuda a reducir la hinchazón.
Kaede cortó feliz la ramita y la puso en su cesto de hierbas medicinales, sin darse cuenta del monstruo que acechaba detrás de ella hasta que fue demasiado tarde.
-¡Entregame la Perla de Shikon!
-¡Aahh!
La pequeña se levantó de un salto y echó a correr, pero la youkai ciempiés la alcanzó en un instante.
-Te tomaré como rehén y te usaré para quitarle a ese sacerdote la Perla.
-¡No, aléjate! ¡Ayuda!-chilló aterrada, casi tropezando en su pánico.
-Grroawr.
-¡AH!
-¡Agachate!
Kaede miró a la hanyou que emergió de los arbustos y se lanzó hacia ella con las garras desplegadas. Rápidamente se arrojó al suelo.
-Garras de acero.
-¡AARRGG!
De un solo zarpazo la mujer ciempiés se hizo pedazos ante la atónita mirada de la pequeña. Kaede parpadeó y se acercó a la hanyou.
-¡Ja!-exclamó ella victoriosa-No dejaré que una espantosa mujer como tú se quede con la Perla de Shikon.
-D-Disculpa-llamó tímida, tirando de su manga. Inusakuya la miró
-¿Hmm?
-G-Gracias por salvarme.
-Ket. No lo malinterpretes-dijo alzando el mentón y cruzando los brazos-Solo no quería que ese monstruo se quedara con la Perla.
Estaba desconcertada. ¿Por qué Inusakuya no me tomaba como rehén como quería hacerlo la mujer ciempiés?
Mi hermano Kyo supo que el cuerpo de la mujer ciempiés aún tenía poder.
-El poder de la Perla no podrá alcanzarte aquí-dijo el sacerdote mientras los aldeanos arrojaban los huesos de la youkai al pozo.
Cerró los ojos y juntó sus manos para hacer una oración más antes de marcharse, inconsciente de lo importante que sería ese monstruo para el futuro.
El viento sopló suavemente y meció los largos cabellos negros atados a una coleta del sacerdote que descansaba cómodamente sobre el pasto con un aura de serenidad que aún el mejor monje enviaría. Su mirada tranquila no se apartó de la basta extensión de verdor frente a él cuando sintió la llegada de una presencia familiar.
-Inusakuya-la llamó y sonrió ligeramente al escuchar su chillido de sorpresa-Ya sé que estás ahí. Acércate.
La hanyou salió tímidamente de su escondite y tomó asiento a lado del sacerdote, mirándolo con el ceño fruncido y un adorable puchero que hizo lo reír.
"No tienes remedio"
, pensó. Ambos permanecieron en silencio por un breve momento antes de que la insistente mirada de Inusakuya sobre él hiciera suspirar a Kyo. Había esperado que la hanyou iniciara la conversación, pero si no iba a hacerlo entonces lo haría él.
-Sabes, acabo de darme cuenta de que es la primera vez que estamos tan cerca.
-¿Ah? ¿Y qué con eso?
-Me resulta surrealista, es todo. No olvides que yo soy un sacerdote y tú una chica mitad demonio.
-Puff. Sí, supongo que nadie lo creería.
-En efecto. Por cierto, supe que salvaste a Kaede.
-Ket. ¡Qué no fue así!-chilló indignada.
-Está bien, pero aún quiero agradecerte. Fue muy amable de tu parte, Inusakuya.
La hanyou se ruborizó al ser el objetivo de sus ojos cálidos para nada normales en él y desvió la mirada.
-N-No me agradezcas. Ya dije que no fue así, esa niña lo malinterpretó todo.
-Si tú lo dices.
-¡No te rías!
-Lo siento, es que me resulta adorable lo tímida que puedes ser en ocasiones.
-¡No soy adorable! Soy una chica salvaje.
-Puedo dar fe de eso, sí.
La joven de ojos dorados resopló. El viento sopló nuevamente y Kyo adoptó una expresión más seria.
-Inusakuya.
Ella lo miró.
-¿Cómo me ves? ¿Me ves como un hombre o como un sacerdote?
-¿Ah? ¿Ahora de qué estás hablando?
-Como sacerdote no debo tener debilidades, no debo flaquear. Los demonios me harían pedazos si hubiera la mínima grieta en mis muros. Soy humano, soy un hombre, pero no debo actuar como uno. Desde el principio fue así, nací con un gran poder espiritual en mi interior, este es mi destino y siempre lo acepté con orgullo porque estaba seguro de que nunca querría nada más. ¿Por qué lo haría? Estaba destinado a grandes cosas, ¿qué podría ser más importante que pasar a la historia como el sacerdote más poderoso que hubo, guardián de la codiciada Perla de Shikon, tal y como Midoriko, su creadora, lo hizo? De verdad pensé que nunca habría algo más que pudiera desear.
-¿Pero?
-Pero resulta que, contrario a lo que creí, sí puedo equivocarme.
Inusakuya esperó a que lo explicara, pero cuando el sacerdote volvió a guardar silencio decidió preguntar.
-¿Hay...algo que más que desees, Kyo?
El hombre apartó la mirada.
-Comienzo a creer que sí, si acaso la constante sensación de insatisfacción que he tenido últimamente es un indicativo.
-Ya veo.
-Pero estoy divagando, supongo que lo que quiero decir es que tú y yo no somos tan diferentes después de todo. Los youkais nos odian y entre los humanos comunes no nos hallamos.
-Ket. ¡¿Más excusas?!
-No es así-se rio y miró a la hanyou con dulzura-Es solo que querías saber por qué no te mataba y consideré esta una buena oportunidad para decirte la verdad. Lamento si te molesté.
El corazón de la joven mitad demonio se aceleró y sus mejillas nuevamente se tiñeron de rojo. Kyo sonrió enternecido y se puso de pie, recogiendo su arco en el proceso.
-Me tengo que ir. Fue un placer pasar el rato en tu compañía, Inusakuya, ojalá se repita.
Con esto, el sacerdote le dio la espalda, pero no pudo avanzar más de unos cuantos pasos antes de que la hanyou lo llamara.
-¡Kyo!
Él se detuvo y la miró por encima del hombro. Casi rio al ver el rojo de sus mejillas extenderse antes de que ella desviara la mirada.
-V-Ven aquí mañana.
-¿Mañana? Es más pronto de lo que pensé, pero está bien, realmente disfrute tu compañía hoy.
-¡N-No es por eso! Es que...
-¿Mm?
La joven jugueteó con sus dedos, mirando a cualquier parte menos al sacerdote.
-T-Tengo algo que darte.
Kyo alzó las cejas.
-¿Algo que darme?
-Sí.
-Veo que desconoces por completo las costumbres humanas, porque esto normalmente suele ser al revés.
-¡No es un regalo de cortejo!-chilló.
Para ese momento el color de su rostro competía con el de su kimono para diversión del sacerdote.
-En ese caso-dijo-Yo también tengo algo que darte.
Los ojos de Inusakuya brillaron con emoción.
-¡¿La Perla de Shikon?!
-No.
-Puff. Al cabo que ni la quería.
-Jajaja.
Esa noche, mientras Kyo creaba el regalo de la hanyou en el interior del templo, Kaede se le acercó.
-¿Cascabeles?-preguntó curiosa.
Su hermano la miró con ojos gélidos.
-¿Son para Inusakuya?
Kyo asintió y volvió su mirada al cascabel que sostenía en sus dedos.
-Ahora sé que puedo estar equivocado, Kaede, pero no significa que no deba ser precavido, por eso los he creado con el mismo propósito que el 'Collar de Sujeción'. Pensé que serían más apropiados para ella. Ahora, ¿qué palabras debería usar para que tengan efecto?
En ese momento me pareció que Kyo se veía menos serio que de costumbre.
-Es cierto-dijo de pronto-Esa sacerdotisa llamada Tsubaki intentó poner una maldición en mi. Estoy seguro de que no tuvo efecto, pero...
-¿Hermano?
-Hmphs-sonrió.
Kaede puso los ojos en blanco.
-Camino por un sendero de sangre, ¿por qué debería temerle a la muerte violenta?
-¿Qué?
-¡Lo tengo!-exclamó y Kaede lo miró como si le hubieran salido dos cabezas por la ternura anormal en su mirada-La palabra será: 'bonita'.
Kyo parpadeó auténticamente sorprendido con el regalo que Inusakuya le extendía. De todas las cosas que pensó que ella podría traerle, una estola de espeso pelaje blanco estaba al final de la lista. El sacerdote la tomó suavemente en su manos y se estremeció con lo suave que era, claramente había pertenecido a un youkai, por la forma que tenía incluso se atrevía a afirmar que a uno de muy alta jerarquía.
Un DaiYoukai quizás.
-¿P-Por qué me das esto?-preguntó, reprendiendose internamente por tartamudear.
-No tiene sentido que me quede con eso, no es algo que pueda usar, por eso te lo doy.
-¿De dónde lo sacaste?
La pregunta hizo que la hanyou desviara la mirada.
-Es una de las cosas que me dio mi madre antes de morir, pero realmente esto perteneció a mi padre. Es lo único que él me dejó.
-¿Tu padre era un DaiYoukai?
Inusakuya resopló.
-¿Es tan obvio?
-Bueno, considerando que el material no pertenece a nada que yo haya visto antes, simplemente lo supuse y ahora lo has confirmado, aunque tengo que admitir que tenía mis sospechas desde que te conocí y me dí cuenta de que eras mitad humana.
-Podría haber tenido una madre DaiYoukai, sabes.
-Suponía que uno de tus padres lo era, solo no sabía cuál de los dos.
-¿Acaso importa?
El sacerdote sonrió.
-No, realmente no. Disculpame, solo tenía curiosidad.
Estrujando la estola en sus manos, Kyo la examinó. Definitivamente era algo que solo los terratenientes podrían permitirse o, en este caso, los DaiYoukais, era fina y marcaba un estatus superior. Se preguntó cómo se vería usándola, no era realmente su estilo pero bien podría comenzar a usar armadura como los aldeanos y su hermana menor siempre le han insistido para pelear contra los demonios, y probablemente combinando ambas cosas lucería presentable.
-¿Estás segura de que deseas darmela?-preguntó para estar seguro-Debe significar mucho para ti.
-Puff. Sí, claro.
El sacerdote le lanzó una mirada de desconcierto.
-Nunca lo conocí, así que no importa. Lo único que necesito es este kimono de ratas de fuego que me dejó mi madre, lo demás es inútil.
De pronto Kyo tomó su mano y la levantó a la altura de sus labios. El corazón de Inusakuya se aceleró.
-Como lo siento-dijo. Su mirada fue tan penetrante y cálida que nuevamente sintió que sus piernas le tembablan-No tenía idea y aquella vez yo lo dañé con mis flechas.
-Ket. ¡N-No te preocupes por eso!-chilló apartando su mano con un adorable rubor en sus mejillas.
"Tan linda".
-P-Por cierto.
-¿Mm?
-A-Ayer dijiste que me darías algo también.
-Cierto. Permíteme un momento.
Le encargó la estola y metió su mano en el interior de la manga del brazo opuesto para sacar los cascabeles que le preparó, pero se detuvo antes de revelarlos. Frunció el ceño y miró a la hanyou que, emocionada, estrujaba el suave pelaje. La inocencia, la infantil ilusión en su mirar lo dejó sin aliento, acelerando los latidos de su pobre corazón que golpeaba su pecho tan fuerte que temió que ella también pudiera escucharlo.
-Lo siento-dijo. Las palabras escaparon de sus labios antes de que pudiera evitarlo-Creo que lo olvidé, por favor perdóname.
-Oh. Entiendo.
Había decepción en sus ojos, pero Kyo prefería eso a verla devastada por su traición.
-En serio lo lamento.
-Dije que está bien-respondió mordaz.
Considerando que acababa de romper sus ilusiones, el sacerdote consideró que era justo que le hablara así.
-¿Aún puedo quedarmela?-preguntó señalando la estola.
-¿Mm? Sí.
-Gracias.
Le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa y al hacerlo fue como si el mismo sol también le sonriera.
"En verdad es linda."
Inusakuya dormía tranquilamente en una de las ramas del árbol en el que se había estado quedando desde que conoció a Kyo. Su pequeño cuerpo estaba acurrucado en posición fetal mientras suaves suspiros escapaban de sus labios, su rostro pacífico encarmarcado por sus hermosas hebras plateadas esparcidas a su alrededor y sus tiernas orejitas moviéndose ante cualquier sonido remotamente sospechoso presentaban un cuadro angelical que cualquier humano o youkai habría encontrado encantador.
Sin embargo, esa noche, un pequeño pero viejo youkai de araña se arrastró en la rama superior sin alertarla, y la miró con un deseo animal tan perverso que habría resultado repulsivo aún para el demonio más lujurioso. La araña se relamió los colmillos mientras recorría con la mirada la suave y blanca piel de sus piernas expuestas, subiendo por el pecho hasta su angelical rostro ligeramente sonrojado por el frío. Su cuello libre de cualquier imperfección o marca lo hizo salivar, disparando los instintos de reproducción que creía extintos desde que su mejor época terminó.
El youkai sabía que aparearse con una hanyou, aún una tan divinamente hermosa como ella, no le daría buena descendencia, pero incluso eso palidecía comparado con la posibilidad de pasar el resto de sus días con una hembra tan suculenta que saciara efectivamente sus más bajos instintos y le hiciera compañía hasta el último de ellos.
Y si podía, en el proceso, arrebatarsela al sacerdote Kyo que deseaba convertirla en su mujer, ni ella misma le daría más placer.
-Inusakuya, eh.
Una siniestra sonrisa se formó en sus labios. Se vengará del maldito sacerdote que mató a tantos de sus hermanos, lo herirá, lo humillará, le arrebatará a su mujer, saboreará su cuerpo frente a él antes de darle fin y plantará sus crías en su vientre.
No puede haber venganza más dulce que esa.
Pero antes necesita un cuerpo adecuado para sus fines. Su pequeña forma no sería capaz de fundirlo en el placer que la delicada criatura que duerme frente a él puede darle ni de enfrentarse al sacerdote que tan diligentemente ha vigilado.
Esperará el momento adecuado.
-Serás mía, hanyou. Serás mía jajaja.
Es media noche cuando los ruidos de una antorcha al encenderse despiertan a Kaede. La luz del fuego ilumina tenue la choza mientras observa extrañada a su hermano mayor que está de pie frente a ella dándole la espalda, poniéndose en silencio una vieja armadura de guerrero que había reservado para las batallas más desesperadas con una fina estola en su hombro derecho, observándose en silencio.
Esa noche mi hermano vistió por primera vez su armadura e infló el pecho al ponerse la estola. Se veía tan apuesto e imponente, tan feliz como nunca antes lo había visto.
Pero incluso para mis tiernos ojos, había mucha duda en su mirada, mucha confusión y anhelo.
El otoño había llegado y mientras las hojas de tonos naranjas caían a su alrededor, Inusakuya sacó medio cuerpo de su escondite y observó con las mejillas sonrojadas al sacerdote que era tirado de lado a lado por los niños de la aldea que se peleaban por su atención.
-¿A qué quieren jugar ahora?-preguntó él entre risas.
Verlo tan relajado hacía martillar con más fuerza a su pobre corazón. La hanyou estrujó la madera y suspiró cuando sus piernas se sintieron débiles de nuevo. Algo cada vez más común en presencia del sacerdote.
-¡Recojamos flores!-exclamó una niña.
-No, mejor otra cosa.
Kyo estaba a punto de sugerir algo cuando reparó en la joven mitad demonio que lo observaba desde el árbol. Al mirarla, ella respingó y se ocultó por completo tras el tronco, arrancándole una risa que sorprendió a los infantes.
-Inusakuya-la llamó-Baja y únete a nosotros. Ven a jugar con los niños.
-¡N-Nunca!-chilló.
-Bien, no insistiré, pero si cambias de opinión no dudes en venir. Vamos niños, juguemos a las atrapadas.
-¡Sí!
La joven de ojos dorados volvió a asomarse para verlos jugar y esta vez no pudo evitar enternecerse al ver al sacerdote perseguir a los escurridizos niños por todo el valle.
"Será un buen padre"
, pensó distraídamente.
Kaede colocó con cuidado la flecha en el arco, apuntó y disparó, pero al igual que en sus anteriores intentos no consiguió dar en el blanco. Esto la desanimó.
-Nunca seré tan buena como mi hermano Kyo.
-Kaede.
La pequeña giró.
-¡Hermano Kyo!
Por un momento se alegró de verlo, pero al darse cuenta de que no quedaba rastro de la felicidad que había mostrado la otra noche, se preguntó si tenía que ver con que no estuviera vistiendo la armadura ni la estola con las que lo había sorprendido esa vez.
-Veo que estás practicando, muy bien.
-Sí. Eh, ¿hermano?
-Dime.
Si bien su hermano no tenía su característica mirada gélida, la seriedad en sus ojos la hicieron replantearse qué tan buena idea era cuestionarlo por su elección de vestimenta o su estado de ánimo.
-No, nada.
-Entonces andando, ya he recogido las hierbas que nos hacían falta y es hora de volver a la aldea.
-¡Sí!
Quería ver a mi hermano feliz otra vez. Quería ayudarlo a serlo.
Creo que... era la única que pensaba así.
Continuará....